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marzo 24, 2017

Gestión de conflictos

Mi problema, tal vez, es que nunca he tenido problemas.

No sé bien cómo gestionar las situaciones de conflicto. La vida me ha tratado tan bien que no he tenido muchas oportunidades para aprender.  

No tengo hermanos, así que nunca he tenido con quién pelearme de forma regular. Por supuesto que de niño tuve mis riñas de patio de colegio, como todo el mundo, pero desde entonces todo me ha ido bastante rodado: estoy a cuatrocientos kilómetros de las broncas familiares, en mi entorno laboral inmediato si hay broncas yo nunca las he visto, y he tenido la tremenda suerte de encontrarme con un osezno con el que en diecisiete años solo he tenido un enfado digno de mención, y sólo nos duró unas pocas horas. Con él, la disputa más gorda suele ser a qué cafetería vamos para desayunar por la mañana. La gente me pregunta cuál es el secreto para tener una relación tan duradera en estos tiempos, y siempre respondo que cómo sería posible no tenerla, estando al lado un chollo de persona como es el osezno.  En mi vida solo me he enfrentado a un enemigo, yo mismo, y yo, como rival, la verdad es soy bastante birrioso. 

No es que me queje del asunto. ¡Líbreme el todopoderoso Monstruo Espagueti Volador Gigante! Pero hay una consecuencia de todo esto, y es que casi nunca he tenido que enfrentarme a las consecuencias emocionales del conflicto. No sé bien cómo gestionar mis emociones en situaciones de enfrentamiento. Como muestra, un botón: la última vez que tuve un rifirrafe dialéctico fue en una discusión banal de escalera de vecinos, y dormí mal durante casi una semana. Tras aquella pelea de tres al cuarto con la vecina, un buen amigo me dio un consejo inapreciable:

"No le puedes caer bien a todo el mundo. Acéptalo."

Y creo que más o menos lo he aceptado, intelectualmente al menos, pero aunque ya no me llevo un disgusto personal cada vez que alguien me mira mal, eso no significa que me haya aprendido a manejar mis emociones.

No me estoy refiriendo a la agresividad. Es verdad que en las raras veces en que discuto por algo tiendo a calientarme y perder cierto control, sí, y eso es un problema muy serio. No me siento nada orgulloso de ello y es algo sobre  lo que tengo que trabajar duramente, pero tampoco creo que mi forma de reaccionar sea más virulenta que la de la mayoría de las personas.  Tal vez alce mi voz más de lo debido o diga algo de lo que luego me arrepienta, pero creo que no soy de los de sacar el bate de béisbol y los puños americanos en un arrebato. No, lo que me trae frito hoy es una cosa diferente: el llamado "post-pelea", que me está dando un día un poco horripilante.



La culpa es de las puñeteras Vicisitudes de la Vida: son ellas las que me han colocado en una posición en la que me toca luchar y hacer mías peleas de otros. Esta mañana he tenido una de ellas, con una de las conversaciones de teléfono más absurdas y desagradables que he tenido el disgusto de mantener nunca. Menos mal que la conversación, por llamarla de alguna manera, se vio interrumpida por la llegada de un paquete postal que tenía que bajar a firmar, que si no aún estaríamos agarrados al auricular y la escalada de las hostilidades habría sido de ríete tú de la Guerra de los Cien Años. Pero la cosa no se va a quedar aquí, y preveo que las próximas semanas van a ser interesantes de lo lindo.

Aquí es donde viene mi petición de auxilio: ¿qué hago yo ahora con este disgusto que llevo dentro? ¿Cómo se maneja esto? Esa sensación de ardor que te revuelve las tripas y no te deja reposar, que te acelera el pulso y te lleva una y otra vez a revivir la conversación; a imaginar respuestas mordaces y certeras que jamás llegarán a ser dichas en su momento justo. Esa especie de sentimiento de culpa por atacar y haber sido atacado. Esa sensación de inferioridad, la duda de si el otro habrá tenido la razón o si simplemente es que es mala persona... todo eso que lleva dándome vueltas a la cabeza todo el día, y seguirá haciéndolo sin duda todo el fin de semana, y que me lleva a estar intentando desahogarme en estas líneas en vez de hacer lo que debería hacer, que es concentrarme en mi trabajo y responder al referee de mi artículo, que ya va siendo hora. Con la pequeña tortura adicional de ser consciente de que todo esto en es el fondo por una soplapollez. ¿Qué será cuando tenga que enfrentarme a un conflicto de verdad?

En serio, ¿cómo hacéis, los que tenéis experiencia peleadora? ¿Esto mejora con el tiempo o va a ser siempre así? Porque, sinceramente, me entran ganas de meterme a alguna otra profesión que me obligue a aislarme por siempre de mis semejantes, como monje, informático o algo así. 

junio 07, 2014

Se ha convertido en algo personal

La puta monarquía, siempre dando por culo.

Para ser un rojo, ateo y maricón, tengo que admitir que mi disgusto con la monarquía era bastante moderado. Soy republicano por principios, pero siempre dije que de todos los males que aquejan a este país, los actuales Borbones son uno de los más pequeños. Que sobran, sí. Que es de paletos tener reyes y reinas y princesas e infantas a estas alturas del siglo XXI, también. Pero al menos la Familia Real era para mí un grupito de parásitos más o menos inofensivos, y la mar de graciosos. Un rey putero y senil, un príncipe inoperante, una princesa anoréxica, un yerno chorizo y un nieto pendenciero eran motivos de innumerables chistes, por no hablar de los pantalones de Marichalar y el retraso mental de su ex. Nada mejor para un español que reírse de quienes tienen más suerte en la vida de él.

Pero todo esto ha cambiado en unos pocos días. De repente, sin comerlo ni beberlo, y a raíz de la abdicación del payaso de turno, se ha montado una tragedia editorial: la compañía editora de la revista “El Jueves” ha declarado que es política de empresa lamerle el culo a los Borbones y ha vetado una portada bastante inofensiva en la que El Campechano le pasaba una corona cubierta de mierda a su hijo. Buena parte de la plantilla de la revista ha decidido que eso viola su libertad creativa y se ha largado de la revista.

Yo les apoyo: la prensa satírica no solo es divertida, sino que cumple una función social no dejando títere con cabeza y profanando todos los altares reales o metafóricos que pueda haber. Por eso se llama satírica. La empresa tiene derecho a tener una línea editorial, por estúpida que esta resulta, pero los dibujantes y guionistas que se han marchado de la revista han mostrado una integridad y un compromiso ético que sólo hace que les admire aún más de lo que ya hacía. Les apoyo de todo corazón.

Pero el caso es que mi principal entretenimiento de los miércoles, mi revista favorita, la que me lleva haciendo pasar grandes momentos desde hace dos décadas, ha quedado descabezada y a partir de ahora va a estar mutilada, sin muchos de sus mejores dibujantes, guionistas y personajes.

Queda por ver si seguiré siendo fiel lector o no. Tendré que ver en qué queda la cosa. Pero desde luego ya no va a ser lo mismo.

