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marzo 24, 2017

Gestión de conflictos

Mi problema, tal vez, es que nunca he tenido problemas.

No sé bien cómo gestionar las situaciones de conflicto. La vida me ha tratado tan bien que no he tenido muchas oportunidades para aprender.  

No tengo hermanos, así que nunca he tenido con quién pelearme de forma regular. Por supuesto que de niño tuve mis riñas de patio de colegio, como todo el mundo, pero desde entonces todo me ha ido bastante rodado: estoy a cuatrocientos kilómetros de las broncas familiares, en mi entorno laboral inmediato si hay broncas yo nunca las he visto, y he tenido la tremenda suerte de encontrarme con un osezno con el que en diecisiete años solo he tenido un enfado digno de mención, y sólo nos duró unas pocas horas. Con él, la disputa más gorda suele ser a qué cafetería vamos para desayunar por la mañana. La gente me pregunta cuál es el secreto para tener una relación tan duradera en estos tiempos, y siempre respondo que cómo sería posible no tenerla, estando al lado un chollo de persona como es el osezno.  En mi vida solo me he enfrentado a un enemigo, yo mismo, y yo, como rival, la verdad es soy bastante birrioso. 

No es que me queje del asunto. ¡Líbreme el todopoderoso Monstruo Espagueti Volador Gigante! Pero hay una consecuencia de todo esto, y es que casi nunca he tenido que enfrentarme a las consecuencias emocionales del conflicto. No sé bien cómo gestionar mis emociones en situaciones de enfrentamiento. Como muestra, un botón: la última vez que tuve un rifirrafe dialéctico fue en una discusión banal de escalera de vecinos, y dormí mal durante casi una semana. Tras aquella pelea de tres al cuarto con la vecina, un buen amigo me dio un consejo inapreciable:

"No le puedes caer bien a todo el mundo. Acéptalo."

Y creo que más o menos lo he aceptado, intelectualmente al menos, pero aunque ya no me llevo un disgusto personal cada vez que alguien me mira mal, eso no significa que me haya aprendido a manejar mis emociones.

No me estoy refiriendo a la agresividad. Es verdad que en las raras veces en que discuto por algo tiendo a calientarme y perder cierto control, sí, y eso es un problema muy serio. No me siento nada orgulloso de ello y es algo sobre  lo que tengo que trabajar duramente, pero tampoco creo que mi forma de reaccionar sea más virulenta que la de la mayoría de las personas.  Tal vez alce mi voz más de lo debido o diga algo de lo que luego me arrepienta, pero creo que no soy de los de sacar el bate de béisbol y los puños americanos en un arrebato. No, lo que me trae frito hoy es una cosa diferente: el llamado "post-pelea", que me está dando un día un poco horripilante.



La culpa es de las puñeteras Vicisitudes de la Vida: son ellas las que me han colocado en una posición en la que me toca luchar y hacer mías peleas de otros. Esta mañana he tenido una de ellas, con una de las conversaciones de teléfono más absurdas y desagradables que he tenido el disgusto de mantener nunca. Menos mal que la conversación, por llamarla de alguna manera, se vio interrumpida por la llegada de un paquete postal que tenía que bajar a firmar, que si no aún estaríamos agarrados al auricular y la escalada de las hostilidades habría sido de ríete tú de la Guerra de los Cien Años. Pero la cosa no se va a quedar aquí, y preveo que las próximas semanas van a ser interesantes de lo lindo.

Aquí es donde viene mi petición de auxilio: ¿qué hago yo ahora con este disgusto que llevo dentro? ¿Cómo se maneja esto? Esa sensación de ardor que te revuelve las tripas y no te deja reposar, que te acelera el pulso y te lleva una y otra vez a revivir la conversación; a imaginar respuestas mordaces y certeras que jamás llegarán a ser dichas en su momento justo. Esa especie de sentimiento de culpa por atacar y haber sido atacado. Esa sensación de inferioridad, la duda de si el otro habrá tenido la razón o si simplemente es que es mala persona... todo eso que lleva dándome vueltas a la cabeza todo el día, y seguirá haciéndolo sin duda todo el fin de semana, y que me lleva a estar intentando desahogarme en estas líneas en vez de hacer lo que debería hacer, que es concentrarme en mi trabajo y responder al referee de mi artículo, que ya va siendo hora. Con la pequeña tortura adicional de ser consciente de que todo esto en es el fondo por una soplapollez. ¿Qué será cuando tenga que enfrentarme a un conflicto de verdad?

En serio, ¿cómo hacéis, los que tenéis experiencia peleadora? ¿Esto mejora con el tiempo o va a ser siempre así? Porque, sinceramente, me entran ganas de meterme a alguna otra profesión que me obligue a aislarme por siempre de mis semejantes, como monje, informático o algo así. 

marzo 21, 2017

Mosqueo térmico

Ayer entré en una tienda. En la entrada tenía un dispositivo maravilloso: un botón. Llegabas, pulsabas el botón,  la puerta se abría automáticamente, pasabas y la puerta se cerraba sola. Todo un invento. 

Puede que esto suene a anécdota intrascendente, pero tiene más importancia de lo que parece. Vivo en una ciudad con clima atlántico moderado. Eso significa inviernos lluviosos con temperaturas que no suelen bajar de los 5-10 grados, primaveras y otoños larguísimos de tiempo caótico, y veranos inexistentes desde cualquier punto de vista que no sea el meramente astronómico. 

Esto tiene la ventaja de que en Santander es muy improbable que mueras congelado en mitad de un alud de nieve, lo cual es muy bueno para el organismo, pero la desventaja de que nueve de cada doce meses son tirando a incómodos. No hace un helor de morirse, pero sí un frío húmedo, insidioso y reumático, que se te mete en los huesos y te resbala por la nariz, y que se vuelve especialmente molesto en los días cortos, oscuros y feos de noviembre a abril. Un frío de mierda, y creedme que sé de lo que hablo cuando se refiere al frío: soy segoviano.

Cabría pensar que en un entorno así deberían florecer lugares públicos acogedores y cálidos que inviten a la gente a reunirse dentro, pero no es así.

Es un fenómeno puramente local. No parece darse en otras latitudes. Pongamos el caso de los pubs británicos: lugares lúgubres y mugrientos que sin embargo ofrecen un refugio cálido frente a las inclemencias meteorológicas. Son sitios llenos de roña y ácaros en los que, por algún motivo (el tamaño de las jarras de cerveza influye bastante, pero no es lo único), apetece quedarse. En otras palabras: si me dan a elegir entre el ambiente exterior de las calles de Aberystwyth, en pleno enero y tras la caída del sol, y el interior de uno de esos tugurios galeses, gana el tugurio. Vamos, de calle.

En Santander no existe nada parecido. Los bares, cafeterías y tiendas de mi ciudad adoptiva son todos fríos y repelentes. En muchos casos se está más calentito fuera del local que dentro.

