mayo 13, 2014

Tres Triestes Tigres

Fue ayer durante el desayuno que mi mejor amiga, a la sazón promocionada por méritos propios, me informó de la situación: la Liga este año está acabando de una forma extrañísima, cunde la incertidumbre y el Atleti no tiene las cosas tan claras como parecía hace unas pocas semanas. Sé leer los signos: interpreto todo ello como una señal más de la llegada del Fin de los Tiempos y por tanto, y no por ninguna otra razón, estoy en Trieste.


Trieste: ciudad de misterios y aceitunas en vasitos de cocktail. Fundada en el siglo III a.C. por un grupo de viajeros en el tiempo procedentes de un futuro donde la lejía lava más blanco, fue aquí, a orillas del Adriático, donde los antiguos Caballeros Templados depositaron su tesoro secreto, más o menos al terminar la décima cruzada: nada menos que el legendario Vellocino de Oro, arrancado de manos de los turcos en la Tisalia citerior tras dura batalla y gran destrozo de bienes muebles e inmuebles. Escondido en una cripta secreta bajo la iglesia de Santo Tommaso, el Vellocino permaneció a salvo de los malvados hasta que Berlusconi, que siempre ha tenido muy claras su prioridades, lo convirtió en un peluquín. De esta y otras historias se ocupa el aclamado libro del investigador de lo oculto Valerio Puzzi, titulado acertadamente “quítame allá esas pajas”, de venta en las mejores mercerías. 

Monumento a las saunas, Trieste

Así pues me encuentro aquí, de riguroso incógnito. Mi disfraz es tan bueno que hasta el momento nadie me ha reconocido por la calle; yo lo atribuyo a la nariz postiza con bigote y la peluca con rastas jamaicanas que me echado a la cabeza. He recorrido los vericuetos y callejuelas de Trieste, siguiendo los pasos de los Templados, salvo la noche de mi llegada, que cayó una tormenta de órdago con granizo y gran aparato eléctrico: en ese momento los pasos eran más bien fríos y chapoteantes. Me refugié bajo un andamio, donde conocí a Galeazzo, otra víctima del chaparrón. Galeazzo era un italiano guapo, que gesticulaba mucho y se sintió muy impresionado por mi profesión (le dije que era peluquero). Cuando escampó un poco, ambos nos juramos amistad eterna a través de Facebook, pero obviamente yo tardé treinta segundos en olvidar su apellido y él no creo que tardara tanto en descartar de su cerebro el mío.


Mi opinión sobre Trieste, fruto de una visita previa en 2008 o así, era que se trataba de una ciudad tridimensional, llena de cuestas, abismos e insospechados precipicios. A todo esto, “precipicio” en italiano se dice crepaccio, que es una palabra que siempre me ha dado mucho hambre: me pregunto si un crepaccio con tomate y pepino será un gazpaccio o qué. El caso es que me he visto obligado a reconsiderar mi prejuicio sobre la tridimensionalidad triestina añadiendo al menos una dimensión más -la temporal- al constatar que, a diferencia de lo que ocurre en otras ciudades italianas como Roma, Milán o Pisa, aquí las obras públicas terminan en plazos menores al de una era geológica: hace seis años había un andamio sobre la fachada de una iglesia que ahora, para mi sorpresa, no está. Yo lo achaco a la influencia austriaca y eslovena. En efecto, Trieste es Italia, pero menos. Aquí suceden cosas extrañas y misteriosas, como ver coches que paran ante los pasos de cebra para dejar pasar a los peatones o, el colmo de los colmos, ver gente que se sienta para tomar un café. Espeluznante.


Lo mismo ocurre con los hombres: son italianos, pero menos. Uno se fija en esas cosas, y la verdad es que por la calle el prototipo “empotrador analfabeto que se hace la manicura”, tan propio de otras ciudades italianas, deja paso al “lánguido muchacho flacucho con peinado lacio y barba a lo Conchita Wurst”.  Son muchachos desvaídos, arrubiados, con ojos color besugo fresco, tendencia a la flacura y cara de haber escuchado demasiadas veces la palabra “Istria”. Hasta los Neptunos son unos flojeras. La única excepción son los camareros, posiblemente inmigrantes del depauperado sur, que siguen provocando en mi ganas de invitarles a que se sienten en mi cara. 


El secreto de los Templados se me resiste con la llegada de una borrasca. Yo continúo intentando pasar inadvertido, con mi periódico con agujeros para los ojos y mis contraseñas secretas. “The rain in Spain mainly stays in the plains”, le dijo a una anciana en plena vía Bonomea, a lo que ella me responde con un paragüazo. Extraño: no es la señal acordada… Nadie sabrá nunca cuál habría sido la opinión de Garibaldi al respecto, si siguiera vivo, pero lo que es innegable es que le sentaba bien la barba. Nadie ha conseguido nunca unificar Italia sin una.


 Una visita a Trieste no está completa sin haberse tomado un spritz en alguna terraza del centro o sin haber acudido de urgencias al pronto socorso tras haber sufrido una torcedura de tobillo bajando la puñetera vía della Catedrale. Consciente de ello, me paso el día borracho perdido y uso unas botas de tobillo recauchutado capaces de resistir el impacto de un misil tierra-aire. Pero hay algo que no me cuadra en todo este asunto, y probablemente se deba a que la tienda de chocolates que me han recomendado cierra los lunes. En vista de esto me pregunto cuál será el sentido de la vida, pero en vez de encontrarlo acabo llegando a la Piazza della Unità d’Italia, que tampoco está mal. Sobre todo en esta época del siglo.

 
Voy a tener que aceptarlo: la salvación del Atleti, contra todo pronóstico, no está aquí. Pero ya que he venido, tendré que probar el aperitivo...







No sé de qué va la novela, pero el tal Tim tiene pinta de estar pasándoselo pipa



5 comentarios:

PasaElMocho dijo...

Tim va de una señora de mediana edad, o sea, en los 40, o sea, más joven que yo, que se enamora/encapricha del jardinero, un efebo guapísimo y un poquito retrasado mental. En el cine lo hizo Mel Gibson cuando estaba de toma pan y moja.

O sea, tu historia en Trieste.

Driver GT dijo...

Qué fotazas, como siempre.

starfighter dijo...

Estoy con DriverGT, unas fotos impresionantes. Trieste aunque italiana tiene mucho de Austria y sus vecinos así que es un mix bastante peculiar.

un-angel dijo...

ahhhhhh...que bonito!!!
Menos mal que con estas cosas uno puede viajar un poco gracias a la experiencia ajena.
Me encantó.

desgayficando dijo...

Entonces Berlusconi estaba disfrazado de vieja y te pegó con una paraguas y a causa de eso el Atlético no gana la liga? o acaso es que me he liado?

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