agosto 16, 2009

Es cierto: la tele engorda

El verano es esa época del año en la que los espectáculos teatrales salen de Madrid y Barcelona y hacen giras por las provincias. Así, los pueblerinos podemos intentar hacer encajes de bolillos con las fechas de nuestras vacaciones, pegarnos entre nosotros por las pocas entradas disponibles e ir a teatros pequeños y generalmente mal acondicionados para fingir por un momento que nuestras ciudades tienen algún tipo de vida cultural "modenna".

Ayer fuimos a Tantín a ver "mi primera vez". Se trata de una de esas obras de teatro que uno NO recordará durante toda su vida, pero cumple perfectamente su función principal, que es hacer reír durante hora y media. Me eché unas carcajadas estupendas con las actuaciones de Miren Ibarguren (la de las "matrimoniadas"), Javier Martín (el de "Caiga quien caiga"), Bart Santana ("Física o Química") y Mar Abascal ("El príncipe de Argel") contando algunas de las 44.000 historias de primeras veces recogidas en la página myfirsttime.com.


Pude constatar que, efectivamente, la televisión engorda, al menos a los chicos. Tanto Javier Martín como Bart Santana siempre me han parecido bastante merendables a pesar de poseer el fenotipo que yo denomino "de lagartijo". Pero vistos de cerca ambos están casi esqueléticos. Sobre todo Javier Martín. ¡Cuánto hueso! Pero al grano: los dos se desnudan (aunque no frontalmente) un par de veces en el escenario, Bart tiene un piercing morbosete en un pezón y los fragmentos en los que interpretan escenas homoeróticas me pusieron bastante cachondo. Pero con lo que me quedo es con el buen rato de carcajadas que me llevé.

Y, de paso, me sirvió para acordarme de mi cutrísima primera vez. Yo tenía 21 años, era carne de armario, vivía en un Colegio Mayor de curas y estaba más frustrado que un niño hiperactivo en un tanque de privación sensorial. Además estaba acomplejadísimo por mi timidez y por mi físico, y pensaba que me moriría virgen. No me atrevía a ir a bares de ambiente, no sabía ni qué eran las saunas y no tenía acceso a internet: en resumen, era un pajillero consumado (sigo siéndolo, by the way). En ocasiones las hormonas se me disparaban de tal forma que no me bastaban las revistas que tenía guardadas en el doble fondo del cajón, de modo que me escapaba a ver porno a una sex shop que había en los bajos de la calle Orense... Y un día estaba yo mirando las carátulas de las películas del día cuando se me acercó un individuo bajito, de unos cuarenta años, y me propuso chupármela en una de las cabinas.

Naturalmente, le dije que ni de coña.

Pero mientras se daba la vuelta y se iba a buscar a otro, pensé: "leñe, si es esto lo que estoy buscando". De modo que le seguí y le dije que bueno, que vale, que sí. Entramos en una cabina, me desabrochó los pantalones, se agachó, empezó a mamar y a los dos minutos sentí que me iba a correr. Tuve la delicadeza de avisarle. El tipo se quedó con ganas de más y me propuso ir a su casa, que estaba cerca.

Naturalmente, le dije que ni de coña.

Pero él era mayor y más listo. Me dijo que por lo menos quería invitarme a un café en el VIPS que había al lado. A eso acepté. Y mientras nos tomábamos el café él me fue calentando contándome sus batallitas sexuales. A mis virginales oídos aquello sonaba como ciencia-ficción. No sabía nada, el tío: dos cafés más tarde, yo estaba más caliente que una moto, y él me llevaba -taxi mediante- al huerto.

El huerto, concretamente, era su apartamento, y más específicamente su dormitorio. Con la perspectiva que dan los años, puedo decir que fue un polvo infinitamente mediocre. Al terminar, y tras el clásico cigarrillo de después, me pidió intercambiar teléfonos. Yo era inocente pero aprendía rápido: voluntariosamente hicimos el intercambio, sabiendo ambos que jamás volveríamos a vernos. No recuerdo su cara y no sé si llegué a conocer su nombre en algún momento. Eso sí: estaba circuncidado.

De aquella experiencia el único recuerdo especial que guardo fue la cara bobalicona de felicidad que puse en clase durante todo el día siguiente y las agujetas que tuve en el culo durante varios días. Por lo demás, una experiencia totalmente desdeñable. ¿Quién dijo esa tontería de que las primeras veces son especiales?


3 comentarios:

Don Otto Más dijo...

Lo de que la tele engorda yo lo descubrí con Jesús Vázquez, al que vi reducido en su espectacularidad...

Mi primera vez fue una mierda. Prefiero las últimas xD

Eres un pervertido; me recuerdas a mi xD

hm dijo...

Mejor... mejor... pequeñitos y poca cosa, mejor, jajaja.

Mi primera vez fue con el capitán del equipo de fútbol del instituto (a mi es que me pasan unas casas)... fue ua historia bastante rara... y con el tiempo, estuvo bien porque era el que me gustaba, pero sexualmente fue una mierda.

Nils dijo...

mi primera vez fue surrealista, ya te la contaré algún día si quieres oírla. y me han dado ganas de ver esa obra, a ver si vuelve a Madrid...

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