En santander hay dos tipos de locales, a cual más odioso. Están por un lado los que no tienen ningún tipo de climatización. Total, para qué, si hace una estupenda temperatura de trece grados. ¡Tampoco es para tanto! Y da gracias a que al menos dentro del bar no llueve. Esta es una actitud recia y sufrida, muy propia del Norte, sí, pero solo del norte peninsular: probad a utilizar esa filosofía empresarial en Rotterdam, y ya verás lo bien que os va. Yo sospecho que se trata de algún tipo de perversa estrategia comercial: hacer que el cliente se sienta todo lo incómodo posible para que llegue, consuma y se vaya rápidamente a algún sitio más confortable, como por ejemplo el fondo de la Bahía. Inluso se da la paradoja de cafeterías que se molestan en instalar una decoración que parece cálida y acogedora, pero que luego mantienen temperaturas internas capaces de cuajar el benceno.

Pero mucho peores son los otros tipos de establecimiento: esos que sí tienen calefacción dentro, pero que dejan la puerta abierta constantemente. En ellos se establece un perverso gradiente de temperatura entre el fondo del local, donde el plomo de las juntas de las tuberías se derrite lentamente, y la puerta, donde una corriente huracanada hace volar las pelucas de las señoras. ¿Cuál es el sentido de algo así? Alguno tendrá, porque se trata de una estrategia deliberada: el otro día, en una conocida cafetería-panadería-pastelería-tienda-de-cosas del centro de Santander, cuyo nombre completo no voy a decir pero que comienza por "La Gallof..." y termina por "...a Gallofa", pregunté a la dependienta si podía cerrar la puerta, por favor, si no era molestia, porque me hubiera agradadado enormemente no pillar una pulmonía.
– No puedo –me respondió la muchacha– la dirección nos lo tiene prohibido. 
La misma respuesta me dio una vez el aterido cajero de un supermercado del que tampoco voy a decir el nombre, salvo que comienza por "Carrerfour Expres..." y termina por "...arrefour Express". El chico temblaba de frío después de llevar seis horas trabajando en mitad de una corriente que ríete tú de las del paso de Cirith Ungol frente a una puerta estúpidamente, obstinada y obligatoriamente abierta, porque le habían mandado que no la cerrara.

Puedo llegar a entender parte de la aparente lógica del asunto. Una puerta abierta es una invitación al cliente para que entre. Pero también es una invitación a que se vaya. Y no vuelva. Incómodo me parece ir a una desapacible cafetería sin calefacción y tener que tomarme el mediano con el abrigo puesto, pero de verdad me ofende el desperdicio energético que supone tener todos esos kilovatios vertidos a la atmósfera a lo tonto. Podría decirse que allá cada propietario con su factura eléctrica, que es cosa de ellos lo que quieran malgastar, pero uno tiene algo de conciencia ecológica. Estas cosas me sientan como una patada.

Si en este país hubiera alguna agencia que se tomara realmente en serio las cuestiones de eficiencia energética y esa agencia tuviera algún tipo de poder, me sé de diez o doce establecimientos de esta ciudad que ya tendrían una denuncia por mi parte. Pero como no la hay, me toca joderme y hacer un pequeño boicot personal a esos sitios. El problema es que a este paso me voy a quedar sin bares a los que ir...


abril 14, 2016

Floripondios y quejismos

El hecho es que estoy sin portátil, y eso hace que me suba por las paredes.

Tiene pinta de ser la tarjeta gráfica. Eso me han dicho los del servicio de reparaciones, después de una semana. No tengo ni idea de cuándo lo tendré arreglado.

Al menos, no he perdido nada, porque soy un obseso de las copias de seguridad.

Todo esto va en desmedro de mi vida laboral, artística, social y autoerótica. No tengo cacharro donde dejar en marcha mis cálculos de Mathematica en las horas sueltas, no puedo llevarme mis artículos conmigo, no tengo donde procesar las fotos que hago, no puedo escribir a gusto en el blog (no es que lo estuviera haciendo mucho de todas formas, últimamente), me da pereza poner memeces en Facebook con el móvil y ni siquiera puedo ver a gusto el porno del que se alimentan mis pajas. 

Lo dicho: que me subo por las paredes.

Tengo unas dos mil ochocientas fotos que hice en el viaje a Londres esperando ser editadas, ordenadas y seleccionadas. Me desespero.

Me dio tiempo a trabajar con unas pocas antes de que cascara el ordenador. Flores, mayormente, sacadas en el jardín botánico de Kew Gardens. Muy cursi y primaveral todo. Hasta que no me solucionen lo de la tarjeta gráfica, esto es lo único que puedo compartir.










La última no es de flores, sino de ardilla, y placa conmemorativa. Los anglosajones son muy dados a dedicar los bancos de sus parques a los fallecidos. En este caso, nada menos, los pilotos del triste Lockerbie. ¡Curiosas costumbres!

 

marzo 10, 2015

Las horas (treinta, concretamente)

Tengo una teoría acerca de cierto tipo de azafatas. Se trata de una teoría políticamente incorrecta, con mucha mala leche, de esa clase de ideas mías que luego provocan que la gente me tome por un amargado intolerante. Es decir: ese tipo de rasgo de personalidad que muchos confunden con tener carácter.

Esta es mi teoría: existe un sector de población de auxiliares de vuelo, generalmente de género femenino (aunque muchas veces es difícil de decirlo a juzgar por su aspecto) y de edad comprendida entre los cuarenta y el Mesozoico, que si continúan trabajando en una compañía aérea es por ese fenómeno antinatural llamado "privilegios de antigüedad". Entraron en la compañía en una época más sencilla, con un mercado laboral menos competitivo. Apenas hablan inglés, y ningún otro idioma reseñable aparte del gruñido; son vagas, displicentes, renqueantes, antipáticas, prepotentes y huelen a babuíno bañado en pachulí. Los tiempos las han atropellado, se enfentan a rutas pesadas porque una generación más joven, falsa y preparada les quita los mejores trayectos, y han decidido que lo mejor que pueden hacer es entretenerse haciendo miserable la vida de los pasajeros de clase turista.

Naturalmente, Iberia, cuya razón de ser es hacer la vida miserable a los pasajeros, tiene gran número de este tipo de azafatas.

El vuelo salió de Madrid con una hora de retraso. Hacía un calor espantoso en cabina, y este modelo de avión no tenía salidas de aire fresco, así que ya empecé el viaje oliendo a chotuno. La azafata que me tocó, una especie de ser humano clavadita a Fernando Esteso, nos ofeció a elegir entre los siguientes refrigerios: un esputo en la cara, o nada. Elegí nada. Iberia, siempre a la cabeza de la modernidad, nos amenizó la esfera con música a todo volumen. Concretamente, villancicos, ¡en marzo! Se nota que es una compañía que cuida todos los detalles. Durante la espera la pasajera que tenía sentada delante de mi, y a la que deseo una muerte lenta y dolorosa, reclinó su asiento hacia atrás, con lo que mi espacio vital se convirtió en lo justo para poder respirar flojito. Yo esperé a que se durmiera y, con mucho cuidado, le pequé un chicle mascado en el pelo. De los de fresa ácida, que son más desagradables. En realidad esto último no ocurrió: fue una bonita ensoñación de la que me despertó la voz aguardentosa del capitán,  chillando que todo iba bien. 

