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diciembre 29, 2017

¡Ya no trabajo más! (este año)

Me temo que me he convertido en un muermo.

Una de mis tradiciones más antiguas y gloriosas era la de venir todos los años a Segovia por Navidad trayendo un montón de trabajo, y volverme al terminar las fiestas a Santander con exactamente la misma cantidad. Una fiesta católica no es fiesta ni es nada si no tiene una buena dosis de culpabilidad asociada.

Sin embargo, este año he traído más trabajo que nunca, y lo he hecho. Todo lo que llevo de vacaciones ha estado dedicado a irme a la sala de estudio municipal mañana y tarde a currar furiosamente. Ni una triste resaca que me haya impedido desempeñar mis funciones docentes e investigadoras.

Es preocupante, porque no es un hecho aislado. Puede que sea la edad, pero llevo una temporada bastante larga que lo único que hago es trabajar. Antes solía hacer otras cosas. Leía. Escribía (en este blog, fundamentalmente). Hacía deporte. Salía con los amigos. Jugaba. Hacía fotografías. En ocasiones, incluso follaba. Últimamente, sin embargo, casi todo es levantarse a las siete de la mañana para preparar y dar clases, dedicar el resto del día a la burocracia, cerrar un rato el ordenador a las nueve de la noche, cenar, ver un poco de Neflix con el osezno y, después que él se vaya a la cama, hacer investigación hasta las dos de la madrugada. 

Creo que en ocasiones hay que hacer este tipo de cosas, pero este tipo de vida me repugna ética y filosóficamente. Espero que esto no dure mucho más.




Aunque por el momento, y por primera vez en la vida, he cumplido mis objetivos de trabajo navideño, ¡y solo estamos al final del día 29! Ya no trabajo más en lo que queda de año.

¿Y como voy a celebrarlo? Pienso agarrarme un pedo monumental... o lo que mi hígado desentrenado sea capaz de aguantar.

septiembre 04, 2017

All I can think about is...

Coldplay.

Últimamente parece que da un poco de reparo decir que te gusta Coldplay. Se han convertido en un grupo tan mainstream que escucharlos se ha vuelto sinónimo de carecer de todo gusto musical. No como pasa con Donkiet Kong, que siempre están reinventándose a sí mismos y son por tanto el epítome del sibaritismo hipstérico: 

Extraído de "The Ladybird Book of the Hipster"

A las críticas hay que reconocerles gran parte de razón. Es cierto que Coldplay lleva más de diez años sacando al mercado la misma canción, una y otra vez. Es algo que le ocurre también a muchos otros artistas, por ejemplo Manolo García, que hizo carrera musical con una única canción (la reconoceréis en cualquier cosa suya). Pero a diferencia que ocurre con este, la canción de Coldplay resulta que me gusta. Es una canción espaciosa, con ondulaciones azules y doradas, que le pega bien al verano. Resulta que Colplay ha sacado nuevo álbum (bueno, en realidad es solo un EP) hace casi un mes y yo no me había enterado hasta hace cuatro días. En consecuencia, y dada mi personalidad obsesiva, llevo todos estos días escuchando una y otra vez la primera de las canciones, "All I can think about is you", que es precisamente lo que estaba esperando:

La misma canción de siempre, esa que tanto me gusta, sobre todo a partir del tercer minuto.


Y que ha conseguido, bastante soprendentemente, alargar un poco mi verano interior hasta entrado septiembre.

julio 28, 2017

¡Escándalo!

Sí, ya sé, he tardado un poco en actualizar: Oh.

Pero vayamos a lo importante: ¡Los niños! ¿Es que nadie piensa en los niños?

Ayer por la tarde tuve un rato inquietante. Más que inquietante, incómodo. Más que incómodo, molesto. Bueno, vale, en vez de molesto, inquietante.

Estábamos tomando unos vinos con unos amigos, dos de los cuales habían venido acompañados por un par de interesantes personas de nueve y seis años que acontece que son sus hijos: seres humanos que están alcanzando elevadísimas cotas de inteligencia y galanura a pesar de la deficiente educación que están recibiendo de sus padres y de los curas a quienes éstos pagan abundantemente para que les enseñen mitología y valores éticos de la edad de bronce. La madre es amiga de toda la vida del osezno, por lo que lo que sucedió a continuación me pilló totalmente desprevenido:
Entonces tú y el osezno, ¿sois hermanos? –me preguntó el mayor.
Miré a la madre con cara entre el espanto y el reproche, esperando (en vano) que se hiciera cargo de la educación psicosocial de su hijo nacido en pleno siglo XXI. Ella estaba a la sazón muy ocupada ensalzando a los ingleses, que por lo visto están mucho más avanzados que los españoles en relaciones laborales.
No, no somos hermanos –respondí sin comprometerme demasiado.

Entonces, ¿por qué estáis tan unidos el osezno y tú?

Uh... ¿no prefieres que hablemos de Bob Esponja o algo así?

¡Eso son cosas de niños pequeños! Y vosotros, ¿vivís juntos?

Sí, vivimos juntos.

¿Y desde cuándo conoces al osezno? ¿Sois amigos desde el cole y por eso os lleváis tan bien?

Desde la Universidad...

Pero, ¿y cómo es que sabes tan bien lo que le gusta y lo que no le gusta al osezno? Os conocéis mucho, ¿no crees?

Mirá nene, dejáme vivir
El muchacho, que de tonto no tiene un pelo a pesar de que le hayan comido el tarro para hacer la primera comunión hace unos meses, volvió a la carga varias veces a lo largo de la noche. Yo estuve tentado de explicarle profusamente nuestra relación, pero me abstuve elegantemente. Uno pensaría que en todo este tiempo su madre debería haber tenido ocasión de sobra para explicarle a sus hijos con toda naturalidad lo de sus amigos maricones, pero no. Sin comerlo ni beberlo, nos acababan de meter de vuelta al armario.

