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mayo 08, 2016

Los ingleses son todos feos...

...y en el Reino Unido se come mal, y allí siempre llueve, y Londres es una ciudad fea y gris, y como en España no se vive en ningún sitio: pffffft.



























¡Los estereotipos son caca!
 

mayo 04, 2016

The Attendant

Sé que me repito más que un bocadillo de morcilla frita, pero las cosas hay que decirlas tal y como son: el osezno me lleva a sitios. 

En esta ocasión me llevó a los que posiblemente sean los urinarios públicos más interesantes de todo Londres para un caballero con mis particulares gustos y apetencias. La experiencia no defraudó lo más mínimo. Y mira que no es algo habitual en mí el meterme en un baño público, arrimarme a los urinarios y lanzarme a llenarme la boca así como así, pero en ocasiones especiales hay que dejarse llevar. La vida es demasiado corta.

Me encantó. Tengo que reconocer que incluso repetí sin el menor remordimiento.

The Attendant es una de las cafeterías más raras que he visto en mi vida: los dueños se hicieron con unos viejos baños públicos subterráneos de la época victoriana en el barrio londinense de Fitzrovia y los convirtieron en cafetería... dejando intactos los viejos urinarios, cisternas e incluso lavamanos como parte fundamental de la decoración. Llegas, te pides un café y un trozo de tarta, te vas a tu meadero y te los tomas tan feliz.

Ya no saben qué inventar.


El lugar es diminuto. De hecho, la parte más espaciosa relativamente es el propio cuarto de baño en sí, que desconozco si era letrina victoriana o no.


El lugar tiene reputación de servir uno de los mejores cafés de Londres, todo muy orgánico, sostenible, permacultural y esas cosas que están de moda ahora, y una selección de pasteles que son una oda al colesterolazo y la hiperglucemia. En concreto, el salt caramel brownie está para morirse de rico y fue lo que repetimos tanto el osezno como un servidor. A la mierda la operación bikini (¡como si alguna vez me la hubiera tomado en serio!).

El bote de propinas tiene un propósito muy definido: permitir a los camareros y camareras aumentar el número de tatuajes que llevan, cosa que parece bastante difícil a simple vista.

Jamás pensé que iba a disfrutar tanto metiéndome cosas en el cuerpo en un cuarto de baño, en vez de sacándolas. ¡Vivir para ver!


mayo 02, 2016

L.A.M.

Imagínate un mercadillo de los domingos, solo que en vez de estar al abierto ocupa tres plantas de un edificio de negocios en plena City londinense: algo lógico, teniendo en cuenta lo repelente del clima británico. Allí, en un ambiente relajado y amigable, con buena música, bebidas a mansalva y con abundantes raciones de tartitas y cupcakes monísimas y caseras hechas por los propios comerciantes, distintos puestos exponen artesanías que esforzados talleres de toda la Gran Bretaña han estado preparando con todo su amor durante el invierno. La gente es amable, sonriente, cálida y apenas te pega latigazos de vez en cuando, todo de muy buen rollito.


Se trata del London Alternative Market (L.A.M.), la feria-mercado mensual de estilos de vida alternativos, fetichismo, BDSM, leather y demás parafilias de Londres. Allí podrás encontrar de todo: fustas, látigos, arneses, mordazas, plugs, sondas, electrodos, ceras, disfraces de poni, agujas, guantes para el fisting, caretas, corsés, piercings y todo el material imaginable para zurrar, apalear, abofetear, atar, escarificar, electrocutar, inmovilizar, asfixiar, chamuscar, marcar, sodomizar, pinchar, someter, estrujar, retorcer, torturar, sofocar, estrangular, aplastar, estirar o flagelar a tus amigos.




El L.A.M. se celebra cada primer domingo de mes y comienza con el mercadillo, continúa con una serie de workshops y cursillos de variada índole y acaba con una afterparty en la que la gente puede probar sus nuevos juguetes con los amigos, todo ello por supuesto atendido por un exquisito cátering, té y pastitas al más puro estilo inglés, en un edificio señorial, con unas mazmorras de lo más cucas y con una sala de reuniones para los workshops de lo más cinematográfica:


No es que sea mucho mi tipo de ambiente. Aunque siempre he tenido un cierto fetichismo estético con el cuero y curiosidad por jugar a ser la parte dominante de una relación BDSM, en la práctica nunca he llegado a más que al ocasional abuso verbal de llamar "puta zorra viciosa" y lindezas por el estilo a algún casado cuando éste me lo ha pedido (y los casados, no sé por qué, suelen ser de pedirlo mucho). 

Pero como de todo hay que probar, y teníamos unas cuantas horas antes de marcharnos al aeropuerto, allí que me llevó el señor osezno, que ha sido mi sherpa en esta visita londinense. Me encanta dejarme llevar.

