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abril 27, 2019

La tercera, a la izquierda (VIII)

Que uno sea analfabeto no significa que no pueda conocer las convenciones literarias propias del género detectivesco. Yo había visto las suficientes películas y series de televisión para saber que cuando un caso ha llegado a un aparente impasse, la solución suele presentarse cuando el protagonista –generalmente una vieja repelente y metomentodo– reúne a todos los sospechosos en una habitación y les canta las cuarenta. Así pues, mis siguientes pasos estaban claros.

Lo primero era conseguir juntar a todos los representantes de la Unidad de la Izquierda bajo un mismo techo. No iba a ser nada fácil. Pero se me había ocurrido una idea. Dado que gran parte de los aspirantes a político de este país aún practican esa ancestral costumbre hispana de leer titulares de periódico para poder sacar conclusiones apresuradas, dirigí mis pasos a las oficinas del "Boo de Piélagos Times",  el decano de nuestra prensa. Uno de sus reporteros, cuyo nombre no diré aquí que era Menesio Tripancha para salvaguardar su derecho a la intimidad, me debía un favor. Hacía unos años, su mujer había contratado mis servicios pues había comenzado a sospechar que su marido podía estar siéndole infiel tras encontrarle en la cama con una preciosa agente de seguros; durante varias semanas me convertí en la sombra del periodista, siguiéndole a todos los puticlubs de la ciudad, e incluso llegué a desarrollar una bonita amistad online con él a través de un perfil falso bajo el seudónimo Güendoline que me creé a tal efecto en maridosinfieles.com, pero no logré dar con ninguna pista que ratificara las sospechas de la desconfiada esposa. Cuando se destapó el pastel –en nuestra cita Menesio se dio cuenta rápidamente de que mi lustrosa cabellera rubia era una peluca– el periodista, lejos de enfadarse, me agradeció efusivamente no haberle descubierto ante su mujer, pensando que yo le había encubierto por algún tipo de camadería masculina. Jamás logré entender a qué se refería, pero como nunca está de más que alguien te deba un favor, nunca había hecho esfuerzo alguno por sacarle de su error.

Me entristeció la precariedad de las condiciones de trabajo de los articulistas del "Times". Menesio tenía tan poco espacio en su cubículo que cuando entré en él me topé con su becaria agazapada debajo de la mesa del escritor. Subiéndose la bragueta, Menesio le pidió a la muchacha –Chati, creo que se llamaba– que saliera del cubículo para que pudiéramos hablar tranquilamente. No me andé con rodeos: le pedí como favor personal que colara en la edición del día siguiente esta noticia:


LA IZQUIERDA CÁNTABRA SE REÚNE BAJO UN MISMO ESLÓGAN EN EL PARLAMENTO
La reunión será esta tarde a las 17:00 horas en la sede del Parlamento, acceso Oeste

Bla bla bla bla bla bla, blablablá, bla bla ba, blablabla, blabla, bláblabla blablá, bla, bla,   bla bla bla bla, blablablá, bla bla ba, blablabla, blabla, bláblabla blablá, bla, bla, bla bla bla bla, blablablá, bla bla ba, blablabla, blabla, bláblabla blablá, bla, bla,  bla bla bla bla, blablablá, bla bla ba, blablabla, blabla, bláblabla blablá, bla, bla,  bla bla bla bla, blablablá, bla bla ba, blablabla, blabla, bláblabla blablá, bla, bla,   bla bla bla bla, blablablá, bla bla ba, blablabla, blabla, bláblabla blablá, bla, bla,   bla bla bla bla, blablablá, bla bla ba, blablabla, blabla, bláblabla blablá, bla, bla,   bla bla bla bla, blablablá, bla bla ba, blablabla, blabla, bláblabla blablá, bla, bla,   bla bla bla bla, blablablá, bla bla ba, blablabla, blabla, bláblabla blablá, bla, bla,  etc,


La parte del blablablá era literal; como he dicho antes, nadie en este país lee más allá de los titulares, salvo tal vez en las secciones deportiva y de contactos.   Menesio accedió a hacerme el favor, tras lo cual nos despedimos efusivamente y me dispuse a continuar las siguientes fases de mi plan maestro.

El segundo punto era descansar un poco. La noticia no saldría hasta el día siguiente y yo necesitaba estar fresco para el grand finale. Me dirigí al zoo, que ya estaba a punto de cerrar sus puertas. Uno de los cuidadores me deja dormir ocasionalmente en el recinto de las mofetas a cambio de que le sustituyera en el servicio de limpiar los excrementos de tan simpáticos mustélidos. Era un acuerdo mutuamente beneficioso para los dos, aunque las mofetas no parecían nada contentas con el arreglo; al parecer, les molestaba bastante mi olor corporal.

A la mañana siguiente, bien descansado y calentito tras haber dormido diez horas entre paja y boñiga de mofeta, me dispuse a acometer la siguiente parte de mi plan. Me dirigí a la agencia de detectives, saludé a la señorita Bustillo –muy concentrada en escribir un review sobre un artículo recientemente aparecido en la revista Bijdragen tot de Taal-, Land- en Volkenkunde– y me puse a rebuscar en nuestro almacén de vestuario. En este trabajo es frecuente tener que disfrazarse, por lo que a lo largo de los años habíamos ido acumulando una buena colección de vestimentas de lo más variopintas, entre los cuales destacaba nuestro pequeño muestrario de uniformes de azafata de Alitalia. En un par de horas hube encontrado lo necesario para caracterizarme de vieja odiosa: zapato plano, medias de color carne, modelito a lo Barbara Bush, collar de perlas más falsas que la sonrisa de Alfred de OT, bolsito con estampado de flores, pelucón y un sombrerito ridículo con un pájaro disecado.

Cuarto paso, comer algo. El pienso para mofetas del desayuno me había dejado con un poco de hambre y con la boca seca. En Chez Emil –ahora conocida como Chez Michel–, mi churrería francesa favorita, me pedí seis docenas de porras y litro y medio de chocolate caliente para mojar, apuntándolo todo como de costumbre a la cuenta de mi compañero y sin embargo amigo J. Arístides.

Con la panza llena, me dirigí al Parlamento, que es un enorme centro comercial con piscina climatizada y numerosos bares donde por algún motivo que se me escapa suelen reunirse nuestros políticos. Eran ya casi las seis de la tarde, pero como en este país todo el mundo llega tarde a todas partes confiaba en ser el primero en acudir a la cita. Así era, efectivamente. Saqué de mi bolso ovillo y un par de agujas y me puse a esperar pacientemente haciendo calceta.

Poco a poco fueron llegando los izquierdistas. Allí estaban la Koyabashi, el doctor Sméagol, Wendy, el señor Pelanas a.k.a. Wittgenstein, Zóspilo Legarreta, la catedrática Rupérez, entre otros, junto con algunos de los más eximios líderes de la izquierda parlamentaria entre los que reconocí a don Ceregumio Panette, Segismunda van der Pollo y mi viejo conocido Calpurnio Tirillas, amén de otros muchos intelectuales y perroflautas a de los que no había visto en mi vida. Al verse unos a otros, los prohombres (y promujeres) de la progresía nacional reaccionaron con cautela primero, desconfianza después y, una vez entrados en calor, a tortazo limpio en interesante batalla de todos contra todos. Antes de llegar a tener que lamentar –o agradecer, según el punto de vista– víctimas mortales, dejé mi labor (un precioso calcetín derecho, no sé hacer los del otro pie) y, alzando la voz, dije:
– ¡Señores! Perdón, señoras –corregí al ver la mirada envenada que me dirigía Wendy–. Perdón, señor@s –volví a corregir ante las oleadas de odio que empezaba a recibir–. L@s he reuníd@ aquí para...

– ¡Ese tipejo ha osado reunirnos!

– ¡Qué insolencia!

– ¡Aniquilémoslo!
De repente, mi aparición había proporcionado a la Izquierda española un objetivo común al cual odiar. Como un solo cuerpo, los asistentes empezaron a acercarse a mí, blandiendo amenazadoramente unos hoz y martillo, otros afiladas plumas estilográficas, otros aceradas acusaciones de incorrección política y/o mansplaining.

Hice lo que todo hombre de acción haría en un caso similar: salir corriendo a todo gas.

La Izquierda ilustrada y comprometida me pisaba los talones con furia homicida. Contra toda lógica, pero sujeto una vez más por las exigencias del cánon narrativo, dirgí mis zancadas hacia una escalera que ascendía hacia la azotea del edificio. Detrás de mí se escuchaban los gritos y aullidos de la jauría libertaria, exigiendo sangre humana. La puerta de la azotea estaba cerrada. Desesperado, entré en una sala poco usada del Parlamento llamada "hemiciclo". Mala elección. La enorme sala no tenía más accesos que la puerta por la que había entrado yo, otra similar colocada al este de la sala, y un ventanal en el lado norte. Pero por la entrada este hacía su aparición en ese momento, también a la carrera, una figura estrambótica y ridícula, perseguida a su vez por otra turba igualmente rabiosa y asesina.

Me costó trabajo reconocer al recién llegado, estando él también disfrazado y ambos corriendo. ¡Se trataba de mi socio J. Arístides! Venía ataviado con un pintoresco e impoluto traje que parecía de vendedor de linimentos del Far West, escarpines negros y un estrafalario bigote postizo de puntas tiesas y corte militar.
¡Amigo! –me gritó, abalanzándose hacia la ventana.

¡Amigo! –le grité, corriendo en paralelo hacia el mismo destino.
Llegamos al mismo tiempo al ventanal y, tras abrir él una de las gigantescas cristaleras, salimos al alféizar. Estábamos en la planta catorce. Por debajo de nosotros, a gran distancia, discurría el tráfico de la ciudad, indiferente a nuestras cuitas. La caída sería mortal sin duda alguna. No había escapatoria.
– Anda, Mike, ven a mi lado –dijo J. Arístides, sentándose en el alféizar y encendiendo su pipa con resignación–. Si vamos a morir, al menos que nos pille cómodamente sentados, ¿no crees?
Me senté a su lado, con la cabeza dándome vueltas por el vértigo. A nuestras espaldas los gritos de odio no paraban de crecer en intensidad.
– ¿Qué haces aquí, J. Arístides?

– Aunque suene increíble, estoy en mitad de un caso –me dijo.

– ¿En serio? Yo también.

