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diciembre 29, 2017

¡Ya no trabajo más! (este año)

Me temo que me he convertido en un muermo.

Una de mis tradiciones más antiguas y gloriosas era la de venir todos los años a Segovia por Navidad trayendo un montón de trabajo, y volverme al terminar las fiestas a Santander con exactamente la misma cantidad. Una fiesta católica no es fiesta ni es nada si no tiene una buena dosis de culpabilidad asociada.

Sin embargo, este año he traído más trabajo que nunca, y lo he hecho. Todo lo que llevo de vacaciones ha estado dedicado a irme a la sala de estudio municipal mañana y tarde a currar furiosamente. Ni una triste resaca que me haya impedido desempeñar mis funciones docentes e investigadoras.

Es preocupante, porque no es un hecho aislado. Puede que sea la edad, pero llevo una temporada bastante larga que lo único que hago es trabajar. Antes solía hacer otras cosas. Leía. Escribía (en este blog, fundamentalmente). Hacía deporte. Salía con los amigos. Jugaba. Hacía fotografías. En ocasiones, incluso follaba. Últimamente, sin embargo, casi todo es levantarse a las siete de la mañana para preparar y dar clases, dedicar el resto del día a la burocracia, cerrar un rato el ordenador a las nueve de la noche, cenar, ver un poco de Neflix con el osezno y, después que él se vaya a la cama, hacer investigación hasta las dos de la madrugada. 

Creo que en ocasiones hay que hacer este tipo de cosas, pero este tipo de vida me repugna ética y filosóficamente. Espero que esto no dure mucho más.




Aunque por el momento, y por primera vez en la vida, he cumplido mis objetivos de trabajo navideño, ¡y solo estamos al final del día 29! Ya no trabajo más en lo que queda de año.

¿Y como voy a celebrarlo? Pienso agarrarme un pedo monumental... o lo que mi hígado desentrenado sea capaz de aguantar.

agosto 10, 2017

The fresquete experience

Iba a hacer la manida referencia al Fresquibilis-sur-mer, pero no estoy al lado del mar así que nada. Con profética certeza, yo me había hecho a la idea de que mi verano iba a durar los diez días que estuve en Grecia, pero en lo más secreto de mi corazón albergaba el deseo de tener algún que otro momento de buen tiempo entre junio y septiembre.

Pues no. Tiene pinta de que no.

Volví de Grecia y me fui al World Pride de Madrid: doce grados centígrados por la noche. Afortunadamente durante el día subían un poco las temperaturas, por lo que la marcha del Orgullo no se deslució nada en absoluto. Además, muchos llevaban un año currándose la pectoralia para lucirla ese día, y no iban a dejar que las bajas temperaturas les fastidiaran el show.  Algunos pezones podrían haberse usado para cortar cristal. Muy vistoso todo, pero yo no me puse el pantalón corto en todo el fin de semana.


Estuve de fin de semana rural con unos amigos en Asturias, y nos lo pasamos jugando a las cartas bajo techo porque no paró de llover.

Volví a Asturias quince días más tarde, y seguía lloviendo.

En Santander, más de lo mismo. Incluso los propios cántabros, gente ruda y desesperada que está acostumbrado a lo gris, comienzan a quejarse de la mierda de verano que estamos teniendo.

Así que me he venido, como todos los agostos, a Segovia.

Trece grados. A las doce de la mañana. Por la noche, seis grados.

Jajajajejejejijiji

Debería estar contento, ¿no? Media Ejpañia se tuesta de calor durante estos meses y desdea mudarse a vivir al frigorífico más cercano, aunque no sea demasiado espacioso.

Será que me gusta demasiado llevar la contraria. ¡Quiero quitarme el jersey!








marzo 13, 2017

Amor por las librerías

Dicen que dentro de veinte años la mayor parte de los puestos de trabajo tendrán que ver con profesiones que hoy en día aún no existen. Dicen que muchos de los negocios que todavía pueblan nuestras ciudades desaparecerán por completo, como ha ocurrido ya con los videoclubs y está a punto de suceder con las mercerías y las tiendas de reparación de calzado. Es muy previsible que una de las primeras víctimas del nuevo orden comercial sean las librerías. Y esa será la pérdida que más me dolerá de todas.

