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mayo 08, 2016

Los ingleses son todos feos...

...y en el Reino Unido se come mal, y allí siempre llueve, y Londres es una ciudad fea y gris, y como en España no se vive en ningún sitio: pffffft.



























¡Los estereotipos son caca!
 

mayo 04, 2016

The Attendant

Sé que me repito más que un bocadillo de morcilla frita, pero las cosas hay que decirlas tal y como son: el osezno me lleva a sitios. 

En esta ocasión me llevó a los que posiblemente sean los urinarios públicos más interesantes de todo Londres para un caballero con mis particulares gustos y apetencias. La experiencia no defraudó lo más mínimo. Y mira que no es algo habitual en mí el meterme en un baño público, arrimarme a los urinarios y lanzarme a llenarme la boca así como así, pero en ocasiones especiales hay que dejarse llevar. La vida es demasiado corta.

Me encantó. Tengo que reconocer que incluso repetí sin el menor remordimiento.

The Attendant es una de las cafeterías más raras que he visto en mi vida: los dueños se hicieron con unos viejos baños públicos subterráneos de la época victoriana en el barrio londinense de Fitzrovia y los convirtieron en cafetería... dejando intactos los viejos urinarios, cisternas e incluso lavamanos como parte fundamental de la decoración. Llegas, te pides un café y un trozo de tarta, te vas a tu meadero y te los tomas tan feliz.

Ya no saben qué inventar.


El lugar es diminuto. De hecho, la parte más espaciosa relativamente es el propio cuarto de baño en sí, que desconozco si era letrina victoriana o no.


El lugar tiene reputación de servir uno de los mejores cafés de Londres, todo muy orgánico, sostenible, permacultural y esas cosas que están de moda ahora, y una selección de pasteles que son una oda al colesterolazo y la hiperglucemia. En concreto, el salt caramel brownie está para morirse de rico y fue lo que repetimos tanto el osezno como un servidor. A la mierda la operación bikini (¡como si alguna vez me la hubiera tomado en serio!).

El bote de propinas tiene un propósito muy definido: permitir a los camareros y camareras aumentar el número de tatuajes que llevan, cosa que parece bastante difícil a simple vista.

Jamás pensé que iba a disfrutar tanto metiéndome cosas en el cuerpo en un cuarto de baño, en vez de sacándolas. ¡Vivir para ver!


enero 22, 2016

Sociopatía sufuriana

Siempre se ha dicho que mejor estar solo que mal acompañado, pero ¿qué pasa cuando se está bien acompañado y aun así se elige estar solo?

A principios de semana pasé dos días y medio en Italia. Se trataba de una de las últimas reuniones de trabajo de un proyecto que ya se está acabando. Para mí, probablemente, la última, por motivos de calendario y presupuesto. Una verdadera pena, pues ya sabéis cuánto me gusta Italia: un país moderno y dinámico, plenamente integrado en el siglo XIV, donde los hombres son hermosos, la arquitectura es deslumbrante, se come de vicio y se puede disfrutar de lo lindo mientras a tu alrededor el mundo entero se desmorona.


Me dio una tristeza enorme no tener tiempo para poder disfrutar de casi ninguna de estas cosas. El martes por la tarde, acabada la reunión, tuve por fin unas cuantas horas. Me apetecía pasear lentamente bajo los soportales rojos y amarillos de Bolonia, experimentando esa sensación tan rara que me produce Italia y que consiste en sentirme como si estuviera en mi casa y al mismo tiempo en otro planeta, pararme en los kioskos y buscar viejos número de Rat-Man entre las apolilladas novelas del Oeste y los gialli (novela negra) que tanto gustan aún allí; ponerme hasta el culo de caffè, recorrer las librerías, tomarme una copa de vino toscano a precio de atraco en algún bar, dejarme mirar por los ojos ciegos de las esculturas de las fachadas, mirar escaparates de ropa que o bien no me entraría o bien no me puedo permitir, descubrir callejones y plazuelas que no había visto antes, toparme con hornacinas habitadas por vírgenes desvaídas y flores de plástico, encontrar esquelas pegadas en la pared, y finalmente sentarme en mi trattoria favorita a cenar sin prisas, antipasto, primo e vino, y al terminar tomarme otro caffè y un amaro, o tal vez un nocino delle streghe, volver al hotel ligeramente borracho, saciado, melancólico, triste, solitario, aterido de frío, en paz.

