octubre 01, 2014

Testamento vital

Yo siempre he expresado mi deseo de que, en el feliz momento en que la palme, mis órganos sean donados a quien los necesite, ya se trate de personas, la ciencia o la industria de alimentación para mascotas. Y hoy lo he visto más claro que nunca.

Todo empezó una radiante y luminosa mañana de agosto. Me levanté con una fuerte sensación creciendo en mi interior. Fui rápidamente al baño y esa sensación salió de mí, liberándose con potencia inusitada contra las paredes interiores de mi inodoro y haciendo un sonido similar al que haces cuando saltas sobre una gaita escocesa rellena de mermelada de ciruelas.

A esto le siguieron semanas enteras de íntima conexión con mi baño, en las que me dediqué con gran entusiasmo a defecar líquida, abundante y ruidosamente, todo ello acompañado de numerosas, meteóricas y atronadoras flatulencias, pedorretas, erupciones, ventosidades, miasmas y otras emanaciones ricas en metano, monóxido de carbono y otros gases poco nobles. En el otro extremo de mi tracto digestivo, estos fenómenos venían acompañados de regüeldos, eructos, borbotones, eruptaciones, gañidos, barritos y escandalosas exhalaciones de perturbadora musicalidad y persistente aroma agrio, a juego con la infernal acidez estomacal que me invadía a todas horas.

Qué rico es nuestro bello idioma, que permite dedicarle semejante párrafo a una vulgar cagalera.

Yo, en cuestiones de salud, adopto una postura que es a la vez profundamente castellana, biológicamente plausible, termodinámicamente exacta y estadísticamente impepinable: siempre considero que estoy a un paso de la muerte. Por este motivo y también porque mis seres queridos habían empezado a comprarse todos máscaras antigás, decidí ir al médico.

Como buen hipocondríaco, yo me quedaría a vivir tan a gusto en la sala de espera de mi médico. Lo único que me impide visitar más a menudo a mi galeno es la expresión de la enfermera, una mujerona entrañable y maternal que cada vez que me ve aparecer -otra vez- me mira con el mismo cariño con el que se mira a un herpes genital.
- ¿Qué tripa se le ha roto ahora? -preguntó.

- Pues, ahora que hablamos de tripas...
Total que mi médico, que en paciencia no le anda a la zaga al Santo Job y en canosa dignidad es la viva imagen del difunto actor Leslie Nielsen, me pidió una prueba radiológica gastrointestinal.

Tuve que tomarme en ayunas esa papilla de bario que permite que los radiólogos vean en tiempo real el funcionamiento de tus tuberías. El bario, como elemento, no es que esté delicioso, pero es decididamente más digestivo que el estroncio o que el praseodimio. Me hicieron tumbarme en una plataforma giratoria y adoptar sugerentes posturas frente a la radiocámara.
- Así, seduzca a la cámara... hágale el amor... mírela fijamente mientras hace usted movimientos con el vientre como si fuera a ir al baño...
De aquella prueba se obtuvieron los siguientes datos: que tengo hernia de hiato, que mi vesícula estaba hinchada como las tetas operadas de Mercedes Milá, y que había indicios de duodenitis. Y las recomendaciones de hacerme una ecografía de vesícula y una revisión del duodeno pasadas de cuatro a seis semanas.

A todo esto, mi cagalera se fue pasando y vuelvo a ser el que era. Seguimos sin saber qué fue lo que me puso pachucho. Yo sospecho que comí algo en mal estado, pero nunca se sabe...

Y así nos colocamos en el día de hoy, primero de octubre y quinto de Alemania, en el que me han hecho la mencionada ecografía.

Qué cómodo es que te puedan mirar por dentro sin tener que sajarte como a un melón maduro.

La vesícula, estupenda. Todo bien: preparada para seguir soltando bilis a diestro y siniestro, aunque si me preguntan yo lo negaré todo y diré que es sólo ironía. La próstata, que no sé a santo de qué me la han mirado, también bien, y eso que últimamente no la ejercito nada de nada. Pero el hígado... ¡ay el hígado! Me ha salido graso.

Esteatosis hepática leve, es el nombre fino. Aunque ella prefieren que le llamen Tiffany.

Mi médico me dice que no me preocupe, que es algo muy común en este mundo occidental de dietas ricas en todo lo malo a la par que delicioso. Que le pasa a casi todo el mundo a partir de una cierta edad. Que cuide las comidas y que haga ejercicio. Y que deje de desayunarme un par de gintonics cada mañana, como acostumbro a hacer.

El caso es que nada de esto me pilla de nuevas. Yo ya venía sospechando desde hace varias navidades que mi Santa Madre tiene el plan secreto de engordarme como a una oca para luego vender mi hígado para foie gras. Se está saliendo con la suya.



Y por eso digo: cuando muera, a este paso muy pronto, por favor donad mi hígado a Ferrán Adriá. Él sabrá sacarle provecho, ya sea como espuma de micuit o como deconstrucción de foie a la plancha en láminas bajo esferificación de omega 3 al vacío, pan de orejones atomizados y liposomas de alga wakame secada a mano por una filipina soltera. Así sabré que he hecho algo útil con mi vida.





4 comentarios:

starfighter dijo...

Ainsssss el batido de bario, que recuerdos. Trague, pare... trague, pare... en plan maja desnuda sobre una mesa metálica. Creo que ha sido lo más porno que he hecho en mi vida.

Siento darte la bienvenida al club de la hernia de hiato. Lo bueno es que si te cuidas un poco, ni te enterarás de ella. Ánimo chiquillo.

un-angel dijo...

...ayyyy esas comidas en mal estado, jajajajajjaja.
En fin, suena como mal decir que me he reído mucho leyendo tus males pero como al final no ha sido tan grave la cosa pues lo digo y ya está.
Desconfia de tu progenitora, todas son iguales, no paran de decirte que estás guapísimo y estupendo y luego disimuladamente siguen consultando las recetas de hígado encebollado...

rickisimus2 dijo...

Este tipo de conversaciones son propias de la edad. A medida que pasan los años se deja de hablar de sexo y se va sustituyendo más por médicos, remedios medicinales caseros, lo que sienta mejor o pero, etc. Nada que no sea lo habitual, vamos.

¡Tomemos un gintonic para celebrarlo!

Driver GT dijo...

Yo creo que el trabajo de toda progenitora es cebarnos, que las pasadas navidades cogí 7 kilos y no he conseguido soltarlos... ¡y las próximas navidades están ahí! ¡Tengo miedo!

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