julio 04, 2016

Grandes fiestas en Pinilla-Ambroz

Exagerados, que sois todos unos exagerados.

“Vais a morir de calor”, nos decían nuestros amigos madrileños cuando nos disponíamos a viajar a la capital para el Ogullo.

Pues, qué queréis que os diga, no ha sido para tanto. Viviremos en la cornisa, pero nos gusta el calor. Yo no he perdido del todo mi aclimatación castellana a los inviernos siberianos y a los veranos torrefactos, y mi señor osezno, por su lado, tiene un hambre de sol tal que es capaz de cruzar la acera para caminar por el lado soleado de la calle en plena Córdoba al mediodía, a cuarenta grados a la sombra, sin que le humee la barba ni nada. En eso como en tantas otras cosas, él me gana por goleada.

A lo que íbamos. Ha hecho buenísimo. En Madrid, en verano, lo que más apetece es pasarse el día y la noche de terraceo. Solo hace falta un salario con uno o dos ceros más juntos antes del punto decimal para poder permitírselo, y con eso todo estaría resuelto. Es un placer sentarse en un lugar abierto por el que corra un poquito de aire y ver cómo el interminable atardecer madrileño va volviendo el cielo violeta, como los ojos de Liz Taylor, y convertirlo gradualmente en un manto negro, pasando por esa tonalidad indefinible que yo llamo color “atún que ya huele”, y escuchar a tu alrededor el parloteo de los madrileños, que se las apañan muy bien para parecer todos interesantísimos pero sin desviarse ni un momento de la pertinaz estupidez común a todo español. Tiene mucho arte eso, y en ello los madrileños dan mil vueltas a cualquier otro, salvo muy posiblemente los barceloneses, que son exactamente lo mismo pero con un acento más bonito.

No es que hayamos hecho nada de eso. No ha habido tiempo. Ni tampoco habríamos tenido espacio: el centro de Madrid, durante el Orgullo, parece una colonia de pingüinos emperadores (también conocidos como pájaros bobos). Excepto en el asunto menor de la monogamia, todo recuerda a esta pintoresca especie de animales australes: el empaquetamiento de los cuerpos, las posturas erguidas, sacando pecho y metiendo tripa, el cuidado plumaje, los andares torpes, el gusto por comer sushi y la extremada uniformidad de aspecto y comportamiento. Respecto a esto último, la impresión generalizada de que Madrid se llena de millones de gays en esas fechas está profundamente equivocada: en realidad, la ciencia ha demostrado que si uno hace un cuidadoso examen genético, resulta que al final allí sólo estábamos seis o siete personas, diez a lo sumo. El resto eran como millón y medio de clones con pantaloncitos cortos, camiseta sin mangas exageradamente abierta por los lados hasta dejar ver el corvejón, bolsa de playa colgada a la espalda, barba más o menos hipstérica y ray-bans de mercadillo.



Inciso doliente: qué duro es ser cuarentón, maricón y que no te salgan más de tres pelos mal puestos en el mentón. Se siente uno más aislado que un ministro honrado en el gabinete de Mariano Rajoy.

Madrid estaba volcadísima con lo del Orgullo. Yo llevaba desde el primer año de la Era Botella (The Bottle Ages) sin bajar al Orgullo y me ha sorprendido cuánto ha crecido todo en este tiempo. Si ya en 2012 el Ogullo era una cosa gargantuesca, en 2016 el adjetivo que lo describe es “exagerao”, así sin la “d”. El Orgullo ha desbordado Chueca. Jamás he visto tal profusión de banderas arco iris por toda la ciudad en ningún sitio, ni siquiera en San Paquito. Todos se han apuntado al carro: el Ayuntamiento con su bandera arco iris, los bares con sus banderas arco iris, la mercería Paqui con su bandera arco iris, las tiendas de chinos con sus banderas arco iris, las churrerías con sus banderas arco iris, las notarías con sus banderas arco iris, las tiendas de mantillas y peinetas con sus banderas arco iris, hasta había banderas arco iris con otras banderas arco iris pegadas, en Chueca, Malasaña. Gran Vía, Bilbao, Sol, el Barrio de las Letras, Lavapiés, Atocha, el Madrid de los Austrias, Plaza de España, Cibeles, Chamberí, La Latina y hasta, presumiblemente, en las otras partes de Madrid que no he visitado. 