La clase de velada a solas que apetece mucho a personas como yo, siempre y cuando sean la excepción y no la norma. Estar solo de cuando en cuando, por elección, es un placer. A partir del segundo mes, empieza a aburrir. 

Esa tarde me apetecía mucho hacer todo lo anterior.

El problema: no estaba solo. 

Se quedaban esa noche algunos de los compañeros de trabajo españoles: gente estupenda, entrañable, divertida incluso (dentro de lo que permite nuestra profesión) y a la que aprecio un montón, pero cuya presencia hacía imposible mi plan a solas.

Así que, lógicamente, mentí. Les dije que había quedado con unos amigos (inexistentes) y les deseé buen viaje para el día siguiente. 

Y pasé la tarde solo. Y fue un placer.

octubre 04, 2015

Nueva guía vitícola española

Antes, ibas a un restaurante y las opciones eran tres: o pedías tintorro, o blanco, o un clarete. También podías pedir agua, pero eso te señalaba automáticamente como persona rara y poco de fiar, sobre todo a la hora de hacer negocios. 

Hoy en día, sin embargo, la cosa se ha complicado mucho. Todo empezó cuando pedir un tinto dejó de ser sinónimo de pedir un Rioja. Empezó la fiebre de las denominaciones de origen y todo el mundo se apuntó al carro de hacer buenos vinos. O, como dicen los cursis, caldos:



Ahora vas a un restaurante y te traen una carta de vinos que parece el listín telefónico de Tokio, por lo gruesa y lo difícil de entender. Tardas más tiempo en elegir el vino que luego en tomártelo. ¿Pega bien el Monastrell con la caza? ¿Al pulpo a la brasa sobre lecho de patata atomizada le va mejor un blanco o un tinto? ¿Qué es más dulce, un semidulce o un semiseco? Y, sobre todo, ¿qué porras son los taninos y cómo se comen?

Para evitar que quedes como un completo paleto delante de tus amigos, y siguiendo la estela de mi anterior post sobre vinos, os ofrezco una breve guía de los vinos españoles atendiendo a sus denominaciones de origen:

Rioja: los vinos de toda la vida, se les reconoce fácilmente porque en las etiquetas tienen muchos ribetes dorados y por sus nombres suenan a cosas señoriales y de toda la vida, como por ejemplo "Señorío Imperial", "Arcipreste del Calcañal" o "Bordón VISA platino". Las principales variedades de uva son la garnacha, el tempranillo y cualquier otro hierbajo que crezca en Castilla la Mancha.

Ribera del Duero: llamados así porque no se cultivan en el Tajo. Se trata de vinos potentes, sabrosos, rancios, pegajosos y astringentes, como todo lo castellano. Se parecen a los Riojas en que es lo único que se le ocurre pedir a la gente de más de cincuenta años, y se diferencian de ellos en que cuestan más sin estar más buenos. La obsesión por elevar el precio de las botellas se nota mucho en los nombres de estos vinos, que casi siempre se llaman Pago de algo: "Pago de los Archiduques", "Pago del Patatús" o mi favorito, "Pago de los pagos". También se llevan muchos los nombres que suenan a latín, como "Summum" o el legendario vino de marca "Hacendadum".

Toro: se trata de unos vinos que antiguamente utilizaban como sustituto del alquitrán en las carreteras y actualmente mantienen la misma función, pero huelen ligeramente mejor. Los nombres más populares tienen que ver con dominios o con cosas muy DBSM: "Dominio de los Señoríos", "Señorío de los Dominios" o "Abadía de la Esclavitud", por poner unos ejemplos.

Cariñena: son como los vinos de Toro en fuerza, en potencia y en lo malos que están, pero también valen como matarratas. 

Priorat: da igual que estén buenos o malos, no eres nadie si no afirmas entender los vinos del Priorat. Estás muerto socialmente si no eres capaz de distinguir la garnacha peluda del mazuelo. Atención a la frase de moda: "he descubierto un priorat muy atrevido llamado "barranc dels mitjons" del que solo producen setecientas botellas al año, y me las he bebido todas así que no intentéis buscarlo, palurdos, chusma, gentuza, que no me llegáis ni a la suela de las polainas". 

