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marzo 13, 2017

Amor por las librerías

Dicen que dentro de veinte años la mayor parte de los puestos de trabajo tendrán que ver con profesiones que hoy en día aún no existen. Dicen que muchos de los negocios que todavía pueblan nuestras ciudades desaparecerán por completo, como ha ocurrido ya con los videoclubs y está a punto de suceder con las mercerías y las tiendas de reparación de calzado. Es muy previsible que una de las primeras víctimas del nuevo orden comercial sean las librerías. Y esa será la pérdida que más me dolerá de todas.

Mi relación de amor con las librerías es casi tan vieja como yo mismo. Uno de mis primeros recuerdos felices es el de unos primos de mi padre queriéndome hacer un regalo y acompañándome a Antares, mi librería favorita de aquellos años, y esperando pacientemente mientras yo elegía mis nuevos tesoros en cartoné.

La librería Antares era para mí la mejor de Segovia en aquella época, sobre todo por su sección de libros de fantasía y ciencia ficción, pero no dejaba ser una librería española de los años ochenta: un local estrecho y alargado cubierto de estanterías atestadas, aprovechando cada centímetro de pared para apretar el mayor número de libros de canto posibles. Llevaba su tiempo encontrar un libro concreto entre tantos lomos, cada uno con el texto colocado hacia la derecha o la izquierda según le hubiera dado al librero, así que había que avanzar lentamente, cabeceando como un polluelo perplejo, hasta dar con algún tesoro escondido. Era tremendamente ineficiente, pero tenía su encanto.

Todas las librerías de Segovia eran más o menos así: pequeñas, estrechas, atestadas. Mención aparte merece la librería Cervantes, con un local enorme en plena Calle Real. La Cervantes es una constante en la vida segoviana que no ha cambiado nada en los últimos cien años: sigue teniendo el mismo aspecto que tenía cuando Olga Ramos hizo la primera comunión, contiene los mismos libros sobre vidas de santos, los mismos misales y los mismos calendarios zaragozanos que entonces, y sospecho que conserva incluso el mismo dependiente que en 1906, momificado en algún tipo de ungüento preconstitucional. La Cervantes nunca ha estado entre mis librerías favoritas.

El panorama empezó a cambiar en algún momento de los noventa, con pequeñas librerías algo diferentes como la Diagonal,  donde se empezaba a dejar espacio para actividades culturales o, al menos, para poder respirar sin chocar las costillas contra los estantes. La Diagonal fue una pionera en Segovia, pero a ser su especialidad el libro infantil y llegar yo un poco tarde para ese tipo de literatura, nunca le cogí especial apego.


Fue cuando hice mi primer viaje a Estados Unidos cuando descubrí que existía otro tipo de librerías a las que me tenía acostumbrado Segovia (y también Madrid, que tampoco era gran cosa en el panorama librero, por mucho que le pese a la Casa del Libro). Librerías que eran algo más que almacenes de libros en venta: centros de reunión, lugares donde hacer talleres y coloquios, motores de la vida cultural de la ciudad. ¡Y en algunas te podías tomar un café extraordinariamente caro mientras leías una revista! Eran librerías pobladas por una especie mágica y maravillosa: la del joven universitario (etnia formada por individuos con edades comprendidas entre los 19 y los 99 años) que se sienta con un cuaderno de notas o un Mac a fingir que está creando la gran obra literaria de su generación, con el único (e infructuoso) objetivo de ligar. 

El concepto de librería-cafetería me chocó al principio, pero rápidamente me enganché a ellas. Volver a España se me hizo cuesta arriba entre otras cosas por despedirme de librerías como Moe's, Cody's, la llorada Black Oak o incluso la Barnes & Noble, a pesar de su aspecto de centro comercial.  

Poco a poco fueron abriendo en España librerías que seguían el modelo anglosajón. Curiosamente, o tal vez no tanto, algunas de las primeras fueron las librerías gay. En Madrid, Berkana (mientras Mili se lo pudo permitir) se cambió a un local enorme y puso una pequeña cafetería donde poder sentarse uno a tomar un té entre la sección de ensayo feminista y el expositor de películas porno: la tensión filosófica entre ambos polos de la cafetería amenazaba con romper el tejido del espaciotiempo. Aquella librería-cafetería duró pocos años, pero fue gloriosa.

Pero a Segovia tardó un poco más en implantarse la librería-espacio cultural. Después de la mencionada Diagonal, aparecieron dos librerías maravillosas no en la propia Segovia, sino en un pueblo de apenas cinco mil habitantes: La Granja de San Ildefonso. 



La Librería Farinelli es un capricho para los amantes de la música y los libros que tiene dos plantas y una terraza en el exterior cuando hace buen tiempo. En la librería se organizan de forma regular un club de lectura, proyección de cine clásico en versión original con cine fórum y pequeños conciertos. 



La Librería Ícaro es gratísimo espacio con una trayectoria de más de treinta años y que desde 2013 cuenta también con su café donde celebran una treintena de actos culturales al año. El año pasado abrieron una tienda en Segovia, muy cerquita de la catedral, lo cual considero un verdadero atentado contra mi economía: aún no he conseguido visitar la librería sin hacer al menos una compra.


