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diciembre 29, 2017

¡Ya no trabajo más! (este año)

Me temo que me he convertido en un muermo.

Una de mis tradiciones más antiguas y gloriosas era la de venir todos los años a Segovia por Navidad trayendo un montón de trabajo, y volverme al terminar las fiestas a Santander con exactamente la misma cantidad. Una fiesta católica no es fiesta ni es nada si no tiene una buena dosis de culpabilidad asociada.

Sin embargo, este año he traído más trabajo que nunca, y lo he hecho. Todo lo que llevo de vacaciones ha estado dedicado a irme a la sala de estudio municipal mañana y tarde a currar furiosamente. Ni una triste resaca que me haya impedido desempeñar mis funciones docentes e investigadoras.

Es preocupante, porque no es un hecho aislado. Puede que sea la edad, pero llevo una temporada bastante larga que lo único que hago es trabajar. Antes solía hacer otras cosas. Leía. Escribía (en este blog, fundamentalmente). Hacía deporte. Salía con los amigos. Jugaba. Hacía fotografías. En ocasiones, incluso follaba. Últimamente, sin embargo, casi todo es levantarse a las siete de la mañana para preparar y dar clases, dedicar el resto del día a la burocracia, cerrar un rato el ordenador a las nueve de la noche, cenar, ver un poco de Neflix con el osezno y, después que él se vaya a la cama, hacer investigación hasta las dos de la madrugada. 

Creo que en ocasiones hay que hacer este tipo de cosas, pero este tipo de vida me repugna ética y filosóficamente. Espero que esto no dure mucho más.




Aunque por el momento, y por primera vez en la vida, he cumplido mis objetivos de trabajo navideño, ¡y solo estamos al final del día 29! Ya no trabajo más en lo que queda de año.

¿Y como voy a celebrarlo? Pienso agarrarme un pedo monumental... o lo que mi hígado desentrenado sea capaz de aguantar.

diciembre 20, 2017

Beware of the breeders!

Están aquí, entre nosotros. Pueden encontrarse en cualquier lugar, incluso en los más sitios cotidianos. Puede tratarse de tu vecino, de tu jefa en el trabajo, incluso de algún familiar. Seguramente alguno de tus amigos sea así. ¡Nadie está a salvo!

Los universos paralelos existen. No hace falta saber física cuántica para ser conscientes de ello. Los distintos planos de la resistencia se extienden a lo largo de las dimensiones quinta a undécima (o vigesimotercera, según tu teoría-M favorita) y en ocasiones se tocan, coexisten. Se solapan. Y por ese motivo a veces ocurre que la persona que tienes al lado resulta ser de otro universo totalmente distinto, donde las leyes de la Física y del sentido común siguen reglas completamente diferentes a todo lo que conoces o has imaginado.


Yo acabo de realizar un viaje con dos seres de otra dimensión.

A California, concretamente. Tenía un par de congresos y allí me fui junto a dos compañeros de trabajo (y, sin embargo, amigos). Fueron diez días de estrecha convivencia, lo que me permitió observarlos detenidamente y darme cuenta de que, como en La Invasión de los Ultracuerpos, mis compañeros son en realidad aliens con forma humana.

Yo ya sabía desde el principio que eran un poco diferentes. Los dos pertenecen a esa especie humanoide que el columnista norteamericano Dan Savage llama breeders ("criadores"): personas que utilizan el sexo como forma de perpetuar cosas (si no a sí mismos, a menos a la especie). Al contrario de lo que pueda parecer, soy un firme defensor de los criadores y considero que juegan un papel importante para la sociedad: concretamente, el de dar origen a los jovencitos cuya visión alegrará mis astigmáticas retinas cuando sea un dulce viejecito verde. Vaya por delante, pues, mi admiración hacia esos abnegados especímenes capaces de realizarse como personas fabricando otras personas.

Mis compañeros de viaje y trabajo (a la par que amigos) son criadores reincidentes, ambos con un número par de vástagos propios (no en común), pero por lo demás son personas perfectamente normales. Al principio nuestras conversaciones entraban dentro de los parámetros de la cotidianeidad (matrices de covarianza, bolometría, modos de polarización), pero a medida que iban pasando las horas y los días los temas de trabajo se iban agotando, de forma que paulatinamente la conversación sobre asuntos personales fue adquiriendo un peso cada vez mayor. Yo empezaba a notar algo raro, pero no acababa de definir esa sensación extraña que me estaba invadiendo.

Una tarde de sábado, teniendo tiempo libre, me fui a dar un paseo por San Francisco, yo solo. Bajé del metro en la parada de Castro y me di un paseo por el barrio. En Does Your Mother Know? compré unos preservativos Tom of Finland edition y lubricante. Luego bajé a pie atravesando el barrio de Mission hasta Folsom Street. Era temprano y los sexclubs estaban aún cerrados. Fui a Mr. S, una especie de El Corte Inglés del cuero y el látex donde lo tienes todo en materia de máscaras de perro, cubrecamas de goma para las lluvias doradas, fustas, arneses o dilatadores. Me compré un par de jockstraps y una camiseta de Nasty Pig, una marca que me encanta y es difícil de encontrar en España. También me compré una camiseta de la propia tienda que pone “San Francisco fucker". Delante de mi en la caja estaba pagando una mujer australiana multitatuada y acompañada de uno de sus toyboys, diciéndole al dependiente lo mucho que le había gustado la tienda. Estuve de acuerdo. Después volví a la calle y, como estaba cansado, entré a tomarme un cafetito y unas cookies al Wicked Grounds. Se trata de una acogedora boutique/cafetería que desde 2009 sirve de lugar de reunión a la variopinta comunidad kink de San Francisco. Allí puedes tomar tranquilamente una infusión y degustar deliciosas cupcakes caseras, lo mismo que comprar libros sobre el arte de la asfixia erótica o poner un anuncio en el tablón buscando esclavo al que le guste que le meen en la boca. Fue allí, sentado al calorcito del radiador junto a la colección de mordazas, donde tuve un rato para reflexionar sobre los últimos días y descubrir qué era esa extraña sensación que me estaba invadiendo.






Por fin lo supe: llevaba una semana sin escuchar una sola conversación normal. Todo había girado en torno a la progesterona, a las ventajas y desventajas de dar el pecho pasados los diez meses, los cólicos nocturnos y las guarderías bilingües. Número de veces que se había mentado la palabra “pañal": ochocientas cincuenta y nueve. Número de veces que se había mentado la palabra “bukkake": cero.

Muy inquietante.

He de reconocer que me asusté un poco. Lo desconocido siempre da algo de miedo. Pero soy un científico y me mueve la curiosidad. Tenía aún cinco días de viaje por delante y eso me daba una oportunidad única de explorar el universo paralelo de los criadores. Salí de la reconfortante seguridad de Folsom y me volví con mis compañeros, los aliens.


