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marzo 19, 2021
marzo 19, 2018
marzo 24, 2017
Gestión de conflictos
Mi problema, tal vez, es que nunca he tenido problemas.
No sé bien cómo gestionar las situaciones de conflicto. La vida me ha tratado tan bien que no he tenido muchas oportunidades para aprender.
No tengo hermanos, así que nunca he tenido con quién pelearme de forma regular. Por supuesto que de niño tuve mis riñas de patio de colegio, como todo el mundo, pero desde entonces todo me ha ido bastante rodado: estoy a cuatrocientos kilómetros de las broncas familiares, en mi entorno laboral inmediato si hay broncas yo nunca las he visto, y he tenido la tremenda suerte de encontrarme con un osezno con el que en diecisiete años solo he tenido un enfado digno de mención, y sólo nos duró unas pocas horas. Con él, la disputa más gorda suele ser a qué cafetería vamos para desayunar por la mañana. La gente me pregunta cuál es el secreto para tener una relación tan duradera en estos tiempos, y siempre respondo que cómo sería posible no tenerla, estando al lado un chollo de persona como es el osezno. En mi vida solo me he enfrentado a un enemigo, yo mismo, y yo, como rival, la verdad es soy bastante birrioso.
No es que me queje del asunto. ¡Líbreme el todopoderoso Monstruo Espagueti Volador Gigante! Pero hay una consecuencia de todo esto, y es que casi nunca he tenido que enfrentarme a las consecuencias emocionales del conflicto. No sé bien cómo gestionar mis emociones en situaciones de enfrentamiento. Como muestra, un botón: la última vez que tuve un rifirrafe dialéctico fue en una discusión banal de escalera de vecinos, y dormí mal durante casi una semana. Tras aquella pelea de tres al cuarto con la vecina, un buen amigo me dio un consejo inapreciable:
"No le puedes caer bien a todo el mundo. Acéptalo."
Y creo que más o menos lo he aceptado, intelectualmente al menos, pero aunque ya no me llevo un disgusto personal cada vez que alguien me mira mal, eso no significa que me haya aprendido a manejar mis emociones.
No me estoy refiriendo a la agresividad. Es verdad que en las raras veces en que discuto por algo tiendo a calientarme y perder cierto control, sí, y eso es un problema muy serio. No me siento nada orgulloso de ello y es algo sobre lo que tengo que trabajar duramente, pero tampoco creo que mi forma de reaccionar sea más virulenta que la de la mayoría de las personas. Tal vez alce mi voz más de lo debido o diga algo de lo que luego me arrepienta, pero creo que no soy de los de sacar el bate de béisbol y los puños americanos en un arrebato. No, lo que me trae frito hoy es una cosa diferente: el llamado "post-pelea", que me está dando un día un poco horripilante.
La culpa es de las puñeteras Vicisitudes de la Vida: son ellas las que me han colocado en una posición en la que me toca luchar y hacer mías peleas de otros. Esta mañana he tenido una de ellas, con una de las conversaciones de teléfono más absurdas y desagradables que he tenido el disgusto de mantener nunca. Menos mal que la conversación, por llamarla de alguna manera, se vio interrumpida por la llegada de un paquete postal que tenía que bajar a firmar, que si no aún estaríamos agarrados al auricular y la escalada de las hostilidades habría sido de ríete tú de la Guerra de los Cien Años. Pero la cosa no se va a quedar aquí, y preveo que las próximas semanas van a ser interesantes de lo lindo.
Aquí es donde viene mi petición de auxilio: ¿qué hago yo ahora con este disgusto que llevo dentro? ¿Cómo se maneja esto? Esa sensación de ardor que te revuelve las tripas y no te deja reposar, que te acelera el pulso y te lleva una y otra vez a revivir la conversación; a imaginar respuestas mordaces y certeras que jamás llegarán a ser dichas en su momento justo. Esa especie de sentimiento de culpa por atacar y haber sido atacado. Esa sensación de inferioridad, la duda de si el otro habrá tenido la razón o si simplemente es que es mala persona... todo eso que lleva dándome vueltas a la cabeza todo el día, y seguirá haciéndolo sin duda todo el fin de semana, y que me lleva a estar intentando desahogarme en estas líneas en vez de hacer lo que debería hacer, que es concentrarme en mi trabajo y responder al referee de mi artículo, que ya va siendo hora. Con la pequeña tortura adicional de ser consciente de que todo esto en es el fondo por una soplapollez. ¿Qué será cuando tenga que enfrentarme a un conflicto de verdad?
En serio, ¿cómo hacéis, los que tenéis experiencia peleadora? ¿Esto mejora con el tiempo o va a ser siempre así? Porque, sinceramente, me entran ganas de meterme a alguna otra profesión que me obligue a aislarme por siempre de mis semejantes, como monje, informático o algo así.
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marzo 19, 2017
Diecisiete
Recientemente hemos recibido en casa una carta oficial, con pinta de invitación para boda, en la que el Excelentísimo Señor Alcalde (una mujer) de Santander nos saludaba al Sr. Sufur (un perro) y a la Sra. Osezno (un hombre), felicitándonos por llevar tropecientos años registrados en los archivos del Ayuntamiento como pareja de hecho, y pidiéndonos que les escribiéramos para saber si continuábamos en el mismo feliz estado civil o si por contra nos habíamos disuelto como azucarillos en la boca de un caballo.
Esta anécdota tiene las siguientes lecturas:
Uno, que el Ayuntamiento de Santander es una rancia institución machista que haría mejor en gastar sus dineros en revisar su protocolo y entender que las mujeres también pueden ocupar puestos de responsabilidad y que no todas las parejas son de un señor con una señora, en vez de emplearlo en mandar cartas en cartulina color vainilla con letras en siena tostado. ¡Panda de antiguos!
Dos, que parece ser que la gente no se olvida de pedir el divorcio cuando quieren dejar de estar casados, pero sí se olvidan de dar de baja una pareja de hecho cuando ésta se disuelve. Los españoles nos ponemos como locos a la hora de pedir que se tomen en serio las uniones civiles y luego somos nosotros mismos los que seguimos pensando que pasar por el registro es algo insignificante.
Y tres, que como pareja somos ya más viejos que la tos. ¡Hoy cumplimos diecisiete años juntos!
