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agosto 10, 2017

The fresquete experience

Iba a hacer la manida referencia al Fresquibilis-sur-mer, pero no estoy al lado del mar así que nada. Con profética certeza, yo me había hecho a la idea de que mi verano iba a durar los diez días que estuve en Grecia, pero en lo más secreto de mi corazón albergaba el deseo de tener algún que otro momento de buen tiempo entre junio y septiembre.

Pues no. Tiene pinta de que no.

Volví de Grecia y me fui al World Pride de Madrid: doce grados centígrados por la noche. Afortunadamente durante el día subían un poco las temperaturas, por lo que la marcha del Orgullo no se deslució nada en absoluto. Además, muchos llevaban un año currándose la pectoralia para lucirla ese día, y no iban a dejar que las bajas temperaturas les fastidiaran el show.  Algunos pezones podrían haberse usado para cortar cristal. Muy vistoso todo, pero yo no me puse el pantalón corto en todo el fin de semana.


Estuve de fin de semana rural con unos amigos en Asturias, y nos lo pasamos jugando a las cartas bajo techo porque no paró de llover.

Volví a Asturias quince días más tarde, y seguía lloviendo.

En Santander, más de lo mismo. Incluso los propios cántabros, gente ruda y desesperada que está acostumbrado a lo gris, comienzan a quejarse de la mierda de verano que estamos teniendo.

Así que me he venido, como todos los agostos, a Segovia.

Trece grados. A las doce de la mañana. Por la noche, seis grados.

Jajajajejejejijiji

Debería estar contento, ¿no? Media Ejpañia se tuesta de calor durante estos meses y desdea mudarse a vivir al frigorífico más cercano, aunque no sea demasiado espacioso.

Será que me gusta demasiado llevar la contraria. ¡Quiero quitarme el jersey!








julio 31, 2017

El verano, este año, cayó en sábado

¡Albricias! Ya pensé que este año no íbamos a tener verano.

El verano santanderino es más bien corto. El año pasado, si no recuerdo mal, cayó en miércoles. Este año ha venido un poco adelantado, un 29 de julio. Es algo bastante poco usual, ya que la tradición y las buenas costumbres mandan que durante las entrañables fiestas de Santiago, semana grande de la ciudad, llueva todos los días, dando motivo de conversación a todo el gremio de la hostelería durante el siguiente año. Pues no, esta vez no ha sido posible cumplir la semana de precipitaciones de un tirón, colándose ya a finales de la semana grande todo el verano.

Ha sido un verano largo. Comenzó el viernes al anochecer, obligándome a volver a casa dando un agradable paseo en vez de correr al autobús, y se prolongó todo el día de ayer, cosa que aproveché no poniendo el pie en casa. Hacía bueno, había luz, las calles estaban llenas de música y gente, y por un día no tuve ganas de matar a nadie.

Fue bonito mientras duró. Hoy ya ha entrado el otoño, con sus lluvias y sus entrañables tentaciones de suicidio.

Menos mal que me quedan el recuerdo del verano de ayer y, más importante aún, las imágenes (literalmente, cinco mil ochocientas) de los diez días que pasé en Creta a finales de junio. ¡Con eso tengo para ir tirando unos meses!


marzo 21, 2017

Mosqueo térmico

Ayer entré en una tienda. En la entrada tenía un dispositivo maravilloso: un botón. Llegabas, pulsabas el botón,  la puerta se abría automáticamente, pasabas y la puerta se cerraba sola. Todo un invento. 

Puede que esto suene a anécdota intrascendente, pero tiene más importancia de lo que parece. Vivo en una ciudad con clima atlántico moderado. Eso significa inviernos lluviosos con temperaturas que no suelen bajar de los 5-10 grados, primaveras y otoños larguísimos de tiempo caótico, y veranos inexistentes desde cualquier punto de vista que no sea el meramente astronómico. 

Esto tiene la ventaja de que en Santander es muy improbable que mueras congelado en mitad de un alud de nieve, lo cual es muy bueno para el organismo, pero la desventaja de que nueve de cada doce meses son tirando a incómodos. No hace un helor de morirse, pero sí un frío húmedo, insidioso y reumático, que se te mete en los huesos y te resbala por la nariz, y que se vuelve especialmente molesto en los días cortos, oscuros y feos de noviembre a abril. Un frío de mierda, y creedme que sé de lo que hablo cuando se refiere al frío: soy segoviano.

