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diciembre 20, 2017

Beware of the breeders!

Están aquí, entre nosotros. Pueden encontrarse en cualquier lugar, incluso en los más sitios cotidianos. Puede tratarse de tu vecino, de tu jefa en el trabajo, incluso de algún familiar. Seguramente alguno de tus amigos sea así. ¡Nadie está a salvo!

Los universos paralelos existen. No hace falta saber física cuántica para ser conscientes de ello. Los distintos planos de la resistencia se extienden a lo largo de las dimensiones quinta a undécima (o vigesimotercera, según tu teoría-M favorita) y en ocasiones se tocan, coexisten. Se solapan. Y por ese motivo a veces ocurre que la persona que tienes al lado resulta ser de otro universo totalmente distinto, donde las leyes de la Física y del sentido común siguen reglas completamente diferentes a todo lo que conoces o has imaginado.


Yo acabo de realizar un viaje con dos seres de otra dimensión.

A California, concretamente. Tenía un par de congresos y allí me fui junto a dos compañeros de trabajo (y, sin embargo, amigos). Fueron diez días de estrecha convivencia, lo que me permitió observarlos detenidamente y darme cuenta de que, como en La Invasión de los Ultracuerpos, mis compañeros son en realidad aliens con forma humana.

Yo ya sabía desde el principio que eran un poco diferentes. Los dos pertenecen a esa especie humanoide que el columnista norteamericano Dan Savage llama breeders ("criadores"): personas que utilizan el sexo como forma de perpetuar cosas (si no a sí mismos, a menos a la especie). Al contrario de lo que pueda parecer, soy un firme defensor de los criadores y considero que juegan un papel importante para la sociedad: concretamente, el de dar origen a los jovencitos cuya visión alegrará mis astigmáticas retinas cuando sea un dulce viejecito verde. Vaya por delante, pues, mi admiración hacia esos abnegados especímenes capaces de realizarse como personas fabricando otras personas.

Mis compañeros de viaje y trabajo (a la par que amigos) son criadores reincidentes, ambos con un número par de vástagos propios (no en común), pero por lo demás son personas perfectamente normales. Al principio nuestras conversaciones entraban dentro de los parámetros de la cotidianeidad (matrices de covarianza, bolometría, modos de polarización), pero a medida que iban pasando las horas y los días los temas de trabajo se iban agotando, de forma que paulatinamente la conversación sobre asuntos personales fue adquiriendo un peso cada vez mayor. Yo empezaba a notar algo raro, pero no acababa de definir esa sensación extraña que me estaba invadiendo.

Una tarde de sábado, teniendo tiempo libre, me fui a dar un paseo por San Francisco, yo solo. Bajé del metro en la parada de Castro y me di un paseo por el barrio. En Does Your Mother Know? compré unos preservativos Tom of Finland edition y lubricante. Luego bajé a pie atravesando el barrio de Mission hasta Folsom Street. Era temprano y los sexclubs estaban aún cerrados. Fui a Mr. S, una especie de El Corte Inglés del cuero y el látex donde lo tienes todo en materia de máscaras de perro, cubrecamas de goma para las lluvias doradas, fustas, arneses o dilatadores. Me compré un par de jockstraps y una camiseta de Nasty Pig, una marca que me encanta y es difícil de encontrar en España. También me compré una camiseta de la propia tienda que pone “San Francisco fucker". Delante de mi en la caja estaba pagando una mujer australiana multitatuada y acompañada de uno de sus toyboys, diciéndole al dependiente lo mucho que le había gustado la tienda. Estuve de acuerdo. Después volví a la calle y, como estaba cansado, entré a tomarme un cafetito y unas cookies al Wicked Grounds. Se trata de una acogedora boutique/cafetería que desde 2009 sirve de lugar de reunión a la variopinta comunidad kink de San Francisco. Allí puedes tomar tranquilamente una infusión y degustar deliciosas cupcakes caseras, lo mismo que comprar libros sobre el arte de la asfixia erótica o poner un anuncio en el tablón buscando esclavo al que le guste que le meen en la boca. Fue allí, sentado al calorcito del radiador junto a la colección de mordazas, donde tuve un rato para reflexionar sobre los últimos días y descubrir qué era esa extraña sensación que me estaba invadiendo.