Qué santa paciencia, la del señor Osezno conmigo. ¡Y bendita suerte la mía!
marzo 19, 2016
enero 22, 2016
Sociopatía sufuriana
Siempre se ha dicho que mejor estar solo que mal acompañado, pero ¿qué pasa cuando se está bien acompañado y aun así se elige estar solo?
A principios de semana pasé dos días y medio en Italia. Se trataba de una de las últimas reuniones de trabajo de un proyecto que ya se está acabando. Para mí, probablemente, la última, por motivos de calendario y presupuesto. Una verdadera pena, pues ya sabéis cuánto me gusta Italia: un país moderno y dinámico, plenamente integrado en el siglo XIV, donde los hombres son hermosos, la arquitectura es deslumbrante, se come de vicio y se puede disfrutar de lo lindo mientras a tu alrededor el mundo entero se desmorona.
Me dio una tristeza enorme no tener tiempo para poder disfrutar de casi ninguna de estas cosas. El martes por la tarde, acabada la reunión, tuve por fin unas cuantas horas. Me apetecía pasear lentamente bajo los soportales rojos y amarillos de Bolonia, experimentando esa sensación tan rara que me produce Italia y que consiste en sentirme como si estuviera en mi casa y al mismo tiempo en otro planeta, pararme en los kioskos y buscar viejos número de Rat-Man entre las apolilladas novelas del Oeste y los gialli (novela negra) que tanto gustan aún allí; ponerme hasta el culo de caffè, recorrer las librerías, tomarme una copa de vino toscano a precio de atraco en algún bar, dejarme mirar por los ojos ciegos de las esculturas de las fachadas, mirar escaparates de ropa que o bien no me entraría o bien no me puedo permitir, descubrir callejones y plazuelas que no había visto antes, toparme con hornacinas habitadas por vírgenes desvaídas y flores de plástico, encontrar esquelas pegadas en la pared, y finalmente sentarme en mi trattoria favorita a cenar sin prisas, antipasto, primo e vino, y al terminar tomarme otro caffè y un amaro, o tal vez un nocino delle streghe, volver al hotel ligeramente borracho, saciado, melancólico, triste, solitario, aterido de frío, en paz.
La clase de velada a solas que apetece mucho a personas como yo, siempre y cuando sean la excepción y no la norma. Estar solo de cuando en cuando, por elección, es un placer. A partir del segundo mes, empieza a aburrir.
Esa tarde me apetecía mucho hacer todo lo anterior.
El problema: no estaba solo.
Se quedaban esa noche algunos de los compañeros de trabajo españoles: gente estupenda, entrañable, divertida incluso (dentro de lo que permite nuestra profesión) y a la que aprecio un montón, pero cuya presencia hacía imposible mi plan a solas.
Así que, lógicamente, mentí. Les dije que había quedado con unos amigos (inexistentes) y les deseé buen viaje para el día siguiente.
Y pasé la tarde solo. Y fue un placer.
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noviembre 04, 2015
Mi Kindle ha muerto, ¡larga vida a mi Kindle!
A lo largo de todos estos años, el osezno me ha hecho regalos maravillosos. El mejor de ellos, su compañía y paciencia conmigo. Pero en lo material, tal vez el regalo al que más partido he sacado y con el que más horas he disfrutado ha sido mi viejo Kindle.
Me ha durado muchos años. El osezno me lo regaló cuando los libros electrónicos eran una novedad. No existía la tienda española de Amazon y tuvo que encargarlo a los Estados Unidos. Aún recuerdo mi ilusión al desempaquetarlo y mis primeros pinitos en la lectura digital.
Desde entonces, mi Kindle y yo hemos sido inseparables. Con su casi inacabable batería (qué raro se hace cargar un dispositivo electrónico una vez al mes) me ha acompañado a todas horas en mis desplazamientos, ya sea en el autobús urbano o en viajes al otro lado del planeta, y me ha dado miles de horas y páginas de lectura amena e interesante. Con su diccionario integrado me ha ayudado a mejorar mi pobre inglés y con su enlace a la tienda de Amazon ha contribuido a que yo no salga de pobre. Pobre, pero contento.
No significa eso que yo haya dejado de comprar y leer libros en papel. Estoy de acuerdo con quienes mantienen que el placer sensorial y estético de un buen encuadernado es algo que no debería perderse, y me gusta contribuir a la subsistencia de las librerías de barrio. Pero hay que reconocer que la comodidad de llevar toda tu biblioteca contigo en un aparato que pesa doscientos gramos es enorme.
Hace una semana, después de más de cinco años de servicio, mi Kindle empezó a fallar. No se encendía bien y había que reiniciarlo cada dos por tres. Me dio una pena enorme.
No me podía quedar sin mis libros. No esperé a que mi Kindle terminara de estropearse del todo. Entré en la tienda y busqué el modelo más parecido a mi viejo libro electrónico:
¡Larga vida a mi Kindle! Espero que este me dure al menos tanto tiempo como el anterior.
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octubre 01, 2015
Con la voz bien alta
La nueva campaña de la FELGTB es una de las mejores que he visto en mi vida, tanto en España como fuera de ella. Enhorabuena por un vídeo perfecto que ha llegado a emocionarme, y por un mensaje que sigue siendo enormemente importante hoy en día, cuando muchos piensan que todo está conseguido. No es así.
Yo soy uno de esos afortunados homosexuales que nunca ha sufrido problemas de discriminación ni de violencia verbal o física, pero esto se debe principalmente a dos motivos: a que salí de mi pueblo y de mi ciudad diminuta muy joven, y a que siempre he sido miedoso y precavido. Tengo buena capacidad para prever los problemas e irme por otro camino cuando sospecho que va a presentarse una situación incómoda. Empecé a ser valiente solo cuando tuve seguridad económica, laboral y social en una ciudad más grande y lejos de la gente cuya reacción podría haberme herido. Eso tiene poco mérito.
La situación que muestra el vídeo es digna de elogio, porque presenta la respuesta civilizada y responsable de los ciudadanos que ayudan a la pareja de turistas. Pero no olvidemos que es un vídeo grabado en pleno Chueca, y que probablemente haya sido editado dejando fuera las reacciones desfavorables. La campaña es acertada y emociona porque muestra lo mejor de nosotros, pero hay que tener en cuenta precisamente eso, que este tipo de reacciones son unicamente la cota superior del comportamiento español en el barrio más tolerante de la ciudad más grande del país.
