junio 10, 2009

Crítica de la Razón Crítica

Afrontémoslo: soy un hombre de una cierta edad que nunca ha tenido la oportunidad de brillar con luz propia en los círculos metafísicos y filosóficos. Siempre he querido ser Luz Que Ilumina Como Un Faro De Esperanza Las Brumas De La Civilización Occidental, pero en algún punto del camino me entretuve atándome los cordones de los zapatos (nunca dominé la técnica del doble lazo) y perdí la oportunidad de escribir el gran tratado de epistemología que me ronda en las meninges desde niño. A mi edad otros grandes filósofos ya habían deslumbrado con sus mejores obras: Gianluca Strozzi, sin ir más lejos, publicó antes de los treinta sus "Obras y Opúsculos", lo que le valió el aplauso enfervorecido de parte de la Academia Italiana de Metafísica y también varias amenazas de muerte, lo que en Italia viene a ser prácticamente lo mismo. Siguiendo su ejemplo, Schnewmann aireó a una edad temprana sus "Textos y Textículos", lo que le condujo a una condena de seis meses en la cárcel de Gotinga por escándalo público.

Decidido a poner remedio a esta triste situación, he dedicado un par de horas de mi vida a concebir lo que será mi gran obra filosófica de juventud, la "Crítica de la Razón Crítica", en la cual daré respuestas a algunas de las grandes cuestiones sin solución que se han planteado en la Filosofía desde la época de los presocráticos. Lo que sigue a continuación es sólo un esquema resumido de los contenidos de tan magna obra, que una vez publicada ocupará seis volúmenes de tres páginas cada uno (siendo los cuatro primeros prólogos escritos por famosos intelectuales del momento).

Empezamos con Platón y el mito de la caverna, según el cual el mundo de lo percibido es sólo una sombra deforme del auténtico reino de las ideas. El mito de la caverna no debe tomarse al pie de la letra, sino como una metáfora o alegoría que demuestra lo engañosos que son nuestros sentidos, sobre todo cuando estamos recién levantados y no recordamos dónde demonios hemos dejado las gafas, y que nos recuerda que sólo a través del esfuerzo racional se puede aprehender la esencia de las cosas o, en su defecto, observar una preciosas estalagmitas. Si el mundo real es el de las ideas, y el mito de la caverna es una idea, entonces el mito es real y no debería llamarse mito, por lo que en mi "crítica de la razón crítica" el mito de la caverna pasa a llamarse "la increíble pero cierta historia del terreno subterráneo no urbanizable". Ocasionalmente los humanos somos conscientes de nuestra posición en la caverna y eso explica el gran número de casos de reúma que sufre la gente, sobre todo a partir de cierta edad.

Aristóteles comenzó a interesarse por el estudio de lo que es, en tanto algo que es (tò òn hê òn), lo cual fue aclamado como una verdadera novedad y una gran idea. Hasta entonces, los filósofos se habían ocupado de cosas que no eran, o cosas que eran pero no se era consciente de que fueran, o de cosas que parecían ser pero en realidad eran no se estaba seguro de ello. La ontología aristotélica, sin embargo, se enfrenta a dos problemas aparentemente insolubles: la multivocidad del verbo ser (eînai), incluso asumiendo que la Naturaleza pueda ser única, y los frecuentes ataques de gota de Aristóteles, que le obligaban a suspender los paseos peripatéticos en su Liceo cada dos por tres. Con nuestra perspectiva histórica, ahora sabemos que Aristóteles tal vez hubiera podido responder al eterno problema del Ser si hubiese comido menos gambas a la gabardina, por otra parte su plato favorito.

La filosofía medieval es un campo apasionante, con la incorporación al discurso filosófico de la escolástica, la alta teología, la distinción entre esencias (necesarias) y accidentes (contingentes), las disgresiones de la alquimia como precursora de la filosofía natural moderna y el principio de autoridad como forma de hacerle la pelota a los catedráticos. Fue una época fecunda en la cual se dedicaron muchos esfuerzos a pensar en los ángeles. En mi "crítica de la razón crítica" soluciono algunas de las controversias de esa época, como por ejemplo la consabida pregunta de cuántos ángeles caben la la cabeza de un alfiler: tres, cuatro a lo sumo si llevan algún tiempo sin comer. En cuanto a cuál es el sexo de los ángeles, he de reconocer que no he conseguido encontrar una respuesta definitiva. Todo lo más, he logrado responder a cómo es el sexo de los ángeles: enorme, desproporcionado.