Por fin lo supe: llevaba una semana sin escuchar una sola conversación normal. Todo había girado en torno a la progesterona, a las ventajas y desventajas de dar el pecho pasados los diez meses, los cólicos nocturnos y las guarderías bilingües. Número de veces que se había mentado la palabra “pañal": ochocientas cincuenta y nueve. Número de veces que se había mentado la palabra “bukkake": cero.

Muy inquietante.

He de reconocer que me asusté un poco. Lo desconocido siempre da algo de miedo. Pero soy un científico y me mueve la curiosidad. Tenía aún cinco días de viaje por delante y eso me daba una oportunidad única de explorar el universo paralelo de los criadores. Salí de la reconfortante seguridad de Folsom y me volví con mis compañeros, los aliens.


Tengo que reconocer que mi investigación científica no tuvo todo el éxito que yo me esperaba. Hay muchas cosas que mi mente no está preparada para entender. Conceptos tan extraños y alejados de mi experiencia que simplemente no soy capaz de imaginar. Cosa que no es de extrañar, dado que estamos hablando de universos alternativos, al fin y al cabo. Nuestras pobres mentes mortales no están diseñadas para cambios de paradigma tan radicales.

Las diferencias son prácticamente ilimitadas. Está por ejemplo lo de los grupos de mensajería. Por algún motivo que se me escapa por completo, los criadores utilizan whatsapp para crear redes llamadas “grupos escolares" en vez de para intercambiarse fotos de pollas. Todo en su uso de los móviles es extraño: evidentemente no esperaba que fueran a tener instalado Grindr, ya que estos criadores son heterosexuales, ¡pero es que por no tener no tienen ni Tinder! ¿Cómo hacen los habitantes de su dimensión para follar? Si no fuera por el hecho de su propensión a engendrar uno diría que ni siquiera lo hacen, ya que ni una sola vez les escuché presumir de ningún polvo suyo. En ausencia de más datos, no podemos excluir la posibilidad de que los criadores se reproduzcan por mitosis o por esporas.

Intenté imaginar cómo deben ser por dentro los hogares criadores. El caos. La confusión. La falta de criterios claros. Nosotros, cuando tenemos visitas en casa, sacamos vino o poppers, según el caso. Los criadores, por lo que pude deducir, Colacao y Aspitos. En la tele tienen puesta Frozen en bucle perpetuo, mientras que para nosotros Internet es un manantial de porno inagotable en el que nunca es necesario ver dos veces la misma corrida. Ellos tienen a La Patrulla Canina y nosotros a Colby Keller. Ellos salen para ir a los caballitos y nosotros a la sauna. Ellos de vez en cuando se encuentran con que alguien ha traído piojos a casa y nosotros… ¡vaya! Resulta que más o menos lo mismo. 



Interesante coincidencia. ¿Existiría algún punto en común entre nuestros universos? Intenté salvar la brecha conversacional aportando que a mí la loción de permetrina y afeitarme el pubis siempre me funciona a las mil maravillas, pero mi comentario no fue muy bien recibido. Después de eso, decidí que era mejor seguir observando en silencio. Hay universos que es mejor no mezclar demasiado, no sea que vaya a implotar el tejido del espacio-tiempo.

enero 05, 2015

La enésima

Tengo, he de admitirlo, un trocito de corazón épico en mi interior.

A rebufo del estreno navideño de El Hobbit: la Batalla de los Cinco Ejércitos (a propósito de la película solo puedo decir: la tercera y decepcionante entrega de una trilogía totalmente innecesaria), me ha dado por aparcar mi siempre creciente lista de libros por leer y volver a disfrutar del libro que más veces he leído en mi vida: El Silmarillion, de J.R.R. Tolkien.

El gusto por Tolkien y su obra es como la afición por la ópera, las ganas de comer macarrones o ciertas religiones: un asunto de gustos que no tiene nada que ver con la elección ni con ningún elemento racional. O te gusta o no, y eso no te hace ni mejor ni peor. Repito, es una cuestión de gustos, no de elección, y si alguien pretende sacar a relucir el manido argumento del realismo ("a mí la fantasía me produce urticaria porque no es más que una evasión, lo que me llega es lo real"), por favor que al menos tenga la decencia de reconocer que ninguna serie de televisión que uno sigue, ninguna película favorita, nungún argumento operístico, ninguna novela son reales. Lo real es pagar la hipoteca, tener mocos y cagaleras, y cortarse las uñas. La literatura, el cine, la música y la televisión son artificio, y por eso nos gustan tanto.

