febrero 22, 2016

La Búsqueda (IV y último)

Hoy en día existen, para el investigador con recursos, decenas de métodos de localizar a una persona a través de su número de teléfono: triangulación por vía satélite y redes wifi, geolocalización GPS, aplicaciones de seguimiento, troyanos informáticos que contaminan el sistema operativo de los celulares y traicionan su posición, por sólo mencionar unos pocos. Yo, naturalmente, no tenía a mi alcance ninguno de ellos. 

Le pedí a Émile que me trajera la guía telefónica, a ver si había suerte. 
Siento dejarte con este marrón en tu churrería –le dije, señalando al cadáver del presentador que tenía delante–. Espero que esto no te cause problemas con la pasma.

Quite, quite, señor Mike –respondió él, sin darle mayor importancia–. Ya estamos acostumbrados a que se nos muera gente. Lo raro es que haya cascado antes de probar nuestros churros, no después. Y además –añadió–, un mundo sin Pablo Motos es un mundo mejor. Usted no se preocupe de nada. Ya me encargo yo de hacer desaparecer el fiambre. Mañana está usted invitado a croquetas de carne que va a preparar mi mujer.

Gracias... supongo –respondí, dubitativo–. Ya me pasaré, si eso. Es que estoy en mitad de un caso, ¿sabes?
Émile se marchó llevándose al hombro el diminuto cadáver del televisivo y yo me quedé a solas con las seiscientas páginas de la Guía Abreviada de Teléfonos de Boo de Piélagos. Antes de llegar a la C de Casimiro, ya me estaba quedando sopa. Aquello no iba a funcionar.

Decidí ser eso que ahora llaman "proactivo", que creo que es algo que tiene que ver con los lácteos. Le pedí a Émile un par de yogures de fresa,  los pagué con el dinero que le había sisado al difunto, les quité la capa de moho que los cubría ("es sirope de menta", me dijo el camarero), me los comí y luego, utilizando el envase de uno de ellos para distorsionar mi voz, llamé por teléfono al número que tenía anotado en la foto de la Campos.
¿Qué coño quiere? –interpeló una voz melodiosa, de locutora veterana, al otro lado de la línea.

Buenos días, señorita –dije–. ¿Puedo hablar con su mamá?
Pero la ex Reina de las Mañanas se las sabía todas y no se dejaba embaucar por el viejo truco de tomarla por mocita. Con bastante poca paciencia, me espetó:
¿Quién porras es usted y cómo tiene mi número privado?

Hola, mi nombre el Edelmiro Washington Yasmín y quisiera hablarle de una sensacional oferta que tenemos para usted en...

¡Voy a colgar! –me interrumpió.

... ¡laca! –me dio tiempo a meter en la conversación telefónica–. Laca de primera calidad, producto profesional de peluquería recomendado por el mismísimo señor Don Rupert Tenesesito, con precios con hasta un 80% de descuento, si se adquiere al por mayor....
Se hizo un breve silencio al otro lado de la línea. Luego, con una mezcla de desconfianza y anhelo, la señora de Arrocet concedió:
– Siga hablando.
Me inventé una historia acerca de un cargamento de seiscientas toneladas de laca decomisadas en una redada policial y que ahora estaban, merced a los contactos de Vasile, a disposición de las grandes estrellas de Telecinco a precio de ganga.
Por supuesto, usted ha sido la primera persona con la que nos hemos puesto en contacto –dije.

¡No me haga la pelota, pollo! –me volvió a cortar, y luego añadió con un tono más conciliador–: ¿Seiscientas toneladas, dice? Déjeme pensar... tendría para un par de meses, más si duermo con redecilla. ¡Me interesa!
Acordamos la entrega de la hipotética mercancía para esa misma noche en unos almacenes abandonados del puerto, en las condiciones habituales para este tipo de trapicheos: a solas, desarmados y sin intervención de la policía. A la Campos le pareció todo de lo más natural.

Yo, naturalmente, no tenía ni la menor intención de respetar el trato. Sabía perfectamente que no podía enfrentarme yo solo contra semejante mujer: mil veces había visto a la malagueña reducir hombretones seis veces su tamaño a guiñapos llorosos en ¡Qué tiempo tan feliz! Necesitaba ayuda, a ser posible de gañanes rudos, fuertes y sin escrúpulos morales ni sentimientos de ningún tipo.

Mi primera opción, por supuesto, era mi compañero (y sin embargo amigo) J. Arístides: un hombre capaz de matar a la madre de Bambi tronchándole el cuello para comérsela con salsa de queso de Tresviso, dejando vivo al cervatillo por si se quedaba con hambre para el postre. Pero J. Artístides  estaba a la sazón fuera de circulación, acogiéndose bajo la falsa identidad de Duquesa Sofía Carlota de Baviera al Programa de Protección de Testigos, a la espera de testificar en el juicio contra Filippo "El Reflexólogo Podal", peligroso capo de la Mafia y rey del contrabando de Phoskitos. No se le podía molestar, y menos ahora que estaba preparándose para su puesta de largo.