Logré dormir parte del vuelo gracias a la química (bendito Noctamid). Las películas que proyectaron fueron Paddington y The Imitation Game, y habría estado bien ver la segunda si no fuera porque la pantalla de televisión más cercana a mi asiento estaba como a sesenta yardas de distancia. En su lugar, hice lo que todo buen viajero debe hacer: leer y procurar ignorar en la medida de lo postible al viajero de al lado, cosa que en este caso fue fácil porque se trataba de un caballero educado, discreto y notablemente feo.

Para cenar, canelones y vino Don Simón.

Llegamos por fin a São Paulo. El desembarque fue sencillo, y el paso por el control de pasaportes muy rápido y eficiente. Una lástima, porque el oficial que me ignoró educadamente mientras escaneaba mi pasaporte no desntonaría en una película porno de Kristen Bjorn. Recogí mi maleta y, como tenía que esperar tres horas hasta que me recogieran, me dediqué a pasear por la terminal, tomar mucho café, comer como un cerdo y disfrutar de las vistas, es decir, de hordas de brasileños con labios como sofás yendo de un lado para otro. Vaya especímenes.

El congreso había organizado el transporte para nosotros. El bus anunciaba con grandes carteles en su exterior que tenía WiFi (no tenía), aire acondicionado (no tenía) y nevera con agua fresca (sí tenía, menos mal). Fiel a mi tradición sociópata, me senté atrás del todo para no tener que hablar con nadie durante el trayecto: cinco horas según lo prometido en la web del congreso, que por supuesto mentía. Fueron ocho.

El paisaje brasileño entre São Paulo y Paraty, la verdad, se parece bastante al de Cantabria: montes verdes, bosques y prados. Sólo que en Brasil el paisaje tiene más sílabas. En Cantabria tenemos tejos, pinos, hayas y robles, mientras que aquí hay tamarindos, jacarandás, arindeúvas, sapucaínhas, jichituriquis, guayabos, y otras especies impronunciables. Acercándose a la costa, la carretera se adentra en plena selva y comienza un tortuoso descenso entre montañas coronadas por niebla; es un espectáculo digno de verse, del que no conservo apenas fotos porque llovía intensamente y las ventanas del bus apenas dejaban ver.

Una sección de la carretera entre São Paulo y Paraty

Mi cuerpo, a esas alturas ya bastante cascado, y eso que en mí pasa por ser una "mente" conspiraban para engañarme. El cielo estaba cubierto por ese tipo de nubes oscuras que mi vida en el Norte me han enseñado a asociar con un frío del carajo, pero la temperatura rondaba los treinta grados. Yo sudaba y sudaba, y por la calle cuando pasábamos por algún pueblo se veía a la gente caminando tranquilamente bajo la lluvia en pantalón corto y camiseta. Cuando tu cuerpo te dice que tienes calor y tu mente te dice que tienes frío, sabes con certeza que estás como una chota.

Lo del calor y la humedad no tiene nombre. Más que decir que estoy en una atmósfera bastante húmeda, me viene a la mente pensar que me encuentro en el fondo de un océano ligeramente seco. En unas pocas horas me tuve que cambiar de camiseta tres veces. Para una persona con un trastorno obsesivo-compulsivo como el mío es muy perturbador no conseguir quitarse de encima esa sensación pegajosa de "estar sucio". Aunque por el momento, benditos fármacos, lo llevo bien.

El tráfico era un infierno. Yo sudaba. Cada vez que atravesábamos un pueblo perdíamos veinte minutos saltando badenes del tamaño de los Apalaches. Llovía. Y yo poco a poco iba alcanzando ese estado zen de perfecta lucidez en el que todo cuanto se desea es el exterminio total de la raza humana y sus naciones al completo. Finalmente, ya de noche, llegamos a Paraty. La lluvia tropical caía a cántaros. En los cinco minutos que tardé en recoger mi maleta y entrar en el hotel me calé entero, hasta los calzoncillos. 

Y por eso, y siguiendo el consejo de mi amigo B., desde ese momento he decidido no volver a ponerme calzoncillos en lo que dure mi estancia en Brasil. 



Esa noche, qué increíble, decidí saltarme la cena. Ya llevaba treinta horas viajando. Me metí directo en la cama (previa ducha). Y si este post te ha parecido negativo y quejica, tranquilo, que en el próximo voy a hablar de las cosas buenas del viaje.

febrero 16, 2015

Viajes tropicales, palizas y la mente cuadriculada española

Hace unos años, estábamos el Señor Hm y yo tomándonos unas cervezas en un bar de Copenhague, tan ricamente. Se nos acercó un señor local, desmintiendo uno de los mitos infundados que existen acerca de los nórdicos y los españoles: que los segundos somos más abiertos y sociables que los primeros. El danés nos había oído hablar en español y se acercó a saludarnos, porque (por algún motivo que no alcanzo a comprender) le encantaba España:
- Qué país más bonito -nos dijo-. Me encanta viajar a España. Voy casi todos los años. Pero eso sí, no podría vivir allí: los españoles sois demasiado cuadriculados.
El Señor Hm y yo nos miramos extrañados, pensando que el danés nos estaba tomando el pelo. Fue bastante después, con bastante reflexión por mi parte, que me convencí de que el danés no estaba bromeando en absoluto. Lo decía convencido, y tenía toda la razón.

Es otro de los mitos infundados acerca de lo español. Nos creemos que somos mediterráneos, abiertos, intuitivos, espontáneos y flexibles. Y es una mentira como una casa. Confundimos nuestro detestable vicio de llegar tarde a los sitios con espontaneidad, pero en muchos aspectos somos más rígidos e inflexibles que los alemanes o los finlandeses. Un ejemplo que veo a menudo entre mis alumnos (no todos, afortunadamente) es esa manía de pensar que uno tiene que encontrar trabajo a menos de diez kilómetros de la ciudad donde ha nacido, o la pretensión de trabajar toda la vida exactamente en lo que uno quería trabajar cuando tenía dieciocho años: rigideces españolas que el siglo XXI se está apañando muy bien para despedazar, con el consecuente desgarro emocional para muchas madres sobreprotectoras españolas.

Pero el mejor ejemplo de todo esto es nuestro desmedido amor por la burocracia demente. Por mi experiencia y la de mis amigos que han viajado por el mundo anglosajón, germano y nórdico, doy fe de que en todos esos países supuestamente "más cuadriculados" que el nuestro sorprende la facilidad con la que se pueden hacer muchos trámites burocráticos (la excepción: abrirse una cuenta bancaria en el Reino Unido, pero eso es por otros motivos). Los departamentos de universidades como la Cambridge o Helsinki, o el Instituto Max Planck alemán, operan con una cantidad realmente baja de papeleos.

Una de mis teorías al respecto (tengo varias) es que la sociedad española, al igual que la italiana o la griega, son sociedades basadas en la desconfianza mutua. El principio rector de nuestra convivencia parece ser el de que todo el mundo intenta timar a todos los demás, por lo que se hacen necesarias millones de regulaciones, trabas y comprobaciones que para evitar que todo el mundo haga lo que se supone más natural, que es robar a los demás. Somos un país en el que la letra de la Ley intenta compensar la falta de espíritu de la Ley. Así nos va.