A mí Tolkien me llegó en un momento de la vida en el que me entró con asombrosa fuerza. Lo recuerdo bien: yo tenía doce años, eran unas navidades, y me leí todo El Señor de los Anillos en siete días. Desde entonces me lo he releído once veces, en tres idiomas diferentes, y sigue siendo el libro que más goce me ha procurado a lo largo de mi vida.

Más o menos a la misma altura sitúo el Silmarillion, obra que incluso a la mayoría de frikis tolkenianos resulta difícil de leer. Pero a mí me encanta por mi corazoncito épico. El Silmarillion no es una novela, no contiene diálogos, no hay personajes principales. Se trata de un conjunto de relatos cortos débilmente hilvanados en forma de saga. Es un poco como leer la Biblia, Beowulf, las sagas nórdicas o algunas hagiografías cristianas. Es decir: para la mayor parte de la gente, un peñazo. No para Sufur, el épico.




El Señor de los Anillos y El Silmarillion tienen todos los elementos necesarios para cautivar la mente de un adolescente épico y enamorado de las grandes ideas, los mundos irreales y las palabras: unas geografía, historia y mitología propias, lucha entre el Bien y el Mal, la capacidad de conjurar visiones poderosas, duraderas, y un lenguaje extraordinario. No hablo de los idiomas tolkienianos, que nunca me he molestado en aprender (tan friki no soy), sino la prosa en sí de Tolkien en inglés y la maravillosa traducción que en España hizo Manuel Figueroa para Ediciones Minotauro. Evidentemente, entré en estos libros en castellano, aunque hace ya tiempo que di el salto al inglés. Es un inglés complicado, lleno de arcaísmos, especialmente en el habla formal de los Valar:
"Mighty are the Ainur, and mightiest among them is Melkor; but he may know, and all the Ainur, that I am Ilúvatar, those things that ye have sung, I will show them forth, that ye may see what ye have done. And thou, Melkor, shalt see that no theme may be played that hath not its uttermost source in me, nor can any alter the music in my despite. For he that attempteth this shall prove but mine instrument in the devising of things more wonderful, which he himself hath not imagined"
Pero al mismo tiempo es un inglés bellísimo y magistralmente redactado. En pocas líneas, porque los capítulos del Silmarillion son por lo general breves, forma imágenes poderosas en la mente del lector; impacta, emociona, deja con ganas de más. Y lo mismo sucede con la traducción de Manuel Figueroa, que refleja perfectamente el original sin perder la belleza de sus palabras. 

De Tolkien cabe criticar muchísimas cosas: su misoginia, su conservadurismo moral, su velado racismo. Todo eso evidentmemente se vierte en su obra y la echa a perder en muchos sentidos. A mí, en particular, me ha hecho bastante daño a lo largo de mi vida el fuerte maniqueísmo tolkieniano: la Luz frente a la Oscuridad, la pureza frente a la corrupción, el bien contra el mal... durante muchos años esos conceptos me han dominado hasta tal punto que yo no podía acercarme siquiera a un libro de Tolkien durante todo un día si había cometido algún tipo de impureza (léase fundamentalmente masturbación). En eso veo un claro indicio temprano del TOC que con los años he acabando desarrollando. Y de hecho hasta este momento que he vuelto a tomar en mis manos el Silmarillion, llevaba casi diez años sin leer nada de Tolkien (porque ya no soy ni puro ni inocente). El dualismo me ha causado mucho daño, pero aunque durante mucho tiempo se focalizara en torno a los escritos de Tolkien, injusto sería achacárselo únicamente a ellos: al fin y al cabo, la lacra del dualismo invade nuestra cultura desde mucho antes, a través del platonismo, el cristianismo, la filosofía cartesiana, Kant...

A cambio también se pueden reseñar valores que son para mí profundos y bellos en la obra de Tolkien: el valor a las cosas pequeñas de la vida, la sabiduría como comprensión y preservación de ese valor de lo pequeño y sencillo, el amor a la música, la belleza de lo verde y vivo, el sobrecogimiento hacia el mar, el deleite por el lenguaje, y la tristeza serena, constructiva, que convierte la melancolía en un elemento de sabiduría. Estas cosas también han tenido un importante papel en la construcción de mi personalidad.