Sólo espero que el niño no se haya rendido y que haya sometido a su madre a un digno interrogatorio al volver a casa. Yo volví a la mía profundamente escandalizado. ¡Los niños! ¿Es que nadie piensa en los niños?




abril 13, 2017

Procesión de Jueves Santo

A continuación, procederemos a la tradicional retransmisión narrada de la Procesión de Jueves Santo de nuestra ciudad. Por respeto a estas fechas, esta narración no irá acompañada por ninguna foto, música u otra distracción que nos pudiera apartar del debido fervor que nos inspira la Semana Santa.

Aun sin alcanzar la fama mundial de otras procesiones como las de Sevilla, Córdoba o Zamora, la de nuestra querida ciudad no es menor a sus hermanas en devoción de sus participantes, tradición histórica y sentimiento popular. Los pasos de esta procesión albergan tesoros reconocidos de la imaginería sacra que se remontan al Barroco español. Comienza, pues, esta retransmisión en atención a las personas que ya sea por motivos de trabajo o de salud no pueden disfrutar de esta procesión en vivo.

Se abre el cortejo con la tradicional Cruz de Guía. En nuestro caso se trata de una imponente cruz de dos metros de altura, sobria, sin más adornos que unas sutiles filigranas de oro, plata y zafiros que, engarzados sobre la severa superficie oscura del ébano, reflejan el espíritu de pobreza de Nuestro Señor Jesucristo, fielmente continuado y transmitido por la Santa Madre Iglesia. La cruz, tallada en el siglo XVIII por el maestro ebanista gaditano Juan Pedro de Morrete, está siendo portada este año por un esforzado y musculoso nazareno de la Hermandad del Santo Escapulario, ataviado con los humildes terciopelos violeta de su cofradía, quien ha estado entrenando durante todo el año en el Santo Gimnasio de la Catedral para poder soportar la pesada a la par que gozosa carga del señorial crucifijo. Ahora, mientras hablamos, el nazareno se detiene un momento para retomar fuerzas, se levanta pudorosamente el capuchón y se bebe de forma discreta un batido de proteínas y aminoácidos ramificados. Detrás de él, varios compañeros de la misma cofradía, encapuchados acordemente, comentan entre susurros los sacrificios que supone llevar una dieta estricta a base de pechugas de pollo, arroz y creatinina. Todo sea por la mayor gloria de la Semana Santa.

Vienen a continuación, en espíritu de cristiana igualdad y fraternidad y por riguroso orden jerárquico, los superiores de las principales cofradías: los Hermanos Mayores, portando los Libros de Reglas de cada una de las hermandades, los Tenientes de Hermano Mayor, los Mayordomos, los Hermanos Consiliarios, los Secretarios, los diversos Priostes, los varios estamentos de Diputados, el Capillero y los variopintos Hermanos de Honor, en una elegante estructura que denota la sencillez que caracteriza a nuestra fe. Todos ellos llevan erguidos estandartes y poseen ese preciado atributo que les concede el honor de poder acceder tan altos puestos en una cofradía de Semana Santa: pene. 

Llega ahora el senatus, estiloso estandarte penitencial en terciopelos y seda roja cardenalicia con las siglas romanas SPQR bordadas en hilo de oro. Cuenta la tradición que el estandarte que hoy podemos admirar fue bordado en el siglo XIX por las monjitas del Convento de Nuestra Señora del Bendito Corazón durante la Guerra de Independencia, aun mientras fuera de los muros del convento volaban las balas y morían cientos de inocentes. Que las piadosas hermanas tuvieran la entereza de seguir con sus rezos y sus bordados cuando en su lugar otras mujeres más débiles en su fe hubieran estado socorriendo a los heridos da testimonio de lo grande que es nuestra devoción católica.

Acto seguido, pero con la majestuosa solemnidad propia de la procesión, comparecen las bocinas y añafiles,  evocando la trompeta del Arcángel San Gabriel en el Día del Juicio Final, que ojalá llegue pronto de una vez. Contrariamente a lo que cabría esperar, estos instrumentos no se hacen sonar, sino que guardan un respetuoso silencio para no perturbar la paz de cofrades, penintentes y espectadores.

De perturbar dicha paz ya se encargan los tambores, trompetas, silbatos y pífanos que vienen a continuación, manejados por entusiastas cofrades que este año parecen empeñados en demostrar su devoción rompiendo el récord Guinness de decibelios en una vía pública. Los instrumentos vienen precedidos por un temblor en el pavimento y en los edificios circundantes de magnitud 6.4 en la escala de Richter. A su paso, como conmovidos por la fuerza de la fe,  van cayendo fragmentos de escayola de las fachadas, lloran niños y mayores, se desprenden de forma espontánea las cataratas (y de paso las propias córneas) de varios transeúntes y se producen escenas de éxtasis, desmayos y estampidas de animales. 

Llega una de las secciones más emocionantes de la procesión: la de los nazarenos penitentes, que cargan con la cruz de sus pecados y, sobre todo y muy especialmente, los de los demás, esos descastados que no han venido a la procesión y por lo tanto no tienen los oídos sangrantes en estos momentos. Visten algunos nazarenos capas y capuchones, cada uno según el color de su Hermandad: ora negro, ora azul oscuro, púrpura, marrón, granate, blanco roto o rosa melocotón. Otros, los que más fe quieren que sepan sus vecinos que tienen, cargan a sus espaldas pesadas cruces. Pasa a nuestro lado ahora la Cofradía de la Pasión Acuciante, caminando descalza. Unos monaguillos, vestidos provocativamente con faldita y canesú, van arrojando clavos ardientes a la calzada, para potenciar el sufrimiento de los penitentes. Tarda en pasar esta parte de la comitiva entre seis y nueve horas, tratándose como se trata de una procesión rápida. No es cuestión de perturbar el tráfico de la ciudad más tiempo del estrictamente necesario.

