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abril 24, 2016

The Mommy Argument

Mi mamá es la mejor del mundo. Al igual que las mamás de todos los demás.

Está este muchacho de diecinueve años que me escribe por WhatsApp todos los días. El chico es una monada y tiene el loable, pero poco práctico, objetivo de que yo me lo folle algún día: poco práctico porque vive a ochocientos kilómetros de mí, y eso significa que, aunque él aún no lo sepa, jamás nos veremos las caras en persona. Ni mucho menos el resto de apéndices. La conversación erótica a distancia da muy poquito de sí a partir de un determinado momento, máxime cuando uno de los dos pone poco interés en el asunto, así que tarde o temprano teníamos que acabar hablando de política.

Fue de la manera más tonta. Le pregunté qué libro había comprado por el Día del Libro y me respondió que el de Esperanza Aguirre. Me pareció una broma muy divertida, pero él me dijo que iba totalmente en serio. Que él era muy español y mucho español. Del PP, por supuesto, que es la única forma buena de ser español. Porque solo un chaval de las Juventudes del PP puede llevar una pulsera con la bandera española con orgullo, aunque los de izquierdas les llamemos fachas por ello.

No entré al trapo. Le dije que era una bandera muy bonita, aunque a mí me gustaran más personalmente las de Australia y la de la compañía de combustibles italiana anteriormente conocida como Agip, hoy en día Eni. La primera me encanta porque aparece la Cruz del Sur y la segunda porque siempre he querido tener como mascota un perro mutante de seis patas que respire fuego. Las banderas son trozos de tela muy bonitos, muy decorativos, y todo el mundo está en su derecho a tener su favorita.




Pensó que le estaba tomando el pelo. La bandera española era mucho mejor porque significaba cosas muy profundas. Le pregunté que cuáles, exactamente. Él me respondió que España era un gran país, con sus defectos por supuesto, pero que también con muchas otras cosas que admirar.

¿Sabéis otro país que tiene sus defectos pero muchas cosas que admirar? Canadá. 

Le pregunté al chico si no estaba orgulloso de la bandera canadiense. Me dijo que no, claro, porque él no era canadiense, sino español. Muy y mucho.

Todo lo cual es muy de sentido común, pero muy poco interesante. El sentirse orgulloso de un país por el hecho de haber nacido en ese país no tiene nada de especial. Es más: ni siquiera dice nada acerca del país en sí. Es sólo un efecto de perspectiva. 

Le pedí que hiciera el ejercicio mental de imaginarse canadiense, nacido en la mismísima Toronto, y le pregunté qué sentiría entonces por los colores de la bandera española. Tuvo la sensatez de reconocer que, en ese caso, nada en absoluto. Se sentiría orgulloso de ser muy canadiense y mucho canadiense.

Respeto el amor por las banderas del mismo modo que respeto la adhesión a una religión o el amor de un hijo a su madre: es algo natural que todos sentimos (al menos lo último) y que resulta psicológicamente entendible. Todos tenemos el mejor país del mundo, el mejor dios del mundo y la mejor mamá del mundo. Pero me cuesta mucho trabajo tomarme intelectualmente en serio a los adultos que se comportan públicamente como si de verdad se lo creyeran.

De niños, todos estamos absolutamente convencidos de que nuestra mamá es absolutamente la mejor que existe. Luego crecemos, y nos damos cuenta no solo de que nuestra madre tiene sus fallos como todo quisque, sino además de que no puede ser simultáneamente cierto que nuestra madre y la del vecino sean a la vez la mejor que existe: sólo uno de los dos puede tener razón. Probablemente, ninguno.

Lo mismo pasa con las religiones. No puede ser que Alá sea el único Dios Verdadero y que a la vez Wotan sea el Padre de Todos los dioses. Probablemente, ni una cosa ni la otra.

El proceso de darse cuenta de que nuestra madre no es la mejor del mundo forma parte de lo que se llama "madurar". Muchos de nosotros seguiremos todas nuestras vidas sintiéndonos como si nuestras madres fuesen las mejores que existen, pero sabiendo que no es cierto. El tener sentimientos preciosos pero no tomarse de forma literal sus implicaciones es una cualidad del adulto.

Sin embargo, hay mucha gente que no es capaz nunca de hacer el mismo salto de madurez en lo que respecta a su país o a su amigo imaginario favorito. Como en España no se vive en ninguna parte y mi dios puede a todos los de Egipto (aunque resulte curioso que crea que haya dioses de Egipto a los que poder vencer cuando también sostengo la firme creencia de que Dios es el único que hay). 

Está claro que amamos de forma especial la tierra, el idioma, la cultura y las gentes que nos vieron nacer y crecer... pero de ahí a creerse de verdad que nuestro país es objetivamente mejor que otros (como Australia o Canadá) hay un gran trecho que se resume en dos conceptos: falta de madurez y falta de perspectiva.

Del mismo modo que no puedo tomarme en serio al borracho de tasca que se pega de hostias con un parroquiano porque ha mentado a su madre, que es una santa, no puedo tomarme en serio a un nacionalista que actúa como si su país fuera el mejor solo por el mero accidente de haber nacido en él. Ni tampoco me puedo tomar intelectualmente en serio a una persona que profesa una religión concreta simplemente por el mero accidente de que le hayan enseñado esa y no otra de niño.

Así que al chaval le dije que me parecía muy bien su orgullo españolista. En él, es de esperar. Al fin y al cabo, tiene diecinueve años: es inmaduro por definición. Los que me preocupan seriamente son los de sesenta años que siguen sin haber crecido mentalmente.






marzo 04, 2016

Malas novelas

Me gusta, de vez en cuando, leer malas novelas.

Hay dos tipos de malas novelas: las que entretienen, y las que no. En realidad, lo mismo ocurre con las buenas novelas, solo que si te atreves a decir que una buena novela te aburre soberanamente, vienen los intelectuales y te lapidan.

Leer malas novelas es muy caro. El precio de las malas novelas se dispara a partir del momento en que cumples cuarenta años. En torno a esa mágica edad te das cuenta de verdad que tu tiempo es finito, que has alcanzado y probablemente superado el ecuador de tu vida, y que por mucho que lo intentes no te va a dar tiempo a leer todas las cosas que te gustaría antes de palmarla. Una vez entrados en este estado de ánimo, resulta cada vez más difícil no pensar que leer una mala novela es una soberana pérdida de tiempo.

Yo me resisto todo lo que puedo a este pensamiento.