El caso es que hemos visto un incremento en la cantidad de controles, trabas administrativas y regulaciones que hacen que, hoy en día, un investigador de poca monta como yo tenga que dedicar prácticamente un quinto de su tiempo de trabajo a rellenar papeles.

De todo esto ya he hablado en más de una ocasión, y el lector que haya llegado hasta aquí se preguntará por qué vuelvo a contar otra vez lo mismo de siempre.

Todo esto viene por una estupenda noticia: me han ofrecido la oportunidad de ir a un congreso la mar de interesante en Brasil, dentro de unas pocas semanas. ¡Yupi!





Pero atención: las nuevas normas del ministerio obligan a realizar todos los viajes de trabajo, aunque sean a la otra punta del mundo, durante los días anterior y posterior al congreso o reunión que se vaya a celebrar. Esto suena muy sensato a primera vista, pero cuando uno lo analiza bien lleva a situaciones que resultan totalmente contrarias a lo que se pretendía (si lo que se pretendía era ahorrar). Antes, uno podía quedarse unos días más en el destino pidiendo las oportunas vacaciones y pagándolo de su bolsillo, si con ello el vuelo salía más barato o como mucho igual de caro que viajando en las fechas exactas. Eso posibilitaba que uno descansara de viajes muy largos, hiciera frente al jet lag antes de reuniones importantes, y daba un incentivo extra a la tarea generalmente penosa de viajar en turista.

La nueva medida lleva a aberraciones como la de un colega mío, que tuvo que pagar seiscientos euros más por un viaje a Estados Unidos que si hubiese vuelto un día más tarde, o a que a veces uno necesite pagar a precio de oro un taxi para llegar a tiempo a una reunión en vez de usar el más lento transporte público.

Mi congreso va a tener lugar en un pueblo a cinco horas de autobús de Río de Janeiro, lo que en este caso concreto significa que me voy a tener que dar la paliza del siglo para, a la vuelta, asistir al congreso hasta su finalización, acto seguido salir corriendo, pillar un bus, llegar al aeropuerto con el tiempo justo, facturar, coger un vuelo que sale poco antes de medianoche, volar once horas sobre el Atlántico, hacer un trasbordo rápido en Madrid y llegar a Santander poco antes del final del día.

Y me volveré sin conocer apenas nada de Brasil.

Al menos, el congreso merece la pena...


septiembre 15, 2014

En ocasiones veo Sufures

Castilla se extiende en todas las direcciones, plana como una pizza cuatro quesos: la mozzarella de la caliza, el emmental de los campos de trigo, el gouda de la cebada y el ocasional toque verdoso y grumoso, a lo gorgonzola, de los álamos dispersos. Al igual que ciertas pizzas, Castilla puede resultar crujiente, indigesta y chamuscada por los bordes. Es mejor tomarla en porciones pequeñas. Castilla, como decía, se extiende en todas las direcciones, y en el centro mismo está llena de Sufures.


 La familia al completo de los Sufúrez se ha juntado este fin de semana en el pueblo ancestral. Todos: tíos Sufúrez, primos Sufúrez, hijos de primos Sufúrez y perros de hijos de primos Sufúrez. Ríete tú de la marabunta. Teniendo en cuenta que los mecanismos principales de interacción dentro de la familia Sufúrez son el sarcasmo y la crítica destructiva, una conjunción como la de este fin de semana es algo muy raro de ver. Algún motivo debe de haber: sospecho que alguien dentro de la familia tiene intenciones de morirse un día de estos, y sólo espero no ser yo, aunque nunca se sabe.


El caso es que allí nos hemos juntado todos, en la era de mi tío don Sufón, que es el mayor de la familia. En los últimos días los hermanos Sufúrez habían edificado en el descampado lo que mi tío Sufurito llama una pérgola, mi Santa Madre llama una carpa y yo llamo un conjunto de lonas inmundas sujetas por cuatro hierros oxidados. Ha sido una idea providencial, porque el día ha estado acompañado de chubascos dispersos y fenómenos tormentosos que, si bien han deslucido un tanto la celebración y han interrumpido algunas partidas de cartas, al menos han tenido la virtud de espantar a las moscas y disipar en parte las miasmas provocadas por las flatulencias de cuarenta estómagos Sufúrez a pleno rendimiento.

 
Don Sufón (98 kg) y su esposa doña Sufuna tienen cinco hijos, llamados Sufete I, II, III, IV y V: nunca he sido capaz de saber quién es quién en esa familia. Doña Sufuna es de la opinión de que cualquier hombre que no esté casado está en peligro de muerte, por lo que sus cinco hijos se casaron jóvenes, teniendo una media de 2.8 hijos por cabeza a día de hoy: eso hace un total de 14 nietos, si la aritmética no me falla, y jamás he dedicado el menor esfuerzo a intentar aprenderme sus nombres. Al menos hasta ahora, que alguno de ellos ha alcanzado la mayoría de edad y la capacidad de participar en las partidas de mus. 


Mi tío don Sufito (117 kg) y su esposa doña Sufy practicaron la moderación procreadora, teniendo solamente dos hijos que a su vez cuentan con un promedio de 1.5 hijos cada uno, es decir, tres retoños Sufures. El hijo mayor de don Sufito, Sufur María, fue el que traicionó la soltería de los primos Sufur casándose con la Reina Isabel la Católica, que también estaba allí lanzando rayos castellanizadores con la mirada. Mi Señor Padre lleva diez años sin hablarse con ningún miembro de la rama Sufito de la familia, lo que no le impidió jugar a las cartas con su hermano menor. Al fin y al cabo, para jugar al mus no hace falta hablar en absoluto, pudiéndose hacer todo con gruñidos y envites cavernarios varios. Dado que mi Señor Padre también lleva un tiempo sin hablarse con mi Santa Madre, estuvo todo el día como ladrando a solas como un perrillo abandonado. Me dio cierta penilla.

 
Mi tía doña Suphonia (100 kg), viuda, engendró a un hijo y dos hijas, que le han procurado cuatro nietos, o tal vez cinco, no me he parado a contarlos. La media sale a 1.33 (o 1.66) nietos por primo, pero teniendo en cuenta que mi primo Suflaco, cincuentón bien conservado, jamás ha tenido esposa e hijos (que se sepa), el peso reproductivo recae sobre sobre la parte femenina de la rama familiar. Le tengo gran cariño a mi primo Suflaco, ya que cada vez que mi tía doña Sufuna viene a preguntarme alarmada cuándo me caso, puedo decirle con calma que hasta que no se case Suflaco, a mi no me mire. De mis dos primas, una de ella ha tenido hijos que son de rostro angelical pero están poseídos por el mismísimo Satán, mientras que la otra ha parido a un adolescente con granos y a una mujercita que, oh rechinar de dientes, se ha echado un novio megafollable.

