Cuando Mastropiero llegó a casa, era una bolita diminuta, toda pelos, huesecillos, orejas y ojos. Me cuentan que lo primero que hizo fue correr a esconderse debajo de un sofá. Después de unas horas de cautela, empezó a jugar al gato y al ratón con el osezno, persiguiéndole a la cocina cuando el osezno no miraba y corriendo otra vez a esconderse cuando notaba que alguien se fijaba en él.

Al principio no me gustó la idea de tenerle. Me fastidiaba la idea de los pelos en la ropa, de los arañazos en los muebles, de las posibles alergias, de la responsabilidad de cuidar a un ser vivo. Y sobre todo temía encariñarme con él y luego, pasados unos años, tener que despedirme. Pero yo acababa de irme de
postdoc a Italia y pensé que al osezno le vendría bien tener compañía en casa, aunque fuera compañía gatuna.

Me enamoré de Mastropiero en una de mis primeras visitas a España. Él era aún muy pequeñito y, con la curiosidad de los gatos, se me encaramó bata arriba mientras yo cocinaba. No me dí cuenta hasta que me llegó al cuello. De repente me encontré con un hocico bigotudo oliéndome la cara y me pareció que me sonreía.

Mastropiero fue creciendo. Atravesó la etapa de la juventud juguetona en la que no sabíamos si teníamos un gato o un perro. Jugábamos a lanzarle una pelota de goma, él salía disparado a buscarla y luego nos la traía agarrada con los dientes para que se la volviéramos a lanzar. Se escapaba por la ventana del tejado y se colaba en las casas de los vecinos. Aprendió a controlar nuestros ritmos de sueño y a despertarnos cada mañana diez minutos antes de que sonara el despertador.


Tuvo dos grandes crisis existenciales. La primera, al cambiarnos de casa. Yo creo que aún sigue echando de menos aquel ático abarrotado de libros y huecos donde esconderse. La segunda fue la llegada del benjamín de la casa, Baldomero. Mastropiero se convirtió en el príncipe destronado, aunque para mí siempre ha sido sencillamente el mejor gato del mundo.

Mastropiero fue creciendo y el carácter se le fue apaciguando. Seguía viniendo a dormir con nosotros en las noches frías de invierno, al menos hasta que Baldomero le echaba de la cama, y seguía esperándonos a la puerta de casa cuando nos oía llegar de la calle. Siempre reservado, como distante, pero al mismo tiempo profundamente dependiente de nosotros. Cuando nos íbamos de vacaciones se deprimía, cuando nos quedábamos en casa todo un fin de semana se le veía feliz.

A Mastropiero le gustan el yogur, las lonchas de pavo, el atún y los trocitos de pollo asado o a la plancha. Disfruta tumbándose al sol y estirándose al máximo. Le gusta frotarse contra los muebles y que le rasquen detrás de las orejas. Le encanta su sitio secreto en la repisa más alta de la casa, allá donde sólo puede llegar él y donde sabe que puede estar tranquilo, dominándolo todo. Adora meterse en armarios y en cajas de cartón vacías, y fingir que se escapa de casa pero sin subir nunca más allá del rellano de arriba. Sabe interpretar nuestros estados de ánimo: cuando el osezno se fue a vivir a Grecia y yo me quedé triste Mastropiero no se separó de mí. Es complejo, neurótico, despierto, sensible, y sobre todo muy muy bueno.


Mastropiero no ha cumplido los ocho años. Desde hace un mes vomita mucho y come poco. Ha perdido la cuarta parte de su peso en pocas semanas. Hoy nos han confirmado con una ecografía que tiene un riñón totalmente destrozado; no sabemos si se tratará de un tumor maligno pero la veterinaria es pesimista. Mañana sabremos si merece la pena operarle o hay que sacrificarlo.

Los gatos tienen muchas vidas y aún tengo esperanzas. Si, como parece más probable, resulta que Mastropiero sólo tiene una vida, espero que ésta haya sido tan buena para él como lo ha sido para nosotros disfrutar de su compañía.




¿Es o no es un gato guapo?