Os animo a todos a difundir este vídeo todo lo posible.
septiembre 10, 2015
Feliz año nuevo
Ya lo he comentado en varias ocasiones: para quienes no hemos dejado nunca la academia, el año no comienza en enero sino en septiembre. Por eso, lógicamente, toca poner como fondo musical "Aguas de marzo":
¿Perdón? ¿Aguas de marzo en septiembre? Lógico, pues es un tema brasileño y en el Hemisferio Sur, recordemos, el otoño empieza en marzo: "são as águas de março fechando o verão, é a promessa de vida no teu coração". Últimamente estoy muy brasileño yo, y no solo por motivos profesionales.
En Santander el verano es una época lluviosa y cálida que comienza allá por San Fermín y termina más o menos por Santiago Apóstol. Es decir, hace ya tiempo que se acabó el verano, pero como he estado de viaje durante todo agosto yo no me había dado mucha cuenta hasta ahora.
No falla: llega el día uno y de repente los alumnos que tienen asignaturas para septiembre se acuerdan de ponerse a estudiar y a preguntar sobre sus dudas. El examen era el día dos. Los resultados no sorprenden a nadie, salvo tal vez a los propios alumnos, que viven en un perpetuo estado de estupor. Hay dos clases de alumnos que se presentan a los exámenes de septiembre: los que suspendieron en junio y los que dejaron la asignatura para el verano por motivos estratégicos. Los primeros muy rara vez aprueban: cuatro meses de no enterarse de nada seguidos por un verano de tampoco enterarse de nada suman exactamente la siguiente cantidad: nada. Los que dejaron la asignatura para centrarse en otras y atacan durante el verano, por otro lado, son algo totalmente distinto: bastantes aprueban y lo hacen con buena nota. He aquí la diferencia entre estrategia y tozudez.
Igual de desastre que los alumnos somos sus profesores. Organizo un congreso para la semana que viene. El plazo límite para registrarse era el 20 de agosto y por tanto, lógicamente, más de la mitad de los participantes se lo saltaron y se registraron durante la extensión de plazo que (evidentemente) concedimos. Ya estaba previsto: siempre es así. Lo que me ha sorprendido un poco (no mucho, la verdad) es que a cuatro días del comienzo del congreso aún haya gente apuntándose. No me voy a quejar: los congresos, como las orgías, son más divertidos cuanta más gente participe.
He vuelto también al gimnasio, a.k.a. Vanessolandia. El verano se ha saldado con un +2 kilos que hay que fundir. Esto en 88 kilos, mi máximo histórico, igualando a los que tenía a los 20 años, con la única diferencia de que antes yo era 100% tocino y ahora soy 80% tocino, 20% músculo. Los pantalones me aprietan, las camisas no me valen y tengo agujeros en los calcetines. Esto último no es culpa de mi aumento de peso, sino de mi vagancia a la hora de ir de compras. Mi gimnasio ha comprado un taller de coches que había al lado y lo ha transformado en un espacio para crossfit: putas modas. Lo bueno es que ahora los Vanessos se reparten entre ambos locales y tengo algo más de espacio para renquear y resolplar como un cachalote varado entre mancuernas y otros aparatos de tortura. En cuanto a los Vanessos en sí, el año comienza con unos cuantos ejemplares nuevos, incluyendo un par de esos que los ves y te entran unas ganas enormes de eyacularles en la cara.
El osezno, para equilibrar mi balanza energética, ha vuelto a los fogones por todo lo alto: ceviche de rape y langostinos, ensalada de toronja y aguacate y budín de pan con arándanos. Cómo cocina ese hombre, por Dior. Qué peligro. Delicioso peligro...
julio 03, 2015
Ganas de viajar
Mis ganas de viajar, siempre grandes y limitadas únicamente por mi escasez de tiempo y dinero, se ven multiplicadas por cien en verano. Cuando el cielo se aclara y permite ver las montañas a lo lejos siento deseos irrefrenables de cruzarlas y ver qué hay al otro lado. Me imagino a mí mismo recorriendo los senderos, cabalgando entre praderas, atravesando el país en un descapotable o sobrevolándolo en avioneta. Lo importante en mi sueño no es el destino, sino el ir más allá.
Porque mis sueños viajeros de verano no se limitan a conocer Praga o a bañarme en alguna playa del Golfo de Méjico. Los viajes que yo quisiera hacer son un poco más complicados de realizar.
Lo hablaba el otro día con un amigo: creo que sería capaz de alistarme a
una expedición tripulada de solo ida a Marte, si me dejaran. Pero como no hay expedición, y si la hubiera yo no podría aportar nada a ella, me tendré que conformar una vez más con viajar con la imaginación.
El verano es la estación de la ciencia-ficción.
Para esta temporada me he hecho con los siguientes títulos:
Alastair Reynolds es mi escritor de ciencia-ficción actual favorito. Sabe de lo que habla (es astrofísico y trabaja para la Agencia Europea del Espacio) y además escribe historias interesantes, con que enganchan, con miga. ¿Elefantes africanos en el espacio exterior? Todo es cuestión de proponérselo...
De Ann Leckie no tengo ninguna experiencia, pero hay que probar cosas nuevas y esta novela se llevó el año pasado los tres pesos pesados de los premios de la ciencia-ficción: el Hugo, el Nebula y el Locus. Tiene buena pinta.
Y en el rato de mis vacaciones que no esté leyendo, estaré jugando al Civilizations: Beyond Earth. Ya puestos...
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junio 15, 2015
Pensamientos inapropiados
- Hola -me dijo el empotrador barbudo-. ¿Te acuerdas de mí?- Por supuesto -mentí, poniéndole ojos de ternero degollado mientras en mi mente le imaginaba en pelotas y desnucándome contra el cabecero de la cama.- Soy Sufrús, el hijo de tu prima Sufurina -me dijo el mozo, que de tonto no tiene un pelo.- Hostia puta -no pude evitar decir.
Cómo pasa el tiempo, joder. Lo recuerdo como si fuera ayer, solo que fue hace veinte años: Sufrús fue el primer bebé recién nacido que tuve en brazos. Desde entonces le he visto pocas veces: de ciruela de California (que es a lo que se parecen todos los recién nacidos, por mucho que las abuelas insistan en que tienen la nariz de papá y los sobacos de mamá) pasó a ser un niño tímido y algo feúco, de niño pasó a ser un adolescente alto y desgarbado... y desde la última vez que le vi a ahora los genes de su padre camionero y las horas de balonmano han tomado el control y lo han convertido en un bigardo de metro noventa, cara de malote, barba poblada, ojos grises como taladros, manos como raquetas de pádel y cuerpo de escándalo. ¡La virgen!
