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enero 14, 2013

Fossabanda reloaded

Las voces profundas, graves, solemnes de mis hermanos se alzan en canon a mi alrededor, llenando de ecos el espacio que se extiende entre las nobles pero decrépitas paredes de la capilla mayor de nuestro monasterio de Santa Croce in Fossabanda. Normalmente, el canto del Ángelus es para mí un momento de éxtasis místico y estético, en el que mi alma se eleva, cual surtidor en espiral, hasta llegar a tocar, casi, el rostro bendito de nuestro Señor Jesucristo. Atrás quedan todas las cuitas del mundo material, del mundo perecedero que se extiende más allá de los muros de nuestro santuario y de las debilidades del cuerpo envejecido que aprisiona temporalmente mi alma inmortal. Sin embargo, hoy no consigo alcanzar ese estado de bendita transfiguración.

Estoy preocupado por el futuro de nuestra congregación. A lo largo de su dilatada existencia, la orden de los Melanios Calzados No Intervencionistas se ha enfrentado a numerosas dificultades, como aquella vez que el ejército garibaldino acampó junto al monasterio y a la soldadesca le dio por usar nuestros santos muros para hacer aguas menores y mayores, enturbiando así la calidad de la atmósfera monacal; pero temo que la presente crisis pueda ser la definitiva. En este siglo de feroz laicismo y falta de cristiana vocación, cada vez somos menos monjes y la Orden, antaño próspera y rica, se ve abocada a la más espantosa de las miserias.


Los signos de deterioro son sutiles, pero ahí están, expuestos a la mirada de cualquier observador atento. Gran parte del monasterio permanece vacío y abandonado, las instalaciones comunes están cada día más desvencijadas (con la excepción del gimnasio del hermano Pierfabrizio) y hasta las gallinas parecen cabizbajas y cariacontecidas. Los establos, los talleres y el huerto languidecen por falta de mano de obra: los hermanos Bettino, Matteo y yo mismo hacemos lo que podemos, pero ninguno de los tres somos ya precisamente jóvenes, y además los otros dos monjes parecen dedicar más tiempo y esfuerzos a intentar asesinarse el uno al otro que al honrado trabajo manual. Las arcas de la comunidad están vacías: subsistimos apenas con los magros productos que consigo extraer de nuestra huerta, los pocos huevos que nos proporcionan nuestras famélicas gallinas, los encurtidos y las salmueras que prepara el hermano Giuseppe, algo de leche que nos ofrecen generosamente los aldeanos y, en el caso del hermano Pierfabrizio, barritas de proteínas compradas al por mayor a través de internet. Los tapices y los frescos de la Capilla Mayor se decoloran por los estragos combinados del paso del tiempo y de la lluvia que se cuela por el agujero, del tamaño de una tanqueta, que se ha formado en el techo. El hermano Guglielmo lucha valientemente para preservar nuestro patrimonio cultural, repasando con rotulador las líneas del Pantocrátor del ábside, pero ni siquiera su pericia es rival para el paso implacable de los siglos. Incluso el retrato ecuestre de nuestro fundador, Melanio de Caltanisetta, que preside la sala capitular y que está atribuido nada menos que al famoso pintor florentino Annabello della Sborra (más conocido por su nombre artístico, “Zoccolino”), está tan deteriorado que ya no se sabe cual de las dos figuras corresponde al santo varón y cual al caballo. Con un patrimonio artístico tan depauperado las visitas de turistas admiradores del arte sacro han caído en picado, agravando aún más la situación. 
Por si fuera poco el disco de versiones en gregoriano de canciones de Kylie Minogue que grabamos el año pasado a instancias del hermano Pierfabrizio no nos ha dado casi ningún beneficio: si bien es cierto que el disco fue un éxito de ventas, la mayor parte de la recaudación se la ha quedado un tal Teddy Bautista, por motivos que no alcanzo a comprender, y al Monasterio sólo le ha quedado en limpio un disco de platino para colgar en la pared (en realidad es de latón pintado con purpurina) y un nebuloso contrato para realizar en algún momento dado una gira de actuaciones por las iglesias y monasterios de un lugar llamado Chueca, del que nunca había oído hablar antes anteriormente.

Consciente de esta lamentable situación, nuestro Padre Superior, fray Lucrezio, nos reunió a todos (monjes y gallinas por igual) el otro día después de las Vísperas. Fiel a las tradiciones de transparencia y democracia que gobiernan nuestra Orden desde sus orígenes, el Superior estaba dispuesto a escuchar todas nuestras ideas, sopesarlas cuidadosamente, meditarlas en comunión con Cristo Nuestro Señor y, finalmente, ignorarlas por completo y hacer su santa voluntad de acuerdo con lo que tuviera pensado desde el principio. Fray Lucrezio nos informó del desastroso estado de las cuentas de la Orden, conminándonos a aportar ideas para el reflote económico del monasterio y rogando al Espíritu Santo para que iluminara nuestras, cito literalmente, “miserables cabezas de chorlito”


Como no podía ser de otra manera, la mayor parte de los hermanos propuso como solución perseverar en la oración. Fray Guglielmo sacó a colación el caso de San Porfirio de Spamia, quien rezó siete novenas dedicadas a la Virgen de los Remedios y fue recompensado con varios pozos de petróleo. El abate Roger de Westfalia, por el contrario, no las rezó y fue por ello castigado por Dios, quien lo convirtió en un pollo tomatero. Acto seguido, fray Guglielmo nos exhortó a contar esta historia a otros cinco monjes antes del fin de la Cuaresma, si no queríamos acabar como el abate Roger (concretamente, en pepitoria). 

Como lo cortés no quita lo valiente y el segundo lema de nuestra orden es “a Dios rogando y con el mazo dando” (el lema principal es “nunca combines calcetines blancos con sandalias”), el Padre Superior decidió que, sin olvidar por supuesto la oración, el monasterio debía realizar su propio aggiornamento, adaptarse a los tiempos y sacar rendimiento de los caprichos imperantes en la actual coyuntura macroeconómica. Para lo cual dio luz verde a un par de iniciativas sugeridas por el hermano Pierfabrizio, que está más enterado de lo que sucede en el mundo exterior.

La primera consiste en potenciar nuestro pequeño negocio de artesanía. Por algún motivo, la gente parece considerar que los monjes de Fossabanda somos especialmente hábiles en la fabricación de artículos de cuero: se nota que no conocen al hermano Matteo, quien repara los odres de vino perforados pegándoles un chicle masticado sobre el orificio. Hasta ahora sacábamos partido de esta inocente confusión ajena comprando a través de internet algunas artesanías made in Taiwan y revendiéndolas a la puerta de la iglesia. Según el hermano Pierfabrizio, es hora de entrar en el business de forma seria: se ha puesto en contacto con un mayorista alemán especializado en la producción de hábitos y otros adminículos de cuero para el uso de hombres piadosos, y desde hace unas semanas nos hemos convertido en distribuidores oficiales en la región. Cuando no está atendiendo sus salmueras en la cocina, el hermano Giuseppe se encarga de atender a los caballeros que van llegando a la tienda, pidiendo ora unas fustas, ora unos látigos, ora algún que otro arnés para sujetarse a la Cruz durante las procesiones de Semana Santa. El negocio parece ir bien, pero de nuevo el margen de beneficio es escaso por culpa del impuesto sobre el valor añadido de los bienes de lujo.


La segunda iniciativa del hermano Pierfabrizio me resulta un poco más extraña: alquilar partes de nuestro bienamado monasterio para el rodaje de una película. Ya he escrito en alguna otra ocasión que el hermano Pierfabrizio, pese a su juventud, tiene más pasado (y más misterioso) que todos los demás monjes juntos: siempre nos está hablando de lugares, personas y posturas que son para nosotros totalmente desconocidas e inimaginables. Pues bien, parece ser que nuestro novicio conoció hace unos pocos años en cierto festival de cine independiente a un famoso director de cine, un tal Kristen Bjorn –por el apellido deduzco que debe ser un neorrealista sueco–, con el que entabló rápida y profunda amistad. Recordando en la hora de nuestra penuria que el susodicho director manifestaba siempre interés en encontrar parajes de singular belleza natural o arquitectónica para emplazar la acción de sus películas, al hermano Pierfabrizio le vino en mente que tal vez podríamos prestar, durante un corto tiempo y a cambio de una generosa donación económica, nuestros venerables edificios de piedra y ladrillo al afamado director.

El padre Lucrezio al principio no estaba muy convencido. “Porque a ver qué clase de película pretenden rodar, ¿eh?”, dijo, “no quisiera que nuestro santo lugar de retiro se convirtiera en escenario de una de esas horribles producciones llenas de disparos y explosiones. O, peor aún, una película supuestamente histórica sobre comunistas”. El hermano Pierfabrizio se apresuró a tranquilizarle, asegurándole que en la película no habría nada de violencia sino, por el contrario, grandes dosis de amor y otras virtudes igualmente cristianas. Más aún, había hablado con el señor Bjorn y ambos habían acordado rodar una película sobre la apasionante biografía de nuestro Fundador. Ante tales argumentos el padre Lucrezio se mostró muy complacido y dio luz verde al proyecto. La película tiene como título provisional “Abbey of Lust”, cuyo significado se me escapa por no saber ni una palabra de inglés, pero que suena francamente bien de los labios del hermano Pierfabrizio.

