noviembre 06, 2012

Rompiendo una lanza

En días como hoy los periódicos se llenan de rumores, habladurías, especulaciones, dimes y diretes, adivinanzas, aruspicinas y otras artes futurológicas, es decir: actúan con total normalidad dentro de los estándares de la presa seria del siglo XXI.

Por tercera vez en los últimos meses se rumorea que, esta vez sí que sí, el Tribunal Constitucional se pronunciará hoy sobre el recurso en contra de los matrimonios homosexuales que presentó la Mariana Rajoy en nombre de esa casa de putas que ellos llaman partido.

Qué prisas, hijos míos. Total, el recurso solo lleva en circulación desde 2005. No entiendo a estas personas impacientes e incomprensivas que exigen que el Tribunal Constitucional diga sí o no sobre una sencilla pregunta en algo menos de cuarenta años.

Así que me toca a mí romper una lanza en favor de esta denostada institución, epítome glorioso de nuestra nunca suficientemente valorada clase judicial, y repeler a las malas lenguas que acusan a nuestros magistrados de estar politizados, de defender oscuros intereses mediante tácticas dilatorias o directamente de ser más vagos que la chaqueta de un guardia.

Pues no, señores, no: no es culpa de los jueces que la cosa vaya lenta. Es simplemente una cuestión de protocolo.


Es un dato poco conocido, pero nuestro Tribunal Constitucional se rige por tradiciones antiquísimas, que se remontan como poco a la época de los megaterios, como corresponde a una institución de tanto relumbre. Nuestros esforzados jueces se reúnen durante diez horas a deliberar cada día, seis días a la semana, cincuenta semanas al año. Si sus procesos van despacio es por falta de tiempo.

Por exigencias de las mencionadas tradiciones y del rígido protocolo, cada sesión del Tribunal Constitucional transcurre así:

En primer lugar entran los doce jueces, uno por cada una de las Tribus de Israel, en solemne procesión, a la Sala donde se reúnen. Como manda el cánon, cada uno de ellos viste galas ceremoniales que constan de: polainas contrachapadas en oro, faja imperial, toga de armiño y nutria soltera, estola de leopardo, guantes blancos con puñeta estilo Quevedo, peluca imperial de inauditos rizos y tirabuzones estilo Sissi Emperatriz, corona de papel del Burguer King y siete anillos, cada uno simbolizando uno de los Nazgûl. Como los jueces de cierta edad tienden a tener un sano sobrepeso, han tenido que pasar entre una y tres horas apretándose las cinchas y contrafuertes del corpiño, lo cual explica que la ceremonia suela empezar con un cierto retraso.

Una vez dentro de la Sala, el Maestro de Ceremonias (un conserje de Albacete que se sacó las oposiciones en tiempos del rey Amadeo de Saboya) va presentando a cada uno de los jueces, utilizando la forma clásica de presentación que se remonta a la época hiperbórea:
- Hace su entrada el magistrado Lucas el Justo, hijo del magistrado Septimio el Sabio, hijo de Teobldo el Incontinente, Hijo de Eusebio el Taquimecanógrafo, hijo de Fulgencio el Gualtrapas, hijo de Gunillo von Bistec, alias el Gorrón, hijo de Malaquías el Pintor de Carreteras, hijo de Viriato el Taxidermista, hijo de...
Y así sucesivamente hasta cincuenta generaciones. Multiplique usted eso por doce jueces, y comprenderá en qué se gasta una hora más de la reunión.

Acto seguido los jueces se cogen por las manos, forman un círculo y empiezan a entonar el Himno Solemne del Tribunal Constitucional, al tiempo que bailan una especie de sardana en siete pasos. El Himno tiene la misma melodía que la célebre sección de la ópera Carmen, de Bizet, popularizada en los años ochenta por el grupo músico-vocal Olé Olé, y su estribillo reza así:

Constitución, Constitución
Es nuestro modo de subsistir
Constitución, Constitución
No podríamos cobrar sin ti

La opinión pública vive en la inopia, pensando que el Presidente del Tribunal Constitucional es nombrado por las Cortes Generales, el Gobierno y el Consejo General del Poder Judicial; en realidad, el Presidente es el miembro del Tribunal cuya voz se aproxime más en tesitura a la de mezzosoprano. 

Finalizado el cántico del Himno, los jueces se sientan solemnemente en sus poltronas, en una ceremonia que se asemeja en casi todo al conocido juego infantil de las sillitas musicales. Es entonces cuando empieza propiamente la sesión, con el Señor Secretario (o Señora Secretaria) cumpliendo a rajatabla sus funciones, es decir: secretar. En efecto, el puesto de Secretario/a está reservado al miembro del Tribunal con mayores problemas de sudoración. La seborrea se considera un plus en este oficio.