Me sentí fatal: por viejo, por lascivo, por incestuoso de pensamiento y porque, cojones, al fin y al cabo estábamos en un funeral...
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mayo 04, 2015
Del tiempo
Ya sabía yo que era sólo cuestión de tiempo que acabara pillando una astenia primaveral. Yo soy así, muy de pillar cosas que no existen, y creo que es en buena parte culpa de haber leído tanto: uno acaba entregándose a los vicios de la narrativa, se convierte en un metafórico desaforado, y sin comerlo ni beberlo se acaba gobernado por constructos.
Eso, y el persistente dolor de cabeza que me provoca la pertinaz sinusitis, explican mi apatía creativa y otra serie de estupideces que conforman mi ontología cotidiana. Tomemos el ejemplo de hoy: comienza la mañana oscura, oprimente, con nubes como cetáceos enormes varados sobre mi cabeza, una humedad cercana al 100%, cargada de presagios en forma de coloide y verdín. Añádasele a eso mi dolor de cabeza sordo, machacante, persistente, con esa sensación de haberme metido un estropajo por la nariz, y el resultado soy yo, tambaleándome por las calles de Santander, sintiéndome como Bob Esponja (aunque todo el mundo coincide en que me parezco más a Calamardo) moviéndose en un mar de sargazos y atunes metálicos. A cámara lenta, sintiendo a mi alrededor la fricción viscosa del medio pelágico y las voces distorsionadas de paisanos que se me antojan peces abisales de enormes mandíbulas y extraños apéndices fosforescentes.
Pero luego llega el viento sur, desgarrando la capa de nubes y convirtiendo el cielo en un caótico campo de batalla donde un gato histérico, grande como Madagascar, se ha estado afilando las uñas hasta hacerlo todo jirones de vapor; sale el sol, me golpea un viento electrizado, la Bahía se vuelve verde y gris y espuma, el dolor de cabeza me estalla en ramificaciones sinápticas y me inundan el frenesí, el calor y las ganas de romper algo, follarme a alguien y golpear a alguien, no necesariamente en este orden ni tampoco porqué a álguienes distintos. Yo, que siempre he sido tan sensible al paso de las estaciones, no me había dado cuenta de que los árboles de la Alameda (ninguno de ellos es un álamo, curiosamente) ya tienen hoja, y me parece indignante que nadie me haya consultado, así que dejo que el ventarrón me rodee, me cargo de iones y en cuanto pasa una señora teñida de rubio le lanzo un poderoso rayo, carbonizándola. El hecho de que esto último sólo haya ocurrido en mi imaginación no le quita gracia al asunto, sino precisamente todo lo contrario.
Vaya asco da esto de estar loco.
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abril 16, 2015
Ondas
"La realidad supera a la ficción" es una forma de decirlo.
¿Cómo explicar de buenas a primeras algo que no tiene análogo en el mundo en el que nos hemos criado? Como especie hemos evolucionado en un entorno que no es muy grande ni muy pequeño, donde las cosas no pesan ni poco ni mucho, donde las velocidades de los objetos nunca pasan de unos pocos metros por segundo y donde los cuerpos más diminutos que somos capaces de ver a simple vista no bajan de unos pocos milímetros. Tendemos a proyectar nuestra intuición física sobre este mundo "mesoscópico" (no muy grande, ni muy pequeño) a las escalas microscópicas y a las escalas cosmológicas, y en ambos casos metemos la pata hasta el fondo.
Vivimos, sin saberlo, en un mundo de ondas de probabilidad. Yendo al tamaño de un electrón, el mundo no tiene el aspecto de cuerpos sólidos que se mueven en trayectorias bien definidas como bolas en una mesa de billar. No podemos tener una idea exacta de dónde está el electrón y a qué velocidad se mueve al mismo tiempo. Sólo podemos hablar en términos probabilísticos. Algunas de las propiedades de los entes que nos forman nos recuerdan a esas bolas de billar, mientras que otras nos recuerdan a olas sobre un estanque, pero si realmente queremos entenderlo tenemos que dejar de apoyarnos en metáforas que no son extrapolables a este micromundo y empezar a desarrollar una intuición nueva basada en conceptos nuevos. El secreto está en las matemáticas.
Las pocas veces que sale en una conversación mi ateísmo -la religión, o la falta de ella, es uno de los temas que hoy en día resulta políticamente incorrecto discutir en público-, la gente suele preguntarme si no echo en falta la sensación de sobrecogimiento ante los misterios de la existencia. Mi respuesta es siempre la misma: el mundo real en el que vivimos es bastante más misterioso, fascinante y sorprendente que cualquier fantasía de amigos invisibles, vírgenes embarazadas de palomas y demonios que se haya inventado jamás gurú alguno.
Dentro de un par de horas tendré el terror, la enorme responsabilidad y el privilegio de enfrentarme a un nuevo grupo de jóvenes alumnos para intentar introducirles en una de las realidades más misteriosas y sutiles que ha descubierto nunca el ser humano. Es la primera vez que voy a abordar este tema como profesor, así que estoy doblemente nervioso.
¿Cómo explicar de buenas a primeras algo que no tiene análogo en el mundo en el que nos hemos criado? Como especie hemos evolucionado en un entorno que no es muy grande ni muy pequeño, donde las cosas no pesan ni poco ni mucho, donde las velocidades de los objetos nunca pasan de unos pocos metros por segundo y donde los cuerpos más diminutos que somos capaces de ver a simple vista no bajan de unos pocos milímetros. Tendemos a proyectar nuestra intuición física sobre este mundo "mesoscópico" (no muy grande, ni muy pequeño) a las escalas microscópicas y a las escalas cosmológicas, y en ambos casos metemos la pata hasta el fondo.