Pero ya tengo cuarenta años, un cierto equilibrio (dinámico) interno, y no soy ya un adolescente. Sigo siendo un poco épico, eso sí. Y por eso ahora, creo, por fin puedo sentarme, abrir mi libro favorito, y disfrutarlo sin proyectar ni extraer lecturas morales espurias. Hoy, por fin, puedo sencillamente dejarme llevar por la belleza de las palabras, el brillo de las historias, y la riqueza de las imágenes (que no tienen mucho que ver con Peter Jackson, aunque sí bastante con Alan Lee). 

Y lo estoy disfrutando como una perra.






enero 12, 2013

¿Qué voy a hacer yo sin mi Gucci?

No, no se han equivocado. Aunque no lo parezca, esta no es una entrada de moda y lujo del blog de Nils



Durante los últimos años mi perfume para las ocasiones especiales ha sido Gucci pour Homme, uno de esos caros potingues que tienen ese tipo de campañas televisivas pergeñadas por publicitarios lisérgicos y protagonizadas por jamelgos tan bellos como escuálidos con las que nos torturan todas las navidades. Gucci pour Homme, diseñada por Tom Ford, era una fragancia masculina que no era ni fresca, ni alegre, ni jovial, ni sport, ni ninguna de esas memeces que se llevan ahora; por el contrario, olía a maderas, tabaco, incienso y macho limpio, cálida sin llegar a ser empalagosa; clásica sin ser rancia; potente sin ser agresiva, tremendamente masculina y viril.

A mi me encantaba. Me recordaba al olor de la piel de un amante que tuve hace muchos años y el simple acto de ponérmela me excitaba. Y no solamente me gustaba a mi, sino que mucha gente a mi alrededor opinaba de manera similar.

Pero los tiempos cambian y Gucci ha dejado de producir este perfume. En su lugar ha sacado una nueva versión Gucci pour Homme II, que es absolutamente detestable, tirando por la borda todo un estilo. Así que ahora estoy en un dilema, mientras se agotan las últimas gotas de Gucci de mi armario: ¿cuál será mi nuevo perfume? ¿Podré encontrar algo que me guste tanto?

 ¿Alguna sugerencia?


diciembre 28, 2012

Carta a Genoveva

Queridísima Genoveva:

Tu última carta me confirma algo que siempre había sospechado: que eres irremediablemente mema. Pese a ello, se te quiere igual, más que nada por la cuenta que nos trae. A Adelina, que tampoco es una mujer muy lúcida, le pasó una vez algo exactamente igual, salvo que en vez de ser invadida por un anciano mequetrefe y cascarrabias lo fue por una legión de parásitos intestinales. El resultado, sin embargo, fue más o menos el mismo.

Pero no te escribo para recordarte una vez más tus innumerables defectos, sino para felicitarte estas entrañables Fiestas Navideñas, tan llenas de armonía, felicidad y grasas monoinsaturadas. Espero que estés pasando estas fechas tan señaladas rodeada de tus seres queridos o, si no hay otro remedio, de tu familia. No te pregunto por los regalos que te ha traído Santa Claus porque ya sé que este año has sido egoísta, mezquina y despreciable, es decir: has seguido en tu línea habitual. A mí el gordo seboso me ha dejado bajo la chimenea un kit para lavativas y a Adelina, una orden judicial de alejamiento. ¡Qué hermosa es la Navidad!


Este año por fin tenemos una Navidad como es debido, con un tiempo acorde a estas fechas, que tanto me recuerda a nuestra feliz niñez. La nieve cae plácidamente sobre la campiña, salvo cuando caen granizos del tamaño de pomelos, y en los bosquecillos cubiertos de blancor se escucha únicamente el ulular de las lechuzas, la ventisca y los aullidos de las manadas de lobos hambrientos que recorren la comarca devorando todo cuanto encuentran, excepto a los osos asesinos; las familias se reúnen en sus búnkers, fraternalmente unidos por el terror, y se abrazan en oración rogando por sobrevivir un invierno más. Yo siempre lo he dicho: no hay nada como el miedo para reforzar las tradiciones de nuestros mayores.


