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octubre 03, 2016

Burlando a Nyquist

Con la fotografía ocurre como con casi todas las aficiones, incluido el sexo: a medida que uno se mete más y más en el asunto, se va volviendo más y más exigente. Ojo, no quiere decir esto que se vuelva uno mejor en ello, pero sí más tiquismiquis.

A mí me pasa con la resolución de mis fotografías. No me basta con que la foto "me quede bonita". Siempre las amplío al máximo en la pantalla y espero que hayan quedado nítidas, bien enfocadas, con poco ruido. Esto cuando hay poca luz es casi imposible incluso con una cámara buena. Y con una cámara mala, como las de los móviles, es tarea prácticamente imposible. Ninguna foto hecha con un móvil es satisfactoria para mi gusto.

Aparte de que la óptica de las cámaras de los móviles no puede ser buena (por cuestiones fundamentales de distancia focal y también por precio), el software de los smartphone abusa de herramientas de compresión y de realce de bordes que hacen que aparezcan en seguida "fantasmas" y otros efectos espurios. Y por supuesto, existe el límite de Nyquist, que establece que la resolución no puede ir por debajo del tamaño del píxel. En las cámaras de los móviles, especialmente si se utiliza el zoom digital, el tamaño real efectivo del píxel es siempre peor que lo que anuncia el fabricante.

Pero todos estos problemas se pueden mitigar... a golpe de paciencia y de llenar las memorias del móvil y el ordenador con muchas imágenes de sobra durante un tiempo. Pongamos el ejemplo de esta imagen sacada con mi móvil, usando el zoom digital,  de la catedral de Segovia:


Birria de foto, ¿verdad? Ahora viene el truco, que no lo he inventado yo. Sáquense unas cuantas fotos en ráfaga de la misma escena (yo suelo hacer unas 20), moviendo ligeramente el móvil durante la toma de fotos (normalmente la vibración del pulso suele valer). Luego, en el ordenador, pedir a Photoshop o Gimp que primero amplíe las fotos (un factor x2 va muy bien, pero puede ser menor) y luego las alinee automáticamente. Después, combínense las fotos alineadas utilizando un filtro de mediana (el de promedio también valdría, pero el de mediana ayuda a quitar objetos móviles y píxeles saturados). Después de combinar todas las fotos, se puede (o no) deshacer la ampliación inicial. Resultado:


Que tampoco es una maravilla, pero está mucho mejor que la foto original. Obsérvese cómo han mejorado los perfiles de los tejados, la suavidad del cielo y el relieve de la torre. ¡Abajo con la tiranía de Nyquist y de las cámaras malas de los móviles!

julio 31, 2016

Ar an mbealach chun Baile Átha Cliath

¡Quince días a Dublín! Se me va a hacer raro estar en un país de la UE donde se habla inglés de verdad...




abril 27, 2016

Cosas que no aprenderás en la Wikipedia: Educando Al Populacho

Siempre se dice que hay que tener amigos hasta en el infierno, y con razón. No existiendo el Infierno como ente ni físico ni probablemente teológico –Ratzinger lo dejó reducido a un "estado mental"–, lo mejor es tener amigos en el museo. Se aprenden cosas.

El muy británico amigo conservador de museo del osezno nos contó la siguiente historia: el museo Victoria & Albert de Londres fue el primero del mundo en tener un restaurante y cafetería públicos. Formaba parte del programa emprendido por la reina Victoria y su marido, el príncipe Alberto, para elevar culturalmente a las masas plebeyas del Imperio. Se trataba de un objetivo desinteresadamente interesado: allá por los años cincuenta del siglo XIX, el poderío económico en Europa se estaba desplazando desde la cuna de la Revolución Industrial hacia las llanuras prusianas, y eso era algo que debía evitarse a toda costa. Los consejeros de la Reina identificaron como causa de la naciente pujanza comercial de lo que hoy llamamos Alemania a la existencia de una floreciente mediana burguesía consumista. Se decidió que Inglaterra tenía que tener también esa cosa llamada Clase Media. Para lo cual era necesario elevar al populacho por encima de sus ramplones instintos.