Alicante: otros vinos que da igual cómo sepan. Lo bonito es mirar las divertidas etiquetas de las botellas y echarse unas risas con los nombres, que son siempre desenfadados a la vez rompedores y sugerentes a la par que idiotas: "Pinganillo", "{\left. {\frac{{{\partial ^2}\Omega }}{{\partial {u^2}}}} \right|^{7 - x}}" o "Pis de gato".

Txacolí: es una broma, ¿verdad?

Rías Baixas: blancos ideales para combinar con langostas, bogavantes, centollos, percebes y unas buenas hipotecas.

Valdepeñas: vinos con los que uno sabe a lo que atenerse, lo cual no impide que te los cobren a treinta euros la botella en los restaurantes de los listos.

Somontano: una rica región vinícola, también muy de moda, con una tradición milenaria de cultivo de uvas autóctonas como la gewürztraminer, la riesling, la sauvignon blanc y la garnacha neozelandesa, que nos retrotraen a tiempos más sencillos y felices.

Cava: no todo es Freixenet en este mundo. También hay otros grandes vinos espumosos de calidad como el Codorniú. La Sidra el Gaitero, aunque sea famosa en el mundo entero, no pertenece a esta denominación de origen.


Existen otras sesenta denominaciones de origen, pero o bien nadie ha oído hablar de ellas, o a nadie le interesan, o no merece la pena que me las gane como enemigas, a diferencia de las anteriores, que me han vetado en todas sus bodegas por motivos que no alcanzo a entender. ¡Mundo injusto y cruel!






septiembre 10, 2015

Feliz año nuevo

Ya lo he comentado en varias ocasiones: para quienes no hemos dejado nunca la academia, el año no comienza en enero sino en septiembre. Por eso, lógicamente, toca poner como fondo musical "Aguas de marzo":


¿Perdón? ¿Aguas de marzo en septiembre? Lógico, pues es un tema brasileño y en el Hemisferio Sur, recordemos, el otoño empieza en marzo: "são as águas de março fechando o verão, é a promessa de vida no teu coração". Últimamente estoy muy brasileño yo, y no solo por motivos profesionales.

En Santander el verano es una época lluviosa y cálida que comienza allá por San Fermín y termina más o menos por Santiago Apóstol. Es decir, hace ya tiempo que se acabó el verano, pero como he estado de viaje durante todo agosto yo no me había dado mucha cuenta hasta ahora.




No falla: llega el día uno y de repente los alumnos que tienen asignaturas para septiembre se acuerdan de ponerse a estudiar y a preguntar sobre sus dudas. El examen era el día dos. Los resultados no sorprenden a nadie, salvo tal vez a los propios alumnos, que viven en un perpetuo estado de estupor. Hay dos clases de alumnos que se presentan a los exámenes de septiembre: los que suspendieron en junio y los que dejaron la asignatura para el verano por motivos estratégicos. Los primeros muy rara vez aprueban: cuatro meses de no enterarse de nada seguidos por un verano de tampoco enterarse de nada suman exactamente la siguiente cantidad: nada. Los que dejaron la asignatura para centrarse en otras y atacan durante el verano, por otro lado, son algo totalmente distinto: bastantes aprueban y lo hacen con buena nota. He aquí la diferencia entre estrategia y tozudez.

Igual de desastre que los alumnos somos sus profesores. Organizo un congreso para la semana que viene. El plazo límite para registrarse era el 20 de agosto y por tanto, lógicamente, más de la mitad de los participantes se lo saltaron y se registraron durante la extensión de plazo que (evidentemente) concedimos. Ya estaba previsto: siempre es así. Lo que me ha sorprendido un poco (no mucho, la verdad) es que a cuatro días del comienzo del congreso aún haya gente apuntándose. No me voy a quejar: los congresos, como las orgías, son más divertidos cuanta más gente participe.