Adelina y yo hemos hecho acopio de lo estrictamente necesario para pasar estos días: seis o siete barricas de brandy, algunas salazones, unos pocos langostinos, peladillas y tres toneladas de comida para perros, que es lo único que come Adelina últimamente. La pobre se empezó a obsesionar por su figura al constatar que la cubertería se le quedaba pegada a la ropa debido a su campo gravitatorio personal, y ha decidido ponerse a régimen. El Dog Chow, según la publicidad que figura en sus envases, "ayuda a evitar los problemas de obesidad de los animales domésticos, favoreciendo un tránsito intestinal saludable, promoviendo la salud dental y proporcionando un pelaje más lustroso y brillante", por lo que Adelina se ha entregado a la causa con fervor. Y hay que reconocerlo: desde que se alimenta de pienso, es cierto que tiene el bigote más suave y sedoso.

Como no hay mucho que hacer aquí enterradas bajo diez metros de nieve, hielo y osamentas roídas, Adelina y yo nos dedicamos a pasatiempos tradicionales: escribir cartas como esta, jugar al scrabble, hacer ganchillo y masturbarnos como macacas. En ocasiones encendemos la radio y escuchamos con interés el parte necrológico. Estos sencillos quehaceres hacen que esta sea, con mucho, mi época favorita del año. Te adjunto una foto del modelito que pienso lucir este Fin de Año:


Espero que vosotros estéis disfrutando tanto como nosotras, y que no os atragantéis con el cerdo agridulce que preparas todas las Nocheviejas. Da recuerdos a esos queridos protozoos a los que llamas familia, y no te olvides de escribirme de cuando en cuando.

Tuya, afectísima,

Margaret

noviembre 15, 2012

Duelo de sables (artísticos)

Siempre digo, cuando me preguntan en público, que todo lo importante que sé lo he aprendido de dos fuentes: el Barrio Sésamo y Mortadelo y Filemón.

Si me preguntan más en privado, puedo añadir otras dos grandes influencias artísticas, estéticas y filosóficas en vida: Touko Laaksonen y Dom Orejudos. ¿Que quiénes son estos dos individuos? Para los entendidos, puede que sea más fácil reconocerlos por sus seudónimos más populares: Tom de Finlandia y Etienne.



Ambos dibujantes comparten mucho en común. Los dos se criaron durante los años en los cuales la homosexualidad era algo perseguido, los dos se dieron a conocer en publicaciones semiclandestinas y underground en los años cincuenta y sesenta del pasado siglo, los dos han contribuido enormemente a dar forma a la estética gay hipermasculina del subgénero leather y ambos han pasado de ser tenidos como meros pintamonas de cuentos de hadas para degenerados a ser reconocidos y aclamados como artistas dentro del mainstream con exposiciones en galerías de arte, postales en tiendas de museos y libros recopilatorios en edición deluxe.


Yo tengo esa edad intermedia en la que he podido disfrutar de los placeres del porno en VHS, pero siendo lo suficientemente viejo como para haberme hecho alguna de mis primeras pajas con (y sobre) revistas cutres con algunos de los dibujos de Tom y Etienne. Ahora, con el revival del arte homoerótico vintage, me he ido concediendo algunos caprichos (aka "lobás") y he reunido una interesante colección en papel de recopilatorios de ambos dibujantes. E incluso puedo decir que muchos de esos cómics los he disfrutado únicamente por su valor estético y sentimental, sin ánimos masturbatorios: a ver si va a ser verdad que son arte...




No tengo muy claro cuál de los dos elegiría si me obligaran a nombrar un favorito. Los dos dibujan hombres hiperviriles de una belleza imposible, con unos pollones inauditos y culos esféricos perfectos. Tal vez los personajes y las escenas que plantea Tom son más luminosos, reflejando a hombres siempre sonrientes y llenos de felicidad mientras practican el sexo, mientras que las historias de Etienne tienen más elementos violentos, fantasías de violación y de sometimiento extremo; depende del día que tengo, me gusta mas uno u otro. ¿Y ustedes, qué opinan?















marzo 01, 2012

Antipublicidad

Confluyen tres circunstancias:

Por un lado, la empresa municipal de transportes modernizó su flota instalando unas pantallas de televisión en los autobuses urbanos en las que proyectar información de interés cultural municipal:


Por otro lado, los ya conocidos y muy celebrados recortes presupuestarios han logrado en un tiempo récord que las actividades de interés cultural de Santander hayan desaparecido casi por completo:


Por último, un avispado empresario local ha comprado los apolillados derechos de cierto grupo musical infantil que hacía furor en mis tiempos mozos y ha reeditado la fórmula creando un grupo con el mismo nombre y las mismas canciones, mas obviamente con nuevos (e igual de repelentes) integrantes:



Unas cosas se han juntado con las otras y el resultado es que ahora tenemos promoción continua y a todo volumen, sonido dolby surround, del mencionado grupúsculo preadolescente.