Se abrieron museos de "artes menores" para inspirar a la gentuza, y como al pueblo se le conquista mejor con la panza llena se dotaron dichos museos de cafeterías donde poder tomar un té con pastas, como la gente de bien.

La cafetería del Victoria & Albert cuenta con tres salas principales: una grande y profusamente decorada con vidrieras y estucos dorados repletos de alegorías, y dos laterales más pequeñas, una cubierta de frescos y la otra con una decoración austera y fría. Las tres salas fueron separadas por clases, como dicta el sistema de castas inglés: una cafetería de primera clase, una de segunda y finalmente una de tercera clase (working class, eso lo dice todo). Adivinen qué sala era para cada clase.

Salón de tercera
Salón de segunda
Salón de primera

En efecto: la lógica inglesa, que no es la española (y por eso a ellos les va mejor que a nosotros) dicta que la sala lujoso-hortera ha de ser la de Tercera Clase, mientras que los lords y sus ladies tomaban el té y los scones en la sala oscura y sin apenas decoración.

¿Y por qué había de ser así? Porque a las clases obreras había que inspirarlas y hacerlas querer algo mejor a través del esfuerzo, el estudio y el trabajo. A los nobles no había que inspirarles a nada, sólo había que servirles el té.

Todo esto dice un montón acerca de la mentalidad anglosajona. Que sea algo bueno o malo, aún no lo tengo muy claro. Pero desde luego, dice mucho.




octubre 04, 2015

Nueva guía vitícola española

Antes, ibas a un restaurante y las opciones eran tres: o pedías tintorro, o blanco, o un clarete. También podías pedir agua, pero eso te señalaba automáticamente como persona rara y poco de fiar, sobre todo a la hora de hacer negocios. 

Hoy en día, sin embargo, la cosa se ha complicado mucho. Todo empezó cuando pedir un tinto dejó de ser sinónimo de pedir un Rioja. Empezó la fiebre de las denominaciones de origen y todo el mundo se apuntó al carro de hacer buenos vinos. O, como dicen los cursis, caldos:



Ahora vas a un restaurante y te traen una carta de vinos que parece el listín telefónico de Tokio, por lo gruesa y lo difícil de entender. Tardas más tiempo en elegir el vino que luego en tomártelo. ¿Pega bien el Monastrell con la caza? ¿Al pulpo a la brasa sobre lecho de patata atomizada le va mejor un blanco o un tinto? ¿Qué es más dulce, un semidulce o un semiseco? Y, sobre todo, ¿qué porras son los taninos y cómo se comen?

Para evitar que quedes como un completo paleto delante de tus amigos, y siguiendo la estela de mi anterior post sobre vinos, os ofrezco una breve guía de los vinos españoles atendiendo a sus denominaciones de origen:

Rioja: los vinos de toda la vida, se les reconoce fácilmente porque en las etiquetas tienen muchos ribetes dorados y por sus nombres suenan a cosas señoriales y de toda la vida, como por ejemplo "Señorío Imperial", "Arcipreste del Calcañal" o "Bordón VISA platino". Las principales variedades de uva son la garnacha, el tempranillo y cualquier otro hierbajo que crezca en Castilla la Mancha.

Ribera del Duero: llamados así porque no se cultivan en el Tajo. Se trata de vinos potentes, sabrosos, rancios, pegajosos y astringentes, como todo lo castellano. Se parecen a los Riojas en que es lo único que se le ocurre pedir a la gente de más de cincuenta años, y se diferencian de ellos en que cuestan más sin estar más buenos. La obsesión por elevar el precio de las botellas se nota mucho en los nombres de estos vinos, que casi siempre se llaman Pago de algo: "Pago de los Archiduques", "Pago del Patatús" o mi favorito, "Pago de los pagos". También se llevan muchos los nombres que suenan a latín, como "Summum" o el legendario vino de marca "Hacendadum".

