abril 17, 2014

Catholic Pride

Horroroso, ha sido horroroso.

Quien juega con fuego, es muy probable que acabe quemado. Esta manía mía de venir a ver a la familia en estas fechas me va a matar.

Primer error táctico: dejar que mi sentimiento de culpa por ser un mal hijo que cada vez viene menos a visitar a su Madre me llevara a acompañarla a la misa del Jueves Santo. Una hora entera oyendo la historia del Dios del Amor que extermina a todos los primogénitos de Egipto para demostrar que la tiene más larga que los dioses del Nilo, sobre gente lavando pies a otra gente y sobre lo bonito que es que alguien muriera para salvarnos del pecado que él mismo nos dio en primer lugar. Mi ideal de una tarde divertida.

Segundo error táctico: aceptar la propuesta de mis padres de acompañarles a "tomar un piscolabis". Empieza la Procesión Segoviana, tradición milenaria que no se circunscribe a la semana de Pascua y que consiste en pararse cada quince pasos a hablar de estupideces con gente a la que apenas se conoce, pero con la que hay que hablar mucho porque al fin y al cabo en Segovia no hay mucho más que hacer. Todos los conocidos de mis padres coinciden en dos cosas: en lo mucho que he crecido, y en que a ver cuándo termino de estudiar y me busco un trabajo como dios manda, a ser posible en hostelería que es algo que tiene mucho futuro.

Y tercer y peor error táctico: elegir el lado equivocado de la acera, y verme atrapado durante cuarenta minutos por uno de los Desfiles del Orgullo Católico que invaden nuestras ciudades en estas fechas, sin que las autoridades competentes puedan evitarlo.

Para quien no haya visto nunca un desfile del Orgullo Católico (yo llevaba años librándome), explico brevemente en que consiste: a paso muy lento y paulatino avanzan distintos carruajes, que en vez de llevar gogós encima llevan o bien figuras de hombres flacos y lacerados sangrando a borbotones, o esculturas policromadas de señoras de cara rellenita y el rímel corrido por las lágrimas, vestidas como una reina del Carnaval de Tenerife de luto, con mas espadas atravesándoles el corazón que en un número malo de magia. Las carrozas están cubiertas de cirios y de claveles de una horterez incalculable, capaces de provocar ataques epilépticos a una urraca histérica. En las ciudades con más groupies católicos, estas carrozas las llevan sobre el lomo un grupo de mamíferos de carga llamados "costaleros" o también "cretinos", dependiendo de a quién preguntes. En otras ciudades menos santas, las carrozas llevan ruedas.

Precede a cada carroza un grupo musical, que ameniza la marcha a golpe de tambores y trompetas. Dice mucho acerca de la inteligencia de estos músicos que necesiten ensayar durante meses, todas las tardes y al aire libre para que les oiga toda la ciudad, a fin de poder tocar "porróm, pom, pom, porróm" sin equivocarse demasiado, y además caminando al mismo tiempo.

Por supuesto, no pueden faltar los encapuchados. La gente mal informada cree que son miembros del Ku Klux Klan, pero lo cierto es que los capirotes blancos son minoría. Hay otros muchos disfraces: los capuchones rojos (modelo Guardia Personal del Emperador en Star Wars), los capuchones morados (estilo Tinky Winky), los negros (estilo Batman con cabeza de pincho) y, los que más me gustan a mí, los encapuchados sin capirote, al más puro estilo Verdugo Siglo XIV. Algunos van encadenados, los más tiquismiquis llevan un cordel de la mano (posiblemente para no perderse) y muchos llevan velas, cirios, palmatorios y estampitas de gente con mutilaciones, estigmas, llagas, pústulas y otras lindezas.




Tras la carroza desfilan las Fuerzas Vivas de la ciudad y la cofradía de turno, lo que en Segovia viene a equivaler a ver desfilar a medio elenco de figurantes de The Walking Dead con maquillaje de zombi completo. Los hombres llevan capa castellana y enormes medallas colgando al pecho, con lo que parecen cruces impíos entre Ramonchu dando las uvas y Mr. T. del Equipo A. Los militares lucen ortopedias, medallas, condecoraciones y armas de destrucción masiva, mientras que las autoridades eclesiásticas llevan falda y báculo de pedrería de fantasía. 

Llega el turno de la comunidad BDSM, muy potente entre los católicos, exhibiendo sus fantasías masoquistas cargando palos, azotándose y compitiendo unos con otros a ver quién pone más cara de pena.

Finalmente, en el último lugar que les corresponde en su papel de sucias siervas de Satán, circulan las mujeres, guapísimas en sus vestidos de cucaracha con mantilla y pintadas como furcias.

Todo esto a velocidad de glaciar, con los niños subidos a hombros de sus padres mirándolo todo con horror y expresiones de "por favor, que se acaben ya de una puta vez estas vacaciones de mierda, prefiero volver a clase a estudiar quebrados".

¿Qué ejemplo le estamos dando a nuestros niños? Escandalizado me queda. O sea, que yo respeto a todos, incluso tengo amigos católicos y casi por gente normal, pero, ¿no podrían practicar sus aberraciones en la intimidad de sus hogares, y no ir por ahí montando escándalo, enorgulleciéndose públicamente de estar tarados?

 

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