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julio 28, 2017

¡Escándalo!

Sí, ya sé, he tardado un poco en actualizar: Oh.

Pero vayamos a lo importante: ¡Los niños! ¿Es que nadie piensa en los niños?

Ayer por la tarde tuve un rato inquietante. Más que inquietante, incómodo. Más que incómodo, molesto. Bueno, vale, en vez de molesto, inquietante.

Estábamos tomando unos vinos con unos amigos, dos de los cuales habían venido acompañados por un par de interesantes personas de nueve y seis años que acontece que son sus hijos: seres humanos que están alcanzando elevadísimas cotas de inteligencia y galanura a pesar de la deficiente educación que están recibiendo de sus padres y de los curas a quienes éstos pagan abundantemente para que les enseñen mitología y valores éticos de la edad de bronce. La madre es amiga de toda la vida del osezno, por lo que lo que sucedió a continuación me pilló totalmente desprevenido:
Entonces tú y el osezno, ¿sois hermanos? –me preguntó el mayor.
Miré a la madre con cara entre el espanto y el reproche, esperando (en vano) que se hiciera cargo de la educación psicosocial de su hijo nacido en pleno siglo XXI. Ella estaba a la sazón muy ocupada ensalzando a los ingleses, que por lo visto están mucho más avanzados que los españoles en relaciones laborales.
No, no somos hermanos –respondí sin comprometerme demasiado.

Entonces, ¿por qué estáis tan unidos el osezno y tú?

Uh... ¿no prefieres que hablemos de Bob Esponja o algo así?

¡Eso son cosas de niños pequeños! Y vosotros, ¿vivís juntos?

Sí, vivimos juntos.

¿Y desde cuándo conoces al osezno? ¿Sois amigos desde el cole y por eso os lleváis tan bien?

Desde la Universidad...

Pero, ¿y cómo es que sabes tan bien lo que le gusta y lo que no le gusta al osezno? Os conocéis mucho, ¿no crees?

Mirá nene, dejáme vivir
El muchacho, que de tonto no tiene un pelo a pesar de que le hayan comido el tarro para hacer la primera comunión hace unos meses, volvió a la carga varias veces a lo largo de la noche. Yo estuve tentado de explicarle profusamente nuestra relación, pero me abstuve elegantemente. Uno pensaría que en todo este tiempo su madre debería haber tenido ocasión de sobra para explicarle a sus hijos con toda naturalidad lo de sus amigos maricones, pero no. Sin comerlo ni beberlo, nos acababan de meter de vuelta al armario.

Sólo espero que el niño no se haya rendido y que haya sometido a su madre a un digno interrogatorio al volver a casa. Yo volví a la mía profundamente escandalizado. ¡Los niños! ¿Es que nadie piensa en los niños?




abril 24, 2016

The Mommy Argument

Mi mamá es la mejor del mundo. Al igual que las mamás de todos los demás.

Está este muchacho de diecinueve años que me escribe por WhatsApp todos los días. El chico es una monada y tiene el loable, pero poco práctico, objetivo de que yo me lo folle algún día: poco práctico porque vive a ochocientos kilómetros de mí, y eso significa que, aunque él aún no lo sepa, jamás nos veremos las caras en persona. Ni mucho menos el resto de apéndices. La conversación erótica a distancia da muy poquito de sí a partir de un determinado momento, máxime cuando uno de los dos pone poco interés en el asunto, así que tarde o temprano teníamos que acabar hablando de política.

Fue de la manera más tonta. Le pregunté qué libro había comprado por el Día del Libro y me respondió que el de Esperanza Aguirre. Me pareció una broma muy divertida, pero él me dijo que iba totalmente en serio. Que él era muy español y mucho español. Del PP, por supuesto, que es la única forma buena de ser español. Porque solo un chaval de las Juventudes del PP puede llevar una pulsera con la bandera española con orgullo, aunque los de izquierdas les llamemos fachas por ello.

No entré al trapo. Le dije que era una bandera muy bonita, aunque a mí me gustaran más personalmente las de Australia y la de la compañía de combustibles italiana anteriormente conocida como Agip, hoy en día Eni. La primera me encanta porque aparece la Cruz del Sur y la segunda porque siempre he querido tener como mascota un perro mutante de seis patas que respire fuego. Las banderas son trozos de tela muy bonitos, muy decorativos, y todo el mundo está en su derecho a tener su favorita.




Pensó que le estaba tomando el pelo. La bandera española era mucho mejor porque significaba cosas muy profundas. Le pregunté que cuáles, exactamente. Él me respondió que España era un gran país, con sus defectos por supuesto, pero que también con muchas otras cosas que admirar.

