enero 27, 2015

Relatos austrohúngaros

Como de costumbre, utilicé las horas de avión para ilustrarme acerca de mi destino leyendo la Lonely Planet. La historia de Budapest, según la guía, consiste básicamente en combinaciones aleatorias de estas palabras: guerra, invasión, batalla, demolición, destrucción, matanza, pogromo, asedio, asesinato, masacre, venganza, exterminio, cruzada y conflagración. Es por ese motivo, lógicamente, que la Budapest de hoy es una ciudad completamente dominada por las peluquerías.

Hay peluquerías por todas partes: peluquerías que parecen bares, peluquerías que parecen tiendas de ropa, peluquerías que parecen gimnasios y, en contadas ocasiones, peluquerías que parecen peluquerías. Es fácil de entender, si uno se pone en la piel de un budapestino (¿o se dice budapestoso?): ya que históricamente parece probable que acabes muriendo de forma horrible en mitad de algún conflicto bélico, qué menos que estar bien peinado cuando esto suceda.


Es por esto que el budapestino/oso medio va por la calle hecho un figurín: qué hombres más guapos, por Dior. Las mujeres tampoco deben estar mal, aunque no estoy muy seguro: yo solo era capaz de fijarme en monumentos de género masculino, y en alguna que otra ocasión en monumentos de piedra. Tantos años de invadirse y matarse unos a otros ha convertido a estos centroeuropeos en lo que se suele llamar un crisol de culturas, es decir, que lo mismo te encuentras a un rubiazo de dos metros que a un morenazo peludo con ojos como taladros. Con razón hay tanto actor porno húngaro.



Los húngaros, aparte de estar bien peinados y de ser excelentes como jinetes, arqueros y carne de cañón para cualquier potencia euroasiática que se precie, son esquivos (tal vez porque teman que les vuelvan a invadir en cualquier momento) y conservadores. El tema del mariconeo no lo tienen tan exteriorizado como los españoles, a pesar de haberse celebrado en Budapest los Gay Games de 2012, y por eso los bares de ambiente son o bien inocentes pubs de aspecto inofensivo y frecuentados por jovencitas y mariliendres, o bien cavernarios antros de sexo y golferío. Por supuesto, fuimos a los segundos, mucho más interesantes, dónde vamos a parar. Pero al final casi todos éramos guiris: franceses, italianos, serbios, españoles, y al menos un californiano ciertamente fotogénico.

En cuanto al otro tipo de monumentos, los de piedra, qué decir aparte de lo siguiente: París, nena, a partir de ahora ya eres para mí una segunda cosa. A diferencia de a Belén Esteban, a Budapest tantas destrucciones y reconstrucciones le han sentado de maravilla. Cada calle alberga algún tesoro (normalmente oculto entre peluquerías), y prácticamente todos los edificios tienen algún toque art nouveau que merece la pena observar. Acabé con las vértebras hechas un asco de tanto mirar hacia arriba. Los bulevares son descomunales, los palacios geniales, las iglesias fenomenales, los puentes sensacionales y en general todos los elementos arquitectónico de Budapest merecen adjetivos que acaben en "-ales". Ya sabéis que no me gusta exagerar: hice unos novecientos millones de fotos, millón arriba, millón abajo. Hay que tener en cuenta que el tiempo no acompañaba para la fotografía, con esos días grises de chirimiri invernal tan románticos pero fotográficamente chuchurríos. Han sido días más adecuados para el blanco y negro o el sepia que para el color. Las que siguen no son las mejores fotos de estos días, sino solamente las primeras: me llevará un tiempo largo revelar digitalmente y clasificar todas las que hice. En particular, las panorámicas me llevan una barbaridad: las construyo como mosaico de varias fotos y algunas de ellas llegan a ocupar cuarenta o cincuenta millones de píxeles...


Panorámica de esas que aquí parecen una birria, pero que en sus 45 Mpix tienen cierto punto

El Parlamento de Londres, una birria al lado del de Budapest

No es Brooklyn, es Pest

Hear me Roar


Cualquier edificio puede tener detalles sorpendentes

Bonitos puentes para suicidarse

El Palacio Real


Szent István


Lo admito, el Parlamento se dejaba fotografiar mucho. Para ser una foto sacada con el móvil, da el pego, ¿no?



Pista para patinar como si estuvieras en Disneylandia

Ah, por cierto, el Danubio NO es azul.

¿Qué otras cosas tiene uno en Budapest aparte de hombres guapos y arquitectura? Poca cosa: solo música, arte, cultura, buenos alimentos y aguas termales. Apenas nada. Poca música tuvimos, aparte de las continuas referencias a Lizst y las ganas que nos entraron a última hora de ir a la ópera (no llegamos a ir). En cuanto al arte, en la Galería Nacional me dio por pagar el permiso para fotografiar (sin flash ni trípode, claro) los cuadros. Nunca me habían dejado hacer fotos en una pinacoteca; ha sido un experimento la mar de interesante. Las condiciones de luz son muy malas y tuve que forzar al máximo el ISO de mi Canon. Al llegar a casa, y tras hacer un poco de magia con el ordenador, los resultados me han sorprendido gratamente. Aquí unos pocos, comentados al estilo del Hematocrítico de Arte con toda mi admiración:

"Apolo siendo empotrado por el Hombre Invisible"  (The Happy Hour)
"Gandalf cuando tenía la barba corta" (Scappate, insensati)
"Antes muerta que sencilla"
"Camionera francesa tirando fruta española en la carretera" (L'union Europee)
"La fábrica de almorranas" (Die Hemoalingesse)
"Sujetavelas" (La Carabina Imbarazzante)
"Actor porno del siglo XVII" (The Stupid Hairstyle)
El bombazo cultural de la semana en Budapest era la gran exposición de Rembrandt en el Szépmüvészeti Múzeum. Tampoco fuimos, pero Rembrandt me viene al pelo para hacer una crítica negativa acerca de Budapest (no todo van a ser flores). Budapest, como otras muchas grandes ciudades europeas, tiene un grave y muy desagradable defecto: está llena de españoles. De todos los monstruos de este planeta, los españoles son los más antipáticos, prepotentes, ruidosos, despreciables y por lo general horrendos, seguidos de cerca por los rusos. Los españoles son una lacra en la superficie de la Tierra a la que uno se ha de acostumbrar malamente cuando vive en España, pero que resulta particularmente molesta fuera de las fronteras de este estúpido país nuestro. La siguiente escena se produjo en un tranquilo restaurante junto a la bellísima iglesia de San Matías. El restaurante estaba vacío cuando llegamos. Al poco entraron tres personas y, de entre todas las mesas que había en el sitio, eligieron voluntariamente sentarse en la que estaba más cerca de nosotros. Solo los españoles pueden ser así de gilipollescamente gregarios. Por supuesto, en menos que canta un gallo se pusieron a gritar en castellano:
- Pues Rembrandt, ¿sabéis? Era un pintor.

- Ooooh

- Se hizo famoso porque pintaba unos cuadros muy grandes. En aquella época a la gente le gustaban los cuadros bien grandes.

- Aaaahh

- Y por eso se hizo famoso.
El osezno y yo, al lado, intentábamos poner cara de póker y que no se nos escapara la risa o, en mi caso, un sopapo bien dado. 

Fin de la bilis. Quedándonos en la parte culinaria, Hungría es un paraíso carnívoro. Pero no solo las carnes y el gulash son excelentes, sino también los vinos, los licores y los dulces. No exagero si afirmo que he debido subir 30 puntos de colesterol en mis venas estos días. A los húngaros les gusta el cerdo mangalica, los platos abundantes, el picante, el chocolate y la miel. El magyar kávé (café húngaro), tal y como se prepara en el típico (y muy turístico) Café New York lleva espresso italiano, espuma espolvoreada con guindilla, vino dulce tokaji 6 puttonyos y miel: una bomba calórica, y el resto de la cocina húngara está al mismo nivel. Me encantó.

Unicum, el amaro local
Nada como unos buenos salchichones
"Bor" es vino en húngaro. Nos hacía mucha gracia, por motivos personales e intransferibles
La paprika, hasta en la sopa, literalmente
La famosa tarta de chocolate y cerezas de la pastelería Gerbeaud. Orgasmo puro.
El interior del Café New York, sencillo a la par que elegante
A todo esto, estoy metiendo continuamente "palabros" en húngaro, como si realmente entendiera algo, pero sólo soy capaz de ello gracias a que tengo Google a mano. Tardé una semana en aprender a decir "gracias" y brindar, y solo cinco minutos en que se me olvidara cómo narices se decía. El húngaro es un idioma endiablado, pero muy gracioso a veces:


¿Quién quiere que le de una ostya?

El último día estábamos reventados de tanto andar de una peluquería a otra, y decidimos por fin relajarnos en uno de los famosos baños de Budapest. La ciudad tiene 118 manantiales de aguas termales, lo que en invierno le da a algunas calles cierto aire neoyorquino. Las aguas, además de calientes, contienen muchísimos minerales de esos que huelen a huevos podridos. La lógica de las aguas termales es la misma que la de las madres: si algo tiene un olor o sabor repugnante, seguramente es muy curativo. Siguiendo esa misma lógica, si un agua tiene azufre, manganeso, potasio, polonio y siete tipos diferentes de tierras raras, por fuerza ha de ser buenísima para todo, desde los dolores de ovarios hasta los golondrinos. Por eso Budapest se convirtió hace ya mucho tiempo en ciudad donde tomar los baños (en los ratos en los que uno no está siendo degollado por algún invasor), y algunos de los establecimientos termales más castizos de la ciudad son verdaderos palacios.


Una de las piscinas exteriores de los baños Széchenyi

No hay nada como bañarse en una piscina exterior a 38 grados, mientras sobre tu calva cae aguanieve helada, para sentirte como un macaco japonés. Cruzar el patio todo mojado y en bañador era una auténtica tortura, y por lo tanto me imagino que la mar de terapéutico. Por cierto, en la piscina estaba la mitad de la clientela del bar gay del día anterior. Y yo me pregunto: para qué, habiendo ya saunas específicas para el gremio.
Todo mujeres y maricones

Por ser la primera y última vez, hicimos el circuito VIP del balneario, con acceso a la exclusiva planta +2 en la que tenías wifi, bebidas y frutas gratis, y además había un grupo de turistas nórdicos de culo respingón, bastante monos ellos. No hay ninguna foto que no esté movida, porque estaba todo en una penumbra muy de puticlub, la mar de relajante.



Sí, eso que asoma por abajo es mi pata peluda

La estancia en Budapest se nos hizo cortísima, sin visitar por dentro ni una peluquería (que sepamos) ni sin que diera tiempo a que ningún país enemigo invadiera y destruyera la ciudad. Pero volvimos contentos y más sabios, habiendo comprendido por fin que si la azafata hembra o la azafata macho de Lufthansa os dan a elegir el sandwich de queso o el de salami, siempre hay que escoger el de salami.



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