Últimamente he leído dos malas novelas.

La primera ha sido una gran sopresa. No me esperaba que fuera a ser mala. La escritora de ciencia-ficción Lois McMaster Bujold me tiene mal acostumbrado: normalmente sus novelas me suelen parecer bastante buenas. A la Bujold le gusta aderezar sus space operas con interesantes reflexiones sobre política, género, sociología y bioética. Sus personajes, sobre todo Miles Vorkosigan, su clon-gemelo-hijo Mark y su madre Cordelia, son memorables, y el estilo de sus diferentes novelas abarca desde la más desaforada aventura de batallas espaciales a la novela detectivesca, siempre -hasta ahora- con buen ritmo y derrochando inteligencia. 

Pues bien, la última novela, Gentleman Jole and the Red Queen, me ha parecido un truño soberano.


¡Es que no pasa nada en toda la puñetera novela! Tal vez sea porque la Bujold ha agotado las historias que podía contar el universo de los Vorkosigan. Miles ya es adulto, está casado y tiene hijos, ha heredado el título y resposabilidades de Conde a la muerte de su padre, y su vida ya no ofrece más aventura que la de cambiar pañales. Su madre, la viuda Cordelia Naismith Vorkosigan, intenta decidir cómo enfocar los sesenta u ochenta años que le quedan de vida (proviene de un planeta, la Colonia Beta, donde la biotecnología asegura periodos de vida de unos ciento cincuenta años en muy buenas condiciones de salud). Y decide descongelar unos óvulos y espermatozoides de su matrimonoio que tenía congelados desde hace cuarenta años para tener unas cuantas hijas, usando por supuesto replicadores uterinos artificiales, que con setenta años ya no se siente con ganas de pasar por embarazos. Y a todo esto, el almirante Jole, antiguo secretario y amante del difunto marido (junto al cual y Cordelia formó un triple matrimonio clandestino, ya que la conservadora sociedad del planeta Barrayar no concibe aún las familias de más de dos cónyuges), vuelve a la vida de Cordelia, y casi inevitablemente se reaviva un amor entre los dos. Y a lo largo de doscientas páginas ocurren los siguientes acontecimientos: ninguno.

Los dos puntos posiblemente provocativos de la novela, que son la posibilidad abrir la paternidad a edades avanzadas gracias a los avances tecnológicos y las relaciones abiertas, sinceramente, no me parecen para tanto. Y como gérmenes de una historia, está visto que no dan para novela. Hay unos instantes de sorpresa en las primeras páginas cuando los lectores de la serie descubrimos que el Conde Vorkosigan eran bisexual y vivía una historia de amor a tres bandas con su marido clandestino y su mujer legal, pero sólo porque nada en las anteriores novelas lo sugería siquiera. Y que una mujer viuda de setenta años, pero que aparenta cincuenta como mucho, y que espera llegar a los ciento cincuenta, decida ser madre usando células congeladas es algo que dista mucho de ser impactante, al menos en una novela de ciencia ficción.

Vamos, que me he aburrido bastante leyendo. Qué decepción.

La otra novela mala, que me acabo de terminar hace media hora, es una a la que tenía ganas moderadas de echar mano desde hace lo menos quince años. La vi por primera vez en una estantería de una librería marica en San Francisco y me llamó la antención por la combinación de géneros que proponía: erótica gay y novela de fantasía.


Qué portada más cutre, ¿verdad? Es tan grimosa que dan unas ganas irresistibles de ver qué hay dentro, como cuando uno ve a una paloma atropellada en la carretera y le entran ganas de ir a mirar cómo son sus tripas pajariles.

El argumento, calidad literaria y atmósfera me han recordado mucho a otra novela miérder de fantasía que he leído hace no mucho: la trilogía del Aprendiz Oscuro de Trudi Canavan. En aquella trilogía, una moza proletaria pero con un inesperado talento innato para la magia era reclutada para aprender las artes místicas y descubría, gracias al Amor, una forma prohibida de practicar la magia, algo que al final resulta ser de lo más conveniente porque gracias a eso llega a tiempo de salvar la ciudad de caer en manos de unos malos malísimos.

En Apprenticed to Pleasure, Ander, a la sazón un joven músico huérfano que trabaja en un burdel, descubre de forma accidental que no solamente existe la magia oficial que practican los brujos del malvado zemindar, y que se basa en la tortura y en el dolor, sino que existe una orden secreta de valientes rebeldes que practican un tipo de magia basada en cosas bonitas, esto es, en follar mucho. De la mano (y otras extremidades) del sabio (y suculento) mago Thane y sus alegres (y despampanantes) ayudantes, Ander descubre que el amor es más fuerte que el odio y que a golpe de mamadas, enculadas y corridas puede ayudar a sus semejantes a librarse del yugo del maligno zemindar. Y además de paso se echa novio, aunque no se casan ni nada.

Una birria de novela, pero me ha entretenido bastante más que Gentleman Jole and the Red Queen. Y además ha dado para un par de pajas. 

Supongo que ahora va tocando ya ponerse a leer algo más serio, para contentar a los intelectuales y a mi Pepito Grillo interior. Me entra la duda: Hitchens, Sacks o Eagelton? Decisiones, decisiones...

enero 02, 2016

A propósito de propósitos

Ya sabéis que soy un tipo realista: cada nuevo año procuro hacerme propósitos que sean fáciles de cumplir, para no llevarme luego desilusiones. Recordemos alguno de mis propósitos de otros años: no invadir militarmente Polonia, no casarme con la ya difunta Duquesa de Alba, no dedicarme a la taxidermia. Tengo un estupendo marcador de 100% de mis propósitos de año nuevo cumplidos.

Este año iba a ser igual. Me había propuesto para 2016 procurar no rebasar nunca la velocidad de la luz en el vacío ni violar la segunda ley de la Termodinámica. Ambas cosas son bastante razonables, incluso para una persona con una vida tan absurda como la mía.

Pero todo esto ha cambiado esta mañana por culpa de la librería La Central de Madrid. Qué lugar más increíble. No solamente tiene una cafetería en la planta baja atendida por camareros buenorros, sino que el resto de la librería es un placer en sí misma: una colección interesante, libros agrupados por temas y no por idiomas -puedes encontrarte mezclados en la misma estantería libros en alemán, español o portugués-, un patio interno amplio y espacioso, un trozo de capilla utilizado ahora como sección infantil y una sala de lectura luminosa, acogedora y bien surtida. Una librería en la que te parece estar en Estocolmo, Berlín o Londres en vez de Madrid.

