Mostrando entradas con la etiqueta Tristeza. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Tristeza. Mostrar todas las entradas

noviembre 09, 2016

El Señor Mayor que hay en mí

Asisto, aterrado, a un espectáculo perturbador: el de mis propias emociones. 

No sé si habréis tenido alguna vez la inquietante experiencia de estar viendo las imágenes de un horrible accidente en carretera y no poder apartar la mirada. O de ver que hay un erizo aplastado en la calzada y no poder evitar acercarte a ver cómo han quedado desparramados sus intestinos. Hay algo dentro de muchos de nosotros que se regodea en lo catastrófico, que no puede dejar de contemplar lo truculento, que siente curiosidad por los detalles más dolorosos. Y no se trata solamente de asistir (con el metafórico cubo de palomitas de maíz en mano) al espectáculo de la desgracia ajena, sino también de revolcarse en la propia (que me lo digan a mí, que soy obsesivo-compulsivo y me paso el día todo entretenido repasando mentalmente mis momentos de angustia): esa fuerza interior que nos arrastra a admirar el desastre.

Me avergüenza mucho tener esa faceta.

Algo de esto me ha sucedido hoy. Me desperté a las seis de la mañana para ir a mear –mi próstata ya no es lo que era–, encendí el móvil para mirar cómo iba el recuento de votos en los Estados Unidos, y ya no pude volver a pegar ojo. Peor aún, no pude dejar de mirar la pantalla y refrescarla cada quince segundos. Ya estaba clarísimo cuál iba a ser el resultado, pero no podía dejar de mirar. Igual que con lo del erizo espachurrado.

Fascinación morbosa por lo catastrófico. Debería hacérmelo mirar.

Pero hay algo peor aún. Otra faceta de mi personalidad de la que me avergüenzo más todavía: la pequeña parte de mi que se alegra porque haya ganado Trump.

Sí, como lo habéis oído.

Es esa faceta que yo llamo mi Señor Mayor Interior. Ese que está esperando que alguien cuente una mala noticia para poder decir triunfalmente:

"¿Ves? Lo que yo decía"

O su variante:

"No digas que no te avisé"

Mi Señor Mayor Interior se alegra cuando pasan cosas malas, incluso si esas cosas malas le afectan a él, porque así se puede poner cínico, que es algo muy satisfactorio, y porque se siente superior a los demás al llevar la razón en que todo está fatal. Mi Señor Mayor Interior se alegra cuando oye hablar de un divorcio "porque se veía venir". Mi Señor Mayor Interior aplaude cuando alguien se da un trompazo con el coche porque "así aprenderá a conducir como es debido". Mi Señor Mayor Interior está deseando que se inunden las ciudades costeras de medio mundo para poder decir: "lo que yo decía, insensatos: ¡calentamiento global!". Mi Señor Mayor Interior se muere de ganas de que me caiga un buen castigo divino, preferiblemente en forma de enfermedad incurable, por mi estilo de vida ateo, hedonista y liberal. Así aprenderé lo que es bueno. A mi Señor Mayor Interior parece que Trump le va a dar mucho juego.

Estoy pensando ponerle a mi Señor Mayor Interior un taxi, para que pueda dar rienda suelta a sus comentarios. Preferiría darle en adopción y librarme de él, pero me temo que no va a ser posible. El Señor Mayor Interior está para quedarse.

Mi Señor Mayor Interior es uno de los monstruos que llevo dentro.  Y hoy, más que nunca, los monstruos están de moda.







enero 05, 2015

La enésima

Tengo, he de admitirlo, un trocito de corazón épico en mi interior.

A rebufo del estreno navideño de El Hobbit: la Batalla de los Cinco Ejércitos (a propósito de la película solo puedo decir: la tercera y decepcionante entrega de una trilogía totalmente innecesaria), me ha dado por aparcar mi siempre creciente lista de libros por leer y volver a disfrutar del libro que más veces he leído en mi vida: El Silmarillion, de J.R.R. Tolkien.

El gusto por Tolkien y su obra es como la afición por la ópera, las ganas de comer macarrones o ciertas religiones: un asunto de gustos que no tiene nada que ver con la elección ni con ningún elemento racional. O te gusta o no, y eso no te hace ni mejor ni peor. Repito, es una cuestión de gustos, no de elección, y si alguien pretende sacar a relucir el manido argumento del realismo ("a mí la fantasía me produce urticaria porque no es más que una evasión, lo que me llega es lo real"), por favor que al menos tenga la decencia de reconocer que ninguna serie de televisión que uno sigue, ninguna película favorita, nungún argumento operístico, ninguna novela son reales. Lo real es pagar la hipoteca, tener mocos y cagaleras, y cortarse las uñas. La literatura, el cine, la música y la televisión son artificio, y por eso nos gustan tanto.

A mí Tolkien me llegó en un momento de la vida en el que me entró con asombrosa fuerza. Lo recuerdo bien: yo tenía doce años, eran unas navidades, y me leí todo El Señor de los Anillos en siete días. Desde entonces me lo he releído once veces, en tres idiomas diferentes, y sigue siendo el libro que más goce me ha procurado a lo largo de mi vida.

