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enero 06, 2013

junio 30, 2012

Bollywood ending

Ayer, para celebrar que ambos habíamos cobrado y que por tanto podíamos volver a permitirnos el lujo de pagar facturas hasta por lo menos mediados de mes, el osezno me invitó a comer. Fuimos a un nuevo restaurante indio bastante barato que acaban de abrir cerca de nuestra casa, y aunque es difícil saberlo a ciencia cierta (con los indios y pakistaníes uno nunca está seguro, porque miran tan fijamente que te dejan descolocado) parece bastante probable que el camarero buenorro aunque algo cejijunto quisiera cepillarse al osezno. Nos colocaron en una mesa desde la cual yo podía ver con claridad la pantalla de la televisión en la que ponían una selección de los mejores momentos de películas indias. Todos esos mejores momentos vienen a ser siempre el mismo, que se resume en este: un chico flaquito y de sonrisa profidén (o un señor gordito con mostacho y dhoti, si la película es de Kollywood) baila intentando robarle un casto beso a una joven de espectacular belleza que, cantando con voz chillona como si se hubiera tragado a un gato histérico y escabulléndose como si se acabara de beber seis litros de café, se dedica a menear la cintura y mover los brazos a través de idílicos jardines y exóticos palacios de pladur. Los números musicales son al cine indio como el arroz a la paella o como el oportunismo a un político: no se puede entender una cosa sin la otra.

El caso que entre el bombardeo de vídeos musicales por un lado y mis febriles sinapsis imaginándose al camarero sentado sobre la cara del osezno por el otro, me vino a la mente la siguiente pregunta: ¿cómo serán las películas porno made in Bollywood? Nunca he visto ninguna, pero estoy absolutamente convencido de que deben ser algo así:


La joven y hermosa Naavarasi, hija de un honrado vaishya de Jaipur, llora desconsolada en su telar después de saber que su prometido, el apuesto Naahbiraputhrapanda, ha cancelado la boda y se ha fugado a California para vivir –y hacer vete tú a saber qué otras cosas– con un peluquero irlandés. Desesperada por tener ya la avanzada edad de veintidós años y no tener marido, Naavarasi se pone a cantar y bailar pidiéndole a la diosa Parvati que interceda concediéndole un esposo de una casta adecuada y que a ser posible no le de demasiadas palizas. Parvati está ausente por un asunto de burocracias y en su lugar coge la llamada el lujurioso Kamadeva, quien decide darle lo suyo a esa guarrilla mortal. El dios, acompañado por un coro de sensuales apsaras con vocecitas agudas, baila una danza de cuarenta y siete minutos de duración alrededor de un estanque de nenúfares y flamencos de plástico.


En la Tierra, Naavarasi está agotada de tanto tejer, llorar y bailar. Con tanto trajín le ha entrado hambre, por lo que decide llamar a Telepizza (que en Jaipur se llama Telecurry) y pedir un vindaloo tamaño familiar con doble de cúrcuma, un pan naan con extra de queso y una botella de Limca light. Siete horas más tarde (el tráfico en Jaipur es lo que tiene), que la chica ocupa en bailar y cantar, llega el repartidor del Telecurry. Pero lo que Naavarasi no sabe es que el repartidor es el propio Kamadeva, que ha asumido forma mortal (en tamaño XXL) para perpetrar sus aviesos planes. La muchacha abre la puerta, recoje la comida y cuando se dispone a pagar al repartidor descubre, horrorizada, que no lleva nada de suelto encima.
- शुक्रीया बहुत धन्यवाद -dice ella.

- सीधे जाएँ-फिर बाएँ-दाएँ मुडिए -responde él maliciosamente.
De modo que ambos se desnudan y empiezan a bailar una danza de cortejo a través de unos prados llenos de arbustos que, curiosamente, siempre le tapan a él el pito y a ella todo el cuerpo excepto las manos y las orejas. Es una lucha titánica y lírica entre la voluntad de una mujer mortal a la par que virginal y todo un dios, a lo largo del cual el espectador puede matar dos pájaros de un tiro pajeándose si quiere y escuchando al mismo tiempo edificantes pasajes (cantados) de las upanishadas.  Por un momento parece que Kamadeva se va a salir con la suya, pero cuando está a punto de meterle la polla en la boca a la chica ésta se escapa cantando nosequé de unos alhelíes o alguna idiotez por el estilo. Es entonces cuando el dios del amor físico, humillado, decide pedir ayuda a su amigo Hanuman, el dios mono, que siempre está dispuesto a unirse a una buena fiesta.