El resto de matones que conocía y que podían haber servido para el trabajo tenían todos un pequeño inconveniente: deseaban sin excepción verme muerto o agonizando de la forma más indecorosa.

Era hora de cobrarse un favor. Agarrando de nuevo la Guía Telefónica, di con el número que estaba buscando y marqué.
Sylvie, soy Mike. Necesito tu ayuda.
Sylvie, antigua agente secreta de alto espionaje internacional y femme fatale con un serio problema de apreciación estética a la hora de elegir vestuario, era una vieja conocida de uno de nuestros primeros casos. En aquel entonces había sido una peligrosa enemiga y luego una reluctante aliada; gracias a nuestra compasión, la habíamos librado de verse envuelta en una enmarañada instrucción policial, aunque a cambio se había pillado un resfriado de aúpa, y desde entonces nos debía un favor. La nuestra era una clásica relación de amor-odio: yo la quería con locura y ella me odiaba a muerte. Pero Sylvie era una mujer que siempre pagaba sus deudas. Tras aquel viejo caso, y alejada ya de su peligroso trabajo como agente triple al servicio simultáneo de la KGB, el Mossad y la Policía Municipal de Lugo, se ganaba la vida como ninja por horas. Fue precisamente así, por la N de Ninja, que la encontré en la guía.

Solo tuve que esperar media hora a que ella llegara. No oí su aproximación: cuando Sylvie quería moverse en silencio, sus pasos eran sigilosos como los de la pantera. Tampoco sentí la más mínima corriente de aire que delatara su aproximación: cuando Sylvie así lo deseaba, podía desplazarse sutil y liviana como el humo. Y tampoco debería haber sido capaz de verla llegar, vestida como venía con las prendas negras propias de los guerreros shinobi, de no ser por los brillantes calcetines reflectactes de Bob Esponja que me traía la chica y que se veían desde tres manzanas de distancia.
Veo que no has cambiado nada en estos años –dije. Me refería a su gusto por los calcetines horteras, aunque en honor a la verdad hay que decir que seguía estando buenísima.

No como tú, Mike, que estás hecho un cascajo. Yo estoy bien porque me cuido y nunca cojo frío en los pies –respondió ella–. Tú no sabes cuántas muertes provocan al año los catarros de tobillo.
Tras intercambiar ésta y otras lindezas, le expuse sucintamente la situación.
Te ayudaré, Mike –dijo ella–, porque te debo un favor y porque yo siempre he sido más de Ana Rosa. Pero después de esto, ya no te deberé nada.
Estuve de acuerdo. Nos dirigimos hacia el punto de encuentro que había convenido con doña María Teresa Campos. En el camino, intenté mantener algo de conversación con Sylvie, interesándome por cómo iba el negocio de asesina oriental a sueldo. Pero ella no soltaba prenda. Finalmente, llegamos a nuestro destino.

Los almacenes de Pringo S.A. llevaban abandonados desde que, hace ya más de una década, la empresa de profilácticos del mismo nombre se declarara en quiebra, arruinada tras haber apostado todo su capital en el lanzamiento de un preservativo con sabor a queso de cabrales. Allí solo iban gatos callejeros y algún que otro turista japonés despistado. Era el lugar ideal para un encuentro furtivo. Hice un gesto a Sylvie para que se escondiera y entré en la nave abandonada.

Dentro estaba oscuro. Un único haz de luz se colaba desde un roto en una de las ventanas cubiertas de polvo, creando una mancha de luz en el suelo de la nave. Era lo más parecido a un foco que podía encontrarse en el lugar y por tanto, inevitablemente, era allí donde me esperaba la presentadora. Su peluca la envolvía como una coraza de mechas caoba cobrizo. Llevaba una Colt de calibre .38 en la mano derecha, con la que me apuntó nada más verme.

–  ¿Quién eres, sabandija, y qué has hecho con Pablo Motos? –me dijo tras un tenso silencio–. No creerías que iba colar tu mentira de la laca... sólo tuve que hacer una llamada a Vasile para saber que tu historia no era cierta. ¡Yo que ya me había hecho ilusiones!

–  Vengo desarmado –dije–. Sólo quiero respuestas.

¡Pues quien quiera saber, que vaya a la escuela! –espetó ella–. No tengo nada que decirte, y no estás en condiciones de preguntar nada. Soy yo quien hace aquí las preguntas. Además, no he venido sola...
La gente, es que no tiene palabra. De entre las sombras salieron sus asociados, a cual más temible: Terelu, Parada, Mariló Montero y Ramonchu. Mientras Terelu me ataba las manos y me obligaba a sentarme en una silla, doña Campos se acercó a examinarme de cerca.
Calvo, de piel amarillenta, abotargado, con forma de pera y expresión estúpida... ya sé quién eres.

