mayo 15, 2016

Crimen perfecto

Esta es una de esas historias que comienzan con la silueta entenebrecida de una línea de rascacielos perfilados en fulgor de neón, farolas parpadeantes y semáforos desacompasados: luces artificiales, oprimidas bajo una asfixiante nube de smog y llovizna sucia, y el lamento metálico y alargado de un saxofón escapándose de una ventana bajo una herrumbrosa escalera de incendios, mezclándose con el ruido del tráfico, las sirenas de policía y la cháchara incesante de mil televisiones en la lejanía. Es el sonido de la respiración de la ciudad: todas las ciudades tienen la suya propia, y la de Boo de Piélagos hace venir a la mente las palabras "esputo" y "enfisema pulmonar" con completa claridad.

No ayudaba a purificar el ambiente el residuo del humo empalagoso y grasiento de la pipa de mi compañero (y sin embargo amigo) J. Arístides, socio mayoritario (por volumen corporal) de nuestra agencia de detectives, quien acababa de salir a "darse un paseo" para "aclarar sus ideas", dejando todos los restos de tabacazo en el cenicero. Últimamente J. Arístides decía haber desarrollado el hábito saludable de caminar al menos dieciseis horas todas las noches, para bajar las transaminasas, pero a mí no me la daba con queso: sabía perfectamente que se trataba de una excusa para no trabajar y dedicarse en su lugar a su afición favorita, procrear abundantemente. Yo no le decía nada: total, llevábamos sin tener un solo cliente desde la segunda guerra púnica, más o menos, y no se iba a notar si estaba o no en la oficina. Pero alguien tenía que defender el fuerte, así que era yo quien se quedaba todas las noches a mirar las manchas de humedad del techo, esperando en vano que alguien viniera a ofrecernos un caso. Eso me permitía a su vez dedicar un tiempo precioso a ordenar mis delicados pensamientos y mis agudas reflexiones sobre las cuitas del mundo moderno.

Me despertaron el delicado sonido de los berridos de nuestra secretaria, la señorita Bustillo, y los briosos mamporros que los acompañaban.
– ¡Despierte, condenado! Tiene visita. Y póngase los pantalones, por Dios.
Su aviso llegó demasiado tarde.  Dos personas, uniformadas y de género aproximadamente femenino, se introdujeron en la oficina sin esperar a que la señorita Bustillo les hiciera pasar, enseñando sendas placas que, si mi vista no me engañaba, eran tarjetas de puntos del Mercadona sobre las que alguien había aplicado generosas cantidades de Tipp-Ex y sobreescrito las siglas PPSc.B.P. Una de las mujeres llevaba consigo una voluminosa carpeta llena de documentos.
– Somos las detectives Mariló y Marifú de la Policía Pseudocientífica de Boo de Piélagos. Tenemos unas preguntas para los señores J. Arístides y Mike, A Secas.
La Policía Pseudocientífica era lo que había quedado de la división de élite forense y criminalística de la policía de Boo de Piélagos tras los recortes presupuestarios de los últimos años. En vez de resolver sus casos con carísimos análisis genéticos mitocondriales y sofisticados algoritmos informáticos, la PPsc recurría a la sección de horóscopos del Telva y a los consejos de una tal Madame Szerda, vidente, tarotista y vendedora de castañas, para atrapar a los criminales.
–Yo soy Mike, a secas. Mi compañero, y sin embargo amigo, no está disponible en estos momentos. ¿En qué puedo serles de ayuda?

– Tendremos que hablar con su compañero más adelante, entonces dijo la llamada Mariló–, pero usted nos valdrá para empezar. Marifú, saca los dossiers. 
La compañera abrió la carpeta y me cubrió la mesa de fichas policiales como las que se utilizan en los casos de asesinato.
–¿Qué opina usted de esto? me preguntó la muchacha. 
Eché una ojeada a las fichas:
– A ver... Palmiro Gualtrapas, edad 87, muerto por ataque de tos... Macarena Damia, 76 años, fallecida por pochez avanzada... Honoria Glossop, 92, muerta por empacho de fresas... Eustaquia Mendrugo (finalista del concurso de Miss Mundo 1937), muerte por golondrinos agudos.... Disculpen que lea en voz alta, es que si no no me concentro... don Arturito Ganapán, 91 años, combustión espontánea... Etelvina Bossom, 79 años, atropellada por un tacataca... Feliso Pus, 86 años, infarto de codo... Calpurnia Kartoffel, 94 años, devorada por las polillas... Vanessa Flinstrup, 89 años, ataque de hipo... ¿Qué ocurre con toda esta gente?

–  ¿No ve un peligroso patrón?

– No, la verdad que no... todas parecen muertes por causas naturales.

– ¡Exacto! Y eso es MUY sospechoso.
Me quedé mirando a ambas agentes, sin saber bien qué decir. Ellas a su vez se limitaron a sostenerme la mirada en silencio, durante lo que calculé fueron unos setenta minutos, interrumpidos solo por el jodido saxofón del que hablaba antes y el quedo sonido de rebote neumático que producían en la recepción las domingas de la señorita Bustillo cada vez que respiraba.
– En serio, no lo pillo dije finalmente, rompiendo el silencio.

