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enero 22, 2016

Sociopatía sufuriana

Siempre se ha dicho que mejor estar solo que mal acompañado, pero ¿qué pasa cuando se está bien acompañado y aun así se elige estar solo?

A principios de semana pasé dos días y medio en Italia. Se trataba de una de las últimas reuniones de trabajo de un proyecto que ya se está acabando. Para mí, probablemente, la última, por motivos de calendario y presupuesto. Una verdadera pena, pues ya sabéis cuánto me gusta Italia: un país moderno y dinámico, plenamente integrado en el siglo XIV, donde los hombres son hermosos, la arquitectura es deslumbrante, se come de vicio y se puede disfrutar de lo lindo mientras a tu alrededor el mundo entero se desmorona.


Me dio una tristeza enorme no tener tiempo para poder disfrutar de casi ninguna de estas cosas. El martes por la tarde, acabada la reunión, tuve por fin unas cuantas horas. Me apetecía pasear lentamente bajo los soportales rojos y amarillos de Bolonia, experimentando esa sensación tan rara que me produce Italia y que consiste en sentirme como si estuviera en mi casa y al mismo tiempo en otro planeta, pararme en los kioskos y buscar viejos número de Rat-Man entre las apolilladas novelas del Oeste y los gialli (novela negra) que tanto gustan aún allí; ponerme hasta el culo de caffè, recorrer las librerías, tomarme una copa de vino toscano a precio de atraco en algún bar, dejarme mirar por los ojos ciegos de las esculturas de las fachadas, mirar escaparates de ropa que o bien no me entraría o bien no me puedo permitir, descubrir callejones y plazuelas que no había visto antes, toparme con hornacinas habitadas por vírgenes desvaídas y flores de plástico, encontrar esquelas pegadas en la pared, y finalmente sentarme en mi trattoria favorita a cenar sin prisas, antipasto, primo e vino, y al terminar tomarme otro caffè y un amaro, o tal vez un nocino delle streghe, volver al hotel ligeramente borracho, saciado, melancólico, triste, solitario, aterido de frío, en paz.

La clase de velada a solas que apetece mucho a personas como yo, siempre y cuando sean la excepción y no la norma. Estar solo de cuando en cuando, por elección, es un placer. A partir del segundo mes, empieza a aburrir. 

Esa tarde me apetecía mucho hacer todo lo anterior.

El problema: no estaba solo. 

Se quedaban esa noche algunos de los compañeros de trabajo españoles: gente estupenda, entrañable, divertida incluso (dentro de lo que permite nuestra profesión) y a la que aprecio un montón, pero cuya presencia hacía imposible mi plan a solas.

Así que, lógicamente, mentí. Les dije que había quedado con unos amigos (inexistentes) y les deseé buen viaje para el día siguiente. 

Y pasé la tarde solo. Y fue un placer.

marzo 13, 2015

Lo bueno (1)

Comerte unos trozos de fruta sobre los que han estado correteando las moscas.

Estar en la playa, que de repente se ponga a llover, y seguir a lo tuyo sin correr a refugiarte, sin darle más vueltas. 

No preocuparte por quién pueda haber bebido antes que tú del vaso que te ofrecen.

Tirarte a la piscina del hotel a las tres de la noche, según vuelves de tomar copas.

Que te pongan una caipirinha en un chiringuito de playa, encuentres que está llena de pequeñas hormigas que habían invadido el tarro de azúcar, y que te lo bebas todo sin darle importancia. Más proteínas en la dieta.

Ir descalzo sobre el césped.

Ofrecerte voluntario para organizar en tu ciudad el próximo meeting de la colaboración.

Sudar y no sentir la necesidad imperiosa de ducharte cada media hora.

No darle ninguna importancia ni a la hora ni a la fecha.

Es probable que estas cosas te parezcan lo más natural y sencillo del mundo, pero eso es porque tú no tienes un trastorno obsesivo-compulsivo.  Para mí esta lista está llena de cosas prácticamente impensables, y que sin embargo se han dado de forma natural estos días. Se trata de la atmósfera relajada del lugar, y es algo que solamente me ha ocurrido en dos lugares: aquí en Brasil y en Creta. Ahí queda eso. En el próximo post, las fotos, de las que hago un único adelanto:








febrero 03, 2015

Ohmmmmmmmm

Es el turno de probar la meditación intrascendente.

Hace ya unos años que mi psicóloga me recomendó practicar técnicas de relajación. Normal, porque soy un puro nervio. Aprendí respiración básica y durante un tiempo dediqué todas las noches veinte minutos a practicar relajación muscular progresiva; estuvo bien, y de hecho ambas técnicas me ayudan bastante, sobre todo la primera. 

Pero mi psicóloga me recomendó ir un poco más allá. El yoga me funcionaba en el momento de practicarlo en la clase, pero el sitio pillaba tan lejos de mi casa que en cuanto salía de noche del local y me ponía a esperar al bus en invierno se me iba toda la paz y ésta era sustituida por furias asesinas. En casa, sin ayuda de un monitor, no me concentraba bien para el yoga, y además tengo la misma flexibilidad que un palo de escoba. No, el yoga no es lo mío.

Queda por probar la meditación. Una amiga mía, también psicóloga, organiza desde hoy un grupo de meditación en su gabinete y he decidido apuntarme.

A favor de esta decisión están el hecho de que la meditación parece ser algo que uno es capaz de hacer en casa sin problemas, una vez que aprende, y que es algo muy en plan señor Spock, lo cual agrada a mi lado friki. Además hay indicios de que la meditación es buena para personas con trastornos de ansiedad y con problemas cardiovasculares, como un servidor. Y digo "indicios" y no "evidencia", porque contrariamente a lo que van diciendo por ahí los gurús de la meditación, los estudios hasta la fecha no son concluyentes. El metaestudio Cochrane sobre la terapia de meditación para los trastornos por ansiedad concluye:
"El escaso número de estudios incluidos en esta revisión no permite establecer conclusiones sobre la efectividad de la terapia de meditación en los trastornos de ansiedad. La meditación trascendental es comparable con otras clases de terapias de relajación en cuanto a la reducción de la ansiedad, y el yoga Kundalini no mostró una efectividad significativa en el tratamiento de los trastornos obsesivo-compulsivos comparado con la Relajación/Meditación. Las tasas de abandono parecen ser altas y no se han informado los efectos adversos de la meditación. Se necesitan más ensayos"
Algo similar concluye el metaestudio sobre los efectos cardiovasculares de la meditación. Por lo que voy al grupo con escepticismo, pero sabiendo que no se ha informado de efectos negativos de este tipo de cosas.  No parece que vaya a perder mucho, salvo los 50 euros al mes que cuesta el asunto.