Cabría pensar que en un entorno así deberían florecer lugares públicos acogedores y cálidos que inviten a la gente a reunirse dentro, pero no es así.

Es un fenómeno puramente local. No parece darse en otras latitudes. Pongamos el caso de los pubs británicos: lugares lúgubres y mugrientos que sin embargo ofrecen un refugio cálido frente a las inclemencias meteorológicas. Son sitios llenos de roña y ácaros en los que, por algún motivo (el tamaño de las jarras de cerveza influye bastante, pero no es lo único), apetece quedarse. En otras palabras: si me dan a elegir entre el ambiente exterior de las calles de Aberystwyth, en pleno enero y tras la caída del sol, y el interior de uno de esos tugurios galeses, gana el tugurio. Vamos, de calle.

En Santander no existe nada parecido. Los bares, cafeterías y tiendas de mi ciudad adoptiva son todos fríos y repelentes. En muchos casos se está más calentito fuera del local que dentro.

En santander hay dos tipos de locales, a cual más odioso. Están por un lado los que no tienen ningún tipo de climatización. Total, para qué, si hace una estupenda temperatura de trece grados. ¡Tampoco es para tanto! Y da gracias a que al menos dentro del bar no llueve. Esta es una actitud recia y sufrida, muy propia del Norte, sí, pero solo del norte peninsular: probad a utilizar esa filosofía empresarial en Rotterdam, y ya verás lo bien que os va. Yo sospecho que se trata de algún tipo de perversa estrategia comercial: hacer que el cliente se sienta todo lo incómodo posible para que llegue, consuma y se vaya rápidamente a algún sitio más confortable, como por ejemplo el fondo de la Bahía. Inluso se da la paradoja de cafeterías que se molestan en instalar una decoración que parece cálida y acogedora, pero que luego mantienen temperaturas internas capaces de cuajar el benceno.

Pero mucho peores son los otros tipos de establecimiento: esos que sí tienen calefacción dentro, pero que dejan la puerta abierta constantemente. En ellos se establece un perverso gradiente de temperatura entre el fondo del local, donde el plomo de las juntas de las tuberías se derrite lentamente, y la puerta, donde una corriente huracanada hace volar las pelucas de las señoras. ¿Cuál es el sentido de algo así? Alguno tendrá, porque se trata de una estrategia deliberada: el otro día, en una conocida cafetería-panadería-pastelería-tienda-de-cosas del centro de Santander, cuyo nombre completo no voy a decir pero que comienza por "La Gallof..." y termina por "...a Gallofa", pregunté a la dependienta si podía cerrar la puerta, por favor, si no era molestia, porque me hubiera agradadado enormemente no pillar una pulmonía.
No puedo –me respondió la muchacha– la dirección nos lo tiene prohibido
La misma respuesta me dio una vez el aterido cajero de un supermercado del que tampoco voy a decir el nombre, salvo que comienza por "Carrerfour Expres..." y termina por "...arrefour Express". El chico temblaba de frío después de llevar seis horas trabajando en mitad de una corriente que ríete tú de las del paso de Cirith Ungol frente a una puerta estúpidamente, obstinada y obligatoriamente abierta, porque le habían mandado que no la cerrara.

Puedo llegar a entender parte de la aparente lógica del asunto. Una puerta abierta es una invitación al cliente para que entre. Pero también es una invitación a que se vaya. Y no vuelva. Incómodo me parece ir a una desapacible cafetería sin calefacción y tener que tomarme el mediano con el abrigo puesto, pero de verdad me ofende el desperdicio energético que supone tener todos esos kilovatios vertidos a la atmósfera a lo tonto. Podría decirse que allá cada propietario con su factura eléctrica, que es cosa de ellos lo que quieran malgastar, pero uno tiene algo de conciencia ecológica. Estas cosas me sientan como una patada.