Tras los nazarenos circulan los acólitos (ceroferarios, tuniferarios y pertigueros), ataviados en sencilla dalmática bizantina de lino y estofa bordados, con sobrios galones en dorado y bermellón, borlas y orlas, insignias, cenefas, botonaduras y filigrana a juego con las penitencias que acabamos de contemplar y que nos retrotraen a la época dorada de las órdenes mendicantes.

Y por fin comparece el plato fuerte de la Procesión: los Pasos. Este año son cuatro los que honran las calles con su majestuosa presencia. El primero es el más antiguo, la Magdalena Suplicante. Se trata de una figura considerada por algunos como una obra menor, pero atribuida al mismísimo maestro Juan de Mesa en sus años de juventud. Se trata de una talla sencilla, sin palio, sita sobre parihuela de tres toneladas métricas y realizada en pasta de madera y telas encoladas y policromadas. La talla, de unos 1.6 metros de estatura, representa a escala la figura de María Magdalena, llorando como una ídem ante la pasión y crucifixión de Nuestro Señor. En su rostro convulso y pintado como una puerta, el rímel se corre en exquisitos goterones negruzcos, denotando tensión dramática, dolor y moco. Viste la Magdalena, con la habitual fidelidad histórica a la que nos tiene acostumbrada la imaginería sacra, la típica indumentaria de una prostituta de judea en el siglo I: vestido de cintura alta en seda azul celeste con verdugado español, escote medíceo en forma de V con tassel almidonado, mangas abombadas y gorguera de Flandes a juego.  Eso sí, todo tapado por una arpillera negra porque estamos en Semana Santa, lógicamente.

El segundo paso pertenece a la Hermandad del Sacro Coxis Lumbar y se centra en la figura Nuestra Señora de las Angustias y los Agudos Dolores en el Vientre y la Persistente Quemazón Provocada Por La Urticaria. Se trata de una figura pequeñita, del siglo XVIII, atribuída al taller del maestro Petronilo de Cuenca, ataviada en raso y terciopelo negro bajo palio naranja butano. La Virgen está arrodillada en actitud orante, de humilde aceptación. Su corona es de platino con diamantes engarzados. Como la figura en sí es de pequeño tamaño (apenas un metro veinte), las esposas de los cofradades han engalanado la parihuela con seis mil cirios hechos con cerumen de oveja abisinia. Los costaleros, que se estrenan todos este año (los supervivientes del año pasado aún ocupan el ala de traumatología del hospital Virgen del Copago) consiguen que la figura se mueva suavemente, como si levitara entre nubes, pese a que el Paso tiene aproximadamente el tamaño y la masa de un tanque alemán de la II Guerra Mundial.

Llega, solemne, el Paso del Cristo Agonizante del Espantoso Sufrimiento, obra cumbre del siglo XVII: una majestuosa talla que refleja algunas de las ingeniosas torturas que sufrió Nuestro Señor en el camino al Calvario. La figura, tallada según dice la leyenda a partir de una pieza única procedente de un roble centenario, fue elaborada por el maestro sevillano Simón de Botijocerrado; es una pieza exquisitamente lacada y policromada según la técnica del estofado, que sufrió graves daños durante el incendio de 1879 y fue posteriormente restaurada, por iniciativa popular, hasta recuperar su gloria inicial. Como suele suceder en las tallas de la escuela andaluza, la figura rehúye de efectismos innecesarios, mostrando con serenidad los más mínimos detalles: la Corona de Espinas se clava en la piel del Redentor, perforándola y arrancando copiosos ríos de sangre que se unen a los provinientes de las llagas, pústulas y flagelaciones de los latigazos, las lesiones incisocontusas de armas de distinta consideración, los estigmas, los arañazos, las escarificaciones y los diversos traumatismos; con inusitado realismo, la sangre mana por innumerables heridas, gotea por todo el cuerpo de Nuestro Señor y forma un charco a sus pies, que están cubiertos de ampollas y están siendo mordidos por perros rabiosos. Se trata sin duda de una imagen edificante para niños y mayores. Al paso de la figura, decenas de señoras ancianas, las auténticas groupies del catolicismo, se echan a llorar a moco tendido.
Esto es un sentimiento muy grande, que no se puede explicar –dicen, pero con bastantes menos fonemas.
Por último asistimos, arrebolados, al tránsito del último de los Pasos, el Mayúsculo Cristo Triunfante del Gran Poder Plenipotenciario y Multiusos de la Gloria Trascendente de Todos Los Santos Por Orden Alfabético Inverso, un espléndido madero de 1642 atribuído a Tomás Jesús de Calamoñas y actualmente en custodia de la Hermandad del Reloj Atómico de San Fernando. La figura mide como doce metros de altura, pesa tanto que va dejando surcos en el asfalto por donde pasa y está dotada de un ingenioso sistema de bisagras y poleas que le permite mover los brazos, girar la cabeza y escupir fuego por la boca, para deleite de todos los asistentes.