En contra de toda esta idea está el posible tono religioso o pseudofilosófico que le pueda dar a las clases el profesor. No le conozco todavía, pero me temo que pueda ser uno de esos chalados orientalistas que últimamente proliferan como hongos (carroñeros) de aquí a Cincinnati. 

No me he pasado media vida abjurando de una religión para que me metan ahora en catequesis de otra.

Si veo cualquier intento de adoctrinamiento, pasarán dos cosas: una, que tendré que contenerme duramente, por respeto a mi amiga, para no reírme. Y dos, que cuando salga del local no volveré nunca.

Con todo esto de las filosofías y religiones orientales hay una moda y un negocio montados que no es ni medio normal. La gente suelta con alegría las frases "tradición milenaria" y "sabiduría ancestral" como si a) las tradiciones y sabidurías occidentales no fueran igual de milenarias y ancestrales que las orientales y b) milenario y ancestral equivaliera a bueno. El analfabetismo, las caries y la tiranía son también cosas ancestrales que han acompañado a la humanidad desde hace milenios, y no me impresionan demasiado como elementos que quiera conservar en mi vida, gracias. Sustituir una idiotez como la Santísima Trinidad por una majadería como la rueda kármica es de bobos; sustituir una cosa que funciona como la quimioterapia por una pamema como la acupuntura es directamente de locos. Y diría que allá cada uno con su propia estupidez si no me cabreara tanto este tema.

Pero me estoy alejando del tema. De aquí a una hora estaré sentado en una silla (espero) con los ojos entrecerrados y diciendo "ohmmmm". De aquí a dos horas, para compensar, pienso irme con un amigo a tomar un gintonic y a hablar de pollas y culos a algún bar muy occidental. ¡Eso sí que es equilibrio, y no lo del yin y el yang!




agosto 05, 2014

El sol, a la sombra

Es impresionante lo que un buen día de sol puede hacer por levantarle a uno el ánimo. 

Hoy la humedad del aire ha bajado a un "cómodo" 69% (en comparación, Segovia tiene ahora mismo un 23%) y eso ha permitido que el cielo tenga un tono azulado en vez de blanco y que, por una vez en todo el mes, me parezca que estoy en España en vez de en la Guayana Francesa. Al instante se me ha quitado buena parte de la modorra que me atenazaba estos últimos días y me encuentro mucho más optimista.

Es un poco lamentable ser tan dependiente de la meteorología.

Ya no soy el que era. Años de vida en La Nube y mi actual condición psiquiátrica han cambiado mis tropismos de una forma radical. A peor.

Para empezar, me he ido volviendo fotosensible. A pesar de tener los ojos claros, yo nunca había necesitado gafas de sol. Podía pasarme todo el día entre los campos de trigo de Castilla y el cielo azul ultravioleta sin tener que cerrar los ojos para bloquear el exceso de luz. Ya no es así. Ahora incluso el sol reflejado en una de esas bonitas plazas de cemento que nos han regalado los cuñados de nuestros alcaldes me hace lagrimear los ojos, y necesito cargar con gafas de sol siempre que voy a algún lugar luminoso. Una pena, a mi juicio, y un chollo, al de los vendedores de gafas de sol graduadas.

De ahí que mi dicho durante los últimos años ha sido: "me gusta el sol, pero para poder disfrutarlo desde la sombra".

Me he hecho menos tolerante al calor. Antes una tarde de 35º no era nada para mi, y no había forma de quitarme el sueño. Ahora cada vez que voy a Madrid en verano necesito que haya aire acondicionado en la habitación, y dejar el dormitorio a 20 grados antes de meterme en la cama si no quiero convertirla en unas marismas de sudor y babas.

Estos son cambios que puedo achacar perfectamente a una combinación de edad y de aclimatamiento a la mierda de tiempo que tenemos habitualmente en el Cantábrico. A cambio, y como beneficio inesperado, ahora soy capaz de salir a la calle a tomarme unos vinos sin importarme que esté lloviendo.

Más preocupante y limitador es el efecto que mi transtorno obsesivo-compulsivo ha tenido en mi relación con el aire libre. Por decirlo de una forma rápida y sencilla: siento que la Naturaleza me ataca. El aire libre me hace sentirme desprotegido e indefenso, cosa que puedo mitigar bien con una buena capa de ropa aislándome del enemigo invisible. Pero en verano lo tengo mucho más difícil. El sol me pica, el viento me desasosiega, el roce de los elementos sobre mi piel me enerva. Al aire libre me siento más expuesto.

Ese es el motivo por el que, si ya antes era poco aficionado a la playa, ahora ya no vaya nunca. Ni playa, ni piscina. Ni por supuesto acampadas. Y barbacoas, las justas, y preferiblemente en el jardín de una casa con un porche donde me pueda sentar al lado de una pared y evitar que me den el sol y el viento.

Un coñazo, sí.

Por supuesto que hago mis ejercicios de afrontamiento. En Fuerteventura fui una tarde a la playa, y me enfrenté al terror que supone para mí caminar descalzo sobre la arena (que imagino llena de agujas escondidas). Siempre que voy a un restaurante a comer y tienen terraza, pido ser sentado en ella. Y al menos este año ya no me da casi nervios el hecho de ir por la calle en manga corta. Las sandalias siguen siendo para nota, sólo los días que me siento muy fuerte. Pero no deja de ser un tanto triste que algo que da tanto placer a mucha gente y que es tan sencillo como dejar que el sol acaricie la propia piel, sea para mi un suplicio. En estos momentos, una de mis peores pesadillas sería ir a una playa nudista. Con eso, lo digo todo.



octubre 04, 2013

Un nuevo proyecto

Mi TOC se entronca bastante con mi vida sexual, aunque no se limita a ésta. Mi tratamiento va avanzando, pero aún me queda casi todo el camino por recorrer. En parte por puro placer de expresarme, en parte por llevar un diario íntimo/público de mi historia psicosexual y en parte de cara a una posible fase futura de mi terapia, he iniciado un nuevo proyecto en forma de blog.

No voy a dar el enlace. Es un blog privado, cerrado al público: sólo yo, el osezno (porque le afecta directamente) y puede que mi terapeuta en un futuro podrán verlo. ¿Y entonces por qué lo cuento aquí? Porque también yo tengo derecho a tirar la piedra y esconder la mano de vez en cuando, y porque cualquiera que me siga puede entrar en mi perfil y ver que escribo un blog nuevo del que no he hablado.

