enero 14, 2013

Fossabanda reloaded

Las voces profundas, graves, solemnes de mis hermanos se alzan en canon a mi alrededor, llenando de ecos el espacio que se extiende entre las nobles pero decrépitas paredes de la capilla mayor de nuestro monasterio de Santa Croce in Fossabanda. Normalmente, el canto del Ángelus es para mí un momento de éxtasis místico y estético, en el que mi alma se eleva, cual surtidor en espiral, hasta llegar a tocar, casi, el rostro bendito de nuestro Señor Jesucristo. Atrás quedan todas las cuitas del mundo material, del mundo perecedero que se extiende más allá de los muros de nuestro santuario y de las debilidades del cuerpo envejecido que aprisiona temporalmente mi alma inmortal. Sin embargo, hoy no consigo alcanzar ese estado de bendita transfiguración.

Estoy preocupado por el futuro de nuestra congregación. A lo largo de su dilatada existencia, la orden de los Melanios Calzados No Intervencionistas se ha enfrentado a numerosas dificultades, como aquella vez que el ejército garibaldino acampó junto al monasterio y a la soldadesca le dio por usar nuestros santos muros para hacer aguas menores y mayores, enturbiando así la calidad de la atmósfera monacal; pero temo que la presente crisis pueda ser la definitiva. En este siglo de feroz laicismo y falta de cristiana vocación, cada vez somos menos monjes y la Orden, antaño próspera y rica, se ve abocada a la más espantosa de las miserias.


Los signos de deterioro son sutiles, pero ahí están, expuestos a la mirada de cualquier observador atento. Gran parte del monasterio permanece vacío y abandonado, las instalaciones comunes están cada día más desvencijadas (con la excepción del gimnasio del hermano Pierfabrizio) y hasta las gallinas parecen cabizbajas y cariacontecidas. Los establos, los talleres y el huerto languidecen por falta de mano de obra: los hermanos Bettino, Matteo y yo mismo hacemos lo que podemos, pero ninguno de los tres somos ya precisamente jóvenes, y además los otros dos monjes parecen dedicar más tiempo y esfuerzos a intentar asesinarse el uno al otro que al honrado trabajo manual. Las arcas de la comunidad están vacías: subsistimos apenas con los magros productos que consigo extraer de nuestra huerta, los pocos huevos que nos proporcionan nuestras famélicas gallinas, los encurtidos y las salmueras que prepara el hermano Giuseppe, algo de leche que nos ofrecen generosamente los aldeanos y, en el caso del hermano Pierfabrizio, barritas de proteínas compradas al por mayor a través de internet. Los tapices y los frescos de la Capilla Mayor se decoloran por los estragos combinados del paso del tiempo y de la lluvia que se cuela por el agujero, del tamaño de una tanqueta, que se ha formado en el techo. El hermano Guglielmo lucha valientemente para preservar nuestro patrimonio cultural, repasando con rotulador las líneas del Pantocrátor del ábside, pero ni siquiera su pericia es rival para el paso implacable de los siglos. Incluso el retrato ecuestre de nuestro fundador, Melanio de Caltanisetta, que preside la sala capitular y que está atribuido nada menos que al famoso pintor florentino Annabello della Sborra (más conocido por su nombre artístico, “Zoccolino”), está tan deteriorado que ya no se sabe cual de las dos figuras corresponde al santo varón y cual al caballo. Con un patrimonio artístico tan depauperado las visitas de turistas admiradores del arte sacro han caído en picado, agravando aún más la situación. 
Por si fuera poco el disco de versiones en gregoriano de canciones de Kylie Minogue que grabamos el año pasado a instancias del hermano Pierfabrizio no nos ha dado casi ningún beneficio: si bien es cierto que el disco fue un éxito de ventas, la mayor parte de la recaudación se la ha quedado un tal Teddy Bautista, por motivos que no alcanzo a comprender, y al Monasterio sólo le ha quedado en limpio un disco de platino para colgar en la pared (en realidad es de latón pintado con purpurina) y un nebuloso contrato para realizar en algún momento dado una gira de actuaciones por las iglesias y monasterios de un lugar llamado Chueca, del que nunca había oído hablar antes anteriormente.