Mi relación de amor con las librerías es casi tan vieja como yo mismo. Uno de mis primeros recuerdos felices es el de unos primos de mi padre queriéndome hacer un regalo y acompañándome a Antares, mi librería favorita de aquellos años, y esperando pacientemente mientras yo elegía mis nuevos tesoros en cartoné.

La librería Antares era para mí la mejor de Segovia en aquella época, sobre todo por su sección de libros de fantasía y ciencia ficción, pero no dejaba ser una librería española de los años ochenta: un local estrecho y alargado cubierto de estanterías atestadas, aprovechando cada centímetro de pared para apretar el mayor número de libros de canto posibles. Llevaba su tiempo encontrar un libro concreto entre tantos lomos, cada uno con el texto colocado hacia la derecha o la izquierda según le hubiera dado al librero, así que había que avanzar lentamente, cabeceando como un polluelo perplejo, hasta dar con algún tesoro escondido. Era tremendamente ineficiente, pero tenía su encanto.

Todas las librerías de Segovia eran más o menos así: pequeñas, estrechas, atestadas. Mención aparte merece la librería Cervantes, con un local enorme en plena Calle Real. La Cervantes es una constante en la vida segoviana que no ha cambiado nada en los últimos cien años: sigue teniendo el mismo aspecto que tenía cuando Olga Ramos hizo la primera comunión, contiene los mismos libros sobre vidas de santos, los mismos misales y los mismos calendarios zaragozanos que entonces, y sospecho que conserva incluso el mismo dependiente que en 1906, momificado en algún tipo de ungüento preconstitucional. La Cervantes nunca ha estado entre mis librerías favoritas.

El panorama empezó a cambiar en algún momento de los noventa, con pequeñas librerías algo diferentes como la Diagonal,  donde se empezaba a dejar espacio para actividades culturales o, al menos, para poder respirar sin chocar las costillas contra los estantes. La Diagonal fue una pionera en Segovia, pero a ser su especialidad el libro infantil y llegar yo un poco tarde para ese tipo de literatura, nunca le cogí especial apego.


Fue cuando hice mi primer viaje a Estados Unidos cuando descubrí que existía otro tipo de librerías a las que me tenía acostumbrado Segovia (y también Madrid, que tampoco era gran cosa en el panorama librero, por mucho que le pese a la Casa del Libro). Librerías que eran algo más que almacenes de libros en venta: centros de reunión, lugares donde hacer talleres y coloquios, motores de la vida cultural de la ciudad. ¡Y en algunas te podías tomar un café extraordinariamente caro mientras leías una revista! Eran librerías pobladas por una especie mágica y maravillosa: la del joven universitario (etnia formada por individuos con edades comprendidas entre los 19 y los 99 años) que se sienta con un cuaderno de notas o un Mac a fingir que está creando la gran obra literaria de su generación, con el único (e infructuoso) objetivo de ligar. 

El concepto de librería-cafetería me chocó al principio, pero rápidamente me enganché a ellas. Volver a España se me hizo cuesta arriba entre otras cosas por despedirme de librerías como Moe's, Cody's, la llorada Black Oak o incluso la Barnes & Noble, a pesar de su aspecto de centro comercial.  

Poco a poco fueron abriendo en España librerías que seguían el modelo anglosajón. Curiosamente, o tal vez no tanto, algunas de las primeras fueron las librerías gay. En Madrid, Berkana (mientras Mili se lo pudo permitir) se cambió a un local enorme y puso una pequeña cafetería donde poder sentarse uno a tomar un té entre la sección de ensayo feminista y el expositor de películas porno: la tensión filosófica entre ambos polos de la cafetería amenazaba con romper el tejido del espaciotiempo. Aquella librería-cafetería duró pocos años, pero fue gloriosa.

Pero a Segovia tardó un poco más en implantarse la librería-espacio cultural. Después de la mencionada Diagonal, aparecieron dos librerías maravillosas no en la propia Segovia, sino en un pueblo de apenas cinco mil habitantes: La Granja de San Ildefonso. 