¿Sabéis otro país que tiene sus defectos pero muchas cosas que admirar? Canadá. 

Le pregunté al chico si no estaba orgulloso de la bandera canadiense. Me dijo que no, claro, porque él no era canadiense, sino español. Muy y mucho.

Todo lo cual es muy de sentido común, pero muy poco interesante. El sentirse orgulloso de un país por el hecho de haber nacido en ese país no tiene nada de especial. Es más: ni siquiera dice nada acerca del país en sí. Es sólo un efecto de perspectiva. 

Le pedí que hiciera el ejercicio mental de imaginarse canadiense, nacido en la mismísima Toronto, y le pregunté qué sentiría entonces por los colores de la bandera española. Tuvo la sensatez de reconocer que, en ese caso, nada en absoluto. Se sentiría orgulloso de ser muy canadiense y mucho canadiense.

Respeto el amor por las banderas del mismo modo que respeto la adhesión a una religión o el amor de un hijo a su madre: es algo natural que todos sentimos (al menos lo último) y que resulta psicológicamente entendible. Todos tenemos el mejor país del mundo, el mejor dios del mundo y la mejor mamá del mundo. Pero me cuesta mucho trabajo tomarme intelectualmente en serio a los adultos que se comportan públicamente como si de verdad se lo creyeran.

De niños, todos estamos absolutamente convencidos de que nuestra mamá es absolutamente la mejor que existe. Luego crecemos, y nos damos cuenta no solo de que nuestra madre tiene sus fallos como todo quisque, sino además de que no puede ser simultáneamente cierto que nuestra madre y la del vecino sean a la vez la mejor que existe: sólo uno de los dos puede tener razón. Probablemente, ninguno.

Lo mismo pasa con las religiones. No puede ser que Alá sea el único Dios Verdadero y que a la vez Wotan sea el Padre de Todos los dioses. Probablemente, ni una cosa ni la otra.

El proceso de darse cuenta de que nuestra madre no es la mejor del mundo forma parte de lo que se llama "madurar". Muchos de nosotros seguiremos todas nuestras vidas sintiéndonos como si nuestras madres fuesen las mejores que existen, pero sabiendo que no es cierto. El tener sentimientos preciosos pero no tomarse de forma literal sus implicaciones es una cualidad del adulto.

Sin embargo, hay mucha gente que no es capaz nunca de hacer el mismo salto de madurez en lo que respecta a su país o a su amigo imaginario favorito. Como en España no se vive en ninguna parte y mi dios puede a todos los de Egipto (aunque resulte curioso que crea que haya dioses de Egipto a los que poder vencer cuando también sostengo la firme creencia de que Dios es el único que hay). 

Está claro que amamos de forma especial la tierra, el idioma, la cultura y las gentes que nos vieron nacer y crecer... pero de ahí a creerse de verdad que nuestro país es objetivamente mejor que otros (como Australia o Canadá) hay un gran trecho que se resume en dos conceptos: falta de madurez y falta de perspectiva.

Del mismo modo que no puedo tomarme en serio al borracho de tasca que se pega de hostias con un parroquiano porque ha mentado a su madre, que es una santa, no puedo tomarme en serio a un nacionalista que actúa como si su país fuera el mejor solo por el mero accidente de haber nacido en él. Ni tampoco me puedo tomar intelectualmente en serio a una persona que profesa una religión concreta simplemente por el mero accidente de que le hayan enseñado esa y no otra de niño.

Así que al chaval le dije que me parecía muy bien su orgullo españolista. En él, es de esperar. Al fin y al cabo, tiene diecinueve años: es inmaduro por definición. Los que me preocupan seriamente son los de sesenta años que siguen sin haber crecido mentalmente.






octubre 06, 2015

Lestat, el Moñas

Yo era, a la sazón, otra adolescente obnubilada por la literatura romántica de vampiros. Las adolescentes, ya sean hembras o machos, adoran a los vampiros. No es de extrañar: los vampiros  son elegantes, bellos, pálidos, inmortales y no solamente pronuncian las uves de una forma llamativa sino que además tienen pelazo. Y tienen poderes molones, no lo olvidemos. Pero llevan una existencia solitaria porque son unos incomprendidos, solo por el detalle insignificante de que se alimentan de sangre humana. Los vampiros, al igual que las adolescentes, se enfrentan a un mundo injusto que no les comprende, y por eso a todas las adolescentes les gustaría llamarse Nycteria o Valdifass, vivir en un sombrío caserón rodeado de antigüedades y alimentarse a base de glóbulos, plaquetas y plasmas varios.

Lo que las adolescentes no saben es que a todos los vampiros les gustaría a su vez llamarse Lola o Julián,  vivir en una urbanización con piscina y pista de pádel, y telefonear de cuando en cuando al Telepizza para pedir una con extra de queso.