El primer día sonríes al descubrir la ocurrencia y piensas melancólicamente cómo van y vuelven, cíclicamente, las modas, y te preguntas cuándo volverá a estar de moda el estilo Excalibur:

 
El segundo día sonríes mientras recuerdas tiempos más sencillos y felices.

El tercer día te sorprendes a tí mismo tarareando la cancioncita cuando vas al baño.

El cuarto día la cosa empieza a resultar un poco cansina.

Pasadas un par de semanas desearías poder quitarte la jodida melodía de la cabeza.

Pasados veinte días eres incapaz de concentrarte para leer en el bus. 

Pasadas tres semanas y media estás deseando quedarte en el trabajo hasta altas horas de la madrugada con tal de evitar poner un pie en el maldito medio de transporte.

Pasado un mes sientes la crispación aumentando de forma incontenible en tu pecho y experimentas un profundo odio hacia el mundo en general y hacia los autobuses en particular.

Pasadas cinco semanas te hermanas con Herodes, empiezas a difrutar imaginándote los cadáveres ensangrentados y descuartizados de los puñeteros críos, deseas una hecatombe radioactiva que acabe con este cáncer que llamamos humanidad y te entran ganas de hacer una auténtica locura, como qué se yo, abrirte un plan de pensiones o algo.

Y esto no ha hecho más que empezar...




septiembre 30, 2011

The last commute


Esto se acaba, chicos.

El tren va dejando atrás los campos y las casitas de Cambridgeshire; se trata de mi último trayecto de tren entre mi lugar de trabajo y mi casa. En inglés, my last commute.

Tal vez debería dedicar estos últimos cuarenta y cinco minutos a hacer lo mismo que he hecho cada día laboral durante estos últimos cuatro meses: dedicarme a leer y a mirar el paisaje. He disfrutado la vida del commuter. Es cierto que dedicar cada día a andar veinte minutos de casa a la estación más cuarenta y cinco minutos de tren más otros veinte minutos de bicicleta de la estación al trabajo, dos veces al día, es mucho tiempo: calculo que he dedicado a esta actividad un total de 170 horas a lo largo de los últimos cuatro meses, es decir, prácticamente una semana entera en mi vida en desplazamientos. Pero eso no es nada comparado con lo que tienen que hacer muchos en ciudades como Barcelona o Madrid, y además he estado encantado de poder disponer de todo ese tiempo para mí mismo.


Me sorprende lo poco triste que estoy. Uno de mis defectos de personalidad es mi carácter melancólico que me lleva a parecer un alma en pena cada vez que cierro un capítulo de mi vida. Lo habitual en mí en un caso como este sería estar hundido pensando en qué breves son las cosas buenas, qué pena que se haya acabado y qué poco he aprovechado la oportunidad cuando la he tenido. Ojo, que solo estoy diciendo que esto sería lo normal para mí, no que sea algo bueno. Afortunadamente estoy en un estado anormal de conciencia. Sí: me da penilla que se me acabe la beca, pero pesan más lo contento que estoy por cómo se han desarrollado estos meses y la cantidad de buenos recuerdos y experiencias que me llevo conmigo.

Porque esta vez no puedo decir que no haya aprovechado.

Vaya si lo he hecho.

Han sido cuatro meses redondos: los tres meses que he compartido con el osezno y también el mes que he estado solo. Laboralmente la cosa ha ido bien, con dos artículos como primer autor en capilla más otro que tardará aún un tiempo en estar preparado, y otras cosillas más. Pero personalmente ha sido aún mejor.

He experimentado Londres a fondo. He recorrido todas las calles, mercados, museos, restaurantes, bares, pubs, clubs, parques, actuaciones, exposiciones, teatros, conciertos, festivales, fiestas y eventos que he podido. Cierto que no he hecho más que empezar a arañar la superficie de todo lo que Londres puede ofrecer, pero ¿quién puede abarcar una ciudad así?



