febrero 18, 2019

La tercera, a la izquierda (I)

La gentrificación había transformado el viejo distrito de almacenes de Boo de Piélagos. Las antiguas calles oscuras, mal iluminadas, decadentes y frecuentadas por maleantes y desesperadas trabajadoras del sexo eran ahora calles oscuras, mal iluminadas, decadentes y frecuentadas por instagramers y desesperadas trabajadoras del sexo, pero con un Starbucks en cada esquina. La noche era, como todas en Boo, fría y húmeda, de atmósfera densa y pegajosa, pero faltaba el solo de saxo que habitualmente suele acompañar mis historias porque el músico estaba de baja por la gripe. El aire traía olores de tabaco rancio, combustible y el persistente aroma de prados quemados tan característico del febrero cántabro.


Mi contacto había decidido citarme en uno de los pretenciosos restaurantes de aparecían y desaparecían como setas en este distrito, en vez de venir directamente a mi oficina porque ésta, en sus propias palabras, "olía a pis de mofeta tuberculosa". Se trataba –el establecimiento, no mi contacto– de una atrevida de fusión cántabro-nordestasiática, de supuestamente ingenioso nombre "Albar Kang". La recepcionista, una africana de Puertochico con tatuajes tribales y piercings hasta en las pupilas, quiso ponerme trabas al entrar.
– En este establecimiento no está permitida la entrada de perros.

– Pero si yo no tengo perro.

– Precisamente.
Me costó bastante trabajo convencerla de que mi nombre estaba en la lista de reservas, y aun así sólo se avino a permitir mi entrada después de haberme hecho pasar por una especie de túnel de lavado que tenían instalado a fin de desparasitar a los clientes menos selectos. Mi indumentaria, al parecer, tampoco era la adecuada para el local, por lo que me prestaron una especie de canesú con bordados celtas para que no desentonara con el casual look de la clientela. Después, una eficiente camarera se las apañó para conducirme a la mesa donde me esperaba mi contacto sin dejar de mirar ni un solo instante un punto fijo del techo.

Yo me sentía fuera de mi elemento. Me senté nerviosamente. Mi contacto era un hombre vigoroso, de larga y cuidada barba, reluciente mostacho al estilo Kaiser Guillermo, camisa vintage con estampado que parecía sacado del empapelado del dormitorio de mi bisabuela, tirantes rojos y gafas redondas de madera de teca afgana. En su antebrazo derecho llevaba tatuada la calavera de Karl Marx rodeada de espinas y rosas negras, y en su antebrazo izquierdo una Virgen de la Paloma morreándose con el Che Guevara.
Siéntese –me dijo, de forma bastante superflua dado que yo ya estaba sentado–. Mi nombre es Eusebio Pelanas, pero se pronuncia Marc Wittgenstein, y le he citado aquí para tratar un asunto de la máxima importancia. Pero antes le propongo que le echemos una ojeada a la excelente carta y pidamos un tentempié, ¿le parece?
Yo nunca le digo que no a un tentempié, pero un simple vistazo a la lista de precios hizo que me invadieran poderosos mareos, sofocos y taquicardias. El señor Pelanas, digo Wittgenstein, me sonrió con condescendencia.
No se preocupe, invito yo –dijo–. Bueno, invita el Partido, que es lo mismo. Porque el Partido soy yo, naturalmente –y se rió así: "Ha, Ha"–. Perdón, permítame que le traduzca: ja, ja. Sin darme cuenta me he reído como solemos hacerlo los artistas en Camdem Town.
Me abstuve de comentar. Tras pedir un poco de ayuda a uno de los camareros, ya que no me gusta que mis potenciales clientes se den cuenta de que soy analfabeto, me decidí por el púdin de cabracho en tempura y los noodles de semillas de chía en salsa ponzu al queso de Tresviso. Mi contacto optó por un pan bao de anchoas de Santoña y el cocido montañés con alga wakame y virutas de kimchi. Para beber, mi anfitrión se dejó aconsejar por el sumiller del local, quien nos orientó hacia un excelente tempranillo de la región de la Renania-Palatinado, "Der Betrüger" cosecha de 2014, de aromas redondos y notas picantes a aguacate y cereza cristobalina.
La guía "Le prétentieux" le sitúa entre los cien mejores vinos del mundo para acompañar coliflor –nos dijo el experto.
Procedí a devorar mis platos hasta que un carraspeo desaprobador por parte de mi contacto me sacó de mi ensoñación. Miré a mi alrededor. Todos los demás clientes se dedicaban a fotografiar, etiquetar y subir a Instagram sus platos,  para después devolverlos a cocina sin haberlos tocado.
¿Está usted loco? –vino corriendo a detenerme el jefe de sala–. ¡Los platos de nuestro restaurante no son comestibles! ¿Hay algún médico en la sala?
Toda la sala se puso en pie. Absolutamente todos los comensales tenían algún título en naturopatía, reiki curativo o aromaterapia. Pero afortunadamente tengo un estómago a prueba de bombas, así que ni hizo falta que nadie me impusiera sus manos o me pasara un cristal curativo por la frente. Pasado el peligro y ya ante los postres (un par de torrijas caramelizadas de sobao con té matcha y kumquat ecológico) mi anfitrión decidió meterse por fin en negocios.
Verá usted, señor Mike, eh...

– Es Mike, a secas.

– Verá usted, señor A Secas. Se preguntará por qué le he hecho venir a este pequeño bistró. Pues bien, no pienso andarme con rodeos. Ni tampoco con chiquitas. No soy hombre de chiquitas, y mucho menos en estos tiempos que corren. Yo soy así: al pan pan, y al vino vino. Una persona de acción. Un creador de tendencias. Un visionario. Una persona a la que le gusta pasar de lo abstracto a lo concreto. De lo que opinan que una imagen vale más que mil palabras, y que una story en Snapchat vale más que mil imágenes, pero menos que ser trending topic en Twitter. No me gustan las vaguedades ni los dimes y diretes. No señor, yo voy al grano, siempre al grano, pero quiero que vaya siempre por delante mi respeto a los intolerantes al gluten. Si algo sobra en este mundo, son las palabras vacías de la vieja política, que...
Le interrumpí cuando el café (un raro blend procedente de una plantación regentada por una cooperativa de abuelas solteras de la Nicaragua transcaucásica) comenzaba a formar escarcha y a coagularse bajo el chorro del aire acondionado. Como salido de un trance, el señor Wittgenstein pareció reaccionar y por fin me soltó lo que le había movido a convocarme.
– En definitiva, Mike, porque puedo hablarle por su nombre de pila, ¿verdad? Como decía, Mike, qusiera encargarle un caso. Como sabrá, se acercan las Elecciones Generales, y mi partido (es decir, moi) está muy preocupado por el auge de la extrema derecha. Llevamos un tiempo buscando algo muy necesario para la progresía de este país, pero se ha perdido. Necesitamos que un detective profesional, o en su defecto usted, nos ayude a encontrarlo.

– ¿Y de qué se trata?

– Queremos encontrar la Unidad De La Izquierda. Estamos dispuesto a pagarle con todas las bitcoin que tenemos si usted es capaz de localizarla. La última vez que se la vio llevaba pañuelo rojo y cazadora de pana. ¿Nos ayudará, por favor?

CONTINUARÁ

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