He vuelto también al gimnasio, a.k.a. Vanessolandia. El verano se ha saldado con un +2 kilos que hay que fundir. Esto en 88 kilos, mi máximo histórico, igualando a los que tenía a los 20 años, con la única diferencia de que antes yo era 100% tocino y ahora soy 80% tocino, 20% músculo. Los pantalones me aprietan, las camisas no me valen y tengo agujeros en los calcetines. Esto último no es culpa de mi aumento de peso, sino de mi vagancia a la hora de ir de compras. Mi gimnasio ha comprado un taller de coches que había al lado y lo ha transformado en un espacio para crossfit: putas modas. Lo bueno es que ahora los Vanessos se reparten entre ambos locales y tengo algo más de espacio para renquear y resolplar como un cachalote varado entre mancuernas y otros aparatos de tortura. En cuanto a los Vanessos en sí, el año comienza con unos cuantos ejemplares nuevos, incluyendo un par de esos que los ves y te entran unas ganas enormes de eyacularles en la cara.


El osezno, para equilibrar mi balanza energética, ha vuelto a los fogones por todo lo alto: ceviche de rape y langostinos, ensalada de toronja y aguacate y budín de pan con arándanos. Cómo cocina ese hombre, por Dior. Qué peligro. Delicioso peligro...




abril 02, 2015

Ragù de cosas

¿En qué se asemejan los vastos campos de centeno de los Urales y Curri Valenzuela? En que ninguna de estas dos cosas tienen nada que ver con el contenido de esta entrada. O tal vez sí, no lo sé, porque estoy en modo escritura automática, algo muy de moda hace más o menos un siglo, pero que uso poco. Sobre todo porque nunca había pensado en ello hasta ahora.

Ni siquiera tengo un título aún para esta entrada.

En la cocina borbotea un cazo donde se está preparando mi Famoso Ragù Para Todas Las Ocasiones. Lo uso, entre otras cosas, para condimentar pasta, para rellenar empanadas, para engrasar bisagras y como laxante de perros. Mi Famoso Ragù etc contiene todo lo que esté en la nevera a punto de estropearse, más carne picada y tomate. Todo cubierto por una generosa capa de aceite. Fue mi suegra quien me enseñó el secreto de las salsas de tomate: dejarlas hacer lentamente, durante una o dos eras geológicas a ser posible, en mucho aceite, hasta que se convierten o bien en petróleo o en algo delicioso, tan amalgamado que prácticamente es indiferente la composición inicial. En este caso, aparte del tomate y la carne picada: puerro, ajo, cebolla, chorizo picado y trozos de ADN. El ADN da un retrogusto delicioso a los platos. Os aconsejo probarlo. 


Esto va para largo, así que me levanto, remuevo un rato el mejunje, abro la nevera, corto un poco de queso (un Cueva Pregondón asturiano), abro una botella de vino (un kékfrankos que nos trajimos de Hungría), le pongo la mitad del queso y una copa de vino al osezno, y yo me tomo la otra mitad del queso mientras me bebo el resto de la botella. A morro. Las películas norteamericanas nos han enseñado que cocinar con una copa de vino tinto es lo más fashion, pero yo soy de pueblo y reinterpreto los conceptos a mi manera.

Es lo que siempre le digo a la juventud: el alcohol hace más bella la vida. Al menos, difumina las arrugas y otros defectos menores.

Esto es lo bueno de celebrar el Catholic Pride en casa: te puedes pasar la mañana haciendo experimentos contra natura en la cocina. Después de haberlos hecho en la cama. O en un sofá. Whatever. El kékfrankos va haciendo efecto. Otra de las cosas que uno puede hacer con calma: mirar Facebook. ¿También os pasa a vosotros que más de la mitad de las personas que te sugiere como amigos son tipos con los que habéis follado? El resto son primuñadas: palabra que me acabo de inventar y que significa mujeres de primos. Tengo muchísimos más primos que primas, y eso lo explica todo, excepto quién puso de moda estos peinados hípster tan horteras. Mis primuñadas tienen aficiones muy concretas: parir e intentar descubrir los secretos de mi Facebook. Van listas.