Consciente de esta lamentable situación, nuestro Padre Superior, fray Lucrezio, nos reunió a todos (monjes y gallinas por igual) el otro día después de las Vísperas. Fiel a las tradiciones de transparencia y democracia que gobiernan nuestra Orden desde sus orígenes, el Superior estaba dispuesto a escuchar todas nuestras ideas, sopesarlas cuidadosamente, meditarlas en comunión con Cristo Nuestro Señor y, finalmente, ignorarlas por completo y hacer su santa voluntad de acuerdo con lo que tuviera pensado desde el principio. Fray Lucrezio nos informó del desastroso estado de las cuentas de la Orden, conminándonos a aportar ideas para el reflote económico del monasterio y rogando al Espíritu Santo para que iluminara nuestras, cito literalmente, “miserables cabezas de chorlito”


Como no podía ser de otra manera, la mayor parte de los hermanos propuso como solución perseverar en la oración. Fray Guglielmo sacó a colación el caso de San Porfirio de Spamia, quien rezó siete novenas dedicadas a la Virgen de los Remedios y fue recompensado con varios pozos de petróleo. El abate Roger de Westfalia, por el contrario, no las rezó y fue por ello castigado por Dios, quien lo convirtió en un pollo tomatero. Acto seguido, fray Guglielmo nos exhortó a contar esta historia a otros cinco monjes antes del fin de la Cuaresma, si no queríamos acabar como el abate Roger (concretamente, en pepitoria). 

Como lo cortés no quita lo valiente y el segundo lema de nuestra orden es “a Dios rogando y con el mazo dando” (el lema principal es “nunca combines calcetines blancos con sandalias”), el Padre Superior decidió que, sin olvidar por supuesto la oración, el monasterio debía realizar su propio aggiornamento, adaptarse a los tiempos y sacar rendimiento de los caprichos imperantes en la actual coyuntura macroeconómica. Para lo cual dio luz verde a un par de iniciativas sugeridas por el hermano Pierfabrizio, que está más enterado de lo que sucede en el mundo exterior.

La primera consiste en potenciar nuestro pequeño negocio de artesanía. Por algún motivo, la gente parece considerar que los monjes de Fossabanda somos especialmente hábiles en la fabricación de artículos de cuero: se nota que no conocen al hermano Matteo, quien repara los odres de vino perforados pegándoles un chicle masticado sobre el orificio. Hasta ahora sacábamos partido de esta inocente confusión ajena comprando a través de internet algunas artesanías made in Taiwan y revendiéndolas a la puerta de la iglesia. Según el hermano Pierfabrizio, es hora de entrar en el business de forma seria: se ha puesto en contacto con un mayorista alemán especializado en la producción de hábitos y otros adminículos de cuero para el uso de hombres piadosos, y desde hace unas semanas nos hemos convertido en distribuidores oficiales en la región. Cuando no está atendiendo sus salmueras en la cocina, el hermano Giuseppe se encarga de atender a los caballeros que van llegando a la tienda, pidiendo ora unas fustas, ora unos látigos, ora algún que otro arnés para sujetarse a la Cruz durante las procesiones de Semana Santa. El negocio parece ir bien, pero de nuevo el margen de beneficio es escaso por culpa del impuesto sobre el valor añadido de los bienes de lujo.


La segunda iniciativa del hermano Pierfabrizio me resulta un poco más extraña: alquilar partes de nuestro bienamado monasterio para el rodaje de una película. Ya he escrito en alguna otra ocasión que el hermano Pierfabrizio, pese a su juventud, tiene más pasado (y más misterioso) que todos los demás monjes juntos: siempre nos está hablando de lugares, personas y posturas que son para nosotros totalmente desconocidas e inimaginables. Pues bien, parece ser que nuestro novicio conoció hace unos pocos años en cierto festival de cine independiente a un famoso director de cine, un tal Kristen Bjorn –por el apellido deduzco que debe ser un neorrealista sueco–, con el que entabló rápida y profunda amistad. Recordando en la hora de nuestra penuria que el susodicho director manifestaba siempre interés en encontrar parajes de singular belleza natural o arquitectónica para emplazar la acción de sus películas, al hermano Pierfabrizio le vino en mente que tal vez podríamos prestar, durante un corto tiempo y a cambio de una generosa donación económica, nuestros venerables edificios de piedra y ladrillo al afamado director.