La mayor parte de mis fantasías y mis neurosis sexuales se irán al nuevo blog, por lo que es posible que éste, al recibir menos presión psicológica por parte de mi libido, se aligere de enlaces cerdos y fotos picantuelas. Posible, pero no probable.

Por otra parte, Here Be Dragons seguirá tan lleno de estupideces como de costumbre. Gracias por la paciencia...

agosto 27, 2013

Ese nudo en el bajo vientre

Tal vez a ustedes les suceda algo parecido.

Me viene ocurriendo toda la vida. No todos los días, afortunadamente. No sé a qué se debe, ni si tendrá relación con mi TOC -aunque lo precede- ni cómo hacer para quitármelo de encima. Suele aparecer por las tardes: una sensación de incertidumbre y una tensión debajo del ombligo. Luego la tensión va creciendo y me dificulta la respiración, salta al espacio entre mis cejas y se va extendiendo por mi cabeza; en los peores días, acaba derivando en un fuerte dolor de cabeza que no se me pasa con nada, salvo con una noche de sueño. Y en ocasiones, ni eso.

 

Cosas que me ayudan a aflojar el nudo: ir al gimnasio, escuchar cierto tipo de música, tumbarme con la cabeza sobre el regazo del osezno y dejar que me acaricie. Remedios baratos y que funcionan bastante bien, aunque no son infalibles.

Por lo que he leído, puede ser parte de un síndrome de ansiedad generalizado. Yo, personalmente, lo llamo "vivir en el siglo XXI". ¿Cuáles son los síntomas de ustedes?

julio 20, 2013

La Ley de Finagle

A raíz de mi última entrada, tuve la oportunidad de tener una interesante charla con un amigo acerca de la playa:
- No me negarás que al menos una tarde en la playa es una relajante escapada natural, ¿verdad? -me decía mi amigo.

- Perdona, pero te niego la mayor -respondí yo-: decir "relajante" y "natural" en una misma frase no es más que un oxímoron. La Naturaleza es cualquier cosa menos relajante. Recuerda la Ley de Finagle...
Mi amigo se me quedó mirando como si le hubiese hablado en arameo. En ese momento es cuando recordé que no todo el mundo tiene la suerte de gozar como yo de un saludable frikismo. En atención a las masas analfabetas que nunca se han preocupado más que por asuntos banales como el fútbol o los índices de bolsa, os presento la

Ley de Finagle sobre la Negatividad Dinámica

La perversidad del Universo tiende hacia el máximo

Otro enunciado, más melodramático y por tanto más divertido, sería:

El Universo te odia, y hará todo lo posible por matarte

La ley de Finagle suele presentarse como un simple corolario de la conocida Ley de Murphy, pero va mucho más allá que eso. Mientras que la Ley de Murphy es poco más que una humorada basada en el famoso sesgo de selección, la Ley de Finagle se sustenta en sólidos principios físicos y estadísticos, relacionados entre otros con la Segunda Ley de la Termodinámica.


Considerad la enorme extensión del Universo, e imaginad que podéis transportaros a cualquier lugar del mismo con un solo pensamiento. La realidad es esta: salvo que eligiérais saltar a un distancia infinitesimal de donde estáis en este momento, moriríais nada más llegar a vuestro destino: congelados, aplastados, asados, irradiados o expuestos al vacío. Sólo en una pequeña capa de unos pocos cientos de metros de espesor situada en en torno a una cuarta parte de las zonas templadas de este minúsculo guijarro que llamamos La Tierra podéis sobrevivir sin que el Universo os mate instantáneamente. Aun así, se las apaña bastante bien para mataros lentamente.

El Universo es un lugar inhóspito.

Aun en este infinitesimal trocito de Universo donde nos aferramos a la vida como condenados, la Naturaleza hace todo lo posible por quitarnos de enmedio, sobre todo una vez pasamos nuestros años de reproducción. Y no me refiero solo a los volcanes, los aludes, los terremotos, los tsunamis, las sequías, los cataclismos, las alimañas, las enfermedades, los depredadores y los ministros del Partido Popular. Es más básico que todo eso: cada segundo que consigues de vida es un triunfo que le lleva a tu cuerpo ímprobos esfuerzos contra el imparable decaimiento de ese improbable sistema que denominas organismo. Hasta el oxígeno que respiras no es sino un veneno, del que te libras momento a momento gracias a un encaje de bolillos bioquímico que realizan sin descanso tus mitocondrias. Y para mantener la bicicleta rodando en equilibrio precario sobre la cuerda floja es necesario gastar en todo momento cantidades ingentes de energía, como bien sabían tus tías cuando te ponían ración doble de chorizo en el bocadillo y como bien aprovechan las cadenas de supermercados cada vez que deciden subir precios sin avisar.

La Naturaleza, dejada a sus anchas, intenta convertirte en polvo.

Este es el motivo por el que la Naturaleza, por definición, no puede ser relajante; salvo que uno considere que ir como invitado a una cena en casa de Hannibal Lecter es una experiencia que invite al sosiego...

Y esto me lleva a mi propio corolario a la Ley de Finagle:

La Naturaleza es grande y poderosa. 
¡A ver si nos la cargamos ya de una santa vez, coño!





julio 17, 2013

El Mar

- Así que estudias en Santander. Qué bonito. Todo verde y eso. ¿Te gusta aquello? No te veo muy moreno: ¿vas mucho a la playa?
- A la segunda pregunta, ya... tal. 
Esta escena se repite una y otra vez en cada ocasión que visito Segovia y mis padres me presentan a alguna señora que por supuesto debería conocer y no conozco.

Dior da pan a quien no tiene dientes. Qué frase más acertada, a pesar de venir del refranero popular. En estos simpáticos días de verano, en que hordas de turistas vallisoletanos (se les reconoce por el aire de pueblerino que aspira a sentirse aristocrático) y madrileños (se les reconoce porque son exactamente iguales a los vallisoletanos) inundan la ciudad intentando por todos los medios obstaculizar cualquier actividad que hagamos los que aún trabajamos aquí, me doy cuenta de lo paradójica y por lo general estúpida que es la vida: toda esta gentuza buscando la playa aquí, cuando estarían muchísimo más guapos en sus casas, mientras que yo me paso el año junto a las majestuosas costas del Cantábrico sin hacerles ni puto caso.


Mi relación con el mar es esta: hace unos 500 millones de años un bichejo repugnante decidió que le apetecía sair de las salobres aguas del océano para colonizar la tierra, y varios trillones de generaciones después aquí estoy yo, igualmente repugnante, pensando que qué buena idea tuvo mi ancestro, y que para qué cambiar de opinión ahora.