¡Homer Simpson! –gritó entusiasmada Mariló Montero.

No, cretina –dijo la Campos–. Es ese inútil de detective que la Jefa de Estado y su marido han contratado para buscar un nuevo presidente. No sé cómo ha sido capaz de dar con nosotros, si según todos mis informes no es capaz ni de atarse los zapatos sin ayuda... Habrá que librarse de él, como hicimos con los otros.

Pero, Tere... –respondió la Montero–, ya sabes que luego el olor a ácido no se va de la ropa ni a tiros. 

¡Te he dicho que no me llames Tere! Hay que evitar que nos reconozcan. Hay que usar los nombres en clave: yo soy la Líder Suprema, tú eres Zorra Cateta, Ramonchu es Batman Rural, y así sucesivamente.

¡Pero si ya nos conoce todo el mundo! –protestó Parada.

Ya, pero hay que seguir unas normas. Todas las Conjuras Secretas usan nombres en clave. Lo he leído en alguna parte.
Decidí intentar sacar partido al divismo y a las divisiones internas que evidentemente reconcomían por dentro el grupito. Poniendo voz de suprema inocencia, pregunté:
–  ¿Por qué Líder Suprema? ¿Se ha muerto Belén Esteban o qué?

–  ¡Huy no! –dijo Mariló–. Esa es Vicepresidenta In Péctore.

–  ¡Calla, Zorra Cateta!

¡Cállate tú, bicha mala! ¡Que eres mala!
Tras un rato de tirones de pelos y forcejeos varios, y restablececidas por fin la calma y la cadena de mando, la Líder Suprema se volvió hacia mi, me arreó dos guantazos con manos de dedos como macarrones sujetos por alambres y me dijo:
Muy listillo, te crees tú. Como si eso fuera a servirte de algo. Crees haber adivinado el complot, ¿no es así? No tienes ni idea. ¡Nadie tiene ni idea de lo que es llevar el peso de la opinión pública en un país de mierda como este! Sí, lo admito: somos nosotros, los líderes de audiencia de las televisiones, los culpables de que no haya todavía un gobierno. La gente se piensa que son los telediarios y los periódicos los que forman la opinión, pero no tienen ni idea. Son los programas de la mañana y la sobremesa los que dirigen el alma de una nación. Somos nostros quienes siempre hemos mandado en España ¡Pero es una tarea muy dura e ingrata! E ineficiente. Gobernar en la sombra es un coñazo. Y por eso hemos decidido que es la hora de colocar a los nuestros en el gobierno, de una santa vez, para no tener que andarnos con zarandajas ni medias tintas. Estamos moviendo los hilos para colocar un gobierno a nuestra imagen y semejanza: Bertín Osborne, el hombre más querido de España, como candidato de consenso, y Belén Esteban como Vicepresidenta Económica y Militar. ¡Volveremos a situar a este país en la gloria! ¡Arrasaremos en Eurovisión! Hoy, la Moncloa, mañana... ¡la Federación Mundial de Boxeo! ¡Bwah-ah-ah-ah!
El resto de presentadores se unieron a las risas de villana de operta. Dejé que rieran un rato a gusto. Ya había oído lo suficiente. Ahora lo entendía todo. Cuando por fin se calmaron las carcajadas, dije.
–  ¿Saben una cosa? Yo tampoco he venido solo.
Y, con un remolino de pequeños piececitos (enfundados en sus calcetines de Bob Esponja) y manitas moviéndose en gráciles piruetas, más veloces de lo que es capaz de seguir la vista y dirigidos estratégicamente a lugares muy concretos de las anatomías masculinas, femeninas o neutras de mis captores, Sylvie se dejó caer desde las vigas del techo donde había estado escondida hasta entonces, provocando a su paso pequeños y exquisitos mundos privados de dolor y agonía. En menos de tres segundos, mis captores estaban todos en el suelo, encogidos de dolor y Sylvie me liberaba.
Veo que no has perdido tu toque –dije.

Ni tú tu olor a perro sarnoso –respodió ella, arrugando la naricilla. 
Agarré a la Campos y la incorporé, colocándola en la silla. Era soprendentemente ligera, hasta que uno se daba cuenta de que tres cuartas partes de su volumen corporal estaban constituidos por la peluca. La desperté dándole unos ligeros guantazos en ambas mejillas.
–  Mira, encanto –dije–. Francamente, me importa un bledo a quién queráis colocar como presidente del Gobierno. No hacía falta tanta conspiración, ni desde luego intentar matarme. A mí me han encargado buscar un candidato, y vosotros tenéis uno. De acuerdo: es un ser despreciable y absurdo, un imbécil redomado y representa lo peor de esta sociedad podrida, pero sigue siendo mejor que la mayoría de candidatos o presidentes que he conocido hasta ahora. Así que, por mí, viva y bravo: ¡larga vida al Presidente Osborne

¿Y eso es todo? ¿Cada uno a su casa y ya está?

