marzo 24, 2014

Runas y renos

El paisaje, a través de la ventanilla del tren, era de una monotonía muy familiar: planicies de campos helados, árboles delgados y desnudos, alguna que otra casa y polígonos industriales dispersos sin ningún rasgo identificativo que los distinguiera unos de otros. Un paisaje típicamente castellano, muy propio de los alrededores de Valladolid, lo que indicaba sin posibilidad de duda que efectivamente estábamos en Finlandia. De vez en cuando, un cartel de tráfico nos lo recordaba diciendo cosas tales como “Karjalohja/Karislojo 5 km” en vez de “Olmedo 5 km”. Estábamos en viaje desde Helsinki a Turku.

El osezno me lleva a sitios.

El día anterior había sido deliciosamente primaveral, sin apenas ventiscas de nieve. El osezno me había llevado por su ruta favorita a pie bordeando los lagos de Töölönlahti y Eiläntarhanlahti hasta llegar al centro de Helsinki. Luego habíamos subido a la cafetería del mirador del hotel Torni, donde nos tomamos una especie de glögi a temperatura capaz de fundir el plomo. Quedamos después con nuestro amigo H, quien nos cantó las últimas canciones que ha aprendido en la guardería, y con sus padres, que poco a poco van asumiendo que desde que se convirtieron en procreadores han pasado a ser una segunda cosa. Tras despedirnos de ellos el osezno me llevó a celebrar nuestro aniversario con una cena romántica en un restaurante lapón donde pude devorar animales del Norte tales como alce o reno. Hubiera probado otras especialidades como búho relleno de queso fresco, mollejas de oso o foca rebozada, pero al tratarse de platos inexistentes que acababa de inventarme no estaban aún en la carta.

Íbamos a Turku, como decía. Llevábamos la Primavera con nosotros: fue llegar al hotel y empezar a deshelarse el río. Los patos nos miraban con reproche, teniendo que volver a nadar después de un invierno en el que podían cruzar de orilla a orilla andando, como anátidas civilizadas. Turku es, como Helsinki, una ciudad cuca: limpia, agradable, bonita sin llegar a ser memorable. Lo más destacable es la gran catedral luterana, el encantador paseo lleno de cafés en torno al río y el descomunal castillo de origen vikingo que domina la ciudad. Visitando el castillo pensé en el ciclo de las civilizaciones: cómo tras unas cuantas generaciones dedicadas a la violación, el saqueo y la piratería, algunas grandes naciones atraviesan unas décadas de culto al trabajo y el esfuerzo, después de las cuales se relajan y pueden empezar a vivir de las rentas. Este glorioso ciclo ha llevado a la cima del desarrollo humano a sociedades como las escandinavas (ex vikingos), la anglosajona (ex corsarios) o la germana (ex bárbaros), y si España no se encuentra en ese selecto club es por el pequeño detalle de que hemos intentado pasar de la piratería al vivir de las rentas sin pasar por la fase de trabajar como chinos. Así nos va.

Por la noche estábamos derrengados. En la habitación del hotel encendimos la tele y empezamos a zapear un poco. En el canal infantil estaban poniendo un programa en el que enseñaban a los niños el juego de quedarse sentados muy quietecitos sin decir nada. En otro canal estaban echando el equivalente finlandés a nuestro programa “Sálvame Deluxe”: un grupo de tertulianas muy rubias, muy flacas y cabezonas, todas ellas vestidas de oscuro, con el pelo corto y gafas de pasta, se sentaban en círculo en un plató lleno de libros y ponían a parir, muy educadamente y con una serie de carraspeos de desaprobación, a una tal Kärmellë por no haber tenido en cuenta la epistemología wittgensteiniana en su última tesis doctoral. Llegados a este punto, caímos fulminados como si nos hubiéramos tomado un bocadillo de váliums, y así acabó nuestra aventura televisiva. 