En términos más concretos, el océano es para mí ese elemento del paisaje tan difícil de fotografiar como es debido y del cual salen periódicamente olas gigantes que matan gente, medusas, condones usados y lubinas a la plancha. 




La última vez que fui a la playa aquí en Cantabria creo que gobernaba Sagasta, Práxedes para los amigos, si mi memoria no me falla. Aparte de mi desconfianza hacia el piélago en si mismo (a quién se le ocurriría dejar tanta agua ahí tirada, en todo el suelo... me parece el colmo de la dejadez) influyen en mi desidia varios elementos: a) que la arena pegada a la piel me parece incomodísima b) que el agua en estas latitudes está más fría que la Merkel en una actuación de Peret c) que las playas interesantes de Cantabria están todas a tomar por saco, y yo no conduzco y d) que siempre encuentro algo más interesante que hacer, como por ejemplo mirarme las uñas de los pies. Añadan a esto que tengo la piel blanca como una albina vestida de novia y bañada en lejía: soy de esas personas a las que les encanta disfrutar el sol desde la sombra, a ser posible con una copa de algo con una sombrillita en la mano.





Dado que estoy en fase de reevaluar mi vida y en estos tiempos inciertos nunca sé qué es realmente parte "sana" de mí y qué se debe a mi transtorno psiquátrico, a veces me da por cuestionarme si mi disgusto por la playa no puede ser más que una manifestación de mi obsesión por el control, que me lleva a preferir ambientes urbanos y más bien asépticos a espacios pringosos y naturales. A lo mejor resulta que descubro que hay algo intrínsecamente disfrutable en el hecho de acarrear unas toallas, unas botellas de agua caldosa y una sombrilla a través de arena incandescente hasta llegar a una zona ligeramente menos hacinada de playa, llena de colillas usadas y residuos varios, donde, tras pelear con varias familias de domingueros por un palmo más de arena, poder exhibir mis deformes lorzas al mundo mientras recibo los balonazos de niños descontrolados. Y a lo mejor resulta que puede ser enormemente relajante untarme el cuerpo de lociones hidrocarburadas pastosas, sobre las cuales se pega la arena dejándome como una croqueta viva, y tumbarme bajo un sol despiadado a escuchar el rumor de las olas, las gaviotas peleándose por los restos de una paella de chiringuito cargadita de salmonelas y las rumbas que ponen a todo trapo los gitanos de al lado, mientras mi cuerpo suda, mezclando agradablemente chorretones de secreciones y otras excrecencias con la crema de protección solar. Es entonces cuando este engrudo, salpimentado de arena y cenizas provinientes de las colillas que adornan la playa, llegaría a mis ojos, provocándome una reconfortante conjuntivitis. Y después, tal vez, sea posible que pueda llegar a divertirme yendo al agua, cuya temperatura nunca está exactamente a mi gusto, y donde podré bañarme con otros seis mil mamíferos de mi misma especie, cada cual con una enfermedad más simpática que la anterior, felizmente acompañados por medusas, peces carroñeros, bolsas de plástico, cadáveres de animales variados y otra serie de residuos naturales e industriales más o menos pesados. Finalmente, en un momento de gozo incontenible, quizás pueda apreciar en su justa medida el placer supremo que consiste en salir del agua, y notar como la evaporación va creando sobre mi epidermis una costra de sal, crema desvaída, arenisca, alquitrán y caca, creando ese agradable picorcillo que me acompañará todo el resto de la jornada, hasta que pueda llegar a mi bendito hogar y dejarlo todo perdido de arena, en lo que corro a refugiarme en mi adorada ducha. Sí: tal vez la playa sea un lugar mágico y maravilloso en el que volver a ser consciente de lo afortunado que soy de no tener que vivir allí.




julio 03, 2013

Qué hacer con nuestras estúpidas vidas

Hola, me llamo Sufur Diego y desde hace cuatro años, posiblemente más, convivo con un Trastorno Obsesivo-Compulsivo (TOC).

No voy a entrar en detalles acerca de cómo se manifiesta mi TOC ni cómo se desarrolló. No he alcanzado aún suficiente grado de pornografía sentimental como para exponer tantas vergüenzas al aire... aunque quien me lea habitualmente seguro que podrá hacerse una idea aproximada de lo que me pasa. Solo diré que estoy en tratamiento (psicológico y farmacológico), que la cosa va más o menos bien, y que aunque el TOC ha dañado mi vida laboral, social y de pareja puedo dar las gracias de que mi caso sea leve y pueda desarrollar una vida prácticamente normal.

Hoy siento la necesidad de salir del armario.  

Explicar un TOC a quien nunca lo ha padecido es un ejercicio inútil. Es algo tan irracional que no se puede expresar mediante el discurso lógico. Si tuviera que definirlo usando mis propias palabras de lego en psicología, diría que es lo que ocurre cuando tus pensamientos se escapan a tu control, se reproducen sin límite y toman el control de tu vida hasta el punto en que se vuelven más reales que la propia realidad. Una misma idea se perpetúa una y otra vez, imparable, dominandolo todo sin ninguna lógica y generando una ansiedad insoportable. La única forma de parar la ansiedad, momentáneamente, es realizando actos compulsivos que tampoco es que tengan lógica alguna. Sé que resulta absurdo pensar que tales cosas puedan ocurrir, pero ocurren y son una carga diaria para muchas personas.


Como ocurre a quienes padecen otros trastornos mentales como la depresión o las fobias, los afectados de TOC sufren un problema doble: por un lado su propio trastorno y las consecuencias de él derivados, y por otro la incomprensión de sus semejantes. Vete tú a explicarle a tu vecina que tienes que hacer ciertos ruidos estridentes por la noche antes de meterte en la cama o si no pasarán ciertas cosas horribles que no puedes especificar (por poner un ejemplo). Las explicaciones se topan con la incomprensión porque los argumentos no tienen una lógica entendible por un cerebro sano. Y sin embargo son mortalmente serias para quien padece el TOC.