Con los libros me pasa como con los hombres: me gustan casi todos. He comprado cinco y me hubiera gustado llevarme muchos más. Pero sé que muy difícilmente los habré leído todos cuando acabe 2016. Al fin y al cabo, en mi casa tengo libros aún por leer comprados en 1998. ¡No tengo tiempo para tantos!

Fue precisamente en la sala de lectura donde tuve mi revelación. Un hombre ya mayor y muy elegante leía pausadamente, cómodo, tranquilo, sin interrupciones. Sin tener un móvil sobre la mesa.

Soy un fanático de todo lo que contenta internet. Estoy siempre pendiente del móvil o del ordenador. Y como consecuencia, ya no soy capaz de estar leyendo sin parar cada diez minutos a mirar Facebook, Grindr o WhatsApp. He perdido por completo mi capacidad para estar a solas con mi libro.

Y una vida sin libros es una vida desaprovechada.

Así que he aquí mi propósito difícil, tal vez imposible, de cumplir para este año: las Tardes Sin Conexión. Esta es la idea: una tarde a la semana, desde después de comer hasta la hora de la cena (pongamos de 16:00 a 20:00, en mi casa cenamos temprano), apagar el móvil, quitar la televisión, alejarme del ordenador y dedicarme sencillamente a leer, a estar conmigo mismo y no preocuparme de nada más.

¿Seré capaz de conseguirlo?

Probablemente no.

Pero ahí queda el propósito. Bonito es, no me digáis que no...

Precisamente, uno de los libros que he comprado esta mañana en La Central

En otro orden de cosas, por supuesto, ¡Feliz año a todos!






agosto 12, 2015

41

Sorprendentemente, contra todo pronóstico, sigo vivo. En los buenos viejos tiempos la gente tenía la costumbre de morirse a los treinta y tantos y eso ahorraba mucho tiempo a la hora de envolver regalos. Hoy en día nos empeñamos en persistir y eso, unido a los amorosos cuidados de nuestros eficaces políticos, acabará hundiendo el sistema de pensiones.

Está bastante bien, a pesar de que ya este año he tenido que asistir a más funerales que bodas y de que ya la mayoría de la gente con la que me topo no entiende mis chistes sobre las Termópilas. Me lo estoy pasando pipa fingiendo que soy maduro y dando consejos de sabiduría popular a las generaciones más jóvenes. Mi favorito: no violéis las leyes de la Termodinámica. La juventud de hoy en día se empeña en ir en contra del aumento irreversible de la entropía, y así va el país.

Eso, en mis tiempos, no pasaba. 

Intento disimilar mi avanzada edad enganchándome a las nuevas tecnologías, pero por mucho que me esfuerzo no soy capaz de dominar el idioma neanderthal del ola k ase. Lo lógico, a mi edad, es comprarse un coche nuevo o echarse un amante veinte años más joven que uno, pero no sé conducir para lo primero y no tengo dinero suficiente para lo segundo. En lugar de ello, viviré la vida peligrosamente y untaré mis arterias de cochinillo asado. 

Me sigo sintiendo afortunado y agradecido por lo que tengo y, sobre todo, por quienes tengo. Aunque "tener" es un verbo bastante desafortunado en este sentido: sois vosotros los que me tenéis a mí.



junio 13, 2014

Encantado con el Mundial

Dicen mis amigos que odio el fútbol. ¡Qué poco me conocen!

Es mentira que no me guste el fútbol. Es simplemente que no podría interesarme menos. Ni me agrada ni me desagrada: me importa un comino.

Sin embargo estoy totalmente a favor de los Mundiales de Fútbol. Antiguamente me agobiaban por el bombardeo sensorial al que nos someten los periódicos, radios y televisiones en estas épocas, pero siete años de crisis económica mundial me han dotado de una capacidad milagrosa para ignorar cualquier tipo de medio de comunicación durante periodos indefinidos de tiempo. Así que por ese lado, bien.


El Mundial es un momento maravilloso para que personas como yo disfruten de la vida: poder ir al cine y tener toda la sala para uno solo, montar en el transporte público sin tener que darse codazos con nadie, pasear por calles vacías y silenciosas en estos suaves días de inicio de verano mientras el resto de los mortales sudan en sus casas o en bares de mala muerte delante de un televisor. ¡Es tan relajante! Ojalá el Mundial durara mucho más tiempo.




Mención aparte merecen esas agradables sesiones en el gimnasio vacío. Durante los partidos de fútbol en los que juega la Selección en la sala de pesas solo hay, según me dijo una vez un amigo, inmigrantes, maricones y mujeres. Mi amigo pertenece a dos de las anteriores categorías. Nada de esperar para poder usar una máquina, nada de tener que escuchar la interminable cháchara sobre aminoácidos fritos de los Vanessos, nada de tener que limpiar las bancas con lanzallamas para eliminar el apestoso sudor de los neandertales anabolizados de turno. Y qué decir de las duchas, que en ausencia de heteros están mucho más entretenidas estos días...


Por eso digo, ¡viva el Mundial! ¡Larga vida al pan y circo!




abril 07, 2014

Fin de semana pasivo

La culpa de de Antonia San Juan.

Estoy de Rodríguez. Creo que ya lo he comentado. El osezno sigue cerca del Círculo Polar Ártico y yo canjeo la pega de tener que dormir solo por la ventaja de tener la cama de dos metros para mi solo: estoy alcanzando límites de contorsionismo sómnico difíciles de imaginar para una criatura con tan pocas articulaciones como es el ser humano.

Lo lógico y lo tradicional cuando un hombre español se queda de Rodríguez es que se entregue a alguna o todas de estas actividades: pasar hambre, salir a emborracharse un martes por la noche, empezar una tórrida aventura sexual con un saltimbanqui austrohúngaro, ir a casa de su madre a por tuppers de comida, tirar los calzoncillos sucios por el suelo en cualquier lugar de la casa, entregarse a la ludopatía, dar pena.

De modo que tengo un fin de semana para mi solo y ¿qué hago? Someterme a una maratón de capítulos viejos de La Que Se Avecina.

¿Se puede caer más bajo?

Sí: combinarlos con capítulos viejos de Aída. Justo lo que he hecho.