Ya casi ha acabado la Santa Procesión. Sólo queda que tras los pasos caminen, esquivando los charcos de cera ardiente, sangre, aceite, sudor y esputos, los representantes del poder civil: jueces, militares y políticos locales y nacionales, demostrando como es debido que en este país, ahora y siempre, la religión va delante de todo lo demás. Como debe ser.






marzo 24, 2017

Gestión de conflictos

Mi problema, tal vez, es que nunca he tenido problemas.

No sé bien cómo gestionar las situaciones de conflicto. La vida me ha tratado tan bien que no he tenido muchas oportunidades para aprender.  

No tengo hermanos, así que nunca he tenido con quién pelearme de forma regular. Por supuesto que de niño tuve mis riñas de patio de colegio, como todo el mundo, pero desde entonces todo me ha ido bastante rodado: estoy a cuatrocientos kilómetros de las broncas familiares, en mi entorno laboral inmediato si hay broncas yo nunca las he visto, y he tenido la tremenda suerte de encontrarme con un osezno con el que en diecisiete años solo he tenido un enfado digno de mención, y sólo nos duró unas pocas horas. Con él, la disputa más gorda suele ser a qué cafetería vamos para desayunar por la mañana. La gente me pregunta cuál es el secreto para tener una relación tan duradera en estos tiempos, y siempre respondo que cómo sería posible no tenerla, estando al lado un chollo de persona como es el osezno.  En mi vida solo me he enfrentado a un enemigo, yo mismo, y yo, como rival, la verdad es soy bastante birrioso. 

No es que me queje del asunto. ¡Líbreme el todopoderoso Monstruo Espagueti Volador Gigante! Pero hay una consecuencia de todo esto, y es que casi nunca he tenido que enfrentarme a las consecuencias emocionales del conflicto. No sé bien cómo gestionar mis emociones en situaciones de enfrentamiento. Como muestra, un botón: la última vez que tuve un rifirrafe dialéctico fue en una discusión banal de escalera de vecinos, y dormí mal durante casi una semana. Tras aquella pelea de tres al cuarto con la vecina, un buen amigo me dio un consejo inapreciable:

"No le puedes caer bien a todo el mundo. Acéptalo."

Y creo que más o menos lo he aceptado, intelectualmente al menos, pero aunque ya no me llevo un disgusto personal cada vez que alguien me mira mal, eso no significa que me haya aprendido a manejar mis emociones.

No me estoy refiriendo a la agresividad. Es verdad que en las raras veces en que discuto por algo tiendo a calientarme y perder cierto control, sí, y eso es un problema muy serio. No me siento nada orgulloso de ello y es algo sobre  lo que tengo que trabajar duramente, pero tampoco creo que mi forma de reaccionar sea más virulenta que la de la mayoría de las personas.  Tal vez alce mi voz más de lo debido o diga algo de lo que luego me arrepienta, pero creo que no soy de los de sacar el bate de béisbol y los puños americanos en un arrebato. No, lo que me trae frito hoy es una cosa diferente: el llamado "post-pelea", que me está dando un día un poco horripilante.



La culpa es de las puñeteras Vicisitudes de la Vida: son ellas las que me han colocado en una posición en la que me toca luchar y hacer mías peleas de otros. Esta mañana he tenido una de ellas, con una de las conversaciones de teléfono más absurdas y desagradables que he tenido el disgusto de mantener nunca. Menos mal que la conversación, por llamarla de alguna manera, se vio interrumpida por la llegada de un paquete postal que tenía que bajar a firmar, que si no aún estaríamos agarrados al auricular y la escalada de las hostilidades habría sido de ríete tú de la Guerra de los Cien Años. Pero la cosa no se va a quedar aquí, y preveo que las próximas semanas van a ser interesantes de lo lindo.

Aquí es donde viene mi petición de auxilio: ¿qué hago yo ahora con este disgusto que llevo dentro? ¿Cómo se maneja esto? Esa sensación de ardor que te revuelve las tripas y no te deja reposar, que te acelera el pulso y te lleva una y otra vez a revivir la conversación; a imaginar respuestas mordaces y certeras que jamás llegarán a ser dichas en su momento justo. Esa especie de sentimiento de culpa por atacar y haber sido atacado. Esa sensación de inferioridad, la duda de si el otro habrá tenido la razón o si simplemente es que es mala persona... todo eso que lleva dándome vueltas a la cabeza todo el día, y seguirá haciéndolo sin duda todo el fin de semana, y que me lleva a estar intentando desahogarme en estas líneas en vez de hacer lo que debería hacer, que es concentrarme en mi trabajo y responder al referee de mi artículo, que ya va siendo hora. Con la pequeña tortura adicional de ser consciente de que todo esto en es el fondo por una soplapollez. ¿Qué será cuando tenga que enfrentarme a un conflicto de verdad?

En serio, ¿cómo hacéis, los que tenéis experiencia peleadora? ¿Esto mejora con el tiempo o va a ser siempre así? Porque, sinceramente, me entran ganas de meterme a alguna otra profesión que me obligue a aislarme por siempre de mis semejantes, como monje, informático o algo así. 

marzo 13, 2017

Amor por las librerías

Dicen que dentro de veinte años la mayor parte de los puestos de trabajo tendrán que ver con profesiones que hoy en día aún no existen. Dicen que muchos de los negocios que todavía pueblan nuestras ciudades desaparecerán por completo, como ha ocurrido ya con los videoclubs y está a punto de suceder con las mercerías y las tiendas de reparación de calzado. Es muy previsible que una de las primeras víctimas del nuevo orden comercial sean las librerías. Y esa será la pérdida que más me dolerá de todas.

