agosto 19, 2014

Segunda parte


Bueno, pues al final esta segunda semana de vacaciones no fue tan terrible.


Segovia, como de costumbre en esta época del año, estaba estupenda: mañanas frescas como una ministra en una rueda de prensa amañada, tardes luminosas como los ojos de un banquero ante un nuevo paquete de ayudas públicas a su negocio, atardeceres encendidos como el culo de un mandril hembra en celo, noches perfumadas como una cena de divorciadas. Muy bonito todo. 


Tuve un poderoso déjà vu. Estaban de visita mi amigo E. hijo de E. hijo de M., su mujer y su hijo E. hijo de E. hijo de E. hijo de M., para abreviar E3.0. Resulta que E3.0 es una copia exacta de mi amigo E2.0 cuando era niño, hasta el punto de que si no fuera por las cicatrices del parto que tiene la madre yo juraría que el niño se generó por mitosis a partir del padre. El hecho de ser capaz de recordar nítidamente cómo era E2.0 cuando tenía dos años es algo a la vez espeluznante (por lo que implica de viejo que soy) y entrañable (porque da idea de la antigüedad de la amistad que nos une a E2.0 y a mi).

Pasé la tarde del domingo en La Granja de San Ildefonso con mi amigo J. La Granja es un pueblo idílico y versallesco cuyo único defecto consiste en estar ubicado en el centro de España en vez de el centro de Francia. Todos los intentos de desplazar el pueblo al país vecino han fracasado hasta la fecha. Yo, en el lugar de ellos, seguiría intentándolo.










Llegó el día de mi cumplaños y con él ese viejo ritual de elegir restaurante por el que se caracteriza mi núcleo familiar. Empieza con mi Señor Padre diciendo algo así:
- Mañana comemos donde queráis.

- Ah, vale, pues he pensado que podemos ir al Restaurante A.

- No, ese no.

- Bueno, pues al Restaurante B.

- No, ese tampoco.

- Bueno, pues di tú a cuál quieres ir.

- Al que digáis vosotros.

- ¿Qué tal el restaurante C?

- No, ese no.
Este año la agonía se prolongó más de lo habitual con Inesperados Giros del Guión. Mi Señor Padre llegó a obligarnos a ir a ver por dentro un restaurante nuevo que han abierto, para ver si nos gustaba, para después en el último momento hacernos ir a otro diferente, también nuevo. Total, si al final en todos se come lo mismo (cerdo). Este tipo de juegos psicológicos permiten hacerse una idea de por qué a mi Santa Madre se le cae tanto el pelo.

Por la tarde vinieron a alegrarme el día el osezno, que a la sazón pasaba unos días en la casa de mi cuñado en El Escorial, y el Sr. Shepperdsen, que se vino desde Madrid a pesar de que al día siguiente tenía que madrugar para trabajar. Faltó el Sr. Skyzos por imposibilidad geográfica. Pasamos una agradable tarde de paseos y terrazas, y luego nos cenamos medio cerdo y una botella de Pago de Carraovejas en el José María. Luego, una copa en Menorá.





El resto de los días en Segovia fueron tranquilos, solitarios, insulsos. Cumplí mi plan de no pisar la casa más que para las comidas y para dormir. Hice muchas fotos y desarrollé aún más esa afición que he cogido últimamente a beber vino de Rueda a todas horas. La vida es mucho más entretenida y agradable cuando uno está borracho.



Llegó el jueves, me despedí de mi Señor Padre y de mi Santa Madre y me fui a reunirme con el osezno en El Escorial. Mis cuñados viven en una urbanización de las que ya no quedan, con árboles del tamaño de... bueno, árboles como es debido, y piscina. Allí me enfrenté a mi incomodidad TOC de estar a pezón descubierto al aire libre, al menos durante un rato.


No existen fotos del especímen, pero puedo prometer y prometo que el socorrista estaba de toma pan y moja. Casi sufro una fusión del núcleo cuando le vi pasar el limpiafondos con el torso desnudo. El osezno dice que no era para tanto, pero qué se le va a hacer: tengo un morbo especial por los mozos de piscina. Todos tenemos algún tipo de fetichismo por alguna profesión, ya sean bomberos, azafatos, toreros o camareros. Mis morbos profesionales son los mozos de piscina, los jugadores de fútbol australiano, los taxidermistas y los notarios.

El viernes agarramos nuestros mantones de manila, nuestros claveles y nuestras cestitas de mimbre y nos bajamos a Madrid a las fiestas de la Paloma donde, curiosamente, no vimos al Sr. Mocho (culpa nuestra).  Llegamos a las Vistillas temprano, a esa hora en la que sólo están en la calle los madrileños de hoy en día: esos que han nacido en Quito, Lima o Bogotá. Elvira Lindo decía ya hace años que los españoles nos hemos vuelto tan tontos que nos pasamos el día encerrados en nuestras casas y los únicos que disfrutan la calle y los parques de nuestras ciudades hoy en día son los inmigrantes. Esta frase es totalmente cierta y no tiene ni un ápice de xenofobia: al contrario, dice bastante poco a favor de los españoles que por esnobismo, miedo o mera tontuna hemos ido renunciando al espacio público, y encima dejando que Ana Botella lo degrade a su antojo. Hoy en día es difícil encontrar a un madrileño de tercera generación andando por el centro a las seis de la tarde en un día festivo: todos se han ido a vivir a un adosado espantoso en Las Rozas. En esto, Madrid sigue el triste ejemplo de Londres, sólo que en el caso de Londres hay que cambiar "madrileños" por "londinenses" y "colombianos" por "madrileños".