Turku nos sirvió como portal para pasar el día siguiente a Naantali. Una regla fundamental para acentuar las palabras en finlandés es la siguiente: piense usted en cómo la acentuaría en español, y haga exactamente lo contrario. Así, Naantali no se pronuncia “nantáli”, sino “náantali”. El mismo truco, curiosamente, funciona también de maravilla con el griego. El idioma finés es fuente inagotable de chistes y chascarrillos. De la familia casi extinta de las lenguas urálicas, el finés compite duramente con el turco para el título de lengua con más diéresis juntas en una sola palabra. Al igual que ocurre con el alemán, se declina todo lo declinable y las frases no terminan de entenderse (los pocos que las entiendan) hasta el final del todo. También como el alemán, se trata de un lenguaje constructivo en el que las palabras se unen como piezas de lego para formar nuevos significados: así, por ejemplo, “patata” se dice “pienipallokarvatonsyönytyleensäpaistettutaikeitettytaiehkägrillatuhiemanvoita”, que viene a querer decir algo así como “bola pequeña sin pelo que se come generalmente frita, asada o tal vez hervida con un poco de mantequilla”. Esto explica por qué las cartas de los restaurantes son gruesas como listines telefónicos, y también explica en parte la merecida fama que tienen los finlandeses como personas lógicas, racionales, pacientes y mayormente insoportables. Las cosas que más les gustan a los finlandeses son, por este orden: los arenques, hacer colas, programar actividades en calendarios muy detallados, el vodka, los contrastes de temperatura, los niños que no emiten ningún sonido, pensar en la soledad y la muerte, y por supuesto los Moomin:

Jansson1

Volviendo a Naantali, nos encantó ese pequeño pueblo costero, destino de veraneo de los presidentes de la República y de otras gentes de mal vivir. El mar estaba aún helado salvo en los orificios que los finlandeses mantienen abiertos enfrente de las saunas. La costumbre consiste en sudar como un pollo a 96 ºC, preferiblemente con unas cervezas, y después salir corriendo en bolas a meterse en el mar a -4 ºC. La leyenda popular afirma que esta costumbre es muy cardio-saludable y que por eso los finlandeses son un pueblo tan sano y robusto, pero esto es algo totalmente falso. La explicación verdadera tiene que ver con la selección natural darwinista: los finlandeses de constitución normal murieron de infarto hace ya muchos siglos y los que quedan son todos mutantes de resistencia inhumana, que ni sienten ni padecen.  

En esta época baja de turismo casi todos los comercios de Naantali estaban cerrados. Queríamos un café, que en finlandés se dice “kahvi” y en italiano se dice “bevanda schifosa che somiglia l’acqua dove si lavano i piedi”.  El único sitio abierto nos llevó a una experiencia surrealista. Al principio pensamos que nos habíamos equivocado, porque la entrada del supuesto café era en realidad un vestíbulo estrecho enmoquetado con una percha donde colgaban un par de abrigos rancios y a cuyos pies descansaban dos zapatos de señora. La señora, sin sus zapatos (de hecho estaba totalmente descalza) estaba junto a su marido, leyendo el periódico, en la habitación de al lado: un abigarrado salón como el de tu tía Petunia, con las paredes cubiertas de retratos de allá por la guerra de Prusia, sillones con tapetes de ganchillo, una chimenea encendida y un gato. “Perdonen, nos hemos equivocado”, dijimos, “estamos buscando la cafetería de al lado”. “Adelante, pollos, adelante”, nos dijo la señora de los pies, “¿quieren un café?”, y nos hizo sentarnos junto a la ventana, insistiéndonos muchísimo para que comiéramos algún pastel, diciéndonos que teníamos cara de comer poco y que le recordábamos a su nieto, salvo porque su nieto era en realidad nieta y era rubia y estudiaba puericultura en Tampere. Mientras, el señor nos decía “Ah, españoles, Carlos Sáinz, brrrumm brummm” y el gato, bastante más sensato que sus dueños, se sentaba a nuestro lado a que le acariciáramos la cabecita y le diéramos, si fuera posible, algún trozo de pastel. Al terminar no sabíamos si teníamos que pagarles la consumición o prometerles que a partir de ahora les visitaríamos más y que le daríamos recuerdos de su parte a la prima Enriqueta.