Mi relación de amor con las librerías es casi tan vieja como yo mismo. Uno de mis primeros recuerdos felices es el de unos primos de mi padre queriéndome hacer un regalo y acompañándome a Antares, mi librería favorita de aquellos años, y esperando pacientemente mientras yo elegía mis nuevos tesoros en cartoné.

La librería Antares era para mí la mejor de Segovia en aquella época, sobre todo por su sección de libros de fantasía y ciencia ficción, pero no dejaba ser una librería española de los años ochenta: un local estrecho y alargado cubierto de estanterías atestadas, aprovechando cada centímetro de pared para apretar el mayor número de libros de canto posibles. Llevaba su tiempo encontrar un libro concreto entre tantos lomos, cada uno con el texto colocado hacia la derecha o la izquierda según le hubiera dado al librero, así que había que avanzar lentamente, cabeceando como un polluelo perplejo, hasta dar con algún tesoro escondido. Era tremendamente ineficiente, pero tenía su encanto.

Todas las librerías de Segovia eran más o menos así: pequeñas, estrechas, atestadas. Mención aparte merece la librería Cervantes, con un local enorme en plena Calle Real. La Cervantes es una constante en la vida segoviana que no ha cambiado nada en los últimos cien años: sigue teniendo el mismo aspecto que tenía cuando Olga Ramos hizo la primera comunión, contiene los mismos libros sobre vidas de santos, los mismos misales y los mismos calendarios zaragozanos que entonces, y sospecho que conserva incluso el mismo dependiente que en 1906, momificado en algún tipo de ungüento preconstitucional. La Cervantes nunca ha estado entre mis librerías favoritas.

El panorama empezó a cambiar en algún momento de los noventa, con pequeñas librerías algo diferentes como la Diagonal,  donde se empezaba a dejar espacio para actividades culturales o, al menos, para poder respirar sin chocar las costillas contra los estantes. La Diagonal fue una pionera en Segovia, pero a ser su especialidad el libro infantil y llegar yo un poco tarde para ese tipo de literatura, nunca le cogí especial apego.


Fue cuando hice mi primer viaje a Estados Unidos cuando descubrí que existía otro tipo de librerías a las que me tenía acostumbrado Segovia (y también Madrid, que tampoco era gran cosa en el panorama librero, por mucho que le pese a la Casa del Libro). Librerías que eran algo más que almacenes de libros en venta: centros de reunión, lugares donde hacer talleres y coloquios, motores de la vida cultural de la ciudad. ¡Y en algunas te podías tomar un café extraordinariamente caro mientras leías una revista! Eran librerías pobladas por una especie mágica y maravillosa: la del joven universitario (etnia formada por individuos con edades comprendidas entre los 19 y los 99 años) que se sienta con un cuaderno de notas o un Mac a fingir que está creando la gran obra literaria de su generación, con el único (e infructuoso) objetivo de ligar. 

El concepto de librería-cafetería me chocó al principio, pero rápidamente me enganché a ellas. Volver a España se me hizo cuesta arriba entre otras cosas por despedirme de librerías como Moe's, Cody's, la llorada Black Oak o incluso la Barnes & Noble, a pesar de su aspecto de centro comercial.  

Poco a poco fueron abriendo en España librerías que seguían el modelo anglosajón. Curiosamente, o tal vez no tanto, algunas de las primeras fueron las librerías gay. En Madrid, Berkana (mientras Mili se lo pudo permitir) se cambió a un local enorme y puso una pequeña cafetería donde poder sentarse uno a tomar un té entre la sección de ensayo feminista y el expositor de películas porno: la tensión filosófica entre ambos polos de la cafetería amenazaba con romper el tejido del espaciotiempo. Aquella librería-cafetería duró pocos años, pero fue gloriosa.

Pero a Segovia tardó un poco más en implantarse la librería-espacio cultural. Después de la mencionada Diagonal, aparecieron dos librerías maravillosas no en la propia Segovia, sino en un pueblo de apenas cinco mil habitantes: La Granja de San Ildefonso. 



La Librería Farinelli es un capricho para los amantes de la música y los libros que tiene dos plantas y una terraza en el exterior cuando hace buen tiempo. En la librería se organizan de forma regular un club de lectura, proyección de cine clásico en versión original con cine fórum y pequeños conciertos. 



La Librería Ícaro es gratísimo espacio con una trayectoria de más de treinta años y que desde 2013 cuenta también con su café donde celebran una treintena de actos culturales al año. El año pasado abrieron una tienda en Segovia, muy cerquita de la catedral, lo cual considero un verdadero atentado contra mi economía: aún no he conseguido visitar la librería sin hacer al menos una compra.


 

En un estilo totalmente distinto, dentro también de Segovia, hay una librería anticuaria especialmente bonita: el Torreón de Rueda, en la calle Grabador Espinosa (subiendo junto al seminario, en el callejón de escaleras que se extiende entre la Casa de los Picos y la Plazuela de los Espejos). Yo reconozco que no soy muy aficionado a los libros antiguos o de segunda mano, pero me gusta pasarme por el Torreón de Rueda a disfrutar del ambiente reposado y cálido que siempre ofrece la librería. No tiene cafetería, ni falta que le hace. Eso sí, y tengo que hacer una pequeña crítica, el dueño no ha sabido o no ha querido hacer unas fotos atractivas del local que le hagan justicia al interior de la librería. Yo me he tomado la libertad de arreglar un poco algunas de las que tiene en su página:




Y mi último descubrimiento, bastante vergonzoso por lo tardío que ha sido dado que la librería está a trescientos metros de casa de mis padres y que lleva abierta dos años, ha sido Intempestivos. Justo pegada al Acueducto. La Intempestivos forma parte de "la conspiración de la pólvora", una alianza de tres librerías de Salamanca, Plasencia y Segovia que ha ganado el Premio Nacional de Fomento a la Lectura de 2016. Si la Ferinelli me sedujo, la Ícaro me encantó y el Torreón de Rueda me fascinó, la librería Intempestivos me ha enamorado: un espacio a doble altura (ocupado anteriormente por una tienda de cómics, por cierto), luminoso a la vez que acojedor, decorado con un gusto exquisito y con un diminuto patio zen que invita a sentarse junto a la ventana y pasar la tarde entre libros, con un café y un bizcocho o tal vez con un vinito de Ribera del Duero, que también los sirven. Aunque yo si fuera el dueño de la librería me lo pensaría bastante antes de dejar que un segoviano se pasee entre libros nuevos llevando una copa de vino tinto en las manazas...