Hanuman desciende a la tierra en toda su gloria, con el rabo bien dispuesto, y los tres empiezan a bailar un animado bhangra en el que unos y otros se rondan, se persiguen y hacen piruetas; esto da lugar a graciosas equivocaciones como la vez en que Hanuman da por culo sin querer a su amigo. Pero ni con esas: ni siquiera el poder combinado de dos dioses salidos es capaz de doblegar la indómita fibra moral de una doncella hindi, por lo que Hanuman y Kamadeva unen sus fuerzas para invocar un ejército de rakashas, que aparecen envueltos en luces estroboscópicas y nieblas de discoteca barata. Entre todos, los seres sobrenaturales atrapan a la chica y organizan un gang bang bajo la forma de una típica danza al más puro estilo Bollywood masala.  Es un número vistoso que culmina con un guiño a otras escuelas cinematográficas asiáticas en un goteante bukkake cuidadosamente coreografiado.






Y por supuesto, el final feliz: después de una buena ducha, Hanuman y Kamadeva descubren que han sido utilizados por la astuta Naavarasi, quien desde el principio tenía ganas de un buen meneo y sabía de sobra que lo mejor para conseguir llevarse a un tío al huerto es hacerse la estrecha durante un rato. No solo eso, sino que además la (ex) doncella acaba cumpliendo su sueño de encontrar marido, concretamente uno de los demonios rakasha, y la película acaba, como es debido, en boda.

FIN








septiembre 11, 2008

Sufur de la India (VI): El Día de la Pérdida de Sangre

Dice mi amiga R. que uno de los signos inconfundibles de la vejez es el hablar de cacas. Llega un momento en la vida de cada uno en el que ir al baño sin incidencias de ningún tipo se convierte en una proeza: no es de extrañar que la forma, color, consistencia y cantidad de las propias deposiciones se vuelva tema recurrente con el que los vejetes amenizan a familiares, amigos y desconocidos en la parada del autobús por igual.

Fui consciente de la terrible exactitud de sus palabras precisamente el día de mi trigésimo cuarto cumpleaños. Estábamos a la sazón en una de las extravagantemente confortables habitaciones-chalet del Spice Village de Periyar. Aquel día nos esperaban un safari en jeep y un trekking de varias horas para ver vida salvaje en la reserva, así que me levanté temprano para poder realizar a gusto ciertos pequeños rituales higiénicos de cada día, esos que suelen implicar el uso de un mueble cerámico generalmente de color blanco. Para mi disgusto, al terminar observé que había manchado de sangre todo el interior del mueble en cuestión.

No debería ser ninguna vergüenza admitir que uno padece hemorroides; al fin y al cabo es un mal mucho más extendido de lo que a primera vista podría parecer. Lo que ocurre es que solemos padecerlas en silencio, como en el anuncio. Las mías son de esas que habitualmente no duelen, pero de vez en cuando se hacen notar con sangrados alarmantemente copiosos. Mis hemorroides forman parte de ese cúmulo de circunstancias que hacen que practique uno de mis hobbies favoritos con bastante menor frecuencia de la que yo quisiera. La explicación más sencilla al ataque de aquel día sería la exposición continua y prolongada a la comida especiada de la India, pero yo tiendo a pensar que tuvo más que ver con las caminatas y el largo paseo a lomos de elefante del día anterior. En cualquier caso, el día empezó francamente mal.

Salimos al exterior. La reserva de vida salvaje de Periyar se extiende entre las faldas boscosas de los Western Ghats del estado sureño de Kerala: un paisaje lujuriante de lagos, bosques y plantaciones de té y especias cuyo esplendor quedaba un tanto empañado, a mi juicio, por la incesante lluvia del monzón.