Mi Señor Padre (92 kg) y mi Santa Madre sólo me engendraron a mi, en lo que probablemente fue su único acto sexual conjunto, y yo, porque alguien tiene que poner un poco de sentido común en este desmadre reproductivo y también porque soy maricón perdido, no he afligido a este mundo con otro espécimen de Sufurez, que ya demasiados somos.

  

Mi abuelo (58 kg), que en paz descanse, era panadero. Eso explica dos cosas: que todos sus hijos estén gordos como zepelines y que no exista reunión familiar que no esté aderezada por dulces caseros típicos de la tierra: florones, hojuelas, mantecados y, ya poniéndonos refinados, esos buñuelos rellenos de crema pastelera que los Sufúrez llamamos “petisús”. Añádanle a esto el desayuno a base de huevos fritos, la paella con la que se podría alimentar a todo Madagascar, los caracoles guisados, el helado y los chorizos, panceta y morcillas asados de la cena, los vinos, cervezas y cubetas, y se entenderá por qué la Tierra está en peligro de colisión con el asteroide JB2392+3.
 


La conversación fue muy animada, aunque un tanto repetitiva. Concretamente, se desarrolló cuarenta y siete veces consecutivas:
- ¡Coño, Sufur, cuánto tiempo!
- Sí, sí.
- ¿Por dónde estás ahora?
- Ahora estoy aquí, delante de tu dispépticos morros.
- No, que dónde vives ahora.
- En Santander.
- Ay qué bonito. Pero llevas poco tiempo allí, ¿verdad?
- Desde 1997 solamente.
- Cómo pasa el tiempo. A ver si vamos a visitarte.
- No, por favor.
- Muy bonito, Santander. ¿Y cuándo terminarás de estudiar y te buscarás un trabajo?
- Ya estoy trabajando.
- Y a ver cuándo nos presentas a una novia, ¿eh? Que tu Santa Madre quiere nietos.
- Dale unos cuantos de los tuyos, que veo que te sobran...
- Conque Santander, ¿eh? Qué bonita. De este año no pasa que vayamos a visitarte.
- Por favor, que alguien me pegue un tiro ya.
Los únicos descansos fueron durante las partidas de mus:
- Mus
- Mus
- Mus
- No mus
- Paso
- Nvido
- Dos más
- Veo
- Paso
- Paso
- Paso
- Paso
- Sí
- No
- No
- Si
- Nvd
- Si
- No
- Si
- Gño
- Urgh 
- Gñaa
- Urgle urgle
- ¡Angagua, Chita, angagua!
Con todo, y en contra de lo que pueda parecer, no lo pasé del todo mal. La sangre es más espesa que el agua (pero menos que las horchatas que a mí me gustan) y yo por mi familia siento un desagrado incluso cariñoso, si me apuran. Un desagrado familiar, valga la redundancia. Si no puedes contar con tu familia para que te ponga a caldo contigo presente y para que te juzgue por tu propio bien, con quién vas a hacerlo. Así que me vuelvo a Santander con sentimientos encontrados: cansancio, nostalgia y un inmenso alivio.


La próxima cita, supongo, el entierro. Espero que no el mío.








agosto 29, 2014

Reflexiones desde la falta de inspiración

Mayonesa, mi musa, anda de vacaciones estos días; ya no agita su poderosa batidora de varillas sobre mi noble testuz, transmitiendo en ondas aceitosas su mágica inspiración, y por lo tanto no se me ocurre qué escribir en ninguno de los blogs. Ya lo sé: es un descanso y un placer para mis lectores involuntarios, pero a mí me deja un poco insatisfecho, lo mismo que a Rajoy las relaciones sexuales con su mujer (y viceversa).


Había pensado en una entrada sobre cine, en la que iba a hablar de esta moda tan incómoda de hacer películas de todos los videojuegos (y videojuegos de todas las películas). Iba a contar noticias jugosas sobre el rodaje en West Hollywood de "Tetris: la Película", con Milla Jovovich en el papel de pieza roja en forma de L y Eddie Murphy como pieza larga verde, pero luego me acusan de hacer spoiler, así que mejor me callo. Lo único que puedo decir es que será una película con clasificación para adultos, dado que va a haber mucho acoplamiento explícito.

Tenía también en mente comentar como cada año los nuevos coleccionables por fascículos de la temporada, que este año ni siquiera han tenido la decencia de esperar a septiembre para empezar a plagar los kioskos. Una de las estrellas de esta temporada es la colección de "cascos de Star Wars", que ha dejado a la sombra otras igualmente apasionantes como "polainas de películas de James Ivory" o "peluquines de Antonio Resines". Pero está ya todo muy visto y francamente, Escarlata, me importa un bledo.

Se me pasó por la cabeza hacer una entrada calenturienta acerca del inminente Campeonato Mundial de Vela, que este año se celebrará en Santander, y de cómo la ciudad se llenará de suculentos marineros, pero visto que a estas alturas aún no se ha acabado ni una sola de las obras que estaban programadas para la inauguración, casi mejor me callo.

Del mismo modo, mi entrada anual acerca de cómo fracaso en mi Operación Bikini anual se ha quedado en agua de borrajas por ser tan absolutamente obvia que sobra por completo.

Y tenía otras pocas entradas más a medio cocer en el cráneo, pero todas se me han borrado al quedarme hipnotizado por este par de nalgas pertenecientes a un tal Bryan Hawn, a.k.a. Culo Perfecto:



agosto 04, 2014

Apático

Así estoy, en general. Amodorrao. Flojo. Perezoso. Laxo. Fofo. Muermete.

Tengo asustado al osezno porque estos días no sólo estoy durmiendo más que él, sino que además estoy echando la siesta siempre que puedo. Siestas de pijama y orinal. Algo a lo que mi cuerpo aún no está habituado: los dolores de cabeza y el mal cuerpo al despertar no me los quita ni un camión de ibuprofeno. 

Tengo los blogs desatendidos. Pon no hacer, ni siquiera he estado actualizando el panel lateral con los libros que estoy leyendo. Entre Proxima y el actual ha caído Bad Science, de Ben Goldacre, un libro nacido del blog que lleva el mismo nombre, que me ha entusiasmado y sobre el que tal vez hable una vez se me haya quitado la modorra.

La próxima semana me voy de vacaciones, segunda parte, a Segovia, y no me apetece un carajo. Segovia se me ha vuelto amarga últimamente: un hermoso decorado sobre el que se marcan las ausencias de mis amigos de infancia y donde capítulo tras capítulo de la eterna guerra sucia que libran mis padres entre sí hacen que lo único que desee es huir de casa. En verano mi madre cierra todas las persianas "para que no entre el calor de la calle", medida que tenía cierto sentido en la casa de pueblo de muros de 80 centímetros de grosor donde se crió pero que es termodinámicamente absurda en un edificio de viviendas moderno, pero a ver quién le lleva la contraria. Como resultado, la casa en agosto es un lugar tétrico y opresivo. Me llevaré la cámara de fotos y me dedicaré a dar largos paseos a solas por esos sitios por donde ya he pasado mil veces, sólo con tal de no estar en casa. 