Es un orgullo y una alegría que en mi pequeña ciudad existan librerías así de buenas. Aunque me pregunto con miedo si el tamaño de Segovia puede sostener tanto negocio librero. Temo que esta floración de tiendas de libros de calidad sea un fenómeno de vida breve. Pero mientras dure, bienvenido sea, y pienso disfrutarlo cada vez que vaya a casa.

enero 08, 2017

Crufantis generacional

Rubén Fdez, @TheFdez, es un historietista español que me hace pasar unos momentos grandiosos gracias a su humor absurdo y gamberro. De entre sus contribuciones a la revista El Jueves, la que más me hace reír es "24 horas con...", una página cuyas reglas (según el propio autor) son:
  1. Cada página cuenta un día en la vida de alguien famoso.
  2. Siempre es alguien real, vivo o muerto.
  3. Siempre sale un señor calvo raro llamado Mocasines.
  4. A veces también sale algún pato.
En una de las viñetas de la página dedicada al actor, político y blanco profesional de chistes llamado Arnold Alois Schwarzenegger ocurría lo siguiente:


En efecto, el señor calvo raro es Mocasines.

¿Quién no tiene un familiar, casi siempre con edad superior a los sesenta años, que pronuncia "crufantis" cualquier palabra que sea un poco rara? En mi casa, mi señor Padre y mi Santa Madre compiten a ver cuál de los dos es más crufantis. Esto va más allá de la conocida incapacidad del castellano talludo para pronunciar la letra X (en mi casa nunca se habla de "seso", pero ocasionalmente se llama a un "tasis"). Recientemente mi Señor Padre me pidió que buscase en el "búrgle ese del internés" (google de internet) el hotel en el que iban a estar en su viaje de jubilados por Euskadi: el Holiday Inn de Bilbao, sito en la avenida Zumalacárregui de dicha ciudad. Pues bien, ni mi Señor Padre ni mi Santa Madre han sido nuca capaces de decir dos veces igual ni la palabra "Holiday", ni la palabra "Inn" ni, lo que ya es más sorprendente, la palabra "Zumalacárregui". La de risas que nos echamos unos y otros con todo ello.

¿Existe de verdad un mecanismo por el cual a partir de los sesenta las palabras complicadas se convierten en crufantis?  Yo no lo creo (aunque Zumalacárregui me hace dudar a veces). No me parece que sea una cuestión de edad, sino de costumbre. En español hay pocas palabras que contengan la x, existe una correspondencia perfecta entre escritura y pronunciación, la fonética es más sencilla que el mecanismo de un chupete y hay muchas terminaciones que sencillamente no existen: por eso noventa y nueve de cada cien españoles, independientemente de nuestro nivel educativo, somos incapaces (yo me incluyo) de pronunciar correctamente la palabra pub (decimos algo así como /pæf/). Así que cada vez que mi Señora Suegra dice que el lúntx (lunch) de la boda, que es lo que mi Señor Padre llamaría el cótel de la boda, estaba muy bueno, yo sonrío y pienso: crufantis. Pero lo hago sin burla, porque al fin y al cabo todos sufrimos de crufantismo. Y si no, a ver quién de entre los lectores es el guapo que sabe pronunciar blødehåndklæder (Nils no cuenta).




   

diciembre 11, 2016

Bears, beers & baos

Copón, qué bajona más tonta.

Tendrá bastante que ver con la resaca, me imagino. No debería haber dejado que me invitaran a un whisky con cola anoche. Me sientan fatal. No así el sake, los mojitos, los gintonics y las cervezas que me tomé antes: esas me sentaron divinamente, seguro. La culpa es del cubata.

Al menos, esa es la clase de cosas que siempre se dicen a las madres a la mañana siguiente.

Estuvimos, así en mayestático, de puente en Madrid y, en efecto, no quedamos contigo. Lo sentimos mucho, seas quien seas, pero es increíble lo apretada que puede llegar a estar la agenda social de dos señores de provicincias de mediana edad cuando se dejan caer por la capital. No sé cómo hace Nati Abascal (Nati, con i latina, pese a lo que pongan el Hola y la wikipedia, porque acabar los diminutivos españoles en "y" es ortográficamente incorrecto y además es muy de paletos), la verdad, para cuadrar sus compromisos sociales.

Dicho de paso, qué feo suena eso de compromisos sociales. Si son amigos, no son compromisos. Si son compromisos, no son amigos. Lo nuestro son amigos.

Pero me estoy desviando, y encima en público. Estuvimos de jueves a ahora, domingo, e hicimos lo clásico en estos casos: ver gente, comer como cerdos, ir al teatro, ingerir alcohol como para propulsar un cohete a Marte y dormir francamente poco. En el caso del osezno, además, desgastar la bañera del hotel a golpe de baños con patito de goma.