Y aunque la culpa directa no es de ese inmenso cretino que aún tenemos como rey, para mí mi republicanismo ha dejado de ser una cuestión puramente filosófica. Ahora es personal. Borbones: váyanse todos a la mierda.

 

 

abril 15, 2014

La puta Jean Grey, de vuelta (otra vez)

Right, right [...] Jean Grey is a sacred cow. At least we agree on half of that. -Emma Frost

A mis casi cuarenta años, sigo devorando cómics como a los quince, y me siento orgulloso de ello. Mucha gente critica a los consumidores de fantasía y ciencia ficción que nuestros gustos son banales y alejados de la realidad, y yo les respondo: si quiero realidad, tengo un montón de ella a mi alrededor: se llama vida, y tengo una llena de sucesos, gracias.

Los cómics de superhéroes son exactamente lo mismo que los culebrones venezolanos, solamente que la mala se llama Lady Deathstrike, por poner un ejemplo, en vez de Doña María Luisa Fernanda de la Concepción y Juárez de Sánchez-Cossío-Vergara-Tlacotepelt. Las historias se alargan eternamente, con amoríos y traiciones, sorprendentes giros "inesperados" del guión que todo el mundo espera, muertes y sobre todo muchas, muchísimas resurrecciones: tantas que se ha calculado que el personaje típico de la Marvel resucita en promedio 2.78 veces por cada vez que muere, entre retornos a la vida en sí mismos, clonaciones, encuentros con yoes pasados o futuros, visitas de realidades alternativas o puro despiste de los guionistas.

Es divertidísimo y además tiene efectos especiales.

Era por tanto inevitable: uno de los personajes icónicos y, en mi opinión, felizmente muertos y enterrados de la Casa de las Ideas, la puta Jean Grey, lleva unos meses rondando de nuevo las tiendas especializadas. Esta vez es una versión juvenil y con pocas tetas de sí misma, desplazada en el tiempo por un cada vez más cretino Hank MacCoy en la esperanza, internamente, de promover la paz de la raza mutante y, externamente, de aumentar las ventas. 

Sí: Jean Grey, la perfecta guerrera psíquica, la pelirroja de fuego, la Fénix original, vida encarnada, mutante omega, fuerza cósmica, calientapollas oficial de la mutantidad.

Puta.



Como todos, fui fan incondicional de la puta Jean Grey en los 80. Aquel vestido de Reina Negra del Club Fuego Infernal y aquellos ratos tan divertidos arrasando sistemas planetarios como Fénix Oscura fueron de lo mejorcito que escribió Claremont y dibujó Byrne: un verdadero placer cósmico. La historia fue creciendo y mejorando hasta un final apoteósico en el que la propia y puta Jean Grey se mataba a sí misma para no ser un peligro para el Universo entero.

Qué bien habría quedado todo si la historia se hubiese mantenido así.




Todo lo que vino después, resurrecciones y romances y jugar con fuego (cósmico) ha estado de más. Con el paso de los años, la puta Jean Gray se ha ido convirtiendo en uno de los personajes más odiosos, cansinos y repelentes del Universo Marvel. Y no solamente lo digo por estar locamente enamorado de su archienemiga, ese zorrón de Emma Frost, sino porque uno se cansa bastante de dei ex machina. Bueno, de que solo se recurra siempre al mismo deus ex machina.

Qué poco dura lo bueno: la puta Jean Grey está de vuelta, con kit nuevo de megapoderes psíquicos en tonos rosados, y parece que se va a quedar un tiempo (que se me hará larguísimo). Vale que ha vuelto de la mano de Bendis, en quien confío ciegamente, así que tendré que darle una oportunidad. Qué puta...



diciembre 22, 2013

Muerte en la blogosfera

Debería decir más bien: muerte de la blogosfera. Los blogs llevan años agonizando. En esta era frenética en la que nos comunicamos (o algo por el estilo) mediante tweets de menos de 140 caracteres, mensajes cortos de WhatsApp y chistes compartidos en el muro de Facebook, nadie parece tiene tiempo para leer un texto completo, máxime si no viene acompañado de dibujos de colorines. Yo mismo admito que cada vez me cuesta más trabajo escribir entradas para este blog, pero más aún seguir y comentar las entradas de mis autores favoritos. En épocas de mucho trabajo o mucho cansancio, como la que he tenido el último mes y medio, mi presencia en la red se vuelve meramente testimonial. Y esto es un peligro porque las amistades virtuales, lo mismo que las demás, hay que cuidarlas invirtiendo tiempo y esfuerzo.

Los blogs se van apagando uno a uno, y aunque aparecen nuevos ya no es lo mismo: es triste ver cómo se cierra una ventana a través de la cual has podido asomarte a la vida de otra persona durante años y, aunque se abra alguna nueva, la que se ha cerrado será siempre irremplazable.


Header


En este contexto me entristece enormemente el cierre del mejor blog que he tenido el gusto de leer nunca: Planeta Murciano. El Planeta Murciano ha estado nueve años regalándonos una mezcla inimitable de humor, costumbrismo huertano, crítica social y política, cultura, erotismo, imaginación y, en memorables ocasiones, valientes revelaciones en las que el autor nos ha desnudado su corazón. La forma provocadora de escribir el blog, con una ortografía propia que recordaba a veces a los mensajes simplificados de la muchachada, no era capaz de ocultar el gran dominio del lenguaje del autor: ojalá yo supiera escribir la mitad de bien y la mitad de certeramente que él. El Planeta Murciano apostó por mantener textos largos, estructurados, originales en medio de la invasión bárbara del corta y pega, y durante años se mantuvo con un número (y una calidad) de lectores que ya lo quisiera yo para mí.

Entiendo los motivos del cierre de Planeta Murciano, de hecho comparto muchos de ellos, y respeto profundamente la decisión. No voy a suplicar que el blog se mantenga abierto (qué mentiroso soy, sí que he suplicado, pero no por aquí). Pero quisiera dejar constancia del gran cariño y admiración que siento por todo el Planeta, y dar las gracias por los muchos buenos momentos que me ha hecho disfrutar. Gracias por todo, y hasta siempre, querido Planeta. 

diciembre 03, 2013

Escritor de ponis

Escribir la carta a los Reyes Magos y redactar una solicitud pidiendo fondos para un proyecto de investigación son dos cosas que se parecen mucho.

En ambos casos, uno empieza explicándole al ser mágico de turno lo bueno que ha sido durante el año pasado. Lo que para un niño consiste en no haber mentido demasiado ni haberle robado muchos juguetes a sus hermanas ni haber estrangulado accidentalmente a nadie durante el recreo, para un vulgar catedrático viene a ser haber publicado mucho y haber participado en montones de colaboraciones internacionales, haber organizado congresos, haber dirigido muchas tesis doctorales y haber sacado patentes a triscapellejo.