Tengo que reconocer que mi investigación científica no tuvo todo el éxito que yo me esperaba. Hay muchas cosas que mi mente no está preparada para entender. Conceptos tan extraños y alejados de mi experiencia que simplemente no soy capaz de imaginar. Cosa que no es de extrañar, dado que estamos hablando de universos alternativos, al fin y al cabo. Nuestras pobres mentes mortales no están diseñadas para cambios de paradigma tan radicales.

Las diferencias son prácticamente ilimitadas. Está por ejemplo lo de los grupos de mensajería. Por algún motivo que se me escapa por completo, los criadores utilizan whatsapp para crear redes llamadas “grupos escolares" en vez de para intercambiarse fotos de pollas. Todo en su uso de los móviles es extraño: evidentemente no esperaba que fueran a tener instalado Grindr, ya que estos criadores son heterosexuales, ¡pero es que por no tener no tienen ni Tinder! ¿Cómo hacen los habitantes de su dimensión para follar? Si no fuera por el hecho de su propensión a engendrar uno diría que ni siquiera lo hacen, ya que ni una sola vez les escuché presumir de ningún polvo suyo. En ausencia de más datos, no podemos excluir la posibilidad de que los criadores se reproduzcan por mitosis o por esporas.

Intenté imaginar cómo deben ser por dentro los hogares criadores. El caos. La confusión. La falta de criterios claros. Nosotros, cuando tenemos visitas en casa, sacamos vino o poppers, según el caso. Los criadores, por lo que pude deducir, Colacao y Aspitos. En la tele tienen puesta Frozen en bucle perpetuo, mientras que para nosotros Internet es un manantial de porno inagotable en el que nunca es necesario ver dos veces la misma corrida. Ellos tienen a La Patrulla Canina y nosotros a Colby Keller. Ellos salen para ir a los caballitos y nosotros a la sauna. Ellos de vez en cuando se encuentran con que alguien ha traído piojos a casa y nosotros… ¡vaya! Resulta que más o menos lo mismo. 



Interesante coincidencia. ¿Existiría algún punto en común entre nuestros universos? Intenté salvar la brecha conversacional aportando que a mí la loción de permetrina y afeitarme el pubis siempre me funciona a las mil maravillas, pero mi comentario no fue muy bien recibido. Después de eso, decidí que era mejor seguir observando en silencio. Hay universos que es mejor no mezclar demasiado, no sea que vaya a implotar el tejido del espacio-tiempo.

septiembre 18, 2017

Era un trabajo sucio, alguien tenía que hacerlo

Supe que aquella mujer me traería problemas desde el primer instante en que la vi. Tengo ojo para esas cosas. Ella llevaba un vestido de noche negro que hacía resaltar la blancura perfecta de su piel, el oro de su melena y el rojo sanguíneo de su carmín. Su silueta era la de una diosa de la época dorada del celuloide. En su rostro llevaba escrita la palabra Pecado.
– Huy, perdone –me dijo mientras se detenía frente a un espejo y se borraba las letras con un algodón desmaquillante–. Qué descuidada soy. En qué estaría yo pensado...
Afuera arreciaba la tormenta. Era una de esas frías y lluviosas noches del verano cántabro en las que solo un perturbado o un alma en la más absoluta de las necesidades se atrevería a salir a la calle. Aún estaba por ver a qué categoría pertenecía la espectacular hembra que acababa de entrar en mi oscura y destartalada guarida de detective privado.



– ¿En qué puedo ayudarla, muñeca? –pregunté haciéndome el duro, como exige el código deontológico de mi profesión.

– Verá, señor Mike... –la mujer se quedó pensativa, como intentando recordar algo más.

– Mike a secas, encanto –dije–. Hábleme con familiaridad.

– Eso es –respondió ella–. No me acordaba. Gracias, señor A Secas. 
Se notaba que la mujer estaba nerviosa, así que le ofrecí asiento y una copita de Coto. Ella me lo agradeció con una sonrisa y un cruce de piernas que a punto estuvo de provocarme un ataque de vértigo. Le conminé a no andarse con rodeos e ir al grano con el asunto que la había traído hasta mí.
– Pues bien, señor A Secas –dijo ella–. Vengo a hablarle del caso del Diamante von Frühstück.
Aquel había sido uno de nuestros casos más sonados, de la época en la que mi compañero y sin embargo amigo J. Arístides aún se pasaba por la agencia, en vez de dedicar todo su tiempo a la cría de podencos de carrera falsificados. El Diamante von Frühstück fue sin duda la joya robada más valiosa que jamás habíamos localizado. Literalmente: jamás la localizamos. Apareció ella sola tres semanas más tarde, debajo de la mesilla de noche de la baronesa von Frühstück, cuando su ama de llaves escocesa la señora McMurray fue a pasar la aspiradora.
– Pero ese caso ya lleva resuelto tres lustros –exclamé.

– Precisamente –respondió la mujer, sacando de algún lado de su ajustado vestido un archivador A-Z grande como Coney Island–. Y todavía no ha terminado usted de rellenar la memoria del autoinforme evaluativo de la investigación. 
¡Demonios! Se trataba de una de las burócratas de la ANED, la Agencia Nacional de Evaluación Detectivesca. La mujer desplegó a la vez sus encantos y un taco de trescientas páginas de informes amarillentos.
– ¡Pero si ya rellené el autoinforme! –protesté.

– ¿Entero? –respondió ella mirándome con gesto desaprobador–. ¿Rellenó usted acaso el formulario 14-B?

– ¡Sí! –dije–. Por triplicado, como me lo pidieron.

– Ya, pero según nuestros archivos se le olvidó adjuntar su certificado de boda.

– Pero, pero... yo no estoy casado.

– ¡No me sorprende! –me espetó poniendo cara de asco–. En ese caso, tendrá usted que aportar fe notarial de no haber contraído matrimonio con las siguientes personas, a ver –y sacando de algún otro lugar de su anatomía una listín telefónico, empezó a enunciar–: Abascal, María Teresa; Abdul, Fátima; Abelárdez, Matilde; Abundio, Carmen...
Intenté escabullirme aduciendo nosequé historias de un caso importantísimo que me acababa de inventar.
– ¿Es urgente? –me preguntó.

– Muchísimo –mentí–. De vida o muerte. Corren peligro varias vidas humanas. ¡Y también de niños!

– En ese caso, sólo necesitará rellenar esta memoria –dijo sacando un tercer documento de cincuenta páginas–. No se olvide de firmar en todas las hojas, y recuerde que pasado un plazo de siete meses naturales tendrá que presentar usted una memoria de evaluación sobre el proceso de evaluación de la memoria de evaluación. ¿Queda claro?

No me molesté en responder. Me quedé leyendo lo que se me pedía.
– ¿Cómo que "resultado final de la investigación"? ¿Cómo voy a saber el resultado antes de haberla hecho?