La Librería Farinelli es un capricho para los amantes de la música y los libros que tiene dos plantas y una terraza en el exterior cuando hace buen tiempo. En la librería se organizan de forma regular un club de lectura, proyección de cine clásico en versión original con cine fórum y pequeños conciertos. 



La Librería Ícaro es gratísimo espacio con una trayectoria de más de treinta años y que desde 2013 cuenta también con su café donde celebran una treintena de actos culturales al año. El año pasado abrieron una tienda en Segovia, muy cerquita de la catedral, lo cual considero un verdadero atentado contra mi economía: aún no he conseguido visitar la librería sin hacer al menos una compra.


 

En un estilo totalmente distinto, dentro también de Segovia, hay una librería anticuaria especialmente bonita: el Torreón de Rueda, en la calle Grabador Espinosa (subiendo junto al seminario, en el callejón de escaleras que se extiende entre la Casa de los Picos y la Plazuela de los Espejos). Yo reconozco que no soy muy aficionado a los libros antiguos o de segunda mano, pero me gusta pasarme por el Torreón de Rueda a disfrutar del ambiente reposado y cálido que siempre ofrece la librería. No tiene cafetería, ni falta que le hace. Eso sí, y tengo que hacer una pequeña crítica, el dueño no ha sabido o no ha querido hacer unas fotos atractivas del local que le hagan justicia al interior de la librería. Yo me he tomado la libertad de arreglar un poco algunas de las que tiene en su página:




Y mi último descubrimiento, bastante vergonzoso por lo tardío que ha sido dado que la librería está a trescientos metros de casa de mis padres y que lleva abierta dos años, ha sido Intempestivos. Justo pegada al Acueducto. La Intempestivos forma parte de "la conspiración de la pólvora", una alianza de tres librerías de Salamanca, Plasencia y Segovia que ha ganado el Premio Nacional de Fomento a la Lectura de 2016. Si la Ferinelli me sedujo, la Ícaro me encantó y el Torreón de Rueda me fascinó, la librería Intempestivos me ha enamorado: un espacio a doble altura (ocupado anteriormente por una tienda de cómics, por cierto), luminoso a la vez que acojedor, decorado con un gusto exquisito y con un diminuto patio zen que invita a sentarse junto a la ventana y pasar la tarde entre libros, con un café y un bizcocho o tal vez con un vinito de Ribera del Duero, que también los sirven. Aunque yo si fuera el dueño de la librería me lo pensaría bastante antes de dejar que un segoviano se pasee entre libros nuevos llevando una copa de vino tinto en las manazas...



Es un orgullo y una alegría que en mi pequeña ciudad existan librerías así de buenas. Aunque me pregunto con miedo si el tamaño de Segovia puede sostener tanto negocio librero. Temo que esta floración de tiendas de libros de calidad sea un fenómeno de vida breve. Pero mientras dure, bienvenido sea, y pienso disfrutarlo cada vez que vaya a casa.

diciembre 30, 2016

Momentos catedralicios

La gente me dice: vaya vistas tiene la casa de tus padres. Y, por una vez en la vida, la gente tiene razón. El piso que eligieron comprar mis padres allá a finales de los 70 gozaba en aquel entonces de una panorámica amplia sobre Segovia y la sierra y, a pesar de la cansina burbuja inmobiliaria de las últimas décadas, hasta hoy en día ninguna construcción cercana (salvo el horrible tejado rojo del polideportivo del colegio de curas de enfrente) ha estropeado el paisaje. Es un privilegio muy edificante tener tanta luz y tantas cosas bellas que mirar sin tener que salir de casa.