Después viene la parte de pedir cosas: una playstation, una muñeca que llora y hace pipí y popó, un monopatín o unos euros para contratar durante un par de años a un doctorando por un sueldo que haría enrojecer de vergüenza ajena al jefe de esclavos que supervisó la construcción de la Gran Pirámide de Gizah. La ventaja que tienen los niños es que no tienen que explicar en detalle en qué van a emplear los regalos, mientras que el investigador tiene que desglosar hasta el último céntimo en qué se va a usar la subvención, añadiendo además qué resultados se van a obtener de la investigación, a pesar de que por definición misma del proceso de investigación es imposible saber de antemano y con precisión qué se va a encontrar.


La Carta a los Reyes termina con una promesa/chantaje por parte del niño, diciendo que si se le traen los regalos que ha pedido continuará siendo bueno un año más. En particular, seguirán sin producirse sospechosos incendios espontáneos en distintos puntos de la casa. En el caso del proyecto de investigación la cosa es un poco más complicada. No sólo tiene uno que prometer que va a descubrir unas cosas interesantísimas que puede que no existan, sino que además tiene que asegurar, siguiendo las últimas tendencias en corrección política y lenguaje burocrático de moda, que el proyecto redundará en beneficio completo de la sociedad, de los más necesitados, de las minorías étnicas y religiosas, y varias tonterías más. Aquí es donde entran en juego palabras absurdas de nuevo cuño tales como "sinergia", "transversalidad", "interdisciplinariedad", "integralidad", "excelencia" y, desde que tenemos a un retrasado mental al cargo del Ministerio, "competitividad".

Esta última parte es lo que se conoce, en los elevados círculos académicos e intelectuales, como el blablablá de los proyectos.

Esta similitud entre las periódicas y angustiosas solicitudes de financiación pública para la investigación y la Carta a los Reyes Magos es lo que me lleva siempre a decir frases tales como: "si este año nos dan el Proyecto, pretendo comprarme un poni".

Cualquiera que tenga la desgracia de ser seguidor habitual de este blog sabe que, si algo se me da bien, es decir blablablá. Por eso cada vez que en mi grupo de investigación surge la necesidad de redactar un proyecto la gente se mira entre sí con ojos intrigantes, se cuchichea un poco y luego todos se vuelven hacia mi, me echan miradas como sacacorchos y me dicen: "Sufur, ¿podrías encargarte del blablablá?". Cómo me conocen.

Y yo acepto encantado, y me lanzo a producir frases como esta:
 "Gracias al carisma multisciplinar de nuestro grupo y a su capacidad para fomentar las sinergias transversales entre organismos operativos internacionalmente competitivos, proponemos un plan integral de investigación que promueve el establecimiento de núcleos de excelencia a todos los niveles, desde el local al transnacional".
Y me quedo tan ancho. Lo bueno de este tipo de frases es que son prácticamente inagotables. Basta cambiar un poco el orden de los términos que no significan nada:
"Nuestra propuesta integral es a la par interdisciplinar y competitiva, puesto que desde una perspectiva transversal favorece la aparición de sinergias y la consolidación de nuestro instituto como un centro de excelencia mundial e interplanetario que..."
Es divertidísimo y da igual lo que uno ponga. La próxima vez creo que me limitaré a escribir algo así:
"Sinergia sinergia sinergia sinergia, sinergia excelencia sinergia transversal excelencia integral sinergia sinergia sinergia sinergia, sinergia excelencia sinergia transversal excelencia integral sinergia sinergia gia gia giá".
Total, para lo que va a servir...  Al final, la respuesta será algo de este pelaje:
"Estimado Dr Mindundi. A pesar de que su propuesta científica ha obtenido la máxima calificación por parte del grupo de expertos mundiales que nos hemos visto obligados a consultar para que parezca que esto no lo decidimos a dedo, lamentamos comunicarle que este año no podremos financiar su proyecto porque no es lo suficientemente sinérgico/integral. Como premio de consolación, le daremos sin embargo esto:"
Un jodido pedazo de carbón dulce.




julio 03, 2013

Qué hacer con nuestras estúpidas vidas

Hola, me llamo Sufur Diego y desde hace cuatro años, posiblemente más, convivo con un Trastorno Obsesivo-Compulsivo (TOC).

No voy a entrar en detalles acerca de cómo se manifiesta mi TOC ni cómo se desarrolló. No he alcanzado aún suficiente grado de pornografía sentimental como para exponer tantas vergüenzas al aire... aunque quien me lea habitualmente seguro que podrá hacerse una idea aproximada de lo que me pasa. Solo diré que estoy en tratamiento (psicológico y farmacológico), que la cosa va más o menos bien, y que aunque el TOC ha dañado mi vida laboral, social y de pareja puedo dar las gracias de que mi caso sea leve y pueda desarrollar una vida prácticamente normal.

Hoy siento la necesidad de salir del armario.  

Explicar un TOC a quien nunca lo ha padecido es un ejercicio inútil. Es algo tan irracional que no se puede expresar mediante el discurso lógico. Si tuviera que definirlo usando mis propias palabras de lego en psicología, diría que es lo que ocurre cuando tus pensamientos se escapan a tu control, se reproducen sin límite y toman el control de tu vida hasta el punto en que se vuelven más reales que la propia realidad. Una misma idea se perpetúa una y otra vez, imparable, dominandolo todo sin ninguna lógica y generando una ansiedad insoportable. La única forma de parar la ansiedad, momentáneamente, es realizando actos compulsivos que tampoco es que tengan lógica alguna. Sé que resulta absurdo pensar que tales cosas puedan ocurrir, pero ocurren y son una carga diaria para muchas personas.


Como ocurre a quienes padecen otros trastornos mentales como la depresión o las fobias, los afectados de TOC sufren un problema doble: por un lado su propio trastorno y las consecuencias de él derivados, y por otro la incomprensión de sus semejantes. Vete tú a explicarle a tu vecina que tienes que hacer ciertos ruidos estridentes por la noche antes de meterte en la cama o si no pasarán ciertas cosas horribles que no puedes especificar (por poner un ejemplo). Las explicaciones se topan con la incomprensión porque los argumentos no tienen una lógica entendible por un cerebro sano. Y sin embargo son mortalmente serias para quien padece el TOC.

Existe además la creencia, extendida a cualquier otra cosa que sea mental o emocional, de que estos padecimientos son fruto de una debilidad de carácter o de cierta inmadurez: "nada, a tí lo que te hace falta es salir más", "a esa lo que le ocurre es que está mal follá", "anímate hombre, que no te pasa nada" o "si tú estás mal es porque tú quieres" son frases tan frecuentes como crueles hacia las personas que padecen un trastorno mental sin poder evitarlo. No, señores: nadie elige estar mal por diversión. Y a nadie (en su sano juicio) se le ocurre hacer el mismo tipo de discurso sobre un problema "físico": "¿así que estás tuerto?... ¡tú lo que tienes que hacer es salir más y dejar de estar tuerto!". Esta distición entre lo mental y lo físico, en la que lo primero es algo totalmente sujeto al poder de la voluntad y lo segundo no, es una de las muchas y dañinas idioteces que arrastra nuestra cultura y que le debemos a ese grandísimo cretino que fue Platón. Ahora la ciencia sabe que no existe una distinción entre ambas cosas, que existe un sustrato neurológico y bioquímico para muchos de los trastornos mentales, y que lo que llamamos 'voluntad' es un epifenómeno del neocórtex cuya incidencia sobre nuestra vida es mucho menor de lo que creemos.