Así que yo, como adolescente obnubilada, devoraba las novelas de Anne Rice. De hecho, me avergüenza reconocerlo, incluso me parecían buenas.  La juventud es una terrible enfermedad que, afortunadamente, se cura con el tiempo, como los catarros... si no te mata antes, como la tuberculosis.



De aquellos tiempos me ha quedado un romanticismo residual que me empuja a leer nuevas entregas de sagas literarias que me engancharon en mi juventud. En este caso, la última fechoría de la Rice: El Príncipe Lestat. Se resume en los siguientes párrafos:

Lestat, el inmortal vampiro de trescientos años, sufre mucho. Sufre porque no sufre lo suficiente. El mundo está lleno de belleza y él trata desesperadamente de ser malo, malísimo, pero no le sale, porque en el fondo lo que inunda su corazón -amén de la sangre de la gente que va matando por ahí- es el amor. Los vampiros aman muchísmo a todo el mundo: a los mortales, a los fantasmas y sobre todo a otros vampiros. A veces los vampiros se intentan matar entre sí, pero todo resulta ser por algún malentendido y pasados dos o tres siglos se vuelven a encontrar y piensan unos de otros que están estupendos y que se quieren un montón, y entonces se abrazan y se besan en los labios, pero sin erecciones ni cosas de esas propias de gentuza de baja estofa.

Van apareciendo vampiresas y vampiresos, a cual más anciano: mil, dos mil, seis mil años. Quién da más. Cuanto más viejo es un vampiro, más poderoso y más amoroso es. Todo el mundo se quiere mucho. La vampiresa Marifú es la criatura más bella de la creación hasta que aparece el vampiro Vladomiro, que es mucho más bello, y así sucesivamente. Son todos tan guapos que a la autora se le acaban los adjetivos por la página treinta y a partir de ese momento ya todos son iguales, aunque van alternándose personajes rubios de pelo largo y morenos de cabellos ondulados y labios sensualmente carnosos.

Se acarician y se admiran mucho, así en plan homoerótico, que por lo visto es mucho más sugerente. Los vampiros no follan, pero les encanta rodearse de potrancos musculosos y de jamelgas de tetas puntiagudas para que les canten canciones y les reciten poesías y les hagan mucho macramé.

También hay espíritus y fantasmas, que al ser entes desencarnados tienen que esforzarse más que los vampiros para estar estupendos y vestir ropas caras. Pero al final lo hacen igualmente, porque si para algo sirve el poder de la mente es para adquirir unas buenas abdominales.

La anterior Reina de los Condenados fue decapitada allá en los ochenta, cuando la gente llevaba hombreras y se pintaba como puertas, y la que hay ahora no tiene ni mente ni cerebro ni nada de eso y por ello no es capaz ni de peinarse ni de hacerse las uñas. El espíritu que vive en su interior y que es la fuente del vampirismo quiere liberarse y para ello mata a mucha gente, pero con mucho amor, porque todo lo vampírico mola cantidubi.

Y aunque casi todos los vampiros del libro son más antiguos y más poderosos y más formidables que Lestat, todos esperan que sea él quien lidere a los vampiros y les lleve a una nueva época dorada donde se puedan amar muchísimo unos a otros, a ser posible desde ciudades a varios continentes de distancia unas de otras. Siguen apareciendo vampiros de montones de años de edad y todos tienen nombres en italiano o en francés, especialmente aquellos nacidos en época de los hititas. Guapísimos, muy bien peinados y con unas sonrisas estupendas. Aquello parece un mítin de Ciudadanos.

Y no sé lo que pasa después, porque aún no he terminado el truño, y no sé si llegaré a hacerlo. Con mucho amor, eso sí.

julio 23, 2015

Momentos Románticos con Pablo Alborán

Es una verdad universalmente reconocida que, de entre todos los seres que pueblan la creación, aquellos que con mayor habilidad y crueldad despiadada practican ese arte bélico llamado "chantaje emocional" son las madres. Pero ellas no son las únicas capaces de conseguir un un ligero tono de decepción que un hombretón de dos por dos metros se convierta en una masa de gelatina temblorosa sin voluntad: para eso también se las apañan divinamente los amigos. 

"Jo, es que quiero ir a ese concierto pero no encuentro a nadie que venga conmigo" es una frase que, según las tablas de catástrofes humanitarias que maneja la ONU, equivale a un terremoto de magnitud 7.3 en la escala de Richter. En opinión de los expertos en ese perido histórico, la antigua civilización Olmeca se extinguió en su totalidad por culpa de un amigo que no quería sacrificarse a los dioses en soledad. El individuo hizo sentirse a todos los demás olmecas tan culpables por no acompañarle, que éstos prefirieron suicidarse de todas formas, poniendo fin a siglos de una cultura rica y sofisticada de la forma más idiota posible.