 

En un estilo totalmente distinto, dentro también de Segovia, hay una librería anticuaria especialmente bonita: el Torreón de Rueda, en la calle Grabador Espinosa (subiendo junto al seminario, en el callejón de escaleras que se extiende entre la Casa de los Picos y la Plazuela de los Espejos). Yo reconozco que no soy muy aficionado a los libros antiguos o de segunda mano, pero me gusta pasarme por el Torreón de Rueda a disfrutar del ambiente reposado y cálido que siempre ofrece la librería. No tiene cafetería, ni falta que le hace. Eso sí, y tengo que hacer una pequeña crítica, el dueño no ha sabido o no ha querido hacer unas fotos atractivas del local que le hagan justicia al interior de la librería. Yo me he tomado la libertad de arreglar un poco algunas de las que tiene en su página:




Y mi último descubrimiento, bastante vergonzoso por lo tardío que ha sido dado que la librería está a trescientos metros de casa de mis padres y que lleva abierta dos años, ha sido Intempestivos. Justo pegada al Acueducto. La Intempestivos forma parte de "la conspiración de la pólvora", una alianza de tres librerías de Salamanca, Plasencia y Segovia que ha ganado el Premio Nacional de Fomento a la Lectura de 2016. Si la Ferinelli me sedujo, la Ícaro me encantó y el Torreón de Rueda me fascinó, la librería Intempestivos me ha enamorado: un espacio a doble altura (ocupado anteriormente por una tienda de cómics, por cierto), luminoso a la vez que acojedor, decorado con un gusto exquisito y con un diminuto patio zen que invita a sentarse junto a la ventana y pasar la tarde entre libros, con un café y un bizcocho o tal vez con un vinito de Ribera del Duero, que también los sirven. Aunque yo si fuera el dueño de la librería me lo pensaría bastante antes de dejar que un segoviano se pasee entre libros nuevos llevando una copa de vino tinto en las manazas...



Es un orgullo y una alegría que en mi pequeña ciudad existan librerías así de buenas. Aunque me pregunto con miedo si el tamaño de Segovia puede sostener tanto negocio librero. Temo que esta floración de tiendas de libros de calidad sea un fenómeno de vida breve. Pero mientras dure, bienvenido sea, y pienso disfrutarlo cada vez que vaya a casa.

abril 23, 2016

¡Feliz día del Libro!

Se da la paradoja de que justo hoy, día del libro, reestreno mi ordenador después de tres semanas en reparación. Digo que es un paradoja porque tener ordenador en casa siempre va en detrimento de mi dedicación a la lectura...  Pero bueno, eso no me va a impedir ir a mirar librerías y gastarme los dineros en amigos encuadernados. ¡Feliz día del Libro!












marzo 04, 2016

Malas novelas

Me gusta, de vez en cuando, leer malas novelas.

Hay dos tipos de malas novelas: las que entretienen, y las que no. En realidad, lo mismo ocurre con las buenas novelas, solo que si te atreves a decir que una buena novela te aburre soberanamente, vienen los intelectuales y te lapidan.

Leer malas novelas es muy caro. El precio de las malas novelas se dispara a partir del momento en que cumples cuarenta años. En torno a esa mágica edad te das cuenta de verdad que tu tiempo es finito, que has alcanzado y probablemente superado el ecuador de tu vida, y que por mucho que lo intentes no te va a dar tiempo a leer todas las cosas que te gustaría antes de palmarla. Una vez entrados en este estado de ánimo, resulta cada vez más difícil no pensar que leer una mala novela es una soberana pérdida de tiempo.

Yo me resisto todo lo que puedo a este pensamiento.

Últimamente he leído dos malas novelas.

La primera ha sido una gran sopresa. No me esperaba que fuera a ser mala. La escritora de ciencia-ficción Lois McMaster Bujold me tiene mal acostumbrado: normalmente sus novelas me suelen parecer bastante buenas. A la Bujold le gusta aderezar sus space operas con interesantes reflexiones sobre política, género, sociología y bioética. Sus personajes, sobre todo Miles Vorkosigan, su clon-gemelo-hijo Mark y su madre Cordelia, son memorables, y el estilo de sus diferentes novelas abarca desde la más desaforada aventura de batallas espaciales a la novela detectivesca, siempre -hasta ahora- con buen ritmo y derrochando inteligencia. 

Pues bien, la última novela, Gentleman Jole and the Red Queen, me ha parecido un truño soberano.


¡Es que no pasa nada en toda la puñetera novela! Tal vez sea porque la Bujold ha agotado las historias que podía contar el universo de los Vorkosigan. Miles ya es adulto, está casado y tiene hijos, ha heredado el título y resposabilidades de Conde a la muerte de su padre, y su vida ya no ofrece más aventura que la de cambiar pañales. Su madre, la viuda Cordelia Naismith Vorkosigan, intenta decidir cómo enfocar los sesenta u ochenta años que le quedan de vida (proviene de un planeta, la Colonia Beta, donde la biotecnología asegura periodos de vida de unos ciento cincuenta años en muy buenas condiciones de salud). Y decide descongelar unos óvulos y espermatozoides de su matrimonoio que tenía congelados desde hace cuarenta años para tener unas cuantas hijas, usando por supuesto replicadores uterinos artificiales, que con setenta años ya no se siente con ganas de pasar por embarazos. Y a todo esto, el almirante Jole, antiguo secretario y amante del difunto marido (junto al cual y Cordelia formó un triple matrimonio clandestino, ya que la conservadora sociedad del planeta Barrayar no concibe aún las familias de más de dos cónyuges), vuelve a la vida de Cordelia, y casi inevitablemente se reaviva un amor entre los dos. Y a lo largo de doscientas páginas ocurren los siguientes acontecimientos: ninguno.