De vuelta a Helsinki, tren mediante, el osezno me llevó a cenar a uno de los clubs de jazz más animados de toda Europa. Un cuarteto sueco tocó divinamente un conjunto de animadas piezas de swing y un par de blues, entre los cuales se encontraba uno de mis standards favoritos, “St. Louis Blues”. Nuestro camarero, un cubano-finés que llevaba trabajando 20 años en Helsinki, nos amenizó con detalles acerca del local, con comentarios picantuelos acerca de cómo los señores encorbatados del vecino Parlamento iban allí para bailar y ligar, de lo mal que estaba la situación económica en España y otra larga retahíla de anécdotas que ni le habíamos pedido, ni nos interesaban, ni tampoco nos agradaban. Pese a ello, la cena fue memorable y me sentí cosmopolita a más no poder: cenando comida cajún en la capital de Finlandia, atendidos por un cubano, bebiendo vino blanco sudafricano, escuchando jazz americano interpretado por unos suecos y aplicando toda la malicia española a la observación del ganado. Los finlandeses y finlandesas iban de punta en blanco, todo lo elegantes que pueden ir unos nórdicos cuyo sentido de la estética murió hace siglos junto con su sentido del humor, y bailaban como patos mareados dando tumbos y pisándose unos a otros con el mayor desparpajo: me sentí muy identificado con su absoluta falta de ritmo y salero, y pensé que yo podría llegar a ser feliz en ese país. Los hombres maduros y solitarios intentaban sacar a bailar a las mujeres jóvenes y solitarias, y en ocasiones incluso lo conseguían. Tras uno o dos bailes en estilo zombi descoyuntado, cada uno mirando hacia un lado, la pareja se separaba sin hablar, sin haber dado muestra alguna de reconocimiento, y sin mirarse siquiera: había nacido el amor. 

Fue una noche desmitificadora. El primer mito que se derrumbó fue el de que en Helsinki no hay ambiente gay. Es un mito que los propios finlandeses se encargan de propagar, no por homofobia sino por humildad. El mari-finlandés, ser humano leído y viajado, suele conocer el ambiente de ciudades como Londres, Berlín o Madrid y considera, acertadamente, que Helsinki se queda un tanto atrás en lo que a perversión contra natura se refiere. Pero de ahí a decir que no hay nada, va un trecho. De entre la media docena de sitios de ambiente o gay friendly que existen estuvimos en dos: el Hugo’s Room, un bar agradable más apropiado para un café a media tarde que para salir por la noche, y el Hercules, una discoteca bastante grande y animada donde nos quedamos hasta pasadas las tres de la mañana. Otro mito que desmontar: a los finlandeses les va la farra como a todo hijo de vecino, y la gente sale de bares hasta las tantas. De hecho, desde que en España nos hemos vuelto más papistas que el Papa y se han implantado restricciones estrictas y en su mayor parte absurdas en el horario de cierre de los locales, resulta más fácil encontrar un bar abierto a partir de las tres de la mañana en Helsinki que en Madrid.

Los hombres finlandeses, como ya he comentado con anterioridad, tienen poco que ver con el ideal escandinavo de bellezones altos y rubios: por lo general se parecen más a sus hermanos rusos que a sus primos suecos. En promedio son bastante feúcos y no les ayudan nada las modas actuales: predomina el modelo andrógino, hasta el punto que a veces no sabes si estás hablando con un hombre, una mujer o una muñeca de cera, y el peinado imperante consiste en llevar los lados de la cabeza casi rapados y dejarse un penacho de pelo largo arriba del todo, engominado hacia un lado y pegado al cráneo como si lo hubiera lamido una vaca dispéptica, alcanzándose cotas de horripilancia jamás vistas desde 1930. La peña estaba muy mezclada en edades, genotipos y genotipos, una de las ventajas de tener un ambiente gay pequeño que no ha tenido oportunidad de especializarse en locales separados por tribus. Había bastante borracho, aunque solo vimos caerse redondo a un fulano. El truco para alcanzar las sensacionales melopeas por las que los finlandeses son famosos, en un país en el que una cerveza puede costar tranquilamente ocho o diez euros, consiste en venir de casa ya borrachos, según nos contaron in situ. La belleza y el exotismo mediterráneo del osezno obraron su magia y gracias a ello conocimos a algún que otro nativo, entre ellos un polar bear llamado Harry (seguramente que su nombre verdadero fuera Haräldokko o algo así) que nos informó que actualmente se encontraba en el paro: otro mito nórdico, esta vez el del pleno empleo, que se nos derrumbaba.