Algo parecido, que veremos si acaba conduciendo también a la extinción o no, me ha ocurrido con el concierto de Pablo Alborán al que me veo condenado esta noche.

Mi relación con Pablo Alborán es la siguiente: por la parte musical le escuché cantar una vez en un programa de la tele, eso me llevó a comprarme un disco suyo (soy una persona de ideas y costumbres estrafalarias: pago por la música que oigo, por los libros que leo y por las películas que veo), que escuché dos veces, y desde entonces no he vuelto a pensar en él. Por la parte no musical, me lo follaría vivo varias veces.




Así que esta noche, mientras a mi alrededor las doncellas núbiles enjuagan sus lagrimitas, yo estaré pensando en lo mucho que me gustaría empotrarme al artista. Él cantará sobre delicados sentimientos y yo imaginaré que le desnuco a empellones contra el cabecero de la cama. Él tocará el piano o la guitarra y yo fantasearé con darle mandanga de la buena, ponerle fino filipino, atragantarle a golpe de salami o rellenarle como a un pavo, hasta que se le salgan los ojos a pollazos. La de posturas sexuales que se puede uno imaginar en dos horas de concierto.

Pura poesía.

Va a ser una noche romántica que te cagas.



febrero 03, 2015

Ohmmmmmmmm

Es el turno de probar la meditación intrascendente.

Hace ya unos años que mi psicóloga me recomendó practicar técnicas de relajación. Normal, porque soy un puro nervio. Aprendí respiración básica y durante un tiempo dediqué todas las noches veinte minutos a practicar relajación muscular progresiva; estuvo bien, y de hecho ambas técnicas me ayudan bastante, sobre todo la primera. 

Pero mi psicóloga me recomendó ir un poco más allá. El yoga me funcionaba en el momento de practicarlo en la clase, pero el sitio pillaba tan lejos de mi casa que en cuanto salía de noche del local y me ponía a esperar al bus en invierno se me iba toda la paz y ésta era sustituida por furias asesinas. En casa, sin ayuda de un monitor, no me concentraba bien para el yoga, y además tengo la misma flexibilidad que un palo de escoba. No, el yoga no es lo mío.

Queda por probar la meditación. Una amiga mía, también psicóloga, organiza desde hoy un grupo de meditación en su gabinete y he decidido apuntarme.

A favor de esta decisión están el hecho de que la meditación parece ser algo que uno es capaz de hacer en casa sin problemas, una vez que aprende, y que es algo muy en plan señor Spock, lo cual agrada a mi lado friki. Además hay indicios de que la meditación es buena para personas con trastornos de ansiedad y con problemas cardiovasculares, como un servidor. Y digo "indicios" y no "evidencia", porque contrariamente a lo que van diciendo por ahí los gurús de la meditación, los estudios hasta la fecha no son concluyentes. El metaestudio Cochrane sobre la terapia de meditación para los trastornos por ansiedad concluye:
"El escaso número de estudios incluidos en esta revisión no permite establecer conclusiones sobre la efectividad de la terapia de meditación en los trastornos de ansiedad. La meditación trascendental es comparable con otras clases de terapias de relajación en cuanto a la reducción de la ansiedad, y el yoga Kundalini no mostró una efectividad significativa en el tratamiento de los trastornos obsesivo-compulsivos comparado con la Relajación/Meditación. Las tasas de abandono parecen ser altas y no se han informado los efectos adversos de la meditación. Se necesitan más ensayos"
Algo similar concluye el metaestudio sobre los efectos cardiovasculares de la meditación. Por lo que voy al grupo con escepticismo, pero sabiendo que no se ha informado de efectos negativos de este tipo de cosas.  No parece que vaya a perder mucho, salvo los 50 euros al mes que cuesta el asunto.




En contra de toda esta idea está el posible tono religioso o pseudofilosófico que le pueda dar a las clases el profesor. No le conozco todavía, pero me temo que pueda ser uno de esos chalados orientalistas que últimamente proliferan como hongos (carroñeros) de aquí a Cincinnati. 

No me he pasado media vida abjurando de una religión para que me metan ahora en catequesis de otra.

Si veo cualquier intento de adoctrinamiento, pasarán dos cosas: una, que tendré que contenerme duramente, por respeto a mi amiga, para no reírme. Y dos, que cuando salga del local no volveré nunca.