– Inaudito –respondió–.  ¿Y en qué consiste tu caso, si se me permite preguntarlo?
La muerte segura que nos esperaba no terminaba de llegar, así que balanceando mis piernas sobre el abismo me dispuse a contárselo. Detrás nuestro empezaron a escucharse disparos y detonaciones de diversa consideración.
– Pues me han contratado para buscar la Unidad de la Izquierda. ¿Y a ti?

– A mi me han contratado para buscar la Honradez de la Derecha. 

– Curioso mundo –dije.

– Curioso, sí respondió él.
En el hemiciclo, las mentes más brillantes de ambos lados del espectro político se degollaban unos a otros. Atardecía en el horizonte nublado de Boo de Piélagos. Con un poco de suerte, los bomberos nos rescatarían cuando se atrevieran a entrar en el edificio a buscar supervivientes.




abril 23, 2019

La tercera, a la izquierda (VII)

Si hay algo fundamental en este negocio de la investigación privada, es tener una buena dentadura. Un detective ha de tener ojo de lince, pulso de hierro y corazón de hielo, pero sobre todo dientes como teclas de piano. Cuando uno está en el callejón, luchando por su vida en mitad de un tiroteo, ha de ser capaz de mirarle a la cara a la Muerte y sonreírle hasta que ésta aparte la mirada. Y créanme cuando les digo que en cuestión de premolares es difícil ganarle a esa vieja hija de puta que es la Parca. Yo acababa de dejarme la piñata en el depacho de doña Hermenéutica y en esas condiciones no me veía capaz de continuar mi misión. Consideré brevemente pasarme por la consulta del doctor Sméagol, el odontólogo marxista, pero ni mi bolsillo, ni mis neuronas ni mi ojete estaban en condiciones de poder permitirse una nueva consulta con él.

Afortunadamente soy un hombre de recursos. La Facultad de Odontología Brandy Soberano estaba a mano, y usando un par de ganzúas no me fue difícil colarme en el pequeño museo forense de la misma. Por una vez en la vida agradecí los recortes en Educación. Gracias a ellos, el rectorado hubiera tenido que cambiar su servicio de seguridad por una serie de carteles en los que ponía "¡ojo, no robar!" en letra comic sans.  Pero si bien esta infame tipografía impone mucho respeto y ganas de poner tierra por medio, no es obstáculo serio para un tipo barriobajero y desdentado como yo. En menos que canta un caribú ya estaba en la calle con una sonrisa nueva: concretamente la de José Antonio Primo de Rivera, que aunque me estaba un poco grande y tenía aún un desagradable retrogusto a formol, esperaba que me diera buenos resultados tanto en cuestión de imagen como de acometer futuros bocadillos de chorizo que pudieran interponerse en mi camino.

Solucionado el problema dental, extraje de mi bolsillo la fatídica lista y me dispuse a continuar mi búsqueda. Pero tantos sinsabores y peripecias que había vivido habían hecho que el sudor que de forma natural (y según se dice asaz hedionda) segrega mi epidermis hubiera terminado de corroer el papel y desdibujar su tinta, dejándolo ilegible y pegado a un trozo de chicle ya mascado.  Intenté limpiar por todos los medios los muchos pringues y residuos que enfangaban la celulosa, mas fue inútil: todo rastro de información había escapado irremediablemente de mi bolsillo, tal vez en pos de los euros que nunca retuve.

Aquello era un callejón sin salida. O, como diría mi compañero y sin embargo amigo J. Arístides, en su inmensa pedantería, un cul-de-sac. O, como diría yo, una puñeta.



Me senté sobre el césped del campus, desanimado. Al menos hacía buen tiempo y los charcos de lluvia apenas me llegaban a la sobaca. Había fracasado. Sentía ganas de llorar, pero en mi línea de trabajo no está bien visto hacer ese tipo de cosas, así que en su lugar empecé a morderme nerviosamente las uñas. De los pies. Los dientes de Primo de Rivera funcionaban perfectamente, al menos. Me sorprendía la intensidad de mi reacción emocional. Al fin y al cabo, el fracaso era algo a lo que la agencia de detectives J. Arístides & Socio estaba habituada: nos preciábamos de que nuestra tasa de casos resueltos era un número redondo. El 0%, concretamente. ¿Por qué este fracaso en particular me molestaba tanto, si ni siquiera habíamos sido capaces de resolver el famoso caso de el Sombrero Olvidado En El Tranvía?

A mi alrededor se desarrollaba, indiferente a mis cuitas, la vida universitaria. Los estudiantes deambulaban a mi alrededor ocupados en sus menesteres: beber kalimotxo, echar partidas de mus, intentar infructuosamente tirarle los tejos a algún otro ser humano. A mi derecha se alzaba un orgulloso ejemplar de olmo facultativo, especie caducifolia sólamente presente en los campus de nuestra geografía y caracterizada por poseer una durísima corteza constutuida únicamente por capas y más capas de grapas oxidadas y restos de papel semipodrido. En la única parte de corteza que aún quedaba libre podía leerse el mensaje: "BANESA TE HAMO", firmada por algún aspirante a filólogo. Un joven de aspecto descuidado, pelo con rastas descoloridas y olor a porro se acercó y colocó el siguiente cartel:

VOTA

CEREGUMIO PANETTE

Partido Comunista Reformado

Era uno más de los muchos pasquines electorales que adornaban el tronco de la venerable monocotiledónea. Aquello no habría tenido nada de raro, estando como estábamos en plena campaña electoral, si no fuera por lo que ocurrió apenas tres minutos más tarde. Un segundo joven, éste con gafas y camiseta de una banda de heavy,  se acercó al mismo lugar y tapó el cartel recién mencionado con otro que decía:

VOTA

SEGISMUNDA VAN DER POLLO

Partido Obrero Estajanovista

Dicho cartel fue a su vez eclipsado por un tercero en menos de cinco minutos, colocado esta vez por una animosa muchacha de aspecto gótico-renegrido:


VOTA

ESMERELDA McFLACON-PIAFFKA

Izquierda Troskista Reformada

Cartel que fue reemplazado en menos que tarda en cantarse "¡Arriba, parias de la Tierra!" por otro que rezaba:

VOTA

MELANIO PÉREZ-WITTGENSTEIN

Comunistas De Hoy En Día

Acto seguido volvió a aparecer el primer chaval, el de las rastas, quien procedió a tapar todos los anteriores carteles con un 

VOTA

EUSEBIO PENEQUE

Partido Comunista Independiente

No pude contener mi curiosidad. Acercándome a preguntarle (momento que fue aprovechado por una avispada mujer para colocar en el árbol un cartel con propaganda del Movimiento Proletario Radical), le dije:
– Oiga pollo, ¿no acaba usted de colocar aquí hace un momento un cartel del Partido Comunista Reformado?

–  ¿El PCR? No me hable de esos traidores. Son todos unos vendidos a los poderes fácticos. Nosotros, los del PCI, ya no nos hablamos con ellos.

–  Pero usted mismo estuvo colgando un cartel, yo mismo lo he visto.

– Ah, pero eso tiene fácil explicación. Yo antes militaba en el PCR, pero eso fue antes de junto con otros camaradas viéramos la luz en la Escisión de las 12:47.

–  ¿Me está diciendo que el PCI se fundó hace diez minutos?

– ¡Menuda estupidez está diciendo, so momia! –se indignó el joven–. El PCI se fundó en la Escisión de las 12:51 del PCR (que a su vez se había escindido a las 12:39 de Izquierda Inclusiva No Discriminatoria). Durante cuatro minutazos mis camaradas y yo fundamos el PLMR (Partido Leninista-Maoísta Revolucionario), hasta que nos dimos cuenta de que había cuatro de nosotros que querían adoptar un modelo asambleario, mientras que tres preferíamos organizar unas primarias. A los que se fueron, que creo que ahora son el PDA (Partido Democrático Autoritarista) les gusta ir diciendo por ahí que nos echaron, pero lo cierto es que fuimos nosotros quienes les expulsamos a ellos. ¡Sucios anarquistas! Huy, espere un momento, he recibido un mensaje por el grupo de WhatsApp –dijo mientras sacaba de su bolsillo el móvil y le echaba un vistazo–. Vaya, me he perdido la votación de escisión. Parece que me han echado del partido. Da igual.
Y ni corto ni perezoso sacó un cartel del tubo que llevaba a la espalda. "Menos mal que uno piensa en todo", dijo mientras lo pegaba en el árbol:

VOTA

CALPURNIO TIRILLAS

Asociación de Individualistas de Izquierdas

Ni se le ocurra hacer el chiste de Monty Python –me amenazó– o le romperé las piernas. Todo desde el talante de diálogo que nos caracteriza en la AII. 
Estando lejos de mi intención permitir que nadie me rompiera ninguna otra parte del organismo, me alejé del árbol, dejando al tal Calpurnio Tirillas litigando con un par de chicas del Frente de Liberación Social (ex Frente Social Socialista, ex Partido Socialista Trasversal Obrero, ex Frente Obrero Feminista, ex Unidas Por La Democracia Social) a golpe de brocha y pegamento.

Sólo me quedaba una opción viable.

(CONTINUARÁ)

marzo 18, 2019

La tercera, a la izquierda (VI)

Aprovechando que andaba cerca del Campus, decidí saltarme el orden de mi lista y dedicar  mi próximo interrogatorio a doña Hermenéutica Rupérez, catedrática de Estudios Culturales Comparados en la Facultad de Antropología y Sociología Risketos Sabor Barbacoa. Pero antes, y para preparar un poco el terreno, busqué una cabina y, utilizando para ello mi moneda falsa de las conferencias telefónicas, marqué el número de mi oficina.
Agencia de detectives privados J. Arístides & Mike, ¿en qué podemos ayudarle? –sonó la voz de contralto de nuestra secretaria, la señorita Bustillo.

Soy yo, el señor Mike –dije.

Ah, hola, encanto, ¿qué ocurre? El señor J. Arístides sigue sin aparecer. ¿Qué hago con las cartas de amenazas de muerte anónonimas de hoy?