Los dos puntos posiblemente provocativos de la novela, que son la posibilidad abrir la paternidad a edades avanzadas gracias a los avances tecnológicos y las relaciones abiertas, sinceramente, no me parecen para tanto. Y como gérmenes de una historia, está visto que no dan para novela. Hay unos instantes de sorpresa en las primeras páginas cuando los lectores de la serie descubrimos que el Conde Vorkosigan eran bisexual y vivía una historia de amor a tres bandas con su marido clandestino y su mujer legal, pero sólo porque nada en las anteriores novelas lo sugería siquiera. Y que una mujer viuda de setenta años, pero que aparenta cincuenta como mucho, y que espera llegar a los ciento cincuenta, decida ser madre usando células congeladas es algo que dista mucho de ser impactante, al menos en una novela de ciencia ficción.

Vamos, que me he aburrido bastante leyendo. Qué decepción.

La otra novela mala, que me acabo de terminar hace media hora, es una a la que tenía ganas moderadas de echar mano desde hace lo menos quince años. La vi por primera vez en una estantería de una librería marica en San Francisco y me llamó la antención por la combinación de géneros que proponía: erótica gay y novela de fantasía.


Qué portada más cutre, ¿verdad? Es tan grimosa que dan unas ganas irresistibles de ver qué hay dentro, como cuando uno ve a una paloma atropellada en la carretera y le entran ganas de ir a mirar cómo son sus tripas pajariles.

El argumento, calidad literaria y atmósfera me han recordado mucho a otra novela miérder de fantasía que he leído hace no mucho: la trilogía del Aprendiz Oscuro de Trudi Canavan. En aquella trilogía, una moza proletaria pero con un inesperado talento innato para la magia era reclutada para aprender las artes místicas y descubría, gracias al Amor, una forma prohibida de practicar la magia, algo que al final resulta ser de lo más conveniente porque gracias a eso llega a tiempo de salvar la ciudad de caer en manos de unos malos malísimos.

En Apprenticed to Pleasure, Ander, a la sazón un joven músico huérfano que trabaja en un burdel, descubre de forma accidental que no solamente existe la magia oficial que practican los brujos del malvado zemindar, y que se basa en la tortura y en el dolor, sino que existe una orden secreta de valientes rebeldes que practican un tipo de magia basada en cosas bonitas, esto es, en follar mucho. De la mano (y otras extremidades) del sabio (y suculento) mago Thane y sus alegres (y despampanantes) ayudantes, Ander descubre que el amor es más fuerte que el odio y que a golpe de mamadas, enculadas y corridas puede ayudar a sus semejantes a librarse del yugo del maligno zemindar. Y además de paso se echa novio, aunque no se casan ni nada.

Una birria de novela, pero me ha entretenido bastante más que Gentleman Jole and the Red Queen. Y además ha dado para un par de pajas. 

Supongo que ahora va tocando ya ponerse a leer algo más serio, para contentar a los intelectuales y a mi Pepito Grillo interior. Me entra la duda: Hitchens, Sacks o Eagelton? Decisiones, decisiones...

enero 15, 2016

Mis sesudas propuestas a la RAE

En los últimos días he tenido el dudoso placer de recibir en mi WhatsApp, a través de diversos grupos de difusión y en número de unos ciento cincuenta millones de veces –ya sabéis que yo nunca exagero–, un mensaje más largo que un día sin pan bajo el estúpido título: «Para los “ignorantos e ignorantas" tal vez a algunos les sirva», así sin signo de puntuación alguno. 

A ver, cansinos: está bien divagar cuanto uno quiera en blogs o en Facebook, donde los lectores pueden elegir a quién seguir o no y qué ver en su muro. Pero dejad de dar la brasa recirculando mierdas por WhatsApp, que eso gasta datos y yo necesito mis preciosos megas de navegación para hacer lo que hacen las personas respetables y normales, es decir, ver porno y cosas de esas.

El caso es que el mensaje en cuestión, largo y mal redactado como está, tiene su miga. Es una piedra más (más bien un borrillo, que es como en Segovia llamamos a los cantos rodaos) en el oscuro, feo y mal ventilado edificio del debate sobre el sexismo en el lenguaje. Hay gente que opina que para llegar a la igualdad de género es necesario promover que todos los sustantivos tengan su versión masculina y femenina (doctor/doctora, alcalde/alcaldesa, periodisto/periodista) y hay quienes piensan que esto es una chorrada como una catedral porque el lenguaje es el que es, con su contexto histórico-cultural, patatín, patatán, y que para qué cambiar cosas.

A mí todo esto me parece de una estrechez de miras escalofriante: lo que hay que hacer es convertir el español, a.k.a. ejpañol, la gloriosa lengua de los herederos espirituales y materiales (pero no genéticos) del Hombre de Atapuerca, en un idioma más lógico y coherente. Nuestra lengua es complicadísima y eso explica por qué casi nadie en Internet parece ser capaz de escribir algo que tenga el más mínimo sentido.


Porque, a ver, ¿por qué porras al actor de género femenino se le denomina actriz y al doctor de género femenino se le llama doctora? Yo, con mi tradicional brillantez, propongo unificar el morfema y usar siempre el que más gracioso me parece: –triz. Tendríamos así, además de actrices, meretrices e institutrices, también doctrices, pastrices, cantautrices y conductrices (en ocasiones, conductrices de locomotrices). ¿No sería bello escuchar frases como por ejemplo "mamá, me ha tocado ser pastricilla en la obra de teatro del colegio"? Esto también dotaría al idioma de una inusitada fuerza poética, al permitir que palabras como nariz o cerviz tengan muchísimos más pares de rima.