No merezco perdón. Pero la mar, por otro lado, está fresquíbiris.


marzo 11, 2013

Secretos inconfesables

A lo largo de mi dilatada y mediocre vida he aprendido lo siguiente: todos tenemos oscuras y aberrantes apetencias, y el hecho de que sean aberrantes se debe a que todos tendemos a juzgar con dureza los gustos de los demás. Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra: yo mismo admito que a los que me confiesan que no les gusta el chocolate les miro como si formaran parte de la avanzadilla de una invasión extraterrestre con aviesas intenciones. Soy un chocotalibán, lo admito.

En este ejercicio de nudismo espiritual que es el blog, hoy me toca salir del armario y confesar alguno de mis gustos más vergonzantes. Agárrense los machos, contengan las arcadas y pasen a ver mi galería de

SECRETOS INCONFESABLES DEL TODO A 100
(lista actualizada)

Sin un orden concreto:

  1. Messi. Ahora que el detestable mundo del júrgol se está convirtiendo en un anexo de las revistas del corazón, todo el mundo anda alabando la supuesta belleza física de esa muñeca de cera llamada Cristiano Ronaldo, o en su defecto destacando las viriles virtudes de Shakiro Piqué, Xabi Alonso o incluso de Sergio Profidén Ramos. Mientras que puedo estar de acuerdo en alguno de los anteriores casos, especialmente en el penúltimo, mi favorito es sin embargo Messi. Qué se le va a hacer: no es ningún bellezón, pero me parece tan rico... Así como pequeñito y resalao. Me encantan su narizota, su sonrisa de niño pillo, sus grandes orejas y su mirada ligeramente estrábica, entre soñadora y despistada. Me inspira ternura, que es una forma fina de decir que me lo follaría encantado de la vida. 




  2. Fran Perea. Me da mucha vergüenza reconocerlo, pero ahora que el niño repelente que cantaba y aparecía en Los Serrano ha crecido, ha empezado a ponerme palote. Decididamente, con el pelo corto, algo de músculo, barbita y sin la puta guitarra el chico gana mucho. Admito que no me estoy perdiendo ningún capítulo de la serie moña-sobrenatural Luna por verles a él y la Belén Rueda, que me encanta aunque siempre haga el mismo papel.



  3. Ben Affleck. Ahora que por fin ha gando un Óscar, puedo decir que el amigo tontico de Matt Damon siempre me ha erotizado. Es algo así como un guapo de manual, lo que debería descalificarle automáticamente de mi lista de favoritos, pero hay algo en su imagen de eterno perdedor saltando de truño en truño de película que le convierte en humano y hace que me guste. Admito que vi las que posiblemente sean las dos peores películas de la historia del cine, "Las Fuerzas de la Naturaleza" y "Daredevil", solo por ver si Affleck se quitaba la camisa en algún momento. La decepción no tuvo límites.



  4. Pablo Rivero. Jovencito, mediocre actor, lampiño, flaco, rubio y con cara de lechuguino, el hijo mayor de los Alcántara lo tiene todo para NO gustarme. Pero de repente un día le vi en La Caída de los Dioses, desnudándose y arrojándose encima de su madre (en la ficción de la obra) Belén Rueda, y al fijarme en ese poderoso culo sentí que en mis entrañas nacía el amor. 




  5. Los gemelos de Mujeres Desesperadas.  Esto es preocupante. Sufur, el antaño gerontófilo, se está volviendo un asaltacunas con la edad. No sé si es una consecuencia natural de mi viejunez o si se debe al hecho de estar siempre rodeado de jovencitos suculentos, tanto en el campus como en el gimnasio. Los detestables Preston y Porter Scavo se han convertido con los años en... en esto que aparece abajo. Sobran las palabras.


  6. Macario. Vale, ya sé que ni siquiera es un ser vivo. Pero me imagino un buen gañán de pueblo, con esas piernacas peludas y ese narizón, y me entra un nosequé de lo más perturbador...


  7. Carlos Latre. Este es el secreto vergonzante más vergonzante de todos. Se trataba de un humorista gordito que nunca me había ni gustado ni caído bien, hasta que de repente una noche le vi disfrazado de mujer en Señoras Que. Vi un enorme pelucón, un collar de perlas falsas y, debajo, un incongruente pecho peludo que me dejó fascinado. ¡Desde entonces me he dado cuenta de que me gusta Carlos Latre! Decidme: ¿estoy muy enfermo?



  8. Danell Leyva. Va, venga... este no me da vergüenza reconocer que me encanta. A este pedazo de rosbif lo pongo para que no se diga que solamente tengo gustos extraños. El gimnasta más exhibicionista y macarra de los Juegos Olímpicos de Londres, aficionado a hacerse fotos en pelotas con el móvil y colgarlas en Twitter, tiene labios como sofás y ojos negros como pozos de petróleo. Yo creo que debería dejar de una santa vez la gimnasia y dedicarse al porno. Aptitudes no le faltan...












marzo 04, 2013

La tribu

Se trata de una idea recurrente en nuestra cultura. Una especie de fantasía o necesidad soterrada que flota en el ambiente, que se ha intentado en incontables ocasiones y que sin embargo no termina de cuajar en este mundo. Yo lo llamo el síndrome Friends:
Rachel, Monica, Phoebe, Joey, Chandler y Ross son seis amigos de treinta y tantos años que viven en Manhattan, una de las ciudades más populosas del mundo. Sin embargo, parece que se las apañan para estar siempre juntos. Dos de las chicas viven en un apartamento cuya puerta nunca está cerrada: los distintos miembros del grupo entran y salen libremente, pasan las horas en ese salón y allí comparten alegrías, penas, amoríos, riñas y momentos cómicos. El grupo funciona como una familia muchas veces preferible a la familia biológica, cuidándose unos a otros aunque la relación no sea perfecta. Cuando no están en la casa de las chicas, los amigos se encuentran en un bar donde siempre tienen el mismo sofá libre para ellos. Y todo esto aunque cada uno trabaje en un punto distinto de una ciudad enorme, peligrosa, alienante y agotadora.
Todos sabemos que es una serie de ficción y por eso pasamos por alto alegremente la práctica imposibilidad de que algo así ocurra en una sociedad individualista y estresada como la nuestra; y sin embargo gran parte del éxito de la serie es que ese mito de la pandilla-familia nos toca muy dentro a muchos. La idea está muy presente en la cultura popular, como demuestran montones de casos análogos en series televisivas, desde Las Chicas de Oro a Los Serrano, por poner solo dos ejemplos bien lejanos en el tiempo y en el espacio.



