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marzo 19, 2019
marzo 19, 2018
marzo 19, 2017
Diecisiete
Recientemente hemos recibido en casa una carta oficial, con pinta de invitación para boda, en la que el Excelentísimo Señor Alcalde (una mujer) de Santander nos saludaba al Sr. Sufur (un perro) y a la Sra. Osezno (un hombre), felicitándonos por llevar tropecientos años registrados en los archivos del Ayuntamiento como pareja de hecho, y pidiéndonos que les escribiéramos para saber si continuábamos en el mismo feliz estado civil o si por contra nos habíamos disuelto como azucarillos en la boca de un caballo.
Esta anécdota tiene las siguientes lecturas:
Uno, que el Ayuntamiento de Santander es una rancia institución machista que haría mejor en gastar sus dineros en revisar su protocolo y entender que las mujeres también pueden ocupar puestos de responsabilidad y que no todas las parejas son de un señor con una señora, en vez de emplearlo en mandar cartas en cartulina color vainilla con letras en siena tostado. ¡Panda de antiguos!
Dos, que parece ser que la gente no se olvida de pedir el divorcio cuando quieren dejar de estar casados, pero sí se olvidan de dar de baja una pareja de hecho cuando ésta se disuelve. Los españoles nos ponemos como locos a la hora de pedir que se tomen en serio las uniones civiles y luego somos nosotros mismos los que seguimos pensando que pasar por el registro es algo insignificante.
Y tres, que como pareja somos ya más viejos que la tos. ¡Hoy cumplimos diecisiete años juntos!
Qué santa paciencia, la del señor Osezno conmigo. ¡Y bendita suerte la mía!
agosto 12, 2016
Cumpleaños con los amiguitos
Lo que tiene cumplir años en agosto es esto: que nunca coincides ni con los compañeros de clase ni con los del trabajo. Está todo cristo de vacaciones.
Esto, de niño, es una putada. El resto de los compañeros tienen fiestas multitudinarias con toneladas de ganchitos y globos de inmensa horterez, y tú soplas las velas delante de cuatro gatos.
Para los padres, sin embargo, es un alivio.
El caso es que jamás había celebrado mi cumpleaños con compañeros de clase. Hasta ahora.
Por eso cuando mis colegas del curso de EMI (English as a Medium of Instruction) en Dubín han aparecido esta mañana con una tarta y velas cantándome el Happy Birthday To You, casi lloro.
Ha sido la bomba, de veras. ¡Soy un tipo con suerte!
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marzo 19, 2016
febrero 14, 2016
Be my Valentine
Pues mira, iba a dedicar la entrada de hoy a compartir algo que he visto en Facebook, con lo que estoy totalmente de acuerdo, y que me ha gustado mucho: el siguiente alegato en contra del amor romántico:
Es un cartel con el que estoy muy de acuerdo no porque no crea en el amor –no creer en el amor es una estupidez tan grande como no creer en la gravedad–, sino porque comparto la idea de que el amor romántico, esa ficción que nos venden las novelas, las películas, la música y los consejos de la abuela, es un concepto peligroso y dañino. La biología, la psicología y la antropología dejan claro que el discurso romántico está muy alejado de la experiencia humana real. Perpetuando el ideal del romanticismo nos hacemos daño a nosotros mismos y, sobre todo, a los jóvenes, que tienden a ser más crédulos con este tipo patrañas.
Pero luego he pensado que hoy tampoco me apetece mucho meterme en soflamas. Del mismo modo que puedo ser un aguafistas de tomo y lomo, soy un celebrador convencido. Me encanta celebrar cosas: desde los cumpleaños a la Navidad a la muerte, a ser posible dolorosa, de la gente que me cae mal. Tú dame una fiesta, y yo me apuntaré sin pensármelo dos veces.
