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enero 06, 2016

¿Me merezco tanto?

A pesar de que este año he hecho denodados esfuerzos por ser malísimo, los Reyes Magos, que por lo visto no se enteran de nada, me han traído montones de cosas en forma de regalos y auto-regalos geniales.

El mejor de todos, sin duda, es el habernos decidido a adoptar a Poe, un gato rescatado por nuestra protectora de gatos favorita. Al principio Constantino fue un tanto reacio a la llegada de un nuevo tirano doméstico, pero parece que ya se llevan medianamente bien y desde ahora, oficialmente, volvemos a tener dos gatos en casa.



El osezno se ha pasado tres pueblos, regalándome una camisa preciosa, una bandolera para llevar mis trastos por la calle (falta me hacía, porque la mía vieja estaba cayéndose a cachos) y un pedazo de abrigo largo estupendo y con un forro interior suave hasta el orgasmo. No contento con eso, me ha regalado además el último libro de Elvira Lindo y, conociendo mi enorme lado infantil, el último Mortadelo y Filemón:



La sección de madres, biológica y política, ha optado por la ropa, con pantalones y unos comodísimos calcetines de andar por casa. Soy de pies frioleros, y cuando tengo bien abrigados los pinreles estoy en la gloria bendita.


Mis cuñados nos han regalado un Chromecast para que podamos ver el porno que tenemos en los ordenadores en la pantalla grande de la tele sin necesidad de cables. También nos han regalado varios planes-regalo para que nos demos la vida padre en alguno de nuestros viajes.



Finalmente, en el apartado de autoindulgencia han caído otros dos pantalones de una marca que es complicado encontrar en Santander y que, todo hay que decirlo, marcan culo y paquete que da gloria verlos. Y, por supuesto, libros, muchos libros:




Y un juego friki, faltaría más:


¡Visto lo visto, creo que para el año que viene voy a intentar ser más malote todavía!

abril 29, 2013

Curso de fotografía

Este año, para nuestro XIII aniversario, el osezno me hizo un regalazo de áupa y muy señor mío.

Los regalos del osezno son siempre espectaculares. Me conoce bien: siempre aparece con el libro que estoy deseando leer, o con mi último capricho de tecnología, o con un viaje estupendo con el que sorprenderme. Pero en esta ocasión se ha superado a sí mismo:

Me ha regalado un curso one-to-one de fotografía.

Un profersor, un alumno. Doce horas intensivas de repaso de técnica fotográfica, composición, lenguaje visual y revelado, con salidas a disparar y largas conversaciones acerca de los elementos artísticos de este campo que me apasiona. Ha sido emocionante y espero que fructífero.

Una de las cosas que me ha intentado trasmitir mi profesor es la idea de que he de intentar hacer las fotos en mi cabeza antes de apretar el disparador, y hacerlas en la máquina antes de usar el ordenador. Es decir: pensar la fotografía de tal forma que el trabajo de revelado digital sea mínimo, y lo más sistemático posible, de forma que ahorre tiempo y memoria, a la vez que doy a todas mis fotos una coherencia que defina mi "sello personal". Me va a ser difícil aplicar esta enseñanza, porque soy bastante poco sistemático.

Hemos trabajado siempre en modo totalmente manual, controlando en cada momento la apertura de diafragma, velocidad y sensibilidad, tomando fotos sobre todo el blanco y negro, y hemos intentado practicar el retrato (tanto de personas como animales), que es lo que más difícil me resulta. Estos son algunos de los ejemplos que he trabajado a lo largo del curso. Lo importante de estas fotos, para mi, es que tienen la siguiente cantidad de Photoshop: cero. A ver qué os parecen...













septiembre 09, 2012

Memorias estivas 8: los amos y señores de Grecia

Este es el post más terrorífico de todas las "Memorias Estivas". Todos estaréis de acuerdo conmigo en que lo más horrible y aterrador que ha producido internet son los powerpoints de gatitos que se dedican a reenviarte las madres, tías y abuelas cuando aprenden a manejarse con el ordenador. Pues bien, ¿no queríais caldo? ¡Tomad dos tazas!

Estos son los auténticos señores del Egeo: al margen de todas las crisis y de los cambios frenéticos del mundo de sus mascotas humanas, los gatos griegos de hoy siguen haciendo exactamente lo mismo que hacían hace tres mil años: tumbarse al fresquito a la sombra de una silla y esperar a que les caiga al lado una raspa de pescado o un trozo de stifado. Yo, de mayor, quiero ser como ellos.













noviembre 09, 2011

Bad Hair Day

Hemos metido la pata, estilísticamente hablando.

Constantino parecía últimamente un cruce entre un gato y un pompón de animadora; tenía tanto pelo y tan largo que empezaba a tener un problema serio de nudos y bolas de pelo. La casa parecía una fábrica de pelusas, cosa no especialmente buena para mi alergia, y las bolas de pelo estaban empezando a provocarle problemas digestivos al animaluco. 



De modo que finalmente decidimos llevarle a la peluquería felina. ¿Habéis probado alguna vez al cortarle el pelo a un gato? Mejor dicho, ¿habéis probado a hacerlo y habéis sobrevivido a la pérdida masiva de sangre?
- ¿Cómo queréis que le dejemos el pelo? -nos preguntó la muchacha.

