diciembre 11, 2016

Bears, beers & baos

Copón, qué bajona más tonta.

Tendrá bastante que ver con la resaca, me imagino. No debería haber dejado que me invitaran a un whisky con cola anoche. Me sientan fatal. No así el sake, los mojitos, los gintonics y las cervezas que me tomé antes: esas me sentaron divinamente, seguro. La culpa es del cubata.

Al menos, esa es la clase de cosas que siempre se dicen a las madres a la mañana siguiente.

Estuvimos, así en mayestático, de puente en Madrid y, en efecto, no quedamos contigo. Lo sentimos mucho, seas quien seas, pero es increíble lo apretada que puede llegar a estar la agenda social de dos señores de provicincias de mediana edad cuando se dejan caer por la capital. No sé cómo hace Nati Abascal (Nati, con i latina, pese a lo que pongan el Hola y la wikipedia, porque acabar los diminutivos españoles en "y" es ortográficamente incorrecto y además es muy de paletos), la verdad, para cuadrar sus compromisos sociales.

Dicho de paso, qué feo suena eso de compromisos sociales. Si son amigos, no son compromisos. Si son compromisos, no son amigos. Lo nuestro son amigos.

Pero me estoy desviando, y encima en público. Estuvimos de jueves a ahora, domingo, e hicimos lo clásico en estos casos: ver gente, comer como cerdos, ir al teatro, ingerir alcohol como para propulsar un cohete a Marte y dormir francamente poco. En el caso del osezno, además, desgastar la bañera del hotel a golpe de baños con patito de goma.

Por si a alguien se le había escapado, ha sido el MadBear: todo el centro de Madrid invadido por úrsidos de todos los colores (negros, pardos, grises, polares y algún que otro oso panda oriental) y el nutrido ecosistema de artrópodos y fauna microbiana que suele acompañarles. Dios, cuánto guapo suelto. Tengo los ojos erosionados de tanto mirar en la grumosa penumbra del Zarpa, el Bearbie y otros sitios de cuyo nombre no debo acordarme.  He notado una pequeña diferencia con respecto a otros años: posiblemente debido a que ahora llevo bigote, mis superpoderes de invisibilidad osuna se han deteriorado. Si antes yo era capaz de atravesar de un extremo a otro la sala de baile del Bearbie sin que ningún ojo registrara mi presencia (llegué a considerar seriamente la lucrativa carrera de carterista de discoteca), esta vez sí que he notado miradas sobre mi persona. De pena o asco, principalmente. Pero oigan, un cambio es un cambio. El osezno, por su parte, ha recibido tanta admiración como de costumbre. Yo se lo tengo dicho: si no te gusta que vayan por ahí desabrochándote los botones y dejándote el pechote al aire, no deberías ponerte esas camisas. Pero por algún motivo no me hace caso y sigue poniéndoselas, ¿por qué será?



Pero no todo es pelo en la vida. También hay algo de culturilla. Yo fui a ver, y disfruté enormemente, la exposición gratuita sobre Hitchcock en la Fundación Telefónica. Pobre Tippi Hedren, lo mucho que la puteó Hitchcock. Con lo que me ha gustado siempre esa mujer: es justito lo que sería su hija Melanie, si alguna vez hubiera tenido belleza, clase y talento. Pues eso, yo nunca había visto la Fundación Telefónica por dentro y, francamente, no entiendo por qué la gente prefiere ir al Primark de Gran Vía teniendo la Telefónica al lado. ¡Y encima sin colas para entrar! Creo que la Fundación debe haber sido el único lugar en el que hemos estado este fin de semana para el que no hemos tenido que cuardar colas.
- It's amazing how you Spaniards seem to love lines -me decía un israelí, uno de los pocos osos (en realidad, era más bien chaser, y no sé cómo sentirme al respecto) que se ha dignado en hablar conmigo estos días. Espero que la frase no tuviera doble sentido.
Fuimos también al teatro. La obra, iMe, no nos convenció demasiado ni en su argumento ni en su desarrollo, pero sí nos gustó mucho la interpretación de Mireia Pàmies.  La historia plantea en forma de distopía un tanto exagerada un asunto muy actual: la forma en la que las redes sociales e internet están desplazando el contacto real entre las personas. Lo cual me lleva de nuevo al tema inicial, y es lo chocante que resulta estar en un bar de ambiente y ver a la gente cabizbaja y mirando al móvil, intentando ligar por Scruff en vez de mirarse unos a otros. Siniestro.