No, no es todo. Vosotros os volvéis a vuestros platós y seguís con vuestro plan de Sojuzgar el Mundo. Yo me vuelvo a hablar con doña Regina Powers y le digo que le he encontrado un candidato: el vuestro. Yo me llevo el mérito, vosotros seguís dominando los hilos desde las sombras, y aquí paz y después gloria.

¿Y mi laca?

En eso, encanto, no puedo ayudarte. Adiós, reina. Fue bonito mientras duró, pero ahora debo volver a mi vida. No volveremos a vernos.
Y, fiel a los convenios del género negro y sin mirar atrás, encendí un cigarrillo, me calé el sombrero y me fui con la música a otra parte.


febrero 18, 2016

La Búsqueda (III)

Cuando crees que ya nada puede irte peor, la vida te sorprende con nuevas y desagradables putadas, sólo para tenerte entretenido y que no te confíes. En Boo de Piélagos, la expresión "llueve sobre mojado" no es una simple frase hecha: el aguacero constante que inunda esta ciudad de pecado es tal que nos arrastra a todos, haciendo imposible tocar fondo en el pozo de nuestra miseria.

Digo todo esto para dejar entrever cómo me sentía cuando, justo después de salir del Lonely Bluesman, fui recibido en la calle por una ráfaga de balazos emitidos desde detrás de la ventanilla abierta de un sedán negro que, pasando a toda velocidad frente a mí, me salpicó de arriba a abajo con la mezcla de agua pútrida, aceite de motor y pis que cubría el asfalto.

Dios, odio que me salpiquen.

Si el tipo que me estaba disparando hubiera sido un buen tirador, yo estaría ahora mismo criando malvas, en vez de contando esta historia. Pero su mano temblaba más que un flan de gelatina en pleno terremoto de Messina, y la gran mayoría de balas pasaron inofensivamente a mi lado, para estrellarse contra los carteles de Teresa Rabal (Gran Gira Mundial 1993) que cubrían la pared que estaba a mi espalda. La única bala que llegó a acertarme tuvo el detalle de hacerlo contra el relicario de acero de San Carlo Masi, patrón de los caballeros necesitados de cariño, que siempre llevo junto a mi corazón, y gracias al cual me libré de importantes daños a mi organismo. ¡Bendito sea San Carlo!

Me sentí profundamente ofendido. Como detective privado permanentemente al borde de la quiebra económica y moral, estoy perfectamente acostumbrado a los intentos de asesinato: acreedores, tipos vengativos a los que he ayudado a enchironar, esposas celosas, (ex)amigos timados: rara es la semana en la que no intentan matarme cuatro o cinco veces. Pero en mi barrio nos conocemos todos de toda la vida y solemos tener la decencia humana de al menos llamar por teléfono antes de un conato de homicidio, para preguntar si nos viene bien la hora y ese tipo de detalles propios de la más elemental urbanidad. A nadie se le ocurre matar sin al menos quedar a tomar un café y unos sobaos pasiegos antes. Por eso este tiroteo totalmente injustificado me indignó y al mismo tiempo me hizo sospechar que el francotirador motorizado no era de por allí.


Estaba oscuro y apenas pude ver a quien me había disparado. Sólo pude captar los detalles más destacados de su fisonomía: se trataba de un fulano de felpa, color violeta, con una sola ceja muy grande y poblada que le llegaba de oreja a oreja, labios marcados con dos dientes sobresalientes, antenas, ojos saltones y una expresión completamente malévola y desquiciada.
¡Acelera, Barrancas! –le oí gritar–. A éste se le van a quitar las ganas de meterse donde no le llaman...
El coche giró rápidamente al callejón de la derecha para darse a la fuga. El callejón de la derecha no tenía salida, algo que un oriundo de Piélagos ("pelagueño" o "pelagato", según a qué académico se pregunte) hubiera sabido. Se oyó un sonido de derrape, seguido de un chapoteo y sucedido a su vez por un ¡CRASH! de lo más cuco. Me asomé con cautela a mirar los restos de la colisión.

Pablo Motos había sobrevivido al accidente: mala hierba nunca muere. No habían tenido tanta suerte sus hormigas de felpa, incluida la que había intentado coserme a balazos, que habían quedado convertidas en trapos de cocina de color hortera. El coche estaba hecho unos zorros. Me acerqué con cautela y al ver que el grimoso presentador de televisión estaba indefenso y malherido, le di una patada en los dientes con todas mis fuerzas. Yo soy así: un hombre encantador y sencillo al que le encanta desahogar su rencor pegando a los canijos y a los débiles. Seguí arreándole coces hasta casi dejarle sin dientes. No es que eso fuera a estropear mucho más su aspecto. Cuando me quedé algo tranquilo, y antes de dejarle del todo inconsciente, le agarré por el cuello y, zarandeándole con violencia, le pregunté:
¿Quién demonios le envía, malandrín? –no soy un hombre demasiado imaginativo en sus insultos–. ¿Por qué han intentado matarme? 