Existe además la creencia, extendida a cualquier otra cosa que sea mental o emocional, de que estos padecimientos son fruto de una debilidad de carácter o de cierta inmadurez: "nada, a tí lo que te hace falta es salir más", "a esa lo que le ocurre es que está mal follá", "anímate hombre, que no te pasa nada" o "si tú estás mal es porque tú quieres" son frases tan frecuentes como crueles hacia las personas que padecen un trastorno mental sin poder evitarlo. No, señores: nadie elige estar mal por diversión. Y a nadie (en su sano juicio) se le ocurre hacer el mismo tipo de discurso sobre un problema "físico": "¿así que estás tuerto?... ¡tú lo que tienes que hacer es salir más y dejar de estar tuerto!". Esta distición entre lo mental y lo físico, en la que lo primero es algo totalmente sujeto al poder de la voluntad y lo segundo no, es una de las muchas y dañinas idioteces que arrastra nuestra cultura y que le debemos a ese grandísimo cretino que fue Platón. Ahora la ciencia sabe que no existe una distinción entre ambas cosas, que existe un sustrato neurológico y bioquímico para muchos de los trastornos mentales, y que lo que llamamos 'voluntad' es un epifenómeno del neocórtex cuya incidencia sobre nuestra vida es mucho menor de lo que creemos.

A estos dos problemas muchos afectados de TOC añadimos un tercero: el ser plenamente conscientes de que nuestras obsesiones y compulsiones no son racionales, y sin embargo ser incapaces de evitar que nos dominen.  Yo me doy perfecta cuenta de lo estúpidos que son mis miedos obsesivos y del daño que nos hacen a mí y a mis seres queridos. Pero ser consciente de ello no soluciona el trastorno. Con el transtorno obsesivo-compulsivo, reconocer el problema no es el primer paso para solucionarlo. Se trata del fracaso definitivo de la razón, del fin del mito cartesiano: la verdad no nos hace libres, la razón no lo ilumina todo. La inteligencia no controla a la emoción, sino al revés. Para mi esto ha sido una auténtica crisis de fe que ha hecho que en cuatro años todo mi sistema de creencias y de valores -recordemos que soy un científico- se derrumbe como un castillo de naipes.

Y llegamos al cuarto gran problema del TOC: la ética de la comparación. Del mismo modo que uno se da cuenta de lo irracional de sus obsesiones, pero no puede controlarlas, también se percata de que alrededor hay personas que cada día se enfrentan a problemas 'reales' (en oposición a problemas 'pensados') y salen adelante. Darte cuenta de que te obsesiona hasta la locura el tamaño de tus uñas mientras que a tu lado hay personas a las que están desahuciando, saber que una de las cosas es imaginaria y la otra no, y sin embargo no ser capaz de ver las cosas en su proporción justa, te hace sentirte el tipo más rastrero, egoísta y estúpido del universo entero. Y no solo eso, sino que además el comprobar cómo personas aquejadas por la catástrofe siguen adelante con dignidad mientras tú tiemblas ante fantasmas que solo tú puedes ver es el mayor disolvente para la autoestima que puedo concebir.

Estos son los cuatro problemas (trastorno, incomprensión, impotencia, comparación) que tiene que afrontar una persona aquejada de un TOC. Los cuatro son problemas que surgen de su propia cabeza. ¿Podemos decir que por eso sean menos importantes que los problemas que vienen de fuera? Tal vez para responder a esta pregunta baste con responder a otra más elemental: ¿qué es un problema? Los problemas son siempre subjetivos: que llueva es un simple fenómeno meteorológico, pero se convierte en un problema si has organizado tu boda al aire libre justo ese día. En este sentido, tan problemático es un TOC como una piedra en el riñón, aunque una cosa sea visible y la otra no.





enero 08, 2013

A pelo

Quisiera empezar el año con una buena confesión escandalosa, de esas que tanto me gustan: soy un señor de mediana edad que nunca ha follado (ni ha sido follado) sin condón. Ni siquiera dentro del sagrado vínculo de la pareja homosexual.

Menciono este tema porque, por casualidades de la vida, este asunto ha salido a relucir en diversas conversaciones, tanto con amigos gays como heteruzos, varias veces a lo largo de las últimas semanas. A todos sin excepción les ha sorprendido mi virginidad en lo bareback. Más aún: la cosa ha oscilado entre miradas de incredulidad y expresiones de lástima. "Tienes que probarlo ya mismo", ha sido el comentario más extendido, junto con "es que no tiene comparación" y el ya clásico "ay pobrecito".

A un amigo hetero llegué a plantearle si no le parecía egoísta hacer pasar a su novia por el calvario hormonal de las píldoras anticonceptivas (que a ella le producen incómodos efectos secundarios de todo tipo) solamente porque a él le daba más gustirrinín meterla sin chubasquero, y él me respondió con toda tranquilidad que lo hacía también por ella, porque a las mujeres también les da más placer follar sin condón. No supe qué responder, porque nunca he tenido vagina, pero me da por dudar de la afirmación de mi amigo.

Sea como fuere, con todas estas conversaciones han conseguido que me entre la duda.



Nunca anteriormente había sentido el menor interés por el sexo anal bareback. El motivo es doble: por un lado soy un escrupuloso y un tiquismiquis de tomo y lomo y la perspectiva de meter la polla en un túnel untado de heces, por muy limpio que parezca, nunca me ha emocionado. Por otro lado, mi lema siempre ha sido: "puedes fiarte de las personas, pero nunca de los virus", por lo que siempre he acordado con mis parejas, por muy monógamos que fuéramos, poner protección en todo momento... porque es muy bonito querer ser romántico y fiel a la vieja usanza, pero en la vida real los accidentes y los deslices y las canas al aire ocurren... y casi la mitad de las transmisiones del vih y las hepatitis se producen dentro de la supuesta santidad e inviolabilidad de las parejas cerradas. O puede ser que yo sea una de los aparentemente pocas personas en las que las campañas de prevención de los 90 han calado tan profundo que ya llevo el mensaje pro-condón incorporado.


El sexo anal sin condón siempre me pareció una opción personal respetable e incluso (por los pelos) defendible, pero que no iba conmigo [En cambio, el bareback como negocio me parecía y me sigue pareciendo una  industria explotadora y detestable que sigue cobrándose víctimas hoy en día. Estoy de acuerdo en que es una realidad muy compleja, en la que se confunden fantasía y realidad, y en existen opiniones bastante razonables tanto a favor como en contra, pero tarde o temprano un adulto tiene que decantarse y yo me coloco decididamente junto a los enemigos de tan peligrosa industria.]. Mi opinión no ha cambiado, pero por primera vez en mi vida me ha dado por preguntarme: ¿realmente será para tanto?

Y aquí es donde entran ustedes: mójense, damas y caballeros. Ustedes, ¿qué opinan? ¿Sexo con o sin? ¿Tan raro soy? ¿Me estoy perdiendo algo fundamental?



junio 12, 2012

Keeping my religion


"Las personas que me educaron dirían que no soy religioso. Se equivocan. Lo que no soy es practicante. Pero soy dolorosa, incapacitante, incurable, miserablemente religioso"

Shalom Auslander, "Lamentaciones de un prepucio"

Como comenté en la última entrada, ando leyendo las "Lamentaciones de un prepucio" del escritor norteamericano Shalom Auslander, un libro que curiosamente muchos describen como humorístico. Pues bien: es cierto que está escrito con una fina ironía y envidiable humor judío, pero a mí no me parece cómico en absoluto.