Soy un gran defensor de las tradiciones, siempre y cuando estas tradiciones impliquen comer o beber. Nos tomamos un bocata de deliciosas y aceitosas gallinejas, y habríamos ido después a por los entresijos si no nos hubiera interceptado antes el puesto de churros (y porras). La atmósfera del parque en esos momentos estaba compuesta en un 40% por nitrógeno, en un 6% por oxígeno y en un 54% por grasa. 



Protegidos por esa capa de lípidos, estábamos ya preparados para el garrafón. Anochecía y nos fuimos hacia la parada de metro de La Latina, donde habíamos quedado con J. (no confundir con el J. de La Granja, qué culpa tengo yo de que todo el mundo se llame igual), un amigo del osezno. J. es un ser humano que parece la viva imagen de un esqueleto, tal y como sería el esqueleto si estuviera cubierto por ochenta kilos de músculo duro, apetitoso y turgente. Yo podría utilizar la espalda de J. como pizarra en la que hacer la demostración completa de las ecuaciones de Maxwell. Entre otras cosas.

Entendí por qué a las Fiestas de la Paloma las llaman el Orgullo Chico. Allí había más maricones por metro cuadrado que en una pool party del Circuit. Descubrimos que J. es ciertamente popular en el mundillo gay madrileño: se paraba cada treinta centímetros de camino para ser saludado y besado por alguno. Con esos deltoides, no me extraña lo más mínimo.

Empiezo a estar un poco harto de las barbas. Más concretamente, de no tenerlas. Hemos llegado a un punto en el que todo gay que se precie debe tener al menos una.  Hay algunos, como nuestro conocido Barbarrara, que tienen hasta dos o tres. El osezno, por supuesto, tiene una bien hermosa. Hoy en día, no eres nadie en el ambiente si no tienes barba. Ni tampoco, ya puestos, en el mundo hipster, aunque eso sea otro tema. Pues bien: yo no tengo barba. No me salen más que cuatro pelos mal puestos. No hay manera. Lo que me condena al más oscuro ostracismo. La frase más dolorosa de la noche me la dijo un chulángano (barbudo) frente a la barra del Sixta:
- Estás bastante bueno. Qué lástima que no tengas barba. Adiós.





Acabamos fatal. ¿Habéis probado a volver desde Madrid a El Escorial a las seis de la mañana, borrachos y en autobús de línea? Me río yo del antiguo servicio militar en Melilla.

Volvimos a Madrid al día siguiente, más muertos que vivos, a comer con nuestra amiga R. y a hacer unas compritas. El cockring que me regaló el dependiente de SR no me vale: o bien no sé ponérmelo, o bien tengo unas medidas inusuales. Tal vez debería habérmelo probado in situ, pero me dio palo. El descubrimiento de la tarde, en la librería y lugar de peregrinación personal Generación X, fue este:



Juro que ayer el osezno se hizo daño en el diafragma de tanto reírse.

La vuelta fue en el Alvia, antiguamente conocido como Talgo, y aproveché para ver la película que había alquilado para las vacaciones pero que no había tenido tiempo de ver hasta entonces: 300, el origen de un imperio. Una puta mierda, pero la de torsos que se ven, y lo bien que se les da el Photoshop a los de Hollywood...



Y todo esto para llegar a Santander y descubrir que estaba lloviendo. Viva.




12 comentarios:

Christian Ingebrethsen dijo...

Suscribo totalmente tus palabras:

-Los veranos en Segovia son una bendición para los que tenemos una baja tolerancia al calor. Lo malo es que para ser segoviano y vivir en Madrid voy menos de lo que me gustaría.

-Fui a la verbena el sábado pero no duré más de media hora, parece que ese día se pusieron de accuerdo para salir los fans de Miley Cyrus y los que llevan las cejas como si fueran malas de película de Disney.

PasaElMocho dijo...

Disiento de lo de que los madrileños no ocupemos los espacios públicos. Lo hacemos, pero de noche.

Sufur dijo...

¡Por eso decía lo de las horas tempranas, don Mocho!

Sufur dijo...

¡No sabía que fueras segoviano, Christian! ¡Paisano!

Christian Ingebrethsen dijo...

Me fui con cinco años para iniciar mi periplo nómada pero Segovia siempre ha estado ahí. Debería ir pensando en subir que no voy desde mayo.

DiegoC dijo...

Ains qué pena no haber ido el viernes a la Paloma, en lugar del jueves...Parece ser que se juntó lo mejor de cada casa :(

starfighter dijo...

Perdona que te diga pero el chulángano con barbas ese es imbécil. Y punto. El hematocrítico del arte es lo más, te jartas (sí, con j) a reir con sus sobretítulos; ingenio y diversión para no parar.

Sufur dijo...

Pues a ver si algún día coincidimos en Segovia, Christian!

Sufur dijo...

Una pena, DiegoC. Tengo ganas de conocerte en persona...

Sufur dijo...

Mundobarba no perdona, Starfighter. Salir por Chueca y por Kabul es prácticamente lo mismo, de un tiempo a esta parte

rickisimus2 dijo...

Confieso que también me doy al vino, salvo cuando hay que conducir, claro. Empiezo a ver una tendencia preocupante en mi: me ilusiona tomar en José María un Pago de Carraovejas acompañado de cochinillo, no al revés. Serán cosas de la edad.

Driver GT dijo...

El que te dijo eso era idiota, y punto.

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