Más o menos a la misma altura sitúo el Silmarillion, obra que incluso a la mayoría de frikis tolkenianos resulta difícil de leer. Pero a mí me encanta por mi corazoncito épico. El Silmarillion no es una novela, no contiene diálogos, no hay personajes principales. Se trata de un conjunto de relatos cortos débilmente hilvanados en forma de saga. Es un poco como leer la Biblia, Beowulf, las sagas nórdicas o algunas hagiografías cristianas. Es decir: para la mayor parte de la gente, un peñazo. No para Sufur, el épico.




El Señor de los Anillos y El Silmarillion tienen todos los elementos necesarios para cautivar la mente de un adolescente épico y enamorado de las grandes ideas, los mundos irreales y las palabras: unas geografía, historia y mitología propias, lucha entre el Bien y el Mal, la capacidad de conjurar visiones poderosas, duraderas, y un lenguaje extraordinario. No hablo de los idiomas tolkienianos, que nunca me he molestado en aprender (tan friki no soy), sino la prosa en sí de Tolkien en inglés y la maravillosa traducción que en España hizo Manuel Figueroa para Ediciones Minotauro. Evidentemente, entré en estos libros en castellano, aunque hace ya tiempo que di el salto al inglés. Es un inglés complicado, lleno de arcaísmos, especialmente en el habla formal de los Valar:
"Mighty are the Ainur, and mightiest among them is Melkor; but he may know, and all the Ainur, that I am Ilúvatar, those things that ye have sung, I will show them forth, that ye may see what ye have done. And thou, Melkor, shalt see that no theme may be played that hath not its uttermost source in me, nor can any alter the music in my despite. For he that attempteth this shall prove but mine instrument in the devising of things more wonderful, which he himself hath not imagined"
Pero al mismo tiempo es un inglés bellísimo y magistralmente redactado. En pocas líneas, porque los capítulos del Silmarillion son por lo general breves, forma imágenes poderosas en la mente del lector; impacta, emociona, deja con ganas de más. Y lo mismo sucede con la traducción de Manuel Figueroa, que refleja perfectamente el original sin perder la belleza de sus palabras. 

De Tolkien cabe criticar muchísimas cosas: su misoginia, su conservadurismo moral, su velado racismo. Todo eso evidentmemente se vierte en su obra y la echa a perder en muchos sentidos. A mí, en particular, me ha hecho bastante daño a lo largo de mi vida el fuerte maniqueísmo tolkieniano: la Luz frente a la Oscuridad, la pureza frente a la corrupción, el bien contra el mal... durante muchos años esos conceptos me han dominado hasta tal punto que yo no podía acercarme siquiera a un libro de Tolkien durante todo un día si había cometido algún tipo de impureza (léase fundamentalmente masturbación). En eso veo un claro indicio temprano del TOC que con los años he acabando desarrollando. Y de hecho hasta este momento que he vuelto a tomar en mis manos el Silmarillion, llevaba casi diez años sin leer nada de Tolkien (porque ya no soy ni puro ni inocente). El dualismo me ha causado mucho daño, pero aunque durante mucho tiempo se focalizara en torno a los escritos de Tolkien, injusto sería achacárselo únicamente a ellos: al fin y al cabo, la lacra del dualismo invade nuestra cultura desde mucho antes, a través del platonismo, el cristianismo, la filosofía cartesiana, Kant...

A cambio también se pueden reseñar valores que son para mí profundos y bellos en la obra de Tolkien: el valor a las cosas pequeñas de la vida, la sabiduría como comprensión y preservación de ese valor de lo pequeño y sencillo, el amor a la música, la belleza de lo verde y vivo, el sobrecogimiento hacia el mar, el deleite por el lenguaje, y la tristeza serena, constructiva, que convierte la melancolía en un elemento de sabiduría. Estas cosas también han tenido un importante papel en la construcción de mi personalidad.

Pero ya tengo cuarenta años, un cierto equilibrio (dinámico) interno, y no soy ya un adolescente. Sigo siendo un poco épico, eso sí. Y por eso ahora, creo, por fin puedo sentarme, abrir mi libro favorito, y disfrutarlo sin proyectar ni extraer lecturas morales espurias. Hoy, por fin, puedo sencillamente dejarme llevar por la belleza de las palabras, el brillo de las historias, y la riqueza de las imágenes (que no tienen mucho que ver con Peter Jackson, aunque sí bastante con Alan Lee). 

Y lo estoy disfrutando como una perra.






febrero 26, 2014

Desoseznado

El osezno acaba de pillar su avión para el lejano Norte, y yo ya le estoy echando de menos.

Dos meses se me va, a pasar frío y comer arenques, por motivos de trabajo. Yo estoy algo mustio por su partida, pero contento porque le va a venir muy bien para su trabajo y salud mental estar una temporada en un sitio tranquilo donde va a poder concentrarse y gozar de un cierto silencio. Además, va a estar muy bien cuidado por la mejor de sus amigas, que ahora precisamente está viviendo allí.