Otro tanto ocurre con los cachorros de los animales. Si la cría del lobo es el lobezno y la del oso es el osezno, ¿por qué no debería ser perrezno la cría del perro? Perrezno, gatezno, aguilezno, caballezno de mar. Es más, la auténtica forma de acabar con no solo con el machismo, sino también con el repelente antropocentrismo que nos aqueja, desde la cuna es llamar a todos los bebés humaneznos.

Los ejemplos son casi inacabables: ¿por qué se dice tranquilidad y sin embargo quietud? ¿No sería más lógico unificar ambos encomiables estados en "tranquilitud"? No sería necesario perder ninguna rima: "Feliz Navitud, próspero año y felicitud" seguiría siendo el buen deseo de los bienhechores y las bienhechrices. Todo a pedir de boca.

Y por todo esto, solicito a la RAE que ponga un poco de orden en todo este caos, ¡hombre ya!

enero 02, 2016

A propósito de propósitos

Ya sabéis que soy un tipo realista: cada nuevo año procuro hacerme propósitos que sean fáciles de cumplir, para no llevarme luego desilusiones. Recordemos alguno de mis propósitos de otros años: no invadir militarmente Polonia, no casarme con la ya difunta Duquesa de Alba, no dedicarme a la taxidermia. Tengo un estupendo marcador de 100% de mis propósitos de año nuevo cumplidos.

Este año iba a ser igual. Me había propuesto para 2016 procurar no rebasar nunca la velocidad de la luz en el vacío ni violar la segunda ley de la Termodinámica. Ambas cosas son bastante razonables, incluso para una persona con una vida tan absurda como la mía.

Pero todo esto ha cambiado esta mañana por culpa de la librería La Central de Madrid. Qué lugar más increíble. No solamente tiene una cafetería en la planta baja atendida por camareros buenorros, sino que el resto de la librería es un placer en sí misma: una colección interesante, libros agrupados por temas y no por idiomas -puedes encontrarte mezclados en la misma estantería libros en alemán, español o portugués-, un patio interno amplio y espacioso, un trozo de capilla utilizado ahora como sección infantil y una sala de lectura luminosa, acogedora y bien surtida. Una librería en la que te parece estar en Estocolmo, Berlín o Londres en vez de Madrid.

Con los libros me pasa como con los hombres: me gustan casi todos. He comprado cinco y me hubiera gustado llevarme muchos más. Pero sé que muy difícilmente los habré leído todos cuando acabe 2016. Al fin y al cabo, en mi casa tengo libros aún por leer comprados en 1998. ¡No tengo tiempo para tantos!

Fue precisamente en la sala de lectura donde tuve mi revelación. Un hombre ya mayor y muy elegante leía pausadamente, cómodo, tranquilo, sin interrupciones. Sin tener un móvil sobre la mesa.

Soy un fanático de todo lo que contenta internet. Estoy siempre pendiente del móvil o del ordenador. Y como consecuencia, ya no soy capaz de estar leyendo sin parar cada diez minutos a mirar Facebook, Grindr o WhatsApp. He perdido por completo mi capacidad para estar a solas con mi libro.

Y una vida sin libros es una vida desaprovechada.

Así que he aquí mi propósito difícil, tal vez imposible, de cumplir para este año: las Tardes Sin Conexión. Esta es la idea: una tarde a la semana, desde después de comer hasta la hora de la cena (pongamos de 16:00 a 20:00, en mi casa cenamos temprano), apagar el móvil, quitar la televisión, alejarme del ordenador y dedicarme sencillamente a leer, a estar conmigo mismo y no preocuparme de nada más.

¿Seré capaz de conseguirlo?

Probablemente no.

Pero ahí queda el propósito. Bonito es, no me digáis que no...

Precisamente, uno de los libros que he comprado esta mañana en La Central

En otro orden de cosas, por supuesto, ¡Feliz año a todos!






noviembre 04, 2015

Mi Kindle ha muerto, ¡larga vida a mi Kindle!

A lo largo de todos estos años, el osezno me ha hecho regalos maravillosos. El mejor de ellos, su compañía y paciencia conmigo. Pero en lo material, tal vez el regalo al que más partido he sacado y con el que más horas he disfrutado ha sido mi viejo Kindle

Me ha durado muchos años. El osezno me lo regaló cuando los libros electrónicos eran una novedad. No existía la tienda española de Amazon y tuvo que encargarlo a los Estados Unidos. Aún recuerdo mi ilusión al desempaquetarlo y mis primeros pinitos en la lectura digital.

Desde entonces, mi Kindle y yo hemos sido inseparables. Con su casi inacabable batería (qué raro se hace cargar un dispositivo electrónico una vez al mes) me ha acompañado a todas horas en mis desplazamientos, ya sea en el autobús urbano o en viajes al otro lado del planeta, y me ha dado miles de horas y páginas de lectura amena e interesante. Con su diccionario integrado me ha ayudado a mejorar mi pobre inglés y con su enlace a la tienda de Amazon ha contribuido a que yo no salga de pobre. Pobre, pero contento.

No significa eso que yo haya dejado de comprar y leer libros en papel. Estoy de acuerdo con quienes mantienen que el placer sensorial y estético de un buen encuadernado es algo que no debería perderse, y me gusta contribuir a la subsistencia de las librerías de barrio. Pero hay que reconocer que la comodidad de llevar toda tu biblioteca contigo en un aparato que pesa doscientos gramos es enorme.

Hace una semana, después de más de cinco años de servicio, mi Kindle empezó a fallar. No se encendía bien y había que reiniciarlo cada dos por tres. Me dio una pena enorme.


