abril 13, 2017

Procesión de Jueves Santo

A continuación, procederemos a la tradicional retransmisión narrada de la Procesión de Jueves Santo de nuestra ciudad. Por respeto a estas fechas, esta narración no irá acompañada por ninguna foto, música u otra distracción que nos pudiera apartar del debido fervor que nos inspira la Semana Santa.

Aun sin alcanzar la fama mundial de otras procesiones como las de Sevilla, Córdoba o Zamora, la de nuestra querida ciudad no es menor a sus hermanas en devoción de sus participantes, tradición histórica y sentimiento popular. Los pasos de esta procesión albergan tesoros reconocidos de la imaginería sacra que se remontan al Barroco español. Comienza, pues, esta retransmisión en atención a las personas que ya sea por motivos de trabajo o de salud no pueden disfrutar de esta procesión en vivo.

Se abre el cortejo con la tradicional Cruz de Guía. En nuestro caso se trata de una imponente cruz de dos metros de altura, sobria, sin más adornos que unas sutiles filigranas de oro, plata y zafiros que, engarzados sobre la severa superficie oscura del ébano, reflejan el espíritu de pobreza de Nuestro Señor Jesucristo, fielmente continuado y transmitido por la Santa Madre Iglesia. La cruz, tallada en el siglo XVIII por el maestro ebanista gaditano Juan Pedro de Morrete, está siendo portada este año por un esforzado y musculoso nazareno de la Hermandad del Santo Escapulario, ataviado con los humildes terciopelos violeta de su cofradía, quien ha estado entrenando durante todo el año en el Santo Gimnasio de la Catedral para poder soportar la pesada a la par que gozosa carga del señorial crucifijo. Ahora, mientras hablamos, el nazareno se detiene un momento para retomar fuerzas, se levanta pudorosamente el capuchón y se bebe de forma discreta un batido de proteínas y aminoácidos ramificados. Detrás de él, varios compañeros de la misma cofradía, encapuchados acordemente, comentan entre susurros los sacrificios que supone llevar una dieta estricta a base de pechugas de pollo, arroz y creatinina. Todo sea por la mayor gloria de la Semana Santa.

Vienen a continuación, en espíritu de cristiana igualdad y fraternidad y por riguroso orden jerárquico, los superiores de las principales cofradías: los Hermanos Mayores, portando los Libros de Reglas de cada una de las hermandades, los Tenientes de Hermano Mayor, los Mayordomos, los Hermanos Consiliarios, los Secretarios, los diversos Priostes, los varios estamentos de Diputados, el Capillero y los variopintos Hermanos de Honor, en una elegante estructura que denota la sencillez que caracteriza a nuestra fe. Todos ellos llevan erguidos estandartes y poseen ese preciado atributo que les concede el honor de poder acceder tan altos puestos en una cofradía de Semana Santa: pene. 

Llega ahora el senatus, estiloso estandarte penitencial en terciopelos y seda roja cardenalicia con las siglas romanas SPQR bordadas en hilo de oro. Cuenta la tradición que el estandarte que hoy podemos admirar fue bordado en el siglo XIX por las monjitas del Convento de Nuestra Señora del Bendito Corazón durante la Guerra de Independencia, aun mientras fuera de los muros del convento volaban las balas y morían cientos de inocentes. Que las piadosas hermanas tuvieran la entereza de seguir con sus rezos y sus bordados cuando en su lugar otras mujeres más débiles en su fe hubieran estado socorriendo a los heridos da testimonio de lo grande que es nuestra devoción católica.

Acto seguido, pero con la majestuosa solemnidad propia de la procesión, comparecen las bocinas y añafiles,  evocando la trompeta del Arcángel San Gabriel en el Día del Juicio Final, que ojalá llegue pronto de una vez. Contrariamente a lo que cabría esperar, estos instrumentos no se hacen sonar, sino que guardan un respetuoso silencio para no perturbar la paz de cofrades, penintentes y espectadores.

De perturbar dicha paz ya se encargan los tambores, trompetas, silbatos y pífanos que vienen a continuación, manejados por entusiastas cofrades que este año parecen empeñados en demostrar su devoción rompiendo el récord Guinness de decibelios en una vía pública. Los instrumentos vienen precedidos por un temblor en el pavimento y en los edificios circundantes de magnitud 6.4 en la escala de Richter. A su paso, como conmovidos por la fuerza de la fe,  van cayendo fragmentos de escayola de las fachadas, lloran niños y mayores, se desprenden de forma espontánea las cataratas (y de paso las propias córneas) de varios transeúntes y se producen escenas de éxtasis, desmayos y estampidas de animales. 

Llega una de las secciones más emocionantes de la procesión: la de los nazarenos penitentes, que cargan con la cruz de sus pecados y, sobre todo y muy especialmente, los de los demás, esos descastados que no han venido a la procesión y por lo tanto no tienen los oídos sangrantes en estos momentos. Visten algunos nazarenos capas y capuchones, cada uno según el color de su Hermandad: ora negro, ora azul oscuro, púrpura, marrón, granate, blanco roto o rosa melocotón. Otros, los que más fe quieren que sepan sus vecinos que tienen, cargan a sus espaldas pesadas cruces. Pasa a nuestro lado ahora la Cofradía de la Pasión Acuciante, caminando descalza. Unos monaguillos, vestidos provocativamente con faldita y canesú, van arrojando clavos ardientes a la calzada, para potenciar el sufrimiento de los penitentes. Tarda en pasar esta parte de la comitiva entre seis y nueve horas, tratándose como se trata de una procesión rápida. No es cuestión de perturbar el tráfico de la ciudad más tiempo del estrictamente necesario.