Dos meses no son tanto, y además voy a ir a visitarle dentro de menos de un mes, con lo que no se nos hará largo. Separaciones más largas hemos tenido. Vamos a estar bien los dos. Solo que al principio se hace más duro todo esto... ¡creo que me voy a entregar al chocolate!

diciembre 22, 2013

Muerte en la blogosfera

Debería decir más bien: muerte de la blogosfera. Los blogs llevan años agonizando. En esta era frenética en la que nos comunicamos (o algo por el estilo) mediante tweets de menos de 140 caracteres, mensajes cortos de WhatsApp y chistes compartidos en el muro de Facebook, nadie parece tiene tiempo para leer un texto completo, máxime si no viene acompañado de dibujos de colorines. Yo mismo admito que cada vez me cuesta más trabajo escribir entradas para este blog, pero más aún seguir y comentar las entradas de mis autores favoritos. En épocas de mucho trabajo o mucho cansancio, como la que he tenido el último mes y medio, mi presencia en la red se vuelve meramente testimonial. Y esto es un peligro porque las amistades virtuales, lo mismo que las demás, hay que cuidarlas invirtiendo tiempo y esfuerzo.

Los blogs se van apagando uno a uno, y aunque aparecen nuevos ya no es lo mismo: es triste ver cómo se cierra una ventana a través de la cual has podido asomarte a la vida de otra persona durante años y, aunque se abra alguna nueva, la que se ha cerrado será siempre irremplazable.


Header


En este contexto me entristece enormemente el cierre del mejor blog que he tenido el gusto de leer nunca: Planeta Murciano. El Planeta Murciano ha estado nueve años regalándonos una mezcla inimitable de humor, costumbrismo huertano, crítica social y política, cultura, erotismo, imaginación y, en memorables ocasiones, valientes revelaciones en las que el autor nos ha desnudado su corazón. La forma provocadora de escribir el blog, con una ortografía propia que recordaba a veces a los mensajes simplificados de la muchachada, no era capaz de ocultar el gran dominio del lenguaje del autor: ojalá yo supiera escribir la mitad de bien y la mitad de certeramente que él. El Planeta Murciano apostó por mantener textos largos, estructurados, originales en medio de la invasión bárbara del corta y pega, y durante años se mantuvo con un número (y una calidad) de lectores que ya lo quisiera yo para mí.

Entiendo los motivos del cierre de Planeta Murciano, de hecho comparto muchos de ellos, y respeto profundamente la decisión. No voy a suplicar que el blog se mantenga abierto (qué mentiroso soy, sí que he suplicado, pero no por aquí). Pero quisiera dejar constancia del gran cariño y admiración que siento por todo el Planeta, y dar las gracias por los muchos buenos momentos que me ha hecho disfrutar. Gracias por todo, y hasta siempre, querido Planeta. 

octubre 01, 2013

Inquietante a la par que hogareño

Tarde o temprano, toda mujer castellana que se precie acaba cayendo en la misma afición: hablar de la muerte. La muerte lleva siendo el tema de conversación más popular de las señoras de tierra adentro desde como mínimo el siglo XIV. Ellas sí que saben divertirse: nada anima más una reunión de amigas en la cafetería, en plena noche de enero, que un buen recital de esquelas recientes, aderezado si puede ser con escalofriantes detalles de convalecencias, dolencias y agonías varias.

Más inquietante, sobre todo para hijos y otros familiares cercanos, son las conversaciones prácticas sobre la muerte, en las que las señoras castellanas ilustran a sus descendientes sobre cómo quieren morirse, cuándo quieren hacerlo (si les es posible elegir), y de qué formas quieren que se les amortaje, embalsame y entierre. Los antiguos egipcios, con sus preparativos funerarios, eran unos mindundis al lado de cualquier señora de Palencia con más de sesenta años. Hasta llegar al punto de que para las señoras castellanas las últimas voluntades son más bien antepenúltimas, pues suelen tener bastante claro junto a quién no quieren que se les entierre varias décadas antes de abandonar este mundo.

Mi Santa Madre se resistió valientemente a la necrofilia castellana durante años, pero finalmente se ha dejado seducir por los encantos del velatorio. Desde hace un par de años, cada vez que viajo a Segovia y nos quedamos a solas ella aprovecha para repetirme el mismo ritual: qué propiedades hay que vender en caso de que tenga que ir a una residencia, Dios no lo quiera, porque ella prefiere morirse de un patatús antes que ir perdiendo la cabeza, y dónde ha escondido las alhajas de la familia para que no caigan en manos de fulanas si ella muere antes que mi padre, etc, etc. Este tipo de preparativos, en una mujer que aún no ha llegado a los sesenta y cinco, me resulta francamente doloroso, pero al mismo tiempo extrañamente reconfortante. De alguna manera me hace sentirme ligado una tradición centenaria, en la que el secreto de cómo morirse (morirse como Dios manda, se entiende) ha ido transmitiéndose de madres a hijos, generación tras generación, en una larga cadena de congojas en la que sólo cambian los detalles, pero cuya esencia se mantiene incorrupta. Hay algo paradójicamente consolador y juanramoniano en esta lúgubre entronización de la muerte como eje central de la vida:

Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros
cantando.
Y se quedará mi huerto con su verde árbol,
y con su pozo blanco.
 
Todas las tardes el cielo será azul y plácido,
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.

Se morirán aquellos que me amaron
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y lejos del bullicio distinto, sordo, raro
del domingo cerrado,
del coche de las cinco, de las siestas del baño,
en el rincón secreto de mi huerto florido y encalado,
mi espíritu de hoy errará, nostáljico...
 
