abril 23, 2019

La tercera, a la izquierda (VII)

Si hay algo fundamental en este negocio de la investigación privada, es tener una buena dentadura. Un detective ha de tener ojo de lince, pulso de hierro y corazón de hielo, pero sobre todo dientes como teclas de piano. Cuando uno está en el callejón, luchando por su vida en mitad de un tiroteo, ha de ser capaz de mirarle a la cara a la Muerte y sonreírle hasta que ésta aparte la mirada. Y créanme cuando les digo que en cuestión de premolares es difícil ganarle a esa vieja hija de puta que es la Parca. Yo acababa de dejarme la piñata en el depacho de doña Hermenéutica y en esas condiciones no me veía capaz de continuar mi misión. Consideré brevemente pasarme por la consulta del doctor Sméagol, el odontólogo marxista, pero ni mi bolsillo, ni mis neuronas ni mi ojete estaban en condiciones de poder permitirse una nueva consulta con él.

Afortunadamente soy un hombre de recursos. La Facultad de Odontología Brandy Soberano estaba a mano, y usando un par de ganzúas no me fue difícil colarme en el pequeño museo forense de la misma. Por una vez en la vida agradecí los recortes en Educación. Gracias a ellos, el rectorado hubiera tenido que cambiar su servicio de seguridad por una serie de carteles en los que ponía "¡ojo, no robar!" en letra comic sans.  Pero si bien esta infame tipografía impone mucho respeto y ganas de poner tierra por medio, no es obstáculo serio para un tipo barriobajero y desdentado como yo. En menos que canta un caribú ya estaba en la calle con una sonrisa nueva: concretamente la de José Antonio Primo de Rivera, que aunque me estaba un poco grande y tenía aún un desagradable retrogusto a formol, esperaba que me diera buenos resultados tanto en cuestión de imagen como de acometer futuros bocadillos de chorizo que pudieran interponerse en mi camino.

Solucionado el problema dental, extraje de mi bolsillo la fatídica lista y me dispuse a continuar mi búsqueda. Pero tantos sinsabores y peripecias que había vivido habían hecho que el sudor que de forma natural (y según se dice asaz hedionda) segrega mi epidermis hubiera terminado de corroer el papel y desdibujar su tinta, dejándolo ilegible y pegado a un trozo de chicle ya mascado.  Intenté limpiar por todos los medios los muchos pringues y residuos que enfangaban la celulosa, mas fue inútil: todo rastro de información había escapado irremediablemente de mi bolsillo, tal vez en pos de los euros que nunca retuve.

Aquello era un callejón sin salida. O, como diría mi compañero y sin embargo amigo J. Arístides, en su inmensa pedantería, un cul-de-sac. O, como diría yo, una puñeta.



Me senté sobre el césped del campus, desanimado. Al menos hacía buen tiempo y los charcos de lluvia apenas me llegaban a la sobaca. Había fracasado. Sentía ganas de llorar, pero en mi línea de trabajo no está bien visto hacer ese tipo de cosas, así que en su lugar empecé a morderme nerviosamente las uñas. De los pies. Los dientes de Primo de Rivera funcionaban perfectamente, al menos. Me sorprendía la intensidad de mi reacción emocional. Al fin y al cabo, el fracaso era algo a lo que la agencia de detectives J. Arístides & Socio estaba habituada: nos preciábamos de que nuestra tasa de casos resueltos era un número redondo. El 0%, concretamente. ¿Por qué este fracaso en particular me molestaba tanto, si ni siquiera habíamos sido capaces de resolver el famoso caso de el Sombrero Olvidado En El Tranvía?

A mi alrededor se desarrollaba, indiferente a mis cuitas, la vida universitaria. Los estudiantes deambulaban a mi alrededor ocupados en sus menesteres: beber kalimotxo, echar partidas de mus, intentar infructuosamente tirarle los tejos a algún otro ser humano. A mi derecha se alzaba un orgulloso ejemplar de olmo facultativo, especie caducifolia sólamente presente en los campus de nuestra geografía y caracterizada por poseer una durísima corteza constutuida únicamente por capas y más capas de grapas oxidadas y restos de papel semipodrido. En la única parte de corteza que aún quedaba libre podía leerse el mensaje: "BANESA TE HAMO", firmada por algún aspirante a filólogo. Un joven de aspecto descuidado, pelo con rastas descoloridas y olor a porro se acercó y colocó el siguiente cartel:

VOTA

CEREGUMIO PANETTE

Partido Comunista Reformado

Era uno más de los muchos pasquines electorales que adornaban el tronco de la venerable monocotiledónea. Aquello no habría tenido nada de raro, estando como estábamos en plena campaña electoral, si no fuera por lo que ocurrió apenas tres minutos más tarde. Un segundo joven, éste con gafas y camiseta de una banda de heavy,  se acercó al mismo lugar y tapó el cartel recién mencionado con otro que decía:

VOTA

SEGISMUNDA VAN DER POLLO

Partido Obrero Estajanovista

Dicho cartel fue a su vez eclipsado por un tercero en menos de cinco minutos, colocado esta vez por una animosa muchacha de aspecto gótico-renegrido:


VOTA

ESMERELDA McFLACON-PIAFFKA

Izquierda Troskista Reformada

Cartel que fue reemplazado en menos que tarda en cantarse "¡Arriba, parias de la Tierra!" por otro que rezaba:

VOTA

MELANIO PÉREZ-WITTGENSTEIN

Comunistas De Hoy En Día

Acto seguido volvió a aparecer el primer chaval, el de las rastas, quien procedió a tapar todos los anteriores carteles con un 

VOTA

EUSEBIO PENEQUE

Partido Comunista Independiente

No pude contener mi curiosidad. Acercándome a preguntarle (momento que fue aprovechado por una avispada mujer para colocar en el árbol un cartel con propaganda del Movimiento Proletario Radical), le dije:
– Oiga pollo, ¿no acaba usted de colocar aquí hace un momento un cartel del Partido Comunista Reformado?

–  ¿El PCR? No me hable de esos traidores. Son todos unos vendidos a los poderes fácticos. Nosotros, los del PCI, ya no nos hablamos con ellos.

–  Pero usted mismo estuvo colgando un cartel, yo mismo lo he visto.

– Ah, pero eso tiene fácil explicación. Yo antes militaba en el PCR, pero eso fue antes de junto con otros camaradas viéramos la luz en la Escisión de las 12:47.

–  ¿Me está diciendo que el PCI se fundó hace diez minutos?

– ¡Menuda estupidez está diciendo, so momia! –se indignó el joven–. El PCI se fundó en la Escisión de las 12:51 del PCR (que a su vez se había escindido a las 12:39 de Izquierda Inclusiva No Discriminatoria). Durante cuatro minutazos mis camaradas y yo fundamos el PLMR (Partido Leninista-Maoísta Revolucionario), hasta que nos dimos cuenta de que había cuatro de nosotros que querían adoptar un modelo asambleario, mientras que tres preferíamos organizar unas primarias. A los que se fueron, que creo que ahora son el PDA (Partido Democrático Autoritarista) les gusta ir diciendo por ahí que nos echaron, pero lo cierto es que fuimos nosotros quienes les expulsamos a ellos. ¡Sucios anarquistas! Huy, espere un momento, he recibido un mensaje por el grupo de WhatsApp –dijo mientras sacaba de su bolsillo el móvil y le echaba un vistazo–. Vaya, me he perdido la votación de escisión. Parece que me han echado del partido. Da igual.
Y ni corto ni perezoso sacó un cartel del tubo que llevaba a la espalda. "Menos mal que uno piensa en todo", dijo mientras lo pegaba en el árbol:

VOTA

CALPURNIO TIRILLAS

Asociación de Individualistas de Izquierdas

Ni se le ocurra hacer el chiste de Monty Python –me amenazó– o le romperé las piernas. Todo desde el talante de diálogo que nos caracteriza en la AII. 
Estando lejos de mi intención permitir que nadie me rompiera ninguna otra parte del organismo, me alejé del árbol, dejando al tal Calpurnio Tirillas litigando con un par de chicas del Frente de Liberación Social (ex Frente Social Socialista, ex Partido Socialista Trasversal Obrero, ex Frente Obrero Feminista, ex Unidas Por La Democracia Social) a golpe de brocha y pegamento.

Sólo me quedaba una opción viable.

(CONTINUARÁ)

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