También estoy desanimado en el gimnasio. Parece como si mi cuerpo tuviera memoria. Todos los años por esta época me tomo vacaciones largas, como todo lo que quiero y en lógica cosencuencia engordo bastante. Luego voy recuperando la forma a lo largo de la estación fría, como los osos. Este año sólo he faltado a mi rutina de gimnasio cuatro días, y no estoy comiendo más que de costumbre, y sin embargo la tripa ha vuelto como si fuera algo que toca estacionalmente. Menos mal que no voy a la playa ni a rastras...




Puede que el verano santanderino, de cielo color porridge, influya en todo esto. Puede que sea el síndrome post-pre-intervacacional haciendo de las suyas. O puede siemplemente que toque. Esperando a que se pase, cafeína.

diciembre 03, 2013

Escritor de ponis

Escribir la carta a los Reyes Magos y redactar una solicitud pidiendo fondos para un proyecto de investigación son dos cosas que se parecen mucho.

En ambos casos, uno empieza explicándole al ser mágico de turno lo bueno que ha sido durante el año pasado. Lo que para un niño consiste en no haber mentido demasiado ni haberle robado muchos juguetes a sus hermanas ni haber estrangulado accidentalmente a nadie durante el recreo, para un vulgar catedrático viene a ser haber publicado mucho y haber participado en montones de colaboraciones internacionales, haber organizado congresos, haber dirigido muchas tesis doctorales y haber sacado patentes a triscapellejo.

Después viene la parte de pedir cosas: una playstation, una muñeca que llora y hace pipí y popó, un monopatín o unos euros para contratar durante un par de años a un doctorando por un sueldo que haría enrojecer de vergüenza ajena al jefe de esclavos que supervisó la construcción de la Gran Pirámide de Gizah. La ventaja que tienen los niños es que no tienen que explicar en detalle en qué van a emplear los regalos, mientras que el investigador tiene que desglosar hasta el último céntimo en qué se va a usar la subvención, añadiendo además qué resultados se van a obtener de la investigación, a pesar de que por definición misma del proceso de investigación es imposible saber de antemano y con precisión qué se va a encontrar.


La Carta a los Reyes termina con una promesa/chantaje por parte del niño, diciendo que si se le traen los regalos que ha pedido continuará siendo bueno un año más. En particular, seguirán sin producirse sospechosos incendios espontáneos en distintos puntos de la casa. En el caso del proyecto de investigación la cosa es un poco más complicada. No sólo tiene uno que prometer que va a descubrir unas cosas interesantísimas que puede que no existan, sino que además tiene que asegurar, siguiendo las últimas tendencias en corrección política y lenguaje burocrático de moda, que el proyecto redundará en beneficio completo de la sociedad, de los más necesitados, de las minorías étnicas y religiosas, y varias tonterías más. Aquí es donde entran en juego palabras absurdas de nuevo cuño tales como "sinergia", "transversalidad", "interdisciplinariedad", "integralidad", "excelencia" y, desde que tenemos a un retrasado mental al cargo del Ministerio, "competitividad".

Esta última parte es lo que se conoce, en los elevados círculos académicos e intelectuales, como el blablablá de los proyectos.

Esta similitud entre las periódicas y angustiosas solicitudes de financiación pública para la investigación y la Carta a los Reyes Magos es lo que me lleva siempre a decir frases tales como: "si este año nos dan el Proyecto, pretendo comprarme un poni".

Cualquiera que tenga la desgracia de ser seguidor habitual de este blog sabe que, si algo se me da bien, es decir blablablá. Por eso cada vez que en mi grupo de investigación surge la necesidad de redactar un proyecto la gente se mira entre sí con ojos intrigantes, se cuchichea un poco y luego todos se vuelven hacia mi, me echan miradas como sacacorchos y me dicen: "Sufur, ¿podrías encargarte del blablablá?". Cómo me conocen.

Y yo acepto encantado, y me lanzo a producir frases como esta:
 "Gracias al carisma multisciplinar de nuestro grupo y a su capacidad para fomentar las sinergias transversales entre organismos operativos internacionalmente competitivos, proponemos un plan integral de investigación que promueve el establecimiento de núcleos de excelencia a todos los niveles, desde el local al transnacional".
Y me quedo tan ancho. Lo bueno de este tipo de frases es que son prácticamente inagotables. Basta cambiar un poco el orden de los términos que no significan nada:
"Nuestra propuesta integral es a la par interdisciplinar y competitiva, puesto que desde una perspectiva transversal favorece la aparición de sinergias y la consolidación de nuestro instituto como un centro de excelencia mundial e interplanetario que..."
Es divertidísimo y da igual lo que uno ponga. La próxima vez creo que me limitaré a escribir algo así:
"Sinergia sinergia sinergia sinergia, sinergia excelencia sinergia transversal excelencia integral sinergia sinergia sinergia sinergia, sinergia excelencia sinergia transversal excelencia integral sinergia sinergia gia gia giá".
Total, para lo que va a servir...  Al final, la respuesta será algo de este pelaje:
"Estimado Dr Mindundi. A pesar de que su propuesta científica ha obtenido la máxima calificación por parte del grupo de expertos mundiales que nos hemos visto obligados a consultar para que parezca que esto no lo decidimos a dedo, lamentamos comunicarle que este año no podremos financiar su proyecto porque no es lo suficientemente sinérgico/integral. Como premio de consolación, le daremos sin embargo esto:"
Un jodido pedazo de carbón dulce.




julio 03, 2013

Qué hacer con nuestras estúpidas vidas

Hola, me llamo Sufur Diego y desde hace cuatro años, posiblemente más, convivo con un Trastorno Obsesivo-Compulsivo (TOC).

No voy a entrar en detalles acerca de cómo se manifiesta mi TOC ni cómo se desarrolló. No he alcanzado aún suficiente grado de pornografía sentimental como para exponer tantas vergüenzas al aire... aunque quien me lea habitualmente seguro que podrá hacerse una idea aproximada de lo que me pasa. Solo diré que estoy en tratamiento (psicológico y farmacológico), que la cosa va más o menos bien, y que aunque el TOC ha dañado mi vida laboral, social y de pareja puedo dar las gracias de que mi caso sea leve y pueda desarrollar una vida prácticamente normal.

Hoy siento la necesidad de salir del armario.  

Explicar un TOC a quien nunca lo ha padecido es un ejercicio inútil. Es algo tan irracional que no se puede expresar mediante el discurso lógico. Si tuviera que definirlo usando mis propias palabras de lego en psicología, diría que es lo que ocurre cuando tus pensamientos se escapan a tu control, se reproducen sin límite y toman el control de tu vida hasta el punto en que se vuelven más reales que la propia realidad. Una misma idea se perpetúa una y otra vez, imparable, dominandolo todo sin ninguna lógica y generando una ansiedad insoportable. La única forma de parar la ansiedad, momentáneamente, es realizando actos compulsivos que tampoco es que tengan lógica alguna. Sé que resulta absurdo pensar que tales cosas puedan ocurrir, pero ocurren y son una carga diaria para muchas personas.