Y yo me iré, y seré otro, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido...
Y se quedarán los pájaros cantando.
Esencia mortuoria de Castilla. ¿Y cuál es esta esencia? En mi opinión, un último acto de autoafirmación por parte de estas mujeres, que vienen a decir: he cuidado de un energúmeno como marido durante años, he parido y criado a mis hijos, y ahora la única cosa importante que me queda por hacer es morirme, de modo que si lo voy a hacer, lo haré como es debido. Así que le ponen una ilusión a eso de morirse que a los demás nos deja mitad aterrados, mitad estupefactos.

Así ha transcurrido mi fin de semana, entre funerales, amenas charlas acerca de la muerte, y melancólicos paseos junto al Eresma (un río que va a dar a la mar, que es el morir) haciendo fotos otoñales. Una auténtica fiesta. Y luego me preguntan por qué cada vez voy menos frecuentemente a Segovia... 


Agua2
Alameda2
Alameda5
Alameda7
Alameda14
Alameda17
Muralla1
Alameda16
Plaza1
Plaza2
Plaza3
Acueducto2

junio 17, 2013

La Última de Filipinas

Contrariamente a lo que se puede pensar de mi, mi tipo de establecimiento comercial favorito no son los restaurantes ni las coctelerías, sino las librerías. He pasado algunos de los momentos más felices de mi vida deambulando sin rumbo fijo entre las estanterías de algunas tiendas de libros, dejando que tomos al azar capturaran mi mirada y aspirando el olor tan agradable de los libros nuevos o usados. Las librerías estadounidenses, cuando se ponen a ello, son ideales para este ejercicio: tienden a ser espaciosas, a combinar espacios dedicados a los libros en sí con áreas culturales y de relax de lo más curiosas (como esta librería del distrito de Mission que aparece abajo, que tiene una parte trasera con mesa de ping pong y una pequeña galería de exposiciones), y en las que además sueles poder escuchar buena música a un volumen razonable. Las buenas librerías no son solo almacenes de libros, sino también centros culturales, lugares de reunión y parte de esa cosa nebulosa que llamamos "el alma de la comunidad".


San Francisco es el paraíso de las librerías independientes (es decir: toda aquella que no forme parte de una gran cadena, como nuestras librerías del Corte Inglés o la FNAC). Las regulaciones municipales que aún perduran allí concentran las grandes superficies comerciales y las megastores en zonas muy concretas del centro de la ciudad, dejando el resto de los barrios libres para que los minoristas puedan seguir ejerciendo su profesión sin competencia desleal por parte de gigantes corporativos. Tal vez la librería independiente más famosa de San Francisco sea City Lights,  famosa por su colección de textos izquierdistas, de poesía y, sobre todo, por haber sido centro de reunión y de publicación, bajo el patrocinio de Ferlinghetti, de muchos autores de la Beat Generation (Kerouac, Ginsberg, Orlovsky...). Por cierto, que el señor Ferlinghetti sigue en activo y le vi al pie del cañón en la caja de su querida librería.


Pero aun con toda la tradición librera y literaria de San Francisco, resulta imposible hacer frente a la avalancha de las grandes compañías de venta a través de internet como Amazon o el gigante americano Barnes&Noble. Además, el libro digital cada día gana más adeptos, desplazando poco a poco al papel. Respecto a esto, reconozco que me siento ambivalente: por un lado soy un entusiasta del libro digital por su comodidad y menor precio y además soy un usuario empedernido de Amazon, gracias a la cual mi suministro de libros en inglés no se agota nunca. Pero por otro lado estoy enamorado de las librerías como las que he descrito. Continúo comprando y leyendo libros en papel por placer estético y como apoyo a las librerías y editoriales pequeñas, aunque sepa que por desgracia el objeto de mi romanticismo está condenado a desaparecer.

Un ejemplo en la propia San Francisco es la emblemática librería gay A Different Light, que tras más de treinta años siendo el corazón intelectual de Castro se vio obligada a cerrar sus puertas en 2011. En Nueva York ya había cerrado en 2009 la legendaria Oscar Wilde, y actualmente solo quedan un puñado siempre menguante de librerías especificamente orientadas a gays y lesbianas en todo Estados Unidos. En Europa la situación es similar: en Londres solo queda una (Gay's the World), en Madrid Berkana lucha agónicamente por su supervencia, lo mismo le pasa a Cómplices en Barcelona, y así en todas partes. Teniendo en cuenta además que Amazon y similares no son precisamente conocidas por su compromiso político y libertario (la gigante ha censurado "por error" libros tan inocentes como Brokeback Mountain por su "posible impacto negativo en los jóvenes"), y además siendo yo uno de esos gays antiguos que salió del armario en buena parte gracias a espacios como esas librerías, considero todo este proceso una pérdida terrible. Y no soy el único.

Pero dejando a un lado el caso de las librerías GLBT, que igual os parece una cosa demasiado específica, hablaré de otro ejemplo que me es muy cercano: el cierre de las librerías independientes de Berkeley.


Durante este viaje tuve la oportunidad de volver brevemente a "mi" Berkeley: el lugar donde realicé mis primeras estancias largas de investigación durante mi tesis doctoral. Es difícil expresar con palabras lo que significó y aún significa Berkeley para mi. Yo era un chico de provincias tímido, inseguro y en el armario al que le regalaron la posibilidad de vivir nueve meses en el meollo multicultural e intelectual de la California más progresista.