– Ah, yo que sé –dijo ella, encogiéndose de pechos–. Invéntese algo, hombre. Ponga que el asesino es el mayordomo. Total, es una mera formalidad. Nadie se lee nunca estos documentos.

– ¡Entonces déjeme ir sin rellenarlos!

– ¿Está usted loco? ¡Acabáramos! ¿Dónde se cree usted que vive, en la selva? ¿Qué sería de este país sin la Administración del Estado?
Me imaginé por un momento un país verde y alegre donde todo era armonía y felicidad. La burócrata me sacó de mis ensoñaciones con unas suaves palabras y un par de sopapos bien dados.
– Se ha equivocado usted. El currículum que le pedíamos junto a la solicitud no era en formato abreviado, sino el completo.

– Este es el completo, señorita –dije, intentando que no se notara que dos de las tres páginas de mi currículum eran en realidad recortes de periódico con fecha de 1927.

– Ah, es usted de "esos" –dijo, apañándoselas para pronunciar bien fuerte las comillas–. Me temo que su solicitud no puede ir por el programa de Excelencia Investigadora, sino por el de Retos. Firme aquí.
Firmé. En unas ochenta y siete casillas. Afuera se había calmado la tormenta y empezaba a clarear un nuevo y estúpido día. Otra noche más que se había pasado sin hacer nada de provecho, más que rellenar papeleo...



septiembre 04, 2017

All I can think about is...

Coldplay.

Últimamente parece que da un poco de reparo decir que te gusta Coldplay. Se han convertido en un grupo tan mainstream que escucharlos se ha vuelto sinónimo de carecer de todo gusto musical. No como pasa con Donkiet Kong, que siempre están reinventándose a sí mismos y son por tanto el epítome del sibaritismo hipstérico: 

Extraído de "The Ladybird Book of the Hipster"

A las críticas hay que reconocerles gran parte de razón. Es cierto que Coldplay lleva más de diez años sacando al mercado la misma canción, una y otra vez. Es algo que le ocurre también a muchos otros artistas, por ejemplo Manolo García, que hizo carrera musical con una única canción (la reconoceréis en cualquier cosa suya). Pero a diferencia que ocurre con este, la canción de Coldplay resulta que me gusta. Es una canción espaciosa, con ondulaciones azules y doradas, que le pega bien al verano. Resulta que Colplay ha sacado nuevo álbum (bueno, en realidad es solo un EP) hace casi un mes y yo no me había enterado hasta hace cuatro días. En consecuencia, y dada mi personalidad obsesiva, llevo todos estos días escuchando una y otra vez la primera de las canciones, "All I can think about is you", que es precisamente lo que estaba esperando:

La misma canción de siempre, esa que tanto me gusta, sobre todo a partir del tercer minuto.


Y que ha conseguido, bastante soprendentemente, alargar un poco mi verano interior hasta entrado septiembre.

julio 28, 2017

¡Escándalo!

Sí, ya sé, he tardado un poco en actualizar: Oh.

Pero vayamos a lo importante: ¡Los niños! ¿Es que nadie piensa en los niños?

Ayer por la tarde tuve un rato inquietante. Más que inquietante, incómodo. Más que incómodo, molesto. Bueno, vale, en vez de molesto, inquietante.

Estábamos tomando unos vinos con unos amigos, dos de los cuales habían venido acompañados por un par de interesantes personas de nueve y seis años que acontece que son sus hijos: seres humanos que están alcanzando elevadísimas cotas de inteligencia y galanura a pesar de la deficiente educación que están recibiendo de sus padres y de los curas a quienes éstos pagan abundantemente para que les enseñen mitología y valores éticos de la edad de bronce. La madre es amiga de toda la vida del osezno, por lo que lo que sucedió a continuación me pilló totalmente desprevenido:
– Entonces tú y el osezno, ¿sois hermanos? –me preguntó el mayor.
Miré a la madre con cara entre el espanto y el reproche, esperando (en vano) que se hiciera cargo de la educación psicosocial de su hijo nacido en pleno siglo XXI. Ella estaba a la sazón muy ocupada ensalzando a los ingleses, que por lo visto están mucho más avanzados que los españoles en relaciones laborales.
– No, no somos hermanos –respondí sin comprometerme demasiado.

– Entonces, ¿por qué estáis tan unidos el osezno y tú?

– Uh... ¿no prefieres que hablemos de Bob Esponja o algo así?

– ¡Eso son cosas de niños pequeños! Y vosotros, ¿vivís juntos?

– Sí, vivimos juntos.

– ¿Y desde cuándo conoces al osezno? ¿Sois amigos desde el cole y por eso os lleváis tan bien?

– Desde la Universidad...

– Pero, ¿y cómo es que sabes tan bien lo que le gusta y lo que no le gusta al osezno? Os conocéis mucho, ¿no crees?

– Mirá nene, dejáme vivir. 
El muchacho, que de tonto no tiene un pelo a pesar de que le hayan comido el tarro para hacer la primera comunión hace unos meses, volvió a la carga varias veces a lo largo de la noche. Yo estuve tentado de explicarle profusamente nuestra relación, pero me abstuve elegantemente. Uno pensaría que en todo este tiempo su madre debería haber tenido ocasión de sobra para explicarle a sus hijos con toda naturalidad lo de sus amigos maricones, pero no. Sin comerlo ni beberlo, nos acababan de meter de vuelta al armario.

Sólo espero que el niño no se haya rendido y que haya sometido a su madre a un digno interrogatorio al volver a casa. Yo volví a la mía profundamente escandalizado. ¡Los niños! ¿Es que nadie piensa en los niños?




abril 13, 2017

Procesión de Jueves Santo

A continuación, procederemos a la tradicional retransmisión narrada de la Procesión de Jueves Santo de nuestra ciudad. Por respeto a estas fechas, esta narración no irá acompañada por ninguna foto, música u otra distracción que nos pudiera apartar del debido fervor que nos inspira la Semana Santa.

Aun sin alcanzar la fama mundial de otras procesiones como las de Sevilla, Córdoba o Zamora, la de nuestra querida ciudad no es menor a sus hermanas en devoción de sus participantes, tradición histórica y sentimiento popular. Los pasos de esta procesión albergan tesoros reconocidos de la imaginería sacra que se remontan al Barroco español. Comienza, pues, esta retransmisión en atención a las personas que ya sea por motivos de trabajo o de salud no pueden disfrutar de esta procesión en vivo.