Hace unos días que empezó el rodaje, a puerta totalmente cerrada. El señor Bjorn llegó en una camioneta, acompañado de un equipo de fornidos técnicos de imagen y sonido que manejaban un equipamiento en apariencia complicadísimo. Acto seguido llegaron en dos furgonetas los aún más fornidos actores, encabezados por el algo simiesco galán latino Jean Franko –aparentemente muy conocido por la calidad de su interpretación, según el hermano Pierfabrizio–; al tratarse de una producción histórica ambientada en un monasterio, todos los actores son de género masculino. Por último, apareció ante nuestras puertas una motocicleta transportando una diminuta maleta de mano marcada con la etiqueta “vestuario”

Por motivos técnicos se nos prohíbe a los monjes acceder a las zonas donde se está rodando, no sea que en nuestro torpe desconocimiento del mundo del cine vayamos a interrumpir alguna escena delicada o, peor aún, romper algo. La única excepción a esta regla son el hermano Pierfabrizio y el hermano Guglielmo. Al primero el director le ha ofrecido, en aras de la vieja amistad, un pequeño papelito en la película: se trata del joven pecador que, sorprendido en actos impuros, recibe severa admonición por parte del santo Melanio y tres de sus seguidores, quienes le imponen una justa penitencia, expulsando de su cuerpo los espíritus malignos y conduciéndolo a la gozosa redención. Como he dicho antes, a los demás monjes no se nos permite acceder al área de rodaje, pero colocándonos detrás del muro a veces podemos escuchar parte de lo que en ella sucede, y puedo asegurar que los gemidos y suspiros de dolor y éxtasis místico que recita el hermano Pierfabrizio resultan de lo más convincentes y conmovedores. En cuanto al hermano Giuglielmo, su participación en la película es meramente técnica y surgió por pura casualidad. Durante el segundo día de rodaje uno de los asistentes de producción, que realizaba la pintoresca e incomprensible (para mí) función de "fluffer" de actores, sufrió un lamentable accidente laboral, dislocándose la mandíbula. Inmediatamente el productor se dispuso a buscar un reemplazo, necesitando una persona con "grandes cualidades orales". El hermano Giuglielmo, con su excelente dicción alcanzada tras años leyendo en voz alta las "Vidas de Santos", parecía la opción más lógica. Fray Giuglielmo está contento con su nuevo trabajo, que al parecer le llena bastante a juzgar por la perpetua expresión de felicidad que ilumina su cara últimamente.

Espero que estas iniciativas contribuyan a reflotar nuestra maltrecha economía y, tal vez, a hacer que nuestro pequeño monasterio sea mejor conocido allende nuestros muros. Tal vez de esa forma la gente joven reciba más claramente la Llamada del Señor y empiecen a llegarnos las nuevas vocaciones de las que estamos tan desesperadamente necesitados.

Amén.

diciembre 02, 2012

Novedades a la parrilla (televisiva)

A estas alturas, uno parece que ya lo ha visto todo en televisión. Los reality shows se suceden en las distintas cadenas, intentando siempre superar en imaginación (pero sobre todo en audiencia) a los anteriores y a la competencia. Hemos visto grandes hermanos, supervivientes, hoteles llenos de VIPs, granjas con vacas de dos y cuatro patas, academias de baile, de canto, de popstars, de cocina, quién quiere casarse con el idiota de mi hijo (y aguantarme a mí, aún más idiota, como suegra), ... Parece que ya está todo inventado.




Pues bien, yo creo que aún podemos exprimir un poco más la gallina de los huevos de oro. Yo (concretamente, como diría Elvira Lindo) tengo unas pocas ideas que me gustaría compartir con los directivos de las principales cadenas de televisión nacionales, a cambio por supuesto de unas modestas royalties y derechos de autor (que es lo mismo que las royalties, pero en Burgos) que me permitan dar la entrada de ese castillito en el Loira tan cuco con el que siempre he soñado. He aquí algunas de esas ideas:
  • Academia de Astrología: Octavio Acebes, Aramís Fuster, Rappel y otros famosos adivinos patrocinan a un grupo de aspirantes a taumaturgos. En el proceso de selección se valoran las siguientes cualidades: tener acento, ser misterioso, vestir mal. Los distintos concursantes entran en un caserón en lo alto de un risco, rodeado de manadas de lobos y murciélagos chupasangre, sin más equipamiento que una bola de cristal y un mazo del tarot cada uno. En seguida comienzan las pruebas: lectura de manos, cartomancia, limpieza de auras, imposición de manos, sacrificio de aves, potingues y pócimas. Las reglas del concurso permiten que los concursantes se lancen males de ojo y maldiciones entre sí. Cada semana se nomina a una serie de concursantes dependiendo de sus puntuaciones en las grandes disciplinas astrológicas: Salud, Dinero, Trabajo y Amor. El público puede salvar a su brujito o brujita particular favorito mediante largas llamadas a números 906 en los que, de paso, se podrá saber si Marte favorece o no la suerte cada uno. Los concursantes que fallen en las pruebas, sean convertidos en rana o no pasen la votación del público quedan eliminados del concurso. Finalmente un solo vencedor emerge, investido de los poderes de la magia blanca y un generoso cheque con el que montar su propia línea telefónica de adivinación. Pero en último término se descubre que todo el concurso estaba amañado, porque el nombre del vencedor estaba ya escrito de antemano en los astros, y se produce un pequeño escándalo.
  • Gran Becario VIPS: un grupo de famosos del mundo de la farándula (por ejemplo: Yola Berrocal, Massiel, la Terelu, Dinio, Fran Rivera, Tamara y David Bustamante) son reunidos por un equipo de profesores titulares de Universidad dirigidos por un catedrático despótico. A cada uno se les proporciona una pequeña mesa, una terminal de ordenador y una capsulita de cianuro que podrán morder en caso de desesperación extrema en las fases avanzadas del concurso. El catedrático propone un tema de investigación. Los profesores titulares transmiten esta información a los aspirantes a becarios. Los becarios leen varios cientos de páginas de documentación al respecto, aprenden varios lenguajes de programación, escriben miles de líneas de código, corren programas, realizan tests, encuentran problemas, buscan soluciones, ordenan resultados y escriben un artículo. El catedrático firma el artículo en primer lugar. Los profesores titulares firman el artículo en orden alfabético. El aspirante a becario firma en último lugar. Se elimina al aspirante a becario cuyo artículo haya producido menor número de citas y al se repite el proceso desde el principio con los aspirantes restantes. El último VIP recibe como premio una beca del Ministerio, ahora que escasean, que le permitirá ralizar una tesis doctoral. Con dicha beca el becario podrá pagarse: un bocata de calamares al día, un alquiler en un piso compartido en las afueras de la ciudad, un bonobús. Pasados unos años, el becario podrá intentar cambiar su beca por otra beca postdoc y se sentirá bastante bien si no se ríen en su cara.
  • Operación Operación: un grupo de cirujanos in pectore son recluídos en una clínica privada de provincias. Cada semana deben realizar una operación quirúrgica de creciente complejidad. Los pacientes son voluntarios anónimos que pueden elegir entre prestarse al concurso o afrontar las listas de espera de la Seguridad Social. La superviviencia de los pacientes se valora positivamente. Se producen interesantes rencillas televisivas cuando los concursantes intentan ponerse la zancadilla entre sí (por ejemplo cambiando subrepticiamente el hilo de sutura del rival por seda dental). El vencedor obtiene un título de Medicina expedido por la Universidad de Chatawoomba, Ghana, y el semifinalista obtiene como premio de consolación los órganos sobrantes de las operaciones, para que pueda enriquecerse vendiéndolos en el mercado negro.
  • Mira quién especula: un grupito de promotores inmobiliarios es conducido a una romántica localidad costera de pescadores. El objetivo del concurso es descubrir quién puede vulnerar el mayor número de veces la ya de por sí vergoncífera Ley de Costas con el máximo beneficio. En la primera parte del concurso, los participantes "untan" a las autoridades locales. En una segunda parte, se convierten en las autoridades locales. Como en una metamorfosis, las concursantes femeninas se vuelven rubias y se operan los labios. Los concursantes masculinos desarrollan barriga y camisas hawaianas abiertas con cadenas de oro al cuello. Se alzan rascacielos, se construyen piscinas y campos de golf y la población local ve cómo desaparece su estilo de vida y debe emigrar a partes más tranquilas y menos caras, por ejemplo Tombuctú. Al final ganan todos, sobre todo uno de los concursantes que se convierte en alto cargo del PP.
  • Enigma: doce concursantes de ambos sexos son seleccionados tras un prolongado casting donde son sometidos a todo tipo de pruebas denigrantes. Secretamente, sin embargo, los productores del programa han decidido que el casting es irrelevante y eligen a los concursantes a dedo. Los doce afortunados son introducidos en una pequeña casita aislada sin que se les explique las reglas del concurso: solo saben que deben competir por un premio que asciende a cien millones de euros o una garrafa de aceite de oliva virgen, lo que tenga más valor en el momento de emisión del programa. Dentro de la casa no hay nada más que un mobiliario espartano, una cocina equipada con un juego completo de cuchillos japoneses Ginsu y un pequeño cuartito con herramientas: martillos, hachas y una sierra eléctrica. Comienza el concurso. Los concursantes no tienen nada que hacer, ni siquiera cocinar su propia comida, que les es suministrada a través de un montacargas a intervalos regulares. Van pasando los días sin que se sepa muy bien qué debe hacerse para ganar el premio. Los temas de conversación intrascendente se van acabando y la gente comienza a echarse miraditas extrañas unos a otros. Algunos de los concursantes demuestran tener tics nerviosos apenas bajo control. Pasado un mes desde el inicio del programa se introduce una novedad: cada vez que alguno de los concursantes lleva durmiendo más de dos horas seguidas empiezan a sonar alarmas por toda la casa. Eso crea cierta incomodidad en el ambiente. Se forman unas pocas parejas que despiertan el recelo de los demás concursantes, quienes intentan destruirlas recurriendo a variopintas técnicas de guerrilla urbana. Se producen ataques de celos y desengaños, con esporádicos episodios de histerismo. Pasan los días y semanas, los concursantes empiezan a desconfiar seriamente. Uno de los más introvertidos tiene un sorprendente accidente, resbala y cae sobre un cuchillo, unas doce veces consecutivas, y es tenido que ser retirado del concurso en una caja de madera. Los concursantes restantes quedan horrorizados y deciden que es el momento de estar los unos al lado de los otros... porque no se fían de que los unos estén detrás de los otros. Hay comentarios sardónicos y miradas de reojo. Comienza una división de bandos: paranoicos contra maniáticos persecutorios. Siguen pasando días y noches insomnes, los paranoicos reconquistan el cuarto de baño tras una dura campaña militar para descubrir que una facción de depresivos lo ha estado utilizando para intentar suicidarse, con desiguales resultados. Surge un líder de acusada megalomanía, intentando poner orden, pero sus consejos caen en saco roto. Al poco, él mismo cae en un saco, roto (concretamente, a la altura del occipital). Siguen unos días de confusión y combustiones espontáneas de concursantes. Las risas desquiciadas indican que por fin alguien se lo pasa bien. Finalmente, el último superviviente es sacado de lo que queda de la casa, se le entrega el premio prometido y o bien es internado en un psiquiátrico o bien es elegido Ministro de Economía y Competitividad.