Vivimos, sin saberlo, en un mundo de ondas de probabilidad. Yendo al tamaño de un electrón, el mundo no tiene el aspecto de cuerpos sólidos que se mueven en trayectorias bien definidas como bolas en una mesa de billar. No podemos tener una idea exacta de dónde está el electrón y a qué velocidad se mueve al mismo tiempo. Sólo podemos hablar en términos probabilísticos. Algunas de las propiedades de los entes que nos forman nos recuerdan a esas bolas de billar, mientras que otras nos recuerdan a olas sobre un estanque, pero si realmente queremos entenderlo tenemos que dejar de apoyarnos en metáforas que no son extrapolables a este micromundo y empezar a desarrollar una intuición nueva basada en conceptos nuevos. El secreto está en las matemáticas.
La ecuación de Schrödinger cumple noventa años este 2015. Escondida en esta ecuación diferencial en derivadas parciales se encuentra todo lo que podemos y necesitamos saber acerca de estas ondas de probabilidad
que "son" los entes microscópicos, cantidades complejas (con una parte real y otra imaginaria) que no se parecen en nada a ninguna cosa que hayáis visto, oído o experimentado nunca.
Es mucho más raro que Moisés separando las aguas del Mar Rojo. Pero a diferencia de esto último, funciona día a día. A cada paso que das, cada vez que ves la televisión o usas internet, hablas por teléfono o te preparas unos huevos fritos en una placa de inducción, la ecuación se está verificando con una precisión extraordinaria. Funciona. Y eso significa dos cosas: que vivimos en un mundo extraño y maravilloso, y que somos afortunados por poder entender al menos parte de ello.
Es mucho más raro que Moisés separando las aguas del Mar Rojo. Pero a diferencia de esto último, funciona día a día. A cada paso que das, cada vez que ves la televisión o usas internet, hablas por teléfono o te preparas unos huevos fritos en una placa de inducción, la ecuación se está verificando con una precisión extraordinaria. Funciona. Y eso significa dos cosas: que vivimos en un mundo extraño y maravilloso, y que somos afortunados por poder entender al menos parte de ello.
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El libro Gordo de Sufur,
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marzo 19, 2015
Quince
Y así, poquito a poco, como sin comerlo ni beberlo, hoy se cumplen quince años de aquella tarde en la que el osezno me llevó a enseñarme el ático que acababa de comprar, nos besamos y empezamos a salir juntos.
Es bastante más de la mitad de mi vida adulta, y ya no me acuerdo de lo que era vivir sin que él estuviera presente, a mi lado o en la distancia.
Al principio él vivía con sus padres y yo en un piso compartido. Nos veíamos por las tardes y los fines de semana. Luego me invitó a vivir con él en su pequeño ático. Después vinieron los años de relación a distancia, primero yo en Italia y luego él en Grecia, y a la vuelta la aventura de la hipoteca común, los gatos, los proyectos conjuntos, y cada paso que hemos dado ha sido bueno.
Me doy cuenta cada día de la suerte que tuve al conocerle y de la que sigo teniendo cada día al meterme a dormir junto a él. Nunca se sabe qué traerá el futuro pero yo, si pudiera, firmaba hoy mismo por otros quince años más.
marzo 13, 2015
Lo bueno (1)
Comerte unos trozos de fruta sobre los que han estado correteando las moscas.
Estar en la playa, que de repente se ponga a llover, y seguir a lo tuyo sin correr a refugiarte, sin darle más vueltas.
No preocuparte por quién pueda haber bebido antes que tú del vaso que te ofrecen.
Tirarte a la piscina del hotel a las tres de la noche, según vuelves de tomar copas.
Que te pongan una caipirinha en un chiringuito de playa, encuentres que está llena de pequeñas hormigas que habían invadido el tarro de azúcar, y que te lo bebas todo sin darle importancia. Más proteínas en la dieta.
Ir descalzo sobre el césped.
Ofrecerte voluntario para organizar en tu ciudad el próximo meeting de la colaboración.
Sudar y no sentir la necesidad imperiosa de ducharte cada media hora.
No darle ninguna importancia ni a la hora ni a la fecha.
Es probable que estas cosas te parezcan lo más natural y sencillo del mundo, pero eso es porque tú no tienes un trastorno obsesivo-compulsivo. Para mí esta lista está llena de cosas prácticamente impensables, y que sin embargo se han dado de forma natural estos días. Se trata de la atmósfera relajada del lugar, y es algo que solamente me ha ocurrido en dos lugares: aquí en Brasil y en Creta. Ahí queda eso. En el próximo post, las fotos, de las que hago un único adelanto:
febrero 14, 2015
enero 05, 2015
La enésima
Tengo, he de admitirlo, un trocito de corazón épico en mi interior.
A rebufo del estreno navideño de El Hobbit: la Batalla de los Cinco Ejércitos (a propósito de la película solo puedo decir: la tercera y decepcionante entrega de una trilogía totalmente innecesaria), me ha dado por aparcar mi siempre creciente lista de libros por leer y volver a disfrutar del libro que más veces he leído en mi vida: El Silmarillion, de J.R.R. Tolkien.
El gusto por Tolkien y su obra es como la afición por la ópera, las ganas de comer macarrones o ciertas religiones: un asunto de gustos que no tiene nada que ver con la elección ni con ningún elemento racional. O te gusta o no, y eso no te hace ni mejor ni peor. Repito, es una cuestión de gustos, no de elección, y si alguien pretende sacar a relucir el manido argumento del realismo ("a mí la fantasía me produce urticaria porque no es más que una evasión, lo que me llega es lo real"), por favor que al menos tenga la decencia de reconocer que ninguna serie de televisión que uno sigue, ninguna película favorita, nungún argumento operístico, ninguna novela son reales. Lo real es pagar la hipoteca, tener mocos y cagaleras, y cortarse las uñas. La literatura, el cine, la música y la televisión son artificio, y por eso nos gustan tanto.
A mí Tolkien me llegó en un momento de la vida en el que me entró con asombrosa fuerza. Lo recuerdo bien: yo tenía doce años, eran unas navidades, y me leí todo El Señor de los Anillos en siete días. Desde entonces me lo he releído once veces, en tres idiomas diferentes, y sigue siendo el libro que más goce me ha procurado a lo largo de mi vida.
Más o menos a la misma altura sitúo el Silmarillion, obra que incluso a la mayoría de frikis tolkenianos resulta difícil de leer. Pero a mí me encanta por mi corazoncito épico. El Silmarillion no es una novela, no contiene diálogos, no hay personajes principales. Se trata de un conjunto de relatos cortos débilmente hilvanados en forma de saga. Es un poco como leer la Biblia, Beowulf, las sagas nórdicas o algunas hagiografías cristianas. Es decir: para la mayor parte de la gente, un peñazo. No para Sufur, el épico.