¡No diré nada, salvo que sea delante de las cámaras y en horario de máxima audiencia! –contestó él, desafiante.
Ante lo cual, no pude hacer otra cosa que saltarle un par de dientes más a bofetones. Soy de la vieja escuela, en materia de interrogatorios.
¡Vale, vale! ¡Hablaré!

Pero no en este lugar –dije–. Acaba usted de estrellar un coche contra un muro. Vale que esto sea España, pero incluso aquí los accidentes de circulación acaban atrayendo atención. Gradualmente, al menos.
Y sin muchas ceremonias le arrastré a Chez Émile, mi churrería francesa favorita, que estaba a pocas manzanas de distancia. Allí, a salvo entre las mullidas (por las capas de mugre y grasa acumuladas) paredes del local, pedí un café, dos tazones grandes de chocolate, seis docenas de churros, dos de porras, un par de tortillas de patata de tamaño familiar, una ración de torreznos, un plato de callos a la madrileña, medio kilo de tiramisú y, para Pablo Motos, un vaso de agua del grifo.
Paga usted, por supuesto –le dije–. Y ahora, desembuche o le saco a guantazos los pocos dientes que le quedan.

No sabes dónde te estás metiendo –me dijo–. Hay intereses muy grandes detrás de todo esto. Gente muy chunga y muy poderosa. ¡Te estás creando enemigos terribles!

¿Por lo de mi olor corporal? No es culpa mía si todos los desodorantes me abandonan...

No, idiota –respondió él, cariñoso–. Por lo del caso que estás llevando. Lo del presidente.

¿Cómo sabe usted eso? 

La gente de la Televisión lo sabemos todo –dijo él–. Eso, y que has estado pregonando tus intenciones en el bar de antes, claro está.

Cierto, tiene su lógica –admití–. ¿Y qué pasa si ando buscando un presidente del gobierno? ¿Cuál es el problema? ¿No es lo que quiere todo el mundo?

Sí, pero no vale cualquiera. No podemos permitir que nadie interfiera con nuestros planes. ¡Hay demasiado en juego!

Cuéntemelo todo, o le vuelvo a atizar.

¡No! ¡Ya he dicho demasiado! Debo... debo... deboooo....

¿Qué debe? Aparte de pagar la cuenta, claro... oiga, ¿por qué se pone usted azul? ¿Le ha sentado mal el vasito de agua?
Pero el muy maleducado no me respondió. En su lugar, se dedicó a agonizar sobre la mesa, echando unos espumarajos por la boca la mar de desagradables, que por poco me quitan el apetito. Cuando yo ya estaba a punto de preguntarle si estaba tonto o qué, el conocido locutor y presentador televisivo decidió morirse. Menudo contratiempo.

Registré rápidamente el cadáver. El color violáceo de su boca y su lengua enroscada como el rabo de un cochinillo indicaban que el tipo se había forzado a sí mismo a ingerir una cápsula de veneno, posiblemente estricnina. Lo que hace la gente con tal de no confesar un crimen, pensé. En sus bolsillos solo había tres barritas de proteínas, un billete de catorce euros con veinte y una fotografía autografiada de María Teresa Campos. El autógrafo rezaba: "Con cariño, la Líder Suprema". Por detrás de la foto estaba apuntado un número de teléfono. "Esto", pensé,  "debe ser lo que en las pelis llaman una pista".




febrero 15, 2016

La búsqueda (II)

Quién me mandaría a mí meterme en estos berenjenales, pensaba yo mientras la cruel lluvia de Boo de Piélagos me calaba hasta la rabadilla. El temporal del Cantábrico arreciaba y yo, que pertenezco a la escuela peripatética de detectives, pateaba las calles con mi característico chapoteo reumático, intentando aclarar mis pensamientos.


Los tipos como yo hemos nacido y nos hemos criado en la calle. Ahora lo llaman "estudiar en la universidad de la vida", pero eso es sólo una frase hecha diseñada para cuñaos y perfiles sin imaginación de Tinder. La cruda realidad es que cuando no vales para otra cosa sólo puedes acabar siendo ratero, madero o el punto intermedio, a saber: detective privado, como un servidor. Siempre en los bordes del sistema, observando desde la calle las luces amarillas de las ventanas y preguntándose con envidia cómo debe ser tener una vida normal: una hipoteca, una mujer a la que ponerle los cuernos, unos hijos delincuentes juveniles, un perro dispéptico, ese tipo de cosas que llamamos "felicidad doméstica" a falta de un eufemismo mejor.