El osezno, mientras tanto, vuelve a ver viejos capítulos de Mujeres Desesperadas. Me siento muy identificado con las protagonistas de esa serie: soy maniático como Bree, torpe como Susan, feo como Lynette, y tiro a tonto del culo como Gaby. Pero ellas tienen casas más grandes y, posiblemente, vagina. Ayer, durante el café en el trabajo, nuestro compañero y sin embargo amigo P. nos ilustró acerca de la etimología de la palabra "vagina": ¿sabíais que proviene de la misma raíz que "vainilla"? Aunque yo nunca me comería un flan de vagina. Aparece Constantino, se sube a mi mesa e intenta colocarse delante de la pantalla del ordenador (descansar es más divertido cuando estorbas a alguien). Pero no contaba con mi protoborrachera: empiezo a morderle e intentar arañarle los ojos, así en plan amigo. Rodamos los dos por el suelo, él soltando pelos y yo caspa, hasta que puede el más fuerte: él.

Pasan los minutos, el ragú borbotea, y creo que va siendo hora de cerrar esto. En un par de horas, macarrones. Y yo sin elegir un título. Me aguarda una tarea importante: elegir una ruta segura para esta tarde. Viene la señora de la limpieza, y nos encanta no estar presentes cuando ella hace su trabajo, no sea que le de por hablar. Saldremos a dar una vuelta, aprovechando que luce el sol y no dan tantas ganas de suicidarse como otros días santanderinos. Pero hoy es el Catholic Pride, y habrá procesiones. Ya bastante malo era encontrarse el domingo pasado con las calles infestadas de rameras, lo de hoy puede ser catastrófico. ¿Dónde nos meteremos? Y, más importante aún, ¿habrá alcohol barato?

Respecto a la imagen: yo qué sé. A mí qué me contáis... Estoy más borracho que vosotros, pero menos que Liza Minelli después de desayunar

enero 27, 2015

Relatos austrohúngaros

Como de costumbre, utilicé las horas de avión para ilustrarme acerca de mi destino leyendo la Lonely Planet. La historia de Budapest, según la guía, consiste básicamente en combinaciones aleatorias de estas palabras: guerra, invasión, batalla, demolición, destrucción, matanza, pogromo, asedio, asesinato, masacre, venganza, exterminio, cruzada y conflagración. Es por ese motivo, lógicamente, que la Budapest de hoy es una ciudad completamente dominada por las peluquerías.

Hay peluquerías por todas partes: peluquerías que parecen bares, peluquerías que parecen tiendas de ropa, peluquerías que parecen gimnasios y, en contadas ocasiones, peluquerías que parecen peluquerías. Es fácil de entender, si uno se pone en la piel de un budapestino (¿o se dice budapestoso?): ya que históricamente parece probable que acabes muriendo de forma horrible en mitad de algún conflicto bélico, qué menos que estar bien peinado cuando esto suceda.


Es por esto que el budapestino/oso medio va por la calle hecho un figurín: qué hombres más guapos, por Dior. Las mujeres tampoco deben estar mal, aunque no estoy muy seguro: yo solo era capaz de fijarme en monumentos de género masculino, y en alguna que otra ocasión en monumentos de piedra. Tantos años de invadirse y matarse unos a otros ha convertido a estos centroeuropeos en lo que se suele llamar un crisol de culturas, es decir, que lo mismo te encuentras a un rubiazo de dos metros que a un morenazo peludo con ojos como taladros. Con razón hay tanto actor porno húngaro.



Los húngaros, aparte de estar bien peinados y de ser excelentes como jinetes, arqueros y carne de cañón para cualquier potencia euroasiática que se precie, son esquivos (tal vez porque teman que les vuelvan a invadir en cualquier momento) y conservadores. El tema del mariconeo no lo tienen tan exteriorizado como los españoles, a pesar de haberse celebrado en Budapest los Gay Games de 2012, y por eso los bares de ambiente son o bien inocentes pubs de aspecto inofensivo y frecuentados por jovencitas y mariliendres, o bien cavernarios antros de sexo y golferío. Por supuesto, fuimos a los segundos, mucho más interesantes, dónde vamos a parar. Pero al final casi todos éramos guiris: franceses, italianos, serbios, españoles, y al menos un californiano ciertamente fotogénico.

