febrero 10, 2016

La búsqueda (I)

Un buen detective privado, despúes de tantos años de experiencia en la carrera como llevo yo, es capaz de adivinar prácticamente todo acerca de un cliente nada más verlo. Basta con analizar los minúsculos pero patentes signos inconscientes que el hombre de la calle va dejando en su postura, su lenguaje corporal, su vestimenta, su tono de voz y, sobre todo, sus silencios: lo que no se dice, como bien sabe el observador avezado, traiciona mucho más acerca de los secretos inconfesables de un tipo que lo que sí se dice.

Todo esto es un arte que los detectives vamos adquiriendo trabajosamente, a lo largo de los años, gracias al continuo contacto con clientes, que por lo general tienen mucho que ocultar, y con otras gentes de mal vivir tales como soplones, rateros de poca monta, narcotraficantes, rabinos y similar calaña.

La agencia de investigadores privados que regentábamos mi socio (y sin embargo amigo) J. Arístides y yo había tenido tres clientes, cuatro si contábamos al señor que buscaba la oficina de la compañía del gas y llegó a la nuestra por equivación, en los últimos veinte años, y por ese motivo yo jamás había desarrollado ese sexto sentido del que antes hablaba.



Es por eso que, cuando la señorita Bustillo, nuestra secretaria pechugona, me recibió aquella tarde diciéndome que me esperaban un par de clientes en el cuchitril que suelo llamar "mi despacho", me sorprendí enormemente y decidí pasar un rato observándoles por el ojo de la cerradura antes de entrar a saludarles.
¿Está usted segura de que no son cobradores de algún tipo? –le pregunté a la señorita Bustillo.
No sabría decirte, encanto –me respondió ella, encogiéndose de hombros y provocando con el movimiento un pequeño seísmo de ondas longitudinales y transversales en sus abundantes domingas–. Lo único que sé es que se han presentado hace un rato diciendo que querían verte. Y acto seguido han abierto el minibar y han arramplado con todo lo que quedaba. No han dejado ni gota.
Se refería a las siete botellas de orujo casero que se había dejado nuestra penúltima secretaria, Mrs. Dawn, jamona de profesión y alcohólica de vocación, antes de huir a Tijuana con un informático melenudo. Por el comportamiento gorrón de los potenciales clientes, deduje que habían de ser o ora políticos, ora miembros de la alta clase empresarial de nuestro país.

Con cuidado de no hacer ruido y procurando no hacer movimientos bruscos, por el lumbago, me agaché a mirar por el agujerito, aplicando al tiempo a la puerta el estetoscopio que siempre llevo conmigo para los momentos de espionaje. Dentro del despacho me aguardaban un hombre de elevada estatura y una rubia de bote de alarmante delgadez.
Y recuerda –le decía ella a él, bruscamente. La mujer tenía una dicción esmerada–. Mantente firme. Que se note que vienes con las ideas claras.

Sí, querida –respondió él.

Y que no te vea desesperado. Que se vea que tienes un montón de opciones.

–  Sí, querida.

–  Y mírale a los ojos. Que no huela tu miedo.

–  Sí, querida.

–  Esta gentuza siempre huele el miedo. Les das la mano, y se quedan el brazo. Si lo sabré yo...

–  Sí, querida.

–  Tú, eficiente, profesional. Institucional, ya sabes.

–  Sí, querida.

–  Pero al mismo tiempo relajado y afable, dentro de un orden.

–  Sí, querida.

–  Afable, pero no te pases. Ya ves a lo que le condujo a tu padre ser tan campechano.

–  Sí, querida.

–  Que se note aquí quién manda.

–  Sí, querida.

–  Que se vea quién lleva las riendas.

–  Sí, querida.

–  Así me gusta, Felipe. Buen chico.

–  Sí, querida.
Esperé a que se produjera un hiato en la conversación de los dos personajes para carraspear educadamente y entrar en el despacho.  
Buenas tardes –dije–. Soy el señor Mike, a secas. ¿Con quién tengo el gusto de hablar?

Hola, señor A Secas –dijo el hombretón–. Somos los re...

Venimos de incógnito –le interrumpió ella, dándole un codazo–. Llámenos Regina Powers y esposo, gracias. Pero no se me quede mirando con esa cara de panoli y hable con mi marido, que es el que manda aquí.

–  Como usted diga, señora –dije yo.

–  Sí, querida –añadió el hombretón–. Mire, señor A Secas, veníamos porque...

–  Queremos encargarle un trabajo –volvió a interrumpir la mujer–. Usted es detective, ¿verdad? Digo yo que sabrá buscar personas.

Sí, claro, es un clásico en mi profesión –dije yo–. Suelen decir que salen a por tabaco y aparecen una semana más tarde, totalmente desplumados y con cara de felicidad idiota, en el puticlub. ¿Cómo se llama el desaparecido?

No tiene nombre aún –dijo él.

Calla, luz de mi vida –dijo ella–, y deja hablar a los mayores –y volviéndose a mí aclaró la situación–: no ha desaparecido nadie.   

¿Disculpe?  –pregunté, sin entender nada.

–  Permítame que le haga una pregunta sencilla –replicó ella–: ¿es usted tonto? Le hemos dejado entrever que necesitamos que encuentre a alguien. Pero en ningún momento hemos hablado de ninguna persona desaparecida.

Pues si me hace el favor de explicármelo...

Por supuesto, ahora mismo se lo explica mi marido, faltaría más. ¡Felipe, explica!

Pues verá, es que...

Se trata de la gobernabilidad –cortó ella–. Este país necesita un Presidente del Gobierno, ¿sabe usted? Aunque no sé por qué, la verdad, estando mi marido, con lo preparado que está. Pero en fin: son cosas de la Constitución. Necesitamos que nos encuentre un candidato de consenso.

Es que no se ponen de acuerdo... –intervino el hombretón. Parecía a punto de echarse a llorar.

¡Es que no sabes imponerte! No te toman en serio. Siempre te lo estoy diciendo.

Cariño, no empecemos con eso ahora, no delante de este señor...

¿Qué te he dicho de replicarme en público, Felipe?

Perdón, cariño...

Así me gusta. Ahora sé un Jefe de Estado bueno y deja que yo me ocupe –y, volviendo su terrible mirada hacia mi persona y adoptando una voz fría como el hielo, profunda como el abismo, crujiente como las galletas, me preguntó–: ¿puedo contar con usted para encontrarnos un presidente? No hace falta que sea muy listo. Con que tenga la dentadura completa y sepa jurar el cargo sin mearse encima, nos vale.
¿Cómo iba a decirle que no a esa mirada y esas orejas? Asentí, tragando saliva con dificultad.

No sabía en qué nido de avispas me estaba metiendo.
                  

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