Por si a alguien se le había escapado, ha sido el MadBear: todo el centro de Madrid invadido por úrsidos de todos los colores (negros, pardos, grises, polares y algún que otro oso panda oriental) y el nutrido ecosistema de artrópodos y fauna microbiana que suele acompañarles. Dios, cuánto guapo suelto. Tengo los ojos erosionados de tanto mirar en la grumosa penumbra del Zarpa, el Bearbie y otros sitios de cuyo nombre no debo acordarme.  He notado una pequeña diferencia con respecto a otros años: posiblemente debido a que ahora llevo bigote, mis superpoderes de invisibilidad osuna se han deteriorado. Si antes yo era capaz de atravesar de un extremo a otro la sala de baile del Bearbie sin que ningún ojo registrara mi presencia (llegué a considerar seriamente la lucrativa carrera de carterista de discoteca), esta vez sí que he notado miradas sobre mi persona. De pena o asco, principalmente. Pero oigan, un cambio es un cambio. El osezno, por su parte, ha recibido tanta admiración como de costumbre. Yo se lo tengo dicho: si no te gusta que vayan por ahí desabrochándote los botones y dejándote el pechote al aire, no deberías ponerte esas camisas. Pero por algún motivo no me hace caso y sigue poniéndoselas, ¿por qué será?



Pero no todo es pelo en la vida. También hay algo de culturilla. Yo fui a ver, y disfruté enormemente, la exposición gratuita sobre Hitchcock en la Fundación Telefónica. Pobre Tippi Hedren, lo mucho que la puteó Hitchcock. Con lo que me ha gustado siempre esa mujer: es justito lo que sería su hija Melanie, si alguna vez hubiera tenido belleza, clase y talento. Pues eso, yo nunca había visto la Fundación Telefónica por dentro y, francamente, no entiendo por qué la gente prefiere ir al Primark de Gran Vía teniendo la Telefónica al lado. ¡Y encima sin colas para entrar! Creo que la Fundación debe haber sido el único lugar en el que hemos estado este fin de semana para el que no hemos tenido que cuardar colas.
- It's amazing how you Spaniards seem to love lines -me decía un israelí, uno de los pocos osos (en realidad, era más bien chaser, y no sé cómo sentirme al respecto) que se ha dignado en hablar conmigo estos días. Espero que la frase no tuviera doble sentido.
Fuimos también al teatro. La obra, iMe, no nos convenció demasiado ni en su argumento ni en su desarrollo, pero sí nos gustó mucho la interpretación de Mireia Pàmies.  La historia plantea en forma de distopía un tanto exagerada un asunto muy actual: la forma en la que las redes sociales e internet están desplazando el contacto real entre las personas. Lo cual me lleva de nuevo al tema inicial, y es lo chocante que resulta estar en un bar de ambiente y ver a la gente cabizbaja y mirando al móvil, intentando ligar por Scruff en vez de mirarse unos a otros. Siniestro.




Y que conste que escribe esto una persona sin nungún tipo de credibilidad en estas materias, que dedica más minutos al día a hablar a través de WhatsApp que de viva voz. Volviendo al teatro, nos quedamos con las ganas de ir a ver el monólogo "cómo seducir a un hetero", pero nos liamos con las fechas. Un sindiós.

En materia gastronómica, comimos baos. Era inevitable. Madrid está tomada por los baos. Todos se han subido al carro de la moda: de no conocerlos ni Cristo, han pasado a estar presentes hasta en la sopa. Literalmente. Y se preguntará algún hipotético lector de provincias, ¿qué es un bao? 

Yo lo explico:

Una BAO (Baryonic Acoustic Oscillation) es una fluctuación periódica de la densidad de materia bariónica, en una escala típica igual a la del horizonte de sonido en el momento de la última dispersión justo antes de la época de la recombinación (o sea, una escala comóvil de unos 150 megapársecs, asumiendo como factor de escala a tiempo actual a(t0)=1, como viene siendo el criterio habitual), y que se debe a la creación y posterior disipación de ondas de sonido en el plasma que llenaba el Universo en el periodo comprendido entre el final de la inflación y la época de la recombinación, y al comportamiento diferencial entre la materia bariónica y la materia oscura no bariónica.


Ha quedado clarísimo, ¿verdad?

Además, de forma mucho menos importante en el Gran Esquema de las Cosas pero más deliciosa para los insignificantes organismos que pisoteamos este planeta, los baos son panecillos chinos rellenos de cosas. Para que nos entendamos, una especie de arepas, con la diferencia de que los baos suelen estar ricos.


Pues bien: Madrid está dentro de un BAO, aunque no se note, y está lleno de baos, y esto último se nota casi demasiado. Los baos son hoy en día lo que eran los tatakis hace un par de años o las reducciones de balsámico de Módena hace cinco: una moda que al principio (durante la primera semana o así) resulta encantadora pero que rápidamente satura.

Como saturó hace lustros la moda, que sin embargo nunca parece acabar, de los tatuajes. ¿Es que no va a parar nunca esta espiral del horror en la que vivimos? De acuerdo: soy el primero en salivar ante un buen par de bíceps tatuados o en apreciar un bonito y original tatuaje estratégicamente colocado en una región de piel invitadora, pero, ¿nadie se ha parado nunca a explicar a los clones de Chueca que hacerse el mismo diseño tribal en el hombro que lleva el actor porno de turno y que llevan otros diez mil tipos exactamente iguales NO es un signo de personalidad original e independencia? Nada, que no les entra.