A medida que envejezco me atrae más y más esta idea de "tribu": un grupo de personas unidas por lazos de muy variada índole (familiares, sentimentales, ideológicos, sexuales, aficiones, intereses comunes) que se asocian para apoyarse y favorecerse unos a otros. Soy maricón, inconformista, promiscuo, libertario y escéptico ante los cuentos de hadas: no creo en la eternidad de las relaciones de pareja, la noción de familia nuclear me provoca arcadas, no voy a tener hijos y creo que, al menos las personas como yo, en la vejez estamos abocados a la más espantosa soledad a menos que consigamos hacernos con una red de amistades sinceras y cercanas que resista de alguna manera el paso del tiempo. Cada vez van apareciendo más grupos de amigos/compañeros que llegados a una edad se van a vivir juntos para cuidarse y hacerse compañía unos a otros, en lugar de ir a una residencia de ancianos o fosilizarse en casas de hijos que están demasiado ocupados. No me gusta cómo nuestra sociedad trata a los ancianos, pero dado que ésta (la sociedad) es la que es, la única alternativa que veo al ostracismo y la soledad es esta: tener dinero, y formar una red de apoyo y cuidado mutuos.

Esto no se limita a la tercera edad. La psicología, la sociología, la antropología y la estadística nos demuestran una y otra vez que somos animales sociales pero que tenemos problemas para gestionar grupos. Los grupos pequeños (en torno a la decena o veintena de individuos) son los que más confortables nos resultan, pero a partir de un determinado número la eficiencia se degrada a menos que aparezcan jerarquías; los grupos pequeños no pueden sobrevivir por si solos pero los grandes llevan a burocracia, estratificación, desigualdad y problemas derivados de la ansiedad y la soledad "en medio de una ciudad de un millón de almas". Nuestros cerebros y glándulas funcionan por asociación y según leyes locales, pero se nos enseña que por un lado debemos ser individuos autosuficientes y al mismo tiempo que debemos someternos, acatar y adoptar las regulaciones y convenciones de una sociedad que es demasiado grande para abarcarla, demasiado sofisticada para entenderla y tiene demasiada inercia para ser desviada de forma significativa. El punto de equilibrio entre ambos polos no ha sido encontrado hasta la fecha, pero yo creo que debería asemejarse un poco a esos grupos de afinidad de pocas personas que operan dentro de una sociedad más grande.

La idea no es nueva y han surgido multitud de aproximaciones a ello, incluyendo la familia extendida (la formada por padres, abuelos, tíos, cuñados, primos, etc, no esa cosa tan triste que predomina ahora y que es la "familia nuclear" formada por papá, mamá y el niño), la comuna hippie, las logias masónicas, los clubs de caballeros, el kibbutz israelí, las peñas de quintos, las cuadrillas de toda la vida, las reuniones de vecinas, los pelotones militares, el club de golf, los monasterios y conventos de clausura, las comunidades de swingers, ciertos tipos de multipropiedades, e incluso algunas corporaciones industriales. La mayor parte de esas agrupaciones hacen aguas tarde o temprano, lo que demuestra la dificultad no solamente de llevar a cabo esta idea, sino de ponerse siquiera de acuerdo en cuál es la idea en sí misma. Curiosamente, las que más tiempo suelen durar son precisamente las comunidades religiosas o militares: sospecho que ahí hay alguna lección que aprender, y sospecho también que no me va a gustar nada.

A mi me encantaría formar parte una "tribu" con las siguientes características: formada por afinidad más que por parentesco, no necesariamente convivientes pero sí cercanos, que comparta recursos (económicos, de tiempo y de habilidades), que no esté aislada del resto del mundo sino que trabaje y participe en él normalmente, basada en el afecto mutuo, y cuyos miembros se vean no solamente para tomar unos pichos los viernes por la noche. En la que siempre haya un sofá cama en cada casa para acoger al miembro viajero o que se ha quedado sin casa, una mesa en la que quepa uno más y una estantería de libros que van entrando o saliendo de la casa a medida que unos y otros toman o dejan algún volumen. Gente que se apoye ante una enfermedad, un despido o una ruptura con algo más que buenas palabras. Un entorno donde poder criar hijos y cuidar ancianos entre todos. Sin líderes y sin cuotas, pero con algunas normas consensuadas y libremente aceptadas. Es decir: algo tipo Friends, pero en el mundo real.

Por supuesto que es utópico. Ya sé que los conflictos entre personas son imprevisibles, y que la desconfianza es nuestro medio de vida, y que los ritmos de la ciudad y el trabajo hacen impracticable este tipo de cosas. Pero me gustaría mucho, muchísimo, tener algo así. ¡Lo malo es que no sé ni por dónde empezar!

diciembre 13, 2012

Declaración de principios

La temible crisis de la mediana edad, también llamada por algunos "crisis de los 30", "crisis de los 40", "andropausia", "crisis de valores", "crisis de madurez", "crisis de se me ha roto una uña", "síndrome de Peter Pan",  "crisis del último tranvía", "aznarismo abdominal" o, más sencillamente, Puta Crisis, se está cebando conmigo.

De modo que, siguiendo a los filósofos presocráticos y también a los sabios de misterioso oriente, yo me digo: "conócete a tí mismo". Y me respondo: "¿es a mi?". "Sí, cretino, me hablo a ti. Pérmiteme que te presente: soy tú". Y la cosa continúa con un "ah, encantado de conocerme", "un placer", "el gusto es tuyo", y así sucesivamente. Es decir: que no llegamos a ninguna parte ninguno de los dos: ni yo, ni tampoco yo.

Buscando iluminación en la vida, contemplo la pirámide de Maslow y pienso: qué colores tan bonitos.

Haciendo un extraordinario esfuerzo de introspección y de honestidad personal, llego a tres posibles conclusiones: 
  • La primera es que debo ser primitivísimo y estar poquísimo realizado, porque la mayor parte de las cosas que aparecen en esa pirámide me importan un pimiento.
  • La segunda es que Maslow tenía mucho tiempo libre.
  • La tercera es que si yo me llamara Maslow me gustaría tener un mostacho enorme, que es algo que creo que pega mucho con ese nombre.
Siendo brutalmente franco, solo hay cuatro cosas que me importen en este mundo (no necesariamente en este orden):
  1. Comer
  2. Follar
  3. No estar solo
  4. No morirme
Me pasaría el día haciendo únicamente esas cuatro cosas. Estas sencillas necesidades explican perfectamente el 98% de mi peronalidad, mi trayectoria vital y mis aspiraciones. El resto son detalles y futesas.