Berkeley ha sido tal vez mi mayor aventura y al mismo tiempo mi peor fracaso. Era increíble estar allí, con veintipocos años, en una de las diez mejores universidades del mundo (¡y pública, señor Wert!), codeándome con los mejores y siendo parte de todo aquello. Decir que fue una experiencia erniquecedora sería un cliché y un eufemismo: me cambió la vida. Pero siempre me he quedado con la sensación de que no saqué toda la chicha que hubiera debido de aquella oportunidad: mi artículo no salió (tal vez yo estaba demasiado verde como científico), no mantuve los contactos adecuados y, lo que más me atormenta, no hice el suficiente esfuerzo por quedarme, que es lo que tal vez debiera haber hecho. La verdad, nunca me creí digno de todo aquello.

Con estos sentimientos agridulces volví a pasear por el magnífico campus de la Universidad, entre árboles centenarios y ardillas. Había mucha menos animación de la que esperaba: llegué en un mal día (graduaciones) y el campus estaba medio desierto. Una pena, porque me hubiera gustado volver a ver el barullo de los estudiantes y sus estrambóticas asociaciones (juro que una vez vi un stand de una "asociación de individualistas") en torno a la Sather Gate y la calle Telegraph.





En Telegraph estaban los mismos puestos hippies de siempre y alguna que otra mesa informativo-reivindicativa, aunque no tan concurridas como en el pasado. Fue gracioso: a cada lado de la calle una mesa, una defendiendo al estado israelí y otra al palestino.


Seguían abiertos mis bares favoritos, la cervecerías Triple Rock, que elabora sus propios mejunjes, y la animada Jupiter. También seguían ahí las gloriosas tiendas de música, tanto Rasputin como Amoeba (presentes también en el barrio de Haight de San Francisco). Ambas se enfrentan a la crisis digital especialzándose en oldies y música indie difícil o imposible de localizar a través del tres veces maldito iTunes.


Las que ya no están son mis queridas librerías.

Fue en Berkeley donde entré en contacto con ese mundo de librerías-centros culturales del que hablaba antes. Se trataba de sitios donde podías encontrar de todo, desde el texto técnico que necesitabas para avanzar en tus estudios de hidrodinámica a algún ejemplar original firmado por García Márquez, o esa novelita que siempre habías querido leer y que encontrabas de segunda mano por 1$. Durante mis tiempos de Berkeley, me gasté tres veces mi sueldo en libros. Luego los empaqueté todos (algo más de noventa kilos) y los envié a España por transporte marítimo, que era lo más barato. Tres meses tardaron en llegar, y aún los conservo todos. 

En las librerías de Bekeley podías encontrar cuaquier sorpresa. Un día entré distraídamente en una de mis favoritas, Black Oak, y me topé con Isabel Allende hablando de literatura ante una pequeña y extasiada audiencia. Black Oak ya no está allí: primero cambió de propietario, luego empezó a verse abrumada por las deudas y finalmente acabó trasladándose a un almacén de un barrio alejado, desde donde al parecer subsiste precariamente.

Otra caída en combate fue Cody's, una librería independiente fundada en los años cincuenta que llegó a tener tres sucursales y que ahora ha desaparecido por completo. Me encantaba Cody's, con sus dependientes enamorados de los libros que siempre te hacían sugerencias y recomendaciones (yo no entendía casi nada, pero bueno) y su extensa colección de libros de ciencia-ficción. 

Al ir viendo los solares vacíos u ocupados por tiendas de ropa de estos sitios tan queridos, la alegría que tenía al empezar mi jornada en Berkeley se fue convirtiendo en melancolía. Es triste asistir al ocaso de una época gloriosa, pero al menos me queda el consuelo de haber vivido parte de ella aunque fuese por un tiempo limitado.

Pero al llegar al final de la calle Telegraph me esperaba una alegría: ¡aún queda una! Moe's sigue resistiendo. Moe's es una librería de cuatro plantas con una colección impresionante de libros de segunda mano y una sección de libros antiguos que es una delicia. Buena parte del tonelaje de libros que mandé a casa por mar los compré a precio de ganga en Moe's.


Por dentro Moe's no ha cambiado nada; tal vez huele un poco más a viejo, pero eso añade atractivo a este tipo de librerías. No pude resistirlo y cayeron libros suficientes como para obligarme a abrir la maleta en el aeropuerto y embutir mi mochila de tomos para poder facturar sin pagar exceso de peso.


No sé cuanto tiempo le queda a Moe's, la Última de Filipinas. Han abierto una página web atractiva y están apostando fuerte por la baza de los libros de anticuario, pero no sé hasta qué punto eso les permitirá mantener un local de cuatro plantas en pleno corazón de Berkeley. Me temo que algún día de estos se vean obligados a moverse al quinto pino como Black Oak o a cerrar como Cody's. Y entonces Berkeley, sin su corazón de libros independientes, ya no será mi Berkeley. Tal vez hice bien en marcharme a tiempo, después de todo.