A estos dos problemas muchos afectados de TOC añadimos un tercero: el ser plenamente conscientes de que nuestras obsesiones y compulsiones no son racionales, y sin embargo ser incapaces de evitar que nos dominen.  Yo me doy perfecta cuenta de lo estúpidos que son mis miedos obsesivos y del daño que nos hacen a mí y a mis seres queridos. Pero ser consciente de ello no soluciona el trastorno. Con el transtorno obsesivo-compulsivo, reconocer el problema no es el primer paso para solucionarlo. Se trata del fracaso definitivo de la razón, del fin del mito cartesiano: la verdad no nos hace libres, la razón no lo ilumina todo. La inteligencia no controla a la emoción, sino al revés. Para mi esto ha sido una auténtica crisis de fe que ha hecho que en cuatro años todo mi sistema de creencias y de valores -recordemos que soy un científico- se derrumbe como un castillo de naipes.

Y llegamos al cuarto gran problema del TOC: la ética de la comparación. Del mismo modo que uno se da cuenta de lo irracional de sus obsesiones, pero no puede controlarlas, también se percata de que alrededor hay personas que cada día se enfrentan a problemas 'reales' (en oposición a problemas 'pensados') y salen adelante. Darte cuenta de que te obsesiona hasta la locura el tamaño de tus uñas mientras que a tu lado hay personas a las que están desahuciando, saber que una de las cosas es imaginaria y la otra no, y sin embargo no ser capaz de ver las cosas en su proporción justa, te hace sentirte el tipo más rastrero, egoísta y estúpido del universo entero. Y no solo eso, sino que además el comprobar cómo personas aquejadas por la catástrofe siguen adelante con dignidad mientras tú tiemblas ante fantasmas que solo tú puedes ver es el mayor disolvente para la autoestima que puedo concebir.

Estos son los cuatro problemas (trastorno, incomprensión, impotencia, comparación) que tiene que afrontar una persona aquejada de un TOC. Los cuatro son problemas que surgen de su propia cabeza. ¿Podemos decir que por eso sean menos importantes que los problemas que vienen de fuera? Tal vez para responder a esta pregunta baste con responder a otra más elemental: ¿qué es un problema? Los problemas son siempre subjetivos: que llueva es un simple fenómeno meteorológico, pero se convierte en un problema si has organizado tu boda al aire libre justo ese día. En este sentido, tan problemático es un TOC como una piedra en el riñón, aunque una cosa sea visible y la otra no.





enero 12, 2013

¿Qué voy a hacer yo sin mi Gucci?

No, no se han equivocado. Aunque no lo parezca, esta no es una entrada de moda y lujo del blog de Nils. 



Durante los últimos años mi perfume para las ocasiones especiales ha sido Gucci pour Homme, uno de esos caros potingues que tienen ese tipo de campañas televisivas pergeñadas por publicitarios lisérgicos y protagonizadas por jamelgos tan bellos como escuálidos con las que nos torturan todas las navidades. Gucci pour Homme, diseñada por Tom Ford, era una fragancia masculina que no era ni fresca, ni alegre, ni jovial, ni sport, ni ninguna de esas memeces que se llevan ahora; por el contrario, olía a maderas, tabaco, incienso y macho limpio, cálida sin llegar a ser empalagosa; clásica sin ser rancia; potente sin ser agresiva, tremendamente masculina y viril.

A mi me encantaba. Me recordaba al olor de la piel de un amante que tuve hace muchos años y el simple acto de ponérmela me excitaba. Y no solamente me gustaba a mi, sino que mucha gente a mi alrededor opinaba de manera similar.

Pero los tiempos cambian y Gucci ha dejado de producir este perfume. En su lugar ha sacado una nueva versión Gucci pour Homme II, que es absolutamente detestable, tirando por la borda todo un estilo. Así que ahora estoy en un dilema, mientras se agotan las últimas gotas de Gucci de mi armario: ¿cuál será mi nuevo perfume? ¿Podré encontrar algo que me guste tanto?

 ¿Alguna sugerencia?


noviembre 21, 2012

Onus probandi

Esta entrada va especialmente dedicada a mi compañero, y sin embargo amigo, P.

El caso reciente y tristemente famoso de cierta presentadora de televisión diciendo estupideces con un aire de gravedad digno de sermón dominical no es sino la punta de lanza de una tendencia cada vez más extendida en nuestra podrida sociedad: la de caer alegremente en la falacia de colocar en el mismo nivel dos argumentos de muy distinta verosimilitud aduciendo que no hay pruebas que lo impidan.

Ya he hablado de esto en otra ocasión, pero como a veces las cosas hay que repetirlas mucho voy a volver sobre ello, esta vez con un ejemplo de mis tiempos mozos.

Allá a principios de los 90 yo no era joven y bello, sino inmaduro y feo. Me había juntado en la Facultad de Físicas de la Complutense con un grupo de encantadores inadaptados cuya principal afición, el frikismo, combinaba perfectamente con nuestros estudios. Por aquellos tiempos otra panda de descerebrados se habían embarcado en la aventura de editar un periódico de coña, Noticias del Mundo, que era como El Mundo Today de ahora pero en cutre y  en papel: las risas que nos echábamos cada semana comentando las noticias inventadas del periódico en los descansos entre clase y clase. Una de las más celebradas fue la siguiente:




La noticia continuaba en la página siguiente, profundizando en el tema y aportando como prueba adicional del origen extraterrestre de Nieves Herrero la siguiente:
"Nieves Herrero es una extraterrestre porque nadie ha probado nunca lo contrario. De hecho, ella misma jamás lo ha desmentido públicamente"
Aquello era muy gracioso y todo el mundo se dio cuenta sin ningún problema de que no era más que una broma de humor absurdo.

Sin embargo, por algún motivo que se me escapa, la gente se toma muy en serio afirmaciones análogas de tipo:
"Nadie ha demostrado que no exista vida después de la muerte, por lo que creo en ella"

"No puedes demostrar que Dios, un señor anciano con barba y un triángulo luminoso sobre la cabeza, que es omnipotente y te lee telepáticamente la mente constantemente, no haya creado el Universo entero en siete días, por lo tanto esto es cierto"

"No existen pruebas científicas de que el alma no exista y no se transplante junto con los órganos"
No solo eso, sino que cada vez son más populares variaciones del mismo tipo de argumento falaz, como:
"Tanto la Creación Bíblica como la Evolución son solamente teorías, ninguna de las dos ha podido ser demostrada como falsa y por lo tanto ambas deben ser enseñadas en pie de igualdad en las escuelas"
Dejando a un lado que la frase anterior es semánticamente falsa (el creacionismo no es una teoría, sino una creencia, y la evolución tampoco es una teoría, sino un hecho observado, al igual que la gravedad o el hecho de que el Sol brilla), esto no es sino un ejemplo más de un tipo de falsedad lógica más vieja que la tos: la de pretender que dos proposiciones son igualmente probables cuando no lo son. Voy a poner otro ejemplo:
"Esta mañana, al hacer limpieza en mi salón, he encontrado una moneda de dos euros en una rendija de mi sofá. Puede que esa moneda llegara allí porque se me deslizara desde uno de mis bolsillos ayer, o puede que un duende volador de color rosa llamado Shakiro Martínez de Irujo lo colocara allí mágicamente, para recompensarme por haber sido bueno. Como no tengo forma de saber al 100% si alguna de estas dos afirmaciones es falsa, ambas son igualmente creíbles".
Pues bien: no lo son. 

