marzo 21, 2017

Mosqueo térmico

Ayer entré en una tienda. En la entrada tenía un dispositivo maravilloso: un botón. Llegabas, pulsabas el botón,  la puerta se abría automáticamente, pasabas y la puerta se cerraba sola. Todo un invento. 

Puede que esto suene a anécdota intrascendente, pero tiene más importancia de lo que parece. Vivo en una ciudad con clima atlántico moderado. Eso significa inviernos lluviosos con temperaturas que no suelen bajar de los 5-10 grados, primaveras y otoños larguísimos de tiempo caótico, y veranos inexistentes desde cualquier punto de vista que no sea el meramente astronómico. 

Esto tiene la ventaja de que en Santander es muy improbable que mueras congelado en mitad de un alud de nieve, lo cual es muy bueno para el organismo, pero la desventaja de que nueve de cada doce meses son tirando a incómodos. No hace un helor de morirse, pero sí un frío húmedo, insidioso y reumático, que se te mete en los huesos y te resbala por la nariz, y que se vuelve especialmente molesto en los días cortos, oscuros y feos de noviembre a abril. Un frío de mierda, y creedme que sé de lo que hablo cuando se refiere al frío: soy segoviano.

Cabría pensar que en un entorno así deberían florecer lugares públicos acogedores y cálidos que inviten a la gente a reunirse dentro, pero no es así.

Es un fenómeno puramente local. No parece darse en otras latitudes. Pongamos el caso de los pubs británicos: lugares lúgubres y mugrientos que sin embargo ofrecen un refugio cálido frente a las inclemencias meteorológicas. Son sitios llenos de roña y ácaros en los que, por algún motivo (el tamaño de las jarras de cerveza influye bastante, pero no es lo único), apetece quedarse. En otras palabras: si me dan a elegir entre el ambiente exterior de las calles de Aberystwyth, en pleno enero y tras la caída del sol, y el interior de uno de esos tugurios galeses, gana el tugurio. Vamos, de calle.

En Santander no existe nada parecido. Los bares, cafeterías y tiendas de mi ciudad adoptiva son todos fríos y repelentes. En muchos casos se está más calentito fuera del local que dentro.

En santander hay dos tipos de locales, a cual más odioso. Están por un lado los que no tienen ningún tipo de climatización. Total, para qué, si hace una estupenda temperatura de trece grados. ¡Tampoco es para tanto! Y da gracias a que al menos dentro del bar no llueve. Esta es una actitud recia y sufrida, muy propia del Norte, sí, pero solo del norte peninsular: probad a utilizar esa filosofía empresarial en Rotterdam, y ya verás lo bien que os va. Yo sospecho que se trata de algún tipo de perversa estrategia comercial: hacer que el cliente se sienta todo lo incómodo posible para que llegue, consuma y se vaya rápidamente a algún sitio más confortable, como por ejemplo el fondo de la Bahía. Inluso se da la paradoja de cafeterías que se molestan en instalar una decoración que parece cálida y acogedora, pero que luego mantienen temperaturas internas capaces de cuajar el benceno.

Pero mucho peores son los otros tipos de establecimiento: esos que sí tienen calefacción dentro, pero que dejan la puerta abierta constantemente. En ellos se establece un perverso gradiente de temperatura entre el fondo del local, donde el plomo de las juntas de las tuberías se derrite lentamente, y la puerta, donde una corriente huracanada hace volar las pelucas de las señoras. ¿Cuál es el sentido de algo así? Alguno tendrá, porque se trata de una estrategia deliberada: el otro día, en una conocida cafetería-panadería-pastelería-tienda-de-cosas del centro de Santander, cuyo nombre completo no voy a decir pero que comienza por "La Gallof..." y termina por "...a Gallofa", pregunté a la dependienta si podía cerrar la puerta, por favor, si no era molestia, porque me hubiera agradadado enormemente no pillar una pulmonía.
No puedo –me respondió la muchacha– la dirección nos lo tiene prohibido
La misma respuesta me dio una vez el aterido cajero de un supermercado del que tampoco voy a decir el nombre, salvo que comienza por "Carrerfour Expres..." y termina por "...arrefour Express". El chico temblaba de frío después de llevar seis horas trabajando en mitad de una corriente que ríete tú de las del paso de Cirith Ungol frente a una puerta estúpidamente, obstinada y obligatoriamente abierta, porque le habían mandado que no la cerrara.

Puedo llegar a entender parte de la aparente lógica del asunto. Una puerta abierta es una invitación al cliente para que entre. Pero también es una invitación a que se vaya. Y no vuelva. Incómodo me parece ir a una desapacible cafetería sin calefacción y tener que tomarme el mediano con el abrigo puesto, pero de verdad me ofende el desperdicio energético que supone tener todos esos kilovatios vertidos a la atmósfera a lo tonto. Podría decirse que allá cada propietario con su factura eléctrica, que es cosa de ellos lo que quieran malgastar, pero uno tiene algo de conciencia ecológica. Estas cosas me sientan como una patada.

Si en este país hubiera alguna agencia que se tomara realmente en serio las cuestiones de eficiencia energética y esa agencia tuviera algún tipo de poder, me sé de diez o doce establecimientos de esta ciudad que ya tendrían una denuncia por mi parte. Pero como no la hay, me toca joderme y hacer un pequeño boicot personal a esos sitios. El problema es que a este paso me voy a quedar sin bares a los que ir...


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