Si en este país hubiera alguna agencia que se tomara realmente en serio las cuestiones de eficiencia energética y esa agencia tuviera algún tipo de poder, me sé de diez o doce establecimientos de esta ciudad que ya tendrían una denuncia por mi parte. Pero como no la hay, me toca joderme y hacer un pequeño boicot personal a esos sitios. El problema es que a este paso me voy a quedar sin bares a los que ir...


agosto 30, 2016

Dublín en color

Y, de repente, sale un rayo de sol, que tal vez dura solamente un par de minutos, y la ciudad gris y fría se transforma en una explosión de colores: 
















agosto 27, 2016

Dubín en blanco y negro

No vuelvo a quejarme del tiempo en Cantabria, ¡palabrita del niño Jesús!

En palabras del guía que nos enseñó el coqueto palacete llamado Casino at Marino: "¡Por supuesto que los dueños del palacio no dejaban los suelos de mármol al descubierto! Esto es Dublín: es frío, es húmedo, es lluvioso. Y eso porque estamos en agosto".

Que conste que yo iba preparadísimo para el frío y lluvioso "verano" irlandés, pero aun así he vuelto un poco harto de ese clima de locos. Dublín es una ciudad cojonuda para visitar, preferiblemente de pub en pub. Que es lo que hicimos, básicamente.

Tal clima se presta mucho a la fotografía en blanco y negro, como espero dejar reflejado a continuación:












¿Quiere decir esto que todo el tiempo tuvimos un cielo gris que incitaba al suicidio? No. Aunque el clima no acompaña, o tal vez debido a eso precisamente, Dubín tiene un colorido insospechado. Pero eso lo dejo para la próxima entrada. 


septiembre 10, 2015

Feliz año nuevo

Ya lo he comentado en varias ocasiones: para quienes no hemos dejado nunca la academia, el año no comienza en enero sino en septiembre. Por eso, lógicamente, toca poner como fondo musical "Aguas de marzo":


¿Perdón? ¿Aguas de marzo en septiembre? Lógico, pues es un tema brasileño y en el Hemisferio Sur, recordemos, el otoño empieza en marzo: "são as águas de março fechando o verão, é a promessa de vida no teu coração". Últimamente estoy muy brasileño yo, y no solo por motivos profesionales.

En Santander el verano es una época lluviosa y cálida que comienza allá por San Fermín y termina más o menos por Santiago Apóstol. Es decir, hace ya tiempo que se acabó el verano, pero como he estado de viaje durante todo agosto yo no me había dado mucha cuenta hasta ahora.




No falla: llega el día uno y de repente los alumnos que tienen asignaturas para septiembre se acuerdan de ponerse a estudiar y a preguntar sobre sus dudas. El examen era el día dos. Los resultados no sorprenden a nadie, salvo tal vez a los propios alumnos, que viven en un perpetuo estado de estupor. Hay dos clases de alumnos que se presentan a los exámenes de septiembre: los que suspendieron en junio y los que dejaron la asignatura para el verano por motivos estratégicos. Los primeros muy rara vez aprueban: cuatro meses de no enterarse de nada seguidos por un verano de tampoco enterarse de nada suman exactamente la siguiente cantidad: nada. Los que dejaron la asignatura para centrarse en otras y atacan durante el verano, por otro lado, son algo totalmente distinto: bastantes aprueban y lo hacen con buena nota. He aquí la diferencia entre estrategia y tozudez.

Igual de desastre que los alumnos somos sus profesores. Organizo un congreso para la semana que viene. El plazo límite para registrarse era el 20 de agosto y por tanto, lógicamente, más de la mitad de los participantes se lo saltaron y se registraron durante la extensión de plazo que (evidentemente) concedimos. Ya estaba previsto: siempre es así. Lo que me ha sorprendido un poco (no mucho, la verdad) es que a cuatro días del comienzo del congreso aún haya gente apuntándose. No me voy a quejar: los congresos, como las orgías, son más divertidos cuanta más gente participe.

He vuelto también al gimnasio, a.k.a. Vanessolandia. El verano se ha saldado con un +2 kilos que hay que fundir. Esto en 88 kilos, mi máximo histórico, igualando a los que tenía a los 20 años, con la única diferencia de que antes yo era 100% tocino y ahora soy 80% tocino, 20% músculo. Los pantalones me aprietan, las camisas no me valen y tengo agujeros en los calcetines. Esto último no es culpa de mi aumento de peso, sino de mi vagancia a la hora de ir de compras. Mi gimnasio ha comprado un taller de coches que había al lado y lo ha transformado en un espacio para crossfit: putas modas. Lo bueno es que ahora los Vanessos se reparten entre ambos locales y tengo algo más de espacio para renquear y resolplar como un cachalote varado entre mancuernas y otros aparatos de tortura. En cuanto a los Vanessos en sí, el año comienza con unos cuantos ejemplares nuevos, incluyendo un par de esos que los ves y te entran unas ganas enormes de eyacularles en la cara.