A la chimenea, como de costumbre –respondí. En nuestra línea de trabajo, el odio es un buen remedio contra la pobreza energética–. Pero con quien quería hablar es con usted. Tengo una pregunta que hacerle.
La señorita Bustillo es una mujer de vicios retorcidos que, para escándalo y horror de su familia, había abandonado una prometedora carrera enseñando pechuga en el music hall para meterse a hacer un doctorado en antropología física y que, como tal, cursaba estudios en esta misma Facultad Risketos Sabor Barbacoa. Le pregunté si conocía de algo a la profesora Rupérez.
Claro que sí, guapi –me dijo–. Es un hueso de profesora. Me puso un miserable cinco en estudios africanos porque me negué a perforarme el labio y ponerme en él un plato de madera de quince centímetros, como hacen las mujeres mursis de la Etiopía citerior. Menos mal que fui capaz de compensar con un trabajo práctico sobre el sacrificio ritual del facóquero macho durante las fiestas del solsticio de la tribu Onaamwawe. No veas lo difícil que es localizar un facóquero vivo en Boo, encanto, y lo aparatoso que resulta luego deshacerse de cien kilos de artiodáctilo desollado no apto para el consumo humano. Pero conseguí aprobar, y no he vuelto a tratar con esa tipa desde entonces. No tiene estudiantes, que yo sepa. Nadie quiere hacer una tesis con ella. Se toma demasiado a pecho su trabajo.

¿A qué se refiere? –a pesar de las confianzas que la señorita Bustillo se toma conmigo, yo nunca tuteo a mis empleadas, y muchos menos cuando se trata de empleadas sin sueldo.

Ya lo verás, encanto. Ya lo verás –dijo emitiendo una risa vagamente inquietante–. Si vas a hablar con ella y quieres ablandarla, pídele que te firme un ejemplar de su último libro. Ya sabes que los catedráticos son gente de autoestima débil y nada les pone más contentos que un poco de adulación intelectual rastrera.
Yo en mi puta vida me había topado con un catedrático, pero tenía mucha experiencia patibularia y sabía perfectamente a qué se refería la señorita Bustillo. Todas las mentes sociopáticas se rigen por los mismos principios básicos. Armado con la información que me había pasado mi secretaria me planté en la librería del campus, rebusqué entre los ejemplares de teoría cultural –sitos entre los de antroposofía comparada y los de metarreligión simbólica– hasta dar con un ejemplar del libro que buscaba (H. Rupérez "Mirad Que Os Lo Avisé", ed. Χαζός, 2018), y procedí a birlarlo con esa habilidad que sólo una persona que ha pasado veinte años defendiendo la ley y el orden puede llegar a tener. Ya fuera de la librería y lejos de las cámaras de seguridad, saqué el libro y le eché un vistazo la contraportada. Aparecía la foto en blanco de doña Hermenéutica, una mujer de edad comprendida entre la vejez y la licuefacción, cuya augusta cabellera blanca aparecía engorrinada por multitud de rastas y trenzas con abalorios, y que miraba a cámara por encima de unas minúsculas gafas vestigiales colocadas sobre la punta de la nariz en el más puro estilo de hacerse la interesante a lo Sánchez Dragó. Bajo la foto podía leerse:


"En esta obra lúcida y transgresora, la profesora Hermenéutica Rupérez (Motilla del Palancar, 1952) deconstruye el paradigma hegemónico autorreferencial de la Cultura Occidental, descubriendo de forma ineluctable el horror vacui existencial de la sociedad mediática de principios de siglo XXI. El ideal ilustrado ha fracasado, conduciéndonos a través del sueño infundado en los conceptos de progreso y de libertad humana a través del ejercicio de la razón a simas insondables de horror y alienación. El mecanicismo y la fe en la ciencia positivista, afirma en estas páginas la profesora Rupérez, han deshumanizado las estructuras de relación interpresonal y han llevado como fruto a las grandes catástrofes de la era moderna, desde el auge del nazismo hasta la hegemonía imperialista de las corporaciones multinacionales de la industria láctea. Todo esto ya se veía venir, como viene avisando el pesimismo cultural desde hace décadas. Afortunadamente, concluye este libro, Occidente se aproxima a su completa autodestrucción, que ojalá llegue ya pronto, y tras el inminente apocalipsis la humanidad podrá retornar a un estado más feliz como especie cazadora-recolectora que fue y nunca debería haber dejado de ser."

No me daba tiempo a leer las ochocientas páginas del libro, así que tendría que conformarme con ese extracto. Con paso firme, me acerqué a la facultad Risketos Sabor Barbacoa y preguné al bedel por el despacho de doña Hermenéutica.
Su despacho el el ala norte del edificio –me dijo–. Sólo tenemos tres profesores, así que se han repartido el espacio como mejor han podido. Tome esto –añadió, pasándome un casco de obra–. Lo necesitará si quiere llegar con el occipucio entero.
Los tres profesores de la Facultad la habían dividido, en efecto, en tres naciones-estado en perpetua guerra la una con la otra. El ala sur estaba tomada por una materialista cultural de la escuela de Harris, que defendía su territorio a base de lanzas y flechas pero, sobre todo, de infraestructura. La zona central de la Facultad era feudo de un antropólogo neo-sustantivista de la escuela de Sahlins e incluía, como una de sus núcleos de poder más importantes, la cafetería, donde se podía pagar el bocadillo de tortilla de patatas ya fuese en euros o ejerciendo de forma simbólico-recíproca la Mutualidad del Ser (canjeable en caja por euros). El ala Norte, dominio absoluto de los relativistas culturales de la profesora Rupérez, era una zona colorida y abigarrada donde ninguna cultura era mejor que otra, pero sí había una peor que todas las demás: la occidental. El casco que me había dado el bedel me fue útil para evitar que me cayeran en la calva los excrementos que me tiraban los becarios, pero no sirvió para proteger mi gabardina de manchas de caca. Saltando sobre unas barricadas hechas con tótems de la Columbia Británica, entré a los pasillos del ala norte y, después de haber dado unas cuantas vueltas, llegué frente al despacho de la catedrática.
Ave María Purísima –saludé al entrar, como me habían enseñado los curas del orfanato en el que me crié.

¡Por Tutatis! –me respondió una voz cascada desde dentro del despacho–. Aquí no me venga con imprerialismos religiosos, so alfeñique. ¿Acaso no sabe usted que la figura de la Virgen María no es sino una forma temprana de apropiación cultural?
Iba a pedir disculpas, pero no tuve tiempo. Intentando entrar en la habitación mi pie enredó en unas cuerdas que había por el suelo –luego supe por mi interlocutora que se trataban de los cordeles de una tingsha tibetana– y tropecé, partiéndome la crisma contra unos cuencos tibetanos de plomo. Menos mal que aún llevaba el casco cubierto de guano, pero ni eso me libró de perder la mitad de los dientes que aún que quedaban.
–  ¡Oh cielos! –corrió hacia mí la profesora, preocupada– ¿Se ha roto algo?

–  Folamentde unos pocos molares –dije.

Aparte, imbécil –dijo, empujándome con una fuerza inusitada para semejante vejestorio–. Me refiero a mis cuencos de meditación. Ah, menos mal –suspiró, aliviada–. Están intactos. ¿Tiene un pañuelo? Gracias, gracias, pero no me sangre encima, hombre... hay que actuar ahora y quitar las manchas antes de que se les vaya el chi a los cuencos, ¿sabe? Me los regaló una sherpa en un viaje que hice a la provincia de Kandrahaklijar. Son muy preciados para mí.
Mientras la mujer se dedicaba a reparar la estructura kármica de sus cuencos, me detuve a sangrar en silencio y observar de paso su despacho. La enorme habitación era una leonera llena de libros y porquerías de todas las partes del mundo: escudos masai, atrapasueños Ojibwas, máscaras rituales indonesias, cabezas humanas reducidas de la tribu amazónica de los Shuar, kotekas peneanas de los papúes, afiladas phurbas, cencerros de los cucurrumachos de Navalosa, abanicos funerarios etruscos, cerbatanas yanomami, vasos canopos egipcios, dorjis nepalíes, amuletos Yoruba, brazaletes Kula, efigies-colibrí de Huitzilopochtli y, curiosamente, una nutrida colección de dhotis del sudeste indostánico aún con sus tradicionales zurraspas, todos colocados por las paredes, estanterías, mesas y suelos sin orden y concierto. La profesora Rupérez, con sus gafitas y vestida con lo que parecía ser una toca ceremonial celta, terminó por fin de cuidar de la limpieza física y el bienestar espiritual de su vajilla y pasó a dedicarme su atención.
–  ¿Le duele mucho? Ahora mismo le preparo una infusión de ayahuasca y cola de caballo. Es mano de santo para los dientes rotos.

–  ¿No tendrá mejor una aspirina? –pregunté.

–  No sea ridículo –respondió con desprecio–. Esas porquerías no son más que química. Los indios Tepanaka creían firmemente que con esta bebida que le voy a preparar se curaban todos los males del mundo. Eso, y que una montaña les hablaba. Qué pena que ya no queden indios Tepanaka. ¡La de cosas que podrían habernos enseñado!
La infusión sabía a rayos fritos y, si bien no me alivió para nada el dolor de encías, los efectos psicotrópicos de la ayahuasca lograron animarme un poco cuando empecé a ver al tintero y la grapadora lanzarse a bailar un animado foxtrot el uno con la otra. Saqué el libro que traía y le pedí a la profesora que me lo firmase.
Claro que sí, zagal, con mucho gusto –dijo–. ¿A nombre de quién la dedicatoria?

Máic –dije–. Máic, a sefas.