marzo 13, 2012

Santa Croce in Fossabanda

Esta semana gran parte de mis compañeros –y sin embargo amigos– se encuentran de viajes laborales en distintos puntos de Italia, y yo no he podido acompañarlos. El motivo: las @#&ç% clases.

Soy lo que suele llamarse un culo inquieto. Esta misma mañana le comentaba a uno de los pocos compañeros –y sin embargo amigos– que quedan en Santander que cuando pasa más de un mes que no tengo un viaje fuera del país empiezo a sentirme inquieto, como atrapado. El cambio de aires es necesario para mi cada vez más escasa salud mental. Así que estoy deseando acabar las lecciones y poder ir a una reunión, aunque sea para pegarme con los cretinos de IQ mayor de 160 de siempre.

Pero solamente puedo viajar con la imaginación y la memoria, y es precisamente con ésta que recupero esta historia, que escribí hace tantos años en cierto hotel monástico de la Toscana citerior y que sé de buena tinta que le gusta a Ripley:



SANTA CROCE IN FOSSABANDA

Las cinco de la mañana. Todo es paz en la noche quieta y serena de nuestra pequeña ciudad toscana. El hermano Matteo recorre en solitario, como cada mañana, los pasadizos sombríos y frescos del monasterio de Santa Croce in Fossabanda. Pasa junto a las celdas silenciosas de mis compañeros los monjes, atraviesa con un leve crujir de las maderas del suelo la callada biblioteca y llega a la base de la torre. Como todos los días, comienza a tocar la vieja campana del monasterio, llamando a maitines: ta-clannn, to-clonnn, ta-clannn, to-lonnn. El sonido metálico de la campana se extiende en lentas ondas por el aire, recordando a los monjes que comienza un nuevo día de retiro y de oración, creando ecos en las arcadas del claustro, adentrándose en la vecindad desde la cual, como cada mañana, al punto responde el rumor de las primeras actividades de nuestros amables vecinos: en concreto, las habituales voces gritando "vaffanculo!", "io vi ammazzo, frati di merda!", "ma chè palle!" y otras simpáticas manifestaciones del argot popular.

Gradualmente vamos saliendo de nuestras espartanas celdas. Camino de la capilla nos detenemos un momento en el pilón para lavarnos rápidamente la cara con agua helada. Todos, excepto el hermano Pierfabrizio, que madruga más que el resto porque sus abluciones requieren algo más de tiempo: concretamente, unos tres cuartos de hora repartidos entre exfoliación, mascarilla hidratante, limpieza de cutis y lavado y acondicionamiento del cabello. El suyo es un carisma cristiano bastante especial.

Nos reunimos, los siete monjes y las cuatro gallinas que quedamos en el monasterio, en la pequeña capilla. Allí, frente a la atenta mirada de Pantócrator y bajo la dirección de nuestro Padre Superior, fray Lucrezio, celebramos los maitines. Las gallinas, como de costumbre, están a lo suyo y malogran un poco la solemnidad del momento. Durante el rezo del Padrenuestro, mi mente divaga y mis ojos se clavan en el retrato del fundador de nuestra Orden, don Melanio de Caltanisetta, en proceso de beatificación. Como en tantas otras ocasiones, me pongo a pensar en su apasionante figura.

Don Melanio, ¡santo varón!, estaba llamado a la vida eclesiástica desde muy niño. Al fin y al cabo, era algo que llevaba en la sangre: su padre era a la sazón obispo auxiliar de Palermo y su madre, monja perteneciente a la Orden de las Raulianas Perforatrices. Pese a ello, una vena de rebeldía hizo que de joven Melanio se labrara una prometedora carrera como bailarina de foxtrot en los casinos de la zona. Menos mal que una torcedura de tobillo le hizo apartarse del vicio, ver la luz y dar un giro profesional a su vida. Decidió hacerse Fundador profesional. En efecto, aparte de nuestra Orden (Melanios Calzados No Intervencionistas) fundó otras dos órdenes, ahora extintas: la de los Monjes Benedictinos Asamblearios (que pronto votaron por la autodisolución de la orden y la venta a la Mafia de sus terrenos) y la de los Hermanos Propensos del Sagrado Colirio (formada principalmente por hipocondríacos). Al igual que San Ignacio de Loyola (a quien él cariñosamente llamaba "Nachete"), su visión revolucionaria consistió en añadir a los conocidos votos de pobreza, castidad y obediencia un cuarto voto: en el caso de nuestra Orden, el de no invadir militarmente Birmania.

Mi ensoñación termina con la admonición de fray Lucrezio y me dirijo, en silencio y en compañía de mis hermanos (y gallinas) al refectorio, donde nos espera nuestra frugal colación: un trozo de pan sin sal por cabeza, medio arenque en salmuera, un tazón de leche de las vacas del monasterio y, en el caso del hermano Pierfabrizio, un batido de proteínas con aminoácidos ramificados. Desayunamos sin hablar. Los primeros rayos de sol van entrando por entre las rendijas del ventanuco. Mientras comemos, el hermano Guglielmo, que también hace de bibliotecario, nos va leyendo edificantes pasajes de las "vidas de santos". Hoy toca la de uno de mis santos favoritos, San Teóforo Pirómano, quien alejaba de sí a la tentación mediante un lanzallamas. ¡Santo varón también él!

Empezamos sin más nuestra dura jornada de trabajo. Primero, cada uno limpia y ordena su celda. Después cada uno de los hermanos se dirije a sus quehaceres, en una atmósfera de laboriosidad y recogimiento propia de un monasterio de tanta solera como el nuestro.



El hermano Guglielmo se retira a su pequeña biblioteca, donde se dedica a copiar pacientemente antiguos códices. Su especialidad es el miniado y su dedicación, envidiable. Lo malo es que tiene una vena traviesa que le impulsa a pintarle bigotes a las santas, pero el Padre Superior, en su infinita paciencia, hace la vista gorda, sobre todo porque el resto de los monjes o bien son negados para la pintura, o están aquejados de Parkinson o, como es mi caso, somos prácticamente analfabetos.

El hermano Matteo es el manitas del monasterio. Él se encarga de mantener en buen uso los aperos de labranza de la huerta, de alinear las ruedas del carro, de arreglar los desperfectos del edificio y, lo más importante, de tener siempre los cilicios y las fustas de los hermanos limpios como los chorros del oro. También es el encargado del campanario.