Se abre el cortejo con la tradicional Cruz de Guía. En nuestro caso se trata de una imponente cruz de dos metros de altura, sobria, sin más adornos que unas sutiles filigranas de oro, plata y zafiros que, engarzados sobre la severa superficie oscura del ébano, reflejan el espíritu de pobreza de Nuestro Señor Jesucristo, fielmente continuado y transmitido por la Santa Madre Iglesia. La cruz, tallada en el siglo XVIII por el maestro ebanista gaditano Juan Pedro de Morrete, está siendo portada este año por un esforzado y musculoso nazareno de la Hermandad del Santo Escapulario, ataviado con los humildes terciopelos violeta de su cofradía, quien ha estado entrenando durante todo el año en el Santo Gimnasio de la Catedral para poder soportar la pesada a la par que gozosa carga del señorial crucifijo. Ahora, mientras hablamos, el nazareno se detiene un momento para retomar fuerzas, se levanta pudorosamente el capuchón y se bebe de forma discreta un batido de proteínas y aminoácidos ramificados. Detrás de él, varios compañeros de la misma cofradía, encapuchados acordemente, comentan entre susurros los sacrificios que supone llevar una dieta estricta a base de pechugas de pollo, arroz y creatinina. Todo sea por la mayor gloria de la Semana Santa.

Vienen a continuación, en espíritu de cristiana igualdad y fraternidad y por riguroso orden jerárquico, los superiores de las principales cofradías: los Hermanos Mayores, portando los Libros de Reglas de cada una de las hermandades, los Tenientes de Hermano Mayor, los Mayordomos, los Hermanos Consiliarios, los Secretarios, los diversos Priostes, los varios estamentos de Diputados, el Capillero y los variopintos Hermanos de Honor, en una elegante estructura que denota la sencillez que caracteriza a nuestra fe. Todos ellos llevan erguidos estandartes y poseen ese preciado atributo que les concede el honor de poder acceder tan altos puestos en una cofradía de Semana Santa: pene. 

Llega ahora el senatus, estiloso estandarte penitencial en terciopelos y seda roja cardenalicia con las siglas romanas SPQR bordadas en hilo de oro. Cuenta la tradición que el estandarte que hoy podemos admirar fue bordado en el siglo XIX por las monjitas del Convento de Nuestra Señora del Bendito Corazón durante la Guerra de Independencia, aun mientras fuera de los muros del convento volaban las balas y morían cientos de inocentes. Que las piadosas hermanas tuvieran la entereza de seguir con sus rezos y sus bordados cuando en su lugar otras mujeres más débiles en su fe hubieran estado socorriendo a los heridos da testimonio de lo grande que es nuestra devoción católica.

Acto seguido, pero con la majestuosa solemnidad propia de la procesión, comparecen las bocinas y añafiles,  evocando la trompeta del Arcángel San Gabriel en el Día del Juicio Final, que ojalá llegue pronto de una vez. Contrariamente a lo que cabría esperar, estos instrumentos no se hacen sonar, sino que guardan un respetuoso silencio para no perturbar la paz de cofrades, penintentes y espectadores.

De perturbar dicha paz ya se encargan los tambores, trompetas, silbatos y pífanos que vienen a continuación, manejados por entusiastas cofrades que este año parecen empeñados en demostrar su devoción rompiendo el récord Guinness de decibelios en una vía pública. Los instrumentos vienen precedidos por un temblor en el pavimento y en los edificios circundantes de magnitud 6.4 en la escala de Richter. A su paso, como conmovidos por la fuerza de la fe,  van cayendo fragmentos de escayola de las fachadas, lloran niños y mayores, se desprenden de forma espontánea las cataratas (y de paso las propias córneas) de varios transeúntes y se producen escenas de éxtasis, desmayos y estampidas de animales. 

Llega una de las secciones más emocionantes de la procesión: la de los nazarenos penitentes, que cargan con la cruz de sus pecados y, sobre todo y muy especialmente, los de los demás, esos descastados que no han venido a la procesión y por lo tanto no tienen los oídos sangrantes en estos momentos. Visten algunos nazarenos capas y capuchones, cada uno según el color de su Hermandad: ora negro, ora azul oscuro, púrpura, marrón, granate, blanco roto o rosa melocotón. Otros, los que más fe quieren que sepan sus vecinos que tienen, cargan a sus espaldas pesadas cruces. Pasa a nuestro lado ahora la Cofradía de la Pasión Acuciante, caminando descalza. Unos monaguillos, vestidos provocativamente con faldita y canesú, van arrojando clavos ardientes a la calzada, para potenciar el sufrimiento de los penitentes. Tarda en pasar esta parte de la comitiva entre seis y nueve horas, tratándose como se trata de una procesión rápida. No es cuestión de perturbar el tráfico de la ciudad más tiempo del estrictamente necesario.

Tras los nazarenos circulan los acólitos (ceroferarios, tuniferarios y pertigueros), ataviados en sencilla dalmática bizantina de lino y estofa bordados, con sobrios galones en dorado y bermellón, borlas y orlas, insignias, cenefas, botonaduras y filigrana a juego con las penitencias que acabamos de contemplar y que nos retrotraen a la época dorada de las órdenes mendicantes.

Y por fin comparece el plato fuerte de la Procesión: los Pasos. Este año son cuatro los que honran las calles con su majestuosa presencia. El primero es el más antiguo, la Magdalena Suplicante. Se trata de una figura considerada por algunos como una obra menor, pero atribuida al mismísimo maestro Juan de Mesa en sus años de juventud. Se trata de una talla sencilla, sin palio, sita sobre parihuela de tres toneladas métricas y realizada en pasta de madera y telas encoladas y policromadas. La talla, de unos 1.6 metros de estatura, representa a escala la figura de María Magdalena, llorando como una ídem ante la pasión y crucifixión de Nuestro Señor. En su rostro convulso y pintado como una puerta, el rímel se corre en exquisitos goterones negruzcos, denotando tensión dramática, dolor y moco. Viste la Magdalena, con la habitual fidelidad histórica a la que nos tiene acostumbrada la imaginería sacra, la típica indumentaria de una prostituta de judea en el siglo I: vestido de cintura alta en seda azul celeste con verdugado español, escote medíceo en forma de V con tassel almidonado, mangas abombadas y gorguera de Flandes a juego.  Eso sí, todo tapado por una arpillera negra porque estamos en Semana Santa, lógicamente.

El segundo paso pertenece a la Hermandad del Sacro Coxis Lumbar y se centra en la figura Nuestra Señora de las Angustias y los Agudos Dolores en el Vientre y la Persistente Quemazón Provocada Por La Urticaria. Se trata de una figura pequeñita, del siglo XVIII, atribuída al taller del maestro Petronilo de Cuenca, ataviada en raso y terciopelo negro bajo palio naranja butano. La Virgen está arrodillada en actitud orante, de humilde aceptación. Su corona es de platino con diamantes engarzados. Como la figura en sí es de pequeño tamaño (apenas un metro veinte), las esposas de los cofradades han engalanado la parihuela con seis mil cirios hechos con cerumen de oveja abisinia. Los costaleros, que se estrenan todos este año (los supervivientes del año pasado aún ocupan el ala de traumatología del hospital Virgen del Copago) consiguen que la figura se mueva suavemente, como si levitara entre nubes, pese a que el Paso tiene aproximadamente el tamaño y la masa de un tanque alemán de la II Guerra Mundial.