– ¿No lo ve? dijo la agente Marifú–.  Todas las muertes siguen un mismo patrón. Tenemos un modus operandi clarísimo. ¡Esto es de primer curso de criminología, hombre!

– Nos enfrentamos, evidentemente, a un asesino en serie peligrosísimo –añadió su compañera Mariló–. Un carnicero despiadado que ha hecho realidad nuestras peores pesadillas: al final, como tanto temíamos, alguien ha dado con el secreto para perpetrar un crimen perfecto.
Continué mirándolas con cara de no entender nada. Es algo que se me da estupendamente bien, aunque bien mirado no es algo que suponga mucho mérito por mi parte, teniendo como tengo un cociente intelectual de treinta y cuatro.
– ¿No se da cuenta, ganapán? suspiró, irritada, la agente Mariló–. Alguien ha estado asesinando a todas estas personas mediante el método más infalible, y que menos huellas deja, de todos los imaginables: dejando que pase el tiempo.

– ¡Es el crimen perfecto! apostilló Marifú–. Sin posiblidad de fallo: el asesino solo tiene que seleccionar a su víctima, esperar varias décadas a que la Naturaleza sigue su curso, y al final los pobres desgraciados acaban palmando. Es sencillo, es elegante, es malévolo, y además no deja huellas que permitan identificar al asesino.

– Hemos hecho todo lo que está al alcance de la PPsc para atrapar y enchironar al asesino prosiguió la agente Mariló: hemos probado a hacer una carta astral, pero desconocemos si el culpable es ascendente Piscis o Capricornio. Hemos realizado una sesión de güija, y nada. Hemos intentado las psicofonías, el viaje astral, la imposición de manos, la criminología homeopática y varios tipos de lectura, incluyendo la de las líneas de la mano, la de los posos del café y la de unas cajas de pizza: no hemos descubierto al culpable, pero ahora sabemos que las de pepperoni son más grasientas que las cuatro estaciones.

– Ah, entiendo mentí–. No sabían a quién más recurrir y por eso han venido a consultarnos a nosotros, en nuestra calidad de exitosos investigadores privados. ¿No es así?

– Para nada replicó la agente Mariló, echándome un jarro metafórico de agua fría por encima–. Ni siquiera sabíamos que fueran ustedes detectives. Por el aspecto y olor de las dependencias, creíamos que esto era una funeraria.

– No, pollo intervino su compañera–. La explicación de por qué hemos venido a verles es mucho más sencilla: alfabética.

Ante el fracaso de nuestros avanzados métodos pseudocientíficos, hemos decidido abordar el problema de una forma mucho más directa continuó Mariló–: preguntando directamente a la gente. Y ustedes tienen apellidos que empiezan por la letra A.

– Así que le preguntamos, perillán: ¿es usted el asesino que estamos buscando?

– No respondí

– Perfecto, muchas gracias me dijo la agente Mariló, que parecía ser la de mayor rango de las dos–. Nos fiamos de su palabra. En la Policía Pseudocientífica damos mucho valor a los testimonios orales. Apunta, Marifú, que el caballero es inocente de asesinato.
Las dos agentes de la ley procedieron a recoger sus cosas y despedirse de mí, agradeciendo mi colaboración. Pero cuando ya estaban a punto de marcharse la agente Marifú se detuvo un instante, como considerando una idea.
– Espere. Estoy considerando una idea dijo, confirmando mis sospechas–. De acuerdo que usted no es el asesino que estamos buscando, pero respóndame a esta pregunta: ¿hizo usted algo para evitar la muerte de esas personas que ha visto en la lista?

– No, la verdad es que norespondí.  ¿Cómo iba a hacerlo? ¡Si ni siquiera sabía que existieran!

– ¡Ajá! exclamó la agente, triunfante–. De modo que usted no ha realizado los asesinatos, pero admite que ha sido cómplice de esas muertes.

– Pero, yo... balbuceé, incapaz de dar con una respuesta válida

– No se moleste en intentar exculparse, sabandija me cortó la agente Mariló–. Creo que le esperan largos años en la cárcel para meditar las consecuencias de sus inacciones. Si nos dice ahora el nombre de su compinche, el asesino, podrá acogerse al régimen de buena conducta y tal vez salga de chirona antes de se congele el infierno (Murcia). 

– ¡Les juro que no sé nada!

– ¡Quiá! Eso se lo dirá usted a todas. Apunta, Marifú: culpable de complicidad, encubrimiento y connivencia criminal. Se va a cagar el calvo este. Lo mismo que los otros catorce mil setecientos cuarenta y ocho cómplices que hemos interrogado hasta ahora.

– ¡Esta va a ser la mayor redada policial de la historia!

– ¡Y luego dicen que en este país la Policía no vale para nada!
Y de ese modo, parloteando y riendo animadamente como adolescentes, las dos policías se marcharon a continuar su misión, dejándome atónito y estupefacto en mi despacho, con un papelito como los de dar la vez en la carnicería en el que figuraba mi turno para ir a declarar ante el juez por mis crímenes:


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