diciembre 20, 2014

Adornos navideños (I)

En estas hermosas fechas hace ilusión decorar las casas y negocios con luces de colores, árboles de plástico, bolas brillantes, espumillón y nieve de bote. ¿Hay algo más tierno que acompañar a los niños a recoger musgo y luego utilizarlo para montar todos en familia el tradicional belén? El único problema es que hacemos todas estas cosas de forma mecánica, repetitiva, sin pararnos a reflexionar en el origen de estas hermosas costumbres, y al hacerlo de esta forma superficial perdemos la ocasión de meditar sobre el auténtico sentido de la Navidad.



Consideremos el caso del espumillón: alegres y largas guirnaldas de vivos colores, que en francés reciben el nombre de "guirlandes de Noël" y que se enroscan alrededor del árbol. El origen de esta tradición, que se remonta al siglo XIV, se halla en una plaga de serpientes de cascabel que invadió la comarca renana de Maguncia. Esto fue algo sorprendente, ya que la serpiente de cascabel es endémica del continente americano. Nadie podía explicarse la llegada de estas serpientes a tierras germánicas (en realidad la explicación era muy sencilla: las serpientes querían aparearse con las salchichas típicas del lugar), siglos antes del invento de Ryanair, y por eso los lugareños, maravillados, agarraban a las serpientes venenosas y las colgaban por la casa como objetos decorativos. Esto explica por qué los maguntinos prácticamente se extinguieron en aquella época, suceso que fue muy celebrado en las ciudades vecinas. Desde entonces se conmemora la agónica muerte de tantos alemanes colgando serpientes de pega en el árbol de Navidad.

A propósito del mismo, siempre se cuenta la misma monserga de que se trata de un vestigio de los cultos nórdicos al dios Frey y al Árbol del Mundo, Yggdrasil. Esto es una leyenda urbana y una solemne tontería. En realidad se trata de una mera cuestión de selección natural. La tradición del Árbol de Navidad tiene la misma raíz que la de las doce uvas durante las campanadas. En la antigüedad, los romanos convertidos al cristianismo se dividían en dos facciones: unos decoraban sus casas durante la Navidad con árboles y se comían doce uvas al cambiar el año, mientras que sus rivales decoraban sus casas con uvas y se comían doce árboles con las campanadas. Esta segunda facción se extinguió rápidamente, nadie sabe muy bien por qué, y por eso hoy en día se mantiene la tradición del árbol.

Pasemos ahora a considerar el espinoso asunto de las bolas. Flinstrup, el conocido historiógrafo y nutricionista, al analizar los Manuscritos Encontrados del Mar Muerto (mal llamados perdidos: si siguieran perdidos, Flinstrup no habría podido analizarlos) reinterpretó la Historia Sagrada estudiando en detalle los desayunos de los Profetas y del linaje de Josué. Según los manuscritos apócrifos, Sofonías se desayunaba todos los días media docena de croissants con mantequilla y mermelada de ciruela (para ir mejor al baño); Jeremías le daba a la panceta y las sopas de ajo; Habacuc no era persona si no se tomaba dos o tres cafés acompañados por abundantes churros y porras, y así sucesivamente. Además, en aquellos tiempos la gente era más bajita. Se calcula, siempre siguiendo a Flinstrup, que San José pesaba ciento cuarenta kilos pero medía poco más de metro cincuenta. La Virgen María, por su parte, y según los Apócrifos, tuvo que ser ascendida al cielo con la ayuda de siete ángeles fornidos y una grúa hidráulica. Esto es así: la gente de Antiguo y el Nuevo testamento estaba más bien gordita. De ahí que la bola de Navidad sea, en el fondo una representación antropomórfica de máxima simetría (SO3), además de ser bonita.

Nos queda por tanto por explicar el único elemento realmente importante de la decoración navideña: el caganer. Esta pintoresca figurita, que hoy en día se erige en nota de simpatía en nuestros belenes, fue en su origen algo mucho más siniestro y temible. En la época en la que la gente moría de disentería (si no eran mordidos antes por serpientes de cascabel), cagar recio era un lujo que pocos podían permitirse. Los hombres y las mujeres practicaban complicados ritos de apareamiento que consistían en defecar abundante y públicamente en frente de las casas de unos y otras, para deleite de las moscas (para las cuales aquellos años constituyeron el auténtico Siglo de Oro). En "el zurullo como símbolo de salud" (De drol als een symbool van de gezondheid), el galeno holandés vaan Neuken recomendaba a las mocitas casaderas comer muchos kiwis (que aún no estaban inventados) y practicar sentadillas varias horas al día como forma de cazar marido: de ahí que el pastor cagando se convirtiera en el emblema de todo lo que es Bueno y Justo, y por eso hoy en día está en nuestros nacimientos.

Espero que con estas nociones todo haya quedado mucho más claro y podamos disfrutar como se merece, auténticamente, la Navidad.


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