No me podía quedar sin mis libros. No esperé a que mi Kindle terminara de estropearse del todo. Entré en la tienda y busqué el modelo más parecido a mi viejo libro electrónico:


¡Larga vida a mi Kindle! Espero que este me dure al menos tanto tiempo como el anterior.



octubre 06, 2015

Lestat, el Moñas

Yo era, a la sazón, otra adolescente obnubilada por la literatura romántica de vampiros. Las adolescentes, ya sean hembras o machos, adoran a los vampiros. No es de extrañar: los vampiros  son elegantes, bellos, pálidos, inmortales y no solamente pronuncian las uves de una forma llamativa sino que además tienen pelazo. Y tienen poderes molones, no lo olvidemos. Pero llevan una existencia solitaria porque son unos incomprendidos, solo por el detalle insignificante de que se alimentan de sangre humana. Los vampiros, al igual que las adolescentes, se enfrentan a un mundo injusto que no les comprende, y por eso a todas las adolescentes les gustaría llamarse Nycteria o Valdifass, vivir en un sombrío caserón rodeado de antigüedades y alimentarse a base de glóbulos, plaquetas y plasmas varios.

Lo que las adolescentes no saben es que a todos los vampiros les gustaría a su vez llamarse Lola o Julián,  vivir en una urbanización con piscina y pista de pádel, y telefonear de cuando en cuando al Telepizza para pedir una con extra de queso.

Así que yo, como adolescente obnubilada, devoraba las novelas de Anne Rice. De hecho, me avergüenza reconocerlo, incluso me parecían buenas.  La juventud es una terrible enfermedad que, afortunadamente, se cura con el tiempo, como los catarros... si no te mata antes, como la tuberculosis.



De aquellos tiempos me ha quedado un romanticismo residual que me empuja a leer nuevas entregas de sagas literarias que me engancharon en mi juventud. En este caso, la última fechoría de la Rice: El Príncipe Lestat. Se resume en los siguientes párrafos:

Lestat, el inmortal vampiro de trescientos años, sufre mucho. Sufre porque no sufre lo suficiente. El mundo está lleno de belleza y él trata desesperadamente de ser malo, malísimo, pero no le sale, porque en el fondo lo que inunda su corazón -amén de la sangre de la gente que va matando por ahí- es el amor. Los vampiros aman muchísmo a todo el mundo: a los mortales, a los fantasmas y sobre todo a otros vampiros. A veces los vampiros se intentan matar entre sí, pero todo resulta ser por algún malentendido y pasados dos o tres siglos se vuelven a encontrar y piensan unos de otros que están estupendos y que se quieren un montón, y entonces se abrazan y se besan en los labios, pero sin erecciones ni cosas de esas propias de gentuza de baja estofa.

Van apareciendo vampiresas y vampiresos, a cual más anciano: mil, dos mil, seis mil años. Quién da más. Cuanto más viejo es un vampiro, más poderoso y más amoroso es. Todo el mundo se quiere mucho. La vampiresa Marifú es la criatura más bella de la creación hasta que aparece el vampiro Vladomiro, que es mucho más bello, y así sucesivamente. Son todos tan guapos que a la autora se le acaban los adjetivos por la página treinta y a partir de ese momento ya todos son iguales, aunque van alternándose personajes rubios de pelo largo y morenos de cabellos ondulados y labios sensualmente carnosos.

Se acarician y se admiran mucho, así en plan homoerótico, que por lo visto es mucho más sugerente. Los vampiros no follan, pero les encanta rodearse de potrancos musculosos y de jamelgas de tetas puntiagudas para que les canten canciones y les reciten poesías y les hagan mucho macramé.

También hay espíritus y fantasmas, que al ser entes desencarnados tienen que esforzarse más que los vampiros para estar estupendos y vestir ropas caras. Pero al final lo hacen igualmente, porque si para algo sirve el poder de la mente es para adquirir unas buenas abdominales.

La anterior Reina de los Condenados fue decapitada allá en los ochenta, cuando la gente llevaba hombreras y se pintaba como puertas, y la que hay ahora no tiene ni mente ni cerebro ni nada de eso y por ello no es capaz ni de peinarse ni de hacerse las uñas. El espíritu que vive en su interior y que es la fuente del vampirismo quiere liberarse y para ello mata a mucha gente, pero con mucho amor, porque todo lo vampírico mola cantidubi.

Y aunque casi todos los vampiros del libro son más antiguos y más poderosos y más formidables que Lestat, todos esperan que sea él quien lidere a los vampiros y les lleve a una nueva época dorada donde se puedan amar muchísimo unos a otros, a ser posible desde ciudades a varios continentes de distancia unas de otras. Siguen apareciendo vampiros de montones de años de edad y todos tienen nombres en italiano o en francés, especialmente aquellos nacidos en época de los hititas. Guapísimos, muy bien peinados y con unas sonrisas estupendas. Aquello parece un mítin de Ciudadanos.

Y no sé lo que pasa después, porque aún no he terminado el truño, y no sé si llegaré a hacerlo. Con mucho amor, eso sí.

julio 03, 2015

Ganas de viajar

Mis ganas de viajar, siempre grandes y limitadas únicamente por mi escasez de tiempo y dinero, se ven multiplicadas por cien en verano. Cuando el cielo se aclara y permite ver las montañas a lo lejos siento deseos irrefrenables de cruzarlas y ver qué hay al otro lado. Me imagino a mí mismo recorriendo los senderos, cabalgando entre praderas, atravesando el país en un descapotable o sobrevolándolo en avioneta. Lo importante en mi sueño no es el destino, sino el ir más allá.

Porque mis sueños viajeros de verano no se limitan a conocer Praga o a bañarme en alguna playa del Golfo de Méjico. Los viajes que yo quisiera hacer son un poco más complicados de realizar.