Sí, lo han adivinado: no estaba de muy buen humor esa noche. Tal vez tuviera que ver con el hecho de haber aceptado estúpidamente un caso imposible a cambio de ningún tipo de pago. Soy un idiota sentimental y nunca he sido capaz de negarle nada a una mujer en apuros, cuando esa mujer es la Reina de España por la Gracia de Dios. Así me va en la vida.

Y no es que fuera difícil encontrar un candidato, como me habían pedido doña Regina Powers (nombre figurado) y el calzonazos de su marido. Al contrario, las esquinas del barrio chino estaban llenas de líderes de partidos en minoría parlamentaria deseando sentar sus blancas posaderas en algún sofá de la Moncloa.
Mushasho, sabesh que yo shoy lo que te conviene... Losh mercadosh me adoran...

Ven conmigo, guapo. Te prometo que no soy Casta. Bájate los pántalones y déjame que te lo demuestre...

–  ¡España: Una, Grande y de Centro! Pacta conmigo y yo haré realidad tus fantasías centralistas...

Psst pollo... ¿hace un tripartito? Mira que yo no le hago ascos a nada...
Pero estaban acabados y ellos mismos lo sabían. El barrio rojo de la ciudad estaba lleno de líneas rojas, como su nombre indica, y no podía salir nada nuevo de allí.

Era hora de buscar un plan B.

Lo bueno es que en este país siempre se nos han dado bien las cosas en B. Si de algo sabemos, es de bailar con la más fea.

Mis chapoteos me llevaron ante las inmundas escaleruchas que dan acceso al "Lonely Bluesman", el peor bar de llorar de todo Boo. El Bluesman es el lugar donde vamos a dar con nuestros huesos todos los perdedores, segundones, mequetrefes y desgraciados de la ciudad: una clientela compuesta por cornudos apaleados, perdedores de elecciones primarias y otros descartes humanos entre los cuales yo me sentía como en casa. Decorado con retratos autografiados en blanco y negro de insignes don nadies como Jorge Verstrynge, Rosa Díez o Joaquín Almunia, el Lonely Bluesman ocupaba un oscuro sótano bajo los almacenes de una fábrica de pienso para gatos. Con la que estaba cayendo esa noche y dada su ubicación subterránea, el local estaba en esos momentos anegado por una capa de agua pútrida y llena de colillas que llegaba a la altura de las rodillas, cosa que no parecía importar a en absoluto a la apática clientela ni a la artista estelar invitada aquella noche, que por otra parte era la misma de siempre: Raúla Pantogrosso, cantante brasileña tuerta, coja, de voz aguardentosa y belleza inexistente, que cantaba en esos momentos:

Hijo de puta, eres un hijo de puta
Que me has dejado tirada
Como una bayeta sucia
Y para colmo embarazada...

 En la barra, el camarero servía garrafón, impávido, a sus clientes. Me acerqué a saludarle.
– Ponme lo de siempre, niño.
El "niño", que rondaría los setenta años, me miró con cara de asco y me puso una escudilla de cacahuetes caducados.
¿Qué tripa se te ha roto esta vez, Mike?  –me dijo–. Ya sabes que no me gusta que rondes por aquí. Me deprimes a los clientes.
Alentadora bienvenida, viniendo de un tipo que colocaba sogas para ahorcarse en vez de toallitas en el baño. Ignoré la mala leche y dije, alzando la voz para que me oyeran los demás despojos humanos del bar:
Busco a un hombre –dije–. O a una mujer: lo mismo me da. No soy machista. No os preocupéis. No soy de la pasma. No vengo a enchironar a nadie. Todo lo contrario: vengo a ofrecer un empleo. Se trata de un trabajo sucio y desagradable, pero que alguien tiene que hacer. Es un curro sórdido y mal pagado, no apto para gente con el estómago sensible, pero al menos ofrecen alojamiento y pensión completa al desgraciado que lo acepte.

¿De qué se trata, Mike? –preguntó Johnny "El Apologeta", traficante de órganos de segunda mano. Su negocio iba de mal en peor desde que las mafias chinas habían bajado el precio de los páncreas.

Presidente de la Nación, Johnny –dije–. ¿Te interesaría?

¡No, cielos! –rechazó él, escandalizado–. Tengo mis principios.
–  ¿Alguien más podría estar interesado? –pregunté a la clientela.
Silencio: nadie quería comerse ese marrón. De repente, todos los parroquianos parecían haber desarrollado un súbito interés por las puntas de sus uñas. Hasta la Pantogrosso se había callado y miraba con atención una mancha del techo, como si hubiera visto una de las caras de Bélmez.


