diciembre 28, 2010

Inocente

Si digo que echo de menos mi inocencia perdida, especialmente en un día como hoy, la gente me mira con ternura y cariño. Piensan que lo que quiero decir es que me gustaría volver a ser un niño, y en esta época de infantilismo crónico socialmente aceptado eso está pero que muy bien visto.

Si en cambio digo que echo de menos mi represión, me miran con escándalo, tildándome o bien de loco o bien de meapilas reaccionario. Anoche lo dejé caer en mitad de una conversación etílico-filosófica y el amigo Vich estuvo a punto de echarme el gintonic a la cara. Menos mal que apareció una rubiaza despampanante por el bar y la conversación cambió rápidamente de derroteros.

La verdad es que algo escandaloso sí que es: toda una vida luchando por la emancipación, por librarse uno de las prohibiciones y los tabúes que nos imponen la educación y el entorno, para llegar a estas alturas y decir que se echa de menos la represión de antaño. Es para darse de leches uno mismo, no me digan que no.

A ver, no me malinterpreten: estoy contentísimo de haberme librado de algunas de las cadenas autoimpuestas que me ataron durante años y me muero de ganas de librarme de las muchas otras que aún me quedan. Soy un enamorado de la libertad personal y si no fuera porque tengo una imagen bastante pobre del ser humano como especie, me haría anarquista.

Y sin embargo...

La represión a veces tiene su puntillo.

Créanme, sé de lo que hablo: soy un experto en represiones. Entre otras muchas, cargué durante años con una represión sexual digna de un seminarista del Opus: aquello que yo sentía no estaba bien. Era pecado. Era inmoral. Era malo. Y había que luchar contra ello.

Y vaya si luchaba. Entonces yo no lo sabía, pero era una batalla perdida a largo plazo. Entre tanto, durante muchos años mi estado mental podría haberse descrito perfectamente mediante esta sencilla metáfora en forma de imagen:





Aquello podría haber durado mucho más de lo que duró si no fuera porque, llegado a un cierto punto, empecé a relacionarme con otros pervertidos contra naturam. Mis primeros contactos con hombres fueron de una inocencia avasalladora: yo solo quería, o eso me decía a mi mismo, hablar con alguien que me comprendiera y no sentirme tan solo.

Naturalmente, no todos compartían tan purísimas intenciones.

En ocasiones alguno me ponía en su punto de mira y comenzaba una operación de acoso y derribo contra ese chico tímido y estrecho que fui. Yo me resistía como un condenado... hasta cierto punto, claro. En el fondo, yo quería que el otro siguiera intentando seducirme. Que me pervirtiera. Lo deseaba y lo temía a la vez. Muchas veces el tira y afloja no llegaba a nada (el otro perdía el interés o la paciencia y se iba en busca de campos más fértiles), pero en algunos casos el juego se prolongaba hasta que al final mis barreras caían y... bueno, ya saben.

Menudos polvazos.

Qué folladas de antología.

Qué orgasmos.

Qué dulcísimas derrotas, en las que abandonaba todas mis reservas, me echaba la manta a la cabeza y me decía a mi mismo: "pues ya puestos a pecar, hagámoslo bien". En esos momentos se abría la olla a presión y toda la energía sexual reprimida salía a borbotones, incontenible, desbordante, gozosa.


Vale, de acuerdo: los días siguientes, cuando volvía con toda su fuerza la represión acompañada de todo un surtido de sentimientos de culpa y remordimientos, eran siempre horribles. Aquellas flagelaciones y actos de contrición, desde luego que no las echo de menos.

Pero también es verdad que nunca he vuelto a tener un sexo como aquel*. Ahora las cosas son mucho más directas, más fáciles, menos desesperadas. Y por eso, a veces echo de menos mi inocencia y mi represión. Hasta cierto punto.











* Lo más parecido a aquellas experiencias es tirarse a un hombre casado o con un cura (esto último no lo he probado), en los escasos casos en que estos tienen remordimientos de una cierta intensidad. Pero no llega a ser lo mismo: no da igual estar con un reprimido que serlo uno mismo.


10 comentarios:

starfighter dijo...

Ainsss, la emoción de lo prohibido, la lucha entre la educación implantada y lo que te pide el cuerpo. Creo que la mayoría ha/hemos pasado por ahí, sólo que unos permanecen más tiempo que otros. Y es verdad que hoy es todo tan fácil, al menos en apariencia.

ChicoTóxico dijo...

Yo creo que es eso 'la emocion de lo prohibido' más que la perdida de inocencia
Como cuando eres pequeño y haces una inocentada, pones petardos en la calle... en ese momento eso te parece super divertido. Ahora te parece una gilipollez...
Una vez que se ha probado y se cruza la frontera ya no se ve igual, eh?
pero eso de que no has vuelto a tener sexo como aquel... en fin... no tiene sentido nene!

Mocho dijo...

A ver, por favoooor, un voluntario para hacerle VOLVER A PERDER LA INOCENCIA al Sufur.

Indicaciones: en los enlaces a las fotos.

¡Qué manera más sutil de zorrear!

Nils dijo...

Pero si en el fondo sigues siendo un inocentón, que se las sabe todas, pero inocentón jejeje

Deric dijo...

es que como los primeros escarceos sexuales no hay nada! quizá la infidelidad pueda traerte un poco de ese sentimiento

Sufur dijo...

En apariencia, y según con quién, Starfighter

No era solo el sexo, ChicoTóxico, sino esa combinación de seducción+resistencia+sexo explosivo... De verdad irrepetible.

Qué calado me tienes, Mocho. Aún no parece que surjan voluntarios...

En el fondo, Nils, un poco sí.

Tal vez, Deric, si me sintiera culpable por eso...

Justo dijo...

La plena conciencia es lo que tiene, jaja..

Te entiendo perfectamente, pero no hay vuelta de hoja.. y recuerda lo que dices: añoramos la cara, pero no el envés, y lo uno iba con lo otro, en el mismo pack.

hm dijo...

Pruebe con sitios inverosímiles, eso da una buena subida de adrenalina... me han dicho, vamos.

Eleuterio dijo...

Descuida, siempre hay una barrera nueva que derribar...basta que la encuentres. Y ahí gozarás de nuevo como un cochino.

Peritoni dijo...

Vaya entrada más perversa...
Y qué rica! y que PUTA!
jajajajajaja

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