En cuanto al otro tipo de monumentos, los de piedra, qué decir aparte de lo siguiente: París, nena, a partir de ahora ya eres para mí una segunda cosa. A diferencia de a Belén Esteban, a Budapest tantas destrucciones y reconstrucciones le han sentado de maravilla. Cada calle alberga algún tesoro (normalmente oculto entre peluquerías), y prácticamente todos los edificios tienen algún toque art nouveau que merece la pena observar. Acabé con las vértebras hechas un asco de tanto mirar hacia arriba. Los bulevares son descomunales, los palacios geniales, las iglesias fenomenales, los puentes sensacionales y en general todos los elementos arquitectónico de Budapest merecen adjetivos que acaben en "-ales". Ya sabéis que no me gusta exagerar: hice unos novecientos millones de fotos, millón arriba, millón abajo. Hay que tener en cuenta que el tiempo no acompañaba para la fotografía, con esos días grises de chirimiri invernal tan románticos pero fotográficamente chuchurríos. Han sido días más adecuados para el blanco y negro o el sepia que para el color. Las que siguen no son las mejores fotos de estos días, sino solamente las primeras: me llevará un tiempo largo revelar digitalmente y clasificar todas las que hice. En particular, las panorámicas me llevan una barbaridad: las construyo como mosaico de varias fotos y algunas de ellas llegan a ocupar cuarenta o cincuenta millones de píxeles...


Panorámica de esas que aquí parecen una birria, pero que en sus 45 Mpix tienen cierto punto

El Parlamento de Londres, una birria al lado del de Budapest

No es Brooklyn, es Pest

Hear me Roar


Cualquier edificio puede tener detalles sorpendentes

Bonitos puentes para suicidarse

El Palacio Real


Szent István


Lo admito, el Parlamento se dejaba fotografiar mucho. Para ser una foto sacada con el móvil, da el pego, ¿no?



Pista para patinar como si estuvieras en Disneylandia

Ah, por cierto, el Danubio NO es azul.

¿Qué otras cosas tiene uno en Budapest aparte de hombres guapos y arquitectura? Poca cosa: solo música, arte, cultura, buenos alimentos y aguas termales. Apenas nada. Poca música tuvimos, aparte de las continuas referencias a Lizst y las ganas que nos entraron a última hora de ir a la ópera (no llegamos a ir). En cuanto al arte, en la Galería Nacional me dio por pagar el permiso para fotografiar (sin flash ni trípode, claro) los cuadros. Nunca me habían dejado hacer fotos en una pinacoteca; ha sido un experimento la mar de interesante. Las condiciones de luz son muy malas y tuve que forzar al máximo el ISO de mi Canon. Al llegar a casa, y tras hacer un poco de magia con el ordenador, los resultados me han sorprendido gratamente. Aquí unos pocos, comentados al estilo del Hematocrítico de Arte con toda mi admiración:

"Apolo siendo empotrado por el Hombre Invisible"  (The Happy Hour)
"Gandalf cuando tenía la barba corta" (Scappate, insensati)
"Antes muerta que sencilla"
"Camionera francesa tirando fruta española en la carretera" (L'union Europee)
"La fábrica de almorranas" (Die Hemoalingesse)
"Sujetavelas" (La Carabina Imbarazzante)
"Actor porno del siglo XVII" (The Stupid Hairstyle)
El bombazo cultural de la semana en Budapest era la gran exposición de Rembrandt en el Szépmüvészeti Múzeum. Tampoco fuimos, pero Rembrandt me viene al pelo para hacer una crítica negativa acerca de Budapest (no todo van a ser flores). Budapest, como otras muchas grandes ciudades europeas, tiene un grave y muy desagradable defecto: está llena de españoles. De todos los monstruos de este planeta, los españoles son los más antipáticos, prepotentes, ruidosos, despreciables y por lo general horrendos, seguidos de cerca por los rusos. Los españoles son una lacra en la superficie de la Tierra a la que uno se ha de acostumbrar malamente cuando vive en España, pero que resulta particularmente molesta fuera de las fronteras de este estúpido país nuestro. La siguiente escena se produjo en un tranquilo restaurante junto a la bellísima iglesia de San Matías. El restaurante estaba vacío cuando llegamos. Al poco entraron tres personas y, de entre todas las mesas que había en el sitio, eligieron voluntariamente sentarse en la que estaba más cerca de nosotros. Solo los españoles pueden ser así de gilipollescamente gregarios. Por supuesto, en menos que canta un gallo se pusieron a gritar en castellano:
- Pues Rembrandt, ¿sabéis? Era un pintor.