Llega, solemne, el Paso del Cristo Agonizante del Espantoso Sufrimiento, obra cumbre del siglo XVII: una majestuosa talla que refleja algunas de las ingeniosas torturas que sufrió Nuestro Señor en el camino al Calvario. La figura, tallada según dice la leyenda a partir de una pieza única procedente de un roble centenario, fue elaborada por el maestro sevillano Simón de Botijocerrado; es una pieza exquisitamente lacada y policromada según la técnica del estofado, que sufrió graves daños durante el incendio de 1879 y fue posteriormente restaurada, por iniciativa popular, hasta recuperar su gloria inicial. Como suele suceder en las tallas de la escuela andaluza, la figura rehúye de efectismos innecesarios, mostrando con serenidad los más mínimos detalles: la Corona de Espinas se clava en la piel del Redentor, perforándola y arrancando copiosos ríos de sangre que se unen a los provinientes de las llagas, pústulas y flagelaciones de los latigazos, las lesiones incisocontusas de armas de distinta consideración, los estigmas, los arañazos, las escarificaciones y los diversos traumatismos; con inusitado realismo, la sangre mana por innumerables heridas, gotea por todo el cuerpo de Nuestro Señor y forma un charco a sus pies, que están cubiertos de ampollas y están siendo mordidos por perros rabiosos. Se trata sin duda de una imagen edificante para niños y mayores. Al paso de la figura, decenas de señoras ancianas, las auténticas groupies del catolicismo, se echan a llorar a moco tendido.
– Esto es un sentimiento muy grande, que no se puede explicar –dicen, pero con bastantes menos fonemas.
Por último asistimos, arrebolados, al tránsito del último de los Pasos, el Mayúsculo Cristo Triunfante del Gran Poder Plenipotenciario y Multiusos de la Gloria Trascendente de Todos Los Santos Por Orden Alfabético Inverso, un espléndido madero de 1642 atribuído a Tomás Jesús de Calamoñas y actualmente en custodia de la Hermandad del Reloj Atómico de San Fernando. La figura mide como doce metros de altura, pesa tanto que va dejando surcos en el asfalto por donde pasa y está dotada de un ingenioso sistema de bisagras y poleas que le permite mover los brazos, girar la cabeza y escupir fuego por la boca, para deleite de todos los asistentes.

Ya casi ha acabado la Santa Procesión. Sólo queda que tras los pasos caminen, esquivando los charcos de cera ardiente, sangre, aceite, sudor y esputos, los representantes del poder civil: jueces, militares y políticos locales y nacionales, demostrando como es debido que en este país, ahora y siempre, la religión va delante de todo lo demás. Como debe ser.






marzo 24, 2017

Gestión de conflictos

Mi problema, tal vez, es que nunca he tenido problemas.

No sé bien cómo gestionar las situaciones de conflicto. La vida me ha tratado tan bien que no he tenido muchas oportunidades para aprender.  

No tengo hermanos, así que nunca he tenido con quién pelearme de forma regular. Por supuesto que de niño tuve mis riñas de patio de colegio, como todo el mundo, pero desde entonces todo me ha ido bastante rodado: estoy a cuatrocientos kilómetros de las broncas familiares, en mi entorno laboral inmediato si hay broncas yo nunca las he visto, y he tenido la tremenda suerte de encontrarme con un osezno con el que en diecisiete años solo he tenido un enfado digno de mención, y sólo nos duró unas pocas horas. Con él, la disputa más gorda suele ser a qué cafetería vamos para desayunar por la mañana. La gente me pregunta cuál es el secreto para tener una relación tan duradera en estos tiempos, y siempre respondo que cómo sería posible no tenerla, estando al lado un chollo de persona como es el osezno.  En mi vida solo me he enfrentado a un enemigo, yo mismo, y yo, como rival, la verdad es soy bastante birrioso. 

No es que me queje del asunto. ¡Líbreme el todopoderoso Monstruo Espagueti Volador Gigante! Pero hay una consecuencia de todo esto, y es que casi nunca he tenido que enfrentarme a las consecuencias emocionales del conflicto. No sé bien cómo gestionar mis emociones en situaciones de enfrentamiento. Como muestra, un botón: la última vez que tuve un rifirrafe dialéctico fue en una discusión banal de escalera de vecinos, y dormí mal durante casi una semana. Tras aquella pelea de tres al cuarto con la vecina, un buen amigo me dio un consejo inapreciable:

"No le puedes caer bien a todo el mundo. Acéptalo."

Y creo que más o menos lo he aceptado, intelectualmente al menos, pero aunque ya no me llevo un disgusto personal cada vez que alguien me mira mal, eso no significa que me haya aprendido a manejar mis emociones.

No me estoy refiriendo a la agresividad. Es verdad que en las raras veces en que discuto por algo tiendo a calientarme y perder cierto control, sí, y eso es un problema muy serio. No me siento nada orgulloso de ello y es algo sobre  lo que tengo que trabajar duramente, pero tampoco creo que mi forma de reaccionar sea más virulenta que la de la mayoría de las personas.  Tal vez alce mi voz más de lo debido o diga algo de lo que luego me arrepienta, pero creo que no soy de los de sacar el bate de béisbol y los puños americanos en un arrebato. No, lo que me trae frito hoy es una cosa diferente: el llamado "post-pelea", que me está dando un día un poco horripilante.



La culpa es de las puñeteras Vicisitudes de la Vida: son ellas las que me han colocado en una posición en la que me toca luchar y hacer mías peleas de otros. Esta mañana he tenido una de ellas, con una de las conversaciones de teléfono más absurdas y desagradables que he tenido el disgusto de mantener nunca. Menos mal que la conversación, por llamarla de alguna manera, se vio interrumpida por la llegada de un paquete postal que tenía que bajar a firmar, que si no aún estaríamos agarrados al auricular y la escalada de las hostilidades habría sido de ríete tú de la Guerra de los Cien Años. Pero la cosa no se va a quedar aquí, y preveo que las próximas semanas van a ser interesantes de lo lindo.

Aquí es donde viene mi petición de auxilio: ¿qué hago yo ahora con este disgusto que llevo dentro? ¿Cómo se maneja esto? Esa sensación de ardor que te revuelve las tripas y no te deja reposar, que te acelera el pulso y te lleva una y otra vez a revivir la conversación; a imaginar respuestas mordaces y certeras que jamás llegarán a ser dichas en su momento justo. Esa especie de sentimiento de culpa por atacar y haber sido atacado. Esa sensación de inferioridad, la duda de si el otro habrá tenido la razón o si simplemente es que es mala persona... todo eso que lleva dándome vueltas a la cabeza todo el día, y seguirá haciéndolo sin duda todo el fin de semana, y que me lleva a estar intentando desahogarme en estas líneas en vez de hacer lo que debería hacer, que es concentrarme en mi trabajo y responder al referee de mi artículo, que ya va siendo hora. Con la pequeña tortura adicional de ser consciente de que todo esto en es el fondo por una soplapollez. ¿Qué será cuando tenga que enfrentarme a un conflicto de verdad?