Cosas que me llamaron bastante la atención: lo principal, el buen rollo que había. Los comerciantes eran todo amor y te contaban con profusión de detalles las distintas torturas escalofriantes que se podían realizar con sus palas conductoras de la electricidad, manteniendo siempre una gran sonrisa y con esa completa naturalidad con que la frutera de toda la vida te comenta que esta semana le han llegado unas fresas estupendas. Por no hablar de las tartas glaseadas, los bizcochos en forma de potro de tortura y las muffins caseras. También me llamó la atención el ver este tipo de cosas en un ambiente casi completamente heterosexual: uno ya está acostumbrado a ver tipos encuerados escupiéndoles a la boca a otros tipos encuerados,  pero es menos habitual para mí ver toda la enorme variedad de parafernalia por y para mujeres. Y ese fue el tercer motivo de sorpresa: ver una mayoría de asistencia femenina tanto entre los comerciantes como en la clientela.  No sabía que hubiera tantas mujeres interesadas en retorcerles las pelotas, literalmente, a sus amantes.


No nos quedamos a la afterparty. Como decía antes, teníamos que ir hacia el aeropuerto, y aunque no tuviéramos que haberlo hecho dudo que hubiésemos tenido el valor de quedarnos. Una cosa es tener curiosidad y asomar un poco el hocico, y otra muy distinta tirarse a la piscina...





abril 29, 2016

The Book of Mormon

La lobá (consúltese el diccionario Mocho-Español) del viaje fueron dos entradas para ver The Book of Mormon, el musical más irreverente y chalado del West End. Y fue una lobá en toda regla: 97 libras y media por persona, sin contar el vinillo del intermedio. Pero mereció la pena: estuvimos en tercera fila, lo suficientemente cerca como para ver los esputos de los actores pero lo suficientemente lejos como para no ser rociados por ellos, y lo pasamos como enanos.







Curioso tema para un musical, el mormonismo. De todas las religiones absurdas que conozco, la mormona es una de mis favoritas, no solamente por sus orígenes surrealistas sino por lo de los títulos: una religión en la que el rango más bajo posible lleva el nombre de "elder" –anciano– es lo más parecido que existe a mi fantasía de fundar una sociedad secreta en la que nada más entrar ya seas "Gran e Ilustrísimo Maestre de las Siete Llaves del Contabernáculo Celeste con Ribetes Decorativos", y de ahí en adelante.

El tema se aparta del clásico argumento del típico musical (el tenor quiere follarse a la soprano, pero el barítono se interpone). Éste va sobre una parejita de misioneros mormones novatos (elders), uno un poco tontaina y bonachón y el otro un poco tontaina y ambicioso, a los que asignan su primer destino. Es el momento de hacer grandes cosas, de dejar huella en el mundo, de pasar a la posteridad los dos, pero sobre todo uno de los dos.


Ese uno de los dos sueña con que su primer destino sea el lugar más maravilloso y mágico del mundo, la tierra prometida a la que todos desean ir: Orlando

Lógicamente, les destinan a Uganda.

Los dos jóvenes llegan con toda la ilusión de evangelizar y se encuentran con una población que no puede estar menos interesadas en chorradas teológicas, teniendo como tienen que ocuparse de cosas más apremiantes como la tiranía de los señores de la guerra, la miseria, el SIDA, el hambre y las sequías. Cuando los mormones preguntan a los nativos qué relación tienen con Dios, éstos les responden con un tema que nos recuerda al Hakuna Matata de El Rey León: "Hasa diga eebowai". Literamente: "¡que te follen, Dios!" (en el coño).


Enfrentados a una misión imposible y a la pasividad de sus propios compañeros, los muchachos se ven obligados a elegir entre fracasar en su misión o hacer lo que se supone que un mormón nunca debe hacer (aparte de beber café): mentir como un bellaco.

Y esto da una idea del tono general del musical:  lenguaje no apto para menores, señores de la guerra obsesionados con la amenaza de los clítoris, jefes de misión con homosexualidad reprimida (o no tan reprimida), mentiras, metáforas, gente que se folla lagartos y mucha, muchísima mala leche. Eso sí, como ya estáis oyendo el nivel musical no es ni mucho menos el de un West Side Story, ni el de un Los Miserables, ni siquiera el de un Cats. Está más bien en la liga de un Spamalot, y casi igual de divertido.


We are the sunrise on the Savannah...
A monkey with a banana...
A tribal woman who doesn't wear a bra...