Y que conste que escribe esto una persona sin nungún tipo de credibilidad en estas materias, que dedica más minutos al día a hablar a través de WhatsApp que de viva voz. Volviendo al teatro, nos quedamos con las ganas de ir a ver el monólogo "cómo seducir a un hetero", pero nos liamos con las fechas. Un sindiós.

En materia gastronómica, comimos baos. Era inevitable. Madrid está tomada por los baos. Todos se han subido al carro de la moda: de no conocerlos ni Cristo, han pasado a estar presentes hasta en la sopa. Literalmente. Y se preguntará algún hipotético lector de provincias, ¿qué es un bao? 

Yo lo explico:

Una BAO (Baryonic Acoustic Oscillation) es una fluctuación periódica de la densidad de materia bariónica, en una escala típica igual a la del horizonte de sonido en el momento de la última dispersión justo antes de la época de la recombinación (o sea, una escala comóvil de unos 150 megapársecs, asumiendo como factor de escala a tiempo actual a(t0)=1, como viene siendo el criterio habitual), y que se debe a la creación y posterior disipación de ondas de sonido en el plasma que llenaba el Universo en el periodo comprendido entre el final de la inflación y la época de la recombinación, y al comportamiento diferencial entre la materia bariónica y la materia oscura no bariónica.


Ha quedado clarísimo, ¿verdad?

Además, de forma mucho menos importante en el Gran Esquema de las Cosas pero más deliciosa para los insignificantes organismos que pisoteamos este planeta, los baos son panecillos chinos rellenos de cosas. Para que nos entendamos, una especie de arepas, con la diferencia de que los baos suelen estar ricos.


Pues bien: Madrid está dentro de un BAO, aunque no se note, y está lleno de baos, y esto último se nota casi demasiado. Los baos son hoy en día lo que eran los tatakis hace un par de años o las reducciones de balsámico de Módena hace cinco: una moda que al principio (durante la primera semana o así) resulta encantadora pero que rápidamente satura.

Como saturó hace lustros la moda, que sin embargo nunca parece acabar, de los tatuajes. ¿Es que no va a parar nunca esta espiral del horror en la que vivimos? De acuerdo: soy el primero en salivar ante un buen par de bíceps tatuados o en apreciar un bonito y original tatuaje estratégicamente colocado en una región de piel invitadora, pero, ¿nadie se ha parado nunca a explicar a los clones de Chueca que hacerse el mismo diseño tribal en el hombro que lleva el actor porno de turno y que llevan otros diez mil tipos exactamente iguales NO es un signo de personalidad original e independencia? Nada, que no les entra.

Aunque siempre puede ser peor si uno se pasa de originalidad, como ocurre con ese por otra parte encantador dependiente de una tienda de ropa que nos atendió el otro día y que llevaba todo el cráneo tatuado con dibujos completamente horripilantes, y con la siguiente frase escrita en Lucida Calligraphy sobre su frente:

"Forever Young"

Pagaría por poder ver su cara dentro de cuarenta años.



4 comentarios:

Mocho dijo...

Pues no te vi en el Scruff

Sufur dijo...

¡Yo a ti tampoco! Se nota que estás en Christmas Mode (lalalalá lalá lalá)

gayalguienahi dijo...

O yo soy muy torpe o no sé, pero no me he enterado de nada de lo de los BAOS...
Será que soy de provincias.
Saludos.

Alex dijo...

Igual que a tí con la cuba a mi pasa con la cerveza: me emborracho con una.
Normalmente es la cuarta o quinta.

Como coincidencia, ayer fui a un bar de bears, pero ya ha sido prácticamente co-optado por heterosexuales.

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