- Cortico -dijimos, bastante estúpidamente.
Y este es el horrendo resultado:


¡Ahora no sabemos si tenemos un gato de angora o un chihuahua!

Menos mal que el pelo crece...




septiembre 01, 2010

Uno más en la familia

Aunque nunca dejaremos de estar triste cada vez que pensemos en el pobre Mastropiero, creemos que ya estamos preparados para darle un compañero de juegos a Baldomero.


Una prima del osezno nos regala este cachorro, el último que le quedaba por colocar de la camada de su gata.


Ya apunta maneras de mordedor de libros y cuadernos:


Eso sí: no queremos ilusionarnos demasiado pronto. Estoy estornudando mucho y no sé si se debe únicamente al resfriado que he pillado hace un par de días o si tengo alergia. Si de aquí a una semana o diez días sigo igual, tendremos que devolver el animalito.


No estamos inspirados y ha sido difícil elegirle un nombre. Para gatos, nos gustan los nombres de muchas sílabas; algunos de los nombres que hemos barajado eran Filemón, Anacleto y Letizio. Al final se queda (por el momento) con el nombre de Constantino.



Ahora a ver cómo llevará Baldomero el síndrome del príncipe destronado...

abril 14, 2010

Mastropiero

Cuando Mastropiero llegó a casa, era una bolita diminuta, toda pelos, huesecillos, orejas y ojos. Me cuentan que lo primero que hizo fue correr a esconderse debajo de un sofá. Después de unas horas de cautela, empezó a jugar al gato y al ratón con el osezno, persiguiéndole a la cocina cuando el osezno no miraba y corriendo otra vez a esconderse cuando notaba que alguien se fijaba en él.


Al principio no me gustó la idea de tenerle. Me fastidiaba la idea de los pelos en la ropa, de los arañazos en los muebles, de las posibles alergias, de la responsabilidad de cuidar a un ser vivo. Y sobre todo temía encariñarme con él y luego, pasados unos años, tener que despedirme. Pero yo acababa de irme de postdoc a Italia y pensé que al osezno le vendría bien tener compañía en casa, aunque fuera compañía gatuna.


Me enamoré de Mastropiero en una de mis primeras visitas a España. Él era aún muy pequeñito y, con la curiosidad de los gatos, se me encaramó bata arriba mientras yo cocinaba. No me dí cuenta hasta que me llegó al cuello. De repente me encontré con un hocico bigotudo oliéndome la cara y me pareció que me sonreía.


Mastropiero fue creciendo. Atravesó la etapa de la juventud juguetona en la que no sabíamos si teníamos un gato o un perro. Jugábamos a lanzarle una pelota de goma, él salía disparado a buscarla y luego nos la traía agarrada con los dientes para que se la volviéramos a lanzar. Se escapaba por la ventana del tejado y se colaba en las casas de los vecinos. Aprendió a controlar nuestros ritmos de sueño y a despertarnos cada mañana diez minutos antes de que sonara el despertador.




Tuvo dos grandes crisis existenciales. La primera, al cambiarnos de casa. Yo creo que aún sigue echando de menos aquel ático abarrotado de libros y huecos donde esconderse. La segunda fue la llegada del benjamín de la casa, Baldomero. Mastropiero se convirtió en el príncipe destronado, aunque para mí siempre ha sido sencillamente el mejor gato del mundo.


Mastropiero fue creciendo y el carácter se le fue apaciguando. Seguía viniendo a dormir con nosotros en las noches frías de invierno, al menos hasta que Baldomero le echaba de la cama, y seguía esperándonos a la puerta de casa cuando nos oía llegar de la calle. Siempre reservado, como distante, pero al mismo tiempo profundamente dependiente de nosotros. Cuando nos íbamos de vacaciones se deprimía, cuando nos quedábamos en casa todo un fin de semana se le veía feliz.


A Mastropiero le gustan el yogur, las lonchas de pavo, el atún y los trocitos de pollo asado o a la plancha. Disfruta tumbándose al sol y estirándose al máximo. Le gusta frotarse contra los muebles y que le rasquen detrás de las orejas. Le encanta su sitio secreto en la repisa más alta de la casa, allá donde sólo puede llegar él y donde sabe que puede estar tranquilo, dominándolo todo. Adora meterse en armarios y en cajas de cartón vacías, y fingir que se escapa de casa pero sin subir nunca más allá del rellano de arriba. Sabe interpretar nuestros estados de ánimo: cuando el osezno se fue a vivir a Grecia y yo me quedé triste Mastropiero no se separó de mí. Es complejo, neurótico, despierto, sensible, y sobre todo muy muy bueno.




Mastropiero no ha cumplido los ocho años. Desde hace un mes vomita mucho y come poco. Ha perdido la cuarta parte de su peso en pocas semanas. Hoy nos han confirmado con una ecografía que tiene un riñón totalmente destrozado; no sabemos si se tratará de un tumor maligno pero la veterinaria es pesimista. Mañana sabremos si merece la pena operarle o hay que sacrificarlo.


Los gatos tienen muchas vidas y aún tengo esperanzas. Si, como parece más probable, resulta que Mastropiero sólo tiene una vida, espero que ésta haya sido tan buena para él como lo ha sido para nosotros disfrutar de su compañía.





¿Es o no es un gato guapo?




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