El hermano Pierfabrizio es el miembro más joven de la Orden. Llegó hace unos dos años, en plena noche, y de alguna forma sólo necesitó pasar media hora a solas con el Superior para entrar en nuestra pequeña comunidad. Desde entonces, las reuniones privadas entre ambos monjes no son algo infrecuente. El hermano Pierfabrizio habla poco de su pasado, pero cuando lo hace no entiendo ni torta de lo que dice, no se qué acerca de unas saunas y unas fiestas de espuma. Deduzco que debió ser fontanero. Desde luego, bíceps no le faltan para dicha tarea. Al hermano Pierfabrizio se le permiten varias excentricidades, como la de ser el único que lleva un hábito de Gaultier ajustado y sin mangas en verano, por su estrecha relación con el Padre Superior y también debido a que se ha convertido en una pieza indispensable de la economía del monasterio. Es él quien sabe comprar por internet las piezas de artesanía de cuero made in Taiwan que luego vendemos a los turistas, a quince veces su precio original, como hechas por nosotros.

El hermano Giuseppe es el cocinero de la Orden. Su especialidad: los arenques en salmuera. También cocina otros platos exquisitos, como sardinas en salmuera, anchoas en salmuera y aceitunas en salmuera. En cuanto a los postres, mi favorito son las natillas en salmuera, que le quedan deliciosas, con el toque justo de arenque. Cuando no está cocinando, es habitual encontrar al hermano Giuseppe meditando junto a la alberca del monasterio, que es donde el hermano Pierfabrizio se suele bañar desnudo todas las tardes.

De las gallinas, las vacas y el burro de la orden se ocupa el hermano Bettino. Se trata de un apacible hombretón con una buena mano (la derecha) para los animales y otra mano (generalmente la izquierda) para el hermano Pierfabrizio. La vista del hermano Bettino ya no es lo que era y a veces intenta ordeñar al burro en vez de a las vacas, o viceversa, o más habitualmente al propio hermano Pierfabrizio, pero por el momento no ha habido heridos y dejamos que la situación se mantenga tal como está.

Nuestro Padre Superior, fray Lucrezio, hace también las funciones de Ecónomo y se suele retirar pronto a su celda, desde donde intenta cuadrar las cuentas de la comunidad. Es difícil mantener a flote una comunidad tan pequeña y empobrecida como la nuestra. Con los dineros que sacamos del obispado y con lo que timamos a los turistas apenas da para mantener en pie las viejas paredes del monasterio, por no hablar de las necesidades de materia prima para hacer las salmueras del hermano Giuseppe, el forraje para los animales, la madera para mantener caliente el horno en los crudos días del invierno y la ropa interior de Aussiebum del hermano Pierfabrizio. Debido a estas dificultades económicas, el padre Lucrezio está siempre preocupado, irritable y cariacontecido, excepto después de sus sesiones catecumenales con el hermano Pierfabrizio.

Por último, un servidor se ocupa del pequeño huerto del monasterio. Mis días transcurren en contemplación de la paciente obra de Nuestro Señor en las pequeñas cosas de la Naturaleza: los jacintos de la floresta, los tomates y calabacines del huerto, el ir y venir de las abejas en los meses de verano, ese tipo de cosas. A veces el hermano Pierfabrizio me echa una mano en el huerto y entonces compruebo que no todas las cosas de la Naturaleza son precisamente pequeñas. Otra de mis obligaciones consiste en cuidar del jardincito del claustro, sin duda mi lugar favorito del monasterio. ¡Se respira tanta paz en él! Excepto, claro está, cuando los hermanos Matteo y Bettino se ponen a discutir.



La rivalidad entre los dos hermanos es triste, poco cristiana y viene de antiguo: ya nadie recuerda exactamente cómo empezó todo, aunque probablemente tenga algo que ver con aquella vez en que el hermano Bettino tiró al pozo al hermano Matteo y empezó a arrojar piedras dentro. Sea como fuere, su mutua animadversión es evidente y es motivo de continuas tensiones en nuestra comunidad. Discuten al hacer la colada, riñen en misa, se miran de malos modos y hasta en una ocasión se les descubrió intentando hacerse vudú el uno al otro. Ayer mismo tuvimos un nuevo capítulo de esta rivalidad: como cada tarde, el padre Lucrezio nos encargó retirarnos a nuestras celdas para meditar y hacer luego una redacción (en buena caligrafía, sobre papel reglado en cuaderno del número cinco) sobre el tema de nuestras cavilaciones. Nos reunimos antes de la cena para poner en común nuestros trabajos; el hermano Matteo había escrito sus "meditaciones sobre la Serena Belleza de Dios", mientras que el hermano Bettino manifestó que había meditado acerca de "la Bella Serenidad de Nuestro Creador". Al punto, el hermano Matteo puso el grito en el cielo, acusando al hermano Bettino de espionaje de meditación y llamándole "copión" (sic). La cosa llegó rápidamente a las manos y probablemente alguno de los dos habría salido herido de no ser porque el hermano Pierfabrizio, siempre dispuesto a establecer la paz, se quitó el hábito, se embadurnó de aceite e interpuso su cuerpo entre el de los contendientes. ¡Santo varón!

Y así transcurren nuestros días, en oración y armonía pese a las dificultades, en este nuestro monasterio de Santa Croce in Fossabanda. Y ahora debo dejaros, porque tenemos ensayo en la capilla. Para intentar solucionar nuestra acuciante penuria económica, el hermano Pierfabrizio, que es el que más sabe acerca del siglo, nos ha convencido a todos para que intentemos grabar un disco de canto gregoriano. Vamos a adaptar al latín algunas canciones de una cantante cristiana que él conoce, una tal Kylie Nosequé. Me voy pitando, que llego tarde y si me retraso el hermano Pierfabrizio se enfadará conmigo y no vendrá mañana a echarme mano en la huerta.

enero 08, 2012

Mi vecina es una bruja

Mi vecina es una bruja.

En realidad, podría estar hablando de cualquiera de mis vecinas: vivo en un barrio de la Santander profunda, donde cualquier señoruca que se precie lleva dentro de sí a una raquera capaz de sacarle los ojos a quien sea con tal de conseguir el jargo más fresco de la tienda. Pero me estoy refiriendo a una de ellas en concreto: aquella cuya ventana se observa desde mi cocina.

Es bien sabido que soy un cotilla. En más de una ocasión he observado a mi vecina echar las cartas del tarot a distintas personas en una buhardilla que tiene a tal efecto y que sería un misterioso sanctasanctórum de misterios místicos e insondables si no estuviera repleta de retales a medio coser desperdigados por todas partes y si no tuviera colgado un cuadro de unos perros atacando a un ciervo, clavadito all que tenía mi abuela en la casa del pueblo. De lo cual (me refiero a lo del tarot, no al interiorismo) deduzco que mi vecina es alguna especie de bruja en el sentido clásico de la palabra.


Tiene que ser utilísimo tener superpoderes mágicos: seguro que mi vecina nunca tiene que esperar al autobús bajo la lluvia: un vistazo a las cartas y, ¡zas!, ya sabe a qué hora bajar exactamente a la parada. Por no hablar de la cantidad de dinero que se ahorrará en telefonía móvil, teniendo a su disposición comunicación telepática de calidad, o de lo interesante que debe ser poder convertir en rana a los acreedores. Aunque no todo el monte es orégano: la potencia de las ondas extrasensoriales de mi vecina es tal que interfiere en las antenas de televisión del barrio. Después de una serie de protestas por parte de la comunidad de propietarios, al final se llegó a un acuerdo según el cual mi vecina desconecta la clarividencia a la hora de la telenovela, y así todos están relativamente contentos.

Ya me estoy imaginando un día de trabajo en la vida de mi vecina: su puerta se abre con un crujido ominoso y el cliente, que lleva esperando más de tres cuartos de hora y está francamente nervioso, se adentra en el ambiente en penumbra y cargado de incienso de la habitación. Una sombra más negra que la misma noche se escabulle velozmente debajo de los faldones del mantel: se trata de un gato de ojos malignos y amarillos. Antes de que el visitante pueda abrir la boca, la bruja se dirige a él:
- Adelante, señor Povedilla. Siéntese.

- Pero... ¿cómo sabe usted mi nombre? Yo nunca...

- Su nombre estaba escrito en los arcanos del Tarot mil años antes de que usted naciera. Las cartas lo saben todo. Eso, y que además es usted mi ginecólogo.

- ¿Cómo? Ahora que lo dice... no la había reconocido bajo esa peluca y todo ese maquillaje, doña Gertru...

- ¡Madame Zelda! -le interrumpe mi vecina-. En el trabajo me hago llamar madame Zelda.

- Ah, si, perdone, verá... Quería preguntarle qué dicen las cartas acerca de mi nuevo proyecto. Voy a abrir una consulta por mi cuenta, y...

Madame Zelda se concentra, hace un gesto teatral con las manos, baraja el mazo de cartas y extrae tres: Los Amantes, La Muerte y El Conejito Sonriente.

- Huy, la muerte -dice el cliente, asustado-. Eso es malo, ¿verdad?