Toro: se trata de unos vinos que antiguamente utilizaban como sustituto del alquitrán en las carreteras y actualmente mantienen la misma función, pero huelen ligeramente mejor. Los nombres más populares tienen que ver con dominios o con cosas muy DBSM: "Dominio de los Señoríos", "Señorío de los Dominios" o "Abadía de la Esclavitud", por poner unos ejemplos.

Cariñena: son como los vinos de Toro en fuerza, en potencia y en lo malos que están, pero también valen como matarratas. 

Priorat: da igual que estén buenos o malos, no eres nadie si no afirmas entender los vinos del Priorat. Estás muerto socialmente si no eres capaz de distinguir la garnacha peluda del mazuelo. Atención a la frase de moda: "he descubierto un priorat muy atrevido llamado "barranc dels mitjons" del que solo producen setecientas botellas al año, y me las he bebido todas así que no intentéis buscarlo, palurdos, chusma, gentuza, que no me llegáis ni a la suela de las polainas". 

Alicante: otros vinos que da igual cómo sepan. Lo bonito es mirar las divertidas etiquetas de las botellas y echarse unas risas con los nombres, que son siempre desenfadados a la vez rompedores y sugerentes a la par que idiotas: "Pinganillo", "{\left. {\frac{{{\partial ^2}\Omega }}{{\partial {u^2}}}} \right|^{7 - x}}" o "Pis de gato".

Txacolí: es una broma, ¿verdad?

Rías Baixas: blancos ideales para combinar con langostas, bogavantes, centollos, percebes y unas buenas hipotecas.

Valdepeñas: vinos con los que uno sabe a lo que atenerse, lo cual no impide que te los cobren a treinta euros la botella en los restaurantes de los listos.

Somontano: una rica región vinícola, también muy de moda, con una tradición milenaria de cultivo de uvas autóctonas como la gewürztraminer, la riesling, la sauvignon blanc y la garnacha neozelandesa, que nos retrotraen a tiempos más sencillos y felices.

Cava: no todo es Freixenet en este mundo. También hay otros grandes vinos espumosos de calidad como el Codorniú. La Sidra el Gaitero, aunque sea famosa en el mundo entero, no pertenece a esta denominación de origen.


Existen otras sesenta denominaciones de origen, pero o bien nadie ha oído hablar de ellas, o a nadie le interesan, o no merece la pena que me las gane como enemigas, a diferencia de las anteriores, que me han vetado en todas sus bodegas por motivos que no alcanzo a entender. ¡Mundo injusto y cruel!






septiembre 22, 2015

Al ataque de nuevo

Me he vuelto a dejar liar. 

Este viernes se celebra en toda Europa la décima Noche Europea de los Investigadores, en la que miles de científicos entre los que me cuento intentaremos acercar de una forma divertida nuestro trabajo a nuestros conciudadanos. Habrá en todas las ciudades actividades para todas las edades: cuentacuentos, visitas guiadas, coloquios, obras de teatro, cine y, por qué no, clubs de comedia. Ya el año pasado me dejé engatusar para participar y la cosa salió bastante bien gracias a que tuve unos monstruos de compañeros que hicieron que el público se meara de risa con su ingenio y sus tablas ante el escenario. Este año repetimos en un teatro más grande y con más nervios si cabe.



No he tenido mucho tiempo para prepararlo. La semana pasada tuve congreso y la cabeza no me daba para florituras. Mayonesa, mi musa, se mostraba esquiva y no se me ocurría nada de lo que hablar. Estos monólogos son duros de pelar porque deben tratar sobre un tema científico y al mismo tiempo hacer reír a la gente. Big Bang Theory lo consigue, pero eso es humor profesional. Para los que no nos dedicamos al teatro resulta mucho más difícil conectar con las fuentes de la risa delante de un público.