Sin que sirva de precedente, voy a poner a los abogados como ejemplo de lucidez y sentido común: ellos conocen un viejo aforismo del Derecho que dice más o menos así: "lo normal se presume, lo anormal se prueba". Es decir, cuando dos personas contraponen argumentos, la carga de la evidencia (el trabajo de tener que demostrar su argumento) ha de recaer sobre aquel que sostenga la postura más inverosímil. De forma práctica:
  • Si yo digo que la Tierra fue creada por una marmota omnipotente de color azul cobalto y tú dices que no fue así, no vale que yo diga "demúestrame que no ocurrió". Soy yo quien tiene que convencer.
  • Si una chalada, que se hace llamar periodista a pesar de no tener ningún título, dice que no está probado que las almas no se transplanten junto con los órganos, es como si no hubiera dicho nada. Es ella quien debería demostrar primero que exista tal cosa llamada alma, y después que se puede transplantar junto con un hígado.
  • Si un candidato a la presidencia afirma seriamente que la creación bíblica o la teoría del diseño inteligente deberían estar al mismo nivel que la evolución en los programas escolares, hay que deducir que la cabeza no le funciona como es debido.
  • Si alguien, a lo largo de una conversación sobre espiritismo -cada uno es libre de perder el tiempo como quiera- dice algo así como "yo no me cierro a nada, creeré que pueden existir los fantasmas hasta que no me demuestren lo contrario", está reconociendo eufemísticamente que no tiene muy claro en qué planeta vive. Desconfíen de esa persona. La actitud racional es exactamente la contraria: "no creeré en los fantasmas hasta que no me demuestren su existencia".
Y este es el viejo timo del onus probandi.

octubre 24, 2012

Fascículos de Otoño: el Universo, El Cosmos Infinito y la Totalidad de las Cosas en Veinte Cómodas Entregas

Quién me mandaría a mi meterme en berenjenales.

Debido a la felicísima causa de la actual plaza que ocupo en la Universidad, a mi carácter entusiasta y colaborador y a las lamentables circunstancias de los actuales planes de estudios universitarios, me veo envuelto en lo que en mis tiempos mozos se llamaba un brete, y que ahora se llama "1 mrron q t kgas".

En concreto, ocupo la mitad de mis jornadas laborales de estas semanas preparando mi actuación estelar en una asignatura optativa de cuarto (y último) curso que co-imparto con un reputado colega. El modestisimo objetivo que se me asigna para esta asignatura es así de sencillo: que al terminar mi parte, los afortunados alumnos tengan un conocimiento adecuado a la par que actualizado de la teoría de la gravitación universal (Relatividad General), el origen, contenido, evolución y destino de Todo lo Creado, incluyendo este y otros posibles Universos, así como su manejo, limpieza y mantenimiento básicos, amén de otras preguntas de importante calado como qué tipo de ropa llevar y cómo comportarse sin perder la dignidad en la vecindad de un agujero negro.


Todo ello en veinte horas de clase. De las cuales cinco como poco deberían ser para problemas.

Mi primera reacción al conocer el calendario fue una risita nerviosa.

Mi segunda reacción habría sido mesarme nerviosamente los cabellos, si hubiera tenido de eso.

La tercera reacción degeneró rápidamente en una risa histérica y una prescripción de antidepresivos inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina.

No digo yo que sea imposible dar una visión de conjunto de la cosmografía, la cosmogonía y la cosmología en menos de veinte horas: Mitt Romney, sin ir más lejos, es capaz de contestar a todas esas preguntas en menos de cinco segundos con un simple "Dios me ha dicho que él lo hizo". Mis alumnos, por el contrario, pertenecen a la categoría de los seres inteligentes y por eso las cosas resultan algo más largas de explicar.



Y aquí viene mi problema, que ya habrán adivinado: decir que tengo cierta tendencia a enrollarme es un amable eufemismo. Tengo tanta facilidad para sintetizar contenidos como la Rajoy para enviar mensajes claros e inambiguos. Si algún día os perdéis conduciendo por Santander y sentís la tentación de pararme por la calle para preguntarme cómo se llega a una determinada calle, ni lo intentéis: os será más rápido pararos a pensar, redescubrir los principios de la aeronáutica, diseñar un sistema de navegación GPS por vosotros mismos, construir un lanzador de satélites con trozos de chatarra que recojáis por ahí y poner en órbita vuestros señalizadores que escuchar mis divagaciones intentando recordar si eran dos o tres calles a la derecha después de la rotonda o no.

Así que las estoy pasando canutas para meter Todo Lo Que Usted Siempre Quiso Saber Acerca de La Vida, El Universo y Todo Lo Demás en quince horas. 

Pero si piensan que eso es sufrir, es que todavía no han pensado en mis pobres alumnos...




junio 19, 2012

Más consejas de verano

En verano, usa ropa fresca y adecuada para evitar sofocos:



Salvo que vivas en Santander, en cuyo caso deberás vestir así:


abril 29, 2012

Envidia de vagina

Los tiempos han cambiado a mejor, por mucho que le pese al 'progre' Gallardón. Es verdad que aún queda un camino enorme por recorrer, pero algo se ha avanzado. A fin de cuentas, no han pasado tantos años desde aquella España cuya cultura se refleja perfectamente en la espeluznante letra de greatest hits musicales como este:











Puede parecer algo del Neolítico, pero está más cercano de lo que parece. Mi Santa Madre no es tan mayor y aún sigue usando frases como 'ese de allá es el Pancracio, que me bailaba cuando era moza', rememorando esa época de guateques de pueblo en los que las solteras se sentaban en sillas de madera dispuestas alrededor de la pista de baile, esperando que los gañanes se acercaran a sacarlas a bailar.

Ahora, como decía, las cosas han mejorado y las mujeres van a otro rollo. Eso a veces tiene sus inconvenientes para un servidor.

El viernes salí a cenar y de copas con unos cuantos amigos. Heteros todos, porque no sé cómo porras me he ido aburguesando hasta que a estas alturas ya prácticamente no me queden mariamigos como Dior manda. Cenamos platos de origen vietnamita y tailandeses adaptados a los gustos españoles y servidos por laosianos que regentan un restaurante chino, es decir: un sinstentido como la copa de un pino. Nos sentimos casi tan multiculturales como don Paco Martínez Soria, y luego para rematar la faena nos fuimos a tomar algo a una coctelería donde sirven brebajes con nombres tales como Long Island Iced Tea o Calimotxeau aux fines herbes.

