septiembre 18, 2014

El monólogo

El próximo día 26 se celebra "la noche de los investigadores", una jornada lúdica y divulgativa para acercar de forma divertida la tarea de los científicos a nuestros vecinos y amigos ciudadanos. Desde hace unos años, mi centro de investigación se lo curra a conciencia para ofrecer un programa muy variado y completo, desmintiendo así esa vieja idea de que no existe cultura más allá de la capital.

Entre las muchas actividades de este año, se organiza una sesión de monólogos estilo "club de la comedia", con algunas particularidades: cada monólogo tiene que durar unos cinco minutos y tratar sobre un tema de investigación concreto, de la especialidad propia de cada participante. Eso rebaja bastante de partida el nivel cómico del monólogo (al fin y al cabo, el potencial para la risa de algo como el ferromagnetismo es bastante limitado), pero a cambio se pretende algo que de forma desenfadada transmita un mínimo de conocimiento al público.

En fin, que me he dejado liar. Allí estaré, si no me da un síncope de nervios antes, junto al ganador del Famelab del año pasado y varias figuras de la investigación cántabra, incluyendo todo un vicerrector.

Qué miedo escénico, caramba.

Si al menos estuviera tan buenorro como Dani Rovira, tendría algo más de confianza en mí mismo.




Acabo de terminar de escribir mi primera versión del monólogo. Habrá que trabajar y pulir mucho el texto, pero aquí os lo dejo, con una petición: por favor, agradecería mucho que me hicierais comentarios concretos, incluso destructivos si hace falta, acerca de cómo mejorar el monólogo: cosas que quitarías, cosas que no veis que vayan a funcionar en escena, cosas que no se entiendan, cualquier otra cosa.

¡Gracias!


Hola… hola… ¿Hola? ¿Se me escucha bien desde el fondo de la sala?

Siempre hago esta pregunta porque el Universo, ya se sabe, está expandiéndose continuamente y, claro, es normal que la acústica se resienta. Cada vez hay más espacio en todas las direcciones, y a ver quién es el guapo que lo va a limpiar. Que el Universo se expande es una verdad incontestable, y por ese motivo cada día cuesta más levantarse y coger el coche para ir al trabajo.

La expansión del Universo la observó por primera vez un astrónomo americano que se llamaba Edwin Hubble. Tal vez le conozcan ustedes por el telescopio del mismo nombre. También sería un nombre estupendo para un champú, ahora que lo pienso. Edwin Hubble se casó con Grace Burke, una chica estupenda con una figura digna de anuncio de cereales con fibra. Pasados quince años la señora Hubble pesaba doce buenas arrobas y eso fue la primera pista de que, en efecto, el Universo debía estar expandiéndose. La segunda pista le vino a Hubble al estudiar la velocidad de las galaxias que se veían desde el telescopio de Monte Wilson. Se quedó sorprendido al darse cuenta de que las galaxias se alejaban todas de la Tierra, más rápidamente cuanto más lejos estaban.

Y no, no voy a hablar de corrimientos al rojo, que hay niños delante.

Lo primero que hizo Hubble fue comprobar a ver si le había abandonado el desodorante (hacer gesto de olerse los sobacos).

Cualquier otro astrofísico se habría quedado tan pichi ante ese descubrimiento. Al fin y al cabo, el “efecto Fairy” es un fenómeno bien conocido entre los estudiantes de astronomía: tú colocas a un astrofísico en una discoteca de moda y al momento todas las chicas guapas se alejan de él como las manchas de aceite cuando cae una gota de lavavajillas en el agua sobre la que flotan.

Pero el caso es que Hubble era un astrofísico deportista, incluso guapete: sus vecinos se pasaron años pensando que era un vendedor de aspiradoras. Ni su aspecto, ni su olor corporal, ni nada justificaba el escándalo de que las galaxias huyeran de él como de la peste. Así que publicó sus resultados y se hizo preguntas, entre las cuales estaban: ¿por qué se alejan las galaxias de nosotros?, ¿habrán estado alejándose así desde siempre?, y ¿cómo puedo evitar que mi esposa se cene una pierna de cordero asado todas las noches?