Es más, no tiene ni puta gracia.

Auslander se crió en una comunidad judía ultraortodoxa en la que le enseñaron a temer a un Dios omnisciente, todopoderoso y vengativo, la clase de personaje retorcido que conduce a Moisés por el desierto durante cuarenta largos años de penurias justo para matarle a las puertas de la Tierra Prometida como castigo por un único pecado cometido años atrás. El libro narra los terribles esfuerzos del escritor para alejarse de ese ambiente y desafiar las creencias que le han inculcado, hasta que en el momento en que, ante el nacimiento de su primer hijo, la religión vuelve a golpear con todas sus fuerzas y le hace plantearse si debería o no circuncidarlo para aplacar la ira divina.

Es, por tanto, la historia de un fracaso, y por eso si yo tuviera que clasificar el libro lo colocaría en la estantería de "tragedia" en vez de la de "humor".




Auslander expresa mucho más elocuentemente que yo algunas ideas que me vienen rondando por la cabeza desde hace años. Sin ser mi caso tan extremo como el suyo, encuentro muchos paralelismos entre él y yo. Mi familia dista mucho de ser ultracatólica, pero tuve igualmente una educación religiosa y durante mi infancia suscribí con entusiasmo el dogma íntegro de ese conjunto de alucinaciones colectivas que llamamos cristianismo. Fui el más beato de mi clase: regañaba a mis amigos por no ir a misa, me preocupaba por la salvación de sus almas inmortales y rezaba a Dios para que no castigara con el infierno a mi padre por no ir a misa los domingos ni al rosario por las tardes. Incluso llegué a pensar seriamente en hacerme cura. Padecí con fuerza la dicotomía entre ser católico y maricón, rogué a Dios que me curara (no lo hizo), me confesé inumerables veces por el crimen del semen derramado y fui coleccionando una hermosa colección de neurosis y supersticiones que a día de hoy no me han abandonado, ni tienen pinta de ir a hacerlo.

Posteriormente la vida y un uso continuado de las neuronas me fueron alejando de todo aquello. Hoy me defino a mí mismo como ateo y enemigo declarado de toda superstición, incluyendo de forma muy especial aquellas que yo mismo involuntariamente sostengo. He hecho y continúo haciendo un esfuerzo deliberado por desprogramarme, del que estoy bastante orgulloso.

Y, sin embargo...

La neurociencia moderna tiene indicios muy fuertes de que la religiosidad está de algún modo genética, neurológica y culturalmente programada en la mayoría, si no la totalidad, de los seres humanos. Ojo: que estemos condicionados para creer en dioses no significa que los dioses existan, del mismo modo que el que oigamos el mar al acercar una caracola a nuestros oídos no significa que haya un mar dentro de la concha. En palabras de Richard Dawkins, es probable que un cierto grado de credulidad supersticiosa haya sido hasta hace poco tiempo un importante factor de supervivencia de la especie: el niño que se cree la historia contada por los ancianos de la tribu de que en la cueva habita un espíritu maligno es mucho menos probable que se adentre en ella, se caiga en la oscuridad y se parta la crisma que el que decide comprobarlo por sí mismo. Como dice otro famoso ateo, el astrónomo Philip Plait, ser escéptico es un estado al que es difícil llegar y que resulta muy laborioso de mantener. Es lo que me pasa a mi: mantener mi ateísmo frente a mi educación, la presión social y la predisposición genética es algo que requiere buena parte de mis energías cada día. Esto tiene oscuras consecuencias:

Solo soy totalmente ateo en mis días buenos.

Tengo la fuerte sospecha de que el día que me vengan mal dadas -un diagnóstico de cáncer, la muerte de un ser querido, una inspección fiscal en toda regla- me echaré a llorar y me arrepentiré de mi vida de pecado, rogándole a Dios que me perdone y me saque las castañas del fuego.

Una parte de mí sigue esperando un castigo cada vez que me la casco o que me como una buena polla.

Sigo sintiéndome incómodo ante ciertas blasfemias, por divertidas que sean.

Y a pesar de todos mis esfuerzos me temo que me seguirá pasando durante toda la vida.

De modo que el fracaso de Auslander es mi propio fracaso. No luchamos contra Dios, que no existe, sino contra nuestra propia historia, que sí que existe.

La religión es, si no el origen, al menos parte fundamental de mis mayores problemas. Está en la base de mi timidez, mi baja autoestima, mis inseguridades, mis neurosis, mi transtorno obsesivo-compulsivo, mis disfunciones sexuales, mis dolores de cabeza, mi ansiedad y mi cinismo.

La religión es una lacra, y no consigo librarme totalmente de ella.

Por eso me indigna tanto la educación religiosa de los niños. El domingo estuve acompañando a mis padres de paseo y vimos la procesión del Corpus, encabezada por los niños y niñas que hacen este año la Primera Comunión avanzando como robotitos, ellos vestidos de mariscales y ellas de novias en miniatura. Sentí asco, indignación y pena. Pena por ellos y por mí.

Auslander habla de la educación religiosa usando términos tales como "violación metafísica", "abuso espiritual de menores" y "violencia teológica". No puedo estar más de acuerdo. Envidio a algunos de mis compañeros y al osezno porque sus padres tuvieron el buen tino de no someterles a adoctrinamiento religioso; por supuesto que no están libres del pensamiento mágico -vivimos inmersos en una cultura católica, mal que nos pese-, pero son personas mucho más libres y equilibradas de lo que seré yo nunca. A mis amigos con hijos siempre les ruego que no cometan el error de meterles en colegios de curas o monjas.

En fin, qué se le va a hacer. La religión seguirá aferrándose a mí como una lapa y yo seguiré luchando contra ella mientras me queden fuerzas. A la porra con ella.




abril 26, 2012

Conozca mi interior

He estado reflexionando sobre el tema, y me he dado cuenta de que nunca pongo fotos mías en el blog. Lo comentaba esta tarde con el osezno:
Sufur: La mayoría de la gente que lee mi blog piensa que soy un perro narigudo con manchas negras.

Osezno: ¿Y eso?

Sufur: Porque esa es la única imagen de mí que aparece.

Osezno: Pero bueno, eso es lo normal, ¿no? La gente no pone fotos suyas en sus blogs...

De lo que se deduce automáticamente que yo no ponga fotos personales aquí.