Acontecían a la sazón dos hechos significativos. Para empezar, uno de los camareros de la coctelería estaba más rico que un bocata de chicharrones.


Por otra parte, uno de los chicos del grupo de amigos, al que llamaremos Ambrosio, está en algún punto indeterminado entre "tremendo" y "despampanante" en mi, ejem, escala de valores. 


De modo que mientras unas chicas del grupo se ponían manos a la obra a coquetear con el camarero, con todo éxito he de decir, otras dos desarrollaron la siguiente conversación en mi presencia:
- ¿Te has fijado en lo duro que está Ambrosio?
- ¿Y tú cómo lo sabes?
- Antes cuando se ha levantado a pagar he aprovechado para toquetearlo un poco.
- Cómo eres, tía.
- ¡Ambrosio, ven p'acá!
El interfecto se acercó y la que había iniciado el diálogo le convenció para que mostrara sus durezas a la otra amiga. No tuvo que esforzarse demasiado, la verdad. Así que durante los siguientes minutos asistí al espectáculo de dos lobas palpándole el pecho, las abodminales, los bíceps, el culo y hasta la transcavidad de los epiplones al feliz y orgulloso muchacho, todo esto justo enfrente de mis mismísimas narices. Eso sí, de una forma juguetona e inocente, tan rica y amistosamente.

Yo meditaba acerca de la liberación de la mujer y me moría de envidia, deseando participar en el manoseo, pero algo en la mirada de Ambrosio me hacía intuir que tenía que elegir entre pasar mis manos por su escultórico cuerpo o salir del bar con mis dientes intactos. Debido únicamente a que iba a necesitar mi dentadura para masticar el pato confitado que me iba a preparar para comer el osezno al día siguiente, opté por lo segundo. 

Salí del bar con un calentón de agárrate y no te menees. Afuera, oh sorpresa, caía una lluvia helada. Las gotas caían sobre mi calva y al instante se evaporaban emitiendo un chisporroteo clavadito al del agua de hervir los espaguetis cuando salpica sobre la vitrocerámica al rojo vivo. Decidí volver a casa andando, a ver si se me refrescaban las glándulas, en lugar de pillar un taxi como mandaba el sentido común.

Y por eso, a causa de la liberación de la mujer, hoy tengo un catarro del recopón.



marzo 04, 2012

Los sociables

Siempre me ha gustado decir que existen dos clases de persona: los que dicen que existen dos clases de persona y los sensatos.

Por lo tanto, puedo decir con toda tranquilidad que existen otros dos tipos de mamíferos humanos: los de manada –no confundir con rebaño– y los demás. Mi teoría es que ambos grupos pertenecen en realidad a especies distintas, que pasaré a denominar homo feisbuquiensis y australopithecus rancii, por motivos que espero dejar claros a continuación. Sostengo además que ambas especies, pese a convivir en el mismo espacio y competir por el mismo recurso de primera necesidad –que no es otro que los lacasitos–, están condenadas a no entenderse jamás. Esto puede ser considerado una gran desgracia de la humanidad o una oportunidad de oro, dependiendo de si eres un guionista de sitcoms o no.

El homo feisbuquiensis necesita como agua de mayo tener una red social grande como el estado de Minnesota y tupida como el Mato Grosso. No solamente se encuentra en su salsa siendo el centro de atención de grupos grandes, sino que además siente la necesidad de ir saltando de una zona a otra de la red con gran frecuencia. Su principal problema es lo mucho que le cuesta discriminar: todos sus millones de conocidos obtienen automáticamente el rango de "amigos", exactamente igual que en Facebook, y todos esos amigos tienen la misma prioridad.

El australopithecus rancii tiene un problema aún mayor, y es que la inmensa mayoría de los seres humanos o bien le importan un bledo o bien le caen directamente mal. Y esto es un problema porque si hay algo que sobre en el mundo, es gente. Es un doble problema además, porque es prácticamente imposible ser un ejemplar puro de esta especie: en el fondo todo el mundo necesita alguna medida de contacto humano, y por lo tanto el australopithecus no solamente tiene que arriesgarse a soportar el contacto social de cuando en cuando, sino que además ha de ser extremadamente selectivo. Para él, un amigo es alguien a quien le donarías un riñón si su vida dependiera de ello, y por ello y por simple aritmética uno solamente puede tener un máximo de dos amigos en la vida.




Ambos tipos de engendro son bastante patéticos si la cosa se lleva al extremo, y creo que queda claro a cual de los dos grupos pertenezco. A continuación dos ejemplos del distinto uso del lenguaje por ambas facciones:
  • EJEMPLO 1: un homo feisbuquiensis va de paseo con su novia por la calle, cuando de repente se encuentra a su amigo Lolo. En realidad, el "amigo" Lolo no es más que el hermano pequeño de una compañera de clase que el feisbuquensis tuvo en primer curso de preescolar, a la que solamente ha vuelto a ver dos veces en los últimos treinta años. Eso no impide a nuestro sociable amigo quedarse media hora hablando con Lolo en la calle, mientras la novia espera de pie bajo la lluvia mirando al reloj y deseando la muerte más dolorosa posible para Lolo, su puta hermana y el cura que los bautizó a ambos.
  • EJEMPLO 2: un australopithecus rancii escucha pacientemente las detalladas explicaciones que un homo feisbuquensis le da acerca de los consejos que le ha dado a una amiga (en realidad, cuñada del portero de la oficina en la que trabaja). El australopithecus dice con ironía "qué interesante", frase que realmente significa "sería mucho mas interesante para mí estar en este momento cortándome las uñas de los pies", pero el homo feisbuquensis es totalmente impermeable al sarcasmo. 
Hasta aquí, el vodevil que todos conocemos. Pero mi teoría va un paso más allá, y aquí llego a la parte que creo que puede ser novedosa y polémica.

La opinión generalizada es que los individuos altamente sociables están mejor adaptados a la vida en las comunidades humanas, que son más equilibrados, más empáticos y tienen un mayor grado de esa cosa tan de moda que viene denominándose "inteligencia emocional".

Pues no voy a negar que puedan existir individuos así en alguna parte, pero mi experiencia y mis observaciones me sugieren todo lo contrario.

Sostengo que muchas de las personas hiper-sociales que conozco –en número decreciente, dado que este tipo de personas cada vez me cargan más y me interesan menos– son en la práctica menos equilibrados, menos empáticos y tienen menos inteligencia, en particular del tipo emocional, que el resto.

Y no estoy hablando de aquellas personas de baja autoestima que no soportan estar a solas consigo mismas y necesitan la reafirmación constante por parte de otros. Me refiero a aquellos que sin tener ese problema tan serio, extienden tanto su red social que caen en la más completa vacuidad:

Aquellos que nunca te preguntan cómo estás, salvo como pie para poder contarte sus últimas batallitas, que involucran a terceros que nada te importan.