Nuestro guía (bastante merendable, por cierto) nos iba deteniendo cada cierto tiempo para mostrarnos animales salvajes. Claro que entre la natural timidez de los bichos y el tiempo de perros, resultaba un poco difícil ver algo. Aquí por ejemplo podemos ver un majestuoso gamo que ríase usted del padre de Bambi:


Sólo ligeramente más cercanos pudimos entrever entre las ramas ejemplares de la ardilla gigante de Periyar (del tamaño de un gato doméstico) o el mono langur, aunque realmente sólo a través del teleobjetivo de mi cámara pudimos tener una idea de cuál era su aspecto.


Podría parecer que los animales huyeron de nosotros como de la peste. Pues no: todo lo contrario. Vimos cientos de simpáticos animalitos intentando acercarse a nosotros. Concretamente, de la especie hirudo medicinalis:


Las sanguijuelas estaban por todas partes: en el suelo, en los troncos de los árboles, en la hierba, en el follaje. Al poco tiempo estaban también en nuestras botas y trepaban por nuestros pantalones. A pesar de que íbamos forrados (los guías nos habían dado una especie de calcetines que llegaban hasta por encima de la rodilla) al final consiguieron encontrar huecos y morder carne. A todo esto, mientras que los turistones íbamos vestidos de esquimales y agobiados a cada paso, los guías se movían todo despreocupados por la jungla en pantalón corto y sandalias. Las sanguijuelas se les iban pegando a las piernas como flecos, pero los nativos ni se inmutaban: simplemente se paraban cada pocos kilómetros a quitárselas tranquilamente con un puñado de sal. A todo se acostumbra uno.

Así pues continuó la pérdida de sangre. Dos sanguijuelas del tamaño de morcillas de Burgos -qué buena metáfora, por cierto- me picaron en la rabadilla y otra se me coló entre los pantalones. Cuando me quise dar cuenta, tenía toda la ropa interior bañada en sangre. El siguiente fotograma inmortaliza el momento en el que la sangre empezó a filtrarse a los pantalones...


Pero la peor parte se la llevó el osezno. Él no puede evitarlo: está tan rico por dentro como por fuera. Todas las alimañas -yo incluído- nos lo disputamos. Tuve que arrancarle sanguijuelas hasta de la barba: por poco se lo comen vivo. Y hubo que tirar directamente a la basura parte de su ropa al llegar al hotel.

Y después de esto podría pensarse: pues vaya birria de cumpleaños. Para nada. Lo cierto es que me lo pasé bastante bien a pesar de todo. Por no hablar del tremendo masaje ayurvédico con aceites aromáticos que me pegó un habilidoso chulazo por la tarde y de la opípara cenorra con la que terminamos el día...


septiembre 09, 2008

Sufur de la India (V): agua y piedra

Ahora que el verano parece haberse desvanecido por completo del cielo de Santander y que la lluvia resbala suavemente por los cristales de la galería recuerdo otra lluvia diferente, más intensa y caliente, la lluvia del monzón, cayendo incesantemente sobre las ruinosas fachadas de piedra de Ajanta.

La lluvia del monzón no se parece en nada a la lluvia a la que estamos acostumbrados aquí. El viento prácticamente se detiene y una cortina constante de goterones fluye uniformemente sobre el paisaje, anegándolo todo. El agua es tibia y la mayor parte de los indios han aprendido hace mucho a ignorarla, continuando con su actividad normal sin paraguas y sin otro calzado que sus omnipresentes sandalias abiertas. Sólo los campesinos, que deben pasar largas horas bajo la lluvia constante, se equipan contra ella con una especie de caparazones hechos de caña y hojas de palma o, en estos tiempos globales, de plástico. En las grandes ciudades el monzón contribuye al caos del tráfico formando auténticas piscinas de lodo y manchas de fuel en las cada vez más ruidosas calles. En el campo, por contra, la lluvia apaga todos los sonidos salvo el propio de la lluvia repiqueteando sobre las hojas y contra la erosionada piedra de los templos semiolvidados.



El conjunto de cuevas budistas de Ajanta fue tallado en el granito hace unos dos mil doscientos años y ocupa una de las caras de una profunda hoz en forma de media luna excavada por el torrente de montaña Waghur. Con la decadencia del budismo en esta parte de la India a partir de los siglos VII y VIII, las cuevas fueron abandonadas y su memoria perdida para todo el mundo excepto los campesinos de la zona, hasta que en 1819 una partida de caza británica dio con ellas de forma inesperada. Hoy son zona declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.