Me ha encantado. Para explicar cuánto me ha gustado, es necesario que ponga un ejemplo que se pueda entender fácilmente: el de Pinilla.

Todos tendréis en mente el caso de Pinilla-Ambroz, celebérrimo pueblo de la provincia de Segovia con un censo de 31 habitantes (INE 2012) y mundialmente famoso por dos cosas: la Peña Pinilla (muy mentada en toda la provincia) y las fiestas parroquiales en honor a San Ramón Nonato, que se celebran en torno al 30 de agosto y tienen la particularidad de ser EXACTAMENTE IGUALES a cualquier otra fiesta de pueblo que se celebre a lo largo y ancho del multiverso. Todos habéis estado en algún momento en las fiestas de Pinilla, aunque tal vez lo hayáis hecho desde Córdoba, Gerona o Manitowish Waters, Wisconsin. Las fiestas de Pinilla se caracterizan porque para celebrarlas se desplazan hasta el pueblo familias enteras que no vuelven a pisar por allí el resto del año ni aunque las paguen, porque se elije como Santeras (en otros pueblos del multiverso se las llama Reinas de las Fiestas, Damas de Honor o Z’ghoilnaxis B’kkt-9) de las fiestas a las cuatro mozas casaderas menos feas de la comarca, porque se produce en la plaza del pueblo la actuación estelar de la Gran Orquesta Pelícano, porque los mozos hacen muchas burradas y porque al final de las fiestas alguna pobre desgraciada acaba preñada y lamentándolo toda la vida.

Pues bien, las fiestas del Orgullo de Madrid hoy en día lo mismito que las fiestas de Pinilla-Ambroz (incluyendo, de una forma muy específica, lo de los preñamientos), pero a lo bestia, y eso, amigos míos, es maravilloso.

Porque no hay nada más liberador y feliz que estar en mitad del Paseo del Prado un sábado de julio a las ocho de la tarde y estar rodeado de gente pasándoselo pipa, lesbianas y gays y bisexuales y transexuales y muchos, muchísimos heterosexuales por igual, desde niños a ancianos, sin que a nadie le importe un pimiento tu orientación sexual o tu vida sentimental, todos con las mejillas pintadas con banderitas arco iris y jugando como locos con las putas pistolas de agua de los cojones.






 
Salvo que seas barrendero o jardinero municipal y te toque limpiar y reconstruirlo todo al día siguiente, claro.

Saco a colación lo de las pistolas de agua porque lo encuentro inspirador. A ver: me molestan muchísimo. Me revienta que un desconocido, por muy bueno que esté, me moje con un chorro sin habérselo pedido, sobre todo cuando llevo una cámara de fotos bastante cara entre las manos. Pero mientras estaba allí intentando que no me salpicaran mucho no dejaba de pensar lo siguiente: en Afganistán a mi, por maricón, me pegarían cuatro tiros con una pistola de verdad en vez de con una de agua.

No hay color, la verdad.

Que la celebración del Orgullo haya dejado de ser un fenómeno puramente gay y se haya convertido en una fiesta popular es algo grandioso. Yo estuve en algunas de las manifestaciones del orgullo gay de principios de los noventa. Eran ya tiempos de libertad, pero aun así a la manifestación iban cuatro gatos, la mayoría no se atrevía a hacer más que mirar desde las aceras, y salvo los más valientes todos huíamos de las cámaras de televisión como de la peste, no sea que fuéramos a salir en el telediario y nos viera nuestra tía Raimunda desde el pueblo. Ayer por la mañana, sin embargo, nos encontramos por Gran Vía con la hija de un compañero mío de trabajo, que había venido con su novio (la hija, no mi compañero) y unos amigos a ver el Orgullo, y todos llevaban pulseras y abanicos arco iris; venían a pasárselo bien y a celebrar la diversidad de forma natural, despreocupadamente, como podrían haberse ido al festival de Edimburgo o a la Feria de Abril.