Aquellos que no son capaces de entender que si quedas con ellos, quedas con ellos, no con una constelación de gente que no conoces de nada, a los que no volverás a ver nunca y que solamente dicen estupideces.

Aquellos tan acostumbrados a que las conversaciones sean algo tan repetitivo y banal que no dudan en interrumpir una, interponiéndose sin ser invitados y llevándose a otro lado a la persona con la que estabas hablando... persona probablemente estúpida de por sí, si se deja hacer eso.

Aquellos que no se paran a pensar en que el resto de personas pueden tener algo más importante que hacer en esos momentos que escuchar banalidades.

Aquellos que arruinan su relación de pareja por no comprender que si uno tiene novi@ y 999 amigos, a est@ le debería corresponder algo más que el 1/1000 de su tiempo.
 
En definitiva, aquellos que valoran tanto la compañía que en la practica consiguen alejar de forma efectiva a sus amigos.

enero 26, 2012

Atravieso París a la velocidad del sonido

Esto no creo que me lo pueda negar nadie: París es la ciudad más hermosa de todo París. 

También es una ciudad llena de arte, de cultura, de tiendas, de restaurantes magníficos, de diversión y de unos maromos de impresión, tanto en la modalidad arrubiada y nariguda como en la modalidad norteafricana (y también nariguda).



Todo lo cual viene a darme exactamente igual, porque no voy a tener tiempo de disfrutar de ninguna de las cosas de la lista. El meeting es en Orsay y de París lo único que voy a ver son los túneles del RER.

Qué vidorra...


diciembre 08, 2011

¿Qué me ha ocurrido?

Ya no soy el que era.

Más calvo no soy (era imposible), ni tampoco mucho más gordo. Tampoco estoy demasiado más achacoso. Físicamente no me veo especialmente más viejo. Y sin embargo, ya no soy el que era.

Dice la madre del osezno que uno de da cuenta de que se ha hecho viejo cuando todo empieza a darle miedo. Mi Santa Madre, por el contrario, dice exactamente lo opuesto: que desde que cumplió los sesenta no ha vuelto a tenerle miedo a nada. A mi me gustaría envejecer como mi Santa Madre, pero me temo que estoy haciéndolo como mi suegra.

Las pruebas de ello se acumulan. Esta es la última: el osezno se ha enganchado a The Walking Dead... pero tiene que ver la serie cuando yo no estoy en casa.


Me da miedo una mísera serie de televisión de zombis.

A mí, el friki de la pareja.

A mí, que devoraba novelas de vampiros y las las historias más truculentas de Marvel Zombies sin despeinarme.

Y ahora es el osezno el que se compra cómics (chistes, en su dialecto santanderino) de zombies mientras que yo me he de conformar con historias más para todos los públicos...

¡Estoy muy preocupado!

noviembre 14, 2011

Calvineando

El italiano es una lengua bastante más puñetera de lo que parece.

Como se parece tanto al español, al menos superficialmente, solemos cometer el error de confiarnos. A las dos semanas de estar en Italia ya lo entendemos casi todo; normalmente nos lleva un poco más empezar a soltarnos hablándolo, y rápidamente llegamos a esa famosa (e infame) meseta en la que nos defendemos más o menos bien, en la que nos instalamos cómodamente y que la mayoría de nosotros nunca llegamos a franquear. Craso error.

Es mentira que el italiano y el español sean casi iguales. Gramaticalmente, el italiano se parece mucho más al francés que al castellano; semáticamente, mucho más al catalán. Es solo fonéticamente que ambas lenguas se parecen, y tampoco tanto: procurad decir "spagnolo" sin que suene "ESpagnolo",  o hacer un buen radoppiamento sinttatico sin que suene forzado, ya veréis cómo os va.


Pero no solemos darnos cuenta de ello, y así se crean ilusiones, como esa que tenía yo en 2004 cuando pensaba que sabía más italiano que inglés. Tardé un tiempo en darme cuenta de que aquello era falso, y la prueba está no solo en lo mucho que me trabo al hablar de las cosas más cotidianas en la lengua de Dante, sino también en la proporción de libros que leo: un 70% en inglés, un 25% en español y no más de un 5% en italiano. No tengo ninguna dificultad en leer inglés durante horas, incluso en un autobús lleno de hispanos vociferantes, pero sólo consigo leer italiano cuando estoy en Italia; fuera de la inmersión lingüística, no soy capaz de concentrarme durante mucho rato, ni siquiera en la tranquilidad de mi casa.

Y por eso he tenido aparcado a Calvino más de un año, desde la última vez que estuve en Bolonia. Me quedaron entonces unas ochenta páginas para terminar "Se una notte d'inverno un viaggiatore...", a pesar de lo mucho que me estaba gustando el libro, y quiero acabármelo durante este viaje.

 
Italo Calvino es mi escritor italiano favorito.  Leerle es un placer agridulce: por un lado es una delicia adentrarse en esa prosa aparentemente tersa, elegante, bellísima, y participar de esos mundos complejos e imaginativos que construye con una (falsa) facilidad envidiable. Por otro lado, leer sus obras me hace sentir francamente estúpido y superficial. Calvino no crea relatos, sino cebollas: cada uno de sus textos se construye en capas y tiene muchas más de una lectura. 

Tomemos por ejemplo "Il barone rampante": uno puede leerla como una historia de aventuras fantásticas, prácticamente un relato juvenil, y disfrutar sin complicaciones de las peripecias de Cosimo Piovasco di Rondò, el chalado que en su juventud toma la decisión de subirse a un árbol y no volver a poner jamás los pies en tierra firme. O puede uno perderse en el gozo del lenguaje por el lenguaje, perdiéndose en la belleza de las palabras y las metáforas por sí mismas. También puede leerse como una novela histórica, a pesar de transcurrir en un país ficticio, ya que a través de sus páginas el lector presencia las metamorfosis europeas de la época de la Ilustración, la Enciclopedia, las guerras napoleónicas... Es a la vez un tratado de botánica y un retrato social. O puede uno perderse en un mar insondable de simbolismos y de referencias literarias. Existe también como en casi todas las novelas de Calvino un nivel profundo de contenido político, y un sustrato filosófico en el que se habla de conceptos como el libre albedrío y la volición frente a los imperativos sociales y biológicos. Todo esto, en menos de doscientas páginas.