Se levanta acta de la sesión previa, en latín, recordando las anécdotas más divertidas de la última reunión. Posteriormente se lee el orden de la sesión, en griego, haciendo especial hincapié en los puntos del día, las comas del día y los puntos suspensivos del día. 

En ese momento suena un móvil interrumpiendo la austera dignidad de la sesión. Se trata de la nieta de uno de los magistrados, recordándole a su abuelo que le compre un poni a la vuelta del trabajo. Como los jueces del Tribunal Constitucional son personas de una cierta edad, nadie tiene muy claro qué se debe hacer para colgar una llamada en un móvil de pantalla táctil. Para solucionarlo, sus señorías se enzarzan en una discusión acerca de la etimología de la palabra teléfono, analizando sus raíces grecolatinas, remontándose al idioma indoeuropeo y buscando precedentes y jurisprudencia al respecto en el Derecho Mercantil romano. Tras una larga discusión, por siete votos a cinco se determina que la palabra "celular" no tiene nada que ver con la celulosa. El Presidente del Tribunal da por zanjado el caso dando fuertemente con el martillo en la cabeza de sus colegas.

A todo esto, ha llegado la hora del almuerzo, consistente en un consomé de pollo, tortillita francesa y un asado de ternera rellena de cordero relleno de cochinillo relleno de capón de corral relleno de pichón relleno de boquerones rellenos de angulas, acompañados por verduritas al vapor, trufas del tamaño de pomelos y fideos salteados. De postre, natillas o una pieza de fruta (un melón).

Tras el café y la partida de brisca, los jueces reanudan su sesión. Para demostrar lo seriamente que se toman su trabajo, dedican entre media y una hora a carraspear gravemente. Después empiezan la lectura del documento legal sobre el que estén trabajando:
"[...] El Código Penal  nunca ha dejado de no establecer disposiciones que describan situaciones explícitamente exceptuadas de las normas antedichas, disponiendo en contraposición y como reemplazo de lo posteriormente establecido que la regulación legal actual expresa correctamente la consecuencia práctica que cabe deducir de la protección constitucional de la vida del nasciturus. Conforme a esta posición, el nasciturus sería titular sine qua non del derecho constitucional a la perífrasis ad eternum,  en igualdad de condiciones que los seres humanos no nacidos en función del artículo 119 del Código Sanitario. Esta posición estima que el artículo  no excluiría la consideración de la legitimidad de una intervención terapéutica con efectos de aborto no abortivo. [...]"
El pleno del Tribunal Constitucional, tras una breve deliberación, rechaza el anterior párrafo por estar escrito de una forma demasiado sencilla. "A ver si algún listillo se va a enterar de lo que hablamos", manifiesta indignadamente uno de los magistrados. El resto de los jueces aplaude y jalea esta intervención hasta que un ataque de tos obliga a hacer un receso.

Pero para cuando los jueces se disponen a volver al tajo, ya aliviadas sus gargantas y sus vejigas, el Maestro de Ceremonias anuncia que ya han dado las siete de la tarde y que va siendo hora de cerrar el chiringuito, con un poco de prisa por favor porque esta noche juega el Logroñés. Hoy no habrá tiempo para la habitual sesión de Ruegos, Preguntas y Cuchicheos. Los jueces se maravillan de cómo puede habérseles pasado el día tan rápidamente mientras, cogiditos de la mano, hacen unos pasos como de minuet cantando la sintonía de cierre de Sesión, que reza así:
Non mutatur, nec mutatio non mutat, 
non mutatur, nec mutatio non mutat, 
sed tamen idem passus sum pro tuo amore. 
Non mutatur, nec mutatio non mutat, 
non mutatur, nec mutatio non mutat, 
inveni, novus amor et oscula tu oblitus es

Vuelven los magistrados, orgullosos del trabajo bien hecho, a sus castillos (pasando por la tienda de ponis), donde sus felices familiares les esperan con los brazos abiertos y una botella de cloroformo. Y ese es el verdadero motivo por el cual la Alta Justicia va un poquito lenta: cierta sobreabundancia de (absolutamente necesario) protocolo  y falta de tiempo.

4 comentarios:

Frederic Mayol dijo...

Gracias por enseñarnos la luz. Ahora lo veo claro

MM de planetamurciano dijo...

Ha olvidado comentar que todos los jueves y martes de la semana, sacan el mazo-vibrador y lo usan convenientemente y en la intimidad, de uno en uno durante una hora

Moriarty dijo...

No sus quejéis, que habemus sententiam, y parece que es favorable.

Saludos.

hm dijo...

Se le ha olvidado indicar que todos los fallos (con perón) se deben traducir al latín, al griego clásico y al arameo (formal y coloquial).

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