marzo 26, 2015

Lo bueno (4)

Yo, siempre lo he dicho, tengo tanto oído musical como un bote de ketchup y tanto ritmo al bailar como un buzón de correos. El baile, el sentir el latido la percusión, el llevar el ritmo y el ser capaz de coordinarlo con otra persona son cosas que sé que existen, y que les suceden a otras personas, probablemente en otra galaxia. O en Brasil.

Allí cada garito tiene sus propios músicos actuando en vivo. Al principio sospeché que se trataba de un paripé para turistas.
- Esto en los bares normales, donde va la gente local, no es así, ¿verdad? -les preguntaba yo a mis compañeros brasileños.

- Oh, sí, sí que es así.
La gente se levanta y baila. Da gloria mirar cómo se mueven ellos y ellas. Bailan muy pegados, unos con otros, en contacto estrecho cuerpo con cuerpo, y no tiene ningún significado oculto. Bailan por el placer de bailar y aunque parece que se vayan a quedar embarazados después del tercer o cuarto compás, no existe ninguna intención sexual en todo ello. Van cambiado de pareja alegremente y perfectamente natural que todos bailen con todos a lo largo de la noche. De hecho, el choque cultural viene cuando llegamos los europeos con nuestros prejuicios. Una chica que conocí allí, madrileña que lleva unos meses trabajando en Río, me contaba su primera experiencia en un bar de copas:
"Allí estaba yo, con mi caipirinha en la mano, y de repente se acercó un chico a bailar conmigo. Naturalmente, le hice la cobra. El chico se quedó pálido, sorprendido, sin saber cómo reaccionar. Parecía que se iba a echar a llorar en cualquier momento. Probablemente nunca le habían negado un baile. Mis compañeras brasileñas se acercaron a preguntarme que por qué me comportaba tan rudamente. Y entonces comprendí que ya no estaba en Malasaña".
La noche que salí vi a chicos bailando con chicas, chicas bailando con chicas y chicos bailando con chicos. Los únicos que no bailamos fuimos servidor y los de Teruel. Me sentí levemente minusválido. A cambio, cayeron bastantes más caipirinhas de la cuenta. Y volví al hotel con una alegría que normalmente no siento cuando vuelvo a mi casa de una noche de copas por Santander.

Los vídeos que grabé con el móvil son espantosos: se oyen fatal y se ven peor. Tentado he estado de no subirlos, pero me da algo de pena no compartirlos, así que ahí van:

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