Con todo esto de las filosofías y religiones orientales hay una moda y un negocio montados que no es ni medio normal. La gente suelta con alegría las frases "tradición milenaria" y "sabiduría ancestral" como si a) las tradiciones y sabidurías occidentales no fueran igual de milenarias y ancestrales que las orientales y b) milenario y ancestral equivaliera a bueno. El analfabetismo, las caries y la tiranía son también cosas ancestrales que han acompañado a la humanidad desde hace milenios, y no me impresionan demasiado como elementos que quiera conservar en mi vida, gracias. Sustituir una idiotez como la Santísima Trinidad por una majadería como la rueda kármica es de bobos; sustituir una cosa que funciona como la quimioterapia por una pamema como la acupuntura es directamente de locos. Y diría que allá cada uno con su propia estupidez si no me cabreara tanto este tema.

Pero me estoy alejando del tema. De aquí a una hora estaré sentado en una silla (espero) con los ojos entrecerrados y diciendo "ohmmmm". De aquí a dos horas, para compensar, pienso irme con un amigo a tomar un gintonic y a hablar de pollas y culos a algún bar muy occidental. ¡Eso sí que es equilibrio, y no lo del yin y el yang!




agosto 19, 2014

Segunda parte


Bueno, pues al final esta segunda semana de vacaciones no fue tan terrible.


Segovia, como de costumbre en esta época del año, estaba estupenda: mañanas frescas como una ministra en una rueda de prensa amañada, tardes luminosas como los ojos de un banquero ante un nuevo paquete de ayudas públicas a su negocio, atardeceres encendidos como el culo de un mandril hembra en celo, noches perfumadas como una cena de divorciadas. Muy bonito todo. 


Tuve un poderoso déjà vu. Estaban de visita mi amigo E. hijo de E. hijo de M., su mujer y su hijo E. hijo de E. hijo de E. hijo de M., para abreviar E3.0. Resulta que E3.0 es una copia exacta de mi amigo E2.0 cuando era niño, hasta el punto de que si no fuera por las cicatrices del parto que tiene la madre yo juraría que el niño se generó por mitosis a partir del padre. El hecho de ser capaz de recordar nítidamente cómo era E2.0 cuando tenía dos años es algo a la vez espeluznante (por lo que implica de viejo que soy) y entrañable (porque da idea de la antigüedad de la amistad que nos une a E2.0 y a mi).

Pasé la tarde del domingo en La Granja de San Ildefonso con mi amigo J. La Granja es un pueblo idílico y versallesco cuyo único defecto consiste en estar ubicado en el centro de España en vez de el centro de Francia. Todos los intentos de desplazar el pueblo al país vecino han fracasado hasta la fecha. Yo, en el lugar de ellos, seguiría intentándolo.










Llegó el día de mi cumplaños y con él ese viejo ritual de elegir restaurante por el que se caracteriza mi núcleo familiar. Empieza con mi Señor Padre diciendo algo así:
- Mañana comemos donde queráis.

- Ah, vale, pues he pensado que podemos ir al Restaurante A.

- No, ese no.

- Bueno, pues al Restaurante B.

- No, ese tampoco.

- Bueno, pues di tú a cuál quieres ir.

- Al que digáis vosotros.

- ¿Qué tal el restaurante C?

- No, ese no.
Este año la agonía se prolongó más de lo habitual con Inesperados Giros del Guión. Mi Señor Padre llegó a obligarnos a ir a ver por dentro un restaurante nuevo que han abierto, para ver si nos gustaba, para después en el último momento hacernos ir a otro diferente, también nuevo. Total, si al final en todos se come lo mismo (cerdo). Este tipo de juegos psicológicos permiten hacerse una idea de por qué a mi Santa Madre se le cae tanto el pelo.

Por la tarde vinieron a alegrarme el día el osezno, que a la sazón pasaba unos días en la casa de mi cuñado en El Escorial, y el Sr. Shepperdsen, que se vino desde Madrid a pesar de que al día siguiente tenía que madrugar para trabajar. Faltó el Sr. Skyzos por imposibilidad geográfica. Pasamos una agradable tarde de paseos y terrazas, y luego nos cenamos medio cerdo y una botella de Pago de Carraovejas en el José María. Luego, una copa en Menorá.





El resto de los días en Segovia fueron tranquilos, solitarios, insulsos. Cumplí mi plan de no pisar la casa más que para las comidas y para dormir. Hice muchas fotos y desarrollé aún más esa afición que he cogido últimamente a beber vino de Rueda a todas horas. La vida es mucho más entretenida y agradable cuando uno está borracho.