El osezno, para equilibrar mi balanza energética, ha vuelto a los fogones por todo lo alto: ceviche de rape y langostinos, ensalada de toronja y aguacate y budín de pan con arándanos. Cómo cocina ese hombre, por Dior. Qué peligro. Delicioso peligro...




mayo 04, 2015

Del tiempo

Ya sabía yo que era sólo cuestión de tiempo que acabara pillando una astenia primaveral. Yo soy así, muy de pillar cosas que no existen, y creo que es en buena parte culpa de haber leído tanto: uno acaba entregándose a los vicios de la narrativa, se convierte en un metafórico desaforado, y sin comerlo ni beberlo se acaba gobernado por constructos.

Eso, y el persistente dolor de cabeza que me provoca la pertinaz sinusitis, explican mi apatía creativa y otra serie de estupideces que conforman mi ontología cotidiana. Tomemos el ejemplo de hoy: comienza la mañana oscura, oprimente, con nubes como cetáceos enormes varados sobre mi cabeza, una humedad cercana al 100%, cargada de presagios en forma de coloide y verdín. Añádasele a eso mi dolor de cabeza sordo, machacante, persistente, con esa sensación de haberme metido un estropajo por la nariz, y el resultado soy yo, tambaleándome por las calles de Santander, sintiéndome como Bob Esponja (aunque todo el mundo coincide en que me parezco más a Calamardo) moviéndose en un mar de sargazos y atunes metálicos. A cámara lenta, sintiendo a mi alrededor la fricción viscosa del medio pelágico y las voces distorsionadas de paisanos que se me antojan peces abisales de enormes mandíbulas y extraños apéndices fosforescentes.

Pero luego llega el viento sur, desgarrando la capa de nubes y convirtiendo el cielo en un caótico campo de batalla donde un gato histérico, grande como Madagascar, se ha estado afilando las uñas hasta hacerlo todo jirones de vapor; sale el sol, me golpea un viento electrizado,  la Bahía se vuelve verde y gris y espuma, el dolor de cabeza me estalla en ramificaciones sinápticas y me inundan el frenesí, el calor y las ganas de romper algo, follarme a alguien y golpear a alguien, no necesariamente en este orden ni tampoco porqué a álguienes distintos. Yo, que siempre he sido tan sensible al paso de las estaciones, no me había dado cuenta de que los árboles de la Alameda (ninguno de ellos es un álamo, curiosamente) ya tienen hoja, y me parece indignante que nadie me haya consultado, así que dejo que el ventarrón me rodee, me cargo de iones y en cuanto pasa una señora teñida de rubio le lanzo un poderoso rayo, carbonizándola. El hecho de que esto último sólo haya ocurrido en mi imaginación no le quita gracia al asunto, sino precisamente todo lo contrario.

Vaya asco da esto de estar loco.



febrero 01, 2015

Hibernando

Nada como un fin de semana de temporal para agradecer lo que uno tiene, empezando por una casa cálida y una cama confortable donde refugiarse mientras afuera graniza y aúlla el viento.


Fin de semana de no hacer casi nada, salvo dormir y escribir. Tengo un artículo que terminar para el viernes y voy un poco retrasado. Me dan ganas de encerrarme en casa estos días y no salir hasta que esté terminado, pero tendré que enfrentarme a los elementos... mañana.


agosto 19, 2014

Segunda parte


Bueno, pues al final esta segunda semana de vacaciones no fue tan terrible.


Segovia, como de costumbre en esta época del año, estaba estupenda: mañanas frescas como una ministra en una rueda de prensa amañada, tardes luminosas como los ojos de un banquero ante un nuevo paquete de ayudas públicas a su negocio, atardeceres encendidos como el culo de un mandril hembra en celo, noches perfumadas como una cena de divorciadas. Muy bonito todo. 