Curiosamente, aunque sea satírico The Book of Mormon no es un musical que deje particularmente mal parada a la religión. Solo se mete con los que se escudan en los altos ideales la religión para olvidarse de los problemas reales del mundo. Los propios mormones, que son listos como ellos solos, aprovechan en Estados Unidos para contratar publicidad en el Playbill: "ahora que has visto el musical, ¿qué tal si te lees el Libro?". ¡Tengo la sospecha de que la Iglesia Católica no tendría tanto sentido del humor en su lugar!




abril 27, 2016

Cosas que no aprenderás en la Wikipedia: Educando Al Populacho

Siempre se dice que hay que tener amigos hasta en el infierno, y con razón. No existiendo el Infierno como ente ni físico ni probablemente teológico –Ratzinger lo dejó reducido a un "estado mental"–, lo mejor es tener amigos en el museo. Se aprenden cosas.

El muy británico amigo conservador de museo del osezno nos contó la siguiente historia: el museo Victoria & Albert de Londres fue el primero del mundo en tener un restaurante y cafetería públicos. Formaba parte del programa emprendido por la reina Victoria y su marido, el príncipe Alberto, para elevar culturalmente a las masas plebeyas del Imperio. Se trataba de un objetivo desinteresadamente interesado: allá por los años cincuenta del siglo XIX, el poderío económico en Europa se estaba desplazando desde la cuna de la Revolución Industrial hacia las llanuras prusianas, y eso era algo que debía evitarse a toda costa. Los consejeros de la Reina identificaron como causa de la naciente pujanza comercial de lo que hoy llamamos Alemania a la existencia de una floreciente mediana burguesía consumista. Se decidió que Inglaterra tenía que tener también esa cosa llamada Clase Media. Para lo cual era necesario elevar al populacho por encima de sus ramplones instintos.

Se abrieron museos de "artes menores" para inspirar a la gentuza, y como al pueblo se le conquista mejor con la panza llena se dotaron dichos museos de cafeterías donde poder tomar un té con pastas, como la gente de bien.

La cafetería del Victoria & Albert cuenta con tres salas principales: una grande y profusamente decorada con vidrieras y estucos dorados repletos de alegorías, y dos laterales más pequeñas, una cubierta de frescos y la otra con una decoración austera y fría. Las tres salas fueron separadas por clases, como dicta el sistema de castas inglés: una cafetería de primera clase, una de segunda y finalmente una de tercera clase (working class, eso lo dice todo). Adivinen qué sala era para cada clase.

Salón de tercera
Salón de segunda
Salón de primera

En efecto: la lógica inglesa, que no es la española (y por eso a ellos les va mejor que a nosotros) dicta que la sala lujoso-hortera ha de ser la de Tercera Clase, mientras que los lords y sus ladies tomaban el té y los scones en la sala oscura y sin apenas decoración.

¿Y por qué había de ser así? Porque a las clases obreras había que inspirarlas y hacerlas querer algo mejor a través del esfuerzo, el estudio y el trabajo. A los nobles no había que inspirarles a nada, sólo había que servirles el té.

Todo esto dice un montón acerca de la mentalidad anglosajona. Que sea algo bueno o malo, aún no lo tengo muy claro. Pero desde luego, dice mucho.




abril 14, 2016

Floripondios y quejismos

El hecho es que estoy sin portátil, y eso hace que me suba por las paredes.

Tiene pinta de ser la tarjeta gráfica. Eso me han dicho los del servicio de reparaciones, después de una semana. No tengo ni idea de cuándo lo tendré arreglado.

Al menos, no he perdido nada, porque soy un obseso de las copias de seguridad.

Todo esto va en desmedro de mi vida laboral, artística, social y autoerótica. No tengo cacharro donde dejar en marcha mis cálculos de Mathematica en las horas sueltas, no puedo llevarme mis artículos conmigo, no tengo donde procesar las fotos que hago, no puedo escribir a gusto en el blog (no es que lo estuviera haciendo mucho de todas formas, últimamente), me da pereza poner memeces en Facebook con el móvil y ni siquiera puedo ver a gusto el porno del que se alimentan mis pajas. 

Lo dicho: que me subo por las paredes.

Tengo unas dos mil ochocientas fotos que hice en el viaje a Londres esperando ser editadas, ordenadas y seleccionadas. Me desespero.

Me dio tiempo a trabajar con unas pocas antes de que cascara el ordenador. Flores, mayormente, sacadas en el jardín botánico de Kew Gardens. Muy cursi y primaveral todo. Hasta que no me solucionen lo de la tarjeta gráfica, esto es lo único que puedo compartir.










La última no es de flores, sino de ardilla, y placa conmemorativa. Los anglosajones son muy dados a dedicar los bancos de sus parques a los fallecidos. En este caso, nada menos, los pilotos del triste Lockerbie. ¡Curiosas costumbres!

 

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