Por eso necesito vuestra ayuda.

A continuación va el monólogo que he pensado. A ver qué os parece. Necesito críticas y consejos: ¡solo tengo tres días para pulirlo!



¡Hola! Es un placer para mi estar aquí un segundo año participando en el Club de la Comedia Científica. Cuando me lo propusieron, no lo dudé ni un segundo. Lo raro es que haya entre el público gente que repite: cuánto masoquista hay suelto por ahí. Sí, tú, el de la penúltima fila, no te escondas, que te he visto, viciosillo.

No, en serio, esto es una oportunidad estupenda para hacer algo que siempre he soñado hacer, pero nunca he conseguido: explicar qué es lo que hago. El problema que tenemos los investigadores es que nuestra profesión resulta difícil de explicar. Nadie tiene muy claro para qué servimos, a diferencia de otras profesiones más respetables y que todo el mundo sabe en qué consisten, como por ejemplo político o consejero delegado. Con ellos, uno siempre sabe a qué atenerse.

Imaginaos mi caso: astrofísico. Cuando de pequeño decía a mis padres que quería estudiar los astros, ellos se miraban entre sí con espanto y confiaban en que solo fuera una fase. "¿No preferirías ser algo de provecho, como narcotraficante?". Empecé a estudiar la carrera y cuando iba al pueblo a visitar a la familia me preguntaban: "tú, que estudias estas cosas, ¿crees que va a llover mucho esta primavera?". Yo al principio intentaba explicar que no iban por ahí los tiros, pero con los años me cansé y empecé a responder lo que la gente quería escuchar: "sí, tío, en abril habrá aguas mil". Al menos, en Cantabria eso es cierto sí o sí. Se quedaban contentos. Terminé la carrera, hice la tesis y seguí en la Universidad. La gente no lo entendía: "¿pero tú cuándo vas a terminar de estudiar y empezar a trabajar?". Y así hasta la fecha. En mi pueblo creen que soy un pésimo estudiante. En la ciudad las cosas no son mucho mejores. Voy a un bar, me presentan a alguien, me preguntan a qué me dedico y cuando digo que soy astrónomo me salen con un "ay, qué bonito. Yo soy Capricornio. ¿Qué puedes decir acerca de mi?"

¡Que qué puedo decir acerca de ti! Pues que eres una persona a la que es fácil de engañar con idioteces, alma de cántaro.
Vaya, espero que nadie entre el público se haya ofendido. No puedo evitarlo: soy de signo Leo, y como todo el mundo sabe, los Leo no creemos en el horóscopo.
 

Y no creáis que las dificultades de comunicación son algo que ocurre solo entre investigadores y no investigadores. Qué va: entre nosotros tampoco lo tenemos fácil. Tomemos por ejemplo el caso de mi primera charla en un congreso internacional. Qué tiempos aquellos. La mayoría de vosotros ni había nacido. Yo era joven. ¡Menudo pelazo tenía!. Me tocó dar mi charla el último día de congreso: toda una semana rumiando mis nervios. La sesión empezaba a las nueve de la mañana y yo estaba ya en la sala a las ocho, al borde de la catatonia. Llegó el moderador de la sesión, me vio en mi estado lamentable y me dijo: "primera charla, ¿eh?". Le respondí con un argggggg muy bajito. Fue llegando la gente, bajaron las luces, encendieron el proyector, me presentaron, me levanté, me acerqué al estrado... y me tropecé.

Hay que recordar que eran otros tiempos. Los neolíticos, más o menos. En aquel entonces no se había inventado el PowerPoint ni nada de eso. De hecho, apenas se había inventado la rueda. Las transparencias eran de esas de plástico sobre las que escribías con rotuladores de colores. Se me cayeron todas por el suelo.

Cuarto de hora más tarde las tenía todas colocadas y me puse a empezar mi charla.