Pero para todo hay una excepción, y hoy es ese día. En auténtica primicia mundial, fotos de Sufur sin nada de ropa:

¿Verdad que tengo unos bonitos ojos?

Esto explica por qué mis alumnos comparan mi sabiduría con la de una coliflor hervida

Esto, tras un rato en el horno con un poco de sal, debe estar riquísimo

Así que esta es la pinta que tiene una buena neurosis vista de cerca


Y con esto, os he ofrecido la imagen más fidedigna y exacta que puedo daros de mi alma. Mayor sinceridad, imposible.





febrero 13, 2012

Comienzan las clases

Mi Universidad es una de las pocas que quedan que aún mantienen el calendario de toda la vida, es decir: las clases del primer cuatrimestre empiezan a mediados de septiembre, y las del segundo en torno al diez de febrero.

Hoy empiezo mis clases con dos grupos nuevos. Por un lado los muchachos inquietos y algo bisoños de segundo, y por otro lado las más maduras y exigentes (este año sólo se me han matriculado chicas, por el momento) de quinto. La verdad: estoy como un flan.

Es cierto que con los años y la práctica uno va procesando mejor la ansiedad de hablar en público, pero también es cierto que ésta nunca desaparece. Creo que esto ya lo he contado en alguna otra ocasión: una de mis compañeras más veteranas, probablemente la mejor profesora de la Facultad de Ciencias, me dijo una vez que ella sigue poniéndose tan nerviosa el primer día de clase que es incapaz de comer nada. Ella siente mariposas en el estómago, y yo siento como si tuviera Chewbaccas pegando saltos sobre mi páncreas.

Quedan diez minutos. ¡Deseadme suerte!



febrero 06, 2012

El forro integral

Parece que ya remite la ola de frío siberiano y eso, en Santander, significa lluvia: en Santander cualquier cambio de tiempo se traduce en que llueve (en la mayoría de ocasiones, un tipo de lluvia se transforma en otro tipo de lluvia diferente). Tanto es así que el Excelentísimo Ayuntamiento de esta ciudad está considerando seriamente sustituir los autobuses urbanos por batiscafos.

Esta mañana he prescindido de sacar la cámara de fotos: caía una cortina de lluvia fina con una profundidad óptica similar a la de la crema de calabacín y cualquier imagen que hubiera tomado habría tenido este aspecto:


Este tipo de tiempo es considerado, en Santander, una gran ventaja, porque oculta de forma muy efectiva los grandes defectos físicos de la mayor parte de la población autóctona.

En días como este, me gusta salir preparado a la calle. Me pongo mis zapatos de lluvia, mi cazadora impermeable (a la par que transpirable) y me cubro los pantalones con mi sobrepantalón contra el agua: andando por la calle, parezco un cruce impío entre un grajo y un condón gigante. De esa forma tan poco elegante puedo salir a la calle sin paraguas (complemento básicamente inútil en una ciudad en la que el viento cambia de dirección más que un político según esté durante o después de una campaña electoral) y sin temor a acabar convertido en una sopa fría.Y, de paso, oculto de forma muy efectiva mis propios y grandes defectos físicos.

A mí me gusta jactarme de que con mi forro integral sería capaz de resistir hasta los chorrazos de un bombero, pero a veces me pregunto si estoy llevando la cosa demasiado lejos. No soporto mojarme de lluvia al venir al trabajo y tener que pasarme la mañana empapado. Es más: tengo la firme convicción, inculcada por varias generaciones de abuelas, madres y tías castellanas, de que si me quedo más de veinte segundos con la ropa mojada cogeré frío, me entrará una triple pulmonía y moriré entre terribles sufrimientos.

Esto contrasta bastante con la actitud de la mayoría de santanderinos, el osezno incluído, y radicalmente con la de los británicos. Cuando vivía en Londres no era nada raro ver a la gente andando tranquilamente bajo la lluvia helada a cabeza descubierta, vestida únicamente con sandalias y manga corta, y sin darle ninguna importancia al hecho de estar empapados. De hecho, me consta que la profesora de inglés del osezno se descojona activamente del tiquismiquismo de los españoles que nos preocupamos por cosas tan nimias como "las corrientes de aire" o "coger frío". Los santanderinos no llegan tan lejos, pero siguen maravillándome por su capacidad para permanecer con unos vaqueros calados durante horas sin rechistar.

Todo ello me hace pensar en mis momentos de debilidad que los ingleses (y en menor medida los cántabros) son una raza superior, genéticamente preparados para soportar el frío y la lluvia. Claro que luego miro las estadísticas de esperanza media de vida, veo que el Reino Unido está bastante por detrás de España, y me pregunto si eso de chapotear en el agua helada es tan saludable como lo pintan (en cuanto a la esperanza de vida en España, adivinen qué provincias tienen las más altas: precisamente, las de las abuelas castellanas).

Pero parece que estoy solo en esta opinión. Bueno, solo no: también piensa lo mismo mi Santa Madre. Pero debemos ser los únicos. Tanto el osezno como mi psicoterapeuta opinan que tengo una fijación enfermiza con las ideas de protección y seguridad en un mundo que no ofrece ni una cosa ni la otra, y que por eso me pinta como me pinta. Pero qué quieren que les diga, yo sigo prefiriendo mojarme sólo en el jacuzzi:








noviembre 29, 2011

Problema de actitud

Después del cansacio de estos días, del estrés, de los nervios y del agobio de la oposición, ya se acabó todo. Por cierto, muchas gracias por las felicitaciones: me las merezco :-P

Me he tomado el día libre para celebrarlo y mi plan para las siguientes horas era hacer esto:



...solo que en una habitación menos hortera, a ser posible.Sin embargo, no sé si va a poder ser.

Para empezar, me he despertado a las cinco de la mañana, y me ha sido imposible volverme a dormir de las ganas que tenía de que llegara mi día de descanso. Eso es un primer indicio del nivel que alcanza mi estupidez...

He desayunado con el osezno y me he quedado en casa mientras él se iba al trabajo. Me he tumbado en el sofá delante de la tele con cómics al alcance de la mano. y me he preparado para disfrutar a tope del relax de no hacer nada un martes...

Y no son ni las once de la mañana y estoy que me subo por las paredes. ¡Me aburro como una ostra!

 Queda pues certificado: no sé relajarme... birria de sistemas simpático y parasimpático que tengo, oiga.


septiembre 15, 2011

Universo paralelo

Según ciertas teorías, existe un número prácticamente ilimitado de universos en los que puede pasar prácticamente de todo. En algunas de esas teorías, cada vez que una acción puede tomar caminos alternativos se generan nuevos universos, uno por cada posible resultado de dicha acción. Según eso, existen universos en los que Franco era una travesti cantante de cabaret (bastante flojilla, por cierto) y universos que son exactamente igual al nuestros salvo en que la camisa que me he puesto esta noche era azul en lugar de roja.