En serio, ¿cómo hacéis, los que tenéis experiencia peleadora? ¿Esto mejora con el tiempo o va a ser siempre así? Porque, sinceramente, me entran ganas de meterme a alguna otra profesión que me obligue a aislarme por siempre de mis semejantes, como monje, informático o algo así. 

febrero 04, 2017

Una decisión histórica

En la tarde de hoy, viernes 3 de febrero de 2017, y con toda la solemnidad que la ocasión requería, se ha procedido a la lectura de un comunicado de la mayor importancia.

El comunicado ha llegado lo más rápidamente posible. Al fin y al cabo, el Club de Lectura para Señoras de Mediana Edad (CLeSME) de Bernuy de Porreros, Segovia, sólo se reúne el primer viernes de cada mes. En esta ocasión el libro que debía ser comentado era "Loca por las compras", de la ya veterana literata Sophie Kinsella. La señora Kinsella es sin duda una de las escritoras más populares entre las cinco socias aún vivas de la CLeSME, ya que sus obras se adaptan perfectamente a los estándares de calidad exigidos por el club de lectura, que consisten básicamente en tener algo que leer rápidamente y que poder comentar en cinco minutos para a continuación poder dedicarse todas a beber pacharán y hablar mal de los respectivos maridos, que es al fin y al cabo da verdadera razón de ser de la CLeSME.


Sin embargo en esta ocasión la alta literatura ha quedado relegada a un papel aún más insignificante, si cabe. El motivo ha sido, cómo no, la preocupante situación geopolítica:
– ¿Habéis oído lo del Trán, chicas? –preguntó nada más empezar la reunión doña Balbina, la de la carnicería.

– ¿Trán? ¿Qué Trán? –respondió la señorita Milagros, farmacéutica y única integrante soltera de la CLeSME.

– ¡De qué Trán va a estar hablando, mujer! –intervino la señora Presidenta de la asociación, doña Eustaquia Remorillas–. ¡Pues del Dónal Trán ese, quién va a ser! El americano, ese de los pelos.
Este comienzo, que no queda otra que admitir que como inicio de un profundo análisis de la política internacional parece dejar un poco que desear, ha dado sin embargo pie a una de las reuniones más interesantes –y también más largas– de la CLeSME desde que esta asociación iniciara su andadura, allá por 1978. Al término de la cual la señora Presidenta, que ocupa también los cargos de Portavoz, Tesorera, Secretaria y Ministra de Exteriores de la asociación (además de ser la encargada de llevar las sillas plegables a la peña), ha leído el siguiente comunicado:
"Nosotras las aquí presentes, menos la Herminia que se ha abstenido porque está un poco sorda y creo que no se ha enterado bien de qué iba la misa la media, exigimos al señor Trán, presidente de América, que deje de hacer el indio de una vez, hombre ya, y deje que la gente entre y salga del país cuando quiera, siempre y cuando nadie se meta con nadie, faltaría más, y que no pase lo que ocurre aquí en el pueblo, que somos pocos y mal avenidos, pero al final todos nos queremos a nuestra manera y si hay que ir a un velatorio o algo a acompañar a la familia porque en esos momentos se pasa muy mal, pues se va y punto, como está mandado".
El comunicado se ha extendido como la pólvora a lo largo y ancho del pueblo y rápidamente se han adherido al él, desde el calor de sus casas porque en esta época del año hace un frío considerable, el cura párroco del pueblo, don Kevin Oswaldo Garrido y la peluquera, señorita Fuencisla Palomo.

A esta hora se desconoce todavía cuál será la respuesta oficial de la Casa Blanca, aunque es de esperar que el Presidente se encuentre en estos momentos profundamente preocupado y sienta unos deseos irrefrenables de enmendar su conducta. Al fin y al cabo, se le nota que es un hombre sensible, abierto al diálogo y preocupado por lo que piensen de él los demás. De este modo, cabe esperar que el comunicado de la CLeSME surta tanto efecto, si es que no mayor, como el resto de las declaraciones y protestas que se han emitido durante estas últimas semanas por otras instituciones que, si bien no tienen tantan solera ni son capaces de expresar su postura con tanta elocuencia como el club de lectura de Bernuy, también aportan su granito de arena a la hora de construir un mundo mejor.


diciembre 30, 2016

Momentos de entrañable idiocia navideña

Siempre tiene que liarse alguna, coincidiendo con estas fechas tan familiares y hogareñas. Los paranoicos de la conspiración piensan que se trata de algún tipo de cortina de humo: los malignos Poderes Fácticos, así con mayúscula que queda más grandioso y esotérico, dominan la prensa y fabrican noticias absurdas para distraernos de la Terrible Realidad, también mayúscula, como parte de un Plan Siniestro que no alcanzamos a comprender.

Yo, sin embargo, pienso que se trata de un bonito regalo, un gesto amable, para los cuñaos.

Hay que entender que estas festividades están llenas de cenas y reuniones en las que se juntan familiares que no se ven más que una vez al año y que, en la mayoría de los casos, no tienen nada en común más allá del ADN mitocondrial. Son muchas horas para estar todos juntos, y los temas de conversación se acaban demasiado pronto. Los lugares comunes más socorridos, que son la lista de familiares recientemente fallecidos y las batallitas de juventud (esto es, de la época de los merovingios), tienen sus limitaciones y llega un momento en el que es necesario hablar de algo. La televisión ayuda un poco a mitigar los incómodos silencios, pero a estas alturas todos nos sabemos ya de memoria "Los diez mandamientos" y encima este año no ha habido gala especial de Raphael. Urge tener un asunto sobre el cual los cuñaos puedan explayarse, sentar cátedra y acabar la noche como Dios manda, es decir, con una discusión monumental y el deseo sincero de no volver a ver a tu familia hasta las próximas navidades o el siguiente entierro, lo que ocurra antes. Preferiblemente lo segundo.

Sabiendo esto, la prensa (libre) acude en rescate de las familias españolas proporcionando temas de conversación amenos, divertidos y sanamente polémicos, capaces de llenar de emoción ya sea cenas de empresa, reuniones de amigos o banquetes familiares. Los requisitos de estas noticias dadoras de vida social son sencillos: ha de tratarse de asuntos relacionados con la política, debidamente cercanos para parecer interesantes a niños y mayores y, lo más importante, que sean absolutamente irrelevantes, a fin de no acabar la cosa en Guerra Civil, que es algo que mancha mucho.

Carmena, en este sentido, está resultando un filón tonti-mediático.