Llegó el jueves, me despedí de mi Señor Padre y de mi Santa Madre y me fui a reunirme con el osezno en El Escorial. Mis cuñados viven en una urbanización de las que ya no quedan, con árboles del tamaño de... bueno, árboles como es debido, y piscina. Allí me enfrenté a mi incomodidad TOC de estar a pezón descubierto al aire libre, al menos durante un rato.


No existen fotos del especímen, pero puedo prometer y prometo que el socorrista estaba de toma pan y moja. Casi sufro una fusión del núcleo cuando le vi pasar el limpiafondos con el torso desnudo. El osezno dice que no era para tanto, pero qué se le va a hacer: tengo un morbo especial por los mozos de piscina. Todos tenemos algún tipo de fetichismo por alguna profesión, ya sean bomberos, azafatos, toreros o camareros. Mis morbos profesionales son los mozos de piscina, los jugadores de fútbol australiano, los taxidermistas y los notarios.

El viernes agarramos nuestros mantones de manila, nuestros claveles y nuestras cestitas de mimbre y nos bajamos a Madrid a las fiestas de la Paloma donde, curiosamente, no vimos al Sr. Mocho (culpa nuestra).  Llegamos a las Vistillas temprano, a esa hora en la que sólo están en la calle los madrileños de hoy en día: esos que han nacido en Quito, Lima o Bogotá. Elvira Lindo decía ya hace años que los españoles nos hemos vuelto tan tontos que nos pasamos el día encerrados en nuestras casas y los únicos que disfrutan la calle y los parques de nuestras ciudades hoy en día son los inmigrantes. Esta frase es totalmente cierta y no tiene ni un ápice de xenofobia: al contrario, dice bastante poco a favor de los españoles que por esnobismo, miedo o mera tontuna hemos ido renunciando al espacio público, y encima dejando que Ana Botella lo degrade a su antojo. Hoy en día es difícil encontrar a un madrileño de tercera generación andando por el centro a las seis de la tarde en un día festivo: todos se han ido a vivir a un adosado espantoso en Las Rozas. En esto, Madrid sigue el triste ejemplo de Londres, sólo que en el caso de Londres hay que cambiar "madrileños" por "londinenses" y "colombianos" por "madrileños".



Soy un gran defensor de las tradiciones, siempre y cuando estas tradiciones impliquen comer o beber. Nos tomamos un bocata de deliciosas y aceitosas gallinejas, y habríamos ido después a por los entresijos si no nos hubiera interceptado antes el puesto de churros (y porras). La atmósfera del parque en esos momentos estaba compuesta en un 40% por nitrógeno, en un 6% por oxígeno y en un 54% por grasa. 



Protegidos por esa capa de lípidos, estábamos ya preparados para el garrafón. Anochecía y nos fuimos hacia la parada de metro de La Latina, donde habíamos quedado con J. (no confundir con el J. de La Granja, qué culpa tengo yo de que todo el mundo se llame igual), un amigo del osezno. J. es un ser humano que parece la viva imagen de un esqueleto, tal y como sería el esqueleto si estuviera cubierto por ochenta kilos de músculo duro, apetitoso y turgente. Yo podría utilizar la espalda de J. como pizarra en la que hacer la demostración completa de las ecuaciones de Maxwell. Entre otras cosas.

Entendí por qué a las Fiestas de la Paloma las llaman el Orgullo Chico. Allí había más maricones por metro cuadrado que en una pool party del Circuit. Descubrimos que J. es ciertamente popular en el mundillo gay madrileño: se paraba cada treinta centímetros de camino para ser saludado y besado por alguno. Con esos deltoides, no me extraña lo más mínimo.

Empiezo a estar un poco harto de las barbas. Más concretamente, de no tenerlas. Hemos llegado a un punto en el que todo gay que se precie debe tener al menos una.  Hay algunos, como nuestro conocido Barbarrara, que tienen hasta dos o tres. El osezno, por supuesto, tiene una bien hermosa. Hoy en día, no eres nadie en el ambiente si no tienes barba. Ni tampoco, ya puestos, en el mundo hipster, aunque eso sea otro tema. Pues bien: yo no tengo barba. No me salen más que cuatro pelos mal puestos. No hay manera. Lo que me condena al más oscuro ostracismo. La frase más dolorosa de la noche me la dijo un chulángano (barbudo) frente a la barra del Sixta:
- Estás bastante bueno. Qué lástima que no tengas barba. Adiós.





Acabamos fatal. ¿Habéis probado a volver desde Madrid a El Escorial a las seis de la mañana, borrachos y en autobús de línea? Me río yo del antiguo servicio militar en Melilla.