Bueno, una transparencia de aquellas puede colocarse de cuatro formas diferentes sobre el proyector: del derecho y hacia arriba, del derecho y hacia abajo, y del revés ya sea para un lado o para el otro. Uno esperaría que en el peor de los casos a la cuarta fuera la vencida. Pues no: coloqué y recoloqué la puta transparencia unas siete veces hasta que la imagen salió bien. Me sudaban hasta las uñas de los pies.

Empecé mi charla mirándome hacia los zapatos. A mitad de ella me fui envalentonando y me atreví a mirar a la audiencia. Todos me miraban con esa cara con la que miras a dos perros copulando en plena calle. Me di cuenta que con los nervios había perdido el hilo de mi charla en inglés y que llevaba un rato hablando en español.

"Ejquiusmi, aim sorri", dije, y tuve que volver a empezar de nuevo.

No hubieron preguntas.

Si sobreviví a eso, puedo sobrevivir a cualquier acto público. Incluso a este.

Así que, como veis, es difícil transmitir lo que hacemos los investigadores, incluso a otros investigadores, y eso incluso cuando sabemos de lo que hablamos.
 

Imaginad cuando no sabemos muy bien de lo que hablamos.
 

Como ahora, porque yo venía aquí realmente a hablaros de la materia oscura, algo que nadie en realidad sabe bien qué es. Solo sabemos de ella que existe, y que hay mucha, pero no tenemos claro ni dónde está ni cómo se comporta.
 

El Universo, veréis, se parece mucho a una estrella de Hollywood: a ambos les gusta quitarse años y kilos. Tú miras al Universo así de lejos y le echas como mucho unos nueve o diez mil millones de años. Pero luego le observas más en detalle, te fijas en sus arrugas en las microondas, y te das cuenta de que de trece mil millones y pico no baja. Lo mismo pasa con sus kilos: pesa más de lo que aparenta. Tal vez sea porque viste de negro, que es un color muy apañado para estas cosas.
 

Y os preguntaréis cómo porras hacemos para pesar estrellas y galaxias, si no podemos tocarlas ni ponerlas en una báscula, ni aunque sea una báscula de Bilbao. La respuesta es sencilla y tiene también mucho que ver con el éxito de las estrellas de cine: todo se reduce a la atracción. Por eso Scarlett Johansson tiene un caché mucho más alto que Paz Padilla. En el caso de los cuerpos celestes, la atracción se debe a la gravedad y podemos medirla observando el efecto que unos cuerpos tienen en las órbitas de otros. Pues bien: gracias a eso, sabemos que las galaxias pesan entre cinco y diez veces más que las estrellas que ellas contienen. Resulta que en el Universo también hay una Caja B. La mayor parte de la masa que existe está así como muy "en black", para que nos entendamos. Para seguir con la analogía, la materia oscura es como los billetes de quinientos euros: haberlos, haylos, pero nadie los ha visto jamás. "Un amigo de un amigo de mi cuñado dice que una vez tuvo uno entre las manos"...
 

Sabemos que esa materia "en black", que no vemos, es poco sociable. Sólo se relaciona con el resto de cosas a través de su gravedad, pero ni emite ni absorbe luz, ni tiene carga eléctrica, ni sabe a nada. Engorda, pero no alimenta: igual que los cruasanes que me zampo yo por las mañanas. Sabemos que no se acumula demasiado en escalas del tamaño del Sistema Solar, porque si lo hiciera los ayuntamientos ya habrían encontrado la forma de recalificarla, y que no está formada por átomos como los nuestros, porque si lo hiciera alguien sacaría algún modo de cobrarnos impuestos por ella.
 

Atendiendo a la velocidad a la que se pueden mover sus partículas, los astrofísicos distinguimos entre materia oscura caliente, fría o templada. Si la mayor parte de la materia oscura fuera caliente, el Universo no tendría galaxias ni estrellas ni planetas y sería un lugar más aburrido que una lectura de poemas de Sánchez-Dragó. Así que la mayor parte de la materia oscura ha de ser fría, como Angela Merkel. Aparte de eso, no sabemos mucho.
 