Como ocurre a quienes padecen otros trastornos mentales como la depresión o las fobias, los afectados de TOC sufren un problema doble: por un lado su propio trastorno y las consecuencias de él derivados, y por otro la incomprensión de sus semejantes. Vete tú a explicarle a tu vecina que tienes que hacer ciertos ruidos estridentes por la noche antes de meterte en la cama o si no pasarán ciertas cosas horribles que no puedes especificar (por poner un ejemplo). Las explicaciones se topan con la incomprensión porque los argumentos no tienen una lógica entendible por un cerebro sano. Y sin embargo son mortalmente serias para quien padece el TOC.

Existe además la creencia, extendida a cualquier otra cosa que sea mental o emocional, de que estos padecimientos son fruto de una debilidad de carácter o de cierta inmadurez: "nada, a tí lo que te hace falta es salir más", "a esa lo que le ocurre es que está mal follá", "anímate hombre, que no te pasa nada" o "si tú estás mal es porque tú quieres" son frases tan frecuentes como crueles hacia las personas que padecen un trastorno mental sin poder evitarlo. No, señores: nadie elige estar mal por diversión. Y a nadie (en su sano juicio) se le ocurre hacer el mismo tipo de discurso sobre un problema "físico": "¿así que estás tuerto?... ¡tú lo que tienes que hacer es salir más y dejar de estar tuerto!". Esta distición entre lo mental y lo físico, en la que lo primero es algo totalmente sujeto al poder de la voluntad y lo segundo no, es una de las muchas y dañinas idioteces que arrastra nuestra cultura y que le debemos a ese grandísimo cretino que fue Platón. Ahora la ciencia sabe que no existe una distinción entre ambas cosas, que existe un sustrato neurológico y bioquímico para muchos de los trastornos mentales, y que lo que llamamos 'voluntad' es un epifenómeno del neocórtex cuya incidencia sobre nuestra vida es mucho menor de lo que creemos.

A estos dos problemas muchos afectados de TOC añadimos un tercero: el ser plenamente conscientes de que nuestras obsesiones y compulsiones no son racionales, y sin embargo ser incapaces de evitar que nos dominen.  Yo me doy perfecta cuenta de lo estúpidos que son mis miedos obsesivos y del daño que nos hacen a mí y a mis seres queridos. Pero ser consciente de ello no soluciona el trastorno. Con el transtorno obsesivo-compulsivo, reconocer el problema no es el primer paso para solucionarlo. Se trata del fracaso definitivo de la razón, del fin del mito cartesiano: la verdad no nos hace libres, la razón no lo ilumina todo. La inteligencia no controla a la emoción, sino al revés. Para mi esto ha sido una auténtica crisis de fe que ha hecho que en cuatro años todo mi sistema de creencias y de valores -recordemos que soy un científico- se derrumbe como un castillo de naipes.

Y llegamos al cuarto gran problema del TOC: la ética de la comparación. Del mismo modo que uno se da cuenta de lo irracional de sus obsesiones, pero no puede controlarlas, también se percata de que alrededor hay personas que cada día se enfrentan a problemas 'reales' (en oposición a problemas 'pensados') y salen adelante. Darte cuenta de que te obsesiona hasta la locura el tamaño de tus uñas mientras que a tu lado hay personas a las que están desahuciando, saber que una de las cosas es imaginaria y la otra no, y sin embargo no ser capaz de ver las cosas en su proporción justa, te hace sentirte el tipo más rastrero, egoísta y estúpido del universo entero. Y no solo eso, sino que además el comprobar cómo personas aquejadas por la catástrofe siguen adelante con dignidad mientras tú tiemblas ante fantasmas que solo tú puedes ver es el mayor disolvente para la autoestima que puedo concebir.

Estos son los cuatro problemas (trastorno, incomprensión, impotencia, comparación) que tiene que afrontar una persona aquejada de un TOC. Los cuatro son problemas que surgen de su propia cabeza. ¿Podemos decir que por eso sean menos importantes que los problemas que vienen de fuera? Tal vez para responder a esta pregunta baste con responder a otra más elemental: ¿qué es un problema? Los problemas son siempre subjetivos: que llueva es un simple fenómeno meteorológico, pero se convierte en un problema si has organizado tu boda al aire libre justo ese día. En este sentido, tan problemático es un TOC como una piedra en el riñón, aunque una cosa sea visible y la otra no.





mayo 12, 2013

De perdidos al río

Lo mío tiene un nombre en inglés: bad timing.

En español, podríamos llamarlo "operación bikini inversa".

Me paso el invierno dándole duro al gimnasio. Mis ocupaciones en el gym son, por este orden de importancia: aventar neurosis, poner motes a los mostrencos, disfrutar de las vistas en las duchas, fortalecer mi débil espalda, bajar colesterol, conseguir unos bíceps como melones maduros y mantener a raya mi tripa. El invierno suele ser una etapa sosa de mi vida, lo que me permite mantener cierta constancia y lograr mis objetivos (dentro de lo razonable, y pese al peligroso escollo de las Navidades). Y así llega la primavera, y a mis casi cuarenta años consigo el nada desdeñable logro de tener la mitad del perímetro del que tenía mi padre a mi edad, a pesar de que él tenía un trabajo físico y yo uno de escritorio:



Sin embargo, terribles obstáculos se interponen entre mis ojos y las puntas de los dedos de mis pies: mala genética (todos en mi familia tienen la forma de elipsoides oblatos), mala alimentación (como buen segoviano, soy adicto al tocino), malos hábitos (desayunar gintonics no es lo mejor para la línea) y mal estilo de vida (viajo mucho y como fuera de casa casi siempre). Además, la medicación psicotrópica que llevo tomando desde hace más de un año tiene como efecto secundario una mayor tendencia a engordar (entre otros, como cierto retraso en la eyaculación y unos sueños la mar de surrealistas). Pero lo que me mata es la difícil relación no lineal que existe entre mi apetito y mi estado de ánimo:


Soy de esas personas que, cuando están nerviosas o ansiosas por algo (y en nuestra sociedad actual lo difícil es NO sentirse ansioso de la mañana a la noche), tienen más ganas de comer. La tristeza, el estrés, la incertidumbre, los telediarios y las presiones laborales me llevan de cabeza a la nivera, o al saco de gominolas. Necesito mucha fuerza de voluntad para mantener a raya mi apetito nervioso, y cuando más angustia siento menos fuerza de voluntad me queda. En una noche de domingo típica soy capaz de comerme seis docenas de churros seguidas de un tortilla de cuatro huevos, un salchichón entero y, de postre, un bote de leche condensada a cucharadas.

Pero en el otro extremo de la gráfica, los momentos de excitación, alegría y tono vital elevado también me abren el apetito: nada mejor que celebrar una buena noticia que comiéndose un poni. En esos momentos de alegría, no es que no tenga fuerza de voluntad para no comer: es que no me importa estar gordo como un ballenato. Todo me parece bonito, incluso mis sacos ventrales, y me apetece celebrar mi alegría con una buena mariscada.