- Ooooh

- Se hizo famoso porque pintaba unos cuadros muy grandes. En aquella época a la gente le gustaban los cuadros bien grandes.

- Aaaahh

- Y por eso se hizo famoso.
El osezno y yo, al lado, intentábamos poner cara de póker y que no se nos escapara la risa o, en mi caso, un sopapo bien dado. 

Fin de la bilis. Quedándonos en la parte culinaria, Hungría es un paraíso carnívoro. Pero no solo las carnes y el gulash son excelentes, sino también los vinos, los licores y los dulces. No exagero si afirmo que he debido subir 30 puntos de colesterol en mis venas estos días. A los húngaros les gusta el cerdo mangalica, los platos abundantes, el picante, el chocolate y la miel. El magyar kávé (café húngaro), tal y como se prepara en el típico (y muy turístico) Café New York lleva espresso italiano, espuma espolvoreada con guindilla, vino dulce tokaji 6 puttonyos y miel: una bomba calórica, y el resto de la cocina húngara está al mismo nivel. Me encantó.

Unicum, el amaro local
Nada como unos buenos salchichones
"Bor" es vino en húngaro. Nos hacía mucha gracia, por motivos personales e intransferibles
La paprika, hasta en la sopa, literalmente
La famosa tarta de chocolate y cerezas de la pastelería Gerbeaud. Orgasmo puro.
El interior del Café New York, sencillo a la par que elegante
A todo esto, estoy metiendo continuamente "palabros" en húngaro, como si realmente entendiera algo, pero sólo soy capaz de ello gracias a que tengo Google a mano. Tardé una semana en aprender a decir "gracias" y brindar, y solo cinco minutos en que se me olvidara cómo narices se decía. El húngaro es un idioma endiablado, pero muy gracioso a veces:


¿Quién quiere que le de una ostya?

El último día estábamos reventados de tanto andar de una peluquería a otra, y decidimos por fin relajarnos en uno de los famosos baños de Budapest. La ciudad tiene 118 manantiales de aguas termales, lo que en invierno le da a algunas calles cierto aire neoyorquino. Las aguas, además de calientes, contienen muchísimos minerales de esos que huelen a huevos podridos. La lógica de las aguas termales es la misma que la de las madres: si algo tiene un olor o sabor repugnante, seguramente es muy curativo. Siguiendo esa misma lógica, si un agua tiene azufre, manganeso, potasio, polonio y siete tipos diferentes de tierras raras, por fuerza ha de ser buenísima para todo, desde los dolores de ovarios hasta los golondrinos. Por eso Budapest se convirtió hace ya mucho tiempo en ciudad donde tomar los baños (en los ratos en los que uno no está siendo degollado por algún invasor), y algunos de los establecimientos termales más castizos de la ciudad son verdaderos palacios.


Una de las piscinas exteriores de los baños Széchenyi

No hay nada como bañarse en una piscina exterior a 38 grados, mientras sobre tu calva cae aguanieve helada, para sentirte como un macaco japonés. Cruzar el patio todo mojado y en bañador era una auténtica tortura, y por lo tanto me imagino que la mar de terapéutico. Por cierto, en la piscina estaba la mitad de la clientela del bar gay del día anterior. Y yo me pregunto: para qué, habiendo ya saunas específicas para el gremio.
Todo mujeres y maricones

Por ser la primera y última vez, hicimos el circuito VIP del balneario, con acceso a la exclusiva planta +2 en la que tenías wifi, bebidas y frutas gratis, y además había un grupo de turistas nórdicos de culo respingón, bastante monos ellos. No hay ninguna foto que no esté movida, porque estaba todo en una penumbra muy de puticlub, la mar de relajante.



Sí, eso que asoma por abajo es mi pata peluda

La estancia en Budapest se nos hizo cortísima, sin visitar por dentro ni una peluquería (que sepamos) ni sin que diera tiempo a que ningún país enemigo invadiera y destruyera la ciudad. Pero volvimos contentos y más sabios, habiendo comprendido por fin que si la azafata hembra o la azafata macho de Lufthansa os dan a elegir el sandwich de queso o el de salami, siempre hay que escoger el de salami.



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