¿Por qué trabajo? Para comer y no morirme. ¿Para qué me mato en el gimnasio? Para poder comer y follar más. ¿Por qué escribo un blog? Para no estar solo. Cuando no estoy comiendo, follando o haciendo las tareas que me posibilitan comer y follar, cuido de mi familia y amigos porque no quiero estar solo. Y durante todo este tiempo pongo cuidado en no hacer actividades suicidas tales como asomarme a una tormenta eléctrica con una varilla de metal en la mano, caerme en el foso de los cocodrilos o votar al Partido Popular.

Y eso es prácticamente todo. Tengo entendido que hay gente a la que le importan cosas absurdas tales como el dinero, el poder, la fama y el prestigio social o profesional; personas que pierden el culo por unos pantalones italianos o por el último iPhone, e incluso seres que se sienten superiores a otros porque les guste Stravinsky. Me parece genial: yo comparto esos objetivos solamente en lo que sirvan para poder comer, follar, no estar solo, o no morirme. Y solo muy de cuando en cuando para el 2% de mi vida que consiste en el resto de placeres que puedo experimentar.

Cuando expongo esto delante de cualquier otro primate, éste se suele escandalizar y mirarme por encima del hombro: 
- Me estás diciendo que no eres más que un animal -me dice el o la primate.

- Eso mismo -le respondo yo.

- ¿Qué triste, no? -me dice el mono o la mona

- No lo sé. ¿A ti te pone triste? A mi no.

- Yo quiero pensar que somos algo más que animales -se enorgullece el mamífero en cuestión.

- Ahora que lo mencionas, tienes razón: esta conversación es muy triste -suelo zanjar el asunto.
Esto de ser tan sencillo me ha llegado como una sorpresa: como muchos otros catarrinos de mi entorno, crecí pensando que ser humano era lo más de lo más, ya que un señor invisible con superpoderes nos había creado a su imagen y semejanza. Yo creo que de esta desilusión viene gran parte de la Puta Crisis a la que aludía en el primer párrafo. A ver si una vez aceptada la realidad, dejando de aparentar ser quien no soy y hecha esta declaración de principios, ésta se va pasando de una jodida vez.


diciembre 12, 2012

La que se avecina

Empieza la temporada hipercalórica, con los siguientes eventos preparados:
  • Esta noche, "cooking night" en un conocido restaurante local, en compañía del osezno, de la novia del osezno y no se sabe si de los hijos de la novia del osezno y el marido de la novia del osezno. En cualquier caso, nos mancharemos las manos y los esófagos de diversidad de ingredientes. + 0.5 kg
  • Mañana, reunión de trabajo con los del Consorcio Barrio Sésamo, es decir: coffee breaks, comida de catering y, muy previsiblemente, cena con los socios. Y si falla esa cena, hay contraprogramada una cena prenavideña con el sector joven y bello del Instituto. +0.5 kg
  • El viernes, sesión friki con El Hobbit, precedida sin duda por pizzas y acompañada por cantidades industriales de chuches. +0.5 kg
  • La semana que viene, comida prenavideña con los compañeros del curro, cena con un compañero italo-astur y, si todo sale bien, comilona de celebración por la merecida promoción laboral de un compañero y sin embargo amigo. +1.0 kg
  • A partir del día 22, si el mundo no ha tenido antes la decencia de acabarse, diez días en Segovia: cenorra con los amigos, cenas y comidas de Nochebuena, Navidad, Nochevieja y Año Nuevo, polvorones y turrones de postre cada día, Santa Madre diciéndome que estoy muy flaco y que tengo que merendar más, morcillas de la tía Sufurina, más un promedio de tres gintonics por noche si mis amigos borrachuzos me sacan a que me dé el fresco. +3.0 kg
  • Vuelta a Santander, comilonas de Reyes con la familia política, más roscón de Reyes de al menos dos tipos, incluyendo el Roscón de Vega, del cual una única unidad es capaz de alimentar a todas las modelos de la Pasarela Cibeles durante tres lustros enteros. +1.5 kg
  • Cena postnavideña con los amigos del osezno, seguida de copas. +0.5 kg
A esto hay que añadirle, o restarle dependiendo de cómo se mire, los siguientes parones:
  • No asistencia al gimnasio durante todo el tiempo que pase en Segovia, y menor asistencia al mismo mientras esté en Santander debido a fiestas, coincidencias con cenas y/o cuchipandas,  comas etílicos, etc.
  • Carencia de sexo durante mis días en Segovia, reserva espiritual de Occidente, paraíso clerical, ciudad de renombre en el mundo entero porque no se conoce el caso de ningún ser humano que haya sido capaz de follar en ella desde el siglo XIII como poco. De hecho, según un estudio de la Universidad de Wichita conducido por el Dr. Wilbur Pocahontas, todos los segovianos o bien hemos sido concebidos fuera de la capital durante algún viaje de nuestros padres, o hemos sido traídos por la cigüeña.
La consecuencia inevitable es que se echará a perder por completo el trabajo del último año. Después de las palizas que me he pegado en el gimnasio, he llegado a un punto en el que hay días (uno de cada veinte o así) en que me miro en el espejo y me digo: "leñe, ya casi doy para paja". Pues se acabó lo que se daba: más me vale mentalizarme de esto es ley de vida y que mis lorzas y yo somos como la idiotez y el ministro Wert: inseparables. 

"ANTES"
"DESPUÉS"
"DESPUÉS TODAVÍA"


diciembre 01, 2012

Hoy toca repartir collejas

Hoy celebramos un año más el Día Mundial del Sida, y cuando digo "celebrar" lo digo en el mismo sentido que se celebra un entierro o un velatorio. Ha sido un año marcado por las malas noticias también en esto, con toda una batería de medidas de recorte y desatención por parte de nuestro Gobierno que me hacen hervir la sangre, aunque se veían venir. En Dosmanzanas está una nota de prensa que refleja muy bien el balance del primer año de gobierno de Rajoy:

y

La actuación del Gobierno sólo puede calificarse de canallesca y asesina: no solo desatiende la salud de los ciudadanos, sino que sus políticas se van a traducir en una aceleración de la expansión de ésta y otras epidemias a través de los sectores de la población que quedan fuera de la cobertura sanitaria. Esto es un crimen contra la humanidad y por lo tanto aprovecho para llamar desde aquí a Mariano Rajoy, a la ministra de Sanidad Ana Mato, al ministro de Hacienda Cristóbal Montono, así como al resto del despreciable Gobierno que tenemos la desgracia de padecer, lo que son: criminales, asesinos y malhechores.