No iba a sacar nada del Bluesman ni de las almas en pena que lo habitaban. Peor aún, se me habían acabado los cacahuetes. Decidí irme con la música a otra parte. Afuera, la lluvia arreciaba.



febrero 14, 2016

Be my Valentine

Pues mira, iba a dedicar la entrada de hoy a compartir algo que he visto en Facebook, con lo que estoy totalmente de acuerdo, y que me ha gustado mucho: el siguiente alegato en contra del amor romántico:


Es un cartel con el que estoy muy de acuerdo no porque no crea en el amor –no creer en el amor es una estupidez tan grande como no creer en la gravedad–, sino porque comparto la idea de que el amor romántico, esa ficción que nos venden las novelas, las películas, la música y los consejos de la abuela, es un concepto peligroso y dañino. La biología, la psicología y la antropología dejan claro que el discurso romántico está muy alejado de la experiencia humana real. Perpetuando el ideal del romanticismo nos hacemos daño a nosotros mismos y, sobre todo, a los jóvenes, que tienden a ser más crédulos con este tipo patrañas.

Pero luego he pensado que hoy tampoco me apetece mucho meterme en soflamas. Del mismo modo que puedo ser un aguafistas de tomo y lomo, soy un celebrador convencido. Me encanta celebrar cosas: desde los cumpleaños a la Navidad a la muerte, a ser posible dolorosa, de la gente que me cae mal. Tú dame una fiesta, y yo me apuntaré sin pensármelo dos veces.

Al final gana mi lado lúdico. No tiene mucha lógica que me lance hoy a meterme con el ideal romántico cuando tengo esperando en la cocina una tarta de chocolate con forma de corazón para zampármela con mi osezno, a ser posible desnudos y manchándonos mucho los labios de berretes de cacao.

Así que ya me podré pesado otro día.

Hoy, a celebrar todo muchísimo. Y si de paso escandalizamos a unos cuantos homófobos de mierda, mejor que mejor.





febrero 10, 2016

La búsqueda (I)

Un buen detective privado, despúes de tantos años de experiencia en la carrera como llevo yo, es capaz de adivinar prácticamente todo acerca de un cliente nada más verlo. Basta con analizar los minúsculos pero patentes signos inconscientes que el hombre de la calle va dejando en su postura, su lenguaje corporal, su vestimenta, su tono de voz y, sobre todo, sus silencios: lo que no se dice, como bien sabe el observador avezado, traiciona mucho más acerca de los secretos inconfesables de un tipo que lo que sí se dice.

Todo esto es un arte que los detectives vamos adquiriendo trabajosamente, a lo largo de los años, gracias al continuo contacto con clientes, que por lo general tienen mucho que ocultar, y con otras gentes de mal vivir tales como soplones, rateros de poca monta, narcotraficantes, rabinos y similar calaña.

La agencia de investigadores privados que regentábamos mi socio (y sin embargo amigo) J. Arístides y yo había tenido tres clientes, cuatro si contábamos al señor que buscaba la oficina de la compañía del gas y llegó a la nuestra por equivación, en los últimos veinte años, y por ese motivo yo jamás había desarrollado ese sexto sentido del que antes hablaba.



Es por eso que, cuando la señorita Bustillo, nuestra secretaria pechugona, me recibió aquella tarde diciéndome que me esperaban un par de clientes en el cuchitril que suelo llamar "mi despacho", me sorprendí enormemente y decidí pasar un rato observándoles por el ojo de la cerradura antes de entrar a saludarles.
¿Está usted segura de que no son cobradores de algún tipo? –le pregunté a la señorita Bustillo.
No sabría decirte, encanto –me respondió ella, encogiéndose de hombros y provocando con el movimiento un pequeño seísmo de ondas longitudinales y transversales en sus abundantes domingas–. Lo único que sé es que se han presentado hace un rato diciendo que querían verte. Y acto seguido han abierto el minibar y han arramplado con todo lo que quedaba. No han dejado ni gota.
Se refería a las siete botellas de orujo casero que se había dejado nuestra penúltima secretaria, Mrs. Dawn, jamona de profesión y alcohólica de vocación, antes de huir a Tijuana con un informático melenudo. Por el comportamiento gorrón de los potenciales clientes, deduje que habían de ser o ora políticos, ora miembros de la alta clase empresarial de nuestro país.

Con cuidado de no hacer ruido y procurando no hacer movimientos bruscos, por el lumbago, me agaché a mirar por el agujerito, aplicando al tiempo a la puerta el estetoscopio que siempre llevo conmigo para los momentos de espionaje. Dentro del despacho me aguardaban un hombre de elevada estatura y una rubia de bote de alarmante delgadez.
Y recuerda –le decía ella a él, bruscamente. La mujer tenía una dicción esmerada–. Mantente firme. Que se note que vienes con las ideas claras.

Sí, querida –respondió él.

Y que no te vea desesperado. Que se vea que tienes un montón de opciones.

–  Sí, querida.

–  Y mírale a los ojos. Que no huela tu miedo.

–  Sí, querida.

–  Esta gentuza siempre huele el miedo. Les das la mano, y se quedan el brazo. Si lo sabré yo...

–  Sí, querida.