El complejo monástico está constituido por varias viharas (celdas de residencia para los monjes) y chaitya-grihas (grandes salas de reuniones y oración), con monumentales entradas esculpidas en la roca y majestuosas columnatas y bóvedas.


Dentro de las cuevas, al resguardo de la acción incansable del monzón y la vegetación, se preservan algunas de las rarísimas pinturas budistas de Ajanta y gran profusión de esculturas que sorprenden por su dinamismo, tan alejado de la clásica imagen del budismo que solemos tener.



A poco más de cien kilómetros se halla el complejo hermano de cuevas de Ellora, también Patrimonio del Humanidad. En vez de un barranco fluvial, las cuevas de Ellora ocupan una ladera rocosa cubierta de vegetación y regada por abundantes arroyos que forman espectaculares cascadas que en ocasiones ocultan las entradas a los templos.


A diferencia de las de Ajanta, las cuevas de Ellora muestran una mezcla de religiones y estilos arquitectónicos: budistas, hinduístas y jainistas, ordenadas cronológicamente.


Se pasa así de las líneas sobrias de los antiguos salones budistas a las fantasías escultóricas de los templos brahmánicos, con sus miles de dioses anónimos esculpidos en la roca a lo largo de los siglos.


El mayor de los templos hinduístas de Ellora, el Kailashanata, es la escultura -si por escultura entendemos una única pieza monolítica labrada- más grande del mundo: su elaboración requirió el trabajo de más de siete mil artesanos a lo largo de tres siglos y el resultado es un impresionante templo con varias alas que ocupa un área el doble de grande que la de el Partenón.



De nuevo la mayor riqueza se encuentra en el interior, a salvo de la lluvia. En la escultura hindú y jainista de Ellora se encuentran muchos elementos tántricos, con imágenes femeninas de rasgos hiperdesarrollados, diosas fértiles de rasgos serenos y curvas exageradas. Para que luego se diga que en este blog sólo salen cuerpos masculinos...





septiembre 05, 2008

Sufur de la India (IV): Espiritualidad


Mi propósito es único: Yo uso las palabras sólo para crear espacios de silencio. Las palabras no son importantes, por lo tanto puedo decir cualquier cosa contradictoria, cualquier cosa absurda, cualquier cosa aislada, porque mi propósito es crear espacios. Las palabras son secundarias; lo primario es el silencio que hay entre estas palabras. Éste es sólo un recurso para darte un vislumbre de la meditación. Y una vez que sabes que tienes esa posibilidad, habrás viajado lejos en la dirección de tu propio ser.

Este estúpido párrafo podría parecer una declaración de principios de mi propio blog (o peor aún, del de Moonstar), pero no: se trata de una de las infumables perlas de sabiduría de Osho que nos entregaron, junto con la túnica roja y el pase de meditación, al osezno y a mí la noche que pasamos en el Resort de Meditación Osho de Pune. El motivo por el que decidimos alojarnos en tan pintoresco lugar es largo de contar; baste decir que durante unas cuantas horas nos vestimos de mamarrachos, nos mezclamos entre los peregrinos guays que dedican sus vacaciones para buscar la iluminación lejos de Wall Street y nos movimos por los jardines de las prístinas instalaciones del mayor negocio sacaperras de toda Pune.


Osho fue un gran maestro espiritual, como prueban los más de noventa Rolls Royce que manejó en vida y la profunda amistad que le unió durante años al óxido nitroso. Su exitoso y boyante ashram atrae sobre todo a occidentales de nivel económico alto desesperados por alistarse en nuevas modas espirituales. En eso se diferencia de la gran mayoría de templos, cultos, ashrams y centros de meditación que hay en la India, cuya clientela es mayormente local. Porque si hay algo que defina a la India, en toda su extensión y diversidad, eso es la religiosidad de sus habitantes.