- Para nada, joven, para nada: la Muerte significa un cambio, probablemente se refiere a la nueva consulta que va a abrir. El proyecto le llevará más tiempo de lo que usted calcula ahora, y muchos esfuerzos, pero valdrá la pena. Los Amantes en primer lugar me indican que su proyecto atraerá mucho dinero. Veo en los Arcanos que usted acabará teniendo una cadena de clínicas de aquí a Albacete, como mínimo.

- ¡Pero eso son muy buenas noticias! ¿Y ese conejito tan mono qué dice?

- ¡El Conejito es TERRIBLE! Anuncia horrores sin límite: enfermedad, soledad y sufrimientos sin cuento... va a ser que alguien le ha echado un mal de ojo.

- Pero... pero... ¿no me iba a ir bien el negocio?

- El negocio, sí. Pero todo lo demás, fatal. A menos que le haga una Limpieza Especial de Aura (limpieza en seco, Satisfacción Garantizada), le ponga un par de encantamientos protectores... ¿dónde he dejado mi libro de exorcismos?... Por unos 7000 euros le hago la ITV completa a sus vibraciones... Usted déjeme hacer, déjeme. Está en buenas manos...

enero 04, 2012

Cuscús republicano

La noticia de El País comienza así:
"Los caucuses de Iowa han acabado con un virtual empate entre Mitt Romney y Rick Santorum (ambos con un 25% de votos y separados por solo ocho sufragios, con ventaja para Romney) que no aclara gran cosa de cara a la designación del candidato del Partido Republicano a la presidencia de Estados Unidos.".
Nada más leer esta noticia, y antes de detenerme un momento a mirar qué rayos es un caucus, una alocada asociación de ideas me ha llevado a imaginarme cómo habrán sido los momentos previos a la celebración del evento:

Des Moines, Iowa, 3 de enero de 2012. Una muchedumbre de periodistas y fotógrafos se agolpa a las puertas del Civic Center, especialmente habilitado para acojer la X edición del tradicional Cuscús Republicano, el evento gastronómico del año. En este día tan especial, las bases del partido se sientan juntas a la mesa para degustar las mejores creaciones de los principales chefs conservadores del país. Todo el hemisferio occidental está pendiente de lo que se deguste hoy en este señalado lugar del corazón de América. Las medidas de seguridad son draconianas: un pequeño ejército de guardias armados hasta los dientes registran a los asistentes, confiscando sandwiches, bolsas de patatas fritas, perritos calientes e incluso alguna pieza de fruta que unos radicales estaban intentando introducir en el recinto.

El chef favorito, según las encuestas, es el curtido veterano de los fogones Mitt Romney, con su famosa receta de cuscús de cordero, a la que él aporta un toque de originalidad sustituyendo las uvas pasas por orejones macerados en vino blanco. Esta receta le ha valido una estrella en la guía "R. Reagan" de restaurantes de carretera, pero sin embargo resulta un poco atrevida para los más conservadores dentro del partido republicano, que preferirían una vuelta a los valores tradicionales del plato: sémola, carne y, a lo sumo, un manojo de cebolletas.

Rick Santorum, por su parte, concurre al evento con una receta más acorde al gusto republicano: un cuscús de pollo y almendras, con pimiento verde, calabaza, guisantes y un ligero toque de azafrán, receta típica de su Virginia natal, en la que se plasman de forma magistral los ideales del partido, con el pollo como máxima metáfora de los valores morales y familiares y las almendras como alegoría en contra de los derechos homosexuales.

Otro de los chefs experimentados que concurren al cuscús de hoy es el ex senador Ginrich, famoso por su decidida campaña en favor de incluir las patatas fritas como acompañamiento a ciertos tipos de tajín. Sin embargo, al igual que ocurriera en pasadas ediciones del Cuscús republicano, se espera que Ginrich quede lejos del podio final: sus estofados suelen quedarle demasiado duros, y el electorado no se lo perdona.

Pero las dos revelaciones de esta edición del Cuscús Republicano son los chefs cristianos Rick Perry, tristemente conocido por sus descuidos a la hora de elaborar sus recetas (llegó a echar azúcar en la harissa), y Michele Bachmann, directora de una famosa cadena de restaurantes protestantes en Iowa. Los dos candidatos ultraconservadores han hecho del cuidado extremo de materia prima el sello de su campaña gastronómica. Perry, incialmente por encima en la valoración de los críticos culinarios, despierta sin embargo pocas simpatías entre las bases del partido por su confesa predilección por la moghrabia libanesa ligeramente tostada. Bachmann, para muchos la gran sorpresa, arrasa cada noche en su pequeño bistrot con un sencillísimo cuscús vegetal, en el que cada tomate y calabacín son cuidadosamente cortados a mano, al más puro estilo evangélico, y en el que apenas se permiten condimentos que no sean el comino y la sal: cualquier otra especia, afirma la chef, resulta antinatural y contraria a la Ley Divina.

El resultado es incierto y cualquiera de los contendientes puede alzarse con la codiciada Estrella Michelín de la Convención Republicana, lo que a su vez le catapultaría directo a la carrera por el título de Mejor Cocinero de EEUU. Los aficionados a la gastronomía de todo el mundo están pendientes de lo que pueda suceder hoy aquí en Iowa. Seguiremos informando puntualmente de cualquier novedad.


agosto 07, 2011

Y tú, ¿en qué equipo juegas?

Aprovechando que es verano y la cosa anda de lo más apagada, deseando levantar un poco de polémica pero sin tener muchas ganas de escribir nada nuevo y pensando en el calor que debe hacer en tantos sitios que no son Londres, me he acordado de un texto que escribí hace unos años acerca de una de las Preguntas Fundamentales de la Existencia. Helo aquí de nuevo:



TOP OR BOTTOM?

Yo siempre he dicho que hay dos tipos de personas en el mundo: la gente que opina que hay dos tipos de personas en el mundo, y todos los demás.

Muchos de mis estimados colegas MSM parecen opinar exactamente lo mismo: hay dos conjuntos aparentemente disjuntos de hombres, que se distinguen entre sí fundamentalmente por el uso que le dan al órgano denominado culo.


Seguro que a Freud todo eso le debió de parecer divertidísimo.


El hecho es que la pregunta "¿activo o pasivo?" parece de uso obligado en numerosos contextos y en la práctica se ha convertido en la versión homosexual del clásico "¿estudias o trabajas?", con la diferencia de que mientras que esta última frase es cosa de chiste, la cuestión de la activez o pasivez es mortalmente seria para muchos hombres: ¿cuántas potenciales parejas no habrán llegado a formarse por darse cuenta los miembros que ambos les gusta exclusivamente dar o recibir?

Un drama.

Nadie dijo que vivir fuese fácil. Ni follar tampoco.

Realmente, no creo que haya que montar mucho discurso al respecto: hay gente que acepta los roles y se identifica más con un papel u otro, y hay gente que huye de la palabra "rol" como si se tratara de una plaga de cucarachas (aunque luego, en la mayoría de los casos, acaban cayendo en alguno, pero eso es otra historia...). A mí me parece perfecto: está muy bien que haya variedad porque así es todo mucho más divertido.

Ya. Pero, a todo esto, la pregunta del millón... Y Sufur, ¿en qué equipo juega?

Respondiendo de una forma indirecta: sería mucho más pasivo de lo que soy si no fuera por un problema: me suele doler. Sí, sí, lo sé: la pasividad es un estado mental y si uno se relaja como es debido es increíble lo que puede caber en un culo sin el menor dolor. Pues será que no se me da bien relajarme, o tal vez tengo un umbral de dolor algo más bajo que la mayoría, pero el caso es que casi siempre me duele. Por eso, y para no andar dando demasiadas explicaciones, si me preguntan suelo responder que soy activo, y santas pascuas.



Por supuesto, las cosas no se pueden quedar así: soy un hombre de principios. Y uno de esos principios es: no te quedes con las ganas, quédate con todo (Ivana Trump dixit). Ya desde muy jovencito me pareció una vergüenza y un escándalo que algo que daba tantas satisfacciones a tantas personas me estuviera vedado, así que decidí tomar cartas en el asunto.



Practiqué. Primero con un primoroso juego de dildos y plugs que me compré en uno de mis primeros viajes juveniles a San Paquito y luego, con el tiempo, with the real thing. Aun así, debo reconocer que mi programa de entrenamiento ha tenido solo un éxito moderado. Todavía me sigue doliendo en muchas ocasiones.

No siempre. Como he dicho antes, el truco del buen sexo anal no está en el culo, sino bastante más arriba, en el cerebro: en esas ocasiones en las que consigo estar relajado y receptivo (ayuda mucho el tener la suerte de dar con un follador experto que sepa transmitir confianza) el pasivo que hay dentro de mí sale a la luz... y se lo pasa pipa.