Tuve un poderoso déjà vu. Estaban de visita mi amigo E. hijo de E. hijo de M., su mujer y su hijo E. hijo de E. hijo de E. hijo de M., para abreviar E3.0. Resulta que E3.0 es una copia exacta de mi amigo E2.0 cuando era niño, hasta el punto de que si no fuera por las cicatrices del parto que tiene la madre yo juraría que el niño se generó por mitosis a partir del padre. El hecho de ser capaz de recordar nítidamente cómo era E2.0 cuando tenía dos años es algo a la vez espeluznante (por lo que implica de viejo que soy) y entrañable (porque da idea de la antigüedad de la amistad que nos une a E2.0 y a mi).

Pasé la tarde del domingo en La Granja de San Ildefonso con mi amigo J. La Granja es un pueblo idílico y versallesco cuyo único defecto consiste en estar ubicado en el centro de España en vez de el centro de Francia. Todos los intentos de desplazar el pueblo al país vecino han fracasado hasta la fecha. Yo, en el lugar de ellos, seguiría intentándolo.










Llegó el día de mi cumplaños y con él ese viejo ritual de elegir restaurante por el que se caracteriza mi núcleo familiar. Empieza con mi Señor Padre diciendo algo así:
- Mañana comemos donde queráis.

- Ah, vale, pues he pensado que podemos ir al Restaurante A.

- No, ese no.

- Bueno, pues al Restaurante B.

- No, ese tampoco.

- Bueno, pues di tú a cuál quieres ir.

- Al que digáis vosotros.

- ¿Qué tal el restaurante C?

- No, ese no.
Este año la agonía se prolongó más de lo habitual con Inesperados Giros del Guión. Mi Señor Padre llegó a obligarnos a ir a ver por dentro un restaurante nuevo que han abierto, para ver si nos gustaba, para después en el último momento hacernos ir a otro diferente, también nuevo. Total, si al final en todos se come lo mismo (cerdo). Este tipo de juegos psicológicos permiten hacerse una idea de por qué a mi Santa Madre se le cae tanto el pelo.

Por la tarde vinieron a alegrarme el día el osezno, que a la sazón pasaba unos días en la casa de mi cuñado en El Escorial, y el Sr. Shepperdsen, que se vino desde Madrid a pesar de que al día siguiente tenía que madrugar para trabajar. Faltó el Sr. Skyzos por imposibilidad geográfica. Pasamos una agradable tarde de paseos y terrazas, y luego nos cenamos medio cerdo y una botella de Pago de Carraovejas en el José María. Luego, una copa en Menorá.





El resto de los días en Segovia fueron tranquilos, solitarios, insulsos. Cumplí mi plan de no pisar la casa más que para las comidas y para dormir. Hice muchas fotos y desarrollé aún más esa afición que he cogido últimamente a beber vino de Rueda a todas horas. La vida es mucho más entretenida y agradable cuando uno está borracho.



Llegó el jueves, me despedí de mi Señor Padre y de mi Santa Madre y me fui a reunirme con el osezno en El Escorial. Mis cuñados viven en una urbanización de las que ya no quedan, con árboles del tamaño de... bueno, árboles como es debido, y piscina. Allí me enfrenté a mi incomodidad TOC de estar a pezón descubierto al aire libre, al menos durante un rato.


No existen fotos del especímen, pero puedo prometer y prometo que el socorrista estaba de toma pan y moja. Casi sufro una fusión del núcleo cuando le vi pasar el limpiafondos con el torso desnudo. El osezno dice que no era para tanto, pero qué se le va a hacer: tengo un morbo especial por los mozos de piscina. Todos tenemos algún tipo de fetichismo por alguna profesión, ya sean bomberos, azafatos, toreros o camareros. Mis morbos profesionales son los mozos de piscina, los jugadores de fútbol australiano, los taxidermistas y los notarios.