Yo tiendo a darles a esas teorías una credibilidad ligeramente mayor que a la historia de la virgen quedándose embarazada de una paloma.

A diferencia de la historia de la paloma, sin embargo, las many-world theories tienen cierta base matemática. Supongamos por un momento que estén en lo cierto:

Estoy cenando a solas en la Roue D'Or de Bruselas. He tenido la prudencia de llegar antes de las ocho y media y por eso tengo mesa libre para mí solo. Apenas han comenzado a servirme los entrantes (croquetas de camembert con miel) cuando empieza a formarse cola para entrar; en poco tiempo llega hasta la puerta de la calle y más allá. Muchos de los que esperan tienen la pinta de pertenecer a mi congreso: como yo, inadaptados sociales, pero menos previsores, y por lo tanto se quedan sin mesa.

Uno de los que esperan no tiene pinta de ser de ciencias: un chulazo moreno y peludo con unos musculacos y una panza dura sobre la que dan ganas de hacer percusión con ritmos norteafricanos. Tontea un poco con la camarera, como intentado conseguir sitio por su cara bonita. En un Universo, no lo consigue y se va a buscar su forraje a otro sitio.

En otro Universo le paro con la mirada y de la misma manera le indico que se siente conmigo. Mi mesa tiene un asiento libre y está invitado a ocuparlo. El empotrador me mira con desconfianza, pero acaba sentándose. Yo le digo:
"Entendámonos desde el principio. No pretendo que hagas nada conmigo, ni siquiera que me des conversación. Pero quiero que sepas que me gusta mirarte, y pienso hacerlo todas las veces que quiera durante la noche".
Y le someto a una mirada con más megavatios que los que tiene un foco de esos que iluminan el Bernabéu. Ante el descaro de mi escrutinio, el potranco se va sintiendo cada vez más nervioso e inseguro. Gradualmente su pose de machito arrogante se desmorona y deja paso a una timidez y un nerviosismo que encuentro encantadores. Me apiado de él y desconecto los focos, y al final acabamos hablando tranquilamente y me cuenta cosas personalísimas sobre la escabrosa relación que mantiene con su novia, cosas que me hacen ver que bajo su apariencia de rudo neanderthal se esconde un alma sensible y atormentada. Ambos nos alegramos mucho de habernos conocido, y tras el café nos saludamos con mucho afecto y cada uno sigue su camino con una sonrisa en los labios.

Adivinen ustedes en cual de esos dos Universos me he movido esta noche, y en cual sin embargo me gustaría haberme movido... Mierda de timidez, copón.










agosto 12, 2011

Un señor de mediana edad

Hace más o menos un año, uno de los compañeros de mus de mi padre se acercó a mi ilustre progenitor y le dijo: "oye, mi chico está pensando estudiar Física en la Universidad. El tuyo se dedica a eso, ¿verdad? ¿Qué tal si le dices que queden un día a tomar un café y así le da un par de consejos?". Así que aprovechando mis vacaciones quedé una tarde con el chaval y le estuve ofreciendo esas sesudas e inútiles perlas de sabiduría que da la experiencia y que al que está escuchando le entran por un oído y le salen por el otro sin provocar la menor interferencia en su tejido neuronal.

No, malpensados, no me lo tiré.

Estuvimos hablando un buen rato y mientras lo hacíamos yo no dejaba de sentir unos vértigos y unas angustias tremendas pensando que el chico tenía dieciocho años y yo exactamente el doble: que cuando yo empecé a ir a la Universidad él estaba aún pegándole patadas al endometrio de su madre, que cuando yo acababa la carrera él jugaba con cochecitos de plástico y que si no fuera porque estamos en Universidades diferentes yo podría perfectamente llegar a catearle en Física Cuántica durante la carrera.

Pocas veces me he sentido tan viejuno.

Hace unos meses salí de copas con un par de compañeros de trabajo más jóvenes que yo. Ambos están haciendo la tesis y pese al la diferencia de edad nos entendemos bien porque siempre podemos hablar de frikadas, que son cosas atemporales. El caso es que después de haberme bebido unos cuantos gintonics salimos a la calle, y nada más cruzar la puerta me topé de bruces con un corrillo de alumnas mías de segundo curso. Mi primer pensamiento fue: "si estas petardas estudiaran más en vez de salir de borrachera, otro gallo les cantaría". Mi segundo pensamiento fue: "¡cielos, que no vean que estoy pedo!". Y mi tercer pensamiento fue: "joder, estoy empezando a pensar como un abuelo". Me deprimí mucho.



Luego está el asunto de las tres canas que me han salido en la perilla, las dos que tengo en el pecho y las tropecientas que tendría en la cabeza si no estuviera calvo como una rana. Y el tema de los achaques que va de mal en peor, con sus inevitables y lamentables consecuencias para la vida cotidiana.

A uno le van cambiando la mentalidad y los estilismos: si hace unos meses decidí cambiar de estilo de gorra para estar más de acuerdo con mi edad, ahora ha llegado el turno de las camisas. Yo era muy de camisetas, cuando era más joven y estaba medianamente bueno. Pero llegado a un punto de perímetro de tripa y de blandura pectoral, lo más digno que puede hacer uno es dejar de vestir de Ajaxx63 o de Rufskin y empezar a llevar camisa, que es algo como muy de virilidad madura. Y en esa transición estoy últimamente. Peor aún, estoy empezando a considerar seriamente los chalecos...





Total: que soy un señor de mediana edad. Hoy cumplo treinta y siete años, pero desde hace un tiempo me siento como si estuviera en plena crisis de los cuarenta. No es que me sienta físicamente viejo (bueno, un poco si), sino algo más profundo: me miro a mi mismo y no tengo muy claro ni donde he llegado en la vida ni adonde quiero ir, siento que hay cosas en mí que no me gustan pero no me veo capaz de cambiarlas, noto que voy adquiriendo los miedos que vienen con lo años pero no la sabiduría que debería acompañarlos, y el tiempo pasa cada vez más deprisa...

Casi es una buena noticia porque he notado que la gente se vuelve mucho más interesante una vez que consigue superar la crisis de la mediana edad (y por eso siempre me han gustado los maduros). A ver si me ocurre también a mí. Entre tanto, hoy he comido cochinillo y tarta, y eso siempre eleva la moral. ¡Algo es algo!




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