El Señor de los Anillos y El Silmarillion tienen todos los elementos necesarios para cautivar la mente de un adolescente épico y enamorado de las grandes ideas, los mundos irreales y las palabras: unas geografía, historia y mitología propias, lucha entre el Bien y el Mal, la capacidad de conjurar visiones poderosas, duraderas, y un lenguaje extraordinario. No hablo de los idiomas tolkienianos, que nunca me he molestado en aprender (tan friki no soy), sino la prosa en sí de Tolkien en inglés y la maravillosa traducción que en España hizo Manuel Figueroa para Ediciones Minotauro. Evidentemente, entré en estos libros en castellano, aunque hace ya tiempo que di el salto al inglés. Es un inglés complicado, lleno de arcaísmos, especialmente en el habla formal de los Valar:
"Mighty are the Ainur, and mightiest among them is Melkor; but he may know, and all the Ainur, that I am Ilúvatar, those things that ye have sung, I will show them forth, that ye may see what ye have done. And thou, Melkor, shalt see that no theme may be played that hath not its uttermost source in me, nor can any alter the music in my despite. For he that attempteth this shall prove but mine instrument in the devising of things more wonderful, which he himself hath not imagined"
Pero al mismo tiempo es un inglés bellísimo y magistralmente redactado. En pocas líneas, porque los capítulos del Silmarillion son por lo general breves, forma imágenes poderosas en la mente del lector; impacta, emociona, deja con ganas de más. Y lo mismo sucede con la traducción de Manuel Figueroa, que refleja perfectamente el original sin perder la belleza de sus palabras.
De Tolkien cabe criticar muchísimas cosas: su misoginia, su conservadurismo moral, su velado racismo. Todo eso evidentmemente se vierte en su obra y la echa a perder en muchos sentidos. A mí, en particular, me ha hecho bastante daño a lo largo de mi vida el fuerte maniqueísmo tolkieniano: la Luz frente a la Oscuridad, la pureza frente a la corrupción, el bien contra el mal... durante muchos años esos conceptos me han dominado hasta tal punto que yo no podía acercarme siquiera a un libro de Tolkien durante todo un día si había cometido algún tipo de impureza (léase fundamentalmente masturbación). En eso veo un claro indicio temprano del TOC que con los años he acabando desarrollando. Y de hecho hasta este momento que he vuelto a tomar en mis manos el Silmarillion, llevaba casi diez años sin leer nada de Tolkien (porque ya no soy ni puro ni inocente). El dualismo me ha causado mucho daño, pero aunque durante mucho tiempo se focalizara en torno a los escritos de Tolkien, injusto sería achacárselo únicamente a ellos: al fin y al cabo, la lacra del dualismo invade nuestra cultura desde mucho antes, a través del platonismo, el cristianismo, la filosofía cartesiana, Kant...
A cambio también se pueden reseñar valores que son para mí profundos y bellos en la obra de Tolkien: el valor a las cosas pequeñas de la vida, la sabiduría como comprensión y preservación de ese valor de lo pequeño y sencillo, el amor a la música, la belleza de lo verde y vivo, el sobrecogimiento hacia el mar, el deleite por el lenguaje, y la tristeza serena, constructiva, que convierte la melancolía en un elemento de sabiduría. Estas cosas también han tenido un importante papel en la construcción de mi personalidad.
Pero ya tengo cuarenta años, un cierto equilibrio (dinámico) interno, y no soy ya un adolescente. Sigo siendo un poco épico, eso sí. Y por eso ahora, creo, por fin puedo sentarme, abrir mi libro favorito, y disfrutarlo sin proyectar ni extraer lecturas morales espurias. Hoy, por fin, puedo sencillamente dejarme llevar por la belleza de las palabras, el brillo de las historias, y la riqueza de las imágenes (que no tienen mucho que ver con Peter Jackson, aunque sí bastante con Alan Lee).
Y lo estoy disfrutando como una perra.
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octubre 27, 2014
La entrada Duquesa de Alba
Me he pasado la noche en vela pensando en un título para esta entrada. Bueno, en realidad ha sido por la acidez de estómago, pero queda más intelectual lo primero. Estas últimas noventa y seis horas han sido tan intensas y tan ricas que un solo título no puede recogerlo todo. Por tanto, esta va a ser una entrada con muchos títulos, como la Duquesa. Y además hay un motivo adicional para llamarla así, como se verá hacia el final.
Resaca en Diferido
En estos días he viajado de Santander a Madrid, de allí a Granada, he asistido a una reunión muy intensa, he dado una charla en ella, he vuelto a ver después de muchos años a algunos amigos que la vida ha colocado geográficamente lejanos, he conocido gente nueva e interesante, he vuelto a Santander vía Madrid, he marchado a Bilbao, de allí a Alicante, de allí a Murcia, he tenido el honor de asistir a la boda del año, he desvirtualizado amigos, he bailado como un poseso, he maltratado mi hígado y he hecho el camino inverso. Hasta anoche me parecía que no era para tanto. Pero hoy me he levantado molido. Me duele todo: la cabeza, la espalda, el estómago, el culo. Pero mi principal dolencia es anímica. Estoy de bajón. Y es que se me ha hecho cortísimo, leñe. Volver a la rutina diaria tras unos días tan alegres y movidos es un poco triste. ¡Pero que me quiten lo bailao!
Falta de lógica
El motivo de tanta kilometrada absurda, arriba y abajo por la Península, es en gran parte burocrático. Desde que entraron en vigor las nuevas normas del Ministerio para desplazamientos de trabajo, es prácticamente obligatorio empezar y terminar un viaje de trabajo en el mismo sitio y en las fechas más ajustadas posibles, aunque eso salga más caro que buscar un trayecto alternativo. España es un país en el que nos pensamos que poner muchas normas es lo mismo que ser organizados. Así nos va. Conozco al menos dos casos en los que esta normativa ha costado a la salud de compañeros míos, a sus proyectos de investigación y en último término al bolsillo de los contribuyentes miles de euros que podrían haberse ahorrado con solo posponer un viaje de vuelta uno o dos días. En fin. Un día de estos hablaré largo y tendido, soltando todo el vitriolo que llevo dentro, de la tiranía de los chupatintas, pero no hoy.