(foto cortesía de mi jefe)

La religión impregna todos los aspectos de la vida en la India. Especialmente en el estado de Tamil Nadu, que es como la reserva espiritual del hinduísmo, los dioses brahmánicos aparecen hasta en la sopa: en los mil templos que llenan todos los rincones de las ciudades, en cientos de festivales y procesiones recorriendo las calles, en series de televisión específicamente dedicadas a narrar historias mitológicas, en el folclore, en la música popular, en las costumbres y hasta en anuncios y vallas publicitarias ("¡compre los yogures del Pequeño Krishna!"). Familias enteras peregrinan en cualquier época del año desde los puntos más remotos del país para visitar los grandes templos de la religión. Por todas partes se puede ver a hombres y mujeres con la cabeza ungida por distintos tipos de cenizas sagradas, rojas, blancas, grises, con formas de lágrimas, líneas verticales u horizontales, marcas específicas de los distintos dioses cuyo significado se me escapa por completo.


Los templos son el centro de la vida urbana. No sólo son el núcleo espiritual, sino también el escenario de la vida social y un foco importantísimo de actividad económica. La gente se reúne en los grandes espacios públicos de los templos para charlar, negociar, descansar o simplemente pasar las horas muertas. A ciertas horas del día, los pasillos del típico templo hindú recuerdan a la sección de Oportunidades de El Corte Inglés en plena temporada de rebajas. Y no sólo por la cantidad de gente llenando todos los rincones, sino también por el volumen de mercaderías expuestas.


Los templos son dignos de verse. Pensad en un pacífico lugar de recogimiento, lleno de silencio, armonía, líneas sencillas y puras, formas sutiles, colores tenues y espacios amplios, prístinos, etéreos. Pues bien: un templo hindú es exactamente todo lo contrario. En materia de decoración, los hindúes tienen el mismo buen gusto y el mismo comedimiento que una urraca histérica:



El hinduísmo sabe lo que se hace. No es vano es posiblemente la religión más antigua del mundo: más de cinco mil años en el negocio de inventarse amigos imaginarios para la humanidad. Lo han inventado casi todo: la Santísima Trinidad, sin ir más lejos, no deja de ser una mala copia de la trimurti (Brahma, Vishnú y Shiva, tanto monta, monta tanto).


Confieso que el hinduísmo parece entretenido: debe ser difícil aburrirse con una religión con diez mil dioses, demonios, espíritus, héroes, santos y profetas. Comparando las dos grandes religiones politeístas del mundo -el hinduísmo y el catolicismo-, es que no hay color. Comparen ustedes mismos:


Consciente del menor atractivo inherente de su producto, el Vaticano está haciendo lo posible por atraer nuevos compradores en el subcontinente indio. Durante mi visita pude leer en un periódico local que el arzobispado acababa de editar una nueva traducción al hindi de la Biblia con los textos del Antiguo y Nuevo Testamentos comentados con referencias a los vedas, intentado dotar al cristinanismo de un halo de respetabilidad índica y de antigüedad de la que carece. No contentas con eso, las iglesias católicas del sur de la India copian el estilo fosforescente de los templos dravídicos, con cristos rodeados de neones sobre cielos acrílicos con estrellas de purpurina y vírgenes pintadas como puertas.


Precisamente me viene a la mente un anuncio de televisión emitido durante las fechas de mi viaje, parte de la campaña promocional de la Iglesia Católica:

Una escultura de la virgen, pequeñita, de colores chillones y con los labios pintados, con un cierto aspecto de muñeca chochona de feria, se encuentra sobre un pedestal, rodeada de una luz inefable (tonos violeta), en el centro de la habitación. A su izquierda, algo alejada, se halla una familia india de aspecto triste. La madre de familia, lentamente al principio y luego de forma más decidida, se pasa al otro lado, a la derecha de la virgen, donde un foco de luz purísima (amarillo dorado) la ilumina desde lo alto. Poco a poco, va convenciendo al resto de la familia para pasarse al lado de la luz. Pero una serie de desgracias se ciernen sobre la familia. A la hija mayor, mismamente, su marido la repudia. Pero el poder de la Virgen es más fuerte: unos rayos milagrosos (color azul) surgen de sus ojos, bañando a la pobre chica en beatitud mirífica, y transforman el dolor en éxtasis místico. Tales son los serenos beneficios de la Intercesión Mariana.
Claro está que no todo es alegría en la viña del Señor. ¿De qué sirve una religión si no puede inspirar un poco de sano miedo en los creyentes? A los católicos se les ve el plumero con facilidad y pronto encontramos una iglesia donde el principal reclamo turístico eran las fotos murales a todo color de los estigmas sanguinolentos de cierta aspirante a santa...

