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diciembre 29, 2017

¡Ya no trabajo más! (este año)

Me temo que me he convertido en un muermo.

Una de mis tradiciones más antiguas y gloriosas era la de venir todos los años a Segovia por Navidad trayendo un montón de trabajo, y volverme al terminar las fiestas a Santander con exactamente la misma cantidad. Una fiesta católica no es fiesta ni es nada si no tiene una buena dosis de culpabilidad asociada.

Sin embargo, este año he traído más trabajo que nunca, y lo he hecho. Todo lo que llevo de vacaciones ha estado dedicado a irme a la sala de estudio municipal mañana y tarde a currar furiosamente. Ni una triste resaca que me haya impedido desempeñar mis funciones docentes e investigadoras.

Es preocupante, porque no es un hecho aislado. Puede que sea la edad, pero llevo una temporada bastante larga que lo único que hago es trabajar. Antes solía hacer otras cosas. Leía. Escribía (en este blog, fundamentalmente). Hacía deporte. Salía con los amigos. Jugaba. Hacía fotografías. En ocasiones, incluso follaba. Últimamente, sin embargo, casi todo es levantarse a las siete de la mañana para preparar y dar clases, dedicar el resto del día a la burocracia, cerrar un rato el ordenador a las nueve de la noche, cenar, ver un poco de Neflix con el osezno y, después que él se vaya a la cama, hacer investigación hasta las dos de la madrugada. 

Creo que en ocasiones hay que hacer este tipo de cosas, pero este tipo de vida me repugna ética y filosóficamente. Espero que esto no dure mucho más.




Aunque por el momento, y por primera vez en la vida, he cumplido mis objetivos de trabajo navideño, ¡y solo estamos al final del día 29! Ya no trabajo más en lo que queda de año.

¿Y como voy a celebrarlo? Pienso agarrarme un pedo monumental... o lo que mi hígado desentrenado sea capaz de aguantar.

marzo 24, 2017

Gestión de conflictos

Mi problema, tal vez, es que nunca he tenido problemas.

No sé bien cómo gestionar las situaciones de conflicto. La vida me ha tratado tan bien que no he tenido muchas oportunidades para aprender.  

No tengo hermanos, así que nunca he tenido con quién pelearme de forma regular. Por supuesto que de niño tuve mis riñas de patio de colegio, como todo el mundo, pero desde entonces todo me ha ido bastante rodado: estoy a cuatrocientos kilómetros de las broncas familiares, en mi entorno laboral inmediato si hay broncas yo nunca las he visto, y he tenido la tremenda suerte de encontrarme con un osezno con el que en diecisiete años solo he tenido un enfado digno de mención, y sólo nos duró unas pocas horas. Con él, la disputa más gorda suele ser a qué cafetería vamos para desayunar por la mañana. La gente me pregunta cuál es el secreto para tener una relación tan duradera en estos tiempos, y siempre respondo que cómo sería posible no tenerla, estando al lado un chollo de persona como es el osezno.  En mi vida solo me he enfrentado a un enemigo, yo mismo, y yo, como rival, la verdad es soy bastante birrioso. 

No es que me queje del asunto. ¡Líbreme el todopoderoso Monstruo Espagueti Volador Gigante! Pero hay una consecuencia de todo esto, y es que casi nunca he tenido que enfrentarme a las consecuencias emocionales del conflicto. No sé bien cómo gestionar mis emociones en situaciones de enfrentamiento. Como muestra, un botón: la última vez que tuve un rifirrafe dialéctico fue en una discusión banal de escalera de vecinos, y dormí mal durante casi una semana. Tras aquella pelea de tres al cuarto con la vecina, un buen amigo me dio un consejo inapreciable:

"No le puedes caer bien a todo el mundo. Acéptalo."

Y creo que más o menos lo he aceptado, intelectualmente al menos, pero aunque ya no me llevo un disgusto personal cada vez que alguien me mira mal, eso no significa que me haya aprendido a manejar mis emociones.