Caminando por Granada, creo que por la calle Elvira o por ahí, observé una placa muy llamativa: "Asociación Andaluza de Restaurantes Gastronómicos". Mi pregunta es: ¿existen los restaurantes (andaluces) no gastronómicos? ¿Qué pondrán en sus cartas, zapatos? ¿Tendrán su propia asociación andaluza?
En una de mis paradas aeroportuarias me entró el capricho de sentarme en un Starbucks y pedir uno de esos imposibles cafés con nombres tipo "strawberry caramel macchiato frappé with cinnamon swirls and aromatic organic cocoa drops", que sirven para que echando unas gotas de sirope el café de toda la vida cueste cinco euros más. Qué se le va a hacer, a veces uno cae en estos timos. Lo bueno del Starbucks es que los intolerantes podemos pedir nuestro café con leche de soja o leche sin lactosa. Así se lo pedí al camarero, un chulángano con nivel de follabilidad 9.5 en la escala de Sufur. El chulángano me hizo religiosamente el café con leche sin lactosa... y acto seguido procedió a cubrirlo todo bajo abundantes capas de nata montada. Para haberlo estrangulado. Pero claro, luego el cabrón me lo sirvió con una sonrisa y guiñándome un ojo, y no fui capaz de protestar más que con un "hi hi hi" de colegiala histérica. Putas hormonas...
En una de mis paradas aeroportuarias me entró el capricho de sentarme en un Starbucks y pedir uno de esos imposibles cafés con nombres tipo "strawberry caramel macchiato frappé with cinnamon swirls and aromatic organic cocoa drops", que sirven para que echando unas gotas de sirope el café de toda la vida cueste cinco euros más. Qué se le va a hacer, a veces uno cae en estos timos. Lo bueno del Starbucks es que los intolerantes podemos pedir nuestro café con leche de soja o leche sin lactosa. Así se lo pedí al camarero, un chulángano con nivel de follabilidad 9.5 en la escala de Sufur. El chulángano me hizo religiosamente el café con leche sin lactosa... y acto seguido procedió a cubrirlo todo bajo abundantes capas de nata montada. Para haberlo estrangulado. Pero claro, luego el cabrón me lo sirvió con una sonrisa y guiñándome un ojo, y no fui capaz de protestar más que con un "hi hi hi" de colegiala histérica. Putas hormonas...
Un mundo de imanes y milagros
En ningún momento me he planteado el blog como una forma de hacer amigos. Me gusta que me lean y me comenten, pero sobre todo es una válvula de escape y un divertimento. No tengo una gran fe en la capacidad de la tecnología para facilitar la amistad. Por ese motivo suelo rechazar las ofertas para participar en "kedadas" (odiosa palabra) de bloggers.
Y sin embargo, en franca contradicción con el párrafo anterior, hay algo muy especial en este tipo de relación cibernética. Es algo va más allá del mero "el roce hace el cariño". Van pasando los meses y te vuelves asiduo de aquellos blogs cuyos escritores te cautivan por su inteligencia, su sentido del humor, su ironía, su forma de escribir. Empiezas a conocer un poco a personas a las que al principio solo identificas por nicks ridículos y avatares absurdos. Se convierten en parte de tu día a día. Y así, casi sin quererlo, empiezas a quererlos.
Pasan los años y por goteo empiezas a conocer en persona ("desvirtualizar") a algunos de ellos. Les pones rostro y nombre. A veces el contacto directo rompe la magia y ahí se acaba el acercamiento. Otras veces se confirma la buena impresión inicial y nace una relación real. Gracias al blog he conocido a figuras como Gaysinley, cuyo blog ya no existe, el osazo intelectual Hm (que para mi alegría también estuvo en la boda de la que voy a hablar a continuación), el escritor de éxito Pasaelmocho o el dulce y suculento periodista Nils: personas que enriquecen mi vida aunque nos veamos de pascuas a ramos.
El caso de Shepperdsen y el Sr. Skyzos es doblemente especial. Conocí sus blogs de forma independiente y luego me enteré de que formaban pareja en la vida real. Una noche de noviembre nos conocimos en Madrid los cuatro (ellos dos, el osezno y un servidor) y hubo química al instante. Nació una amistad a cuatro bandas, a pesar de la distancia, fundamentada una buena cantidad de experiencias comunes, grandes dosis de frikismo (en el caso del Sr. Skyzos y el mío), un trasfondo profesional similar (el de Shepperdsen y el osezno), gustos parecidos (tanto al osezno como a mí nos encantan por igual Shepperdsen y el Sr. Skyzos, je je) y, vaya, que son buena, pero que muy buena, gente los dos. Les queremos.
Por eso fue un honor que nos invitaran a su boda, y un placer acudir a ella. Vivimos en un mundo de milagros cotidianos: de teléfonos móviles, realidad aumentada y reactores que atraviesan mil kilómetros en cuarenta minutos: con un poco de dinero y buena planificación, ya no hay distancias. ¡Cómo nos lo íbamos a perder!
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| No pongo foto de los novios para preservar su intimidad. Pero estaban guapos a rabiar. |
Viva San Frutos (Pajarero)
El Sr. Skyzos y Shepperdsen, con gran devoción católica y pensando únicamente en mi honor de segoviano, tuvieron la amabilidad de celebrar San Frutos, patrón de Segovia, organizando su boda el 25 de octubre, día en que se celebra la sego-fiesta. San Frutos, ermitaño, santo, hermano de santos y quién sabe si padre de santos, fue un ascético varón que ya cuatrocientos años antes que San Francisco de Asís tomó la costumbre de hablar con los pájaros del campo. Siendo segoviano, imagino que después de hablar con ellos, se los comería.
Más desvirtualizaciones
Pudimos por fin conocer al alma creadora del desaparecido, pero no olvidado, Planeta Murciano, y actual mente maestra de Atroz con Leche. Y ya iba siendo hora. MM es un personaje que resiste todo intento de definición, por lo que lo mejor que puedo hacer es reproducir su propia introducción en el Atroz:
Venida de otro Planeta, el Murciano más concretamente, llevo más años dando castigo por esas interneses de Dios que en el cuarto oscuro de la Metropol, que ya es dicir. Absurda y cantamañanas, no tengo ni idea de na pero hablaré de to como si fuera experta cum laude. Soy la escritora de guardia y traeré las noticias frescas y en tira cual papel higiénico pa limpiarse el culo. Además puntualmente, escribiré sobre otros temas muy interesantes según las amebas.Tengo que reconocer que yo iba nervioso, intimidado, al encuentro. El señor MM no es un blogger más. Es EL BLOGGER: centro y motor de todo un sistema planetario de cultura paralela, escritor deslumbrante, crítico apasionado, polifacético, referente, creador de un lenguaje personal propio e inconfundible, que lo mismo te habla de pollas o de farándula que te da una lección de humanidad doliente que te deja conmovido y hecho un trapo. Yo, como decía, iba asustado a la boda, temiéndome ir a quemarme como una polilla cuando se acerca a una luz demasiado intensa.