noviembre 23, 2012

Qué es lo que hemos hecho mal

Los presupuestos de Cantabria para 2013, que previsible y lamentablemente se aprobarán hoy en el Parlamento Regional con mayoría absoluta del PP, contemplan el mayor recorte presupuestario que se recuerda para la Universidad a la que pertenezco. Se trata de un recorte del 10.5%, el mayor sufrido por cualquiera de las instituciones cántabras este año, y muy superior al global relativo a Educación (un recorte promedio del 4.07%) que a su vez es bastante mayor que el recorte total (que ronda el 2%). Este recorte en los fondos de la Universidad se suma a los de los dos ejercicios anteriores, hasta suponer una caída del 21% en solo tres años. Con la cantidad de recursos presupuestados, y aun teniendo en cuenta que la Universidad de Cantabria tiene las cuentas bien saneadas y dispone de recursos de financiación propios (la mayor parte a través de proyectos de investigación obtenidos mediante competición), es fácil que el año que viene no se puedan ni siquiera cubrir las nóminas del personal, lo que llevará casi inevitablemente a despidos y EREs de personal laboral de administración, docente e investigador.



La noticia por sí sola es aterradora e indica una clara voluntad por parte del ejecutivo regional por acelerar el proceso de desmantelamiento de la educación pública. No olvidemos que este mismo gobierno regional está más que dispuesto a destinar cantidades de dinero mucho mayores que ésta a avalar el proyecto de una Universidad privada de más que dudosa viabilidad y a financiar colegios religiosos de pago.

Pero al margen del desolador panorama que nos espera gracias a nuestros gobernantes electos, lo que de verdad me hunde la moral es comprobar el nivel de incomprensión, desprecio y mala imagen que nos dispensan los conciudadanos. La inmensa mayoría de los comentarios que han ido apareciendo en el periódico local en torno a las noticias sobre el futuro de la Universidad son de este tipo (mantengo las faltas de ortografía):
"a ver si todos nos tenemos que apretar el cinturon mientras en la Universidad muchos siguen dándose la vida padre, que trabajan menos que el chofer de fernando alonso. Recortes para todos, y para vosotros tambien, igual es que sois muchos y hay que poner las cosas en su sitio."

"Señor rector [...] deje de meter a dedo a los empleados que quiere en cualquier departamento de la Universidad, que no somos tontos, prescinda de profesores asociados que trabajan en Sodercan y en la Universidad al mismo tiempo. Los hijos de los empleados que trabajan en la Universidad de Cantabria deberían de pagarse las matriculas."

"Esta Universidad no aporta nada a Cantabria, ni la enriquece , ni la aporta cultura , ni trabaja para defenderla denunciando posibles focos de contaminantes, ni para ordenar de forma racional su territorio. En general sus miembros... ni son organizados , ni trabajadores (no olvidemos el caos y tardanza siempre en los resultados y admisiones en las selectividades). Sobra la mitad de la plantilla , no se puede soportar que haya carreras como Matemáticas, Físicas etc [...] Basta de coger alumnos de fuera y los de dentro teniendo que salir y originar gravosísimos gastos a las familias. No se merecen ni la mitad del presupuesto que les dan......Por no hablar de los soberbios por metro cuadrado de facultades que hay....."

"No tienen dinero para pagar las nóminas, pero siguen sacando "placitas" para amigos a las que solo se presenta el interesado"

"Que bien, mi dinero como cántabro para subvencionar a una Universidad en la que no tienen preferencia de acceso los cántabros frente a otras autonomías."
Y así sucesivamente. La opinión pública acerca de la Universidad y sus trabajadores es pésima, y esto es lo que más me deprime, porque una cosa es saber que tienes a los políticos en tu contra (ya estamos acostumbrados a votar a nuestro enemigo) y otra muy distinta es sentirse al borde de un linchamiento popular.



Vale que vivimos en un país en el cual el hobby más extendido es poner verde al vecino; entiendo que pueda haber una animadversión "por defecto" hacia cualquier profesión que no sea la propia. También entiendo (y lamento) que estamos en mitad de una campaña mediática en contra de todo lo público, empezando por los propios trabajadores públicos, y que todo lo que huela a funcionario es por rutina señalado como el origen de todos los males de este mundo. Pero esto va más allá: existe un desconocimiento acerca de cómo funciona y qué significa la Universidad que me aterra.

Estoy cansado de enfrentarme a gente, y no necesariamente de bajo nivel cultural, que me suelta: "así que profesor, ¡qué envidia! ¡cuatro meses de vacaciones!". Pues no, señor(a): yo tengo 22 días de vacaciones al año, como todo hijo de vecino. Que no tenga que dar clases durante ciertos meses no significa que no tenga que seguir desempeñando mis otras labores fundamentales (investigación, difusión y transferencia de conocimiento) durante todo el año.

Estoy cansado de que se suponga que soy vago porque mi investigación me permita trabajar desde casa... las tardes, las noches, los fines de semana y los festivos.

Estoy cansado de se diga que las plazas se dan a dedo, cuando para conseguir la mía he tenido que trabajar duramente quince años, realizar una tesis doctoral, irme a trabajar al extranjero durante años, competir con otros investigadores de todo el mundo y ser examinado por comités evaluadores externos cada vez que he optado a una beca o contrato, pasar por dos acreditaciones nacionales y otras dos oposiciones públicas, descuernarme por acumular años de experiencia docente, publicar más de ochenta artículos en revistas internacionales con revisión por pares, dar una cincuentena de ponencias (en inglés) en congresos por todo el mundo, dedicar tiempo para formar a otros investigadores y enfrentarme continuamente a la feroz competencia de los mejores cerebros que trabajan en mi campo.