No me estoy refiriendo a la agresividad. Es verdad que en las raras veces en que discuto por algo tiendo a calientarme y perder cierto control, sí, y eso es un problema muy serio. No me siento nada orgulloso de ello y es algo sobre  lo que tengo que trabajar duramente, pero tampoco creo que mi forma de reaccionar sea más virulenta que la de la mayoría de las personas.  Tal vez alce mi voz más de lo debido o diga algo de lo que luego me arrepienta, pero creo que no soy de los de sacar el bate de béisbol y los puños americanos en un arrebato. No, lo que me trae frito hoy es una cosa diferente: el llamado "post-pelea", que me está dando un día un poco horripilante.



La culpa es de las puñeteras Vicisitudes de la Vida: son ellas las que me han colocado en una posición en la que me toca luchar y hacer mías peleas de otros. Esta mañana he tenido una de ellas, con una de las conversaciones de teléfono más absurdas y desagradables que he tenido el disgusto de mantener nunca. Menos mal que la conversación, por llamarla de alguna manera, se vio interrumpida por la llegada de un paquete postal que tenía que bajar a firmar, que si no aún estaríamos agarrados al auricular y la escalada de las hostilidades habría sido de ríete tú de la Guerra de los Cien Años. Pero la cosa no se va a quedar aquí, y preveo que las próximas semanas van a ser interesantes de lo lindo.

Aquí es donde viene mi petición de auxilio: ¿qué hago yo ahora con este disgusto que llevo dentro? ¿Cómo se maneja esto? Esa sensación de ardor que te revuelve las tripas y no te deja reposar, que te acelera el pulso y te lleva una y otra vez a revivir la conversación; a imaginar respuestas mordaces y certeras que jamás llegarán a ser dichas en su momento justo. Esa especie de sentimiento de culpa por atacar y haber sido atacado. Esa sensación de inferioridad, la duda de si el otro habrá tenido la razón o si simplemente es que es mala persona... todo eso que lleva dándome vueltas a la cabeza todo el día, y seguirá haciéndolo sin duda todo el fin de semana, y que me lleva a estar intentando desahogarme en estas líneas en vez de hacer lo que debería hacer, que es concentrarme en mi trabajo y responder al referee de mi artículo, que ya va siendo hora. Con la pequeña tortura adicional de ser consciente de que todo esto en es el fondo por una soplapollez. ¿Qué será cuando tenga que enfrentarme a un conflicto de verdad?

En serio, ¿cómo hacéis, los que tenéis experiencia peleadora? ¿Esto mejora con el tiempo o va a ser siempre así? Porque, sinceramente, me entran ganas de meterme a alguna otra profesión que me obligue a aislarme por siempre de mis semejantes, como monje, informático o algo así. 

octubre 06, 2015

Lestat, el Moñas

Yo era, a la sazón, otra adolescente obnubilada por la literatura romántica de vampiros. Las adolescentes, ya sean hembras o machos, adoran a los vampiros. No es de extrañar: los vampiros  son elegantes, bellos, pálidos, inmortales y no solamente pronuncian las uves de una forma llamativa sino que además tienen pelazo. Y tienen poderes molones, no lo olvidemos. Pero llevan una existencia solitaria porque son unos incomprendidos, solo por el detalle insignificante de que se alimentan de sangre humana. Los vampiros, al igual que las adolescentes, se enfrentan a un mundo injusto que no les comprende, y por eso a todas las adolescentes les gustaría llamarse Nycteria o Valdifass, vivir en un sombrío caserón rodeado de antigüedades y alimentarse a base de glóbulos, plaquetas y plasmas varios.

Lo que las adolescentes no saben es que a todos los vampiros les gustaría a su vez llamarse Lola o Julián,  vivir en una urbanización con piscina y pista de pádel, y telefonear de cuando en cuando al Telepizza para pedir una con extra de queso.

Así que yo, como adolescente obnubilada, devoraba las novelas de Anne Rice. De hecho, me avergüenza reconocerlo, incluso me parecían buenas.  La juventud es una terrible enfermedad que, afortunadamente, se cura con el tiempo, como los catarros... si no te mata antes, como la tuberculosis.