Lo hablaba el otro día con un amigo: creo que sería capaz de alistarme a una expedición tripulada de solo ida a Marte, si me dejaran. Pero como no hay expedición, y si la hubiera yo no podría aportar nada a ella, me tendré que conformar una vez más con viajar con la imaginación.

El verano es la estación de la ciencia-ficción.

Para esta temporada me he hecho con los siguientes títulos:


Alastair Reynolds es mi escritor de ciencia-ficción actual favorito. Sabe de lo que habla (es astrofísico y trabaja para la Agencia Europea del Espacio) y además escribe historias interesantes, con que enganchan, con miga. ¿Elefantes africanos en el espacio exterior? Todo es cuestión de proponérselo...


De Ann Leckie no tengo ninguna experiencia, pero hay que probar cosas nuevas y esta novela se llevó el año pasado los tres pesos pesados de los premios de la ciencia-ficción: el Hugo, el Nebula y el Locus. Tiene buena pinta.

Y en el rato de mis vacaciones que no esté leyendo, estaré jugando al Civilizations: Beyond Earth. Ya puestos...



junio 08, 2015

Bati-Burrillo

Pues sí, he estado ausente durante mucho tiempo.

El principal inconveniente de ser un profesor malo que intenta ser un buen profesor es que el alumnado se te acaba subiendo a la parra. Nunca he entendido la expresión "subirse a la parra": con lo bajitas que son, ¿no resultaría más práctico subirse a un buen pino? Al menos se vería mejor panorama. 

Les dije a mis alumnos: "no dudéis en preguntarme vuestras dudas". ¿Cómo iba a saber yo que acabarían haciéndome caso, los muy insensatos? Durante este último mes mi despacho se ha parecido al camarote de los Hermanos Marx. No paraban de entrar y salir personas preguntándome si sus operadores conmutaban o no. Dado el grado de incertidumbre que imperaba en sus cabezas, yo diría que no les conmutaba nada. Y esto ha sido un chiste de físicos: ja, ja, ja. Desternillante, ¿verdad?

Necesitaba un tiempo de desconexión, a ser posible que no involucrara el suicidio. A falta de algo mejor, me fui a Segovia.

Pasando, cómo no, por la Feria del Libro de Madrid. Las tradiciones, a veces, hay que respetarlas. Había más casetas que en la Feria de Abril de Sevilla y además eran mucho más interesantes. Había colas enormes para firmar libros, y eso que ese día no firmaba Enrique P. Sen. Una de las colas más largas, comprobé con satisfacción, era la de Andrzej Sapkowski, sin duda uno de mis dos escritores polacos favoritos ya que sólo conozco a dos (el otro es Stanisław Lem). Esta fue mi pesca del día:


El libro de cocina peruana es para regalárselo al osezno y el de Taormino, que ya lo leí en inglés, creo que se lo regalaré a una amiga interesada en la geometría sentimental. "Cosmic Odissey" es un clásico que siempre quise tener, sobre todo por el magnífico dibujo de Mignola, y la Caída de la Casa Usher no necesita explicación alguna.


Me quedé sin comprar, precisamente, el último libro de Sapkowski que ha aparecido en castellano, "Estación de Tormentas", porque ni siquiera sabía que existía. Me enteré a la vuelta. Se trata de una precuela, lo que me hace mirarlo con la misma sospecha con la que se mira a la capa verde que se forma sobre un yogur abierto hace tres semanas, pero sé que acabará cayendo igualmente. Si algún alma generosa me lo quiere regalar...


Cargado con libros me fui a Segovia, donde he pasado el fin de semana más tranquilo y familiar -léase soso- que he vivido en mucho tiempo, durmiendo una media de diez horas cada día, hablando mucho con mi Santa Madre y haciendo cosas típicas castellanas, tales como echar la tarde en hospitales. La selección natural, en Castilla, ha derivado a un cruel ritual por el cual sólo sobreviven los más aptos, los más fuertes, y posiblemente también los sordos. Consiste en lo siguiente: tras sobrevivir a una operación de diez horas en la que los cirujanos le extirpan un tumor del tamaño de un balón de rugby, el enfermo es sometido a algo aún peor: visitas.

Los hospitales provinciales en la Castilla profunda son fuente inagotable de entretenimiento y de vida social. Familias enteras de recios castellanos se llevan el bocadillo de jamón y la tortilla de patatas para merendar mientras van recorriendo los pasillos del sanatorio visitando a "sus enfermos", los enfermos del pueblo de al lado, los de la comarca entera y los de media Castilla-León.
- ¡Mira quién ha venido a verte, Melecio! Es la prima segunda del primo pequeño de tu cuñado Ambrosio.

- No haberte molestado, mujer...

- ¡Qué va, si no es molestia! Veníamos a ver a mi sobrino, que se ha roto la clavícula al chocar con un tractor. No veas cómo ha quedado el tractor: no lo quieren ni para chatarra. Y ya que estábamos, pues nos hemos pasado a verte...
Esta es una escena que se repite incontables veces todas las tardes en hospitales desde Ávila a León. A continuación de esta introducción, los visitantes se sientan a echar la tarde sin que nade se lo haya pedido, hablando durante horas de cosas (normalmente enfermedades de terceras o cuartas personas) que al enfermo ni le interesan, ni le importan, ni le gustan.
- ¡Enfermera! Más morfina, por favor... -suplica el pobre enfermo, deseando la muerte, ya sea suya o de los visitantes, según qué casos.
Y van entrando más y más visitantes, todos con sus meriendas: cuñados, suegras, primos, suegras de primos, primos de suegras, vecinos, conocidos, visitantes de otros enfermos a los que no se conoce de nada pero que se pasan por la habitación porque parece que hay más ambiente que en la de sus propios enfermos. El aire se llena de aromas a chorizo, torreznos y tortilla mientras el enfermo intenta meterse en estómago un yogur desnatado que le ha servido una enfermera con cara de haberse equivocado de profesión. Junto con las visitas llegan los consejos y las opiniones indeseadas:
- ¡Bah, lo tuyo no es nada! Cuando a mí me operaron de la vesícula...

