julio 10, 2009

Para tí, que te sientes el centro del universo

Este es un ejercicio estupendo, que te llevará aproximadamente el tiempo de escuchar este temazo mientras lees:





Siéntate un atardecer de verano junto al mar. Si no tienes mar cerca, sirve perfectamente el horizonte petrificado de Castilla, mejor cuanto más lejos posible de la contaminación de una gran ciudad.

Observa la puesta de sol. Mientras la luz de se difunde por el cielo, dispersándose hacia los colores más rojizos, la rotación de la Tierra hace que el horizonte se eleve por el oeste a razón de unos 350 metros por segundo, a la latitud aproximada de España, esto es, algo más de la velocidad del sonido. Naturalmente, tú no te das cuenta y sólo percibes la caricia de la brisa de la tarde.


El Sol se pone y sobre el horizonte cuelga la luna nueva, una uña de luz en el violeta intenso del cielo; dicha uña está girando a trescientos ochenta mil kilómetros de tí, recorriendo su órbita a una velocidad aproximada de un kilómetro por segundo. Su campo gravitatorio es responsable de la marea alta que en estos momentos intenta acariciar tus pies.


Tierra y Luna se abalanzan juntas, cayendo perpetuamente en una órbita elíptica alrededor del Sol a 30 kilómetros por segundo. Mientras contemplas los últimos resplandores del ocaso extinguirse en el horizonte, el planeta bajo tus pies se ha movido cincuenta y cuatro mil kilómetros, alejándose del solsticio, sin tú darte cuenta.

El cielo se oscurece y van apareciendo más y más estrellas. Las primeras que vas viendo se encuentran en la vecindad más cercana del Sol: apenas un puñado de años luz. De las estrellas que forman el Triángulo del Verano, la más brillante -Vega- se encuentra a veinticinco años-luz, unos doscientos cuarenta billones de kilómetros. La mas lejana -Altair, un monstruo setenta mil veces más luminoso que el Sol- se encuentra a 3230 años-luz, un tres seguido de dieciséis ceros de kilómetros de nosotros.

Eso no es nada comparado con la vastedad de la Galaxia. A medida que la noche se va volviendo más oscura puedes empezar a vislumbrar la Vía Láctea, ese río en espiral que contiene cien mil millones de soles: quién sabe cuantos mundos cálidos, gélidos o templados, vacíos o pululantes de vida, pueden estar orbitando esas otras estrellas. Si buscas con la mirada la constelación de Sagitario, que en esta época del año es claramente visible al anochecer un poco al sur y al oeste de Altair, estarás mirando hacia el centro de la Galaxia, escondido tras nubes del polvo y gas interestelar. Allí, a unos treinta mil años luz de tí, se agazapa un agujero negro supermasivo que contiene unos cuatro millones de veces más masa que el Sol. Nuestro sistema solar y sus inmediaciones orbitan alrededor de ese punto a una velocidad de unos doscientos kilómetros por segundo, pese a lo cual tarda unos 230 millones de años en completar un ciclo alrededor de la Galaxia. La última vez que el Sol se encontró en esta posición de su órbita, los dinosaurios dominaban la Tierra.


En su grandiosidad, la gran rueda en espiral de la Galaxia queda empequeñecida al lado de la distancia que la separa de su vecina significativa más próxima. Si te esfuerzas mucho y la noche es excepcionalmente clara y oscura, en la constelación de Andrómeda (apenas visible sobre el horizonte al nordeste) podrás ver una pequeña nubecilla casi imperceptible. Esa nubecilla contiene tres veces más estrellas que nuestra propia Galaxia y se encuentra a casi tres millones de años luz de la Tierra. La tenue luz que apenas baña tus retinas fue emitida cuando el homo habilis daba sus primeros pasos en la sabana africana. La galaxia de Andrómeda y la nuestra se están aproximando a razón de unos 50 kilómetros por segundo, lo que implica que en algún momento de los próximos mil millones de años ambas chocarán entre sí. Será algo interesante de ver.


La galaxia de Andrómeda y la nuestra propia forman parte de un grupo pequeño y disperso de galaxias a las que llamamos el Grupo Local. EL Grupo Local cae hacia el cúmulo de galaxias de Virgo, una estructura formada por unas mil trescientas galaxias y que contiene unos mil billones de soles, a una velocidad aproximada de 250 kilómetros por segundo. El cúmulo de Virgo, junto con nuestro Grupo Local y otros cúmulos cercanos, caen a su vez hacia el centro del Supercúmulo Local, un conjunto de unas cien mil galaxias distribuidas dispersamente en un volumen de unos ciento diez millones de años luz de diámetro.


El supercúmulo local no es más que uno entre cientos de miles observables en el universo conocido. Las galaxias, los cúmulos de galaxias y los supercúmulos se suceden uno tras otro, distribuyéndose en estructuras filamentosas con grandes huecos entre sí, como la espuma del mar que aún se mece a tus pies, formando diseños nacidos del azar y la necesidad del juego las interacciones gravitatorias, cada vez más y más lejos, cubriendo escalas imposibles de visualizar sin recurrir a la escala logarítmica. A medida que te alejas en la distancia y el en tiempo, las galaxias huyen de tí más y más velozmente, fruto de la expansión acelerada de la métrica del espaciotiempo.



Y se extiende más y más, hasta que llega un momento en el que no puedes ver más porque la propia luz, con su inimaginable velocidad, no ha tenido tiempo de llegar a tí: un horizonte de casi catorce mil millones de años luz de radio, más allá del cual el universo, inobservable, se sigue extendiendo, quién sabe cuánto.

Y bien... yo te diría esto: vuelve a tu playa, minúsculo mamífero, olvida tus ridículos problemas y disfruta de la noche de verano.


5 comentarios:

starfighter dijo...

Una buena dosis de humildad universal.

Bruto dijo...

Uffff, precioso, me ha encantado. ¡¡Gracias por un entrada como ésta, Sr. Astrónomo!!

Nyc dijo...

Jopetas, qué tristón me ha dejado el post! :(

Don Otto Más dijo...

Yo sólo quiero, en la inmensidad del universo, que alguien me haga sentir que soy el centro del suyo :(

Y no hay manera...

hm dijo...

No sé si me ha aportado paz o si me ha entristecido...

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