El padre Lucrezio al principio no estaba muy convencido. “Porque a ver qué clase de película pretenden rodar, ¿eh?”, dijo, “no quisiera que nuestro santo lugar de retiro se convirtiera en escenario de una de esas horribles producciones llenas de disparos y explosiones. O, peor aún, una película supuestamente histórica sobre comunistas”. El hermano Pierfabrizio se apresuró a tranquilizarle, asegurándole que en la película no habría nada de violencia sino, por el contrario, grandes dosis de amor y otras virtudes igualmente cristianas. Más aún, había hablado con el señor Bjorn y ambos habían acordado rodar una película sobre la apasionante biografía de nuestro Fundador. Ante tales argumentos el padre Lucrezio se mostró muy complacido y dio luz verde al proyecto. La película tiene como título provisional “Abbey of Lust”, cuyo significado se me escapa por no saber ni una palabra de inglés, pero que suena francamente bien de los labios del hermano Pierfabrizio.

Hace unos días que empezó el rodaje, a puerta totalmente cerrada. El señor Bjorn llegó en una camioneta, acompañado de un equipo de fornidos técnicos de imagen y sonido que manejaban un equipamiento en apariencia complicadísimo. Acto seguido llegaron en dos furgonetas los aún más fornidos actores, encabezados por el algo simiesco galán latino Jean Franko –aparentemente muy conocido por la calidad de su interpretación, según el hermano Pierfabrizio–; al tratarse de una producción histórica ambientada en un monasterio, todos los actores son de género masculino. Por último, apareció ante nuestras puertas una motocicleta transportando una diminuta maleta de mano marcada con la etiqueta “vestuario”

Por motivos técnicos se nos prohíbe a los monjes acceder a las zonas donde se está rodando, no sea que en nuestro torpe desconocimiento del mundo del cine vayamos a interrumpir alguna escena delicada o, peor aún, romper algo. La única excepción a esta regla son el hermano Pierfabrizio y el hermano Guglielmo. Al primero el director le ha ofrecido, en aras de la vieja amistad, un pequeño papelito en la película: se trata del joven pecador que, sorprendido en actos impuros, recibe severa admonición por parte del santo Melanio y tres de sus seguidores, quienes le imponen una justa penitencia, expulsando de su cuerpo los espíritus malignos y conduciéndolo a la gozosa redención. Como he dicho antes, a los demás monjes no se nos permite acceder al área de rodaje, pero colocándonos detrás del muro a veces podemos escuchar parte de lo que en ella sucede, y puedo asegurar que los gemidos y suspiros de dolor y éxtasis místico que recita el hermano Pierfabrizio resultan de lo más convincentes y conmovedores. En cuanto al hermano Giuglielmo, su participación en la película es meramente técnica y surgió por pura casualidad. Durante el segundo día de rodaje uno de los asistentes de producción, que realizaba la pintoresca e incomprensible (para mí) función de "fluffer" de actores, sufrió un lamentable accidente laboral, dislocándose la mandíbula. Inmediatamente el productor se dispuso a buscar un reemplazo, necesitando una persona con "grandes cualidades orales". El hermano Giuglielmo, con su excelente dicción alcanzada tras años leyendo en voz alta las "Vidas de Santos", parecía la opción más lógica. Fray Giuglielmo está contento con su nuevo trabajo, que al parecer le llena bastante a juzgar por la perpetua expresión de felicidad que ilumina su cara últimamente.

Espero que estas iniciativas contribuyan a reflotar nuestra maltrecha economía y, tal vez, a hacer que nuestro pequeño monasterio sea mejor conocido allende nuestros muros. Tal vez de esa forma la gente joven reciba más claramente la Llamada del Señor y empiecen a llegarnos las nuevas vocaciones de las que estamos tan desesperadamente necesitados.

Amén.

2 comentarios:

Mocho dijo...

A Jean Franko lo vi en el XXL de London, precisamente y, qué curioso, esta vez no acompañaba a ningún señor mayor. Eso sí, sin camiseta, como procede.

MM de planetamurciano dijo...

¿¿Pero como se va a llamar la peli?? Porque ardo en deseos de ir al estreno; tiene una pintaca increible.
Y otra cosa; también mataría por el disco de Kylie en gregoriano; teeeela, tela.

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