Llegamos a la era de las luces: Descartes, Bacon, Leibniz, Spinoza, Voltaire, Russeau, Calvin y Hobbes. El hombre se sitúa de nuevo en el centro del Cosmos (antes estaba un poco a la derecha) y se plantea: pienso, luego existo. Después de dos mil años dándole vueltas al asunto, la filosofía se convence de que el ser humano, o por lo menos algunos seres humanos (los filósofos y sus madres), existen. David Hume dedicó largas horas a la difícil tarea de pronunciar correctamente y de carrerilla, sin que se le trabara la lengua, la frase "hoc post hoc, ergo propter hoc", algo que ningún otro filósofo hasta la fecha ha logrado repetir.

Pero los verdaderos problemas de la filosofía, los que en realidad interesan al lector contemporáneo y por tanto son objetivo de mi obra, comienzan a aparecer en el XIX. Aparece una profunda brecha entre filósofos idealistas y materialistas, debida a que el joven Marx le pidió prestada la segadora a Hegel y jamás se tomó la molestia de devolvérsela. Las diferencias entre ambas personalidades y sistemas fueron creciendo hasta, según algunas fuentes, llegar a provocar (al menos en parte) las dos Grandes Guerras del siglo siguiente (y varias series de televisión verdaderamente malas). El siglo XIX fue una auténtica Edad de Oro de la filosofía en la que esta rama del saber descubrió verdades fundamentales del ser humano que hasta entonces habían pasado totalmente inadvertidas: que al hombre le gusta el dinero (Marx), el sexo (Freud), la comida (Malthus) y deprimirse (Nietzsche). De acuerdo, Dios ha muerto, pero, ¿alguien la he hecho la autopsia para saber el motivo? ¿Dónde estaba el übermensch a la hora del crimen el día de autos?

Llegamos pues al meollo de la cuestión. Ya lo puntualizó con su habitual claridad Heidegger, al afirmar que el hombre es el ente abierto al ser, pues sólo a él «le va» su propio ser, es decir, mantiene una ex-plícita relación de co-pertenencia con él. La forma específica de ser que corresponde al hombre es el ser-ahí en cuanto se halla en cada caso abocado al mundo, lo cual define al "ser-ahí" como "ser en-el-mundo" o como "estar en-el-mundo". Heidegger, sin duda alguna, era un hombre de un saber estar admirable. Los existencialistas franceses, con Sartre a la cabeza, volvieron sobre este tema: ¿son el ser-en-sí y el ser-para-sí compatibles? Y, si lo son, ¿se atreverían a pedir una hipoteca entre los dos? Analizo en mayor profundidad este tema en el capítulo XVII, "prosapias".

Pongamos un caso sobre el que estuvieron trabajando diversos filósofos, salvo (por lo visto) Althusser y Derrida: determinar el ente de un ser. El ser, cualquier ser, en cuanto realidad (o posible realidad) ontológica (y por ende susceptible de juicio subjetivo (contingente)), está sujeto (o es objeto, dependiendo de cómo se formule su inter-relación con la causalidad sub-yacente) a la volición (fruto del imperativo categórico) humana, pero ésta se construye (e igualmente puede de-construirse) en sí misma (per se) como (como) objeto (objeto) de (de) conocimiento (según Piaget) y, por tanto, es (está) a su vez intrínsecamente en-marcada (sic) en un Universo que está (es) con-formado de forma dinámica (Wittgenstein), id est, mutable. En este universo el hombre, memores acti prudentes futuri, está (es-en-sí) abocado a la muerte: es el lorem ipsum de Cicerón, que se expresa (ex-presa) en la clásica frase "Sócrates es mortal", que no es lo mismo que "Sócrates está mortal". Por lo tanto, se concluye, buscar el origen (Ursprung) de la religión en un sentimiento metafísico se convierte en un ejercicio epistemológicamente fútil.

El argumento sigue. Pero están cerrándome el bar, por lo que tal vez sea buena idea continuar otro día. ¡Qué incomprendidos somos los filósofos!

5 comentarios:

starfighter dijo...

Pues no entiendo que sean unos incomprendidos, yo lo he entendido todo todito. Eso sí, después de seis o siete cubatas, whisky-on-the-rocks, baileys y chupitos varios...

MM de planetamurciano dijo...

Ya me hubiera gustao a mí dar una filosofía en el insti parecida a esta; me hubiese divertido más.
La otra se me hizo intragable...

Anónimo dijo...

¡Déjame dormir, tarado!

(El tío que estaba al lado en la barra, quizá uno de los camareros).

Peritoni dijo...

Un filósofo filosofando en un bar, ¿dónde se ha visto?.

Totó dijo...

Mmm... Estás corriendo un riesgo terrible... ¿Eres consciente de que, con esta nueva faceta, en un siglo o dos (estar remuerto es una condición sine qua non para conseguir la trascendencia necesaria) los adolescentes tendrán que aprenderse del derecho y del revés tus textos y te odiarán? ¿Estás dispuesto a ser objeto de airados comentarios soeces de jovenzuelos imberbes?

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