Volvimos a Madrid al día siguiente, más muertos que vivos, a comer con nuestra amiga R. y a hacer unas compritas. El cockring que me regaló el dependiente de SR no me vale: o bien no sé ponérmelo, o bien tengo unas medidas inusuales. Tal vez debería habérmelo probado in situ, pero me dio palo. El descubrimiento de la tarde, en la librería y lugar de peregrinación personal Generación X, fue este:



Juro que ayer el osezno se hizo daño en el diafragma de tanto reírse.

La vuelta fue en el Alvia, antiguamente conocido como Talgo, y aproveché para ver la película que había alquilado para las vacaciones pero que no había tenido tiempo de ver hasta entonces: 300, el origen de un imperio. Una puta mierda, pero la de torsos que se ven, y lo bien que se les da el Photoshop a los de Hollywood...



Y todo esto para llegar a Santander y descubrir que estaba lloviendo. Viva.




julio 03, 2014

Nonlinear social network

Mi vida social se asemeja mucho a mi bechamel: llena de grumos. Me puedo pasar semanas sin apenas salir, dedicado a mi trabajo y mis frikadas, y de repente tener todo condensado en unos pocos días.

Como en esa juventud alocada que nunca tuve, llevo saliendo todos los días de esta semana. El lunes, hasta las cuatro y media de la noche; el martes, hasta la una y pico; ayer, hasta las tres. Es genial sentirse de repente la chica más popular del instituto (y de hecho estoy pensando comprarme unos pompones), pero ya no tengo edad para hacer esas cosas y luego madrugar para ir a trabajar al día siguiente: me caigo a cachitos.



Nada que no solucionen diez o doce cafés...

febrero 14, 2014

Be My Valentine

Cuenta la leyenda que, allá por el año de maricastaña, un emperador romano bastante desconsiderado decidió prohibir que los jóvenes legionarios se casaran, en la creencia de que la soltería les llevaría a unos mayores furores guerreros y ansias conquistadoras. Pero el bueno de Valentín, defensor del amor y la familia nuclear cristiana, celebró miles de bodas clandestinas para unir en sagrado sacramento a las jóvenes parejas romanas. Porque el amor todo lo puede, y no hay nada mejor para llegar a ser santo que la desobediencia civil contra el pérfido laicismo imperante.

Lo que no explica la leyenda, evidentemente, son las cuestiones verdaderamente interesantes, a saber: qué es lo que hacían los jóvenes legionarios solteros entre ellos, quién le había dado a Valentín licencia para casar, qué demonios tiene que ver el amor con el matrimonio y, lo que es más importante, si las croquetas de los banquetes de boda eran congeladas o no. 

Por lógica, todo esto conduce a ingentes beneficios para el Corte Inglés y otras ONGs por el estilo.

A mí me da igual lo estúpido que sea el origen de una fiesta: lo importante es celebrarla. Y total, en lo que a orígenes estúpidos se refiere, San Valentín no es ni con mucho la peor: fíjense si no en la Navidad, el Día de la Marmota o el Día de La Constitución. Esos sí que dan risa...

¡Felicidades, y a Amar Mucho!






febrero 02, 2014

¿Para reír o para llorar?

Hace unas semanas las marquesinas (curioso nombre: ¿habrá también duquesinas, condesinas y baroninas?) de Santander aparecieron adornadas con esta tronchante publicidad:


Traducido al lenguaje común, este anuncio proclama:
"Tú dices que el gorila verde que solamente yo puedo ver y oír no existe, pero él dice que te va a machacar por incrédulo y mala persona. ¿A quién vas a hacer caso, a tu raciocionio o al gorila verde?"
Mi primera reacción fue partirme de risa, pensando que hay gente tan estúpida como para gastarse un pastizal en una campaña publicitaria cuyo punto fuerte es una falacia lógica tan idiota que provoca vergüenza ajena. Pero luego me deprimí pensando que vivimos en un mundo en el que esta gente no solo está orgullosa de su estupidez, sino que tienen los recursos para hacer campaña por ella...


octubre 12, 2013

Doce de Octubre

Más de quinientos años celebrando lo mejor de nosotros mismos:



Y dando por culo con desfiles de tambores, trompetas y otras mandangas a las nueve de la mañana, mientras intentas recuperar el sueño perdido durante la semana de trabajo

julio 17, 2013

El Mar

- Así que estudias en Santander. Qué bonito. Todo verde y eso. ¿Te gusta aquello? No te veo muy moreno: ¿vas mucho a la playa?
- A la segunda pregunta, ya... tal. 
Esta escena se repite una y otra vez en cada ocasión que visito Segovia y mis padres me presentan a alguna señora que por supuesto debería conocer y no conozco.