Perfecto –respondió ella, escribiendo con preciosa caligrafía de erudita "Para mi amigo y gran lector Maica Sefas, con mucho cariño"–. Así que le ha gustado mi libro. ¿Qué le ha parecido el capítulo en el que demuestro que jamás se ha vivido peor que ahora? 
Quise decirle que me había parecido de una agudeza extraordinaria, pero mi carencia de dientes y el hecho de que ella estaba sorda como una tapia dificultaban enormemente la comunicación. Cuando le hice notar que mis actuales problemas de dicción se debían al reciente encontronazo entre mis mandíbulas y sus trastos, ella me respondió toda ofendida:
Ha de saber que los dientes no son más que un constructo cultural. Los guerreros de la tribu Guatapiti se arrancaban los incisivos como forma de honrar a su dios Guataparti al cumplir la mayoría de edad,  y luego vivían tres o cuatro años tan felices alimentándose de sopas de ñame. Así que deje de lloriquear como un crío y dígame a qué ha venido aquí, porque lo del libro no cuela y me espera una día muy ocupado pensando en formas en las cuales el colonialismo blanco ha destruído el mundo.
Las paredes y el techo de la habitación se habían vuelto de color violeta y se habían animado a unirse al tintero y la grapadora en su bailoteo, lo cual era bastante fascinante pero me estaba haciendo sentir unas crecientes ganas de potar. Le conté lo de mi búsqueda de la Unidad de la Izquierda y que su nombre había aparecido por algún motivo entre una lista de sospechosos de haberla visto por última vez, y que si por favor podía ayudarme en mis pesquisas.
¿La Unidad de la Izquierda? –me dijo–. Está usted de suerte, muchacho. La Izquierda siempre ha estado en las facultades de humanidades. Yo misma he dedicado mi carrera a demostrar que todo lo que ha ocurrido desde la (mal llamada) Ilustración es un tremendo error y que Occidente es una malévola maquinaria diseñada para violar y fagocitar a culturas milenarias mucho más sabia que la nuestra, como por ejemplo la de los fueguinos. ¡Los fueguinos! ¿Es que nadie piensa en los fueguinos? Les hemos sacado de su estado prístino de felicidad, ¿y qué les hemos dado a cambio? Sartenes antiadherentes. ¡Antiadherentes! Si eso no son imperialismo y opresión culturales, pollo, dígame usted qué lo es. 

Entonces... ¿la Unidad de la Izquierda...?

La Unidad de la Izquierda no existe, porque la Izquierda es poliédrica y multicultural, y por lo tanto solo puede ser entendida como una manifestación subjetiva del yo. Pero vamos, entre nosotros, que la verdadera izquierda es la que puede usted leer en mis publicaciones, y en cuanto consiga exterminar (académicamente, se entiende) a los etnocentristas, los supremacistas y los postitivistas, mis ideas tendrán mucha más difusión y podrán ayudar a las gentes del mundo a sacudirse el yugo del pensamiento unitario. Es solo cuestión de tiempo que todos lo admitan y se reúnan bajo mi égida...
Le di las gracias por su valiosa ayuda, recogí mis dientes esparcidos por el suelo como pude, vomité en un cáliz ritual Haniwa y me marché antes de que me lanzara algún hechizo subsahariano o algo por el estilo.


(CONTINUARÁ)




marzo 09, 2019

La tercera, a la izquierda (V)

El siguiente nombre en mi lista pertenecía a un tal Zóspilo Legarreta. No indicaba dirección particular, pero según la información que me había conseguido el Fuencislo solía gustar de pasar largas horas haciéndose el encontradizo en cierta cafetería de la calle Gingivitis, justo enfrente de la Facultad de Filosofía y Letras Häagen-Dazs de la Universidad Internacional de Boo de Piélagos.  

Al leer el nombre de venerable universidad sentí mis gafas inundarse de lágrimas. ¡Qué tiempos! Este es un dato poco conocido de mi biografía, pero lo cierto es que a pesar de mi fama de tipo duro y de hombre de la calle que ha aprendido todo lo que sabe en la Universidad De La Vida, en realidad soy una persona con estudios. Y, mal que me pese, un sentimental de tomo y lomo. Los diez años que pasé en la Universidad para sacarme mi carné de manipulador de alimentos fueron los más felices de mi vida. Mi recuerdo más preciado, no me duelen prendas en decirlo, es el de la alegría y el orgullo que sentí mientras mis compañeros y yo arrojábamos al aire hojas de lechuga y aros de cebolla recién picada al terminar nuestra ceremonia de graduación. De la jovial batalla de ketchup que vino a continuación, mejor no hablo.


El venerable campus apenas había cambiado en los últimos veinte años, pude comprobar con nostalgia. Allí seguían los orgullosos frontispicios de las facultades, los venerables muros cubiertos por grafitis de penes, las bulliciosas explanadas donde los estudiantes se reunían para sus botellones y las pizpiretas a la par que sabrosas gallinas que se escapaban continuamente de los corrales del animalario perteneciente al laboratorio de epidemiología de la Facultad de Biología Movistar. Lo de los nombres de las facultades y escuelas era lo único que había cambiado significativamente desde mis tiempos. La crisis económica y los recortes habían golpeado fuerte a este templo del conocimiento y los decanos se habían visto impelidos a buscar el patrocinio de marcas comerciales para financiar lujos tales como la electricidad, el agua corriente o el papel higiénico de sus facultades, por lo que ahora teníamos entre otras una Facultad de Matemáticas Casa Tarradellas, una Escuela de Ingeniería Superior de Telecomunicaciones Fajas Soras y una Facultad de Medicina Cigarrillos Mentolados Lucky Strike. 

La Facultad de Filosofía y Letras Häagen-Dazs y su edificio hermano de la Escuela de Bellas Artes Panaderías La Gallofa se encontraban en el extremo meridional del campus. Frente a ellas, la calle Gingivitis discurría llena de franquicias de ambiente bohemio y universitario. La cafetería a la que me conducía la información del Fuencislo pertenecía a la conocida cadena Starfucks. Su decoración interior, como establecen las normas de estilo de la multinacional, reproducía con esmero el ambiente cálido y hogareño de los sofás de la sala de espera de un dentista, sólo que con música de un grupo poco conocido de Seattle reinterprentando standards de jazz de los 60 con ocarina y theremín. 

Me acerqué a la barra. El blend de la casa de hoy, informaba un cartel, provenía de una minúscula plantación de comercio justo regentada por una cooperativa de mujeres de Murcia, viudas de nacimiento. Me detuve cuarenta minutos frente a la barista (Esteisi, según la chapita que figuraba sobre su polo), en posición de estorbo, mientras intentaba descifrar el cartel de bebidas.
Un white hazelnut mokafreddoccino shakerato con julepe de menta, por favor –pedí finalmente, por decir algo.

¿Slurpi, piccolino o stronzato? –preguntó Esteisi.

–  ¿Mande?

Son los tamaños –respondió ella, poniendo cara de Por Favor, Señor, Llévame Pronto–. ¿Slurpi, piccolino o stronzato?

Ehhhh... piccolino –dije–. No tengo mucha sed.

El piccolino es el tamaño más grande que tenemos. Si quiere poca cantidad, debería pedir un stronzato doppio o un big slurpi.

Pues lo primero que ha dicho.

Si lo que realmente quiere es beber poco, por dos euros más le podemos poner solamente la mitad de la ración.
No supe qué responder. Esteisi, imperturbable, redobló sus ataques.
¿Lo quiere con leche sin gluten?

Mire, señorita: sólo quiero un café.

Oiga, pollo, no se me ponga usted binario, ¿eh? Un respeto, que estoy trabajando.
Finalmente conseguí que me pusiera un café en una taza del tamaño de un inodoro. Le pregunté cuánto le debía.
Son diecinueve coma noventa y cinco euros –dijo Esteisi.
Le dije que igual, si no le importaba, prefería cambiar de opinión y tomarme un vaso de agua, a lo que Esteisi me replicó que el vaso de agua™ costaba veinticinco euros, de los cuales un porcentaje (concretamente, el cero por ciento) se destinaba a fines benéficos en aldeas infantiles. Yo no tenía para pagar ni una cosa ni la otra y ya me veía de patitas en la calle. Afortunadamente se me da bien regatear –a la fuerza ahorcan– y logré, tras enterarme en la conversación de que Esteisi era doctora en Ciencias por la Facultad de Física Pipas Facundo, que me perdonara el precio del café a cambio de escuchar su disertación doctoral acerca la decoherencia cuántica de fases en sistemas entrelazados bajo condiciones no adiabáticas. Fueron los cincuenta minutos más angustiosos de mi vida. Afortunadamente a esas horas tempranas ella era la única camarera en la barra, porque si hubiese tenido más compañeros me habría tenido que tragar también todas sus tesis doctorales con tal de no hacerle un feo a nadie. Al terminar mi café estaba ya frío, pero el humor de Esteisi había mejorado considerablemente y me atreví a preguntarle si conocía a un cliente de nombre Zóspilo.
Sí, viene aquí todas las tardes. Se pide un vanilla chai matcha latte sin teína ni vainilla y se queda cuatro o cinco horas en ese sillón de ahí levantando la ceja. Mire, ahí lo tiene.
El señor Zóspilo era un hombre de unos cuarenta y muchos años, más bien tirando a calvo y vestido con vaqueros churretosos y una sudadera del GAP.  Decidido a por una vez observar antes de actuar, me quedé al margen mientras él pedía su aguachirri, mirándole discretamente desde un sofá situado detrás de un ficus de plástico. Don Zóspilo se echó un generoso chorro de nata montada y canela sobre su brebaje, se dirigió muy dignamente a su lugar habitual y, tal y como había dicho la doctora Esteisi que haría, se sentó de la forma más incómoda posible en en la silla y empezó a mirar a todo el mundo con una ceja bien alta, sin apenas parpadear. A diferencia del resto de los clientes del local, que se dedicaban a echarse miraditas de reojo unos a otros mientras tecleaban con sus macs fingiendo estar escribiendo la gran novela de su generación, don Zóspilo no intentaba disimular su pose. Qué dominio del músculo supraciliar. El tipo era capaz de mantener la ceja enarcada con tal naturalidad que durante un rato llegué a pensar que le había dado un aire. Pero no, cada media hora o así sacaba de su bolsillo un teléfono móvil y se dedicaba a echar risitas y teclear sobre su pantalla durante cinco o diez minutos. En ese rato, sus cejas volvían la la posición normal de presbicia propia de la gente de mi generación. Después guardaba el móvil, pegaba otro sorbo de su mejunje y volvía a su posición de superioridad moral durante otro largo rato. Pasadas unas tres horas y sin que mi objetivo hubiese abierto la boca para hablar con nadie, decidí desentumecer mis glúteos y acercarme a él.
Ni se le ocurra, alfeñique –me detuvo antes de que hubiera podido acercarme del todo a su mesa–. No concedo entrevistas a nadie, y mucho menos a los esbirros del CIS.

Disculpe, pero yo no soy del CIS...

Peor me lo pone. Váyase, váyase. ¿No ve que estoy ocupado? No deseo ser interrumpido por un lacayo de la opresión estadística. Mi opinión es demasiado valiosa para ustedes.

