mayo 08, 2012

Misterio entre bambalinas (II)

El Teatro Bífidus Activos, otrora conocido como la Royal Opera Raclette, había vivido tiempos mejores. A lo largo de su dilatada historia el local había sido palacio de la ópera, templo de referencia del sainete y la opereta, cabaret en los locos años veinte, almacén de ovillos de lana para gatos de la alta sociedad en la posguerra, sede de un grupo de teatro experimental existencialista durante los tiempos de la movida y finalmente vivienda ocasional de vagabundos, hasta que hace unos años un empresario local lo rescató de la ruina y, siguiendo la moda reciente de dar a los teatros nombres de cosas, reabrió el insigne edificio con su actual nomenclatura. Desde entonces, el teatro se había especializado en espectáculos picarones para un público formado mayormente por caballeros de mediana edad, si por mediana se entiende nacidos en algún momento de la Baja Edad Media. Un cartelón descolorido tapaba parte de las grietas de la fachada, anunciando la obra actualmente en marcha: "Enaguas de antaño", protagonizada por la señorita Scarlett Bustillo y el maduro galán Eustaquio Ventosa, con la aparición estelar de Samantha Whooper en el papel de la nuera díscola y la actuación de las fabulosas chicas del coro y ballet del teatro. 




Acompañé a Peggy a la puerta de figurantes y me despedí de ella con un casto beso en el corvejón. Después, habiéndome fijado en que las ventanas de las oficinas del teatro estaban iluminadas, me dirigí a la entrada principal del edificio y con aire decidido abordé al gorila que vigilaba el acceso a aquellas horas. 
 - Inspección sorpresa -dije muy seriamente mientras le enseñaba al pollo de forma fugaz mi tarjeta de socio de la Sauna Ladillas (que frecuento únicamente por los salutíferos efectos que tienen los vapores sobre mis vías respiratorias)-. Soy el agente Flanagan del Ministerio de Economía y Competitividad y vengo a comprobar que este establecimiento cumple la normativa vigente de austeridad presupuestaria y de convergencia económica. Lléveme ante su líder, buen hombre.
El segurata me miró con escepticismo, deteniendo particularmente su mirada sobre mis zapatos cubiertos de macarrones a medio digerir, las manchas de pienso para chucho que adornaban mi americana y la peluca de Peggy, que se me había quedado prendida a la varilla de las gafas por accidente cuando me había despedido de ella y ahora colgaba junto a mi oreja como un pompón con olor a sudor y pachulí de garrafón. El gañán empezó a echar mano de su porra cuando, de repente, una expresión de reconocimiento se abrió paso en su abotargada cara. 
- ¿Mike? ¿Es usted Mike, a secas, de la agencia de detectives de Arístides & Socio?
- ¡Todas las facturas las lleva J. Arístides! ¡La culpa es solo suya! -grité, encogiéndome, acostumbrado como estoy a lidiar con acreedores y otras gentes de mal vivir.
- No, hombre, Mike... ¿no me recuerda? ¡Soy yo, el Pequeño Timmy!
 Tardé en asociar ideas. El Pequeño Timmy que yo recordaba era un niño al que habíamos ayudado al inicio de nuestra carrera en nuestro única misión resuelta con éxito, el famoso Caso Del Gato Subido A Un Árbol. Habían pasado muchos años desde aquello. El australopiteco que ahora se alzaba frente a mí era un adulto, medía a unos dos por dos metros de envergadura y tenía una cara que se parecía a la de Álvarez Cascos tal y como sería si se hubiera dedicado a los combates de sumo en vez de a la política. Pasado el susto, abracé con alborozo la parte del Pequeño Timmy que pudieron abarcar mis brazos y le pregunté qué narices hacía allí. 
- He triunfado en la vida, señor Mike: hice la carrera de ingeniero agrónomo y gracias a ello pude encontrar trabajo como portero de discoteca, primero, y como agente de seguridad teatral ahora. Soy un afortunado: con decirle que hasta me he podido dar el capricho de comprarme un bocadillo de arenques a plazos... Pero no se crea que me conformo: usted y su socio me enseñaron que siempre hay que apuntar a lo más alto. Estoy preparándome en una academia para cumplir mi sueño de llegar a ser agente antidisturbios y poder partirle la crisma a manifestantes pacíficos con total impunidad, como siempre he anhelado. 
Celebré la buena fortuna del muchacho y le pedí que me dejara entrar, por los viejos tiempos. Dividido entre amistad y lealtad a su patrón, el Pequeño Timmy tomó la decisión salomónica de garantizarme paso libre, pero solamente después de haberme atizado media docena de mamporros en el occipucio. Tambaleándome, subí las escaleras que llevaban a la oficina del empresario teatral. Un cartel sobre la puerta decía: 