Afortunadamente, todo esto (excepto lo de la señora Hubble) encajaba muy bien con la Teoría de la Relatividad que había formulado Einstein, el de las camisetas, unos años atrás. Según Einstein, el Universo debería estar contrayéndose o expandiéndose. La única forma de mantener la línea era haciendo dieta estricta y mucho ejercicio, pero todos sabemos lo que pasa cuando uno se apunta al gimnasio en septiembre: las buenas intenciones no duran más de dos o tres semanas. El Universo, en eso, no se diferencia mucho de un funcionario cualquiera.

Resultó que se estaba expandiendo. Eso tenía dos implicaciones: primero, que el Universo debió haber estado muy encogido en el pasado, y segundo, que cada vez hay mas terreno libre que recalificar. De lo primero surgió la teoría del Big Bang, y de ella una serie de televisión muy buena. De lo segundo, como nos descuidemos, surgirá una burbuja inmobiliaria que te cagas. Que no se enteren los políticos, por favor.

Pero me diréis: qué tontería. Cañadío no se está expandiendo. Si lo hiciera, nadie podría dormir a gusto nunca más. Aunque los bares de la zona se forrarían. Tenéis razón: la expasión del Universo no se nota a distancias pequeñas. Hay que irse a unas cuantas galaxias de distancia para darse cuenta, y eso lleva un tiempo. Se os enfriaría la cena. Pero hacedme caso, y si no a mí al menos a Hubble y a Einstein: el Universo se expande.

No solo eso, sino que se expande cada vez más deprisa. De eso se dieron cuenta unos señores llamados Perlmutter, Schmidt y Riess en 1998, y lo hicieron estudiando la luz de supernovas muy lejanas. Las supernovas son estrellas que explotan, y también el nombre de una película muy mala en la que salían Marta Sánchez y sus pechos. Las supernovas de Perlmutter y compañía eran del primer tipo: los astrofísicos, siempre tan poco originales...

Que el Universo se expanda aceleradamente resultó una sorpresa y fue considerado algo de muy mal gusto por parte del Cosmos en general y las supernovas en particular. Resulta muy poco práctico: si esperas lo suficiente, acabarás librándote de tus vecinos molestos, pero a cambio te costará un huevo ir a cenar a tu restaurante favorito. Resultaba difícil entender a qué se debía este comportamiento tan desconsiderado. Yo, que por aquel entonces estaba en el comienzo de mi carrera científica, propuse llamarlo “principio de repugnancia cósmica”, pero inexplicablemente la cosa no terminó de cuajar.

Tuvo que venir de nuevo Einstein a sacarnos las castañas del fuego. Einstein era como el Cid Campeador, que ganaba batallas después de muerto, pero con mejor higiene personal. Bastaba desempolvar una antigua idea de Einstein, la “constante cosmológica”, para entender cómo se podía acelerar la expansión del Universo, al menos sobre el papel y con ecuaciones en mano.

Otra cosa muy distinta ha sido dotarle de sentido físico a eso de la constante cosmológica. La idea más popular entre los expertos es que esa constante se debe a la energía oscura que es…. ehm… esto… pues… una energía… oscura… o sea… ya me entendéis, ¿verdad?

Pues no, ya veo que no. Ni vosotros, ni yo, ni nadie: seguimos sin saber qué es la energía oscura, a pesar de que constituye tres cuartas partes de todo cuanto existe. Por mucho que os estorben vuestras suegras, os prometo que hay mucha más energía oscura que suegras en este Universo. Nadie lo sabe, pero tal vez alguno de vosotros entre el público acabe descubriendo en qué consiste. Yo apuesto a que los españoles estamos mejor capacitados que la mayoría para familiarizarnos con el concepto de energía oscura: al fin y al cabo, quién de nosotros no ha tratado alguna vez de descifrar –sin éxito– la factura de E.ON

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