Dior da pan a quien no tiene dientes. Qué frase más acertada, a pesar de venir del refranero popular. En estos simpáticos días de verano, en que hordas de turistas vallisoletanos (se les reconoce por el aire de pueblerino que aspira a sentirse aristocrático) y madrileños (se les reconoce porque son exactamente iguales a los vallisoletanos) inundan la ciudad intentando por todos los medios obstaculizar cualquier actividad que hagamos los que aún trabajamos aquí, me doy cuenta de lo paradójica y por lo general estúpida que es la vida: toda esta gentuza buscando la playa aquí, cuando estarían muchísimo más guapos en sus casas, mientras que yo me paso el año junto a las majestuosas costas del Cantábrico sin hacerles ni puto caso.


Mi relación con el mar es esta: hace unos 500 millones de años un bichejo repugnante decidió que le apetecía sair de las salobres aguas del océano para colonizar la tierra, y varios trillones de generaciones después aquí estoy yo, igualmente repugnante, pensando que qué buena idea tuvo mi ancestro, y que para qué cambiar de opinión ahora.




En términos más concretos, el océano es para mí ese elemento del paisaje tan difícil de fotografiar como es debido y del cual salen periódicamente olas gigantes que matan gente, medusas, condones usados y lubinas a la plancha. 




La última vez que fui a la playa aquí en Cantabria creo que gobernaba Sagasta, Práxedes para los amigos, si mi memoria no me falla. Aparte de mi desconfianza hacia el piélago en si mismo (a quién se le ocurriría dejar tanta agua ahí tirada, en todo el suelo... me parece el colmo de la dejadez) influyen en mi desidia varios elementos: a) que la arena pegada a la piel me parece incomodísima b) que el agua en estas latitudes está más fría que la Merkel en una actuación de Peret c) que las playas interesantes de Cantabria están todas a tomar por saco, y yo no conduzco y d) que siempre encuentro algo más interesante que hacer, como por ejemplo mirarme las uñas de los pies. Añadan a esto que tengo la piel blanca como una albina vestida de novia y bañada en lejía: soy de esas personas a las que les encanta disfrutar el sol desde la sombra, a ser posible con una copa de algo con una sombrillita en la mano.





Dado que estoy en fase de reevaluar mi vida y en estos tiempos inciertos nunca sé qué es realmente parte "sana" de mí y qué se debe a mi transtorno psiquátrico, a veces me da por cuestionarme si mi disgusto por la playa no puede ser más que una manifestación de mi obsesión por el control, que me lleva a preferir ambientes urbanos y más bien asépticos a espacios pringosos y naturales. A lo mejor resulta que descubro que hay algo intrínsecamente disfrutable en el hecho de acarrear unas toallas, unas botellas de agua caldosa y una sombrilla a través de arena incandescente hasta llegar a una zona ligeramente menos hacinada de playa, llena de colillas usadas y residuos varios, donde, tras pelear con varias familias de domingueros por un palmo más de arena, poder exhibir mis deformes lorzas al mundo mientras recibo los balonazos de niños descontrolados. Y a lo mejor resulta que puede ser enormemente relajante untarme el cuerpo de lociones hidrocarburadas pastosas, sobre las cuales se pega la arena dejándome como una croqueta viva, y tumbarme bajo un sol despiadado a escuchar el rumor de las olas, las gaviotas peleándose por los restos de una paella de chiringuito cargadita de salmonelas y las rumbas que ponen a todo trapo los gitanos de al lado, mientras mi cuerpo suda, mezclando agradablemente chorretones de secreciones y otras excrecencias con la crema de protección solar. Es entonces cuando este engrudo, salpimentado de arena y cenizas provinientes de las colillas que adornan la playa, llegaría a mis ojos, provocándome una reconfortante conjuntivitis. Y después, tal vez, sea posible que pueda llegar a divertirme yendo al agua, cuya temperatura nunca está exactamente a mi gusto, y donde podré bañarme con otros seis mil mamíferos de mi misma especie, cada cual con una enfermedad más simpática que la anterior, felizmente acompañados por medusas, peces carroñeros, bolsas de plástico, cadáveres de animales variados y otra serie de residuos naturales e industriales más o menos pesados. Finalmente, en un momento de gozo incontenible, quizás pueda apreciar en su justa medida el placer supremo que consiste en salir del agua, y notar como la evaporación va creando sobre mi epidermis una costra de sal, crema desvaída, arenisca, alquitrán y caca, creando ese agradable picorcillo que me acompañará todo el resto de la jornada, hasta que pueda llegar a mi bendito hogar y dejarlo todo perdido de arena, en lo que corro a refugiarme en mi adorada ducha. Sí: tal vez la playa sea un lugar mágico y maravilloso en el que volver a ser consciente de lo afortunado que soy de no tener que vivir allí.




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