ANICETO CASPOSA 
Promotor Teatral 
Agente Artístico 
Servicios De Albañilería Fina Las 24 Horas Del Día 

Llamé a la puerta y una voz cascada me dijo que pasara. Obedecí. La oficina me recordó inmediatamente a nuestra propia agencia de detectives, solo que con menos cucarachas y con más fotos de Olga Ramos colgadas en la pared. El señor Casposa era un hombre robusto, de pelo cano, cuyo principal rasgo distintivo era una verruga en la nariz del tamaño de un pomelo maduro. Estaba fumándose un habano del calibre de un misil tierra-aire. 
 - Quién demonios es usted y por qué lleva una mofeta muerta colgada a un lado de la cabeza -me espetó el insigne empresario.
- Mire, señor Casposa -dije yo-. No me voy a andar con rodeos. Usted tiene un problema y yo soy la solución que necesita.
- ¡Ya era hora de que llegara! -me interrumpió el señor Casposa-. El inodoro atascado está en los baños de la primera planta. Encontrará una bayeta en el cuarto de las escobas que está en el pasillo a la derecha y... 
Tardé un rato en explicarle que no había venido por sus cañerías, sino para ofrecerle mis servicios como investigador privado de las más altas cualificaciones. Tardé otro rato aún más largo en convencerle de que no me denunciara por allanamiento y por atentado contra el buen gusto en el vestir y contra la higiene personal. Por último, tardé mucho más en hacerle reconocer que efectivamente existía un problema de seguridad interna en el teatro que debía ser esclarecido. 
- En efecto, están pasando cosas extrañas que perjudican la salud de mis empleados y, lo que es peor, la imagen de esta empresa. Yo estoy convencido de que se trata de un complot contra Producciones Teatrales CASPO S.A. -sostenía ese prócer de la cultura-. Las agencias de rating internacionales están deseando rebajar la calificación desde nuestra nota actual, KK ("bono basura radioactiva"), a KK- ("inmundicia altamente tóxica y repugnante"), y no dudan en jugar sucio, sembrando el miedo y boicoteando mis producciones. ¡Pues no pienso consentirlo! 
Y acto seguido se lanzó a declamar una apasionada diatriba acerca de la vital importancia de los bienes culturales, del derecho de los honrados jubilados a dejarse la pensión pagando para ver el muslamen de bailarinas ligeras de cascos y de la necesidad de terminar de pagar un chalet en Benicarló. Yo aguardé respetuosamente a que terminara de desvariar y después reiteré mi oferta de investigar el asunto por un módico precio. Regateamos un poco, y al final acepté hacer el trabajo a cambio de tres sacos de diez kilos cada uno de Royal Canin, sabor pollo al chilindrón. De alguna manera, también me convenció para que desatascara el inodoro antes mencionado. 

A la mañana siguiente empecé mis pesquisas. Para no llamar la atención sobre mi persona, acordé con el señor Casposa que entraría a trabajar en el teatro bajo una tapadera. 

(continuará)

5 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Qué maravilla! ¡Qué recuerdos! ¡Qué días que no volverán!

J. Aristides (desde La Clínica De Rehabilitación Para Adictos Al Sexo, "El Pene Ocioso")

hm dijo...

Usted ha leído demasiada literatura inglesa.

Blackmount dijo...

Maravilloso, divino, más mejor que Dashiell Hammett y Corín tellado juntos. Ojalá yo también pudiese comprar un bocadillo de arenque a plazos, en fin, soñar no cuesta nada...

MM de planetamurciano dijo...

Algún día me tiene que contar en qué momento, de qué manera y en que lugar se le ocurren estas historias...

Justo L.C. dijo...

¡Un relato por entregas! Me está encantando.. espero que el inodoro no fuera desatascado al modo de la película Edén al Oeste -si no la has visto, debes hacerlo-.

¡Pero espero que el segurata siga saliendo! jaja.. y con fotos. Ojalá siguiera habiendo teatros de variedades así.

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