Claro que también ayuda bastante tener un trípode y un buen teleobjetivo. Como ha quedado ya más que claro en este blog, padezco una obsesión rayana en lo enfermizo por fotografiar la catedral de Segovia desde mi habitación. He aquí una pequeña selección de la caza de imágenes de estas vacaciones:










Más una última foto también de la catedral, pero no tomada desde mi casa, y que demuestra por qué la catedral es el edificio más querido por las palomas segovianas:


diciembre 26, 2016

Mi primer TimeLapse, chispas

Es muy corto (solo catorce fotogramas) y las imágenes no están muy bien alineadas, pero me siento bastante orgulloso de mi primer experimento con TimeLapse:



octubre 03, 2016

Burlando a Nyquist

Con la fotografía ocurre como con casi todas las aficiones, incluido el sexo: a medida que uno se mete más y más en el asunto, se va volviendo más y más exigente. Ojo, no quiere decir esto que se vuelva uno mejor en ello, pero sí más tiquismiquis.

A mí me pasa con la resolución de mis fotografías. No me basta con que la foto "me quede bonita". Siempre las amplío al máximo en la pantalla y espero que hayan quedado nítidas, bien enfocadas, con poco ruido. Esto cuando hay poca luz es casi imposible incluso con una cámara buena. Y con una cámara mala, como las de los móviles, es tarea prácticamente imposible. Ninguna foto hecha con un móvil es satisfactoria para mi gusto.

Aparte de que la óptica de las cámaras de los móviles no puede ser buena (por cuestiones fundamentales de distancia focal y también por precio), el software de los smartphone abusa de herramientas de compresión y de realce de bordes que hacen que aparezcan en seguida "fantasmas" y otros efectos espurios. Y por supuesto, existe el límite de Nyquist, que establece que la resolución no puede ir por debajo del tamaño del píxel. En las cámaras de los móviles, especialmente si se utiliza el zoom digital, el tamaño real efectivo del píxel es siempre peor que lo que anuncia el fabricante.

Pero todos estos problemas se pueden mitigar... a golpe de paciencia y de llenar las memorias del móvil y el ordenador con muchas imágenes de sobra durante un tiempo. Pongamos el ejemplo de esta imagen sacada con mi móvil, usando el zoom digital,  de la catedral de Segovia:


Birria de foto, ¿verdad? Ahora viene el truco, que no lo he inventado yo. Sáquense unas cuantas fotos en ráfaga de la misma escena (yo suelo hacer unas 20), moviendo ligeramente el móvil durante la toma de fotos (normalmente la vibración del pulso suele valer). Luego, en el ordenador, pedir a Photoshop o Gimp que primero amplíe las fotos (un factor x2 va muy bien, pero puede ser menor) y luego las alinee automáticamente. Después, combínense las fotos alineadas utilizando un filtro de mediana (el de promedio también valdría, pero el de mediana ayuda a quitar objetos móviles y píxeles saturados). Después de combinar todas las fotos, se puede (o no) deshacer la ampliación inicial. Resultado:


Que tampoco es una maravilla, pero está mucho mejor que la foto original. Obsérvese cómo han mejorado los perfiles de los tejados, la suavidad del cielo y el relieve de la torre. ¡Abajo con la tiranía de Nyquist y de las cámaras malas de los móviles!

diciembre 06, 2015

Mala hostia dominical

A mi Santa Madre, cuando vengo de visita a Segovia, le gusta que vaya con ella a misa los domingos. Es una pequeña tradición familiar y yo la acompaño con gusto, sin exteriorizar esa sonrisilla interior que me asalta al imaginarme entrando en el templo y echándome a arder como un vampiro de película de serie B. Por suerte, hasta el momento no he sufrido ninguna combustión espontánea. 

Ateo como soy, no me desagradan necesariamente los tres cuartos de hora de misa, siempre y cuando se produzcan con una frecuencia no mayor que una vez al mes. Es un rato que tengo para hacer compañía a mi Madre y al mismo tiempo estar pensando en mis cosas, en una sala fresquita en verano y cálida en invierno, preferiblemente con algo de románico que contemplar. El ambiente de parroquia vieja castellana, con sus señoras achaparradas desafinando las canciones, sus curas sudamericanos intentando por todos los medios (sin éxito) ser aceptados en la comunidad y sus responsos recitados en automático a ritmo de metralleta, tiene algo de siniestro pero es a la vez extrañamente reconfortante: uno de esos pequeños sinsentidos cristianos que dan sabor a la vida. Tras la misa, salimos y tomamos el vermú, que es esa costumbre castellana consistente en tomar cerdo muerto acompañado por cualquier bebida que NO sea vermut.