Me echo sobre la cama, boca abajo, esperando; él se aproxima y me acaricia las nalgas, lentamente, haciendo movimientos circulares con la yema de sus dedos, masajeando, acariciando. Poco a poco me va trabajando: con sus dedos, con sus labios, con su lengua. Y yo me voy derritiendo. Comienzo a gemir, arqueo mi espalda y empiezo a empujar mi culo contra su cara, pidiendo más. Pero él no tiene prisa. Continúa besándome y acariciando mi trasero mientras yo hundo mi cara en la almohada. Parece que todas mis terminaciones nerviosas se han concentrado en torno a mi agujero. Por fin, él abre el bote de lubricante y extiende un poco sobre su dedo. Comienza a explorarme por dentro, lubricando bien las paredes apretadas de mi culo. Yo respiro profundamente y me dejo hacer. Un dedo, luego dos, después tres. En mis mejores días de pasivo, hasta cuatro dedos me caben. Para entonces mis gemidos son ya escandalosos. Me llevo las manos a mis nalgas y las separo, abriéndome bien, hasta que no aguanto más y suplico ser follado.


Me cambio a mi postura bottom favorita: tumbado boca arriba, con las piernas en alto. Es la posición en la que más fácilmente me entra y en la que menos probable es que me duela. Además, me gusta mirar a la cara a un hombre cuando me folla. Es importante que él se enfunde el condón rápidamente, para que no se pierda la excitación, y que utilice litros de lubricante. Cuando siento la cabeza de su polla rozar mi culo contraigo mi esfinter y lo tengo así apretado bien fuerte durante veinte o treinta segundos: así los músculos se cansan y, cuando los relajo, están preparados para la penetración.

Llegado a este punto, ya no suelo estar para sutilezas: deseo que me la metan rápidamente. Sentir el momento en el que entra la polla es lo mejor de ser follado. Sin embargo, el momento en el que la polla se retira me resulta incómodo. Pero para que exista una de las fases tiene que existir también la otra, así que procuro centrarme en esa gloriosa sensación de plenitud que da el notar cómo te la están clavando y no fijarme demasiado en las retiradas. Al poco tiempo soy yo quien empieza a controlar el ritmo de la follada, moviendo mis caderas y empalándome a mi antojo con la verga del otro: es casi como si yo, la parte supuestamente receptiva, me estuviera cepillando al que pone la polla, una cosa que he observado que ocurre muy a menudo y que pone una vez más en tela de juicio la semántica de los términos "activo" y "pasivo".

No suelo durar mucho. El placer combinado de la follada y el visual de ver a un hombre desnudo sobre mi, sudando mientras me penetra, suelen sobrecargar mis sentidos rápidamente. Me corro, me corro de una forma icontrolable, eruptiva, casi dolorosa. Intentar describir un orgasmo de esos que nacen en el centro de la próstata es inútil: quienes lo han experimentado saben perfectamente a lo que me refiero, y quienes no lo han hecho jamás podrán imaginar lo que se pierden por mucho que se lo expliquen. Y sí: soy de los que gritan de placer.

Siempre que termina una de mis demasiado escasas sesiones de pasivo acabo de la misma manera: hecho un guiñapo. Físicamente, se entiende. El cuerpo se me queda agotado y blando como el queso de untar. A veces hasta me entran mareos. Normalmente después de una buena follada duermo como un tronco durante diez horas seguidas. Pero qué satisfacción, oigan.


noviembre 25, 2010

La Fábula Tripartita del Pavo Muerto y las Tortillas Feas

Aprovechando que el Eresma pasa por Segovia y que hoy es el famoso día de Acción de Gracias, he aquí una cosita que escribí hace apenas diez o doce años:




I

Érase que se era un país muy, muy lejano, poblado por extrañas gentes que hablaban en lenguas muy raras. En este país de ultramar existía una antigua tradición, la del Día del Pavo Muerto. En ese día, los habitantes de ese país, también llamados "americones", celebraban macabros ritos alrededor de un pavo muerto y generalmente relleno de patatas, conmemorando el día en que sus antepasados recibieron ayuda por parte de un grupo de bienintencionados indígenas que les ayudaron a pasar el duro invierno. El tiempo pasó y los "americones" devolvieron el favor a los indios robándoles sus tierras, exterminando su cultura y extinguiendo sus tribus, y todavía hoy en el Día del Pavo Muerto rememoran ese momento y se ríen mucho en la intimidad de sus hogares.

Incidentalmente, en ese lejano país vivía, en visita de trabajo, un joven y apuesto príncipe proveniente de la vieja Europa. Este príncipe en cuestión no sale para nada en nuestra historia, pero teníamos que mencionarle porque sin príncipe no hay cuento como Dios manda. En su lugar el protagonista de nuestra historia era un tipo calvo y con gafas que por aquel entonces andaba por la ciudad de Berkeley. En esta ciudad habitaba también un poderoso hechicero que moraba en un castillo tenebroso, en lo alto de una colina, cerca de la Oficina de Correos. El poderoso hechicero, Tom era su nombre, tenía numerosos vasallos y estudiantes de doctorado, y dirigía el grupo de trabajo en el que nuestro protagonista estaba.

Acercándose el Día del Pavo Muerto, el hechicero empezó a hacer los preparativos para los ritos que iban a celebrarse en su castillo. Con dedo esquelético y afilado, señaló a nuestro pobre protagonista y, con una voz profunda como una caverna, fría como el hielo, crujiente como las galletas, dijo:

- Ai, Suphur, wuld yu laik tu cam guiz as and haf dinner at jom on zanksguivin dei?

Bajo esa inocente pregunta se ocultaba una orden y un ultimátum: vente a cenar con nosotros Pavo Muerto o arderás en los abismos para toda la eternidad, y además te convertiré en rana. ¿Qué podía hacer nuestro protagonista?

La respuesta era bien sencilla: una tortilla de patatas. En el Día del Pavo Muerto, la tradición mandaba que cada uno de los participantes en los ritos del Pavo aportara su propio y macabro detalle, si no quería ser convertido en parte de la cena. "La tortilla de patata es algo muy hispánico, seguro que no me incinerarán si llevo una", pensó nuestro héroe, mientras se rascaba la nariz con expresión ausente. El problema era que la fórmula de la tortilla de patata era uno de los secretos mejor guardados del reino, y la memoria de nuestro protagonista nunca había sido muy buena. ¿Quién podría ayudarle en este oscuro trance?

Obviamente, mamá.




II

Érase que se era, no hará mucho tiempo, en un país muy, muy lejano y de cuyo nombre pronto no querré acordarme, dos hermanas tortillas. De Patata.

Normalmente, cuando en los cuentos se habla de dos hermanas, es que una de las dos es muy buena pero algo tonta y la otra es mala, malísima, mucho más inteligente y de personalidad más interesante que la buena, pero a la que al final los planes le salen mal por exigencias del guión. Sin embargo, este no es un cuento de hadas, sino uno de tortillas, y además un cuento postmoderno. En nuestra fábula, ambas hermanas eran bastante malas.

No es que no pareciesen tortillas. No, definitivamente nadie podría dudar de su tortillez, pese a que una tuviera jorobas y la otra estuviera algo chamuscada. Los suyos eran defectos más bien de carácter: una era sosa, sosísima, y la otra estaba más cargada de sal de la cuenta. El caso es que ambas, mientras nadie se interesara demasiado por su interior, podían dar el pego.

En el Reino se iba a celebrar una gran fiesta. A la fiesta iban a acudir grandes personalidades, entre las cuales no se encontraba Pinochet por habérsele denegado la inmunidad diplomática. A la casa donde vivían nuestras dos hermanas llego una invitación para la fiesta. La invitación venía en un papel con muchos membretes y no pocas letras, y era un gran honor y una gran responsabilidad recibir una de tales invitaciones.




Pero a las tortillas no les hizo mucha gracia la invitación. De hecho, estaban asustadas. Tenían miedo de que en la fiesta las importantes personalidades presentes pudieran descubrir los fallos de personalidad de cada una. En la dura rama de la industria alimenticia, o estabas buena o sólo servías para que te tiraran a la cara de tu cocinero (salvo en el caso de que fueras una tarta de nata, en cuyo caso podías estar buenísima y sin embargo acabar desparramada por la cara de alguien). Asustadas, estremecidas, las tortillas intentaron hacer lo mas sensato en esas circunstancias.

Escurrir el bulto.

MORALEJA: Todos sabemos lo que iba a cenar Sufur durante la siguiente semana...




III

Érase que se era, en un país multicolor y a veces algo ridículo, una tortilla de patata. La tortilla se sentía muy sola y muy triste, y algo acomplejada porque había sido hecha con aceite de maíz, lo cual en el país de las tortillas de patata era considerado una blasfemia, una herejía y algo de muy mal gusto. Además, esta tortilla no habría ganado nunca un concurso de belleza para tortillas. Ni siquiera se hubiera presentado.

Seamos políticamente correctos: la tortilla no cumplía los estrictos requerimientos estéticos del cánon de belleza de tortillas imperante. No era tan circular como ella quisiera ser, su piel estaba llena de arrugas y desniveles y su color no era muy saludable. Una de sus caras recordaba a un enfermo de hepatitis con acné y la otra tenía una mancha oscura remotamente parecida a la estatua ecuestre de Carlos III, tal como hubiera sido si en vez de montar un brioso caballo hubiese utilizado una camella reumática. Peor aún, la tortilla estaba demasiado salada.

