julio 31, 2014

Misterio desvelado

Tengo un osezno que no me lo merezco.

El Viaje Misterioso consistió en unos días en Alemania, con el hilo conductor que conmigo nunca puede fallar: la gastronomía. Entramos por Munich, donde visitamos -cómo no- la famosa Hofbräuhaus y nos pusimos ciegos a salchichas, pretzels y cerveza.





Llovía un poco, pero al día siguiente el tiempo aguantó y pudimos recorrer unos pocos rincones de la ciudad sin tener que sacar el paraguas. Yo llevaba casi diez años sin visitar Munich y casi había olvidado lo agradable que es, para tratarse de una gran ciudad.






Pero Munich era solo la puerta de entrada. Nuestro destino estaba más apartado: Mitteltal, un precioso pueblecito de la Selva Negra junto a Baiersbronn. La zona de Baiersbronn es una anomalía gastronómica en Alemania: ocho estrellas Michelín concentrada en una región diminuta. El osezno quería invitarme a comer en algún lugar memorable y organizó todo un viaje en torno a esa comida.

Pero antes de llegar al plato fuerte, hablemos del sitio. El osezno se lo curró hasta el punto de conseguir que nos hiciera un sol espléndido los días que paseamos por la Selva Negra. El paisaje de la región recuerda un poco al de Cantabria, pero la arquitectura típica es más coqueta y los bosques más espesos.





















El turismo en la región de Baiersbronn tiene tres perfiles bien determinados: gente rica que va a comer bien, familias de clase media/alta buscando contacto con la Naturaleza y, sobre todo, jubilados. En nuestro hotel los únicos que bajábamos la media de edad por debajo del Pleistoceno éramos nosotros dos y una familia con niños rubísimos y formalísimos. Las mesas para el desayuno estaban reservadas con cartelitos y en la nuestra me hizo mucha ilusión que escribieran "Familia de Señores de Osezno".



También aprovechamos para visitar la pequeña ciudad de Freundenstadt, con su torre con vistas panorámicas, sus plazas y sus terrazas.




Pero por supuesto, el centro de las mini vacaciones fue la comilona en el restaurante de lujo Bareiss (tres estrellas Michelín)... ¡no quiero ni pensar el dineral que se habrá gastado el pobre osezno! De aquella experiencia solo hay una foto del menú, y sacada a posteriori, porque no me llevé ni móvil ni cámara al restaurante. Fueron tres horas dedicadas únicamente a disfrutar de la compañía del osezno, el precioso lugar y la impresionante comida.


¡Ay cómo me cuidan!


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