Estoy cansado de que la gente piense que cada vez que voy a un congreso me voy de vacaciones, que los demás asuman que viajo a cuerpo de rey y que se piensen que cobro dietas de diputado, cuando la verdad es que siempre viajamos del modo más low cost posible, que todos los gastos derivados de proyectos de investigación están exactamente capitulados, férreamente controlados y sujetos a exhautivas auditorías, y que en muchos de mis viajes acabo poniendo dinero de mi bolsillo para poder estar medianamente cómodo cuando vuelvo al hotel de una jornada de trabajo de diez horas.

Estoy cansado de que la gente lea noticias sobre proyectos de investigación que han recibido financiación, y se piense que ese dinero es excesivo, que ha sido enchufado a dedo y que con él los científicos nos ponemos sobresueldos con los que vivimos como marqueses. Cuando un proyecto de investigación "de los buenos", con el que se compra material de laboratorio y se contrata a investigadores durante tres años, supone menos dinero del que se gasta una ciudad como Madrid en corridas de toros, cuando esa financiación se ha obtenido a través de un durísimo proceso de selección competitiva (ahora que está tanto de moda la palabra "competitividad") evaluado por un cuadro de expertos internacionales, y cuando está expresamente prohibido en las convocatorias de Plan Nacional emplear la financiación en complementos salariales.




Estoy cansado de que se considere a la Universidad un sumidero de fondos, cuando incluso la Universidad española, una de las menos rentables de los países de la OCDE, ofrece un retorno anual a la sociedad de 1.5 euros por cada euro invertido en ella. Y de que se olvide que el dinero que va a educación no es un gasto, sino una inversión.

Estoy cansado de que me pregunten cuándo voy a "dejar de estudiar" y buscar un trabajo como es debido. De que midan mi "productividad" por el número de alumnos a los que apruebo en vez de por las ideas que les transmito. De que me sigan preguntando si esta semana va a ser buena para que los Capricornio encuentren el amor cada vez que digo que me dedico a la astrofísica. De que me acusen de vivir alejado de la realidad y de no hacer nada útil, a diferencia de (por ejemplo) los arzobispos. De que se piensen que mi trabajo consiste únicamente en dar un par de horas de clases al día y ya está. Estoy cansado de muchas cosas.

Y de lo que más cansado estoy es de seguir topándome año tras año con que la inmensa mayoría de mis conciudadanos no aprecian mi trabajo, ni saben nada de él, ni les importa un rábano saberlo. Y eso me temo que significa que algo estamos haciendo mal: que no hemos sabido darnos a conocer como es debido, o que de alguna forma no somos capaces de competir con el magnetismo humano de Paquirrín, a quien todo el mundo aprecia.

abril 03, 2012

Catetos a babor y a estribor

Solo un breve comentario en el que, aviso, voy a abandonar toda mesura y educación. Estoy muy enfadado: 

Después de habérseles llenado la boca durante meses con el discurso de la excelencia y la competitividad, de haber ensalzado las virtudes del Nuevo Modelo Productivo Basado En El Conocimiento y la I+D+i, y de haberse quedado tan anchos, llega esto:



Era de esperar, conociendo el percal. Si en la época del "España va bien" rebajaron la inversión en ciencia y tecnología, qué no iban a hacer ahora.

Queda consagrado el retorno, si alguna vez salimos de ella, a la España del catetismo y del "que inventen ellos".
 


Dicho lo cual, dejadme que de desahogue a gusto: solo hay dos posibilidades. Una: estamos gobernados por un hatajo de ignorantes, patanes descerebrados sin la más mínima inteligencia, memos de tomo y lomo, payasos sin fundamento. O dos: estamos asistiendo a un plan deliberado y maligno para desmontar por completo la ciencia española que, no lo olvidemos, es un recurso estratégico del que depende nuestro futuro.

Por lo cual acuso al actual Gobierno o bien de idiotez profunda, o bien de alta traición. Elijan ustedes.


noviembre 15, 2011

Il bisogno di esser triste

Un consejo para jóvenes aspirantes a científico: nunca os traguéis entero un congreso de cinco días. 

Puede que haya personas para quien sea posible manenter un nivel intenso de concentración durante cinco días completos, manteniéndose atentos y productivos todo el tiempo. Si existen, yo nunca las he visto. Lo normal es que tras muchas horas de concentración uno flaquee, y también que entre noventa charlas haya alguna que no tenga ningún interés para tu trabajo. En esos casos, es mucho mejor estar fuera de la sala de conferencias que quedarse dormido dentro o que cometer la detestable, pero extendidísima (y admito que yo no estoy libre de culpa), falta de educación de ponerse a teclear un correo electrónico mientras el orador está hablando.

Por eso y por sistema, yo siempre me tomo una tarde libre, normalmente aquella en que se concentran las charlas sobre sistemática del instrumento; un tema que para mí es igual de inteligible que el bajo sánscrito. En esta ocasión fue la tarde del lunes.