- Para lo tuyo, lo mejor es el zumo de ortigas mezclado con pis. Mi suegra, que en paz descanse, lo tomaba todas las tardes y...

- Aquí hace mucho calor. Vamos a abrir las ventanas.

- Aquí hace mucho frío. Voy a subir el termostato...

- No te importa que ponga el júrgol, ¿verdad? Es que hoy juegan el Murcia y el Sabadell...
La tasa de supervivencia de los enfermos, en estas condiciones, es bajísima, gracias a lo cual las cuentas de la Seguridad Social en Castilla y León están de lo más saneadas. Yo le deseo lo mejor al marido de mi prima, que es el enfermo al que fuimos a visitar el domingo, y para empezar espero que le manden a casa lo antes posible. ¡Pobre hombre!

Segovia, por lo demás, estaba como siempre: hermosa, granítica, prehistórica. Era el Corpus y eso se celebraba con procesiones de niños vestidos como marineritos (algo curioso, pero a la vez extrañamente de esperar, en una ciudad que la última vez que tuvo costa fue durante el Cretácico superior) y niñas vestidas como novias que llegan vírgenes al matrimonio, y también con procesiones de turistas venidos desde Madrid, de entre los cuales algo menos de 8% no eran japoneses o gays. Por no faltar a la costumbre, adivinen qué, hice fotos a la catedral:





Porque si algo tenemos de sobra en Segovia, aparte de marranos, son cimborrios. ¡Faltaría más!

abril 12, 2015

Sea usted feliz: yo se lo mando

Leer revistas literarias es de perdedores. Incluso dedicar más de cinco minutos a leer el suplemento Babelia es algo inútil: el verdadero pulso del mercado editorial lo marcan los supermercados.

Al menos, el mío. Cada vez que me toca hacer cola para pagar unos sucedáneos de yogures con sabor a sucedáneo de frutas, veo en los expositores junto a la caja tres tipos de cosas: chicles, condones y best sellers. Estos últimos, a su vez, corresponden siempre a tres categorías: mierdas pseudohistóricas escritas por Pérez-Reverte, pasteladas de Federico Moccia y libros de autoayuda. 

Paulo Coelho es la estrella indiscutible de mi supermercado. A él corresponden títulos tan esenciales como "Descubre la magia de tus uñas" o "El fontanero del amor", y frases tan inolvidables como "tu sonrisa es el arma con el que llenas de flores el corazón de la Luna", y otras gilipolleces del mismo calibre.

Es sabido que la Ciencia no me da para pagarme mis vicios: a mis cuarenta años, aún no he podido cumplir mi sueño de tener un poni para hacérmelo en tempura. Mi Santa Madre me dice que mi pobreza se debe a dos cosas: a mi desmesurada afición a los lacasitos, y a que no aprovecho los dones que me ha dado nosequé señor. Y yo me pregunto: ¿qué tiene de malo gastarse doscientos euros al día en lacasitos?

Aunque a lo que se refiere mi Santa Madre, en este contexto, es a mis dotes para escribir páginas y páginas sin decir nada en absoluto. Tal vez debiera hacer caso a mi Santa Madre y probar los M&Ms. O escribir unos cuantos libros de autoayuda llenos de vaguedades y forrarme a costa de la credulidad de los pobres desesperados de la Tierra.

Claro que yo no daría recetas vacías para hallar la Felicidad. Mis consejos serían concretos y realizables. Por ejemplo, se me ocurre que una vía estupenda para alcanzar la felicidad es el tocino. Siempre, he dicho siempre, se puede confiar en el tocino. A diferencia de la religión, la creencia en el tocino se basa en algo que no solo existe, sino que además es delicioso. Y a diferencia de los que buscan la felicidad en chorradas tales como el amor y los amigos, quienes confíen en el tocino saben que una vez que éste entre en sus cuerpos, nunca les abandonará. El tocino, además, puede excelentes propiedades como aislante y da mucho sabor a los cocidos.

En mi libro "Compre este libro porque aquí sí que encontrará la receta a la felicidad, no en esos truños que escriben el resto de tipos que viven de esto" extenderé estas ideas, dando explicaciones sobre mi Camino A La Felicidad En Cuatro Cómodos Pasos, que son:
  1. Salga de casa y diríjase a un establecimiento adecuado.
  2. Compre tocino.
  3. Cómase el tocino.
  4. Sea feliz, hostias.
Si usted se come en una tarde cuarenta kilos de tocino y no se queda feliz, le devolvemos el dinero.

enero 05, 2015

La enésima

Tengo, he de admitirlo, un trocito de corazón épico en mi interior.

A rebufo del estreno navideño de El Hobbit: la Batalla de los Cinco Ejércitos (a propósito de la película solo puedo decir: la tercera y decepcionante entrega de una trilogía totalmente innecesaria), me ha dado por aparcar mi siempre creciente lista de libros por leer y volver a disfrutar del libro que más veces he leído en mi vida: El Silmarillion, de J.R.R. Tolkien.