Al final gana mi lado lúdico. No tiene mucha lógica que me lance hoy a meterme con el ideal romántico cuando tengo esperando en la cocina una tarta de chocolate con forma de corazón para zampármela con mi osezno, a ser posible desnudos y manchándonos mucho los labios de berretes de cacao.
Así que ya me podré pesado otro día.
Hoy, a celebrar todo muchísimo. Y si de paso escandalizamos a unos cuantos homófobos de mierda, mejor que mejor.
Pero luego he pensado que hoy tampoco me apetece mucho meterme en soflamas. Del mismo modo que puedo ser un aguafistas de tomo y lomo, soy un celebrador convencido. Me encanta celebrar cosas: desde los cumpleaños a la Navidad a la muerte, a ser posible dolorosa, de la gente que me cae mal. Tú dame una fiesta, y yo me apuntaré sin pensármelo dos veces.
Al final gana mi lado lúdico. No tiene mucha lógica que me lance hoy a meterme con el ideal romántico cuando tengo esperando en la cocina una tarta de chocolate con forma de corazón para zampármela con mi osezno, a ser posible desnudos y manchándonos mucho los labios de berretes de cacao.
Así que ya me podré pesado otro día.
Hoy, a celebrar todo muchísimo. Y si de paso escandalizamos a unos cuantos homófobos de mierda, mejor que mejor.
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febrero 08, 2016
Un día, dos tesis
Hoy coincidían las tesis de mi doctorando (ya doctor) y de la doctoranda (ya doctora) de mi señor osezno.
Nosotros somos físicos, gente desenfadada en informal, y a nadie (ni el
del público, ni del tribunal, ni el doctorando) se le ocurriría ir a
una tesis con traje y corbata. Eso es de estirados. La defensa de la
tesis es un acto informal y bastante relajado.
Ellos son ingenieros y llevan trajeadas hasta las pestañas. Qué gente tan estirada. Sus tesis son actos académicos y formales.
Después, unos y otros van a celebrar la ocasión.
Nosotros hacemos una comida en petit comité: el nuevo doctor, el
tribunal y el director de tesis. Durante la comida se habla de trabajo y
los comensales beben agua mineral del tiempo, porque la fría hace daño a
la tripita. Tras la comida, la gente se vuelve a trabajar.
Eso es porque somos físicos, gente desenfadada e informal.
Ellos se van de comida e invitan no solo a los prebostes, sino también a
amigos, familia y seres queridos. Después se van de copas. Bailan,
charlan animadamente, escuchan música, se ponen algo piripis y se ríen
mucho hasta altas horas de la madrugada.
Eso, por lo visto, es porque son sosos ingenieros y no saben divertirse.
No sé, me da la sensación de que hay algo en todo esto que se me escapa...
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Mad Scientist
enero 06, 2016
¿Me merezco tanto?
A pesar de que este año he hecho denodados esfuerzos por ser malísimo, los Reyes Magos, que por lo visto no se enteran de nada, me han traído montones de cosas en forma de regalos y auto-regalos geniales.
El mejor de todos, sin duda, es el habernos decidido a adoptar a Poe, un gato rescatado por nuestra protectora de gatos favorita. Al principio Constantino fue un tanto reacio a la llegada de un nuevo tirano doméstico, pero parece que ya se llevan medianamente bien y desde ahora, oficialmente, volvemos a tener dos gatos en casa.
El osezno se ha pasado tres pueblos, regalándome una camisa preciosa, una bandolera para llevar mis trastos por la calle (falta me hacía, porque la mía vieja estaba cayéndose a cachos) y un pedazo de abrigo largo estupendo y con un forro interior suave hasta el orgasmo. No contento con eso, me ha regalado además el último libro de Elvira Lindo y, conociendo mi enorme lado infantil, el último Mortadelo y Filemón:
La sección de madres, biológica y política, ha optado por la ropa, con pantalones y unos comodísimos calcetines de andar por casa. Soy de pies frioleros, y cuando tengo bien abrigados los pinreles estoy en la gloria bendita.
