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marzo 19, 2017

Diecisiete

Recientemente hemos recibido en casa una carta oficial, con pinta de invitación para boda, en la que el Excelentísimo Señor Alcalde (una mujer) de Santander nos saludaba al Sr. Sufur (un perro) y a la Sra. Osezno (un hombre), felicitándonos por llevar tropecientos años registrados en los archivos del Ayuntamiento como pareja de hecho, y pidiéndonos que les escribiéramos para saber si continuábamos en el mismo  feliz estado civil o si por contra nos habíamos disuelto como azucarillos en la boca de un caballo. 

Esta anécdota tiene las siguientes lecturas:

Uno, que el Ayuntamiento de Santander es una rancia institución machista que haría mejor en gastar sus dineros en revisar su protocolo y entender que las mujeres también pueden ocupar puestos de responsabilidad y que no todas las parejas son de un señor con una señora, en vez de emplearlo en mandar cartas en cartulina color vainilla con letras en siena tostado. ¡Panda de antiguos!

Dos, que parece ser que la gente no se olvida de pedir el divorcio cuando quieren dejar de estar casados, pero sí se olvidan de dar de baja una pareja de hecho cuando ésta se disuelve. Los españoles nos ponemos como locos a la hora de pedir que se tomen en serio las uniones civiles y luego somos nosotros mismos los que seguimos pensando que pasar por el registro es algo insignificante.

Y tres, que como pareja somos ya más viejos que la tos. ¡Hoy cumplimos diecisiete años juntos!


Qué santa paciencia, la del señor Osezno conmigo. ¡Y bendita suerte la mía!

julio 23, 2015

Momentos Románticos con Pablo Alborán

Es una verdad universalmente reconocida que, de entre todos los seres que pueblan la creación, aquellos que con mayor habilidad y crueldad despiadada practican ese arte bélico llamado "chantaje emocional" son las madres. Pero ellas no son las únicas capaces de conseguir un un ligero tono de decepción que un hombretón de dos por dos metros se convierta en una masa de gelatina temblorosa sin voluntad: para eso también se las apañan divinamente los amigos. 

"Jo, es que quiero ir a ese concierto pero no encuentro a nadie que venga conmigo" es una frase que, según las tablas de catástrofes humanitarias que maneja la ONU, equivale a un terremoto de magnitud 7.3 en la escala de Richter. En opinión de los expertos en ese perido histórico, la antigua civilización Olmeca se extinguió en su totalidad por culpa de un amigo que no quería sacrificarse a los dioses en soledad. El individuo hizo sentirse a todos los demás olmecas tan culpables por no acompañarle, que éstos prefirieron suicidarse de todas formas, poniendo fin a siglos de una cultura rica y sofisticada de la forma más idiota posible.

Algo parecido, que veremos si acaba conduciendo también a la extinción o no, me ha ocurrido con el concierto de Pablo Alborán al que me veo condenado esta noche.

Mi relación con Pablo Alborán es la siguiente: por la parte musical le escuché cantar una vez en un programa de la tele, eso me llevó a comprarme un disco suyo (soy una persona de ideas y costumbres estrafalarias: pago por la música que oigo, por los libros que leo y por las películas que veo), que escuché dos veces, y desde entonces no he vuelto a pensar en él. Por la parte no musical, me lo follaría vivo varias veces.




Así que esta noche, mientras a mi alrededor las doncellas núbiles enjuagan sus lagrimitas, yo estaré pensando en lo mucho que me gustaría empotrarme al artista. Él cantará sobre delicados sentimientos y yo imaginaré que le desnuco a empellones contra el cabecero de la cama. Él tocará el piano o la guitarra y yo fantasearé con darle mandanga de la buena, ponerle fino filipino, atragantarle a golpe de salami o rellenarle como a un pavo, hasta que se le salgan los ojos a pollazos. La de posturas sexuales que se puede uno imaginar en dos horas de concierto.

Pura poesía.

Va a ser una noche romántica que te cagas.



agosto 04, 2014

Apático

Así estoy, en general. Amodorrao. Flojo. Perezoso. Laxo. Fofo. Muermete.

Tengo asustado al osezno porque estos días no sólo estoy durmiendo más que él, sino que además estoy echando la siesta siempre que puedo. Siestas de pijama y orinal. Algo a lo que mi cuerpo aún no está habituado: los dolores de cabeza y el mal cuerpo al despertar no me los quita ni un camión de ibuprofeno. 

Tengo los blogs desatendidos. Pon no hacer, ni siquiera he estado actualizando el panel lateral con los libros que estoy leyendo. Entre Proxima y el actual ha caído Bad Science, de Ben Goldacre, un libro nacido del blog que lleva el mismo nombre, que me ha entusiasmado y sobre el que tal vez hable una vez se me haya quitado la modorra.