Hay un montón de teorías acerca del origen y composición de la materia oscura. Mi favorita es la que dice que la materia oscura está constituida por todos los calcetines desemparejados que desaparecen en la lavadora. Otra teoría popular, pero menos divertida, es que son partículas parecidas a neutrinos pero muy pesadas, fuera del modelo estándar de partículas y que aún no han sido detectadas por los aceleradores. Esto, en realidad, tampoco es decir mucho, pero suena bastante impresionante así para soltarlo una noche de borrachera en un bar.
 

Pero llegamos a la pregunta del millón: y todo esto, ¿para qué sirve? A mí, para hacer un monólogo. Y también para una cosa muy importante: no tenemos muy claro lo que es esta materia, pero sabemos que existe y que si no fuera por ella nunca se habría formado la Tierra ni existirían programas como Mujeres y Hombres y Viceversa. Alguien tiene que descubrir lo antes posible a qué es debido todo esto, para evitar que sucedan cosas así en el futuro, si es posible.
 
¡Gracias!












septiembre 12, 2015

Frases famosas

"Hola, buenos días"
François-Marie Arouet, más conocido como Voltaire, 1754 

Todo novelista moderno que se precie debe tener una buena  colección de citas para encabezar sus capítulos. Es un elemento de estilo fundamental en la prosa de hoy en día: indica claramente a todos, desde editores a lectores, que el autor o autora es una persona culta, leída, cosmopolita, profunda, con una rica vida interior. El contenido del capítulo es lo de menos si eres capaz de encabezarlo con una sentencia de Séneca o de Mallarmé. Por este motivo uno de los géneros más vendidos en las librerías es, junto con el de los almanaques multiuso, el de recopilaciones de citas célebres, que le permiten a uno parecer inteligente sin necesidad de ser nada de eso.


Creo que el mercado aún no está saturado. Hay un montón de panolis autores españoles deseando entrar en el Parnaso de nuestra generación y que por desgracia no son capaces de leer ni siquiera un libro de citas si no está escrito en formato WhatsApp. Para ellos, y esperando que me hagan al menos un pequeño gesto de agradecimiento (preferiblemente en efectivo, pero también acepto cheques) cuando ganen el Premio Planeta, va esta lista de citas y epigramas célebres que lo mismo valen para un roto que para un descosido:



"Tus ojos son como globos oculares para mí"
Severo Ochoa de Albornoz, médico y poetiso español, 1949

"Por favor, ¿quién es la última?"
Barack Obama, Presidente de los EEUU, en la cola de la pescadería

"Últimamente no me encuentro muy católico"
Martín Lutero, teólogo del siglo XVI, poco antes de morir

"Basta ya de cántigas, que traigan las albóndigas"
Alfonso X, el Hambriento

"Son las siete y cuarto"
Ana Obregón, actriz y bióloga, al preguntarle un señor la hora

 "Me has dejado, Rosalinda, y por esto yo me tomaré cruel venganza de todas las mujeres del mundo"
Fredinando von Heel, inventor de los zapatos de tacón

"Estoy harta de los ronquidos de mi marido"
Madame de Pompadour, aristócrata y cortesana francesa

"Mi partido siempre ha sido un firme defensor de las bodas homosexuales"
Mariano Rajoy, estadista, en la boda de Maroto

"Oiga, no me pise lo fregao"
Sharon Stone, actriz, a una vecina de escalera



Y ya solo me queda despedirme hasta la próxima entrada, diciendo como solía hacer Protágoras en estas situaciones: "hasta luego".


agosto 21, 2015

Segovia detallada

Segovia es una de las ciudades más visitadas de España. Todo el mundo conoce Segovia. Tú, amable lector, seguro que has estado varias veces en Segovia. Crees que conoces Segovia, ¿verdad? 

No tienes ni puta idea.