Mis cuñados nos han regalado un Chromecast para que podamos ver el porno que tenemos en los ordenadores en la pantalla grande de la tele sin necesidad de cables. También nos han regalado varios planes-regalo para que nos demos la vida padre en alguno de nuestros viajes.
Finalmente, en el apartado de autoindulgencia han caído otros dos pantalones de una marca que es complicado encontrar en Santander y que, todo hay que decirlo, marcan culo y paquete que da gloria verlos. Y, por supuesto, libros, muchos libros:
Y un juego friki, faltaría más:
¡Visto lo visto, creo que para el año que viene voy a intentar ser más malote todavía!
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diciembre 24, 2015
diciembre 02, 2015
Unas señoras estupendas
Estoy encantado con Netflix, la verdad. No solo me ha permitido disfrutar de ciencia ficción de la buena (amén de verle el culo a un montón de tipos estupendos) en Sense8, sino que además me está dando la oportunidad de disfrutar de dos señoras estupendas como son Lily Tomlin y Jane Fonda en "Grace y Frankie".
¿Se puede uno reinventar a los 70 años? Dos mujeres que son como la noche y el día (la una, una pija perfeccionista y maniática del orden y la otra, una mística caótica y flowerpower) se encuentran viviendo juntas cuando sus respectivos maridos se divorcian de ellas (¡para poder casarse entre ellos!) y teniendo que aprender, cuando ya pensaban que lo tenían todo hecho, a salir adelante y a llevar una nueva vida.
Todo esto en una comedia sin estridencias y sin risas enlatadas, muy alejada del estereotipo de la sitcom americana tradicional, y disfrutando no solo de las dos grandes protagonistas (guapísimas a sus casi ochenta años las dos), sino también de un interesante elenco de secundarios de lujo, como Martin Sheen y Sam Waterston. ¡Un lujazo!
agosto 12, 2015
41
Sorprendentemente, contra todo pronóstico, sigo vivo. En los buenos viejos tiempos la gente tenía la costumbre de morirse a los treinta y tantos y eso ahorraba mucho tiempo a la hora de envolver regalos. Hoy en día nos empeñamos en persistir y eso, unido a los amorosos cuidados de nuestros eficaces políticos, acabará hundiendo el sistema de pensiones.
Está bastante bien, a pesar de que ya este año he tenido que asistir a más funerales que bodas y de que ya la mayoría de la gente con la que me topo no entiende mis chistes sobre las Termópilas. Me lo estoy pasando pipa fingiendo que soy maduro y dando consejos de sabiduría popular a las generaciones más jóvenes. Mi favorito: no violéis las leyes de la Termodinámica. La juventud de hoy en día se empeña en ir en contra del aumento irreversible de la entropía, y así va el país.
Eso, en mis tiempos, no pasaba.
Intento disimilar mi avanzada edad enganchándome a las nuevas tecnologías, pero por mucho que me esfuerzo no soy capaz de dominar el idioma neanderthal del ola k ase. Lo lógico, a mi edad, es comprarse un coche nuevo o echarse un amante veinte años más joven que uno, pero no sé conducir para lo primero y no tengo dinero suficiente para lo segundo. En lugar de ello, viviré la vida peligrosamente y untaré mis arterias de cochinillo asado.
Me sigo sintiendo afortunado y agradecido por lo que tengo y, sobre todo, por quienes tengo. Aunque "tener" es un verbo bastante desafortunado en este sentido: sois vosotros los que me tenéis a mí.
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Tonto de verano
junio 28, 2015
¡Feliz Orgullo 2015!
