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septiembre 04, 2017

All I can think about is...

Coldplay.

Últimamente parece que da un poco de reparo decir que te gusta Coldplay. Se han convertido en un grupo tan mainstream que escucharlos se ha vuelto sinónimo de carecer de todo gusto musical. No como pasa con Donkiet Kong, que siempre están reinventándose a sí mismos y son por tanto el epítome del sibaritismo hipstérico: 

Extraído de "The Ladybird Book of the Hipster"

A las críticas hay que reconocerles gran parte de razón. Es cierto que Coldplay lleva más de diez años sacando al mercado la misma canción, una y otra vez. Es algo que le ocurre también a muchos otros artistas, por ejemplo Manolo García, que hizo carrera musical con una única canción (la reconoceréis en cualquier cosa suya). Pero a diferencia que ocurre con este, la canción de Coldplay resulta que me gusta. Es una canción espaciosa, con ondulaciones azules y doradas, que le pega bien al verano. Resulta que Colplay ha sacado nuevo álbum (bueno, en realidad es solo un EP) hace casi un mes y yo no me había enterado hasta hace cuatro días. En consecuencia, y dada mi personalidad obsesiva, llevo todos estos días escuchando una y otra vez la primera de las canciones, "All I can think about is you", que es precisamente lo que estaba esperando:

La misma canción de siempre, esa que tanto me gusta, sobre todo a partir del tercer minuto.


Y que ha conseguido, bastante soprendentemente, alargar un poco mi verano interior hasta entrado septiembre.

agosto 27, 2017

Las griegas

A este ritmo de publicación, se iba a llegar septiembre sin compartir algunas de las fotos que hice durante el viaje a Grecia de finales de junio. No está mal: dos meses de retraso. Hay una justificación que va más allá de mi pereza y la acuciante falta de ideas a la hora de publicar que me aqueja últimamente, y esa justificación es el volumen: hice unos ochenta Gb de fotos (más de siete mil en formato RAW) y se tarda un poco en procesar toda esa información.

Por una vez, fuimos a Creta acompañados. El osezno se adelantó una semana para poder disfrutar de su isla a solas, y después nos unimos dos amigos y un servidor para disfrutar de diez días más. No fue nada difícil encajar los dos grupos de amigos –cretenses y cántabros– ya que el carácter abierto de los primeros supera con creces la reserva de los segundos, al menos jugando en casa. Además uno de nuestros amigos conduce, por lo que pudimos abusar de él, alquilar un coche y movernos un poco más allá de nuestro circuito habitual. Estuvimos en Sfakia, que ya conocíamos, y un poco más en el interior en Anópoli y la garganta de Aradena, donde no habíamos estado antes. Visitamos el monasterio ortodoxo de Agia Triada Tsangarolon, con sus cuidados jardines y los olivares que lo rodean, y también nos acercamos a la playa de Elafonisi, otro de los grandes clásicos. Otro día nuestros amigos se fueron por su cuenta a ver el museo arqueológico de Herakleion y las no-ruinas de Knossos, mientras que el osezno y yo nos quedábamos tan ricamente en la tranquila playa de Stavros (donde se desarrolla la película de Mihalis Kakogiannis Zorba el Griego, basada en la novela homónima de Nikos Kazantzakis). Pero por supuesto la mayor parte del tiempo la pasamos en La Canea (Χανιά), la mayor parte del tiempo sentados en alguna de las terrazas frente al puerto veneciano o poniéndonos tibios con la cocina local o el aguardiente cretense τσικουδιά. Fue un viaje memorable, del que por fuerza solo voy a dejar aquí un minúsculo porcentaje de fotos.

Empezamos por tres vistas del puerto veneciano de La Canea:




Y unos pocos detalles de la ciudad:


Los gatos son los auténticos amos de la ciudad


El atardecer desde la terraza de la casa de una de nuestras amigas
Café griego


Ξεροτήγανα, un dulce típico
Las callejuelas detrás del puerto
Un paisano
Esta foto es para que no se pueda decir que en Creta nunca está nublado. Aquella noche cayó una interesante tormenta de verano



La terraza de la cafetería Θεά

Del monasterio de Agia Triada:




Viñedos y olivares, Mediterráneo en estado puro
En Grecia se considera algo de muy malos modales fotografiar a curas. Soy una mala persona

La playa de Stavros, a pocos kilómetros del monasterio:



No es la playa más bonita de la isla, pero tiene la ventaja de atraer sobre todo a locales
El color de las rocas cretenses ofrece contrastes espectalares contra el cielo y el mar
La taberna playera, que aquí llamamos chiringuito, es otra de las señas de identidad griega

Y bajamos al sur:

El pueblo de Χώρα Σφακίων (Hora Sfakion), puerta de entrada a la región de Sfakia
Una sfakiani pita (Σφακιανή Πίτα), postre típico hecho con queso myzithra, harina, aceite, τσικουδιά, miel y, en ocasiones, hierbas aromáticas


La cabra es uno de los habitantes más mutritivos y deliciosos de la isla
En Sfakia es costumbre pegar tiros a cosas, y en ocasiones a gente, para matar el tiempo



La playa de Agua Dulce (Γλυκά νερά) está pegada a una ladera casi vertical. Un río subterráneo de aguas gélidas sale al mar pocos metros bajo la playa, haciendo que el sitio no sea apto para frioleros (como yo)
 
Las aguas casi ridículamente transparentes de Loutro

Más que flotar, las barcas parecen levitar
En el sur de la isla el terreno cae desde los casi seiscientos metros de altitud al nivel del mar de forma abrupta
 
El tomillo cretense da flores blancas, amarillas o violetas
Playa y castillo de Frangokástelo (Φραγκοκάστελλο)
Elafonisi. Evidentemente


Los locales no van casi nunca a esta playa. Cosideran que "está siempre petada de gente". Compárese con las playas españolas...




Los montes cretenses desde la meseta donde está Anópoli

Mas agujeros de bala



Aunque haya que subir el último trecho a pie, merece la pena. Las vistas desde la vieja iglesia de Agia Katerini cortan el aliento

Sin que sirva de precedente, un servidor

EL pueblo de Loutro, visto desde 700 metros de altitud
Desde allí arriba casi casi se ve hasta Sigüenza

El pueblo abandonado de Aradena. Se tuvieron que marchar todos antes de que se terminaran de matar unos a otros a golpe de escopetazo

El famoso puente metálico sobre el desfiladero de Aradena, que suena como si se fuera a caer cada vez que lo pisas

La garganta

Y finalemente volvemos a La Canea, a despedirnos melancólicamente:



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