De verdad que no pertenezco a....

¿Se cree que no le he visto ahí, espiándome toda la tarde? De verdad, no entiendo qué obsesión tienen ustedes, burócratas chupatintas, conmigo. ¿No debería estar por ahí haciendo encuestas a las masas inopes, en vez de perseguirme de esta manera? De verdad que no soy tan importante.

Vale, me ha pillado –reaccioné a tiempo–. Tiene usted razón. Me llamo Gwendolino Cucañas, y soy funcionario del CIS.

Está bien, si usted insiste le daré mi opinión. Pero que conste que lo hago en contra de mi voluntad.
Mientras decía estas palabras el tipo se levantó, se colocó en el centro del local y, alzando la voz lo suficiente para que le escucharan desde Calahorra, proclamó:
Que sepa usted que no pienso votar a ningún partido político, ni en estas elecciones ni en ninguna otra.

Qué interesante –dije.

–  Vivimos en una sociedad manipulada por las grandes multinacionales y todos los partidos políticos representan a los mismos intereses ocultos de una oligarquía que maneja a los individuos como si fueran ovejas en un rebaño a través de la publicidad y los medios de comunicación establecidos.

Fascinante –le animé a continuar, sin que fuera realmente necesario.

El fascismo, el comunismo y la democracia son inventos burgueses frente a los cuales solo cabe la resistencia de la no participación. Desde aquí quiero proclamar que a mí no me engañan, y que no pienso entrar en el juego de la política jerarquizada.

–  No me diga.

Es sólo a través del anarco-individualismo libertario y del rechazo a la imposición vertical del pensamiento fosilizado en partidos, asociaciones y sindicatos que podemos construir una sociedad verdaderamente justa e idílica.

Sí, sí, cuénteme más.

Huy, perdone –se detuvo al vibrarle el móvil–. En un momento continuamos con la entrevista, si no le importa. Es mi hora de bloquear.

¿Disculpe? –dije, confuso.

Sí, bloqueo cada media hora todas las tardes, de cinco a nueve. ¿Ve?
Me mostró la pantalla de su teléfono celular. Tenía abierto el Tinder.
Ésta, fuera –dijo, bloqueando el perfil de una despampanante mujer morena con el dedo–. Y ésta, también –continuó, borrando de la existencia digital a una preciosa rubia–. Ésta, fuera. Y ésta, y ésta, y ésta...

¿Pero qué hace, hombre de dios? –pregunté, alarmado.

¿No lo ve, jodío bobo? Estoy bloqueando a todas las mujeres que me gustan.

–  Pero, ¿por qué? Si no le han hecho nada...

¡Precisamente! ¿Para qué va a ser si no? Para construir un mundo mejor. Y ésta, también fuera. ¡Toma, guarra! Fuera,  fuera.
Yo no entendía nada, lo cual no era un gran novedad porque ese suele ser mi estado natural. Afortunadamente el señor Zóspilo, al que no le gustaba conceder entrevistas ni dar explicaciones, me tuvo a bien sacarme rápidamente de mi ignorancia.
Bloqueo a las mujeres que no se fijan en mí para enseñarles una valiosa lección. Así, cuando vean que las he bloqueado se darán cuenta de sus malas acciones, sentirán un hondo arrepentimiento y eso les llevará a ser mejores personas.

¿Está usted seguro de que funciona así?

Naturalmente –dijo, terminando su ronda de bloqueos de las ocho de la tarde y volviendo a dedicarnos a mí y a la involuntaria audiencia del bar toda su antención–. Y ahora, ¿por dónde íbamos? Ah, sí: sepa usted, pobre chupatintas, que tiene ante a usted a un verdadero guerrero de la izquierda. A mí no me va a manipular con sus burdas encuestas de intención de voto. No he estado treinta años de mi vida enfrentándome al sistema a base de hacer nada para que venga usted a intentar seducirme con unas papeletas de colores. ¡No me las dará con queso!
Me gritaba con tal convicción que por un momento temí que se fuera a poner violento, pero un vistazo a las caras de hastío de los demás clientes del Starfucks me hizo comprender que éste era un espectáculo que se repetía allí con cierta frecuencia. Afortunadamente, el mítin no duró demasiado tiempo, ya que a las ocho y media don Zóspilo tenía que pillar al tranvía para volver a casa de su madre a tiempo para la cena. Hoy, por lo visto, tocaban croquetas de carne de cocido.




marzo 02, 2019

La tercera, a la izquierda (IV)

El cielo (esa masa nubosa e indistinta que gravita pesadamente sobre los tejados de Boo de Piélagos) comenzaba a clarear y yo no había pegado ojo en toda la noche, así que me acerqué a un kiosko y me compré el Expansión. De todos los periódicos de este país, el Expansión es el mejor para dormir en un banco en parque: sus amplias páginas salmón ofrecen una satinada protección contra el relente y las cagadas de paloma, y un buen vagabundo que cuide su imagen sabe que dormir bajo un titular de fusión bancaria da un aspecto mucho más serio y profesional que hacerlo bajo las excentricidades de Messi o los titulares tendenciosos del ABC. Me eché la siesta en mi banco favorito de La Miés, un recoleto rincón sin apenas jeringuillas ni condones usados, y cuando me desperté seis horas más tarde me habría sentido descansado y lleno de energía si no fuera por los dolorosos retortijones y los estruendosos gases que plagaban mis tripas por culpa de los postres-performance de la Koyabashi. 

Acabadas mis abluciones matutinas (que ese día consistieron en una prolongada secuencia de pedos y eructos que hicieron temblar las copas de los árboles y agostarse la fila más cercana de aligustres) me dispuse a continuar mi investigación. Saqué de mi bolsillo el trozo de papel mojado y manchado de mocos donde tenía mi lista de candidatos para interrogar. Mi siguiente visita era para: "colectivo HIMEN", calle Lisístrato, número cuarenta y seis.

Mal asunto: para llegar a esa zona apartada de la ciudad había por fuerza que atravesar el Barrio Fedatario, una de las áreas más chungas y peligrosas de la ciudad. El Barrio Fedatario estaba en perpetuo estado de guerra civil entre dos violentas bandas de notarios que no dudaban en recurrir a los actos más espantosos con tal de ganarse la batalla el uno al otro a la hora de dar fe. Los comandos notariales recorrían las calles, armados de cuaderno y sello, a cualquier hora del día o de la noche, sin que la policía se atreviera a hacer nada por impedirlo. Allí no había otra ley que la Ley del Notariado de 28 de mayo de 1862, y la vida humana valía sólo lo que valiera lo estipulado en la disposición de la Dirección General de Registros sobre aranceles notariales de 22 de mayo de 2002. En definitiva, una zona de la ciudad decididamente siniestra y deshumanizada -sólo superada en mortandad por el temible barrio de los corredores de seguros-, pero en la que afortunadamente un pelagatos sin blanca como yo no tenía nada que temer. Pues es sabido que los notarios, como el tiburón blanco, son depredadores que se mueven principalmente por el olfato, y yo llevaba meses sin entrar en contacto con ningún tipo de billete que pudiera despertar su voracidad.

Sí, logré cruzar el distrito, pero a un precio tal vez demasiado alto. Salir vivo del Barrio Fedatario no es lo mismo que salir indemne. Allí he visto cosas que vosotros, simples mortales, no creeríais. Firmar escrituras en llamas más allá de Orión. He visto testamentos levantarse en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Y todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia... Pero estoy dejando que mi corazón y mi alma rotos empañen mi relato. Mejor será que siga adelante ciñéndome con firmeza a los fríos hechos. 

Sea como fuere,  con el corazón en un puño y los ojos desencajados, logré llegar a la calle Lisístrato y plantarme frente al número cuarenta y seis. El local estaba abierto y ocupado por un grupo de personas muy atareadas preparando pancartas y pasquines de color violeta.
Buenos días –dije al entrar.

¡Protesto! –dijo un individuo bigotudo de entre los que estaban en el local, apuntándome iracundo con el dedo–. ¡Este hombre está intentando imponernos un mensaje hegemónico y patriarcal! Diciendo "buenos días" está forzando una narrativa neoliberal de optimismo que ignora la realidad social de la opresión y la esclavitud de la mujer sometida al machismo imperante.

–  ¡Fuera, machista, demagogo! –me increpó un tipo calvo y barrigudo lleno de tatuajes.

–  ¡Falócrata! ¡Opresor! –me espetó otro señor mientras me amenazaba con un cartel que ponía "nosotras parimos, nosotras decidimos". 
Yo, en pro de la integridad de mi osamenta, y habiendo ya tomado cierto contacto con la potencia física de la izquierda ofendida, me arrojé al suelo, me tapé la cara con los brazos y supliqué perdón:
¡Lo siento! –grité–. Quise decir "saludos a todas y todos, desde la plena conciencia de la injusticia reinante y reconociendo la multiculturalidad y las distintas sensibilidades que sin duda están siendo heridas por estas palabras en una audiencia amplia e indefinida que pudiera estar escuchando en estos momentos o en algún otro venidero, por lo que pido disculpas de antemano".

Ah, bueno –dijo uno de ellos, deponiendo el martillo con el que me apuntaba al occipucio–. Bienvenid@ a HIMEN. ¿En qué podemos ayudarle?
Pedí hablar con la presidenta del colectivo, solicitud que fue recibida con un cierto desconcierto entre los presentes. El presidente era un señor de metro noventa y ocho y barba poblada que se hacía llamar Pez Chicote.
¿Pez? –me extrañé.

Sí, Pez –respondió él, muy orgulloso de sí mismo–. Es por supuesto un "nom de guerre". Lo he adopado porque estoy en contra del lenguaje sexista. "Pez" es la única palabra en español que es simultáneamente masculina, femenina y neutra: el pez, la pez, lópez.
Le dije que todo me parecía tremendamente lógico y que me encantaban los peces, especialmente la merluza a la romana, pero el tipo no pilló la indirecta y no me ofreció ni una miserable galleta. A mi alrededor los miembros de la asociación reanudaron sus actividades doblando trípticos y serigrafiando camisetas.
¿Qué están haciendo? –me interesé.