El viernes agarramos nuestros mantones de manila, nuestros claveles y nuestras cestitas de mimbre y nos bajamos a Madrid a las fiestas de la Paloma donde, curiosamente, no vimos al Sr. Mocho (culpa nuestra).  Llegamos a las Vistillas temprano, a esa hora en la que sólo están en la calle los madrileños de hoy en día: esos que han nacido en Quito, Lima o Bogotá. Elvira Lindo decía ya hace años que los españoles nos hemos vuelto tan tontos que nos pasamos el día encerrados en nuestras casas y los únicos que disfrutan la calle y los parques de nuestras ciudades hoy en día son los inmigrantes. Esta frase es totalmente cierta y no tiene ni un ápice de xenofobia: al contrario, dice bastante poco a favor de los españoles que por esnobismo, miedo o mera tontuna hemos ido renunciando al espacio público, y encima dejando que Ana Botella lo degrade a su antojo. Hoy en día es difícil encontrar a un madrileño de tercera generación andando por el centro a las seis de la tarde en un día festivo: todos se han ido a vivir a un adosado espantoso en Las Rozas. En esto, Madrid sigue el triste ejemplo de Londres, sólo que en el caso de Londres hay que cambiar "madrileños" por "londinenses" y "colombianos" por "madrileños".



Soy un gran defensor de las tradiciones, siempre y cuando estas tradiciones impliquen comer o beber. Nos tomamos un bocata de deliciosas y aceitosas gallinejas, y habríamos ido después a por los entresijos si no nos hubiera interceptado antes el puesto de churros (y porras). La atmósfera del parque en esos momentos estaba compuesta en un 40% por nitrógeno, en un 6% por oxígeno y en un 54% por grasa. 



Protegidos por esa capa de lípidos, estábamos ya preparados para el garrafón. Anochecía y nos fuimos hacia la parada de metro de La Latina, donde habíamos quedado con J. (no confundir con el J. de La Granja, qué culpa tengo yo de que todo el mundo se llame igual), un amigo del osezno. J. es un ser humano que parece la viva imagen de un esqueleto, tal y como sería el esqueleto si estuviera cubierto por ochenta kilos de músculo duro, apetitoso y turgente. Yo podría utilizar la espalda de J. como pizarra en la que hacer la demostración completa de las ecuaciones de Maxwell. Entre otras cosas.

Entendí por qué a las Fiestas de la Paloma las llaman el Orgullo Chico. Allí había más maricones por metro cuadrado que en una pool party del Circuit. Descubrimos que J. es ciertamente popular en el mundillo gay madrileño: se paraba cada treinta centímetros de camino para ser saludado y besado por alguno. Con esos deltoides, no me extraña lo más mínimo.

Empiezo a estar un poco harto de las barbas. Más concretamente, de no tenerlas. Hemos llegado a un punto en el que todo gay que se precie debe tener al menos una.  Hay algunos, como nuestro conocido Barbarrara, que tienen hasta dos o tres. El osezno, por supuesto, tiene una bien hermosa. Hoy en día, no eres nadie en el ambiente si no tienes barba. Ni tampoco, ya puestos, en el mundo hipster, aunque eso sea otro tema. Pues bien: yo no tengo barba. No me salen más que cuatro pelos mal puestos. No hay manera. Lo que me condena al más oscuro ostracismo. La frase más dolorosa de la noche me la dijo un chulángano (barbudo) frente a la barra del Sixta:
- Estás bastante bueno. Qué lástima que no tengas barba. Adiós.





Acabamos fatal. ¿Habéis probado a volver desde Madrid a El Escorial a las seis de la mañana, borrachos y en autobús de línea? Me río yo del antiguo servicio militar en Melilla.

Volvimos a Madrid al día siguiente, más muertos que vivos, a comer con nuestra amiga R. y a hacer unas compritas. El cockring que me regaló el dependiente de SR no me vale: o bien no sé ponérmelo, o bien tengo unas medidas inusuales. Tal vez debería habérmelo probado in situ, pero me dio palo. El descubrimiento de la tarde, en la librería y lugar de peregrinación personal Generación X, fue este:



Juro que ayer el osezno se hizo daño en el diafragma de tanto reírse.

La vuelta fue en el Alvia, antiguamente conocido como Talgo, y aproveché para ver la película que había alquilado para las vacaciones pero que no había tenido tiempo de ver hasta entonces: 300, el origen de un imperio. Una puta mierda, pero la de torsos que se ven, y lo bien que se les da el Photoshop a los de Hollywood...



Y todo esto para llegar a Santander y descubrir que estaba lloviendo. Viva.




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