La próxima semana me voy de vacaciones, segunda parte, a Segovia, y no me apetece un carajo. Segovia se me ha vuelto amarga últimamente: un hermoso decorado sobre el que se marcan las ausencias de mis amigos de infancia y donde capítulo tras capítulo de la eterna guerra sucia que libran mis padres entre sí hacen que lo único que desee es huir de casa. En verano mi madre cierra todas las persianas "para que no entre el calor de la calle", medida que tenía cierto sentido en la casa de pueblo de muros de 80 centímetros de grosor donde se crió pero que es termodinámicamente absurda en un edificio de viviendas moderno, pero a ver quién le lleva la contraria. Como resultado, la casa en agosto es un lugar tétrico y opresivo. Me llevaré la cámara de fotos y me dedicaré a dar largos paseos a solas por esos sitios por donde ya he pasado mil veces, sólo con tal de no estar en casa. 

También estoy desanimado en el gimnasio. Parece como si mi cuerpo tuviera memoria. Todos los años por esta época me tomo vacaciones largas, como todo lo que quiero y en lógica cosencuencia engordo bastante. Luego voy recuperando la forma a lo largo de la estación fría, como los osos. Este año sólo he faltado a mi rutina de gimnasio cuatro días, y no estoy comiendo más que de costumbre, y sin embargo la tripa ha vuelto como si fuera algo que toca estacionalmente. Menos mal que no voy a la playa ni a rastras...




Puede que el verano santanderino, de cielo color porridge, influya en todo esto. Puede que sea el síndrome post-pre-intervacacional haciendo de las suyas. O puede siemplemente que toque. Esperando a que se pase, cafeína.

marzo 04, 2013

La tribu

Se trata de una idea recurrente en nuestra cultura. Una especie de fantasía o necesidad soterrada que flota en el ambiente, que se ha intentado en incontables ocasiones y que sin embargo no termina de cuajar en este mundo. Yo lo llamo el síndrome Friends:
Rachel, Monica, Phoebe, Joey, Chandler y Ross son seis amigos de treinta y tantos años que viven en Manhattan, una de las ciudades más populosas del mundo. Sin embargo, parece que se las apañan para estar siempre juntos. Dos de las chicas viven en un apartamento cuya puerta nunca está cerrada: los distintos miembros del grupo entran y salen libremente, pasan las horas en ese salón y allí comparten alegrías, penas, amoríos, riñas y momentos cómicos. El grupo funciona como una familia muchas veces preferible a la familia biológica, cuidándose unos a otros aunque la relación no sea perfecta. Cuando no están en la casa de las chicas, los amigos se encuentran en un bar donde siempre tienen el mismo sofá libre para ellos. Y todo esto aunque cada uno trabaje en un punto distinto de una ciudad enorme, peligrosa, alienante y agotadora.
Todos sabemos que es una serie de ficción y por eso pasamos por alto alegremente la práctica imposibilidad de que algo así ocurra en una sociedad individualista y estresada como la nuestra; y sin embargo gran parte del éxito de la serie es que ese mito de la pandilla-familia nos toca muy dentro a muchos. La idea está muy presente en la cultura popular, como demuestran montones de casos análogos en series televisivas, desde Las Chicas de Oro a Los Serrano, por poner solo dos ejemplos bien lejanos en el tiempo y en el espacio.



A medida que envejezco me atrae más y más esta idea de "tribu": un grupo de personas unidas por lazos de muy variada índole (familiares, sentimentales, ideológicos, sexuales, aficiones, intereses comunes) que se asocian para apoyarse y favorecerse unos a otros. Soy maricón, inconformista, promiscuo, libertario y escéptico ante los cuentos de hadas: no creo en la eternidad de las relaciones de pareja, la noción de familia nuclear me provoca arcadas, no voy a tener hijos y creo que, al menos las personas como yo, en la vejez estamos abocados a la más espantosa soledad a menos que consigamos hacernos con una red de amistades sinceras y cercanas que resista de alguna manera el paso del tiempo. Cada vez van apareciendo más grupos de amigos/compañeros que llegados a una edad se van a vivir juntos para cuidarse y hacerse compañía unos a otros, en lugar de ir a una residencia de ancianos o fosilizarse en casas de hijos que están demasiado ocupados. No me gusta cómo nuestra sociedad trata a los ancianos, pero dado que ésta (la sociedad) es la que es, la única alternativa que veo al ostracismo y la soledad es esta: tener dinero, y formar una red de apoyo y cuidado mutuos.