Me imaginaba su aspecto de otra forma, no sé por qué: tenía en mente algún tipo de oso huertano y barbudo de piel morena. Pero no: es un tiazo alto, de aspecto nórdico y ojos azules como brocas con punta de diamante. El osazo despampanante es su novio. Tras mis primeros momentos de nervios, estuve estupendamente con los dos. ¡Menudas risas!
La Marimesa
Éramos todo hombres en la mesa número 14: la mesa Noa Noa. ¡Y qué hombres! ¿Es que los novios no tienen amigos feos? Yo me los habría tirado a todos. En palabras de MM, aquella mesa olía a cuarto oscuro, a poppers y a glory hole. Y yo me pregunto, ¿a qué huele un agujero? Mi propuesta fue rebautizar la mesa como "Mesa Bukkake".
El tener una mesa solo masculina causaba pequeños problemas protocolarios a la camarera. Esa costumbre tan hispana de empezar a servir por la dama de mayor edad o rango social allí no se aplicaba. Esto llevó a despistes y pequeños momentos de incomodidad, como cuando parecía que no iba a llegar el sorbete que me faltaba. Al final todo se solucionó y no llegó la sangre al río. Yo, por el sorbete, mato.
The Croquette Report
Pero llegamos a la parte que todos estabais esperando: el informe de croquetas. Ya lo dijo Elvira Lindo: lo que nos hermana a todos los españoles, desactivando todo nacionalismo, son las croquetas. Una boda española sin croquetas es algo inconcebible (del mismo modo que una boda segoviana sin algún tipo de cachorro asado es algo imposible de considerar). Y da la casualidad de que yo, en mis ratos libres, soy reportero de croquetas. Ya me tocó hacer ese duro pero satisfactorio trabajo en la boda de Robin, y no iba a hacer menos aquí.
Por poco no lo cuento. Lo de las croquetas, digo. Estuve a punto de perdérmelas por culpa del jamón. Vaya jamones. Dos esforzados camareros se partieron la espalda cortando a cuchillo dos estupendos jamones de Guijuelo. Yo estuve unos valiosos minutos haciendo cola para conseguir un plato de la porcina delicia para mi corro de corbatas, y cuando volví las croquetas habían desaparecido, devoradas con unas ansias dignas de una manada de lobos famélicos. Menos mal que uno de los novios se apiadó de mi y le pidió a la camarera que me sacara unas pocas. Mi veredicto: sobresalientes. Se notaba el ligero picor que noto en la parte posterior de mi paladar cuando el jamón es ibérico. Pequeñas, bien formadas, crujientes, nada aceitosas. ¡Larga vida a la croqueta!
Momento "Duchess of Alba"
El alcohol, fuente y a la vez solución de todos los problemas del mundo en palabras de Homero (Simpson), es un poderoso crecepelo, y si cabe alguna duda al respecto sólo hay que mirar la siguiente imagen:
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| Vaya napias que tengo. Nunca me había fijado |
Murcia, qué hermosa eres, pijo
No tuvimos mucho tiempo para turismo, la verdad. Lo bueno de celebrar una boda por la mañana es que es mucho más llevadero para el organismo de las personas de avanzada edad, como yo, pero lo malo es que no deja mucho tiempo para apreciar el barroco. Lo poco que vi de Murcia me sorprendió muy agradablemente. Ya esperaba bastante gracias a los fotos y textos llenos de amor patrio del Planeta Murciano, pero verla en persona, y con este tiempo primaveral típico de finales de octubre en la era del Antropoceno, supera todas las expectativas. Dejo que las fotos hablen por sí solas añadiendo, eso sí, que soy de los que opinan que la nueva fachada de Moneo sí encaja bien, haciendo un buen contrapunto, frente a las puertas de la Catedral.
Pajas aeroportuarias
Alicante no sé si será o no "la millor terreta del món", como dicen ellos, pero desde luego sorprendente lo es un rato. En una de las boutiques del aeropuerto tenían como producto estrella esto:
Para aquellos ignorantes incultos y embrutecidos que no sepan lo que es un huevo Tenga, este aséptico dibujo puede ayudar a ilustrar su funcionamiento:
En el anterior dibujo, basta sustituir el elegante cilindro central por una buena polla tiesa para entender exactamente cual es la finalidad del invento. Yo soy un gran fan de los huevos Tenga, que proporcionan unos momentos la mar de entretenidos a la par que agradables, y los usaría mucho si tuviera dinero para poder permitírmelos. Lo que no es habitual es verlos fuera de mis sexshops favoritas, lo cual es una pena. Ojalá todos los aeropuertos del mundo sigan el ejemplo del de Alicante, lo cual ayudaría a contener la epidemia de ladillas que parece extenderse desde ciertos cuartos de baño de algunas terminales que todos conocemos...
Puntualidad germánica
Hay que decir que, para haber tomado doce medios de transporte distintos en pocos días, todo salió a la perfección, como un reloj. Las mayores esperas fueron las de la cola del control de seguridad del aeropuerto, y porque la gente es idiota. No, señora, su bote de laca del tamaño de un obús no puede pasar a la zona de embarque, por muy digna que usted se ponga y a pesar de que el pobre encargado de seguridad "no sepa con quién está hablando". Esta vez, por desgracia, no me cacheó ningún segurata buenorro. Todo lo demás -aviones, autobuses, coches, tranvías, carromatos, zepelines- funcionó como la seda. Al final va a ser verdad lo que me dijo una vez mi suegro: "va a resultar que sí que éramos un país muy rico, si después de que hayan robado tanto aún nos queda todo lo que tenemos..."
Y gracias a ese perfectamente engrasado mecanismo de emisiones de carbono y otros contaminantes, esta noche he podido caer semicomatoso en mi propia cama. ¡Viva el progreso!
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