Aunque siempre puede ser peor si uno se pasa de originalidad, como ocurre con ese por otra parte encantador dependiente de una tienda de ropa que nos atendió el otro día y que llevaba todo el cráneo tatuado con dibujos completamente horripilantes, y con la siguiente frase escrita en Lucida Calligraphy sobre su frente:

"Forever Young"

Pagaría por poder ver su cara dentro de cuarenta años.



diciembre 02, 2016

Misterioso bar

Santander son varias ciudades pegadas una encima de otra. Casi literalmente. 

En toda ciudad a partir de un cierto tamaño ocurre que cada barrio acaba desarrollando una personalidad propia. Las distancias son lo suficientemente grandes como para que cada uno tienda a moverse principalmente por los bares, tiendas y calles de su barrio, que acaba convirtiéndose en un pueblo o ciudad dentro de la ciudad. Al final son los centros comerciales de las afueras y el "paseadero" donde van los mayores a ver y dejarse ver por las tardes los únicos lugares que terminan conectando estas pequeñas sub-ciudades separadas.

En Santander esto también es así, pero multiplicado por la topografía. La ciudad es tridimensional y orientada a lo largo. Los montes de municipio se alargan todos en forma de lomas de eje este-oeste, separadas por cuestas más o menos pindias (palabra muy cántabra que significa "empinada") que sólo los jovenzuelos más vigorosos o las ancianas más tenaces recorren voluntariamente a diario. Y a esto hay que añadirle las vías del tren, con la misma orientación este-oeste y que parten la ciudad dejando un tercio de ella completamente a desmano. Aparecen así "bandas" de ciudad casi desconectadas entre sí: el eje alto Monte-Cueto al Norte, separado por la autovía del eje bajo de Las Llamas-Los Castros, separados por una subida del eje alto del Alta, separado por vertiginosas cuestas y miradores del eje bajo centro (subdivido a su vez en lo que está arriba y abajo del Ayuntamiento), tras el que se vuelve a subir al eje alto de la Calle Alta, y después el abismo de las vías de tren y finalmente el eje doble de las calles Castilla y Marqués de la Hermida, con su satélite del Barrio Pesquero que también tiene su personalidad e idiosincrasia propios. Ocho ciudades en una. Cuando voy a los cafés científicos que organizan mis colegas el último viernes de cada mes en la zona Castilla-Hermida, siempre tengo la sensación de haberme movido a un par de ciudades o tres de distancia.

Cuento todo esto porque yo, como todo el mundo, solía moverme solamente en dos o tres de las sub-ciudades de mi ciudad: la de mi casa, la del trabajo y, de cuando en cuando, la de los vinos. El resto de ciudades de Santander me eran casi totalmente desconocidas. Esto ha cambiado recientemente desde que me apunté a clases de teatro los jueves por la tarde. 

Mi escuela de teatro está en una subciudad que, a vuelo de pájaro, está a trescientos metros de mi casa. En unidades subjetivas de distancia urbana, está casi en otro país. Mejor dicho, en otro siglo. Se trata de una ciudad de 1960.

Los edificios son de los años sesenta, y no se han molestado en disimularlo con capas de pintura como en el resto de Santander. Las tiendas parecen de los sesenta también. Y los bares... ¡los bares son puro Cuéntame! Ya no quedan bares como esos ni siquiera en mi pueblo. Yo pensaba que ya no había bares de viejo como los de antes. Pues bien: en esta otra ciudad a trescientos metros de la mía hay a patadas.

Cada jueves me llama la atención uno de ellos. Está siempre petado de clientes: todos ellos hombres, y ninguno con menos de setenta años. Es algo impresionante. Se trata de un local grande, con grandes cristaleras, de luces fluorescentes y atmósfera que, a pesar de que la ley prohíba fumar en los bares, tiene más smog que Londres en plena revolución industrial. Supongo que será fritanga. Todos los hombres visten como hacía mi abuelo. Y lo que más me llama la atención es sus posturas. Cada uno mirando en una dirección distinta: uno a la tele, otro a la máquina tragaperras, otro a la pared, otro al techo, otro al periódico, otro al calendario de Piensos Purinox de 1964. Cada cual con su copa de Soberano en la mano, sin hablar nadie con nadie. Como vigilando el aire.

Y así jueves tras jueves.

Estoy fascinadísimo. A veces me entran ganas de entrar, pero no me atrevo. Estoy seguro que los parroquianos me mirarían con tal intensidad que se desgarraría el tejido del espaciotiempo y el bar implotaría en una singularidad cronológica, posiblemente destruyendo el universo en el proceso. Casi mejor que no. 


agosto 30, 2016

Dublín en color

Y, de repente, sale un rayo de sol, que tal vez dura solamente un par de minutos, y la ciudad gris y fría se transforma en una explosión de colores: 
















agosto 27, 2016

Dubín en blanco y negro

No vuelvo a quejarme del tiempo en Cantabria, ¡palabrita del niño Jesús!

En palabras del guía que nos enseñó el coqueto palacete llamado Casino at Marino: "¡Por supuesto que los dueños del palacio no dejaban los suelos de mármol al descubierto! Esto es Dublín: es frío, es húmedo, es lluvioso. Y eso porque estamos en agosto".

Que conste que yo iba preparadísimo para el frío y lluvioso "verano" irlandés, pero aun así he vuelto un poco harto de ese clima de locos. Dublín es una ciudad cojonuda para visitar, preferiblemente de pub en pub. Que es lo que hicimos, básicamente.

Tal clima se presta mucho a la fotografía en blanco y negro, como espero dejar reflejado a continuación:












¿Quiere decir esto que todo el tiempo tuvimos un cielo gris que incitaba al suicidio? No. Aunque el clima no acompaña, o tal vez debido a eso precisamente, Dubín tiene un colorido insospechado. Pero eso lo dejo para la próxima entrada. 


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