La tortilla vivía una vida de soledad y aislamiento debido a toda la serie de complejos que le causaba su pobre apariencia física y su grado de salinidad. Durante mucho tiempo, renunció a sus derechos de tortilla, como por ejemplo el derecho a ser troceada en cuadraditos para hacer pinchos, criando polvo en su plato sobre la estantería.

Una fría noche de noviembre, la tortilla recibió la visita del HAda Buena Alimentaria (HABA), vestida con uniforme típico de empresa de "catering", quien le preguntó:

- ¿Por que estas tan triste y fría, tortillita?

- Porque nadie me quiere, oh HABA, dado que soy grasienta, salada y estéticamente disminuida.

- Tu no te preocupes, tortilla. Haré un movimiento de mi varita, diré las palabras mágicas, y en un momento te encontrarás en una cena de ignorantes bárbaros incultos extranjeros que en su vida han probado una tortilla de patatas como Dios manda. Ellos no sabrán nunca que realmente eres un desastre como tortilla, la escoria de los aperitivos hispánicos, una caquita de tentempié.

- Eh... gracias por el consuelo. Creo.

Dicho y hecho, la tortilla se encontró sobre una mesa en casa de Tom el Jefazo. Allí conoció a un montón de amigos, entre ellos don Pavo Muerto y Relleno de Cositas Inidentificables, doña Salsa de Grosellas, el Plato de Boniatos y la Tarta de Manzana Poco Hecha. Incluso había unos taquitos de queso manchego la mar de simpáticos con los cuales habría hecho excelentes migas de no ser porque antes tanto ellos como la tortilla fueron devorados por gigantes bípedos y algo bebidos. En sus últimos momentos como tortilla, nuestra protagonista demostró tener cualidades insospechadas, a saber: jugosidad, tener las patatas en su punto, no ser venenosa.

Y fueron felices... hasta que acabó la digestión.

noviembre 08, 2010

Regreso al Hotel Royal Victoria

A mi retorno al Hotel Royal Victoria encuentro que apenas nada ha cambiado. Ahí sigue la vieja fachada de estilo neoclásico mirando al Arno, con sus contraventanas alargadas de madera pintada de verde y sus elegantes balcones rectilíneos reposando sobre la entrada del hotel. Ahí, en la entrada, sigue también el botones del hotel, Gaetano, siempre pendiente de los clientes que entran y salen del venerable edificio, intentando que alguno de ellos, por descuido, deje por una vez algo de propina. Conmigo, desde luego, no lo consigue. Le indico que suba a mi habitación mi escaso equipaje -una pequeña maleta para mis sombreros de hongo, mi neceser, una garrafa de veinte litros de gomina, cuatro baúles de ropa, la Encyclopedia Britannica y El Cossío de los toros para leer antes de dormir, un kit de adiestrador de loros completo, el busto en mármol de mi difunta tía Evelyn, una funda de acordeón, un gramófono que me regaló el sargento Hastings después de que le ayudara a resolver el famoso Caso de los Golondrinos, una reproducción a escala, hecha con mondadientes, de la catedral de Notre-Dame (la de Luxemburgo, no la de París), un surtido de galletitas saladas y una cajetilla de tabaco negro- y me dirijo a recepción.

Los elegantes salones del hall están vacíos. Se nota que es temporada baja. Algo sí que ha cambiado en el Royal Victoria desde la última vez: no conozco a la persona que está tras el mostrador, pero en apenas unos segundos deduzco, merced a mis legendarias dotes detectivescas, que pertenece al género femenino. Una plaquita situada sobre sus mediocres pechos me informa de su nombre: Raffaella. Me quito el sombrero, me inclino levemente y me presento:

- Me llamo Hercule Parrot, señorita, y tengo una reserva en este establecimiento -y acto seguido le entrego mi tarjeta:



- ¡Oh, monsieur Parrot, el famoso detective! -exclama la muchacha, de repente toda sonrisas-. Ya decía yo que sus bigotes me resultaban familiares: vi el espectáculo de periquitos saltimbanquis que dio usted en Bologna hace un par de años. ¡Me encantó! En seguida estará preparada su habitación. Espere un momento, por favor.

La joven desaparece por una puerta y al poco reaparece acompañada de un hombre a quien sí reconozco: se trata del signor Grattavolpi, el gerente del Hotel. El signor Grattavolpi es un elegante caballero de una cierta edad y esmeradísimos modales, ejemplo de discreción y eficiencia, cuya impecable apariencia sólo se ve ligeramente menoscabada por una verruga, del tamaño de un pomelo, que le tapa media cara. Nada más verme, me saluda con educada cortesía. Yo le respondo con distinguido respeto. Él entonces replica con suntuosa elegancia, a lo que yo hago eco con majestuosa distinción. Ésta, a su vez, es respondida con monumental boato. Yo contraataco con una reverencia de exquisita prosapia. Él se deshace en elogios hacia mi persona, al tiempo que besa mi mano. Yo me lanzo a ejecutar complicadas genuflexiones en su dirección, y él se arroja a mis pies, con lágrimas en los ojos, ofreciéndome varias docenas de camellos y también sus hijas núbiles para mi disfrute. Terminadas estas pequeñas formalidades, nos sentamos a charlar amigablemente.



Me intereso por los clientes habituales del hotel, esperando poder encontrar a alguno de los que conocí en mis pasadas visitas. Los únicos que permanecen, me dice Grattavolpi, son el coronel retirado van Klompf y la anciana Mrs. Fleetworth, pero por desgracia no voy a poder saludar a ninguno de los dos. La venerable viuda, como todos los años por estas épocas, ha ido a pasar unos días a Livorno. Es durante estas semanas cuando recalan en el gran puerto los navíos mercantes para preparar la campaña de invierno. Las tabernas de la ciudad se llenan durante la noche de rudos lobos de mar, marineros indómitos de pecho tatuado y bíceps como cocos maduros que llevan meses en alta mar sin poder saciar sus apetitos: siempre hay alguno que bebe más de la cuenta, y cuando eso sucede ahí está Mrs. Fleetworth, esperando en su silla de ruedas, toda perfumada, ataviada con lencería fina y la dentadura postiza de los domingos...

El coronel van Klompf, por su parte, parece haberse ausentado del hotel exactamente por el mismo motivo.

Por lo demás, el hotel está prácticamente vacío. Además de mí mismo y de unos cuantos hombres de negocios de paso, solamente se aloja en él una pareja de recién casados, los Wilbur, que no paran de reírse y de hacerse cucamonas el uno a la otra. Es curioso lo que el matrimonio hace a los jóvenes: ante mis ojos, en el plazo de veinte minutos, el joven Wilbur engorda veinte kilos y se queda calvo. La joven esposa, Meredith, tarda el mismo tiempo en abandonar su idea de hacer una tesina sobre Keats, y decide en su lugar unirse al club de tupperware. No somos nadie.

Parece que mi estancia será más tranquila de lo habitual. Qué aburrimiento. Ni un triste caso que resolver, ni una mísera cotorra a la que enseñar a dar la patita. Empiezo a perseguir a las doncellas de la limpieza, preguntándoles si conocen de alguien que haya matado a alguien, o si no habrán visto por ahí a algún ladrón internacional de joyas, o si no pueden presentarme aunque sea a un violador de poca monta. Esto parece ponerlas nerviosas y me despiden con cajas destempladas y algún que otro escobazo.

Me refugio en mi habitación. Desde el cuadro que preside la pared, el retrato del difunto Kaiser Gillermo parece mirarme con sorna. Empiezo a preguntarme si no habría hecho mejor quedándome en Londres, donde la gente tiene la decencia de morir envenenada o estrangulada con cierta regularidad...

noviembre 05, 2010

Hotel Royal Victoria

A la hora en que aparezca esta publicada esta entrada, si nadie lo remedia, estaré volando hacia Italia. He pensado que dado que Ratzinger viene desde Italia a España este fin de semana, lo más sensato es que yo haga el camino contrario. Seguro que Italia es un país mucho más bonito sin un papa dentro.

En realidad la explicación es mucho más prosaica. Durante la semana que viene tendré una de esas Reuniones SuperSecretas (RSS) del satélite en Bolonia, pero antes pasaré un fin de semana en Venecia con el osezno (que tiene un congreso propio en la ciudad de los canales durante las mismas fechas). No ha querido decirme qué hotel ha reservado, solamente sé que está cerca de San Marcos. Miedo me da.

la razón de ese miedo es que tengo bastante experiencia en hoteles italianos y sé que, sobre todo en ciudades históricas y turísticas como Venecia, la mayoría de alberghi que se pueden encontrar por un precio razonable son más viejos que la tos: en un país de mentalidad mediterránea donde la afluencia de turistas está garantizada aunque el sector servicios de auténtica pena, ¿para qué molestarse en renovar?

Esto me lleva a recordar aquellas veces en que me alojaba en el Hotel Royal Victoria, el establecimiento más vetusto (partes del edificio tienen mil años, sin exagerar) de toda Pisa. Fruto de aquellas estancias son las fotos y los dos relatos que escribí hace años y que me dispongo a repetir en este blog, uno hoy y otro el próximo lunes. Que sea leve...