Me encanta.

Se ha avanzado mucho en apenas cuarenta años.

He escuchado a muchos amigos quejándose de que el Orgullo se ha difuminado, que se ha mercantilizado, que ya no es lo que era, que “nos lo han robado los heteros". Pues bien: no comparto su preocupación. El objetivo de todo esto era, desde el primer momento, conseguir que el orgullo llegara a ser superfluo: Que viniera un día en el que lo que se celebrara no fuera la homosexualidad, la heterosexualidad o cualquier otra variante, sino la alegría que que todo el mundo pudiera expresar su forma de ser en paz. Que la celebración del Orgullo pasara a llamarse Fiestas de la Diversidad (frase que he empezado a escuchar este fin de semana y me ha encantado) o algo así.

Pues bien, ese día NO ha llegado. Aún hay mucho camino que recorrer, mucho prejuicio que disolver y mucho por lo que luchar. En el último año se han producido un centenar de agresiones homófobas solamente en Madrid, casi tres veces más que el año anterior. Hay un rebrote de odio que no sabemos muy bien a qué se debe ni cómo atajar. Muchas personas siguen siendo discriminadas social y laboralmente, incluso en la “tolerante” España, el “bullying” escolar es más feroz que nunca y sigo conociendo jóvenes que, incluso en ciudades grandes y modernas, viven asustados en el armario. Y estamos hablando de una sociedad “moderna” como la española. Quedan ciento cuarenta países en el mundo en los cuales la homosexualidad sigue siendo delito, en varios casos penado con la muerte.

El Orgullo sigue siendo necesario y sigue cumpliendo una función reivindicativa y de visibilización fundamental. Y sigue haciéndolo: si solo eres capaz de fijarte en las carrozas y en los pezones con purpurina, allá tú, pero sigue habiendo una marcha reivindicativa, un manifiesto, una acción social, un programa cultural y una agenda política delante (y detrás) de cada fiesta del Orgullo, no solo en Madrid sino en todas partes, y muchos de los que vamos lo hacemos con ello en mente, aparte de con muchas ganas de divertirnos.










Pero que al mismo tiempo el éxito de pasados Orgullos y el avance de nuestra sociedad haya sido tan grande que ahora la semana del Orgullo en Madrid se parezca a las fiestas de Pinilla-Ambroz es una razón más para celebrarlo por todo lo alto. Aunque no me gusten ni las pistolas de agua ni la Gran Orquesta Pelícano.


PD. Ya sé, queréis chulos. Pues tomad chulos:




Sí señores... ¡es Eliad Cohen! Y arriba también



















1 comentario:

Moriarty dijo...

Yo tengo edad suficiente para haber conocido una manifestación del orgullo gay prácticamente unipersonal: la hacía a finales de los ochenta, en Valencia, Fernando Lumbreras, a la sazón presidente del Colectivo Lambda, y como mucho dos o tres personas más. Eran los únicos que tenían huevos para concentrarse en la Plaza de la Virgen y mostrarse públicamente como homosexuales. En Madrid, Barcelona o Bilbao, hasta donde sé, la cosa no era mucho mejor, y en el resto de España no creo que se tuviera noticia de qué demonios se celebraba el 28 de junio. Efectivamente, recordar dónde estábamos en cuanto a visibilidad y normalización del hecho homosexual y dónde estamos ahora, incluso y a pesar de todas las limitaciones que mencionas, causa vértigo.

Y en cuanto al calor, pues también tienes razón: una vez te acostumbras a esa sensación de ser una galleta dorándose en un horno a fuego lento, el verano madrileño tampoco es para tanto.

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