Tras los nazarenos circulan los acólitos (ceroferarios, tuniferarios y pertigueros), ataviados en sencilla dalmática bizantina de lino y estofa bordados, con sobrios galones en dorado y bermellón, borlas y orlas, insignias, cenefas, botonaduras y filigrana a juego con las penitencias que acabamos de contemplar y que nos retrotraen a la época dorada de las órdenes mendicantes.

Y por fin comparece el plato fuerte de la Procesión: los Pasos. Este año son cuatro los que honran las calles con su majestuosa presencia. El primero es el más antiguo, la Magdalena Suplicante. Se trata de una figura considerada por algunos como una obra menor, pero atribuida al mismísimo maestro Juan de Mesa en sus años de juventud. Se trata de una talla sencilla, sin palio, sita sobre parihuela de tres toneladas métricas y realizada en pasta de madera y telas encoladas y policromadas. La talla, de unos 1.6 metros de estatura, representa a escala la figura de María Magdalena, llorando como una ídem ante la pasión y crucifixión de Nuestro Señor. En su rostro convulso y pintado como una puerta, el rímel se corre en exquisitos goterones negruzcos, denotando tensión dramática, dolor y moco. Viste la Magdalena, con la habitual fidelidad histórica a la que nos tiene acostumbrada la imaginería sacra, la típica indumentaria de una prostituta de judea en el siglo I: vestido de cintura alta en seda azul celeste con verdugado español, escote medíceo en forma de V con tassel almidonado, mangas abombadas y gorguera de Flandes a juego.  Eso sí, todo tapado por una arpillera negra porque estamos en Semana Santa, lógicamente.

El segundo paso pertenece a la Hermandad del Sacro Coxis Lumbar y se centra en la figura Nuestra Señora de las Angustias y los Agudos Dolores en el Vientre y la Persistente Quemazón Provocada Por La Urticaria. Se trata de una figura pequeñita, del siglo XVIII, atribuída al taller del maestro Petronilo de Cuenca, ataviada en raso y terciopelo negro bajo palio naranja butano. La Virgen está arrodillada en actitud orante, de humilde aceptación. Su corona es de platino con diamantes engarzados. Como la figura en sí es de pequeño tamaño (apenas un metro veinte), las esposas de los cofradades han engalanado la parihuela con seis mil cirios hechos con cerumen de oveja abisinia. Los costaleros, que se estrenan todos este año (los supervivientes del año pasado aún ocupan el ala de traumatología del hospital Virgen del Copago) consiguen que la figura se mueva suavemente, como si levitara entre nubes, pese a que el Paso tiene aproximadamente el tamaño y la masa de un tanque alemán de la II Guerra Mundial.

Llega, solemne, el Paso del Cristo Agonizante del Espantoso Sufrimiento, obra cumbre del siglo XVII: una majestuosa talla que refleja algunas de las ingeniosas torturas que sufrió Nuestro Señor en el camino al Calvario. La figura, tallada según dice la leyenda a partir de una pieza única procedente de un roble centenario, fue elaborada por el maestro sevillano Simón de Botijocerrado; es una pieza exquisitamente lacada y policromada según la técnica del estofado, que sufrió graves daños durante el incendio de 1879 y fue posteriormente restaurada, por iniciativa popular, hasta recuperar su gloria inicial. Como suele suceder en las tallas de la escuela andaluza, la figura rehúye de efectismos innecesarios, mostrando con serenidad los más mínimos detalles: la Corona de Espinas se clava en la piel del Redentor, perforándola y arrancando copiosos ríos de sangre que se unen a los provinientes de las llagas, pústulas y flagelaciones de los latigazos, las lesiones incisocontusas de armas de distinta consideración, los estigmas, los arañazos, las escarificaciones y los diversos traumatismos; con inusitado realismo, la sangre mana por innumerables heridas, gotea por todo el cuerpo de Nuestro Señor y forma un charco a sus pies, que están cubiertos de ampollas y están siendo mordidos por perros rabiosos. Se trata sin duda de una imagen edificante para niños y mayores. Al paso de la figura, decenas de señoras ancianas, las auténticas groupies del catolicismo, se echan a llorar a moco tendido.
Esto es un sentimiento muy grande, que no se puede explicar –dicen, pero con bastantes menos fonemas.
Por último asistimos, arrebolados, al tránsito del último de los Pasos, el Mayúsculo Cristo Triunfante del Gran Poder Plenipotenciario y Multiusos de la Gloria Trascendente de Todos Los Santos Por Orden Alfabético Inverso, un espléndido madero de 1642 atribuído a Tomás Jesús de Calamoñas y actualmente en custodia de la Hermandad del Reloj Atómico de San Fernando. La figura mide como doce metros de altura, pesa tanto que va dejando surcos en el asfalto por donde pasa y está dotada de un ingenioso sistema de bisagras y poleas que le permite mover los brazos, girar la cabeza y escupir fuego por la boca, para deleite de todos los asistentes.

Ya casi ha acabado la Santa Procesión. Sólo queda que tras los pasos caminen, esquivando los charcos de cera ardiente, sangre, aceite, sudor y esputos, los representantes del poder civil: jueces, militares y políticos locales y nacionales, demostrando como es debido que en este país, ahora y siempre, la religión va delante de todo lo demás. Como debe ser.






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