marzo 13, 2017

Amor por las librerías

Dicen que dentro de veinte años la mayor parte de los puestos de trabajo tendrán que ver con profesiones que hoy en día aún no existen. Dicen que muchos de los negocios que todavía pueblan nuestras ciudades desaparecerán por completo, como ha ocurrido ya con los videoclubs y está a punto de suceder con las mercerías y las tiendas de reparación de calzado. Es muy previsible que una de las primeras víctimas del nuevo orden comercial sean las librerías. Y esa será la pérdida que más me dolerá de todas.

Mi relación de amor con las librerías es casi tan vieja como yo mismo. Uno de mis primeros recuerdos felices es el de unos primos de mi padre queriéndome hacer un regalo y acompañándome a Antares, mi librería favorita de aquellos años, y esperando pacientemente mientras yo elegía mis nuevos tesoros en cartoné.

La librería Antares era para mí la mejor de Segovia en aquella época, sobre todo por su sección de libros de fantasía y ciencia ficción, pero no dejaba ser una librería española de los años ochenta: un local estrecho y alargado cubierto de estanterías atestadas, aprovechando cada centímetro de pared para apretar el mayor número de libros de canto posibles. Llevaba su tiempo encontrar un libro concreto entre tantos lomos, cada uno con el texto colocado hacia la derecha o la izquierda según le hubiera dado al librero, así que había que avanzar lentamente, cabeceando como un polluelo perplejo, hasta dar con algún tesoro escondido. Era tremendamente ineficiente, pero tenía su encanto.

Todas las librerías de Segovia eran más o menos así: pequeñas, estrechas, atestadas. Mención aparte merece la librería Cervantes, con un local enorme en plena Calle Real. La Cervantes es una constante en la vida segoviana que no ha cambiado nada en los últimos cien años: sigue teniendo el mismo aspecto que tenía cuando Olga Ramos hizo la primera comunión, contiene los mismos libros sobre vidas de santos, los mismos misales y los mismos calendarios zaragozanos que entonces, y sospecho que conserva incluso el mismo dependiente que en 1906, momificado en algún tipo de ungüento preconstitucional. La Cervantes nunca ha estado entre mis librerías favoritas.

El panorama empezó a cambiar en algún momento de los noventa, con pequeñas librerías algo diferentes como la Diagonal,  donde se empezaba a dejar espacio para actividades culturales o, al menos, para poder respirar sin chocar las costillas contra los estantes. La Diagonal fue una pionera en Segovia, pero a ser su especialidad el libro infantil y llegar yo un poco tarde para ese tipo de literatura, nunca le cogí especial apego.


Fue cuando hice mi primer viaje a Estados Unidos cuando descubrí que existía otro tipo de librerías a las que me tenía acostumbrado Segovia (y también Madrid, que tampoco era gran cosa en el panorama librero, por mucho que le pese a la Casa del Libro). Librerías que eran algo más que almacenes de libros en venta: centros de reunión, lugares donde hacer talleres y coloquios, motores de la vida cultural de la ciudad. ¡Y en algunas te podías tomar un café extraordinariamente caro mientras leías una revista! Eran librerías pobladas por una especie mágica y maravillosa: la del joven universitario (etnia formada por individuos con edades comprendidas entre los 19 y los 99 años) que se sienta con un cuaderno de notas o un Mac a fingir que está creando la gran obra literaria de su generación, con el único (e infructuoso) objetivo de ligar. 

El concepto de librería-cafetería me chocó al principio, pero rápidamente me enganché a ellas. Volver a España se me hizo cuesta arriba entre otras cosas por despedirme de librerías como Moe's, Cody's, la llorada Black Oak o incluso la Barnes & Noble, a pesar de su aspecto de centro comercial.  

Poco a poco fueron abriendo en España librerías que seguían el modelo anglosajón. Curiosamente, o tal vez no tanto, algunas de las primeras fueron las librerías gay. En Madrid, Berkana (mientras Mili se lo pudo permitir) se cambió a un local enorme y puso una pequeña cafetería donde poder sentarse uno a tomar un té entre la sección de ensayo feminista y el expositor de películas porno: la tensión filosófica entre ambos polos de la cafetería amenazaba con romper el tejido del espaciotiempo. Aquella librería-cafetería duró pocos años, pero fue gloriosa.

Pero a Segovia tardó un poco más en implantarse la librería-espacio cultural. Después de la mencionada Diagonal, aparecieron dos librerías maravillosas no en la propia Segovia, sino en un pueblo de apenas cinco mil habitantes: La Granja de San Ildefonso. 



La Librería Farinelli es un capricho para los amantes de la música y los libros que tiene dos plantas y una terraza en el exterior cuando hace buen tiempo. En la librería se organizan de forma regular un club de lectura, proyección de cine clásico en versión original con cine fórum y pequeños conciertos. 



La Librería Ícaro es gratísimo espacio con una trayectoria de más de treinta años y que desde 2013 cuenta también con su café donde celebran una treintena de actos culturales al año. El año pasado abrieron una tienda en Segovia, muy cerquita de la catedral, lo cual considero un verdadero atentado contra mi economía: aún no he conseguido visitar la librería sin hacer al menos una compra.


 

En un estilo totalmente distinto, dentro también de Segovia, hay una librería anticuaria especialmente bonita: el Torreón de Rueda, en la calle Grabador Espinosa (subiendo junto al seminario, en el callejón de escaleras que se extiende entre la Casa de los Picos y la Plazuela de los Espejos). Yo reconozco que no soy muy aficionado a los libros antiguos o de segunda mano, pero me gusta pasarme por el Torreón de Rueda a disfrutar del ambiente reposado y cálido que siempre ofrece la librería. No tiene cafetería, ni falta que le hace. Eso sí, y tengo que hacer una pequeña crítica, el dueño no ha sabido o no ha querido hacer unas fotos atractivas del local que le hagan justicia al interior de la librería. Yo me he tomado la libertad de arreglar un poco algunas de las que tiene en su página:




Y mi último descubrimiento, bastante vergonzoso por lo tardío que ha sido dado que la librería está a trescientos metros de casa de mis padres y que lleva abierta dos años, ha sido Intempestivos. Justo pegada al Acueducto. La Intempestivos forma parte de "la conspiración de la pólvora", una alianza de tres librerías de Salamanca, Plasencia y Segovia que ha ganado el Premio Nacional de Fomento a la Lectura de 2016. Si la Ferinelli me sedujo, la Ícaro me encantó y el Torreón de Rueda me fascinó, la librería Intempestivos me ha enamorado: un espacio a doble altura (ocupado anteriormente por una tienda de cómics, por cierto), luminoso a la vez que acojedor, decorado con un gusto exquisito y con un diminuto patio zen que invita a sentarse junto a la ventana y pasar la tarde entre libros, con un café y un bizcocho o tal vez con un vinito de Ribera del Duero, que también los sirven. Aunque yo si fuera el dueño de la librería me lo pensaría bastante antes de dejar que un segoviano se pasee entre libros nuevos llevando una copa de vino tinto en las manazas...



Es un orgullo y una alegría que en mi pequeña ciudad existan librerías así de buenas. Aunque me pregunto con miedo si el tamaño de Segovia puede sostener tanto negocio librero. Temo que esta floración de tiendas de libros de calidad sea un fenómeno de vida breve. Pero mientras dure, bienvenido sea, y pienso disfrutarlo cada vez que vaya a casa.

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