–  Tú, eficiente, profesional. Institucional, ya sabes.

–  Sí, querida.

–  Pero al mismo tiempo relajado y afable, dentro de un orden.

–  Sí, querida.

–  Afable, pero no te pases. Ya ves a lo que le condujo a tu padre ser tan campechano.

–  Sí, querida.

–  Que se note aquí quién manda.

–  Sí, querida.

–  Que se vea quién lleva las riendas.

–  Sí, querida.

–  Así me gusta, Felipe. Buen chico.

–  Sí, querida.
Esperé a que se produjera un hiato en la conversación de los dos personajes para carraspear educadamente y entrar en el despacho.  
Buenas tardes –dije–. Soy el señor Mike, a secas. ¿Con quién tengo el gusto de hablar?

Hola, señor A Secas –dijo el hombretón–. Somos los re...

Venimos de incógnito –le interrumpió ella, dándole un codazo–. Llámenos Regina Powers y esposo, gracias. Pero no se me quede mirando con esa cara de panoli y hable con mi marido, que es el que manda aquí.

–  Como usted diga, señora –dije yo.

–  Sí, querida –añadió el hombretón–. Mire, señor A Secas, veníamos porque...

–  Queremos encargarle un trabajo –volvió a interrumpir la mujer–. Usted es detective, ¿verdad? Digo yo que sabrá buscar personas.

Sí, claro, es un clásico en mi profesión –dije yo–. Suelen decir que salen a por tabaco y aparecen una semana más tarde, totalmente desplumados y con cara de felicidad idiota, en el puticlub. ¿Cómo se llama el desaparecido?

No tiene nombre aún –dijo él.

Calla, luz de mi vida –dijo ella–, y deja hablar a los mayores –y volviéndose a mí aclaró la situación–: no ha desaparecido nadie.   

¿Disculpe?  –pregunté, sin entender nada.

–  Permítame que le haga una pregunta sencilla –replicó ella–: ¿es usted tonto? Le hemos dejado entrever que necesitamos que encuentre a alguien. Pero en ningún momento hemos hablado de ninguna persona desaparecida.

Pues si me hace el favor de explicármelo...

Por supuesto, ahora mismo se lo explica mi marido, faltaría más. ¡Felipe, explica!

Pues verá, es que...

Se trata de la gobernabilidad –cortó ella–. Este país necesita un Presidente del Gobierno, ¿sabe usted? Aunque no sé por qué, la verdad, estando mi marido, con lo preparado que está. Pero en fin: son cosas de la Constitución. Necesitamos que nos encuentre un candidato de consenso.

Es que no se ponen de acuerdo... –intervino el hombretón. Parecía a punto de echarse a llorar.

¡Es que no sabes imponerte! No te toman en serio. Siempre te lo estoy diciendo.

Cariño, no empecemos con eso ahora, no delante de este señor...

¿Qué te he dicho de replicarme en público, Felipe?

Perdón, cariño...

Así me gusta. Ahora sé un Jefe de Estado bueno y deja que yo me ocupe –y, volviendo su terrible mirada hacia mi persona y adoptando una voz fría como el hielo, profunda como el abismo, crujiente como las galletas, me preguntó–: ¿puedo contar con usted para encontrarnos un presidente? No hace falta que sea muy listo. Con que tenga la dentadura completa y sepa jurar el cargo sin mearse encima, nos vale.
¿Cómo iba a decirle que no a esa mirada y esas orejas? Asentí, tragando saliva con dificultad.

No sabía en qué nido de avispas me estaba metiendo.
                  

febrero 08, 2016

Un día, dos tesis

Hoy coincidían las tesis de mi doctorando (ya doctor) y de la doctoranda (ya doctora) de mi señor osezno.

Nosotros somos físicos, gente desenfadada en informal, y a nadie (ni el del público, ni del tribunal, ni el doctorando) se le ocurriría ir a una tesis con traje y corbata. Eso es de estirados. La defensa de la tesis es un acto informal y bastante relajado.

Ellos son ingenieros y llevan trajeadas hasta las pestañas. Qué gente tan estirada. Sus tesis son actos académicos y formales.

Después, unos y otros van a celebrar la ocasión.

Nosotros hacemos una comida en petit comité: el nuevo doctor, el tribunal y el director de tesis. Durante la comida se habla de trabajo y los comensales beben agua mineral del tiempo, porque la fría hace daño a la tripita. Tras la comida, la gente se vuelve a trabajar.

Eso es porque somos físicos, gente desenfadada e informal.

Ellos se van de comida e invitan no solo a los prebostes, sino también a amigos, familia y seres queridos. Después se van de copas. Bailan, charlan animadamente, escuchan música, se ponen algo piripis y se ríen mucho hasta altas horas de la madrugada.

Eso, por lo visto, es porque son sosos ingenieros y no saben divertirse.

No sé, me da la sensación de que hay algo en todo esto que se me escapa...