El gusto por Tolkien y su obra es como la afición por la ópera, las ganas de comer macarrones o ciertas religiones: un asunto de gustos que no tiene nada que ver con la elección ni con ningún elemento racional. O te gusta o no, y eso no te hace ni mejor ni peor. Repito, es una cuestión de gustos, no de elección, y si alguien pretende sacar a relucir el manido argumento del realismo ("a mí la fantasía me produce urticaria porque no es más que una evasión, lo que me llega es lo real"), por favor que al menos tenga la decencia de reconocer que ninguna serie de televisión que uno sigue, ninguna película favorita, nungún argumento operístico, ninguna novela son reales. Lo real es pagar la hipoteca, tener mocos y cagaleras, y cortarse las uñas. La literatura, el cine, la música y la televisión son artificio, y por eso nos gustan tanto.

A mí Tolkien me llegó en un momento de la vida en el que me entró con asombrosa fuerza. Lo recuerdo bien: yo tenía doce años, eran unas navidades, y me leí todo El Señor de los Anillos en siete días. Desde entonces me lo he releído once veces, en tres idiomas diferentes, y sigue siendo el libro que más goce me ha procurado a lo largo de mi vida.

Más o menos a la misma altura sitúo el Silmarillion, obra que incluso a la mayoría de frikis tolkenianos resulta difícil de leer. Pero a mí me encanta por mi corazoncito épico. El Silmarillion no es una novela, no contiene diálogos, no hay personajes principales. Se trata de un conjunto de relatos cortos débilmente hilvanados en forma de saga. Es un poco como leer la Biblia, Beowulf, las sagas nórdicas o algunas hagiografías cristianas. Es decir: para la mayor parte de la gente, un peñazo. No para Sufur, el épico.




El Señor de los Anillos y El Silmarillion tienen todos los elementos necesarios para cautivar la mente de un adolescente épico y enamorado de las grandes ideas, los mundos irreales y las palabras: unas geografía, historia y mitología propias, lucha entre el Bien y el Mal, la capacidad de conjurar visiones poderosas, duraderas, y un lenguaje extraordinario. No hablo de los idiomas tolkienianos, que nunca me he molestado en aprender (tan friki no soy), sino la prosa en sí de Tolkien en inglés y la maravillosa traducción que en España hizo Manuel Figueroa para Ediciones Minotauro. Evidentemente, entré en estos libros en castellano, aunque hace ya tiempo que di el salto al inglés. Es un inglés complicado, lleno de arcaísmos, especialmente en el habla formal de los Valar:
"Mighty are the Ainur, and mightiest among them is Melkor; but he may know, and all the Ainur, that I am Ilúvatar, those things that ye have sung, I will show them forth, that ye may see what ye have done. And thou, Melkor, shalt see that no theme may be played that hath not its uttermost source in me, nor can any alter the music in my despite. For he that attempteth this shall prove but mine instrument in the devising of things more wonderful, which he himself hath not imagined"
Pero al mismo tiempo es un inglés bellísimo y magistralmente redactado. En pocas líneas, porque los capítulos del Silmarillion son por lo general breves, forma imágenes poderosas en la mente del lector; impacta, emociona, deja con ganas de más. Y lo mismo sucede con la traducción de Manuel Figueroa, que refleja perfectamente el original sin perder la belleza de sus palabras. 

De Tolkien cabe criticar muchísimas cosas: su misoginia, su conservadurismo moral, su velado racismo. Todo eso evidentmemente se vierte en su obra y la echa a perder en muchos sentidos. A mí, en particular, me ha hecho bastante daño a lo largo de mi vida el fuerte maniqueísmo tolkieniano: la Luz frente a la Oscuridad, la pureza frente a la corrupción, el bien contra el mal... durante muchos años esos conceptos me han dominado hasta tal punto que yo no podía acercarme siquiera a un libro de Tolkien durante todo un día si había cometido algún tipo de impureza (léase fundamentalmente masturbación). En eso veo un claro indicio temprano del TOC que con los años he acabando desarrollando. Y de hecho hasta este momento que he vuelto a tomar en mis manos el Silmarillion, llevaba casi diez años sin leer nada de Tolkien (porque ya no soy ni puro ni inocente). El dualismo me ha causado mucho daño, pero aunque durante mucho tiempo se focalizara en torno a los escritos de Tolkien, injusto sería achacárselo únicamente a ellos: al fin y al cabo, la lacra del dualismo invade nuestra cultura desde mucho antes, a través del platonismo, el cristianismo, la filosofía cartesiana, Kant...

A cambio también se pueden reseñar valores que son para mí profundos y bellos en la obra de Tolkien: el valor a las cosas pequeñas de la vida, la sabiduría como comprensión y preservación de ese valor de lo pequeño y sencillo, el amor a la música, la belleza de lo verde y vivo, el sobrecogimiento hacia el mar, el deleite por el lenguaje, y la tristeza serena, constructiva, que convierte la melancolía en un elemento de sabiduría. Estas cosas también han tenido un importante papel en la construcción de mi personalidad.

Pero ya tengo cuarenta años, un cierto equilibrio (dinámico) interno, y no soy ya un adolescente. Sigo siendo un poco épico, eso sí. Y por eso ahora, creo, por fin puedo sentarme, abrir mi libro favorito, y disfrutarlo sin proyectar ni extraer lecturas morales espurias. Hoy, por fin, puedo sencillamente dejarme llevar por la belleza de las palabras, el brillo de las historias, y la riqueza de las imágenes (que no tienen mucho que ver con Peter Jackson, aunque sí bastante con Alan Lee). 

Y lo estoy disfrutando como una perra.






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