Yo he vivido décadas en Segovia y todavía no la conozco. Una ciudad de apenas cuarenta y cinco mil habitantes que se atraviesa de un extremo a otro en veinte minutos a pie, y la mayor parte de segovianos aún no sabemos por dónde nos movemos.

Estando estos días por la ciudad, y permitiéndome el lujo de hacer de turista en mi propia tierra con mi nueva-vieja cámara de fotos (he cambiado mi máquina por otra de segunda mano ligeramente mejor) he tenido la sorpresa de descubrir bastantes cosas que no conocía, entre ellas toda una iglesia románica del siglo XII de la cual no sabía nada hasta hace unos días, y redescubrir otra buena cantidad de lugares y detalles en los que apenas había reparado.


Detalle en filigrana de la Iglesia de San Andrés

Aparte de en el interior de la antigua sede de la Caja de Ahorros, en Segovia también existen algunos ejemplos de art nouveau, como esta fachada en plena Calle Real


La vieja iglesia de San Miguel, donde se coronó a la Reina Isabel, ocupaba el espacio de la actual Plaza Mayor, y fue demolida y reconstruida unos metros más allá. En su fachada se conservan aún elementos de la vieja construcción románica

Las vidrieras de la Catedral también son bellas vistas desde fuera

Escudo completo en la fachada de la Catedral

Hear me Roar!

Baldosa conmemorativa de la red de antiguas juderías españolas

Casi no quedan ejemplos así de buenos de la arquitectura tradicional castellana

La Plaza de la Merced es un remanso verde de tranquilidad justo a dos pasos de las hordas de turistas salvajes que, por mucho que los detestemos, nos dan de comer


Una obra de Maurice Fromkes
La Química moderna nació en Segovia gracias a Proust, quien enunció su Ley de las Proporciones Definidas mientras trabajaba en la Academia de Artillería de Segovia
Aspilleras del Alcázar de Segovia. La mayoría de ellas son sólo decorativas

El reostro de la Mujer Muerta, azul rodeado de verde

No me miréis con esa cara de sorpresa


Entre las calles Daoiz y Velarde se abren callejones frescos y estrechos. Algunos de ellos conducen a plazas que sólo los vecinos visitan

Esgrafiado segoviano, un arte heredado de los árabes que aún se aplica a las construcciones modernas




La Casa del Siglo XV, uno de los mejores ejemplos de palacio renacentista de la ciudad

La Iglesia de los jesuitas, también conocida como del seminario, contrasta con el románico y gótico del resto de la ciudad ofreciendo una severa fachada almohadillada del siglo XVI

La extraordinaria iglesia románica y el barrio de San Lorenzo presentan la paradoja de que, siendo visibles desde casi toda la ciudad, son de lo menos visitado por los turistas

Juntos con los de San Millán, los capiteles de San Lorenzo se explican en libros de Historia del Arte a lo largo y ancho del mundo entero

Verdor y frescura a orillas del Eresma

La iglesia de San Pedro de los Picos, construida en el siglo XII y abandonada desde el XVII. Con razón yo ni sabía de su existencia

Puerta de San Pedro de los Picos

El Torreón de Hércules, visto desde detrás de la Plaza de la Trinidad

Monumento al Ku Kux Klan, y cubo de basura donde meterlo

Un portal clásico

Pasadizos del Seminario

El palacio de Enrique IV pudo ser el centro neurálgico de la ciudad y de Castilla, pero Isabel se salió con la suya y el edificio se quedó en monasterio

Gótico isabelino

La sobriedad de exterior disimula el fulgor del tesoro artístico de San Antonio el Real

Campanario de Santa Rita, uno de los muchos (demasiados) conventos de clausura que aún plagan Segovia

Antiguo claustro de San Antonio, hoy hotel

Mojón en el nacimiento del Acueducto. Al fondo se ve el barrio de mis padres

Y cómo no, un atardecer desde mi antiguo dormitorio

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