Estamos preparándonos para encabezar la manifestación feminista del próximo día 8 de marzo. Vendrá usted, ¿verdad? Vamos a darle buena caña al patriarcado. Este año, HIMEN va a partir la pana. Mire: hemos preparado chapitas. 
Me enseñó orgulloso, unas chapas moradas con el símbolo ♀ dibujado, invitándome a quedarme con un par de ellas.
Vamos a invadir las calles con estas chapas. Ya lo estoy viendo: una oleada violeta de empoderamiento inundando nuestra ciudad y haciendo tambalearse los pilares de la rancia falocracia. ¡Este es el año en que HIMEN acabará con el machismo!
Pero a mí no me parecía que las cosas encajaran del todo. 
–  Oiga, llevo un buen rato oyendo hablar de hímenes, y sin embargo no veo ni una sola mujer en toda la sala...

–  Eso es porque somos una asociación de hombres feministas: Hombres de Izquierdas por las Mujeres En Necesidad. Además, no es cierto que no haya mujeres en la asociación. Tenemos una: ¡Wendy, ven aquí!
Wendy era un tipo con patillas y que vestía una camisa de leñador a través de cuyos dos botones superiores desabrochados lucía un lustroso pecho peludo.
Señorita Wendy –saludé cautamente.

Menos coña, capullo –me dijo Wendy, amenazándome con un puño del tamaño de una sandía madura–. Sepa usted que soy una lesbiana transexual sin operar y me ofende el hecho de que dude de mi feminidad solamente por sus estúpidos prejuicios atávicos de macho sin evolucionar.
Wendy y Pez empezaron entonces a aleccionarme sobre los horrores del vacío psicológico, social y legal que sufrían las personas neo-cis-transgénero, aquellas cuya identidad de género y orientación sexual coincidía con su fenotipo sexual pero cuya idiosincrasia nosomórfica les conducía a una disforia de corrección política de hondas repercusiones psicosomáticas.
Pero disculpe la agresividad de Wendy –acabó diciéndome el señor Pez, al verme tan acobardado–. Últimamente está muy sensible porque ha cumplido cincuenta años y no le llega la menopausia.

¡Eso, tú recuérdamelo! ¡Eres cruel! –exclamó Wendy, echándose a llorar y saliendo escopetado hacia el baño.
Tras quedarnos solos, intenté reconducir la conversación a mis pesquisas originales y le pregunté cuál era la motivación y filosofía de una asociación feminista formada únicamente por hombres (y Wendy). 
¡Es evidente, hombre! ¿No lee usted los periódicos?
Sólo la prensa económica, y cuando en el parque había demasiado ruido para poder dormir. Me encogí de hombros.
La Izquierda no puede permitirse quedar atrás en las iniciativas feministas. Mire –dijo, sacando de un cajón un manojo de recortes de periódicos–: "Albert Rivera se autoproclama líder del movimiento transversal feminista", o este otro, "Pablo Casado explica a las mujeres en qué consiste un embarazo". Últimamente hasta los autobuses explican cosas a las mujeres. ¡No podemos consentir que sean solamente los partidos neoliberales los que les digan a las mujeres lo que tienen que pensar! Nosotros, los hombres de izquierda, tenemos que ser capaces de demostrar a las mujeres que nos preocupamos por ellas y que estamos dispuestos a liderar su lucha.
¡Eso! –dijo otro de los socios de HIMEN–. Que sepan que no están solas.

Que nos tienen como aliados –apostilló un tercero.

Que la verdadera izquierda, es decir, nosotros, es feminista –se unió un cuarto.

¡Sí! Que vamos a salvarlas de esta sociedad paternalista.

Porque las queremos y sabemos lo que mejor les conviene.

¡Yo me leí un libro de Octavia E. Butler! –se apuntó una voz más. 

¡Todo por las mujeres! –empezaron a corear todos.

Pero yo ya me había ido por la puerta de atrás.




febrero 23, 2019

La tercera, a la izquierda (III)

La siguiente línea en mi lista ponía: Brigitta Koyabashi, calle del Sepulcario, sin número. Aquello pillaba en pleno polígono industrial y, siendo la hora de la noche que era, me iba a tocar ir en el coche de San Fernando. Resignado, me calé bien el sombrero, me encendí un pitillo y empecé a caminar hacia allá. 

Había quedado buena noche, sin apenas granizo, y para cuando llegué al polígono el cigarrillo se había convertido una masa húmeda y alquitranosa en mis labios y yo tenía calado hasta el corvejón. La calle estaba desierta salvo por mí y docenas de ratas que escapan, nadando ora a braza ora a estilo mariposa, ante mi paso, asustadas por los escandalosos estornudos que salían de mi persona. Finalmente llegué ante mi destino. Una única farola superviviente en lo que parecía un mal decorado de The Walking Dead iluminaba la fachada de un gran y desvencijado almacén del que emanaba un desconcertante a la par que delicioso olor a vainilla.

Llamé a la puerta del almacén con los nudillos. Nadie salió a recibirme. Volví a llamar, de nuevo sin resultado. El olor que salía del almacén me hacía rugir las tripas. Fue entonces cuando me di cuenta que la cerradura de puerta estaba controlada por un sofisticado sistema biométrico de reconocimiento de huellas dactilares. Estornudé encima del sensor, cubriéndolo de espeso y vistoso esputo verde, y la puerta se abrió sin rechistar. El interior del almacén estaba brillantemente iluminado y ocupado por lo que parecían enormes maceteros industriales de acero y metacrilato.
¡Aparte de ahí, insensato! –rugió una voz– Me está usted pisando el espacio negativo que estoy creando
Me giré hacia la voz, asustado y deseando no haber empeñado mi revólver. Hacia mí se dirigía con vigorosas zancadas una figura pavorosa. Se trataba de una mujer alta y pelirroja, enmascarada y vestida con un ceñido traje de neopreno, cuero y plástico rojo y negro del que sobresalían multitud de pinchos y tachuelas, que dejaba los pezones al aire y sobre el que destacaba, curiosamente, un mandil de Mr. Wonderful con la frase "hoy va a ser un día guapi" bordada en letras rosas y cubierto de manchas de huevo.
¿Se puede saber quién demonios es usted y cómo ha entrado aquí? –me preguntó mientras me empujaba fuera de la vulgar baldosa sobre la que me encontraba– Sepa usted que está interrumpiendo mi proceso creativo. Por su culpa las generaciones venideras se perderán unos minutos importantísimos de mi obra, por lo que su vida cultural será pobre y abocada a la mediocridad. ¡Desaprensivo! ¡Inculto! ¡Retrógrado!
Oiga, señora, deje ya de pegarme –dije mientras intentaba zafarme de la tremenda zurra que me estaba propinando a puntapiés y con una enorme cuchara de madera que llevaba en la mano.
 Afortunadamente un timbre sacó a la mujer de su furia homicida.
El horno –dijo–. Espere aquí mientras voy a cambiar la bandeja. En seguida estoy con usted para seguir golpeándole.

¡Sin prisa! –respondí. No quería que se le quemara lo que fuera que estaba preparando.
Mientras la mujer se afababa con la cocina en otro lugar de la nave, me entretuve en mirar los recortes de periódico que adornaban la pared que estaba junto a la entrada. Casi todos eran reseñas de revistas de arte de las que jamás había oído hablar. Reconocí a la mujer pelirroja en varias fotografías. Se trataba de la propia Brigitta Koyabashi, "la artista irónico-telúrica más prometedora de su generación" según la revista Metrominimal y "la más impactante escultora barra performer barra poetisa urbana barra publicista barra mezzosoprano barra semifinalista de Máster Chef Júnior barra diseñadora barra dramaturga viva cuyo nombre comienza por B", según el "Quién es Quién de la cultura posmoderna". En una de las fotografías se la podía ver, vestida de alambres de espino y cheetos sabor barbacoa, en la inauguración de su muestra más reciente en Beijing, mientras que en otra de las fotos aparecía ataviada con una variante biodegradable de la túnica de luto tibetana, en actitud de sufrir intensamente, durante una reunión de filles terribles del arte moderno celebrada en un campo de refugiados kazajos.  En una tercera instantánea posaba, vestida con lo que parecía la Ciutat de les Arts i les Ciències de Valencia, para un reportaje retrospectivo de la Jot Down.
 – No me diga más: es usted fans me volvió a sorprender su voz desde mi espalda. Era sorprendente lo silenciosamente que podía llegar a moverse esa mujer a pesar de llevar botas de buzo.

Me ha pillado –mentí, con la intención de escapar de su poderosa cuchara–. Siempre he deseado conocerla, desde que era un bebé.
El hecho más que evidente de que yo bien pudiera haber hecho la primera comunión con su abuelo no enturbió para nada la efectividad de mi argucia. No hay nada que más desee creerse un artista que un halago. Enternecida, la Koyabashi (que, para tener ese apellido, tenía un acentazo de Huesca que tiraba para atrás) depuso su arma y me invitó a quedarme un rato en su atelier.
Siéntese, siéntese. Ahora le tatúo un autógrafo. Porque también soy barra tattoo artist, ¿sabe? Mientras tanto, ¿quiere un tocinillo de cielo? Me han quedado muy ricos, pero demasiado blandos para hacer los stábiles que quería montar con ellos. Si no se los come alguien, tendré que tirarlos.

– Traiga usted p'acá –dije.
En efecto, estaban bastante buenos, pero a partir del séptimo kilo empalagaban un poco. Mientras yo devoraba molde tras molde del pegajoso material y Brigitta preparaba el instrumental de tatuaje, me contó sus ideas para la próxima muestra.
– Como bien sabrá, actualmente me encuentro en un periodo creativo en el que intento someter a crítica las relaciones de poder y las injusticias sociales a través de los flanes. Creo firmemente que el huevo, en tanto símbolo que es del devenir tantas veces frustrado de la vida, constituye una perfecta metáfora del afán existencialista del hombre moderno. Habrá leído en la prensa la enorme controversia que causó mi obra "Hipómenes o el Desencanto", en la que un grupo de estudiantes de Bellas Artes de ambos sexos, completamente desnudos, bucean en un estanque de natillas intentando recuperar (sin éxito) la dignidad. Parte de la crítica consideró que la obra se trataba de una estafa de la peor calaña, mientras que otro sector empezó a mandarme amenazas de muerte y cabezas de caballo ensangrentadas. Al oír que los críticos no se ponían de acuerdo entre sí acerca de mi obra, una cadena de televisión surcoreana no lo dudó: corrió a comprarme los derechos para crear un reality show televisivo a partir de ella, a un precio que quedaría feo comentar aquí pero que fueron setenta millones de dólares. Fue entonces cuando descubrí que el poder subversivo de los postres podía ser una excelente herramienta para el cambio social a través de la alta cultura. Y aquí me tiene, cocinando a todas horas para encontrar las texturas que me permitan materializar mi imaginario político en una serie de formas artísticas que favorezcan el libre pensamiento y enriquezcan culturalmente al vulgo burdo, zafio e inculto al que usted evidentemente pertenece.