He tenido la casa llena de amigos. ¡Yo, que como buen castellano siempre he sido enemigo feroz del turismo de gorroneo! Y lo he disfrutado de veras. Mi visitante más joven sólo lleva cinco meses en el vientre de su madre; mi visitante más viejo va a cumplir 63 años. Cada uno de ellos he hecho cosas interesantes y diferentes, y todos me han aportado algo único y valioso.

He conocido gente nueva, y hasta es posible que algunas de las amistades que he hecho este verano se prolongue en el tiempo. Cosas más raras se han visto.

He descubierto cosas nuevas del osezno, que me gustan, y mi relación con él se ha enriquecido de formas que no esperaba. Al osezno le sienta bien salir de Santander: es como si fuera del nido floreciera y se hiciera más una persona más real, más compleja, más tridimensional... habrá que salir más a menudo.

He continuado mi guerra particular contra mis demonios interiores. Por supuesto que no he vencido, pero al menos he logrado que no me impidan hacer lo que me he propuesto. Noto pequeños cambios en mi paisaje interno, tal vez incluso mejoras. Veremos si se confirman y a dónde conducen. También a mi me sienta bien salir de Santander...

He tirado la casa por la ventana. Durante esta estancia me he gastado toda mi beca, todo mi sueldo y todos mis ahorros, hasta el último penique. Me quedo a cero. Sé que suena frívolo y que es injusto con quienes sufren lo que no está escrito para llegar a fin de mes, sobre todo en estos tiempos que corren, pero desde el principio me propuse que no iba a privarme de nada: ni de tener un apartamento espectacular (¡sin un solo centímetro cuadrado de moqueta!) en una ciudad de cuchitriles, ni de entradas en primera fila para mi musical favorito, ni de todos los gintonics que aguantase mi hígado, ni de cenas especiales ni de los viajes que me apetecieran. Como si no hubiera mañana. Esta era una ocasión de las de sólo una vez en la vida.  


He salido todas las noches, aunque solo fuera un ratito. He dormido poquísimo. Me he atrevido a montar en bicicleta entre el tráfico de Londres. He engordado cinco kilos a base de salchichas de Cumberland, scones con clotted cream y mermerlada y alcohol. He follado todo lo que he podido. He caminado hasta que me han dolido los pies. He comido mejillones fritos picantes en un restaurante indio, y me han encantado. He conversado sobre música, historia, cosmología, arte, hombres, vinos, política, relaciones, libros, anécdotas, biología, lingüística, comida y, por supuesto, sobre el tiempo. He tenido también muchos momentos de tristeza, de soledad y de miedo. He comprado muchos libros. He paseado bajo la lluvia sin cubrirme. He conseguido que los camareros me reconozcan en mis restaurantes favoritos. He vivido -muy de refilón- las revueltas londinenses, dos bodas reales y la muerte de mi vecina Amy Winehouse. Incluso he aprendido algo de inglés.

He hecho, en definitiva, exactamente lo que vine a hacer.

Y que me quiten lo bailao.

Tengo la mala costumbre, tan española, de quejarme continuamente por memeces. Por una vez, voy a expresar lo que debería decir mucho más a menudo: soy un hombre MUY afortunado... y soy consciente de ello.






Ya veremos qué tal sienta la vuelta a la calma chicha de Santander después de esta temporada viviendo a alta velocidad. La pregunta del millón es si seré capaz de transportar esta energía y este apetito vital que Londres me ha despertado a mi vida cotidiana allá. Pero de eso, nos ocuparemos mañana...









septiembre 17, 2011

2 semanas 2

Pues ya estoy de vuelta.

Bruselas, muy en su línea. Ideal si te gustan las patatas fritas, el jazz, el gótico, el chocolate, la bande desinée y los hombres con nariz grande como los franceses y con mentalidad de puerco vicioso como los holandeses. A mi, salvo el gótico, me apasionan todas esas cosas, así que disfruté bastante mi estancia en la ciudad.

La tradición manda en estos casos que os inunde de fotos hechas durante estos días. Quién soy yo para luchar contra la tradición, salvo que implique tirar cabras desde campanarios. Allá van, pero tranquilos: no hay ninguna de ese detestable niño de bronce meando.











Ok, dije que no habría foto de estatua de niño insoportable meando, pero no dije nada de perros.

Quedan dos fotos que son, atención, un intento de alegoría fotográfica. Como soy de ciencias puras, no se me dan muy bien estas cosas. A ver si alguien lo pilla:





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