Por supuesto también incluyo en mi ataque a la jerarquía de la Iglesia Católica, por su obstinada guerra contra el único método de prevención medianamente fiable que existe, el preservativo. La (i)lógica religiosa lleva a la Iglesia a por un lado prohibir las relaciones sexuales con preservativo y por el otro a cuidar amorosamente de las personas que enferman por cumplir con esa misma prohibición; a sus ojos, lo segundo compensa con creces lo primero, pero su lógica hace aguas por todas partes. Ratzinger y la caterva de ancianos enjoyados que pueblan los palacios obispales se merecen también el calificativo de asesinos.

Pero no acabo aquí con mi oleada de ataques furibundos. Hay un tercer grupo a quien quiero dirigir hoy mis improperios, y ese grupo somos nosotros mismos.

Está muy bien criticar a la panda de sinvergüenzas que nos gobierna y al aquelarre de hipócritas que supuestamente vela por la salud de nuestras almas, pero la mejor crítica ha de empezar siempre por uno mismo. 

Durante los últimos años, el número de relaciones sexuales sin protección ha aumentado de forma alarmante tanto entre homosexuales como heterosexuales. Esto se debe en buena medida a que la existencia de fármacos antirretrovirales ha convertido el Sida (en la mayor parte de los casos, y solo en los países industrializados) en una enfermedad crónica, y eso nos ha hecho bajar la guardia. Pero también se debe al cansancio que experimenta la sociedad tras treinta años de campañas de concienciación. Se trata de un peligroso efecto rebote que los trabajadores sociales y los activistas conocen muy bien: la prevención implica restricción, la restricción crea un tabú, y no hay nada tan excitante como romper un tabú.

Admitámoslo: la fantasía del bareback (follar a pelo) está en su mejor momento. Las páginas web y productoras de porno sin goma proliferan como setas; salvo honrosas excepciones, la mayoría de las compañías de entretenimiento para adultos que se han resistido al bareback han entrado en quiebra. Mientras el debate público entre detractores y defensores de esta práctica continúa, las cifras de ventas y las predilecciones del pueblo (¡cuántas veces hemos oído la frase "yo es que si veo un condón se me va todo el morbo"!) demuestran que la  batalla la tiene ya ganada el bareback. Y estoy hablando exclusivamente del porno gay: en el porno hetero, la batalla ni siquiera llegó a empezar (la mayoría de las escenas han sido siempre a pelo). Por mucho que se diga que la fantasía es solo eso, fantasía, lo cierto es que al final se acaba filtrando a nuestros comportamientos, sobre todo cuando el alcohol y otras drogas debilitan nuestras inhibiciones.

Yo soy el primero que reconozco el poder tremendo y transgresor que tiene sobre mí el deseo de romper con el tabú del sexo seguro: al igual que tantos otros, fantaseo con imágenes de salvajes bukkakes, de tíos que se lo tragan todo y culos rellenos como pavos. Como primates humanos que somos, contradictorios y algo ciclotímicos, queremos jugar con el fuego, aun sabiendo que nos vamos a quemar.

Existe todo un movimiento filosófico e incluso un sistema ético centrados en defender las prácticas de riesgo, con un discurso sorprendentemente bien articulado que no es trivial rebatir; no voy a repetir aquí sus argumentos pero sí decir que hay personas que, consciente y meditadamente, se ponen en riesgo (y ponen en riesgo a otros) teniendo muy claras las probables consecuencias de sus actos. Ya no es solamente un problema de falta de información o de tener un desliz o un accidente: el efecto rebote al que antes aludía se ha materializado en un rechazo voluntario del sexo seguro entre un sector creciente de la población. Y esto, por mucho que pueda ser defendido como una opción personal, es un problema colectivo.

Así que también lanzo una colleja compartida hacia nosotros mismos: porque al final los responsables últimos de nuestra salud no son ni el Gobierno ni los clérigos, sino cada uno de nosotros. Si los primeros pueden ser acusados de asesinos, los segundos podemos serlo de suicidas. Separemos la fantasía de la realidad. No bajemos la guardia. Seamos solidarios: es un problema de todos, una batalla de todos. Todos tenemos nuestra parte de responsabilidad, como en todos los demás aspectos de la vida. Hoy y durante todo el año, protejámonos unos a otros.




noviembre 04, 2012

La que se avecina

Las comunidades de vecinos son fuente inagotable de deliciosos vodeviles costumbristas, entrañables enredos que son la sal de la vida; y si no, que se lo pregunten a José Luis Moreno, que se forra a costa de esa idea, al Colegio Oficial de Psicólogos, que se mantiene fundamentalmente a base de traumas vecinales, o sin ir más lejos a los merendables señores Skyzos y Shepperdsen, cuyos deleites vecinales rozan lo almodovariano.

Mi comunidad es pequeña, solo siete vecinos más dos locales comerciales, lo que posiblemente le otorgue la pintoresca categoría de "microcosmos". En tan reducido espacio no falta de nada: la peluquera, la esteticién, el vecino cincuentón misterioso que no habla con nadie, la anciana que se pasa el día en bata, la señora conflictiva que por orden judicial no puede ir en persona a las reuniones de vecinos y debe enviar en su lugar a un administrador, la señora con perro meón, la alquilada que vive con su hijo cañón y su padre senil, el matrimonio formado por señora gritona y marido calzonazos pero de buen ver, y finalmente la pareja de pervertidos contra natura que formamos el señor osezno y un servidor. Aunque hasta la fecha las aguas parecen más o menos tranquilas, nuestro venerable edificio ("la casa de la bomba", ya os contaré algún día por qué) tiene un Pasado que incluye anécdotas tan divertidas como denuncias múltiples, intentos de asesinato, sabotajes, amenazas, chantajes y cacas de perro. La sal de la vida, como decía al principio.

En estos cinco años que llevamos aquí nosotros nos hemos mantenido mayormente al margen de todo este Pasado, salvo por ocasionales monsergas de alguna de las señoras que te cuenta sus penas durante hora y media en la escalera mientras tú asientes con cara de aburrimiento y sin entender nada, y salvo aquella vez que casi llego a las manos con la limpiadora de escalera borrachuza. Pero todo parece indicar que la paz se nos está acabando.