Entre esos dos extremos existe un pequeño reino de equilibrio, en el que soy capaz de mantener a raya mi lado zombi y llevar una vida mesurada y sana para mi organismo a largo plazo. El problema es que suelo durar muy poco en ese punto. Los meses de invierno suelen ser más favorables que el resto del año para alcanzar este pequeño nirvana de carbohidratos.


Dicho en otras palabras, la lista de las cosas que me llevan al supermercado o a la barra del bar incluyen casi todo lo que existe: el trabajo, las vacaciones, los viajes, la tristeza, la alegría, el calor, el frío, la primavera, el cambio climático, Esperanza Aguirre, las pastelerías, las zapaterías, las lluvias de meteoritos, etc.



Analicemos las últimas semanas: he tenido una boda, tres viajes, una contractura que me ha impedido ir al gimnasio dos semanas enteras, tres conciertos en bares, un par de cumpleaños, cuatro partidas de rol (con ganchitos y chocolatinas) y un comienzo de primavera con meteorología variable. Me miro al espejo y parezco una embarazada calva de seis meses.

Y lo peor viene a partir del miércoles: me voy a Estados Unidos durante diez días. Viajar a Estados Unidos no tiene ningún sentido en absoluto si no comes hamburguesas del tamaño de tejones, chuletones de mamut lanudo y porciones de tarta de queso de siete mil kcal cada una. Eso si, todo bien regado de Coca-Cola light para no engordar. Calculo que en diez días engordaré entre cuatro y seis kilos.



Así que me he dicho: qué cuernos. De perdidos al río. Otro año que la operación bikini se va al carajo. Total, si ni siquiera me gusta la playa. Pues vamos a celebrarlo con unas cuantas raciones de animales muertos fritos.



Eso sí, algún consuelo tiene que dar el haber hecho tanto gimnasio este año. Por primera vez en mi vida, mi tripa no parece un flan de gelatina, sino que se asemeja un poco a esas panzas duras y musculosas de los osazos que tanto nos gustan al osezno y a un servidor.


Quien no se consuela, dicen, es porque no quiere...

enero 15, 2013

21 centímetros

Digan lo que digan, el tamaño sí que importa, y por lo tanto estas semanas solo tengo un pensamiento en la cabeza. Este:


Qué mes más duro me espera...

diciembre 18, 2012

The Walking Dead

Siempre he sido buen madrugador: la clase de persona odiosa capaz de levantarse a las siete de la mañana de un salto, con una sonrisa, y zamparse como desayuno un cocido como si tal cosa. Pero claro: no es lo mismo llegar al curro a las ocho y cuarto porque lo has decidido así y ponerte a trabajar según el plan que te has hecho tú mismo, que hacerlo obligado por un horario establecido y tener que dar clase a las ocho y media de la mañana.

A quién se le ocurre poner clase a esas horas.

Y si yo, buen madrugador, lo llevo mal, cómo lo llevarán mis pobres alumnos, alguno de los cuales tiene que levantarse una hora y media antes que yo para venir a Santander desde el pueblo en transporte público.

Así que mis clases parecen un capítulo de The Walking Dead:
- Gñaaaa -saludo a mis chicos.

- Graaaagh Zzzz -me responden ellos.

- Como decíamos ayer -prosigo-, grrraghhh grrrr cerebroooooos....

- Zzzz -asienten.

- Mmmrrrmmmatar a todosss los humanoss.... -prosigo
Y así continúa la cosa hasta que suena el timbre del fin de clase, momento en que nos despertamos todos, nos miramos unos a otros con cara de estupefacción, nos rascamos las ojeras y nos empezamos a tambalear por el pasillo, con los brazos extendidos hacia delante y las manos flojas, camino a la cafetería, donde nos espera el legendario café alquitranado y altamente diurético y digestivo de nuestra Facultad. Ríase usted del Micralax.

Y este es el famoso timo de la lobotomía docente en pleno siglo XXI.



diciembre 12, 2012

La que se avecina

Empieza la temporada hipercalórica, con los siguientes eventos preparados:
  • Esta noche, "cooking night" en un conocido restaurante local, en compañía del osezno, de la novia del osezno y no se sabe si de los hijos de la novia del osezno y el marido de la novia del osezno. En cualquier caso, nos mancharemos las manos y los esófagos de diversidad de ingredientes. + 0.5 kg
  • Mañana, reunión de trabajo con los del Consorcio Barrio Sésamo, es decir: coffee breaks, comida de catering y, muy previsiblemente, cena con los socios. Y si falla esa cena, hay contraprogramada una cena prenavideña con el sector joven y bello del Instituto. +0.5 kg
  • El viernes, sesión friki con El Hobbit, precedida sin duda por pizzas y acompañada por cantidades industriales de chuches. +0.5 kg
  • La semana que viene, comida prenavideña con los compañeros del curro, cena con un compañero italo-astur y, si todo sale bien, comilona de celebración por la merecida promoción laboral de un compañero y sin embargo amigo. +1.0 kg
  • A partir del día 22, si el mundo no ha tenido antes la decencia de acabarse, diez días en Segovia: cenorra con los amigos, cenas y comidas de Nochebuena, Navidad, Nochevieja y Año Nuevo, polvorones y turrones de postre cada día, Santa Madre diciéndome que estoy muy flaco y que tengo que merendar más, morcillas de la tía Sufurina, más un promedio de tres gintonics por noche si mis amigos borrachuzos me sacan a que me dé el fresco. +3.0 kg
  • Vuelta a Santander, comilonas de Reyes con la familia política, más roscón de Reyes de al menos dos tipos, incluyendo el Roscón de Vega, del cual una única unidad es capaz de alimentar a todas las modelos de la Pasarela Cibeles durante tres lustros enteros. +1.5 kg
  • Cena postnavideña con los amigos del osezno, seguida de copas. +0.5 kg
A esto hay que añadirle, o restarle dependiendo de cómo se mire, los siguientes parones:
  • No asistencia al gimnasio durante todo el tiempo que pase en Segovia, y menor asistencia al mismo mientras esté en Santander debido a fiestas, coincidencias con cenas y/o cuchipandas,  comas etílicos, etc.
  • Carencia de sexo durante mis días en Segovia, reserva espiritual de Occidente, paraíso clerical, ciudad de renombre en el mundo entero porque no se conoce el caso de ningún ser humano que haya sido capaz de follar en ella desde el siglo XIII como poco. De hecho, según un estudio de la Universidad de Wichita conducido por el Dr. Wilbur Pocahontas, todos los segovianos o bien hemos sido concebidos fuera de la capital durante algún viaje de nuestros padres, o hemos sido traídos por la cigüeña.
La consecuencia inevitable es que se echará a perder por completo el trabajo del último año. Después de las palizas que me he pegado en el gimnasio, he llegado a un punto en el que hay días (uno de cada veinte o así) en que me miro en el espejo y me digo: "leñe, ya casi doy para paja". Pues se acabó lo que se daba: más me vale mentalizarme de esto es ley de vida y que mis lorzas y yo somos como la idiotez y el ministro Wert: inseparables. 

"ANTES"
"DESPUÉS"
"DESPUÉS TODAVÍA"


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