(foto cortesía de mi jefe)

En este sentido el Islam, otra de las religiones que infecta el tejido social de la India, no exhibe ningún tipo de contradicción: al margen del conocido viejo timo del Paraíso y las cuarenta vírgenes, ellos nunca han hecho el menor esfuerzo por parecer simpáticos.

Shivitas, vishnuístas, sáktistas, advaítas, animistas, jainistas, sikhs, chiítas, católicos, anglicanos, adventistas, zoroastrianos, aurobindianos, oshistas, espiritistas, budistas, presbiterianos, suníes, gnósticos, hare krishna, zennistas, cienciólogos: en la India hay sitio para todos. Elige la superstición que más te guste. La Madre te lo ordena.

(foto cortesía de mi jefe)


septiembre 02, 2008

Sufur de la India (III): miradas

He aquí la entrada sobre las miradas indias que le prometí ayer a GSL:

En Santander hay un restaurante indio. Bueno, en realidad existen dos, pero sólo desde hace unas pocas semanas. A todos los efectos, finjamos que sólo hay uno. El caso es que el indio es uno de mis sitios favoritos para ir de cena con los amigos. Siempre que voy a cenar con mi amigo B. nos fijamos en uno de los camareros: se trata de un muchacho repeinado y formal que por algún motivo nos resulta atractivo tanto a B. como a mí (nuestros gustos en materia de hombres suelen diferir) y a quien hemos apodado "el Príncipe del Rajastán". Sospecho que buena parte del atractivo del Príncipe consiste en que siempre que vamos nos incinera con ese tipo de miradas que si se dieran en otro sitio, pongamos en Chueca, conducirían bien a un sudoroso revolcón en la pensión más próxima, bien a una sonada agresión con robo, bien a las dos cosas (en uno u otro orden). Siempre nos hemos preguntado si esa mirada significa que el Príncipe de Rajastán entiende...

La respuesta es sencilla: no.

Para empezar, el Príncipe no lo es del Rajastán: ni siquiera es indio, sino pakistaní. Y, como he descubierto estos días en la India, esa mirada penetrante no tiene ningún tipo de connotación, ni sexual ni de ningún otro tipo. Los indios (y pakistaníes, por lo visto) simplemente miran así.

Los europeos nos movemos en una cultura en la que mirar fijamente está mal visto. Una mirada penetrante y sostenida nos parece una violación de nuestra intimidad. En ciertos países de nuestro entorno cercano incluso se evita mirar directamente a los ojos del interlocutor a menos que éste sea de la familia o un amigo cercano. Esto se aplica especialmente a las miradas entre hombres, totalmente fuera de lugar a menos que uno ande buscando, ejem, algo. Sin embargo en la India no es así: la gente mira. A saco. Sin cortarse un pelo.


No hay doblez ni maldad ni segundas intenciones en esa mirada. Simplemente, si les llamas la atención por lo que sea, te miran de arriba a abajo con naturalidad. Como dije antes, durante este viaje he sido el blanco de muchas miradas de hombres y de mujeres, de niños y de ancianos... y también de unos cuantos elefantes, por qué no decirlo.

Y qué miradas. Miradas oscuras e insondables como la noche sin luna, miradas brillantes como luceros en un cielo de ébano. Miradas de iris negrísimos rodeados de un blanco brillante y enmarcados por unas facciones morenas y exóticas.

(foto por cortesía del osezno)

Miradas inabarcables, tranquilas y serias, las de los ojos enormes de un niño que se te acerca para ser fotografiado en un templo de Vishnú.


Miradas torvas, adustas, brahmánicas, enmarcadas por pinturas, óleos y cenizas sagradas, miradas directas o de soslayo, pero siempre intensísimas.


Miradas desafiantes, bromistas, irónicas, juguetonas...


Miradas inocentes y pensativas...


Miradas magnéticas, atentas al flujo del tráfico, captadas a hurtadillas a través del espejo de un retrovisor...



Miradas, en definitiva, que dejan huella. Miradas que no se desvanecen en el tiempo. Las miradas de la India.

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