Hay un montón de cosas que uno puede hacer en una tarde libre de congreso y en una ciudad lejana. Dormir la siesta. Sentarse a leer en un parque. Visitar museos. Echar un polvo no strings attached con algún desconocido que te has ligado por internet o en algún lugar de cancaneo. Ir de compras. Quedarse trabajando en la habitación del hotel. Merendar en esa pastelería inolvidable. Dar de comer a las palomas. Hacer deporte. Etcétera. Etcétera.

De un tiempo a esta parte, yo dedico mis tardes libres en Bolonia al noble ejercicio de estar triste.




Si me pongo a pensar en las palabras que definen mis visitas a Italia durante los últimos años, la lista que me sale comienza así: tristeza, melancolía, miedo, preocupación, inadaptación, zozobra, angustia, soledad. No suena nada agradable, ¿verdad? Pero completemos la lista: reflexión, viaje interior, aceptación, libertad, observación, catarsis.




Italia es un país duro para mí. Sus calles mal asfaltadas, sus fachadas contrahechas, sus torres torcidas, sus monumentos ruinosos, sus escaparates de diseño, sus maniquíes vivientes, sus pintadas callejeras llevan la impronta de prácticamente todos mis fracasos personales; de mis decisiones equivocadas; de mis miedos; de mis podría haber sido y de mis no debió ser así. Volver aquí es siempre una dura prueba. Eso no quita que siga amando con locura este país de países, ni que esté siempre deseando volver, pero la alegría de tomar el mejor café del mundo y disfrutar de un buen plato de pasta tiene un alto precio.




Ya lo he dicho en más de una ocasión: no creo que la tristeza sea siempre mala. Opino que vivimos en una cultura que tiene una obsesión enfermiza por la felicidad constante: una ilusión peligrosa. A veces hay que estar triste. Aunque suene masoquista, voy más allá: hay momentos en los que uno siente la necesidad de estar triste.

Nada mejor que una tarde fría de noviembre, en Bolonia, para ello.

De modo que me escapo del congreso, dejo mis cosas en el hotel, me pongo los auriculares para escuchar algo de música italiana y me echo a caminar. Me meto por las callejuelas sin rumbo fijo, mezclándome en una humanidad de la que no me siento parte. Cuanta más gente hay a mi alrededor, más solo me siento. La tristeza va creciendo en mi interior, se desborda y fluye; yo camino. Llego a partes de la ciudad que no conocía, buscando aquel campanario que se ve desde lejos o siguiendo aquella calle empedrada en la que nunca antes había reparado. Me pierdo. Le doy vueltas a lo mismo de siempre. Me desespero. Empiezo a odiar a los desconocidos que me cruzo. Siento lástima de mi mismo. Me entran ganas de llorar. Y continúo caminando.




El caudal de la tristeza aumenta hasta amenazar con volverse intolerable, y luego empieza a agotarse en sí mismo. La belleza decadente de la ciudad ha obrado su magia: se completa el ciclo. Poco a poco surge la aceptación y va volviendo la calma. Si todo ha ido bien, mis neuronas se agotan antes que mis piernas; varias horas y kilómetros después de salir, vuelvo al hotel cansado y en cierta paz. Si el paseo ha ido mal, mis piernas se cansan antes que mi tristeza y seguiré de mal cuerpo varios días... son riesgos que hay que aceptar.

Ahora conocéis mi secreto: me gusta buscar tiempo para sentirme mal a solas. No espero que lo entendáis: ni siquiera yo lo tengo claro...





Por cierto, el paseo del lunes salió bien...

agosto 30, 2011

De bajón

Al osezno se le acaba la beca y se tiene que volver hoy a España, mientras que a mí me queda todavía un mes más de estancia en Londres.

Qué mal rollo.

No va a ser lo mismo. Seguiré explorando la ciudad y yendo al teatro, iré a restaurantes y a museos y me tomaré pintas de cerveza tibia por ahí, pero no va a ser igual.




Nos jactamos de mantener nuestra independencia. Desde que estamos juntos ambos hemos pasado largas temporadas separados el uno del otro, con mis dos años en Italia y su año y pico en Grecia más todos nuestros congresos, por no hablar de nuestras ocasionales vacaciones por separado. La distancia nunca ha sido fácil, pero tiene sus recompensas. Ambos apreciamos nuestros momentos de soledad y la sensación de ser capaces de volar libres, con autonomía, cuando las circunstancias lo requieren o simplemente cuando nos lo pide el cuerpo.

Pero esta vez va a ser diferente, porque Londres es una ciudad que hemos explorado y disfrutado juntos, que hemos recorrido de la mano. Han sido tres meses magníficos, muy intensos, en los que hemos hecho de todo y la ciudad entera me sabe a él. Hay lugares a los que sé que no voy a volver, como el museo V&A, porque sé que si paso por allí y él no está conmigo me voy a sentir insoportablemente triste. Y la casa se me va a caer encima porque, a diferencia de las otras ocasiones, esta vez se queda vacía de sus cosas: un espacio en el que hemos vivido juntos, que ahora se desmantela a medias, en el que tengo que vivir un tiempo más y al que no vamos a volver nunca.

Un mes se pasa volando, me diréis, y es cierto, sobre todo teniendo en cuenta que aún me quedan por recibir un par de visitas y que tengo además un par de viajes fuera de la Isla durante este mes. ¡Pero el bajón no me lo quita nadie!


LinkWithin

Blog Widget by LinkWithin

Adoradores