Esto no se limita a la tercera edad. La psicología, la sociología, la antropología y la estadística nos demuestran una y otra vez que somos animales sociales pero que tenemos problemas para gestionar grupos. Los grupos pequeños (en torno a la decena o veintena de individuos) son los que más confortables nos resultan, pero a partir de un determinado número la eficiencia se degrada a menos que aparezcan jerarquías; los grupos pequeños no pueden sobrevivir por si solos pero los grandes llevan a burocracia, estratificación, desigualdad y problemas derivados de la ansiedad y la soledad "en medio de una ciudad de un millón de almas". Nuestros cerebros y glándulas funcionan por asociación y según leyes locales, pero se nos enseña que por un lado debemos ser individuos autosuficientes y al mismo tiempo que debemos someternos, acatar y adoptar las regulaciones y convenciones de una sociedad que es demasiado grande para abarcarla, demasiado sofisticada para entenderla y tiene demasiada inercia para ser desviada de forma significativa. El punto de equilibrio entre ambos polos no ha sido encontrado hasta la fecha, pero yo creo que debería asemejarse un poco a esos grupos de afinidad de pocas personas que operan dentro de una sociedad más grande.

La idea no es nueva y han surgido multitud de aproximaciones a ello, incluyendo la familia extendida (la formada por padres, abuelos, tíos, cuñados, primos, etc, no esa cosa tan triste que predomina ahora y que es la "familia nuclear" formada por papá, mamá y el niño), la comuna hippie, las logias masónicas, los clubs de caballeros, el kibbutz israelí, las peñas de quintos, las cuadrillas de toda la vida, las reuniones de vecinas, los pelotones militares, el club de golf, los monasterios y conventos de clausura, las comunidades de swingers, ciertos tipos de multipropiedades, e incluso algunas corporaciones industriales. La mayor parte de esas agrupaciones hacen aguas tarde o temprano, lo que demuestra la dificultad no solamente de llevar a cabo esta idea, sino de ponerse siquiera de acuerdo en cuál es la idea en sí misma. Curiosamente, las que más tiempo suelen durar son precisamente las comunidades religiosas o militares: sospecho que ahí hay alguna lección que aprender, y sospecho también que no me va a gustar nada.

A mi me encantaría formar parte una "tribu" con las siguientes características: formada por afinidad más que por parentesco, no necesariamente convivientes pero sí cercanos, que comparta recursos (económicos, de tiempo y de habilidades), que no esté aislada del resto del mundo sino que trabaje y participe en él normalmente, basada en el afecto mutuo, y cuyos miembros se vean no solamente para tomar unos pichos los viernes por la noche. En la que siempre haya un sofá cama en cada casa para acoger al miembro viajero o que se ha quedado sin casa, una mesa en la que quepa uno más y una estantería de libros que van entrando o saliendo de la casa a medida que unos y otros toman o dejan algún volumen. Gente que se apoye ante una enfermedad, un despido o una ruptura con algo más que buenas palabras. Un entorno donde poder criar hijos y cuidar ancianos entre todos. Sin líderes y sin cuotas, pero con algunas normas consensuadas y libremente aceptadas. Es decir: algo tipo Friends, pero en el mundo real.

Por supuesto que es utópico. Ya sé que los conflictos entre personas son imprevisibles, y que la desconfianza es nuestro medio de vida, y que los ritmos de la ciudad y el trabajo hacen impracticable este tipo de cosas. Pero me gustaría mucho, muchísimo, tener algo así. ¡Lo malo es que no sé ni por dónde empezar!

enero 12, 2013

¿Qué voy a hacer yo sin mi Gucci?

No, no se han equivocado. Aunque no lo parezca, esta no es una entrada de moda y lujo del blog de Nils



Durante los últimos años mi perfume para las ocasiones especiales ha sido Gucci pour Homme, uno de esos caros potingues que tienen ese tipo de campañas televisivas pergeñadas por publicitarios lisérgicos y protagonizadas por jamelgos tan bellos como escuálidos con las que nos torturan todas las navidades. Gucci pour Homme, diseñada por Tom Ford, era una fragancia masculina que no era ni fresca, ni alegre, ni jovial, ni sport, ni ninguna de esas memeces que se llevan ahora; por el contrario, olía a maderas, tabaco, incienso y macho limpio, cálida sin llegar a ser empalagosa; clásica sin ser rancia; potente sin ser agresiva, tremendamente masculina y viril.

A mi me encantaba. Me recordaba al olor de la piel de un amante que tuve hace muchos años y el simple acto de ponérmela me excitaba. Y no solamente me gustaba a mi, sino que mucha gente a mi alrededor opinaba de manera similar.

Pero los tiempos cambian y Gucci ha dejado de producir este perfume. En su lugar ha sacado una nueva versión Gucci pour Homme II, que es absolutamente detestable, tirando por la borda todo un estilo. Así que ahora estoy en un dilema, mientras se agotan las últimas gotas de Gucci de mi armario: ¿cuál será mi nuevo perfume? ¿Podré encontrar algo que me guste tanto?

 ¿Alguna sugerencia?


enero 23, 2012

Momentos Moñas

De Andrew Lloyd Webber se pueden decir muchas cosas, pocas de ellas bonitas. Pero una es impepinable: sabe muy bien cómo fabricar el producto que se le pide:


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