Jueves, uno de noviembre de 2012: resaca post-Halloween o, si lo preferís así, momento de arrobamiento místico de tanto pensar cristianamente en la muerte. En algún momento de la tarde, con el estómago aún lleno de restos de gintonic y buñuelos, el osezno y yo bajamos las escaleras del inmueble y nos encontramos con esto en el suelo:


No es algo que se encuentre muy a menudo en las zonas comunes de nuestro edificio, teniendo en cuenta que la edad media del inmueble es la de Bronce, pero no le dimos más importancia. El problema vino al día siguiente, cuando volvimos a encontrarnos el mismo objeto dentro de nuestro buzón. El mensaje implícito que percibimos en este acto es: "malditos guarros, pervertidos, quedaos vuestras sucias y pecaminosas gomas y haced vuestras cochinadas en privado". Yo, que siempre intento ver lo positivo de las cosas, saqué también esta lectura: "me dais envidia porque vosotros folláis y yo no". Así mientras sacábamos la cosa con pinzas y soplete del buzón, me reía entre dientes.

No, el envoltorio no era nuestro. Estamos demasiado viejos y tenemos las vértebras demasiado sensibles para montárnoslo en unas escaleras, sobre todo teniendo nuestra cama a diez metros. Mi teoría es que el candidato más probable es el hijo de nuestra vecina alquilada, que está como para mojar pan y quien desde que convive con el abuelo senil no creo que tenga mucha oportunidad de subir churris a casa. La verdad es que el chico además de guapo y buenorro tiene unos pezonacos que da gloria verlos, como vais a comprobar:


Yo me alegro mucho de que el chaval practique el sexo seguro, aunque por desgracia no sea conmigo, y no me importa que lo haga en mi escalera. De hecho, me encantaría que me dejara mirar. Pero me estoy yendo por las ramas...

El quid de la cuestión está en que algo tan inocente (a la par que pringoso) como es un envoltorio de condón me indica que sin comerlo ni beberlo hemos entrado en las Guerras Cántabras particulares de la Casa de la Bomba. Alguien ha debido de pensar que hemos pasado de ser los graciosos degenerados del 2B a ser los molestos maricones del mismo piso, y nos ha hecho blancos por primera vez de una clásica chiquillada vengativa entre vecinos. Que lo hayan hecho por envidia disfrazada de indignación me da bastante risa, pero puede que me ría menos cuando empiecen a intentar tirarme por las escaleras abajo. A ver en qué acaba la cosa...

abril 12, 2012

Sufur, el amigo de los niños

Está visto que los rangos de edad entre los cuales tengo tirón son los comprendidos entre los dos y siete años, y entre los ochenta y la desintegración. Soy el favorito de las abuelas y los críos, es decir: mis fans son todos del tipo que tiene dentadura incompleta, problemas para controlar la orina por las noches, tendencia a dejar caer baba y mentalidad generalmente errática.  Es una pena, porque yo preferiría mil veces tener ese éxito entre los caballeros con tres o cuatro décadas a sus espaldas, pero no es el caso y me tengo que aguantar.

El caso es que los niños me adoran. Creo yo que existen dos motivos: para empezar, hablo con ellos. Hago esa cosa que a pocos adultos se les ocurre que es preguntarles qué tal están, qué cosas les gustan o qué opinan de esto y aquello. Y si hay algo que les encanta a los niños es parlotear, parlotear hasta que se te caen las orejas a cachos. El otro motivo por el que creo que les gusto es que a los niños, como a todo hijo de vecino, les chifla sentirse superiores intelectualmente a alguien. Como no es habitual en sus vidas toparse con alguien más infantil y caótico que ellos, aprovechan la ocasión disfrutando de lo lindo.

Se establecen así conversaciones de este estilo:
Sufur: ¿Te gustan los caballitos?

Niña adorable: Siiiii

Sufur: ¿Y los gatitos?

Niña adorable: Siiii

Sufur: ¿Y los pingüinitos?

Niña adorable: Siiiii

Sufur: ¿Y cómo te gustan más, fritos o asados?

Niña adorable: Ehhh... mmm.... pues... fritos.
Sufur: Mmmm qué ricos. Me encanta comer pingüinos...
O bien:
Niño angelical: ¿Lleemos juntos este cuento de dibujos?

Sufur: ¡Vale! ¿De qué va?

Niño angelical: Pues es de un castillo, y hay fantasmas... ¿te dan miedo los fantasmas?

Sufur: Qué va. Yo solo tengo miedo del Ministro de Economía y Competitividad.

Niño angelical: Ah...uh...  pues bueno. 

Sufur: Venga, a ver ese cuento.

Niño angelical: Pues mira, aquí está el castillo, que está en el campo, y aquí hay unos campesinos con unas vacas...

Sufur: ¡Ay, ay, cierra el cuento! ¡Qué miedo!

Niño angelical: ¿Pero no decías que no te dan miedo los fantasmas?

Sufur: Los fantasmas no, pero las vacas sí...

Niño angelical: ¿Te dan miedo las vacaaaaaass?

Sufur: Sí, salvo las vacas que son fantasmas. Esas no me dan miedo. 
 
Gracias a este tipo de comentarios los niños llegan a la conclusión, plenamente justificada, de que estoy chalado y eso les hace sentirse estupendamente. Los más mayores sospechan que lo hago de broma, y se equivocan por completo: yo la educación de los más jóvenes me la tomo con la más absoluta seriedad. Con los niños, uno siempre debe mostrarse como realmente es.




Por tanto soy motivo de constante chirigota entre la población infantil y eso tiene grandes inconvenientes. Cada día soy más popular entre las madres que están deseando como agua de mayo tener un rato libre para poder tener una conversación adulta con alguien. El truco que usan es el siguiente: quedar para tomar un café al mismo tiempo conmigo y con el adulto con quien realmente quieren hablar. Así se pueden dedicar tranquilamente a conversar civilizadamente mientras Sufur y los niños se ponen unos a otros la cabeza como un bombo. Unas tres horas o cuatro más tarde, la madre ha conseguido satisfacer parte de la necesidad que tenía de tener algo parecido a una vida y yo he conseguido acabar cubierto de babas, restos de pintura de rotulador, magulladuras y agujetas hasta en el píloro. Y en ese momento es cuando llega la temida pregunta:
- Qué bien se te dan los niños. ¿Nunca habéis pensado adoptar?
A lo que yo respondo con dulzura:
- Antes, querida, dejo que me corten los dos brazos.




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