¿Por qué toda esta gente habla tanto?, me pregunté mientras dedicaba un pensamiento de envidia a Helen, "la Sorda". La Koyabashi, mientras tanto, había terminado de preparar el equipo para tatuarme su autógrafo.
– ¿Nalga derecha o iquierda? –me preguntó.
En el espacio creativo, nadie puede oírte gritar. Intenté escaquearme como pude, pero mis pobres intentos de esquiva solo consiguieron que al final la rúbrica de la artista se desparramara por ambas asentaderas de forma desigual, confusa, como si la hubiera escrito un médico de la Seguridad Social.
– Procure no sentarse en seis semanas me aconsejó mientras me aplicaba hielo en en pandero–. Y si nota que se le empieza a gangrenar el ojete,  acuda al hospital más cercano. Y ahora márchese, que me quedan muchos flanes-protesta que meter al baño maría. 

–  Oiga, que acaba usted de romperme el culo le reproché, y no de la forma que me gusta a mí. Bien podía estirarse un poco y responderme al menos a una pregunta.

–  Si quiere una entrevista, habla con mi agente, aunque le advierto que hasta el dos mil treinta y siete no...
Pero al ver mi cara de perrete apaleado y con qué ansiedad rebañaba los moldes del tocinillo de cielo, la mujer se ablandó un poco.
– Está bien, dispare.
Y lo habría hecho encantado, si aún conservara mi Colt del 45. En lugar de ello, le pregunté:
¿Podría explicarme, si no le supone mucha molestia, por qué aparace su nombre en esta lista de personalidades de izquierda que tengo aquí?

Buena pregunta, maño –me respondió ella–. Porque le han timado como a un pardillo. Esa no es una lista de personalidades de izquierda. O, mejor dicho, es una lista mal hecha. La única personalidad de izquierda que hay en ella soy yo. El resto son puro fake.
Le pedí que elaborara un poco su afirmación y que me diera por favor otra bandeja de tocinillo. Ella se avino a ambas cosas.
La izquierda de salón y de escaño está muerta, muchacho –me dijo–. No funciona. Solamente a través del poder transgresor de arte podemos deconstruir los símbolos del sistema capitalista. ¿Qué llega más al corazón del hombre, una huelga general convocada por unos sindicatos que nadie entiende o una perturbadora descontextualización de las formas simbólicas que desafíe el cánon audiovisual imperante? Está claro que lo segundo.
Asentí, emitiendo un pequeño eructo para animarla a continuar con sus explicaciones. 
Lo que pasa es que soy una artista incomprendida y los medios de comunicación, que están vendidos a los poderes fácticos, conspiran para malinterpretar mi obra.  Como aquella vez que recubrí el Reichtag con seis toneladas de crème brûlée caramelizada en el momento: los medios se ocuparon más de los seis parlamentarios que acabaron en la unidad de quemados que en mi audaz crítica de los epifenómenos de la globalización a través del flambeado. O como aquella vez que me colé en la Cámara de los Comunes con una manga de crema pastelera y empecé a pintarles bigotes a todos los retratos de los primeros ministros británicos desde la época de Cromwell hasta ahora. Todo el mundo se quedó en lo superficial de las cuarenta mil libras que costó la restauración y nadie pareció apreciar la ironía de que el bigote de la Thatcher estuviera espolvoreado con pimienta blanca en lugar de azúcar glas.

Qué injusticia –clamé, atacando una fila de flanes tibios–. No se puede luchar contra los poderes fácticos esos.

Al contrario, mi famélico amigo –dijo ella–. El poder establecido nos teme a mí y a mi obra más que a nada en el mundo.  ¡Ya verá usted cuando presente mi próxima acción protesta! Necesitaré seis millones de yemas de huevo, pero en cuanto esté terminada van a temblar los cimientos de Wall Street y del G-7. ¡La pluma es más fuerte que la espada, y la batidora es más fuerte que la pluma! Ya me estoy imaginando a Trump, temlando en su lujosa alcoba de la Casa Blanca al pensar en mí y en el arte que se le viene encima...
Yo ya empezaba a notar los síntomas incipientes del empacho, y además me daba cuenta de que Brigitta Koyabashi era una pesada de tomo y lomo.  Allí no iba a encontrar a laUnidad de la Izquierda. Así que, agarrando para el camino un par de cubos de gasolina llenos de crema catalana (que por lo visto habían sobrado de una performance en contra de la derechona nacionalista), me despedí de la gran creadora a la manera bohemis (con sendos besos en los sobacos) y me fui con viento fresco.


CONTINUARÁ



febrero 21, 2019

La tercera, a la izquierda (II)

Si mi cliente esperaba que me sorprendiera, iba listo. No era la primera vez que recibía el encargo de buscar un ente abstracto. Los tipos con problemas metafísicos solían recurrir a mí para este tipo de trabajos sucios, tal vez por mi fama de no haber sido capaz de resolver jamás ni un solo caso concreto. Con mi mejor rostro de palo crucé las piernas, saqué el cuadernillo donde suelo entreterme haciendo dibujos de penes y, marcando bien cada sílaba en voz alta, escribí en una de sus páginas: "buscar: verdadera izquierda".
Se confunde, pollo –dijo el señor Wittenstein–. No quiero que encuentre la Verdadera Izquierda. Ya sé perfectamente dónde está la Verdadera Iquierda: la tiene usted sentada delante suyo. Lo que quiero que encuentre es la Unidad de la Izquierda, ¿me entiende? 
Hice lo que habría hecho cualquier detective privado al comienzo de un suculento contrato: mentir.
Por supuesto que le entiendo. Y dígame, ¿qué ha hecho usted hasta ahora para encontrarla?

He aplicado a fondo la filosofía hipster –dijo–. ¡Tradición y modernidad! Le he rezado a San Antonio de Padua, como hacía mi abuela, pero por Instagram.

¿Y le funciona?

– Por supuesto: tengo ya noventa likes.
Habiendo constatado que la conversación no iba a dar mucho más de sí en materia de pistas, me despedí de él, dejándole pensativo frente a un enorme gintonic, y me arrojé a las calles. No literalmente, porque las calles de Boo de Piélagos da asco verlas, pero ustedes me entienden. Después de un año sin trabajo, en el que me había tenido que alimentar robándole el pienso a los gatos callejeros, no quería perder ni un minuto.

Lo bueno de los bajos fondos de Boo de Piélagos es que pillan muy a mano. Todo Boo de Piélagos es, por definición, bajo fondo. Gracias a la cercanía geográfica y siguiendo la estela de ingeniosas start-ups como Glovo o Cabify, ahora los maleantes de la ciudad se desplazaban a domicilio, con lo cual el ciudadano podía ser robado o timado desde la comodidad de su hogar, sin tener que exponerse a las inclemencias meteorológicas. Incluso existía una app móvil: uno podía elegir en un menú el servicio deseado (robo, extorsión, paliza, secuestro, timo de la estampita y así hasta veinte opciones), acordar la hora más conveniente y esperar tranquilamente en pijama a que un delincuente cualificado le desvalijara con todas las garantías. Por desgracia, el gremio de los soplones y de los informantes no estaba tan modernizado. Me tocaba tomar el travía.




Mi mejor soplona, Helen "La Sorda", no pudo ayudarme. Estaba muy deprimida porque, según acababa de enterarse, Cartago había perdido la primera guerra púnica. Preferí no comentar las otras dos y me marché con viento fresco a interrogar a mi segundo soplón de cabecera,  Kaiser Rosenweig, un rabino que entre circuncisión y circuncisión se sacaba unos dineros en limpio haciendo de confidente. Rosenweig no supo darme pistas sobre la Unidad de la Izquierda, pero por unos cuantos shekels se ofrecía a darme importantes datos acerca del paradero de un tal HaShem. Le agradecí el esfuerzo con una palmadita en la chepa y me fui en busca de mi tercer soplón, Fuencislo Matarranz. Fuencislo se estaba sacando un MBA en la London Business School y era todo un experto en sacar información de www.rincondelvago.com. Fue él quien me consiguió una lista de sospechosos a los que interrogar.
– Ha sido fácil me dijo mientras yo le felaba abundantemente en pago por la información–. Me bastó con meter la palabra "loser" en el buscador.
Me fui con mal sabor de boca y un papel en el que figuraban impresos varios nombres y direcciones. El primero rezaba así: Humberto Sméagol, Avenida de Gualtrapas, número siete, segundo D. Justo al lado de la lonja de anchoas. Bastaba seguir el aroma a salmuera para llegar. En el telefonillo del número siete de la avenida se podía leer una placa que ponía:


H. SMÉAGOL
ODONTÓLOGO MATERIALISTA-DIALÉCTICO

Subí al segundo piso y llamé a la puerta.  Me abrió una enfermera cuyos encantos apenas quedaban disimulados por el estrabismo galopante que adornaba su mirada.
– ¿Es la primera vez que acude a consulta?  me dijo tras hacerme pasar al recibidor–. Pues entonces tendré que hacerle la ficha. A ver, dígame, ¿cuál es su nombre?

– Mike.

– ¿Mike qué más?

– Mike, a secas.

– Apellido: A Secas. Muy bien. ¿Edad?

– Veinticinco mentí.

¿Tiene usted problemas de corazón? ¿Tensión alta? ¿Se define usted como plutócrata, gerontócrata, burócrata, proletario o lumpenproletario?