De aquellos tiempos me ha quedado un romanticismo residual que me empuja a leer nuevas entregas de sagas literarias que me engancharon en mi juventud. En este caso, la última fechoría de la Rice: El Príncipe Lestat. Se resume en los siguientes párrafos:

Lestat, el inmortal vampiro de trescientos años, sufre mucho. Sufre porque no sufre lo suficiente. El mundo está lleno de belleza y él trata desesperadamente de ser malo, malísimo, pero no le sale, porque en el fondo lo que inunda su corazón -amén de la sangre de la gente que va matando por ahí- es el amor. Los vampiros aman muchísmo a todo el mundo: a los mortales, a los fantasmas y sobre todo a otros vampiros. A veces los vampiros se intentan matar entre sí, pero todo resulta ser por algún malentendido y pasados dos o tres siglos se vuelven a encontrar y piensan unos de otros que están estupendos y que se quieren un montón, y entonces se abrazan y se besan en los labios, pero sin erecciones ni cosas de esas propias de gentuza de baja estofa.

Van apareciendo vampiresas y vampiresos, a cual más anciano: mil, dos mil, seis mil años. Quién da más. Cuanto más viejo es un vampiro, más poderoso y más amoroso es. Todo el mundo se quiere mucho. La vampiresa Marifú es la criatura más bella de la creación hasta que aparece el vampiro Vladomiro, que es mucho más bello, y así sucesivamente. Son todos tan guapos que a la autora se le acaban los adjetivos por la página treinta y a partir de ese momento ya todos son iguales, aunque van alternándose personajes rubios de pelo largo y morenos de cabellos ondulados y labios sensualmente carnosos.

Se acarician y se admiran mucho, así en plan homoerótico, que por lo visto es mucho más sugerente. Los vampiros no follan, pero les encanta rodearse de potrancos musculosos y de jamelgas de tetas puntiagudas para que les canten canciones y les reciten poesías y les hagan mucho macramé.

También hay espíritus y fantasmas, que al ser entes desencarnados tienen que esforzarse más que los vampiros para estar estupendos y vestir ropas caras. Pero al final lo hacen igualmente, porque si para algo sirve el poder de la mente es para adquirir unas buenas abdominales.

La anterior Reina de los Condenados fue decapitada allá en los ochenta, cuando la gente llevaba hombreras y se pintaba como puertas, y la que hay ahora no tiene ni mente ni cerebro ni nada de eso y por ello no es capaz ni de peinarse ni de hacerse las uñas. El espíritu que vive en su interior y que es la fuente del vampirismo quiere liberarse y para ello mata a mucha gente, pero con mucho amor, porque todo lo vampírico mola cantidubi.

Y aunque casi todos los vampiros del libro son más antiguos y más poderosos y más formidables que Lestat, todos esperan que sea él quien lidere a los vampiros y les lleve a una nueva época dorada donde se puedan amar muchísimo unos a otros, a ser posible desde ciudades a varios continentes de distancia unas de otras. Siguen apareciendo vampiros de montones de años de edad y todos tienen nombres en italiano o en francés, especialmente aquellos nacidos en época de los hititas. Guapísimos, muy bien peinados y con unas sonrisas estupendas. Aquello parece un mítin de Ciudadanos.

Y no sé lo que pasa después, porque aún no he terminado el truño, y no sé si llegaré a hacerlo. Con mucho amor, eso sí.

junio 15, 2015

Pensamientos inapropiados


- Hola -me dijo el empotrador barbudo-. ¿Te acuerdas de mí?

- Por supuesto -mentí, poniéndole ojos de ternero degollado mientras en mi mente le imaginaba en pelotas y desnucándome contra el cabecero de la cama.

- Soy Sufrús, el hijo de tu prima Sufurina -me dijo el mozo, que de tonto no tiene un pelo.

- Hostia puta -no pude evitar decir.
Cómo pasa el tiempo, joder. Lo recuerdo como si fuera ayer, solo que fue hace veinte años: Sufrús fue el primer bebé recién nacido que tuve en brazos. Desde entonces le he visto pocas veces: de ciruela de California (que es a lo que se parecen todos los recién nacidos, por mucho que las abuelas insistan en que tienen la nariz de papá y los sobacos de mamá) pasó a ser un niño tímido y algo feúco, de niño pasó a ser un adolescente alto y desgarbado... y desde la última vez que le vi a ahora los genes de su padre camionero y las horas de balonmano han tomado el control y lo han convertido en un bigardo de metro noventa, cara de malote, barba poblada, ojos grises como taladros, manos como raquetas de pádel y cuerpo de escándalo. ¡La virgen!

Me sentí fatal: por viejo, por lascivo, por incestuoso de pensamiento y porque, cojones, al fin y al cabo estábamos en un funeral...



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