Ya fuera del Hercules pudimos ver con asombro que caía otro mito: el de las finlandesas frígidas y cultas. Sí señores, en Finalndia también hay chonis, indistinguibles de sus congéneres españolas, alemanas o inglesas, salvo porque usan más letras “k” al hablar. Pintadas como puertas, vestidas de mercadillo, proto-gordas embutidas en mallas que eructan en público y rebuznan a sus lánguidos maromos mientras hacen oscilar sus ubres hinchadas como calabazas en putrefacción, las chonis finlandesas no parecen ser muy abundantes, pero se las apañan muy bien para molestar tanto como las de cualquier otro país.

El domingo combatimos la resaca con un brunch de productos típicos del país: una abundante selección de arenques variados, salmón a cascoporro, mantequilla a raudales, montañas de frutos rojos y azules, panes con cosas y ensaladas blancuzcas con trocitos de animales, vegetales y minerales nadando en mayonesas. Y, por supuesto, morcilla finlandesa: una delicatessen injustamente poco conocida fuera de sus fronteras. Después fuimos tambaleándonos a encontrarnos de nuevo con H. y sus padres, quienes nos llevaron a meternos unas cuantas pullas en el pintoresco Café Regatta. Vimos el monumento a Sibelius, recorrimos la exposición de casas de madera tradicionales en la isla de Seurasaari (sin que H. perdiera oportunidad de saltar encima de todos los charcos que encontró) y finalmente nos fuimos a cenar a un restaurante indio, siguiendo la ancestral costumbre finlandesa de no probar la comida finlandesa ni en pintura. Y de allí a casa, a dormir unas pocas horas y tener una de esas despedidas agridulces, triste por tener que separarme un tiempo del osezno y feliz por haber disfrutado de unas pequeñas vacaciones tan buenas.

PD1: Un consejo para navegantes: evitad con todas vuestras fuerzas Iberia, British Airways y todas las malditas compañías de la alianza One World. Son el Mal. Estoy viajando con Lufthansa y es agradable volver a ser tratado como un ser humano otra vez, y no como mero ganado. Wifi gratis en los aeropuertos, todo el café y el té que quieras tomar también gratis, dos rondas de bebidas y bocadillo incluido en el billete de avión, personal amable y bien preparado, te mandan un SMS gratuito si hay cambios de horario o de puerta de embarque, la página web funciona como la seda… y todo ello sin ser más caro (más bien al contrario).

PD2:  En este viaje he hecho pocas fotos: no más de dos mil. En cuanto las tenga un poco organizadas, haré mi clásico post coñazo de enseñar fotos...

6 comentarios:

luzdemercurio dijo...

Querido Sufur:
Últimamente no dejas de ponernos los dientes largos.
Finlandia pinta estupendamente en tu relato, a ver si algún día puedo helarme tan gratamente como tú.
Salud!

PasaElMocho dijo...

La única referencia que tenía del ambiente helkinsiniano es que los de allí eran RAROS. Y me lo recalcaron. R-A-R-O-S. ¿Habrán evolucionado?

Driver GT dijo...

¿Dos mil son pocas fotos? Ay, ya nos hemos olvidado de los carretes...

La escena del café en esa casa con el gato me ha encantado.

Es un país al que tengo ganas, quizá en un par de veranos me anime.

rickisimus2 dijo...

Querido Sufur, me temo que mi visita a Helsinki no fue tan positiva como la tuya. No me llevé muy buena impresión. Una ciudad limpia, pero nada más. Así que me fui a la sauna con vistas del hotel y a dar una vuelta.

Hacer los viajes de trabajo uno sólo tiene esas cosas.

Nils dijo...

Quién tuviera dinero para poder elegir volar con Lufthansa...

Te diré que el otro día estuve en una fiesta con un finlandés de Turku (claro, medio sueco) y me tuvieron que recordar que estaba casado porque madre mía, madre mía, que me lo comía!

Anónimo dijo...

Exijo un relato completo de las minivacaciones delante de uno o varios cafeses.
Y ahora como firmo? Anonimo, Anonimo de las cantabrias, Agustin, bueno de igual, el oso ese cantabro que te gusta bastante menos que tu osezno.

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