– Oiga, yo solo quiero hablar con el señor Sméagol...     
La enfermera seguía empeñada en conocer mis antecedentes médicos y mi posición exacta en el panorama de la lucha de clases, pero yo ya me estaba cansando del juego y empecé a responderle con improperios y malas maneras. El jaleo que estábamos montando hizo que se asomara un hombrecillo vestido de blanco, que resultó ser el doctor Sméagol.
– Déjele que pase, Enriqueta dijo–. Total, para un cliente que tenemos en lo que va de mes...
Me hizo pasar al gabinete. El doctor Sméagol medía poco más de metro cincuenta, lucía bigote inglés y se asemejaba tanto en el aspecto como en el aroma a una cebolleta con gafas. Me hizo tumbarme sobre la camilla y abrir mucho la boca.
– Tiene usted las encías hechas una pena me dijo, sin dejarme explicar el motivo de mi visita–. Debería enjuagárselas con agua salada y convertirlas en fuerzas productivas al menos dos veces al día, siempre desde una perspectiva dialéctica y materialista que las objetive como entes sensorialmente congnoscibles.

–  Aghhrunffa intenté objetar.

– Mire, tiene una caries de cara distal en el segundo molar superior derecho. ¿Quiere que se la quite?

– Mmghhhfsssnggg!

– De acuerdo, ahí vamos. ¡Va a ser testigo usted de un método odontológico único en el mundo!
Y se lanzó a operar sin anestesia ni nada. El método dental dialéctico-materialista del doctor Sméagol consistía en hacer a las caries tomar conciencia de su ineluctable historicidad para, una vez establecida su realidad objetiva y su papel en la lucha de clases, convencerlas que su presencia era un mero producto del plustrabajo de las verdaderas fuerzas productivas de la cavidad bucal, las bacterias de la placa, un simple fruto de una explotación sistémica de los carbohidratos insertos entre muela y muela. Como tales, las caries no eran más que una manifestación burguesa, contingente, sin papel alguno en el devenir de la historia más que como herramienta fundamentalmente alienada del principio de la unidad y la lucha de los contrarios. Por tanto, según el doctor Sméagol, la caries habría de disolverse, bien mediante el propio mecanismo de la dialéctica o, bien, llegado el caso, a través de la revolución proletaria.
– Oiga le pregunté tras seis horas de discurso–. ¿Y dónde dice que se ha sacado usted el título de odontología?

– La odontología que se enseña en las facultades de Medicina es el opio del pueblo me respondió él, muy convencido.
Ahora que el doctor por fin había terminado de arengar a mi placa bacteriana decidí que era el momento de preguntarle por la Unidad de la Izquierda.
 – ¿La verdadera izquierda, dice? Pues no puede estar más claro: está en esta misma consulta. ¿No nota usted sus efectos liberadores en sus espacios gingivales?
Yo mismo había cometido el mismo error hacía unas horas, así que fui muy paciente al reconducir la conversación.
– ¡Ah, la Unidad! se quedó pensativo–. Pues eso va a ser algo más difícil, mire usted. No tengo ni idea de qué pasó con ella. Si le digo la verdad, hace ya más de un lustro que no hablo con otro izquierdista. Con el último, acabamos los dos en Urgencias a mamporrazo limpio. Si la encuentra, ¿le importaría decirle que me pase a visitar de cuando en cuando? Sería agradable saber qué se siente.
Y así, mustio y melancólico, dejé al pobre doctor Sméagol, no sin antes pagarle lo mejor que pude sus servicios dentales. Menos mal que éste, al menos, se conformó con una triste paj...

CONTINUARÁ

febrero 18, 2019

La tercera, a la izquierda (I)

La gentrificación había transformado el viejo distrito de almacenes de Boo de Piélagos. Las antiguas calles oscuras, mal iluminadas, decadentes y frecuentadas por maleantes y desesperadas trabajadoras del sexo eran ahora calles oscuras, mal iluminadas, decadentes y frecuentadas por instagramers y desesperadas trabajadoras del sexo, pero con un Starbucks en cada esquina. La noche era, como todas en Boo, fría y húmeda, de atmósfera densa y pegajosa, pero faltaba el solo de saxo que habitualmente suele acompañar mis historias porque el músico estaba de baja por la gripe. El aire traía olores de tabaco rancio, combustible y el persistente aroma de prados quemados tan característico del febrero cántabro.


Mi contacto había decidido citarme en uno de los pretenciosos restaurantes que aparecían y desaparecían como setas en este distrito, en vez de venir directamente a mi oficina porque ésta, en sus propias palabras, "olía a pis de mofeta tuberculosa". Se trataba –el establecimiento, no mi contacto– de una atrevida de fusión cántabro-nordestasiática, de supuestamente ingenioso nombre "Albar Kang". La recepcionista, una africana de Puertochico con tatuajes tribales y piercings hasta en las pupilas, quiso ponerme trabas al entrar.
– En este establecimiento no está permitida la entrada de perros.

– Pero si yo no tengo perro.

– Precisamente.
Me costó bastante trabajo convencerla de que mi nombre estaba en la lista de reservas, y aun así sólo se avino a permitir mi entrada después de haberme hecho pasar por una especie de túnel de lavado que tenían instalado a fin de desparasitar a los clientes menos selectos. Mi indumentaria, al parecer, tampoco era la adecuada para el local, por lo que me prestaron una especie de canesú con bordados celtas para que no desentonara con el casual look de la clientela. Después, una eficiente camarera se las apañó para conducirme a la mesa donde me esperaba mi contacto sin dejar de mirar ni un solo instante un punto fijo del techo.

Yo me sentía fuera de mi elemento. Me senté nerviosamente. Mi contacto era un hombre vigoroso, de larga y cuidada barba, reluciente mostacho al estilo Kaiser Guillermo, camisa vintage con estampado que parecía sacado del empapelado del dormitorio de mi bisabuela, tirantes rojos y gafas redondas de madera de teca afgana. En su antebrazo derecho llevaba tatuada la calavera de Karl Marx rodeada de espinas y rosas negras, y en su antebrazo izquierdo una Virgen de la Paloma morreándose con el Che Guevara.
Siéntese –me dijo, de forma bastante superflua dado que yo ya estaba sentado–. Mi nombre es Eusebio Pelanas, pero se pronuncia Marc Wittgenstein, y le he citado aquí para tratar un asunto de la máxima importancia. Pero antes le propongo que le echemos una ojeada a la excelente carta y pidamos un tentempié, ¿le parece?
Yo nunca le digo que no a un tentempié, pero un simple vistazo a la lista de precios hizo que me invadieran poderosos mareos, sofocos y taquicardias. El señor Pelanas, digo Wittgenstein, me sonrió con condescendencia.
No se preocupe, invito yo –dijo–. Bueno, invita el Partido, que es lo mismo. Porque el Partido soy yo, naturalmente –y se rió así: "Ha, Ha"–. Perdón, permítame que le traduzca: ja, ja. Sin darme cuenta me he reído como solemos hacerlo los artistas en Camdem Town.
Me abstuve de comentar. Tras pedir un poco de ayuda a uno de los camareros, ya que no me gusta que mis potenciales clientes se den cuenta de que soy analfabeto, me decidí por el púdin de cabracho en tempura y los noodles de semillas de chía en salsa ponzu al queso de Tresviso. Mi contacto optó por un pan bao de anchoas de Santoña y el cocido montañés con alga wakame y virutas de kimchi. Para beber, mi anfitrión se dejó aconsejar por el sumiller del local, quien nos orientó hacia un excelente tempranillo de la región de la Renania-Palatinado, "Der Betrüger" cosecha de 2014, de aromas redondos y notas picantes a aguacate y cereza cristobalina.
La guía "Le prétentieux" le sitúa entre los cien mejores vinos del mundo para acompañar coliflor –nos dijo el experto.
Procedí a devorar mis platos hasta que un carraspeo desaprobador por parte de mi contacto me sacó de mi ensoñación. Miré a mi alrededor. Todos los demás clientes se dedicaban a fotografiar, etiquetar y subir a Instagram sus platos,  para después devolverlos a cocina sin haberlos tocado.
¿Está usted loco? –vino corriendo a detenerme el jefe de sala–. ¡Los platos de nuestro restaurante no son comestibles! ¿Hay algún médico en la sala?
Toda la sala se puso en pie. Absolutamente todos los comensales tenían algún título en naturopatía, reiki curativo o aromaterapia. Pero afortunadamente tengo un estómago a prueba de bombas, así que ni hizo falta que nadie me impusiera sus manos o me pasara un cristal curativo por la frente. Pasado el peligro y ya ante los postres (un par de torrijas caramelizadas de sobao con té matcha y kumquat ecológico, indigeribles) mi anfitrión decidió meterse por fin en negocios.
Verá usted, señor Mike, eh...

– Es Mike, a secas.

– Verá usted, señor A Secas. Se preguntará por qué le he hecho venir a este pequeño bistró. Pues bien, no pienso andarme con rodeos. Ni tampoco con chiquitas. No soy hombre de chiquitas, y mucho menos en estos tiempos que corren. Yo soy así: al pan pan, y al vino vino. Una persona de acción. Un creador de tendencias. Un visionario. Una persona a la que le gusta pasar de lo abstracto a lo concreto. De lo que opinan que una imagen vale más que mil palabras, y que una story en Snapchat vale más que mil imágenes, pero menos que ser trending topic en Twitter. No me gustan las vaguedades ni los dimes y diretes. No señor, yo voy al grano, siempre al grano, pero quiero que vaya siempre por delante mi respeto a los intolerantes al gluten. Si algo sobra en este mundo, son las palabras vacías de la vieja política, que...
Le interrumpí cuando el café (un raro blend procedente de una plantación regentada por una cooperativa de abuelas solteras de la Nicaragua transcaucásica) comenzaba a formar escarcha y a coagularse bajo el chorro del aire acondionado. Como salido de un trance, el señor Wittgenstein pareció reaccionar y por fin me soltó lo que le había movido a convocarme.
– En definitiva, Mike, porque puedo hablarle por su nombre de pila, ¿verdad? Como decía, Mike, qusiera encargarle un caso. Como sabrá, se acercan las Elecciones Generales, y mi partido (es decir, moi) está muy preocupado por el auge de la extrema derecha. Llevamos un tiempo buscando algo muy necesario para la progresía de este país, pero se ha perdido. Necesitamos que un detective profesional, o en su defecto usted, nos ayude a encontrarlo.

– ¿Y de qué se trata?

– Queremos encontrar la Unidad De La Izquierda. Estamos dispuesto a pagarle con todas las bitcoin que tenemos si usted es capaz de localizarla. La última vez que se la vio llevaba pañuelo rojo y cazadora de pana. ¿Nos ayudará, por favor?

CONTINUARÁ

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