Este plácido panorama dominical se ve alterado cuando mi Madre decide ir a la misa de doce de la iglesia de ese colegio donde estudié de niño. Es la temible Misa de los Niños, en la que los protagonistas son las probres criaturas que se preparan para tomar la Primera Comunión ese año. A mi Madre le encanta la misa de los niños. A mí me horroriza.




Es una cuestión ética. Me repuga contemplar el triste espectáculo de la programación de la mente infantil. Los niños van subiendo frente al altar a leer pequeñas oraciones y a recibir las risas condescendientes de los adultos cuando se equivocan al pronunciar alguna palabra. ¡Son tan ricos! Como las focas en el zoo cuando saltan y dan palmas. Cantan canciones adorando a un amigo invisible, en un acto de esquizofrenia socialmente aceptada, y recitan las lecciones que el cura les ha estado enseñando durante la semana. A la hora del Padrenuestro, cantado, mueven sus manitas en una bochornosa coreografía en la que abundan el mover los hombros, juntar las palmas, inclinar la carita y hacer mohínes de niño bueno, como robotitos bien programados.

Se me llevan los demonios. Salgo siempre de la iglesia con un cabreo monumental, que me trago religiosamente -nunca mejor dicho- por bien de la armonía familiar.

Me pongo en el lugar de esos niños y me recuerdo a mí mismo a su edad, cuando yo me tragaba toda esa basura, y me estremezco. Del niño santurrón y convencido de ser el favorito de Dios que fui surge el adulto neurótico y emocionalmente dañado que soy hoy en día.

"A mí me parece bien", suele decir una adulta, a la que no se puede acusar de ser en absoluto religiosa, que conozco: "al menos allí no les enseñan nada malo". A lo que se refiere es que uno puede estar o no de acuerdo con las fantasías religiosas, pero que al fin y al cabo en la catequesis a los niños se les enseña una serie de valores buenos: la bondad, el perdón, la fraternidad, el respeto a los mayores, etcétera. La idea es que el enseñar religión es un envoltorio adecuado para una serie de mensajes positivos que forman adecuadamente a los niños.

Le niego la mayor.

Hagamos el siguiente ejercicio mental: imaginemos que la catequesis la sustituyéramos por unas clases del mismo nombre e idéntico contenido, salvo que sustituyéramos toda referencia a dioses, ángeles, elfos, santos y vírgenes por menciones a un partido político. Que los niños una vez por semana hicieran un acto en el que profesan su amor y devoción a, yo que sé, el Partido Popular, que rezaran al Presidente del Partido en vez de a Dios, y que les enseñaran que hay que ser buenos y perdonar y todas esas virtudes maravillosas e indudablemente positivas porque es lo que les pide el Partido. ¿Cómo nos sonaría eso? A adoctrinamiento, puro y duro: se montaría un escándalo de tomo y lomo, y con toda la razón. Pero no pasa nada si todo eso se hace en un marco religioso, porque al fin y al cabo es a lo que estamos acostumbrados.

Educar a los niños es la labor más seria y trascendental que puede hacer un adulto. Dejar esa eduación en manos de sacerdotes, imanes, chamanes, rabinos, gurús y santones me parece una escandalosa y vergonzosa dejación de responsabilidad educativa por parte de los padres y los gobiernos. Como se suele decir (normalmente por la misma gente que cree adecuado educar cerebros maleables e indefensos en supersticiones variadas): "¡Los niños! ¿Es que nadie va a pensar en los niños?"








noviembre 12, 2015

Ocho apellidos segovianos

Tras el bombazo en taquilla de "ocho apellidos vascos", seguido del previsible (e inexplicable) exitazo de "ocho apellidos catalanes", ¡llega la nueva comedia de estereotipos regionales! Se trata de una historia de divertidos enredos, amores complicados y colesterol. Adelantamos una primera versión del argumento de la película, en absoluta primicia para los lectores de Here Be Dragons:




El joven Fuencislo de Frutos Marugán Yagüe Cubero Fuentetaja Matarranz Cañas Borreguero, segoviano de vigesimosexta generación, ha salido de la casa de sus padres a la tierna edad de cuarenta y cinco años para buscar trabajo, como todos los de su quinta, en Madrid. Allí, y a pesar de pequeños defectos físicos y de carácter fruto de la endogamia y la esmerada educación castellana, tales como la cabezonería, el tacañismo, la cejijuntez, la costumbre de hablar a gritos y el mal olor corporal, el mozo acaba conociendo a una chica, a la que seduce usando el adjetivo "maja". El problema es que la chica tiene un grave defecto congénito: es de Ciudad Real.
– Jodiobobo, modorro, pajón, que eres más tonto que Abundio –le dice su padre el domingo en que Fuencislo se atreve a contárselo a la familia, en mitad de la comida. Fuencislo vuelve a casa de sus padres todos los fines de semana, al igual que sus hermanos que viven en Toronto y Singapur–. Anda que no habrá chicas majas en Segovia, que tienes que ir a buscártelas fuera.

– Esa jodía papona no me gusta –dice su madre, sin conocer de nada a la interfecta–. La Henar sí que era buena para ti.

– Madre, si usted no paró de meterse con la Henar todo el tiempo que estuvimos juntos...

– Ya, pero ahora está muerta, que Dios la tenga en su gloria, y eso hace que gane muchos puntos. Y acábate las lentejas, que tienen mucho hierro.
A Fuencislo se le añusgan un tanto las lentejas con la retahíla, pero vaya si se las come, por la cuenta que le trae. En un acto de rebeldía sin precedentes en la provincia, decide desafiar no solo a sus padres, sino también a sus hermanos, sus tíos y sus primos hasta el tercer grado para vivir una loca historia de amor prohibido... eso sí, bien lejos de Segovia, y solo de lunes a viernes.
– Cariño, nunca hacemos nada juntos los fines de semana. Siempre te vas a Segovia.

– Anda, pues claro. ¡Nos ha jodío! Mi madre va a hacer asado. 
Fuencislo sigue yendo a casa de sus padres todos los fines de semana. Allí, al calor del hogar, su madre le cubre de torreznos e improperios, poniéndole la cabeza como un bombo.
– Mi hijo es de género tonto –dice la señora Chon en la panadería.

– El hijo de la Chon es de género tonto –comentan las clientas de la panadería en misa.

– El hijo de la Chon es de género tonto –explican las de la parroquia en la peluquería.

– El hijo de la Chon es de género tonto –murmuran los de la partida de mus mientras envidan a grande y toman su Dyc con hielo.
La chica de Ciudad Real empieza a estar hasta las narices del asunto y decide poner las cartas sobre la mesa. Tras consultarlo con sus amigas, elabora una estrategia. Baja al sexshop del barrio, se compra unas bragas y unos ligueros de fantasía, un corpiño y unos zapatos de tacón de aguja a juego. Se viste para su hombre y espera, palpitante de seducción, epítome de ardiente feminidad manchega, aljibe de deseos sensuales e inconfesables, a que él llegue del trabajo.
– Cariño: mírame. ¿A que estoy buena?

– ¡Estás más rica que el chorizo de Cantimpalos!

– Pues has de saber que esto se mira, pero no se toca. Todo lo que ves será tuyo –dice la moderna Lisístrata, señalándose al organismo– si dejas de hacer caso a la bruja de tu madre. Hasta entonces, te quedas a pan y agua.
 – ¿Bruja? ¡Con lo que ella te quiere!

– Me quiere, pero asesinar. Que sé que me echa matarratas en los judiones cada vez que voy contigo a Segovia. Has de elegir, Fuencislo: o ella, o yo.
Y por tanto, el domingo siguiente Fuencislo se lamenta en casa de sus padres porque vuelve a estar soltero.
– Con lo maja que era esa chica para el tonto en vísperas de mi hijo –se confía la Chon a las amigas el día siguiente–. Hay que ver qué mala suerte tiene el chico con las mujeres.
 




noviembre 03, 2015

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