El greatest hit del año pasado, todos lo recordaremos, fue la solemne estupidez de la cabalgata de Reyes: "jamás te lo perdonaré, Carmena... ¡jamás!". Aquella fue muy buena: la de risas que nos echamos todos con ello. Lo único malo fue que aquella noticia llegó ya acabando las vacaciones, cuando ya apenas quedaban cenas familiares que amenizar con sabrosa ideología.

Este año han andado un poco más rápidos y el top cuñao de la Navidad está encabezado por la noticia de la limitación del tráfico en Madrid por la alta contaminación, fruto por una parte de la pertinaz sequía y por otra parte de que somos unos guarros y unos descerebrados. Arde internet con ingeniosos memes, nacidos de las preclaras mentes de OK Diario, y la mismísima Esperanza Aguirre, santa patrona de los cuñaos de este país, ayuda a amenizar la tesitura con sus célebres "yo nunca dije aquello que aparece en las hemerotecas", tan celebrados. La campaña está siendo un completo éxito y las cenas navideñas están acabando tan calentitas que no hace falta ni encender la estufa, con las heladas que están cayendo. Todo ha salido a pedir de Milhouse.   

Da lo mismo que la noticia sea más vieja que la tos y que este tipo de medidas se estén tomando desde hace años sin que pase absolutamente nada en ciudades como París, Milán o Berlín: esto es un escándalo. También da igual que no haya mucho donde rascar. El argumento es sencillo. Por un lado no tener libertad para poder coger el coche da mucho fastidio, y la gente no se mueve tanto al centro, lo que provoca pérdidas ecómicas ya que las ventas son menores que de la otra forma. Por otro lado, todos los años mueren unas siete mil personas en España por problemas directamente causados por la contaminación en las grandes ciudades, que hoy en día ya no se debe principalmente a la idustria, como en el feliz siglo XIX, sino a la circulación. 

Es decir: en una mano pongo el dinero, mi comodidad y mi libertad para hacer lo que me de la gana, y en la otra vidas humanas (no la mía, sino la de otras personas a las que no conozco y que, por tanto, no importan). Evidentemente, hay que luchar a muerte por lo primero: ¡libertad y confort ante todo! 

Pero no todo el mundo lo ve tan claro, empezando por la Carmena bolivariana, y por lo tanto ya tenemos una preciosa discusión de cuñaos para entretenernos en estas fiestas. La alternativa, que sería terrible, es prestar atención al abuelo, y ninguno queremos eso. Excepto, tal vez, el propio abuelo.











diciembre 24, 2016

noviembre 09, 2016

El Señor Mayor que hay en mí

Asisto, aterrado, a un espectáculo perturbador: el de mis propias emociones. 

No sé si habréis tenido alguna vez la inquietante experiencia de estar viendo las imágenes de un horrible accidente en carretera y no poder apartar la mirada. O de ver que hay un erizo aplastado en la calzada y no poder evitar acercarte a ver cómo han quedado desparramados sus intestinos. Hay algo dentro de muchos de nosotros que se regodea en lo catastrófico, que no puede dejar de contemplar lo truculento, que siente curiosidad por los detalles más dolorosos. Y no se trata solamente de asistir (con el metafórico cubo de palomitas de maíz en mano) al espectáculo de la desgracia ajena, sino también de revolcarse en la propia (que me lo digan a mí, que soy obsesivo-compulsivo y me paso el día todo entretenido repasando mentalmente mis momentos de angustia): esa fuerza interior que nos arrastra a admirar el desastre.

Me avergüenza mucho tener esa faceta.

Algo de esto me ha sucedido hoy. Me desperté a las seis de la mañana para ir a mear –mi próstata ya no es lo que era–, encendí el móvil para mirar cómo iba el recuento de votos en los Estados Unidos, y ya no pude volver a pegar ojo. Peor aún, no pude dejar de mirar la pantalla y refrescarla cada quince segundos. Ya estaba clarísimo cuál iba a ser el resultado, pero no podía dejar de mirar. Igual que con lo del erizo espachurrado.

Fascinación morbosa por lo catastrófico. Debería hacérmelo mirar.

Pero hay algo peor aún. Otra faceta de mi personalidad de la que me avergüenzo más todavía: la pequeña parte de mi que se alegra porque haya ganado Trump.

Sí, como lo habéis oído.

Es esa faceta que yo llamo mi Señor Mayor Interior. Ese que está esperando que alguien cuente una mala noticia para poder decir triunfalmente:

"¿Ves? Lo que yo decía"

O su variante:

"No digas que no te avisé"

Mi Señor Mayor Interior se alegra cuando pasan cosas malas, incluso si esas cosas malas le afectan a él, porque así se puede poner cínico, que es algo muy satisfactorio, y porque se siente superior a los demás al llevar la razón en que todo está fatal. Mi Señor Mayor Interior se alegra cuando oye hablar de un divorcio "porque se veía venir". Mi Señor Mayor Interior aplaude cuando alguien se da un trompazo con el coche porque "así aprenderá a conducir como es debido". Mi Señor Mayor Interior está deseando que se inunden las ciudades costeras de medio mundo para poder decir: "lo que yo decía, insensatos: ¡calentamiento global!". Mi Señor Mayor Interior se muere de ganas de que me caiga un buen castigo divino, preferiblemente en forma de enfermedad incurable, por mi estilo de vida ateo, hedonista y liberal. Así aprenderé lo que es bueno. A mi Señor Mayor Interior parece que Trump le va a dar mucho juego.

Estoy pensando ponerle a mi Señor Mayor Interior un taxi, para que pueda dar rienda suelta a sus comentarios. Preferiría darle en adopción y librarme de él, pero me temo que no va a ser posible. El Señor Mayor Interior está para quedarse.

Mi Señor Mayor Interior es uno de los monstruos que llevo dentro.  Y hoy, más que nunca, los monstruos están de moda.







noviembre 05, 2016

Debemos salvear el Españardo

Amigos:

En estos tiempos de modernitud acelerada, cuando los recursos tecnologísticos y electronísticos de las redes socieras hacen que la inmedietud prime sobre la profundidez, asistimos a una imparable degradancia de nuestro bello idioma, el españardo. No es un hecho aislado, no: algo parecido ocurre con otras lenguas de nuestro entorno, como por ejemplo el franciano, es italés, el catalón, el galléguico o incluso otras lenguas de originamiento no latínico como puede ser el alemano: idiomas de gran complejitud semantical y gramántica que, ya sea por mera ignorentez o por influancia de extranjereces venidas por ejemplo del inglaterrano, están perdiendo su ricura y su diversitud. Y esto, amigos míos, me provoquea mucha tristura. 