Aprovechando además que dentro de poco será legal que Rita Barberá se case con otra mujer en EEUU, ¡Feliz Orgullo!
marzo 20, 2015
Lo bueno (3)
I
Conocí en el congreso a una chica brasileña que había estado trabajando una temporada en España. Me contó que una vez le habían robado el bolso en Madrid y que cuando fue a la policía a notificarlo, ésta se lo tomó como un asunto de gran gravedad. Más tarde la muchacha encontró tirados en el suelo sus documentos de identidad, pero no el dinero ni las tarjetas. En cuanto se lo dijo a los agentes de comisaría, éstos se quedaron mucho más tranquilos y dieron por cerrado el caso.
- Oiga, pero mi dinero y tarjetas no han aparecido.- Ni aparecerán. Lo que nos preocupaba es que tuvieran su pasarporte. Lo demás, da igual.
La chica se quedó extrañada y preguntó a santo de qué la desaparición de su pasaporte había causado tanto revuelo. La explicación fue que los pasaportes brasileños tienen mucho valor en el mercado negro, mucho más que los de otros países. ¿Por qué? Porque Brasil es un país de mestizaje desde hace mucho tiempo y nadie desentona allí. Uno puede tener rasgos orientales, llamarse Gustavo y apedillarse Schmidt, siendo brasileño de tercera generación. Por ese motivo cada vez que un agente secreto en una película recibe un juego de pasaportes falsos, siempre hay entre ellos alguno de Brasil.
Esta anécdota viene a cuento porque a la hora de hablar de hombres del país, conviene irse olvidando del mito del brasileño mulato zumbón. Los brasileños vienen en todas las formas, tonalidades y tamaños. La ventaja, como decía antes, es que en ningún lado desentonas. La desventaja, al mismo tiempo, es que a nadie resultas exótico: seas como seas, y con la población que tiene ese país, los brasileños siempre habrán visto a veinte mejores que tú.
El mestizaje, además, produce belleza.
II
Hay tres cosas que me fascinan del clásico "la chica de Ipanema". La primera es de qué forma tan dulce pronuncia Jobim la palabra "sozinho": prueba irrefutable de que el portugués es más difícil de lo que parece, y de que el español es el idioma más fonéticamente sosainas que conozco. La segunda cosa que me fascina es lo escandalosamente pegadiza que es la canción: llevo diez días sin quitármela de la cabeza. Por último, lo tremendamente melancólica y triste que es (por muy tropical que sea), si uno se fija en la letra.
La historia, en versión resumida, es esta: el cantante ve pasar cada día a una muchacha que camina hacia la playa. Ella es hermosa, él siempre la sonríe, y ella ni siquiera le ve. La canción acierta de lleno en mi diana emocional, pues para mí la belleza ajena siempre ha tenido un punto doloroso. No estoy hablando del clásico resentimiento del feo hacia los guapos, sino de algo más profundo. Ves pasar ante tus ojos la belleza, te despierta un sentimiento de adoración, quieres ponerla en un pedestal, y sin embargo sabes que no solamente no podrás tenerla entre tus brazos, sino que además esa belleza es algo efímero, que en poco tiempo desaparecerá. Incluso te da algo de rabia que se desperdicie de esa manera.
Brasil está tan lleno de belleza, humana y también natural, que me entraban ganas de llorar.
Y eso que hubo al menos uno que sí que me vio y me devolvió la sonrisa.
III
Lo malo de viajar con el tiempo justo, a una ciudad pequeña, a finales de verano (de allí) y entre semana es que te pasas casi todo el tiempo trabajando, y cuando sales la mayor parte de los nativos están ocupados en sus cosas. El único día que nos llevaron a la playa, era miércoles y ésta estaba casi vacía.
Los chulazos, como los vampiros, salen al anochecer. Al caer la tarde los chicos salían a correr junto al río, y daba gloria mirar sus cuerpos bronceados (y frecuentemente tatuados, hay que ver qué afición le tienen en Brasil a la aguja) mientras hacían ejercicio. Pero a esas horas y con esa luz, no había quien los fotografiara. Por eso de este viaje no guardo casi ninguna foto de hombres merendables. Se queda lo mejor, me temo, en mi retina...
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