Pero mi problema es que no consigo acceder a todos esos niveles: sospecho que me falta calado intelectual. Disfruto mucho de las historias de Calvino. Me divierten, me sorprenden, me inspiran... pero tengo la impresión de que no termino de entenderlas. También me pasa algo parecido con el Cine con mayúsculas: me quedo en un nivel superficial. O bien carezco de un adecuado dominio del metalenguaje, o es que simplemente soy un tipo poco profundo. Y mira que me fastidia admitirlo...


noviembre 07, 2011

Algo para hacer esta noche

Os sugiero algo más útil para hacer esta noche que escuchar a los de siempre diciendo las mismas estupideces que siempre:






La letra podéis encontrarla aquí... ¡a pasarlo bien!

septiembre 15, 2011

Universo paralelo

Según ciertas teorías, existe un número prácticamente ilimitado de universos en los que puede pasar prácticamente de todo. En algunas de esas teorías, cada vez que una acción puede tomar caminos alternativos se generan nuevos universos, uno por cada posible resultado de dicha acción. Según eso, existen universos en los que Franco era una travesti cantante de cabaret (bastante flojilla, por cierto) y universos que son exactamente igual al nuestros salvo en que la camisa que me he puesto esta noche era azul en lugar de roja.




Yo tiendo a darles a esas teorías una credibilidad ligeramente mayor que a la historia de la virgen quedándose embarazada de una paloma.

A diferencia de la historia de la paloma, sin embargo, las many-world theories tienen cierta base matemática. Supongamos por un momento que estén en lo cierto:

Estoy cenando a solas en la Roue D'Or de Bruselas. He tenido la prudencia de llegar antes de las ocho y media y por eso tengo mesa libre para mí solo. Apenas han comenzado a servirme los entrantes (croquetas de camembert con miel) cuando empieza a formarse cola para entrar; en poco tiempo llega hasta la puerta de la calle y más allá. Muchos de los que esperan tienen la pinta de pertenecer a mi congreso: como yo, inadaptados sociales, pero menos previsores, y por lo tanto se quedan sin mesa.

Uno de los que esperan no tiene pinta de ser de ciencias: un chulazo moreno y peludo con unos musculacos y una panza dura sobre la que dan ganas de hacer percusión con ritmos norteafricanos. Tontea un poco con la camarera, como intentado conseguir sitio por su cara bonita. En un Universo, no lo consigue y se va a buscar su forraje a otro sitio.

En otro Universo le paro con la mirada y de la misma manera le indico que se siente conmigo. Mi mesa tiene un asiento libre y está invitado a ocuparlo. El empotrador me mira con desconfianza, pero acaba sentándose. Yo le digo:
"Entendámonos desde el principio. No pretendo que hagas nada conmigo, ni siquiera que me des conversación. Pero quiero que sepas que me gusta mirarte, y pienso hacerlo todas las veces que quiera durante la noche".
Y le someto a una mirada con más megavatios que los que tiene un foco de esos que iluminan el Bernabéu. Ante el descaro de mi escrutinio, el potranco se va sintiendo cada vez más nervioso e inseguro. Gradualmente su pose de machito arrogante se desmorona y deja paso a una timidez y un nerviosismo que encuentro encantadores. Me apiado de él y desconecto los focos, y al final acabamos hablando tranquilamente y me cuenta cosas personalísimas sobre la escabrosa relación que mantiene con su novia, cosas que me hacen ver que bajo su apariencia de rudo neanderthal se esconde un alma sensible y atormentada. Ambos nos alegramos mucho de habernos conocido, y tras el café nos saludamos con mucho afecto y cada uno sigue su camino con una sonrisa en los labios.

Adivinen ustedes en cual de esos dos Universos me he movido esta noche, y en cual sin embargo me gustaría haberme movido... Mierda de timidez, copón.










agosto 12, 2011

Un señor de mediana edad

Hace más o menos un año, uno de los compañeros de mus de mi padre se acercó a mi ilustre progenitor y le dijo: "oye, mi chico está pensando estudiar Física en la Universidad. El tuyo se dedica a eso, ¿verdad? ¿Qué tal si le dices que queden un día a tomar un café y así le da un par de consejos?". Así que aprovechando mis vacaciones quedé una tarde con el chaval y le estuve ofreciendo esas sesudas e inútiles perlas de sabiduría que da la experiencia y que al que está escuchando le entran por un oído y le salen por el otro sin provocar la menor interferencia en su tejido neuronal.

No, malpensados, no me lo tiré.

Estuvimos hablando un buen rato y mientras lo hacíamos yo no dejaba de sentir unos vértigos y unas angustias tremendas pensando que el chico tenía dieciocho años y yo exactamente el doble: que cuando yo empecé a ir a la Universidad él estaba aún pegándole patadas al endometrio de su madre, que cuando yo acababa la carrera él jugaba con cochecitos de plástico y que si no fuera porque estamos en Universidades diferentes yo podría perfectamente llegar a catearle en Física Cuántica durante la carrera.

Pocas veces me he sentido tan viejuno.

Hace unos meses salí de copas con un par de compañeros de trabajo más jóvenes que yo. Ambos están haciendo la tesis y pese al la diferencia de edad nos entendemos bien porque siempre podemos hablar de frikadas, que son cosas atemporales. El caso es que después de haberme bebido unos cuantos gintonics salimos a la calle, y nada más cruzar la puerta me topé de bruces con un corrillo de alumnas mías de segundo curso. Mi primer pensamiento fue: "si estas petardas estudiaran más en vez de salir de borrachera, otro gallo les cantaría". Mi segundo pensamiento fue: "¡cielos, que no vean que estoy pedo!". Y mi tercer pensamiento fue: "joder, estoy empezando a pensar como un abuelo". Me deprimí mucho.



Luego está el asunto de las tres canas que me han salido en la perilla, las dos que tengo en el pecho y las tropecientas que tendría en la cabeza si no estuviera calvo como una rana. Y el tema de los achaques que va de mal en peor, con sus inevitables y lamentables consecuencias para la vida cotidiana.

A uno le van cambiando la mentalidad y los estilismos: si hace unos meses decidí cambiar de estilo de gorra para estar más de acuerdo con mi edad, ahora ha llegado el turno de las camisas. Yo era muy de camisetas, cuando era más joven y estaba medianamente bueno. Pero llegado a un punto de perímetro de tripa y de blandura pectoral, lo más digno que puede hacer uno es dejar de vestir de Ajaxx63 o de Rufskin y empezar a llevar camisa, que es algo como muy de virilidad madura. Y en esa transición estoy últimamente. Peor aún, estoy empezando a considerar seriamente los chalecos...





Total: que soy un señor de mediana edad. Hoy cumplo treinta y siete años, pero desde hace un tiempo me siento como si estuviera en plena crisis de los cuarenta. No es que me sienta físicamente viejo (bueno, un poco si), sino algo más profundo: me miro a mi mismo y no tengo muy claro ni donde he llegado en la vida ni adonde quiero ir, siento que hay cosas en mí que no me gustan pero no me veo capaz de cambiarlas, noto que voy adquiriendo los miedos que vienen con lo años pero no la sabiduría que debería acompañarlos, y el tiempo pasa cada vez más deprisa...

Casi es una buena noticia porque he notado que la gente se vuelve mucho más interesante una vez que consigue superar la crisis de la mediana edad (y por eso siempre me han gustado los maduros). A ver si me ocurre también a mí. Entre tanto, hoy he comido cochinillo y tarta, y eso siempre eleva la moral. ¡Algo es algo!




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