Entiendo que las reglas de una lengua no son inmutantes y que es la libertud soberánica de los habladores la que determina la destinación última del idioma, al margen de los designios academísticos, pero no puedo dejar de sentir desanimez al constatear cómo cada día se habla peormente. La juvendad ya no se expresa con propietud. Se olvidean e ignorean no solo las más elementosas normas gramánticas, sino también se cometen otras tropelancias de índole lexical y semantical: barbaritudes, vulgarancias, aberramientos y descuideces, amén de apócopes, epéntesis y otros metaplasmos,  que desvirtúan nuestra hermuda lengua y la convierten en una parodiez de sí misma.

¿Qué podemos hacer? La respuesta, como siempre, está en la educancia. No hay que desanimarse. Debemos insistir en transmisionar a la juventuz la herancia de nuestros antepasantes. Que sepan que todo tiene una motivación perfectamente lógica y que si hoy en día decimos "actora" o "doctriz" en vez de las ridículas versiones "actriz", "doctora", sólo por poner solo un par de ejemplificaciones, es por un motivamiento claro y evidente, que no podría ser de otra manera. Y eso, amigos, es algo que hasta los adolescianos deberían saber.

Y por todo eso repiteo una vez más: ¡hay que salvear el españardo!



junio 24, 2016

Vidas Ejemplares de Políticos IX y de Santos (y Santas) VI

En estos momentos tan especiales y bonitos que estamos viviendo, es más apropiado que nunca que juntemos en una sola columna nuestra serie sobre Vidas Ejemplares de Políticos y nuestro Rincón de Hagiógrafo para hablar de 

Don Sísifo José de Pedralbes y Sopeña-Bífidus, Santo Patrón de los Ministros y Subsecretarios de Estado

Don Sísifo José, a diferencia de otros muchos notables de su Partido, no entró en política para forrarse, sino por puro y simple mandato divino.  

Lo tuvo muy claro desde pequeñito. En vez de jugar al fútbol en los recreos con sus compañeros de clase, el joven Sísisfo José se pasaba los ratos libres hablando con las voces ultraterrenas que sólo él era capaz de oír. Todas las tardes después de la merienda solía recibir visitas divinas, ya fueran del mismísimo Dios persona o, si Éste tenía algún problema de agenda, de algún sustituto apropiado, ya fuere de un ángel, querubín, serafín, potestad, principado o algún otro estamento de la jerarquía celeste. Sus padres estaban encantados, porque veían a su hijo crecer feliz y acompañado de presencias invisibles, con lo que se ahorraban un dineral en invitaciones a fiestas de cumpleaños y otras absurdas celebraciones sociales de compromiso.

Don Sísifo José crecía en sabiduría, en estatura y en Gracia para con Dios y los hombres, aunque más para con el primero que para con los últimos, y más para con éstos que para con las mujeres, que no se acercaban a él ni para tocarle con un palo. Tampoco es que él lo quisiera, siendo como era uña y carne con la Santísima Virgen, con quien tomaba café todas las mañanas después del Ángelus. Cabría haber esperado que un muchacho tan bien relacionado con las altas esferas celestiales se hubiese metido a cura, pero no: para sorpresa de todos, Sísifo José se metió en política. 

Fue el propio Dios quien se lo ordenó, una cálida mañana de enero: "Sísifo, cariño, te he elegido para que seas Faro de la Fe y Luz de los Pueblos, siempre y cuando esos Pueblos sean gente de bien, no moros ni rojos ni feministas ni perroflautas ni independentistas ni mierdas de esas. A esos, porrazo limpio y que aprendan lo que es bueno". 

"Qué ilusión", oró internamente el joven Sísifo mientras tiraba de la cadena (porque Dios, cuando se aparece, no se anda con miramientos ni se para a preguntar a su interlocutor si le pilla en buen momento o si prefiere que llame un poco más tarde), "¿voy a ser Papa?".   

"No", le respondió telepáticamente el Altísimo, "¿con esa pinta de besugo hervido que tienes? Estás tonto. Tú vas a ser algo mucho mejor que Sumo Pontífice, chaval: te voy a hacer Ministro". 

Al día siguiente Sísifo José se presentó en la sede del partido y le dijo al conserje: "Hola, buenas, vengo porque unas voces me han dicho que me presente para lo de ministro". Aquello impresionó al conserje, porque era lo más sensato que había oído en ese lugar durante los últimos treinta años, así que, previendo que ese muchacho iba a llegar muy lejos, le abrió las puertas de la sede, le dio un recogedor y una escoba, y le dijo que lo dejara todo bien limpio para la mañana siguiente.

Comenzó así una de las carreras políticas más meteóricas que jamás se hayan visto. Don Sísifo José reunía en su persona todas las cualidades que definen a un gran hombre de estado: un completo alejamiento de la realidad, unas férreas convicciones (que le dictaba punto por punto su confesor) y la asombrosa capacidad de no estar nunca equivocado ya que, si alguna vez se le achacaba algún error, siempre podía echarle las culpas a algún ángel que no le hubiera transmitido bien los designios divinos.


Y tal como estaba escrito, don Sísifo José llegó a Ministro. Tuvo la sabiduría de rodearse de un Gabinete de personas preparadísimas para ayudarle en su gestión: en concreto, a la Primera Persona (o Hipóstasis) de la Santísima Trinidad la nombró Viceministra, a la Segunda Persona, Secretaria de Estado, a la Tercera Persona (también conocida como Paloma) la nombró Subsecretaria y a la Virgen la nombró Portavoz e imagen pública de los asuntos ministeriales. Las ruedas de prensa fueron sustituidas por Apariciones, las publicaciones en el BOE se incorporaron como versículos adicionales al Credo Niceno y el proceso de acceso al funcionariado por oposciones públicas fue reemplazado por un complicado pero elegante sistema de cónclaves y fumatas blancas o negras la mar de resultón. Algunas de las medidas más notorias de su mandato fueron la declaración de una Santa Cruzada contra los refugiados sirios, la ilegalización de los pechos femeninos y la concesión del título de Campeón de la Liga de Fútbol a Santo Tomás de Aquino. Ninguna de estas medidas resultó ser ni siquiera ligeramente controvertida, ya que toda discrepancia había sido declarada Contraria a la Fe y objeto de persecución por el tribunal de la Santa Inquisición, restituido a sus plenas funciones y poderes por el mismísimo Dios Nuestro Señor a través de su siervo, don Sísifo José de Pedralbes y Sopeña-Bífidus, Ministro de España por la gracia del Ídem. 

En un acto milagroso propio de él, don Sísifo José fue canonizado en vida, durante su mandato como Ministro en Funciones en uno de aquellos periodos tontos entre elecciones generales propios de la época, o al menos eso es lo que a él le dijeron al oído Las Voces.

Larga vida a San Sísifo José, santo patrón de los ministros, amén Jesús.



mayo 08, 2016

Los ingleses son todos feos...

...y en el Reino Unido se come mal, y allí siempre llueve, y Londres es una ciudad fea y gris, y como en España no se vive en ningún sitio: pffffft.



























¡Los estereotipos son caca!
 

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