Sospecho que el asesino, después de todo, es el mayordomo.

Ninguno de los huéspedes del hotel Royal Victoria nos hemos recuperado aún del estupor que nos sacudió al aparecer, en las condiciones más indecorosas que uno pueda imaginar, el cadáver del joven Thaddeus Miller. Fue Polly, la doncella galesa de Mrs. Fleetworth, quien encontró el cuerpo del heredero, todo cubierto de migas de pan, en el patio de las palomas. Pese a que los animales habían picoteado el cuerpo del delito hasta hacerlo prácticamente irreconocible, fue fácil identificar a la víctima por sus espantosos calcetines a cuadros. Fue necesario administrar un sedante a la pobre Polly, y sal de frutas a las incautas palomas.

Aunque luctuosa, la muerte del rico heredero no ha sorprendido a nadie. Thaddeus Miller era una persona que se hacía odiar con facilidad. A nadie gustaba su costumbre de jugar al cricket en el comedor durante el desayuno, ni el modo en que perseguía a las doncellas con unas tijeras en una mano y unas varillas de batir claras de huevo en la otra, ni los pequeños esputos tabacosos que emitía por su boca al hablar de los pozos de petróleo de su familia. Se trataba del clásico burgués americano con pretensiones de encajar en la clase alta inglesa, sin el menor éxito. Su única cualidad destacable era el dinero, o mejor dicho el dinero de su padre, que él despilfarraba alegremente. Que se sepa, la última cosa que compró antes de su muerte fue Checoslovaquia.


De acuerdo que Thaddeus Miller era un individuo mezquino, despreciable, tal vez incluso insoportable. Pero de ahí a llegar al asesinato... ¿quién podía odiarlo tanto? Porque claramente no se ha tratado de un accidente ni de un suicidio: nadie puede untarse a sí mismo con migas de pan para que le devoren las palomas de forma tan perfecta. No, está claro que alguien ha asesinado al joven Thaddeus, y debe ser alguno de los huéspedes del Royal Victoria. ¿Pero quién?

No parece probable que hayan sido las hermanas solteronas de la 203. Las señoritas Eduina y Ethel Witherspoon son dos encantadoras ancianas, clientes habituales del Royal Victoria donde pasan un mes todos los veranos desde que acabó la Guerra de los Cien Años, como poco. Son absolutamente inofensivas, completamente miopes y además no han tenido ninguna relación con el finado, salvo aquella vez que él estuvo a punto de ser atropellado por el tacatá de una de ellas. No parece que aquel incidente fuera intencionado.

Todo lo contrario ocurre con el coronel retirado van Klompf, el héroe de guerra prusiano, que se aloja en la habitación 415. El coronel es un hombre enérgico a quien la edad no impide practicar su deporte favorito, el lanzamiento de ocas. Las relaciones entre el difunto señor Miller y el coronel siempre fueron tensas en el mejor de los casos. El difunto se refería al coronel como "esa momia execrable", mientras que el coronel no se abstenía de manifestar en público que todos los americanos debían ser usados como fertilizante, y siempre que se veía obligado a compartir mesa con el señor Miller intentaba atizarle con el bastón al menor descuido. Aun así, me cuesta creer que el coronel haya recurrido a un método criminal tan sofisticado como el de las migas. Sería más propio de él recurrir a la artillería pesada.


Tal vez se haya tratado de un crimen pasional. Es bien sabido que el joven Thaddeus pretendía a varias mujeres y, si hay que creer a las malas lenguas, también a una oveja merina. Era tristemente famosa entre los huéspedes del hotel su afición a las serenatas. El heredero se travestía de gondolero y, haciéndose acompañar por un pequeño ensemble de músicos (dos mandolinas, una guitarra, una tuba y Manolo El Del Bombo), intentaba conquistar a las mujeres cantándoles napolitanas y otras piezas de bollería. Su más reciente víctima amorosa fue la señorita Margaret O'Sullivan, una inocente institutriz irlandesa que se aloja en la parte pobre del hotel y que se encarga de la educación de los hijos de Mr y Mrs Swallow (habitaciones 303 y 304). Pero la señorita O'Sullivan procede de una familia de profundas creencias católicas, y además es bastante sorda, por lo que las canciones del señor Miller no tuvieron un efecto mensurable.

Quien sí debió notarlas, empero, es monsieur Petitfleur (habitación 220), el músico romántico. Monsieur Petitfleur recorre Europa en busca de inspiración artística y, según parece, virus. Una vez que estábajos junto a la pianola me confesó que en su profesión no se es nadie si no se tiene una buena tuberculosis, o una malaria, o por lo menos una gripe decente. Pero monsieur Petitfleur tiene la desgracia de padecer una salud de hierro y no encuentra la forma de cojer ni el más pequeño de los resfriados, pese a su costumbre de caminar melancólicamente bajo la lluvia sin más protección que su gabarda negra. Por otra parte, esta sobrenatural resistencia no se aplica a los males del amor, y es bien sabido que monsieur Petitfleur bebe los vientos por la señorita O'Sullivan. Tal vez viera al difunto señor Miller como una amenaza y eso le motivara a cometer el horrendo crimen.


Me resulta difícil sospechar de la familia Swallow. El matrimonio formado por Reginald y Gertrude Swallow es de lo más normal, él un hombrecillo insignificante con bigote y ella una formidable matrona que le triplica en volumen, también con bigote. Su tema de conversación favorito gira en torno a los calcetines, la base del negocio familiar. ¿Quién no ha oído hablar de los calcetines y medias Swallow, hechos con pelo de mofeta? Son los únicos que garantizan un cien por cien de efectividad a la hora de camuflar el olor de los pies sudados. Mr. Swallow siempre se mostró contrario al vestuario de Thaddeus Miller de tobillo para abajo, pero eso rara vez ha sido motivo de asesinato. La familia Swallow se encuentra en la Toscana como parte de la educación de sus hijos, Rufus (12 años) y Wilmo (6 años), dos monstruitos pecosos a quienes sí creo perfectamente capaces de cometer homicidio.

Los otros huéspedes del hotel son asesinos improbables. Mrs Fleetworth (habitación 140) es una anciana distinguida y severa que solo puede moverse en silla de ruedas y con ayuda de su doncella Polly. Lord Sutton-Westinghouse (suite imperial) apareció la mañana del crimen despeinado, con la ropa descolocada y llena de migas de pan, pero su inocencia está asegurada porque pertenece a la Cámara de los Lores y es bien sabido que los políticos de Su Majestad tienen una ética intachable. Su ayuda de cámara, Pierfabrizio, es un joven livornés absolutamente despampanante que se encarga de las tradicionales tareas de vestir, desvestir, bañar, masajear y acompañar a su señor, amén de calentar su cama: tareas todas ellas perfectamente respetables pero que le ocupan todo su tiempo. Además, el mancebo está aprendiendo idiomas: Lord Sutton-Westinghouse siempre anda felicitándole por sus progresos en el francés y el griego, aunque la verdad es que yo solo le he oído hablar en el dialecto vernáculo local.

En la 217 se aloja la viuda Ramphorney, que se pasa el tiempo leyendo la Biblia e intentando encontrar en ella un mensaje secreto que le diga dónde olvidó las llaves de su mansión en Surrey (al no poder entrar en casa, lleva viajando los últimos veintitrés años). La acompaña el reverendo McFlacon (habitación 216), que pertenece a la Iglesia Luterana Reformada de los Adventistas Metodianos Metropolitanos no-Baptistas de las Siete Llaves del Reino de los Cielos, el Purgatorio y el Salón del Trono Divino de Todos los Mártires y Profetas del Antiguo Testamento, una reciente escisión de las iglesias protestantes que predica que la llegada del Redentor se producirá en un carro dorado tirado por seis caballos, y no siete como afirma la secta rival (Presbiterianos Redentoristas Litúrgicos Moderadamente Calvinistas de los Ciento Un Salmos Con Misterios Proféticos y Eucarísticos). El reverendo McFlacon se dedica a aconsejar espiritualmente a la viuda Ramphorney y a llamar a las puertas de los demás huéspedes, repartiendo panfletos con la intención de convertirnos. En mi opinión, la próxima víctima de asesinato será él, o tendré que cargármelo yo mismo.

El último sospechoso oficial que queda es, por tanto, nadie más que yo: Hercule Parrot, el gran detective y adiestrador de loros. Pero yo tengo confianza en mí mismo: si hubiera matado a alguien, me lo habría dicho. Ninguno de los empleados del hotel ha podido ser el asesino: como todo el mundo sabe, el pan toscano se hace sin sal, mientras que las migas de pan encontradas sobre el cuerpo del muerto y dentro del estómago de las palomas era pan de centeno inglés. Por lo tanto, si ninguno de los huéspedes ha sido, ni tampoco el personal del hotel, solamente queda una posibilidad, que es la que mencionaba al principio: el mayordomo.

Ahora solo queda encontrar uno por aquí cerca.





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